Saturday, January 06, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo III


III. Los Yaquis

Yo no se si soy yo el de la mala suerte o era Brigida. El caso es que estabamos ella, yo, y mi tio abordo del ultimo tren.

Brigida me sostenia sentado sobre el techo de un vagon. “No te duermas, Pavon, te dieron un putazo en el craneo.”

“Ya dejo de vomitar?” pregunto mi tio.

“Creo que si. O por lo menos no tiene ya nada en el estomago,” contesto Brigida. Yo solo podia gemir. Me habian puesto un paliacate en la cabeza y todavia seguia sangrando. Tenia un ojo casi cerrado y todo el lado izquierdo de mi cara estaba hinchado. Lo peor era el dolor de cabeza marca del demonio que sufria.

Mi tio se paro con sobresalto. “Y ora? Porque nos paramos?”

La gente se empezo a apear. El tren parecia un hormiguero. Finalmente, un oficial anuncio que “ya se chingo la maquina! Bajense todos!”

“Y que vamos a hacer mi capitan?” pregunto mi tio despues de saludar reglamentariamente.

“Ahi cada quien que vea por su pellejo!” contesto el capitan. “Los yaquis no estan muy lejos. Nos vienen siguiendo en otro tren.”

“Pero, no podemos abandonar los heridos!” protesto un oficial medico. Vestia una bata tinta en sangre.

“Doctor, ahi usted decide,” explico el capitan mientras se montaba en su yegua. “Los yaquis no van a tomar prisioneros.” Acto seguido espoleo al caballo y se fue rumbo al norte al galope. Otros soldados tambien se habian montado y lo siguieron. El resto de la gente del tren, en su mayoria infantes y soldaderas, algunas con sus chamacos al pecho, penosamente empezaron a caminar siguiendo la via del tren.

“Puta madre!” juro el medico. Luego a lo lejos se oyo el silbato de una locomotora. Eran los yaquis. Estaban mas cerca de lo que imaginabamos. El medico miro a su alrededor con panico y enseguida empezo a seguir a la muchedumbre.

“Brigida! Ayudame a bajar a Manuel!” ordeno mi tio. Entre los dos me bajaron del techo del vagon. Dentro de este se oian los gritos y gemidos de los heridos.

“Cabrones! Porque nos dejan!” gritaba un mayor de los dorados. Tenia unos muñones ensangrentados donde habian estado sus piernas. Se habia arrastrado hasta la puerta del vagon. Sus heridas se habian vuelto a abrir. Aullaba de dolor y de rabia. “Traidores! No nos abandonen hijos de la chingada!”

Un sargento de infanteria trataba infructuosamente de montar una yegua negra. “Tate quieta! Hija de la chingada! Puta!”

Brigida se carcajeo. “La Babayaga tiene el diablo adentro! Esa no la monto mas que yo!” Silbo con dos dedos y la yegua se encabrito y le dio sendo caballazo al sargento y lo dejo en el polvo. Luego, muy mansitamente el animal se dirigio hacia Brigida.

“Subete y te paso a Manuel,” dijo mi tio.

“Y oste que va a hacer don Francisco?” pregunto Brigida.

Mi tio se rio con resignacion. “A ver como me va con la indiada.”

“Si me dejan ir con ustedes yo los puedo guiar,” dijo un viejo aindiado y flaco.

“Y oste quien es?” dijo mi tio viendolo torvamente.

“Sostenes Maldonado para servirles. Estaba asignado como enfermero. Conozco estas montañas. No les aconsejo que sigan a la muchedumbre. Los yaquis se van a refocilar con ellos. Mejor nos los perdemos.”

“De veras?” pregunto Brigida. “Y a donde propone usted que vayamos?”

“Hacia allla,” contesto Maldonado apuntando hacia la sierra que estaba al noroeste. “Nos podemos esconder en ese mal pais.”

En efecto, se divisaba un gigantesco pedregal en esa direccion. Salia de un cerro mochado y negro.

“Y como se si nos va a traicionar?” pregunto mi tio.

“Soy tan solo un viejo. Ni armas tengo. Ademas, su muchacho necesita que lo operen. Yo se hacer la trepanacion y cargo la herramienta.”

El mayor de los dorados cayo pesadamente del tren y quedo tirado junto al vagon. Gemia lastimosamente.

“No queda tiempo, don Francisco!” dijo Brigida. “Vamonos con este viejo a ver a donde llegamos.”

