Sunday, September 17, 2006

Episodios Nacionales - Primera Parte

Confieso que todo lo que aqui se escriba no es exactamente apegado a la realidad. Pero, pos que importa? Si leen Los Miserables tal pareceria que los franceses ganaron en Waterloo. En fin, este blog me permite hacer algo muy decimonono: la novela por entregas. Aqui pondre mis pendejadas. A ver que les parecen. Ya que pueda añadire mas a esta historia, patriotera y cursi.





Zaragoza




Episodios Nacionales


I El Chinaco

El ayudante de campo toc
o y entro al aposento. El joven general chinaco se encontraba frente a un mapa de la ciudad de Puebla desplegado en una mesa. El ayudante lo oia maldecir.

"Carajos! Ya nos llevo la chingada!" Tan concentrado estaba Zaragoza que no habia oido entrar al ayudante.

"Sr. General!" dijo el ayudante saludando y cuadrandose.

"Ah, Coronel Lopez, perdoneme la muina. Me acaban de dar parte que el arsenal en Chalchicomula exploto. No tendremos parqu
e mas que para
hoy. Que novedad?"

“Mi general, con la nove
dad de que acaba de llegar el General Pueblita y su gente.”

“Pueblit
a! El cacique de los zacapoaxtlas? Y los dejaron entrar?”











Zacapoaxtlas

“No, que va, mi general, estan afuera de la ciudad, enmedio de la gente de Porfirio. Los oaxaquenos les estan echando el ojo. Son como 300, mal armadas, casi ninguno habla espanol.”

“Pos mas vale que Porfirio los vigile. Esos cabrones son rete mochos y pelearon junto con Miramon. Yo pensaba que andarian con la gente de Leonardo Marquez combatiendonos y ayudand
o a los gabachos.”

“El viejo quiere hablar con ud., mi general, quesque n
o son traidores y quiere unirsenos.”

“Estoy muy oc
upado. No
quiero hablar con ningun persinado.”

“Mi general, el viejo dice que los recomienda mi general Negrete, el que manda en el Guadalupe. Ya ve ud. que ese tambien peleo por Miramon.”

“Parale ahi, Lopez. Negrete lo ten
go ahi por ordenes del señor presidente, nada mas. Pero si sigo aceptando mochos como se si no se van a voltear a la hora de los putazos?”

“Mi general, que le digo al viejo entonces?”

“Si quieren
pelear por la patria pongalos…” Zaragoza se dirigio al mapa. Su dedo recorrio por sobre los fuertes de Loreto y Guadalupe y se poso en una loma unos 500 metros delante de estos. “…ponganlos aqui.”

“En el centro de la lin
ea y tan avanzados y a campo raso?”

“Si. Serviran, acaso, para sangrar a los gabachos. Y si se voltean, cosa que no dudo
, los tendremos bajo los canones del Loreto.”

El viejo no estuvo cont
ento. “Tu pinche general juarista cree que somos traidores a la patria, verdad?”

“Son las ordenes, mi general,” contesto Lopez tratando de apaciguar al cacique.








Porfirio Diaz







“Ni le busque, mi general,” dijo Porfirio Diaz acercandose al viejo. “Mejor que ni lo reciba el
chinaco. N
o se olvida que ud. anduvo con Miramon partiendonos la madre. Capaz que si lo ve se lo come.”

“No somos traidores, mi general,” contesto Pueblita todavia ofendido.

Diaz lo encaro y lo vio fijamente. “Yo lo se. Pero
ya ve ud., ordenes son ordenes. Que le puedo proporcionar? Fusiles? Parque?”

“Mi gente no sabe disparar. Tenemos dos escopetas viejas. Nos bastamos con el machete.”

“Ah pos que bueno porque casi no tengo armamento. Lo que si me sobra es sotol que trajimos del istmo. Digale a sus muchachos que cada uno se lleve una botella.”

“Mi gente no bebe, mi general,” dijo solemnemente el cacique.

