Monday, October 23, 2006

El Alba

A ver como sale esto. Es una novela por entregas, muy al estilo del siglo XIX, aunque sin el talento de un Sue o un Dumas por supuesto. He descubierto cosas muy fascinantes acerca del periodo preliminar de la independencia. Habia toda suerte de conspiraciones. La inquisicion andaba por todas partes. La bronca es que Napoleon habia secuestrado a Fernando VII y habia puesto a un espurio en el trono de España, a su hermano Jose, llamado Pepe Botella por lo borrachin. A resultas de tener tal espurio borrachin en el trono las instituciones quedaban desacreditadas. Muchos argumentaban entonces que la soberania recaia entonces en los pueblos. Esto dividio a los Españoles asentados en Mexico en dos partidos, y de ahi pal real...

I Desayuno del Virrey - Junio 23 de 1808 – Ciudad de Mexico

En la obscuridad, un gallo canto. Jose Joaquin de Iturrigaray y Arostegui, general del ejercito de España, veterano de Rosellon, y virrey de la Nueva España, se desperto. Acostumbrado a las fatigas y sobresaltos militares, tenia el sueño ligero. A su lado, su esposa, Maria Inez de Jauregui, dormia placidamente. El virrey camino al balcon de sus aposentos. La calle estaba vacia, tranquila, en unas cuantas horas se llenaria de gente y de carretas. Al oriente, entre los dos volcanes gigantes que custodiaban el valle de Mexico, se divisaba un tenue resplandor que anunciaba el alba. “Agua va!” dijo y desde el balcon vacio la basinica que acababa de usar. El palacio no tenia plomeria.

El virrey se arropo pues la mañana era fresca y el, a sus 66 años, ya no era un hombre joven. Una tenue linterna de aceite de ballena alumbraba los corredores del palacio de los virreyes. Iturrigaray camino cuidadosamente por el corredor pues toda la noche habia estado el chipi chipi y la loza estaba resbalosa. Luego descendio por una amplia escalera que daba a un hermoso patio adoquinado. Este estaba rodeado de una gran variedad de plantas que Iturrigaray habia coleccionado en sus viajes por la Nueva España. En una esquina habia una puerta de donde salia la luz de varias linternas. Don Jose vio a varias mujeres de piel cobriza dentro. Hablaban quedamente mientras trabajaban.

“Dona Matilde, señoras, buenos dias,” saludo el virrey entrando en la habitacion. Las mujeres inclinaron la cabeza.

La encargada de la cocina virreinal, una mujer morenisima y de carnes generosas se le acerco. “Buenos dias tenga su merced. Le preparamos el desayuno?”

El virrey, un peninsular grandote y colorado que habia echado panza desde que llego a Mexico, se lamio los labios. Habia adquirido gran gusto por los guisos de la Nueva España. “Si! Le agradeceria que me hiciera esos chilaquiles, como uds. los llaman. Sin embargo, no me cargue mucho el chile esta vez, por favor.”

La mujer le sonrio y mostro una dentadura perfecta. “No se preocupe, don Jose, me ire con tiento. Quiere que se lo llevemos a sus habitaciones?”

“No,” dijo el virrey jalando una silla y sentandose en una mesita. Saco una bolsa con tabaco y empezo a prepararse un pitillo. “La virreina todavia duerme. Aqui comere si no tiene ud. inconveniente.”

“Por supuesto, don Jose!” dijo la mujer mientras le servia un aromatico café de olla. En eso entro el sargento Blas, de la guardia del palacio. Al ver al virrey se cuadro y saludo.

“Que tal la guardia sargento?” pregunto el virrey. El sargento era un hombre pequeño, indigena, con bigotes de aguamiel. En el ejercito de España en la Nueva España era raro encontrar sangre peninsular excepto en los cuadros superiores. La pregunta que estos ultimos siempre tenian en su mente era: se harian matar estos hombres morenos por el rey?

“Sin novedad, su señoria,” explico el sargento. Tan solo unos borrachos que pasaron frente a palacio a la media noche.”

“Creo que oi algo de escandalo.”

“Llamamos a los serenos, su señoria, y los arrestaron pero resultaron ser influyentes, unos hidalgos que andaban dando serenatas y se pasaron de copas. Los llevaron al arzobispado para dormir la mona.”

“Si, me imagino que salieron con eso de que ‘usted no sabe con quien se mete’, verdad?”

“Pos ya se imagina, su señoria. Se ponen luego rete majaderos.”

El virrey se rio. “Pues ojala entonces que las mazmorras del arzobispo los hagan entrar en razon.”

