Thursday, December 07, 2006

Soldados Norteamericanos en Irak




Cuando vi este video se me lleno la cara de pena ajena, como dice mi madre.

Es indignante la forma tan denigrante de actuar, de personas entrenadas no nada mas para matar, si no tambien con tan poca falta de humanidad.

El odio es poco o inclusive desearles la muerte seria minimo y no pagarian ni en esta ni en otra vida, los atropellos, las burlas y las muertes que han dejado a su paso.

Esto me recuerda la carta de un teniente retirado de Estados Unidos, que se llama Aferrate a tu Humanidad, pero que pedirle a estos soldados si ni humanidad tienen.

La carta es esta:

Carta abierta a los soldados de EU en Irak

Aférrate a tu humanidad

Stan Goff

Estimado servidor o servidora de las fuerzas armadas en Irak:

Soy un veterano del ejército en retiro, y mi propio hijo está entre ustedes, paracaidista como yo. Los cambios que les están ocurriendo a todos ustedes -algunos más extremos que otros- son cambios que conozco muy bien. Voy a decirte, pues, algunas cosas directas en el lenguaje al que estás acostumbrado.

En 1970 me asignaron a la brigada aerotransportada 173, acantonada entonces en el norte de la provincia de Binh Dinh, de lo que era en ese tiempo la república de Vietnam. Cuando fui allá tenía la cabeza llena de mierda: mierda de los medios noticiosos, mierda de las películas, mierda de lo que supuestamente significaba ser hombre, y mierda de un montón de vecinos ignorantes que nos contaban montones de cosas sobre Vietnam aunque nunca habían estado allí ni en ninguna otra guerra.

La esencia de toda esta mierda era que teníamos que "mantener el curso en Vietnam" y que estábamos en una misión para salvar a los vietnamitas buenos de los vietnamitas malos, y para evitar que los malos vietnamitas desembarcaran en las costas de Oakland. Mantuvimos el curso hasta que 58 mil estadunidenses estaban muertos y muchos más lisiados de por vida, y 3 millones de asiáticos habían perecido. Ex militares e inclusive muchos en servicio activo tuvieron un papel importante en poner punto final a ese crimen.

Cuando comencé a oír hablar de armas de destrucción masiva que amenazaban a Estados Unidos desde Irak, un país destrozado que había soportado más de una década de guerra de trincheras seguida por una invasión y 12 años de sanciones, mi primera pregunta fue cómo diablos podía alguien creer que esta acongojada nación pudiera representar una amenaza para Estados Unidos. Pero luego recordé cuántas personas creyeron que Vietnam era una amenaza para nuestro país. Yo entre ellas.

Cuando ese disparate sobre las armas se deshilachó como una camisa de dos dólares, los políticos que cocinaron esta guerra les dijeron a todos, entre ellos a ti, que serían saludados como grandes libertadores. A nosotros nos dijeron que estábamos en Vietnam para asegurar que todos los vietnamitas tuvieran derecho al voto.

Lo que no me dijeron es que antes de que llegara allá, en 1970, las fuerzas armadas estadunidenses habían estado incendiando aldeas, matando ganado, envenenando tierras de cultivo y bosques, matando civiles por deporte, bombardeando poblados enteros y cometiendo violaciones y masacres, y que las personas dolidas y enfurecidas por esos actos no estaban en posición de entender la diferencia entre yo y las personas que les habían hecho eso: sólo sabían que éramos del mismo país.

Lo que a ti no te dijeron es que entre 1991 y 2003 más de millón y medio de iraquíes murieron de desnutrición, falta de atención médica y malas condiciones sanitarias. Más de medio millón de los que murieron eran los más débiles: los niños, sobre todo los muy pequeños.

Mi hijo que ahora está allá tiene un bebé. Visitamos a nuestro nieto cada vez que podemos. Tiene 11 meses. Muchos de ustedes tienen niños, así que saben lo fácil que es amarlos de veras, y amarlos tanto que todo su mundo se vendría abajo si algo les pasara. Los iraquíes sienten lo mismo por sus bebés. Y no van a olvidar que el gobierno de Estados Unidos es responsable en gran parte por la muerte de medio millón de niños.

Así que la mentira de que serían recibidos como libertadores fue nada más eso: una mentira. Una mentira para que el pueblo de Estados Unidos abriera su bolsillo para financiar esta obscenidad, y una mentira para animarte a ir a combatir.