“Ah, que mis zacapoaxtlas!” se rio Porfirio Diaz. “Mire, mi general, ud. sabe bien que cuan
do hirieren a la gente se pone muy sedienta. El trago los ayuda a morir sin sufrir tanto. Y si no estan acostumbrados a beber, mejor, deles un trago antes de recibir a los franceses. Su gente se va a enchilar! Yo se lo que le digo!”

Silenciosamente, siguiendo varias banderas tricolor y un estandarte con la virgen de Guadalupe, los Zacapoaxtlas marcharon desde los fuertes. Las miradas del resto del cuerpo de ejercito de oriente los vigilaban de cerca, recelosos. El lugar indicado era una loma pelona, acaso con unas nopaleras. Al oriente el cielo se tornaba ligeramente mas claro. Entre las brumas se podia adivinar las lineas de varios volcanes. Al oriente el pico de Orizaba, al norte, La Malinche, y al occidente, todavia muy escondidos por la noche, el Popo y el Ixtla. Era la madrugada del cinco de mayo de 1862
.




Guadalupana





Pueblita hizo sus disposiciones. Llamo a sus dos hijos mayores, ya hombres. “Lupe y Lencho! Uds. se ponen a mis flancos. Cada uno se lleva una bandera. Yo estare aqui en el centro con Huicho y con la prieta.” El viejo miro al estandarte guadalupano y acaricio la
frente de un chamaco como de 12 anos, su hijo menor. “El sera el tambor de ordenes.”

“Hacemos vivaque?” pregunto Lupe, el mayor.

“No, pero que se siente la gente. Descansenlos. Que no se acuesten!. Si tienen totopos los pueden comer.”

“Les damos el trago?” inquirio Lencho.

“Esperense a
que se vean venir los franceses. Solo entonces!”

“Jijos, apa!” protesto Lupe. “Estamos aqui solitos! Pos que se cree ese guey?”

“No necesitamos naiden mas! De aqui no pasan los gabachos. Ademas, son ordenes, entiendes? Ordenes!”

“Y las soldaderas?” pregunto Lencho. Las mujeres los habian seguido fielmente y ahi estaban entre los hombres. Algunas ya habian empezado a hacer fuegos. A un kilometro se veian los vivaques de los franceses.








Soldado de la Reforma con soldaderas






“Mandenlas a los fuertes.”

Las mujeres se fueron, si, pero no muy contentas. “Esas viejas!” las amonesto Pueblita. “Aqui no es lugar para mujeres! Va a haber carniceria! Pero si nos ven correr, escupannos la cara! Dios las bendiga!”

“Dejame llevarme al Huicho,” le dijo una mujer ya madura al cacique. “No quiero que me lo maten. Me
dolio parirlo!”

El cacique solo sacudio la cabeza. “No, Brigida, lo necesito. Es el mejor tambor que conozco. Y ya cuando empieza el desmadre solo con el tambor oira la gente mis ordenes.”

La mujer beso al niño y al estandarte. “Cuidamelo mi prieta!” Luego maldijo quedamente, a su marido, a los hombres, a sus guerras. No lloro. La heroica mujer sabia que iba a necesitar lagrimas para despues, cuando enterrara a su gente.


II Las Armas de Francia











Oficial Frances









El sol ya empezaba a salir en el horizonte. Un elegante oficial de los la infanterie de la ligne caminaba entre los vivaques de su gente. Vestia su uniforme de gala, con los pantalones rojos y la casaca azul y los guantes blancos caracteristica de los eg
resados de St. Cyr. Sus ojos escudrinaban todos los detalles. La moral de su gente parecia excelente. Afortunadamente ya habian salido de tierra caliente y el calor era mas tolerable.

“Mon capitaine!” le saludo un viejo sargento. “Pruebe ud. este café. Es mejor que lo que crece en la Martinica!”

Mangin sonrio y gustosamente tomo el tarro de café xalapeño que le ofrecieron. “Mon dieu! Es excelente! Que pais tan maravilloso!”

“Y si viera ud. la fruta que hemos recogido! Nunca me imagine lo que aqui hay! Y aqui va a ser colonia de Francia!”