“Ta gueno,” dijo mi tio de mala gana. “Pero si vemos a los yaquis, tu te juyes al galope con Manuel. Yo intentare distraerlos y darles tiempo a que se escapen.”

“Sea!” contesto Brigida. Mi tio y Maldonado me ayudaron a subirme a la Babayaga junto con Brigida. Esta me sostenia erecto. Asi fue como nos dirijimos hacia el mal pais.

Oberleutnant Oskar von Hutier caminaba cuidadosamente entre los heridos del vagon, inspeccionando cuidadosamente sus rostros. El tufo y la nube de moscas eran infernales pero no parecia molestarlo. Ya habia visto la guerra antes, cuando el Kaiser lo habia mandado a Peking como parte de la expedicion punitiva contra la insurrecion de los Boxers. A su lado, el cacique de los yaquis lo miraba con ojos torvos.

“Nadie lo vio entonces?” pregunto von Hutier.

El cacique sacudio la cabeza. “Se desaparecio. No esta entre la muchedumbre. De eso estoy seguro.”

Von Hutier se apeo del vagon. Se ajusto el monoculo a la prusiana y contemplo al cacique con enojo. “Las ordenes del general Obregon y del señor Carranza son que usted me proporcione todas las facilidades posibles. Tienen que encontrar a ese hombre!”

“Si hubiera un rastro, mi gente lo seguiria,” contesto el cacique sin amedrentarse. Con su baston de mando toco en el pecho a von Hutier. “No me quiera intimidar nembrandome a Alvaro. Yo conozco a ese cabron desde que era un mocoso. Y Carranza esta hasta Veracruz el cabron. Por lo que toca a Maldonado, es un zorro viejo. No va a ser facil capturarlo.”

Un yaqui se acerco al cacique y le entrego un costal sangriento. Von Hutier vio con horror que estaba lleno de orejas. “Gott im Himmel!”

El cacique se rio socarronamente. “No se asuste, guerito. Nosotros no hacemos la guerra a medias. Le recomiendo tambien que le diga a ese imbecil que no se separe de mi escolta. No respondo de lo que hagan mis muchachitos.”

El cacique apunto hacia donde estaba un europeo, ya viejo, que inspeccionaba cuidadosamente los cadaveres regados a lo largo de la via del tren.

“Herr profesor!” lo llamo con urgencia von Hutier. “No se separe del grupo!”

“Me recuerdan a los cosacos estos yaquis,” dijo el europeo flematicamente. “Tienen la misma nobleza y salvajismo.”

“El caso es que tambien les gusta coleccionar orejas, y usted tiene dos de mas,” dijo von Hutier agarrandolo del brazo. “Por Dios! Que no esta usted en Berlin!”

“Encontraron a Maldonado?” pregunto el profesor. Von Hutier sacudio la cabeza.

“Aguila Negra y sus muchachos son mis mejores hombres,” dijo el cacique. “Los pongo a su disposicion para que no me este chingando de que le va a ir a llorar a Alvaro.”

“Danke!” contesto von Hutier hacienda una leve inclinacion. Sus ojos se posaron donde estaba el mayor de los dorados tirado junto al vagon. Por el uniforme y las insignias el teuton lo reconocio como un oficial. Von Hutier se le acerco, lo saludo, y le ofrecio una cantimplora.

“Schnapps, le servira para el dolor.”

“Deme un balazo. Eso es mas efectivo,” contesto el villista. Se tomo un trago. “Gracias. Me estoy tardando demasiado en morir. No quiero que estos cabrones me desorejen mientras este vivo.”

Von Hutier vio las heridas horrendas. “Bien, pero antes, digame, ha visto este hombre?” El teuton le enseño una fotografia de Maldonado.

“Ja!” se rio el villista. “Aun entre los enfermeros ese hijoeputa tenia fama de brusco, no nos tenia miramientos. Si, lo vide. Se fue en aquella direccion. Hacia los cerros.”

Von Hutier le hizo una señal a Aguila Negra. Luego amartillo una Luger. “Cierre los ojos.”

“Gracias,” alcanzo a decir el villista.

Aguila Negra regreso y explico lo que habian observado. “Un caballo. Van dos a pie. Uno calza huaraches. El otro lleva botas federicas. Hay un olor a mujer. Hay gotas de sangre. Uno de ellos esta herido. Tal vez va montando el caballo. Nos llevan como dos horas de ventaja.”

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