Y cuando pones esto en perspectiva, sabes que si fueras iraquí probablemente tampoco te fascinaría que soldados estadunidenses se apoderaran de tus pueblos y ciudades. Esta es la cruda realidad que descubrí en Vietnam. Cuando estuve allí supe que si fuera vietnamita, habría sido uno de los vietcong.

Pero allí estábamos, siguiendo órdenes en un país que pertenecía a otro pueblo, haciendo el papel de ocupante sin conocer a la gente, su idioma o su cultura, con la cabeza llena de pendejadas que nuestros llamados líderes nos habían dicho durante el entrenamiento o en preparación para el despliegue, e incluso cuando llegamos allá.

Allí estábamos, enfrentando a personas a quienes se nos ordenaba dominar, cualquiera de las cuales podría estar lanzando morteros o disparando rifles AK contra nosotros esa misma noche. La pregunta que queríamos hacer era: ¿quién nos puso en esa situación?

En nuestro proceso de combatir para so-brevivir, y en el proceso de ellos de tratar de expulsar a un invasor que violaba su dignidad, destruía su propiedad y mataba a sus inocentes, vimos que quienes nos habían pues-to frente a ellos eran sujetos que tomaban esas decisiones ataviados con trajes de 5 mil dólares, que reían a carcajadas y se daban palmadas en la espalda en Washington con el pinche culo retacado de cordon blue y caviar.

Nos vieron la cara. A cualquiera puede pa-sarle lo mismo. Así estás tú ahora, sólo que con menos árboles y menos agua.

No hemos encontrado aún cómo detener a esos políticos de cara afilada, hambrientos de petróleo, que se palmean la espalda en Washington, y parece que vamos a estar entrampados allá un poco más de tiempo. Por eso quiero contarte el resto de la historia.

Yo cambié allá en Vietnam, y no fueron cambios agradables. Comencé a verme em-pujado hacia algo que tenía necesidad del dolor de otra persona. Nada más para que no me tomaran por un "pinche misionero" o un posible traidor, aprendí cómo encajar en ese grupo que era intocable, unos tipos demasiado locos para meterse con ellos, que deseaban esa sensación de omnipotencia que da prender fuego a la casa de alguien por puro gusto, o matar, hombre, mujer o niño, sin pensarlo dos veces. Tipos que tenían el poder de vida o muerte porque podían hacerlo.

La rabia ayuda. Es fácil odiar a todos aquellos en quienes no podemos confiar dadas las circunstancias, y enfurecerse por lo que he-mos visto, por lo que nos ha ocurrido y por lo que hemos hecho y no podemos deshacer.

Para mí fue pura actuación, una forma de tapar miedos profundos que no podía nombrar, y la razón que ahora entiendo es que teníamos que deshumanizar a nuestras víctimas para poder hacer lo que hacíamos. Muy dentro de nosotros sabíamos que estaba mal lo que hacíamos. Así pues, se volvieron dinks o gooks, como ahora los iraquíes se vuelven cabezas de trapo o hajjis. Había que reducir a las personas a niggers para poder lincharlas. No hay diferencia.

Nos convencimos de que debíamos matarlos para sobrevivir, aunque no era cierto, pero algo en nuestro interior nos decía que mientras fueran seres humanos, con igual valor intrínseco que nosotros teníamos como humanos, no podíamos incendiar sus casas y graneros, matar sus animales y a veces hasta asesinarlos. Usamos esas palabras, esos apodos para rebajarlos, para despojarlos de su humanidad esencial, y ya entonces podíamos hacer cosas como ajustar el fuego de artillería a los chillidos de una bebé.

Hasta que esa bebita enmudeció, y he aquí algo importante que hay que entender: esa bebita nunca entregó su humanidad. Yo sí. Nosotros sí. Es lo que tal vez tú no entiendas hasta que sea demasiado tarde. Cuando privas de su humanidad a otro, matas tu propia humanidad. Atacas tu propia alma porque se interpone en el camino.

En fin, terminamos nuestra gira y regresamos con nuestras familias, y ellas pueden ver que, a pesar de que funcionamos, estamos vacíos y somos ya incapaces de conectarnos realmente con la gente, y tal vez podamos seguir durante meses o incluso años antes de llenar con anestésicos químicos -drogas, alcohol- ese vacío en el que abandonamos nuestra humanidad, hasta que nos damos cuenta de que jamás podrá llenarse y nos pegamos un tiro, o nos arrojamos a la calle, donde podemos desaparecer entre la escoria de la sociedad, o herimos a otros, en especial a quienes intentan amarnos, y terminamos como otra estadística de prisión o enfermos mentales.