“Bien dicho, Bremont. Finalmente esta infeliz gente tendra orden, civilizacion, y progreso. Por lo pronto asegurese que la gente coma bien. Hoy va a haber fiesta.”

“La compania esta lista, mon capitaine. Nada mas es cosa que nos de la orden. Y los mexicanos, no creo que valgan mucho?”

“Si son como la gente esa que trae de guerrilla Marquez no, no lo creo. Hoy va a ser un dia facil. No cr
e
o que vayamos siquiera a ver accion.”













Grupo de mando Frances








Mangin se dirigio hacia el centro del campamento frances. Pronto diviso al staff del general conde de Lorencez. Habia tanta charreteras y oro en los uniformes que deslumbraban. Lorencez estaba en el centro de un grupo de oficiales. Mangin reconocio a Lalane, su superior y coronel del 99 infanterie de la ligne y a otros coroneles de los zuavo
s. Estos eran hombres de pocas palabras, hechos a pelear con los arabes del Rif. No esperaban ni daban cuartel.












Zuavos









“Capitan Mangin!” le s
aludo un mexicano, ya de edad mediana, vestido de civil. Mangin reconocio al general Almonte, uno de los conservadores que habian propiciado la intervencion francesa. Mangin lo saludo militarmente. Se habian hechos intimos en la corte de Napoleon III.

“Buenos dias, senor gener
al.”

“Gran dia, verdad?”

“Si senor. Cree ud. que Zaragoza presentara batalla?”








General Juan Nepomuceno Almonte, hijo del cura Morelos. Al igual que Cuauhtemoc Cardenas este hijo de uno de nuestros proceres resulto traidor a la patria.










“Con que? Tengo inform
acion que no tienen mucho parque. Yo creo que va a ser algo breve. Un canoneo y abandona la plaza.”

“Nada mas para satisfacer el honor entonces?”

“Si no es que se rinden a las primeras. Bien, tengo que reportarme con el senor conde. Con su permiso!”

Mangin volvio a darle el saludo militar. Los modales de los mexicanos eran rebuscados, casi hasta empalagosos. Mangin sabia que no le convenia, por rezones politicas, ofender a Almonte en manera alguna. Seguramente iba a tener buen puesto en el nuevo gobierno.

Lorencez lenta y cuidadosamente iba inspeccionando con un catalejo las lineas mexicanas.

“Muy impresionante, senores, no creo que los logremos sacar de esas Alturas y que peleen a campo raso. Saben uds. lo que decia Napoleon I acerca de pelear en fortalezas?”

Sus subalternos no dijeron palabra. Lorencez, bien sabian, se las daba de ser un erudito militar. Asi pues, la leccion seguro seguiria y se armaron de paciencia.

“Napoleon decia que para pelear a campo raso se necesitan soldados. Para pelear en una fortaleza basta con tener solo hombres.”

“Muy cierto, senor conde,” asento Almonte. “Se probo en Saragosa en España, verdad?”

“Ah general Almonte, tiene ud. razon. Si, el sitio de Saragosa duro meses. Y los sitiados eran civiles y u
nos cuantos soldados mal armadas. Esos espanoles son valientes, nadie se los quita, aunque torpes. Pero, como se llama el general mexicano?”

“Tengo entendido que se llama Zaragosa, uno de los norteños que les dicen chinacos. Se la pasan arriba del caballo como los comanches.”

“Eso me temia. Seria demasiada coincidencia, no cree? Pre bien, la historia no tiene porque repetirse. Tomaremos esos fuertes!”

“Con todo respeto, señor conde, sabe ud. que se conmemora hoy?”

“Oui. Es el aniversario de la muerte de Napoleon I.”

“Si me permite una sugerencia, señor conde,” anadio Almonte.

Lorencez lo vio con algo de desden. Que iba a saber este mexicano de guerra? El dedo de Almonte recorrio el mapa desplegado en una mesa.