“Aqui esta el atole para la guardia, sargento,” dijo doña Matilde dandole a este un tarro grande y una canasta con tortillas calientitas y recien hechas.

“Con su permiso su señoria,” el sargento saludo otra vez y se llevo el desayuno.

Afortunadamente, penso para sus adentros Iturrigaray, en la Nueva España hay tranquilidad. El gallo volvio a cantar. Picoteaba en el patio del palacio acompañado de dos gallinas. A una de ellas el pajarraco se le monto. Iturrigaray los vio y sonrio. En la Nueva España nunca pasa nada, todo es como Dios manda.

El reino de la Nueva España que Iturrigaray gobernaba se extendia desde las desoladas planicies de Tejas hasta las impenetrables selvas del Darien en Panama. El Baron de Humboldt, apenas hace unos años huesped de Iturrigaray, calculaba su poblacion en tan solo seis millones de almas. Es decir, la Nueva España estaba muy despoblada.

Los EEUU empezaban a ser un problema. Varias veces la marina virreinal habia arrestado naves de estos pescando ilegalmente en las costas de California y de Tejas. La frontera norte con la Luisiana, poco cuidada a excepto de unos cuantos presidios aislados, era comunmente cruzada por toda clase de forajidos e ilegales norteamericanos. A raiz de la venta de la Luisiana a los EEUU se extendia entre sus habitantes la doctrina del Destino Manifiesto segun el cual los norteamericanos eran destinados por Dios a extender sus dominios de oceano a oceano.

El plato de chilaquiles fue excelente y la conversacion con las mujeres de la cocina amenizo el desayuno del virrey. Para cuando se levanto de la mesa don Jose se sintio tentado a volver a la cama a dormir un rato mas. Sintio una sensacion de pesadez y los comienzos de un mareo. Estaba sobrepasado de peso, el lo sabia bien, y era aficionado en demasia al rioja que traian de su madre patria. Suspiro con tristeza, ya no era el mismo perdonavidas que habia marchado al frente del tercio de Cataluña contra el centro de la linea francesa en Rosellon enmedio de un huracan de metralla y con la tierra resbaladiza con sangre, entrañas, y sesos. El mareo paso. Era, penso don Jose sonriendo, lo que los mexicanos llamaban “la bola”…la bola de años.

“Con el perdon de su señoria!” anuncio el sargento Blas. “Tiene un visitante que acaba de llegar de Veracruz. Trae la contraseña del servicio de la corona y dice que es urgente que lo reciba.”

Detras del sargento venia un hombre alto vestido con ropas de viajero. Se quito el amplio sombrero de charro y Iturrigaray reonocio a Fray Melchor de Talamantes. Iturrigaray sonrio y lo abrazo. “Vaya! El fraile Inca! Que os trae por aqui? Acaso a la flor de la canela viene a enraizarce en estas tierras? Enhorabuena!”

Fray Melchor de Talamantes, cura seglar y antiguo miembro de la orden de los carmelitas, era un mestizo que habia nacido en Peru donde sirvio a las ordenes del virrey de esa provincia. Aficionado a los libros subversivos, por lo general de escritores franceses, y al juego, habia atraido la atencion del tribunal del santo oficio. Habia decidido por prudencia –y decian los malillas que huyendo de ciertos maridos cornupetas pues el fraile era buen mozo—emigrar a la Nueva España. Ahi entro al servicio del virrey Iturrigaray el cual le confio varias misiones delicadas, de las que involucraban descargo de polvora o de dar lo que en Mejico (asi lo escribian los españoles) llamaban mordidas o cruzar acero y crear viudas y huerfanos.

En una de sus misioes al servicio del virrey Fray Melchor recorrio la frontera de Tejas con Luisiana e hizo un reporte sobre lo expuesta que estaba esta provincia a una invasion de filibusteros. Iturrigaray hizo lo que pudo por fortalecer las guarniciones de los presidios y mando a la peninsula el reporte con la recomendacion de que se le prestara oido. Desafortunadamente ese reporte languidecia tal vez en algun cajon olvidado del archivo de indias.

“Vive Dios, don Jose, que si usted contemplara esa mulata acabaria tan enamorado de ella como toda Lima lo esta. No, su señoria, vengo a darle parte de menesteres mas graves. No hace unos cuantos dias que llego una nave desde España a Veracruz. En cuanto lei los periodicos que traia me vine a matacaballo a la capital. Acabo apenas de llegar. Podemos hablar en privado?”

“Sigame, Fray Melchor,” dijo Iturrigaray sin mas. Si Talamantes cabalgo a matacaballo entonces las noticias que traia eran graves. Los dos hombres se dirigieron al despacho del virrey. En el patio se oyo al gallo volver a cantar.