Jamás podrás escapar al hecho de que te volviste racista porque fabricaste el pretexto que necesitabas para sobrevivir, para quitarle a la gente cosas que nunca podrás devolverle, o que mataste una parte de ti mismo que tal vez jamás recobrarás.

Algunos de nosotros sí podemos. Tenemos suerte y alguien se interesa lo bastante para resucitarnos emocionalmente y traernos de nuevo a la vida. Muchos no. Yo vivo con rabia cada día de mi vida, aun cuando nadie la ve. Puedes escucharla en mis palabras. Detesto que me vean la cara.

Aquí está, pues, mi mensaje para ti. Harás lo que tengas que hacer para sobrevivir, según la definición que tengas de sobrevivencia, mientras nosotros hacemos lo que tengamos que hacer para poner fin a esto. Pero no entregues tu humanidad para encajar, para probarte a ti mismo ni para darte un levantón de adrenalina. Ni para desquitarte cuando estés furioso o frustrado. Ni para que algún desgraciado político militarista de carrera haga méritos contigo. En especial el consorcio Bush-Cheney, de gas y petróleo.

Los altos jefes tratan de ganar control de las reservas energéticas del planeta para torcerles el brazo a los futuros competidores económicos. Eso es lo que pasa, y necesitas entenderlo; luego haz lo que sea necesario para aferrarte a tu humanidad. El sistema te dice que eres una especie de héroe de acción, pero te usa como pistolero. Te ve la cara.

Esos que llaman tus líderes civiles te ven como un bien fungible. No les importan tus pesadillas, el gas que estás respirando, la soledad, las dudas, el dolor, ni cómo tu humanidad se va desgajando poco a poco. Recortarán tus beneficios, negarán tus enfermedades y esconderán del público a tus muertos y heridos. Ya lo están haciendo.

A ellos no les interesa. Así que tú tienes que hacerlo. Y para conservar tu humanidad debes reconocer la humanidad en las personas cuya nación estás ocupando y saber que tanto tú como ellas son víctimas de esos malditos ricachones que dan las órdenes.

Ellos son tus enemigos -los trajeados- y son enemigos de la paz, de tu familia, en especial si es negra, inmigrante o pobre. Son ladrones y buscapleitos que toman y nunca dan, y dicen que "jamás saldrán corriendo" de Irak, pero tú y yo sabemos que jamás tendrán que correr porque los muy hijos de la chingada no están allá. Tú sí.

Seguirán engañando y sonriendo mientras obtienen lo que desean de ti, y cuando hayan acabado contigo te arrojarán a la basura como un condón usado. Pregúntales a los veteranos a quienes en estos días les están recortando sus beneficios. Bush, Rumsfeld y sus amigotes son parásitos, y son los únicos beneficiarios del caos en el que tú estás aprendiendo a vivir. Ellos se llevan el dinero. Tú te llevas las prótesis, las pesadillas y las enfermedades misteriosas.

Así pues, si tu rabia necesita un objetivo, allí están ellos, los responsables de que estés allá y de que sigas allá. No puedo decirte que desobedezcas porque con eso me colocaría probablemente fuera de la ley. Será una decisión que tú tendrás que tomar cuando las circunstancias y tu conciencia así lo dicten, llegado el caso. Pero es perfectamente legal negarse a obedecer órdenes ilegales, y las órdenes de maltratar o atacar a civiles son ilegales. Ordenarte guardar silencio sobre esos crímenes también es ilegal.

Puedo decirte, sin miedo a consecuencias legales, que jamás tendrás la obligación de odiar a los iraquíes, jamás tendrás obligación de entregarte al racismo o al nihilismo y a la sed de matar por matar, y jamás estarás obligado a permitir que te despojen de los últimos vestigios de tu capacidad de ver y decir la verdad a ti mismo y al mundo. No les debes tu alma.

Vuelve a casa sano y salvo. Las personas que te aman y que te han amado toda la vida te esperan aquí, y queremos que regreses y seas capaz de mirarnos a la cara. No dejes tu alma en el polvo como un cadáver más. Aférrate a tu humanidad.

Stan Goff, sargento mayor del ejército de Estados Unidos (Ret.)

Tomado de CounterPunch

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