“Ve ud. estas cañadas? En una de nuestras guerras intestinas el atacante tomo la ciudad entrando por ellas. El fuego de los fuertes no hace tanto dano. Por esa ruta entraria ud. hasta el centro de la ciudad y los fuertes seguro se rinden.”




Fuerte de Guadalupe






Lorencez no dijo nada. Ignoro a Almonte y volvio a escudrinar con el catalejo. “Y eso, que cosa es? Alla, al frente de los fuertes, en un cerro, veo un grupo de gentes. Parecen irregulares.”

Varios oficiales escudrinaron hacia donde apuntaba Lorencez. El consenso era que se trataba de como 300 gentes, un batallon, y estaba expuesto, mal colocado, a campo raso, a unos 500 metros en frente de los fuertes.

“Que es lo que nos ofrece Zaragoza? Un sacrificio?” pregunto incredulo Lorencez.

“Eso parece, senor conde,” asintio Almonte.

“Bien, Coronel de la Bedoyere! Emplaze sus baterias a bombardear ese cerro! Que no quede nadie vivo!”

“Si los emplaza no van a estar al tiro de los fuertes, senor conde,” advirtio Almonte.

“No importa, luego los muevo. Quiero que los mexicanos vean un ejemplo de lo que les espera!”






Batalla de Puebla










III El Choque

“Bien, que abran las botellas de sotol!” ordeno Pueblita. “Pero que no se las traguen toda! Guarden algo para los heridos.”

Los Zacapoaxtlas estaban en tres grupos, como de 100 hombres cada uno, distribuidos en las faldas del cerro. Pueblita agarro el estandarte guadalupano y recorrio sus lineas. “La prieta no la sacan de esta loma, oyeron cabrones! La prieta no se va!” Los Zacapoaxtlas empezaron a vitorear.

En lo alto del Loreto, Zaragoza observaba. “Que carajos estan diciendo Lopez? Ud. los entiende?”

“No hablo mexicano, mi general. Pero creo que dicen Tonantzin! Tonantzin!”

“Y eso que chingaos es?”

Lopez era un licenciado liberal antes de hacerse soldado y tenia bastante cultura. “Si mal no recuerdo, era una diosa de los antiguos mexicanos, mi general, la que se adoraba en el Tepeyac antes de la llegada de los espanoles. Yo creo que es el sotol que les dio Porfirio. Ya empezaron a cantarle.”

“Ah bueno, nomas que no les cante el tecolote…y ora? Se estan apostando las baterias francesas?”

“Tan lejos?” Lopez observaba cuidadosamente por el catalejo.

“Escudriñelas bien, Lopez, no son baterias de marina verdad?”

“No pudieron subirlas por Maltrata, mi general. Estaba la cuesta muy empinada y todavia estan en Orizaba. No, son Napoleones comunes y corrientes.”

“No estan a tiro de los fuertes. Que clase de pendejada es esa? No que son el mejor ejercito del planeta?”

”No pero si alcanzan a la gente de Pueblita, mi general. Quiere que les ordene retirada?”

“Demasiado tarde, Lopez. Ya comienzan a disparar. Pobres cabrones. Seguro ahorita regresan corriendo.”

Un obus hacia arco en direccion al cerro y caia peligrosamente cerca del estandarte guadalupano. A ese le siguieron varios mas. Los zacapoaxtlas seguian firmes.

Lopez noto que quedamente Zaragoza murmuraba: “dispersalos…dispersalos…”

Huicho tocaba lentamente, ta-ca-tan, ta-ca-tan. Pueblita sostenia el estandarte y se habia apostado enfrente del nino para protegerlo. El redoble era como el latir de un corazon. Pueblita sabia que mientras su gente pudiera oirlo no se iban a quebrar.

“Que la gente se disperse!” grito Pueblita. Huicho cambio la cadencia para transmitir la orden. Pueblita rugia para hacerse oir entre el huracan de la metralla. “Pero no dejen a la prieta sola! Oyeron cabrones! La prieta no se va!”