II Guelatao

Esa misma mañana, muchisimo mas al sur de la Ciudad de Mexico, entre las verdes montañas de Oaxaca, tres viajeros divisaban un humilde caserio. Los tres viajeros eran bastante disimiles. El que parecia ser el lider era alto, cobrizo, y flaco de carnes. Lo seguia un hombre extremadamente gordo, bajo, y muy moreno. Finalmente habia un tercero que parecia ser el termino medio pues no estaba ni muy flaco ni muy gordo y ni muy alto o bajo. Sin embargo, su craneo mostraba la deformacion tipica a la que se sometian los antiguos habitantes de la peninsula yucateca. Los tres eran obviamente indigenas e iban vestidos a la usanza de cada uno de sus pueblos: mexica, totonaca, y maya. Lo unico que tenian en comun era la cabellera cana pues ya estaban entrados en años.

“Pues ahi esta Guelatao,” anuncio el lider.

“Bendito sea dios,” dijo el totonaca. “Estos cerros son solo de subida!”

“Bien, recomiendo prudencia, hermanos” apunto el maya. “Si interprete los signos correctamente, el niño esta sano. Pero no conviene atraer la atencion hacia el.”

Tanto el mexica como el totonaca se persinaron. Lo que el maya implicaba era no atraer la atencion de cierto personaje innombrable, su nemesis.

“Bueno, pues, escenificare la farsa cual debe de ser,” dijo el mexica. Se quito su ayate y se puso un habito de franciscano. La tonsura que llevaba era natural.

Los tres viajeros bajaron al pueblo, que estaba en una cañada junto a un arroyo. Los perros de inmediato empezaron a ladrar. Los hombres, que se dirigian a las milpas, los vieron y se descubrieron al ver al “franciscano”.

“Avenganse al santisimo!” anuncio el maya en zapoteco, lengua que dominaba. “El cura don Ramiro ha venido a bautizar a los niños que esten sin este sacramento. Juntense pues. Tienen que negar al diablo!”

El que se apareciera un cura por esos cerros perdidos era un gran acontecimiento. La intencion de trabajar de los hombres fue abandonada. Iba a haber fiesta. Se buscaron las botellas escondidas. Mas de un infeliz cochino y pipila (guajolote) fue sacrificado ese dia para preparar los tamales. Las mujeres de inmediato empezaron a organizar los bautizos y algunas parejas se presentaron a pedir que los casaran para ya no vivir en el pecado. Empezaron por bautizar a los mas tiernitos. La mortalidad infantil era muy alta y el que un niño “se lograra” era considerada como una gran bendicion.

Despues de varias horas de hacer cola, una mujer se presento llevando de la mano a un niño de dos años. “Se llama Benito,” explico la mujer.

El cura cruzo una mirada significativa con sus compañeros. El niño los miraba con asombro y algo de recelo. En forma rapida el cura le derramo agua bendita en la testa y solto unos latinajos, pues no solo dominaba esta lengua sino tambien el griego y el arabe.

“Señora, mis compañeros son medicos de gran renombre en el Totonacapam y en Yucatan. Ellos quieren saber si su hijo esta de buena salud.”

“Pues mire, señor cura, a no ser que es un poco distraido, esta sano. Es muy seriecito, no como yo o su papa.”

“Si nos permite,” continuo el cura, “le quisieramos dar un amuleto sagrado para que lo proteja. Esta ud. de acuerdo?” La mujer de inmediato accedio y les dio las gracias y se llevo al niño que ahora portaba un amuleto colgando del cuello. Empezo a caer una fina lluvia. El mexica quedamente dio las gracias a Tlaloc.

Tres dias estuvo en Guelatao el cura don Ramiro y sus dos compañeros. La familia del niño les dio posada, cosa que aprovecharon para observarlo y darle consejos. Varias parejas se echaron la soga al cuello y muchos niños abjuraron de Satanas. Los doctores del Totonacampan y de Yucatan hicieron muchas curaciones y prepararon varios brebajes que ayudaron a aliviar las multiples querencias del lugar. Igualmente afortunado fue un anciano que coincidio en morir mientras el cura estaba en el pueblo y recibio por lo tanto la extrema uncion.

Varios años despues, cuando un dia se presento un dominico agrio que dijo no saber de ningun franciscano de nombre don Ramiro, todavia se recordaba la memoria de los tres sabios ancianos que habian dado un amuleto para proteger al niño Benito Juarez, el mismo que se decia ahora estudiaba leyes en la Antequera.

(tu bi continued)

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