La loma asemejaba un volcan. Llovia la metralla que explotaba en lo alto de los Zacapoaxtlas y los heria con esquirlas letales. Otros obuses entraban rebotando entre la gente, causando heridas horrorosas. Piernas, brazos, cabezas, volaban por los aires. Los zacapoaxtlas se dispersaron en la loma para no presentar tan buen blanco. Un obus cayo entre el grupo de la izquierda. La bandera mexicana se vio desaparecer por un momento. Luego manos ensangrentadas la volvieron a erigir. Huicho se cobijaba detras del cacique. El tambor seguia ta-ca-tan, ta-ca-tan, y se oia…Tonantzin! Tonantzin!

“Lopez!” ordeno Zaragoza. “Mande un oficial y que le ordene a Pueblita que se retire. Los estan matando a lo pendejo..”

“Ire yo, mi general!”

“Piquele! Llevese mi alazan. El Comecuras no le tiene miedo a la metralla!”

Enmedio del huracan de metralla llego un Zacapoaxtla y le grito a Pueblita para hacerse oir entre el aullido de los obuses.

“Mi general! Que ya mataron a su Lupe!”

El cacique escupio. “Sea!”

“Bien, Coronel Lalane,” comenzo Lorencez, “es hora de que el 99 infanterie de la ligne entre en batalla. Despejen esa loma y sigase rumbo a los fuertes.”

Lalane saludo con su sable. “A ver! Mangin! Duplesis! Maurier! Tomen el primer batallon y limpien el campo. Usen la bayoneta! No necesitan gastar parque!”

“Bueno, si nos toco, Bremont!” dijo alegremente Mangin. “En avant muchachos!”

La banda de guerra del 99 infanterie de la ligne comenzo a tocar las elegantes y briosas notas del Sambre et Meuse. El fuego de la artilleria ceso cuando se aproximaban a la loma. Podian oir un leve ta-ca-tan, ta-ca-tan, y unos gritos guturales que no podian comprender.

“A mi zacapoaxtlas! Juntense alrededor de la prieta!” Huicho transmitio la orden. La gente de Pueblita corrio y se aposto alrededor del estandarte. Era ya un grupo muy reducido, tal vez la mitad de los que habian iniciado el bombardeo. Habian muchos cadaveres y pedazos de cadaveres disperses en la loma. Los machetes salieron de sus fundas. El sol de mayo los hizo brillar.

El Comecuras era un caballo dificil de manejar. Lopez, que era catrin, a duras penas no se cayo de la silla. Lopez rayo el caballo cerca de Pueblita. “Que dice mi general Zaragoza que ud. y su gente se retiren!”

“Dile a tu general que ya es muy tarde!” contesto Pueblita. “Esos cabrones ya estan aqui! Y la prieta no se va!”

En efecto, la columna francesa estaba ya a cien metros. El Comecuras se le encabresto y Lopez medio se cayo mediso se bajo del alazan y lo dejo ir. El animal, dando de coces, se regreso al fuerte, con su amo, el chinaco. Lopez desenfundo su sable de oficial. “Cabron animal! Casi me mata! Bien, yo tambien aqui me quedo mi general!”

“Orale! Huicho! Arma escandalo!” Y el redoble del tambor subio a crescendo.

Lopez esperaba que los franceses los iban a fusilar sin misericordia y no se veia ni un triste fusil entre los Zacapoaxtlas que sostenian el machete en alto. Alguien le paso una botella de sotol y apuro varios tragos. “Ya me llevo la chingada aqui y tenia que ser entre estos indios cabrones que ni cristianos son creo yo!”

Los franceses avanzaban en una columna. No se habian molestado en desplegarse en linea ni en disparar. Confiaban en pasar como cuchillo caliente entre mantequilla. Al frente, entre los oficiales, estaba Mangin. Bremont marchaba detras, junto con un viejo soldado, veterano de la Crimea, que portaba la tricolor francesa. Junto a el otro veterano portaba un estandarte con un aguila napoleonica de oro macizo. Grabadas en letras de oro en la bandera del primer batallon del 99 infanterie de la ligne estaban las leyendas: “Austerlitz” y “Eylau”.

Mangin blandia su sable al frente. Vio el estandarte guadalupano y a un indio viejo que seguramente era el comandante. Si les quitan el estandarte, sabia, esa gente se quebraba. Se dirigio hacia el.

El choque fue tremendo. La linea mexicana se cimbro. Por un momento se vio al aguila francesa y la tricolor penetrar entre el grupo de zacapoaxtlas. Las bayonetas francesas se clavaron en el vientre de los mexicanos.






El Machete Zacapoaxtla






Sin embargo, en la lucha tan de cerca, se midio el machete mexicano, arma pesada, descendiente del gladius romano, habilmente manejada por gente que estaba acostumbrada a usarlo desde chiquitos, contra la bayoneta francesa, letal, si, pero comparativamente esbelta. El aguila napoleonica se vio caer y desaparecer en el tumulto y el humo. Una mele se formo alrededor de la bandera francesa.

“Puta madre!” dijo atonito Zaragoza.

“Merde!” grito Lorencez emulando sin querer a Cambronne.

Se vieron los machetes blandir y levantarse y caer repetidamente, como si fuera tiempo de zafra. Y si lo era. Pero en lugar de cortar cana se cortaban cabeza y brazos y se abrian vientres. Un rio de sangre empezo a fluir de la loma. El 99 infanterie de la ligne titubeo. La bandera cambio de manos. Ahora la tenian manos morenas. Volvio a surgir la marea francesa, esta vez desesperada por recuperar su aguila y su tricolor. Y solo se oian gritos horribles de los heridos, un redoble furico de un tambor, y un canto gutural: Tonantzin! Tonantzin!

Un ultimo esfuerzo desesperado alcanzaron a hacer los franceses, arengados por Mangin, el unico oficial sobreviviente. Tenia el sable chorreando sangre y el rozon de un machetazo en la sien. Llego a tocar el estandarte mexicano pero a duras penas se libro de un machetazo que casi lo decapita. En vista del sacrilegio, de que manos impuras les tocaran a la prieta, los zacapoaxtlas aullaron de rabia y pelearon con mas furia. Era evidente que los franceses no recuperarian ni su aguila ni su tricolor.

“Hay que replegarnos, mon Capitaine,” le suplico Bremont que sangraba profusamente. “Nos mataron mas de la mitad de la gente.”

“Bien,” asintio tristemente Mangin. “Hay que hacerlo en orden, de cara al enemigo. Y levanten los heridos que puedan. Estos desgraciados han de ser antropofagos!”

Los restos del primer batallon del 99 infanterie de ligne se retiraron lentamente en direccion al resto del regimiento que ya se acercaba.










"Llevele a Zaragoza esta puta gallina!"











“Lopez!” grito Pueblita. “Llevele a Zaragoza esta puta gallina!” En las manos del cacique estaba el aguila napoleonica y la tricolor francesa. “Y este trapo. No se que chingaos tiene escrito. Ha de ser una mentada de madre!”

Lopez reconocio las leyendas grabadas y se quedo atonito. “Jijos! Deshonro ud. a Francia mi general! Y no me voy sin ud., su prieta, y su gente, mi general. Ya le dieron orden de dejar el campo. No se pierde el honor. Ademas que ya vienen mas gabachos!”





"Y este trapo!"
















Los zacapoaxtlas levantaron a sus heridos y se los llevaron hacia los fuertes. El redoble del tambor seguia latiendo. Los vitores del cuerpo de ejercito de oriente les daban la bienvenida. Pueblita vio que en las alturas del Loreto una figura lo saludaba marcialmente. Pueblita saludo a su vez con su machete y sonrio. “Le dije que no era traidor!”





1 comment:

José Carlos Rodríguez Pueblita said...

Interesante narración de lo aquella batalla... No coincido con tus ideas, pero reconozco la labor histórica. Saludos,
José Carlos Rodríguez Pueblita
http://jcpueblita.blogspot.com/