Tuesday, February 27, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXII




XXII El Secreto del Moro (primera parte - mil perdones a Reverte y a Salgari)

Extracto del libro que portá en su morral la soldadera Brigida.

primero de octubre de 1688

En el nombre de Ala, el misericordioso, el todopoderoso, el justo, a cuya luz y juicio se atestiguan estos, los testimonios veridicos de los hechos de Yusef bin Omar, conocido tambien entre los castellanos como Pedro de Santa Cruz, renombrado cristiano viejo, y soldado del rey nuestro señor, don Felipe IV, y tambien de su antecesor, don Carlos II, que Dios tenga a ambos en su Gloria, ambos hijos de la casa de Austria.

Encuentrome juzgado y sentenciado por el Tribunal del Santo Oficio por los delitos de herejia, necromancia, y rebeldia, cargos que acepto. Y este Santo Tribunal, asentado aqui en la Nueva España, esta compuesto por santos varones dominicos, insobornables, inflexibles, e inmisericordes. La Inquisición ha dispuesto mi entrega a la justicia seglar para proceder a mi castigo. En dos dias, el domingo, se me exhibira en la plaza mayor o zocalo de esta antaño Gran Tenochtitlan y hoy muy noble y señorial ciudad de Mejico, vestido con sanbenito y portando una veladora, y se procedera a quemarme vivo en castigo a mis pecados.

Pero sé que el quemarme no ocurrira, razon por la cual no me quita el sueño mi condena. Amigos fieles tengo. A los que han sangrado con uno en el tercio se les debe mas lealtad que a un hermano. Esta madrugada aparecere “muerto” por tifo o tal vez otra enfermedad contagiosa, razon por la cual el celador mayor, un ex-teniente de los tercios del rey, ordenara “quemar” mi cadaver inmediatamente para evitar esparcir el contagio. Habra plata para los que quieran vender su silencio y acero toledano para los que no. Asi pues, en este año de 1688 de la era cristiana, 1066 desde la huida del profeta a la ciudad de Medina, sera el año en que muera Pedro de Santa Cruz. Inshallah.

No le tengo miedo a la muerte. Cuento ya con mis 53 años y mi cuerpo esta cruzado de cicatrices recibidas en Flanders y en otros lugares donde el rey nos mandó a alimentar los gusanos. Mi muñeca tiembla al sostener mi toledana y mi vista no es ya fiel. Mi pelo está completamente blanco y entre las filas de mi dentadura han habido bajas y deserciones. Mujer enterre ya una y no creo poder ya amar a otra. Hijos supongo que tengo pero no los conozco ni ellos a mi. Aun con todos estos achaques de toda una vida preferiria morir de viejo a morir hecho chicharron por los curas.

Naci en Sevilla de una mujer buena. Mi madre era la amasia de un mercader de la localidad, don Tomas de Santa Cruz, mi padre. Quiso Dios bendecirlo con tres hijos, mis medios hermanos, que tuvo con la mujer que la iglesia reconoce como su esposa. Mis medios hermanos crecieron hidalgos y eran renombrados en la ciudad por su estirpe y parrandas. Alcanzaron buenas posiciones en la corte por su apellido y la influencia de los amigos de nuestro padre.

Mi madre murio siendo yo tan solo un niño. Mi padre le encargó a un amigo de él, el cura Xavier Rosales, que me cuidara. Era don Xavier un hombre bueno, ya anciano, que fue como un padre para mi. Rosales me enseñó –a regañadientes y con zopapos—rudimentos del latin, griego, y las matematicas. Queria don Justino que siguiera yo la carrera eclesiastica pero esta no me atrajo. Habia crecido en el barrio de Triana viendo a los buques entrar por el Guadalquivir trayendo toda clase de maravillas desde la tierra misteriosa que llamabamos Mejico. De ahi entonces que ya jovencito y al morir el buen cura decidi no entrar al seminario y preferi hacerme marino. ¡Cuantas veces, en medio de un tifon espantoso, con la nave haciendo aguas, achicando con desesperación, y maldiciendo tanto a Dios como a Belcebu, abjure de mi decision!

En vida de mi madre mi padre nos visitaba seguido. Siempre fue cariñoso conmigo. Ya despues de muerta mi madre sus visitas no fueron tan frecuentes pero nunca cesaron. Y una vez que me inicie en la carrera del mar pocas veces coincidimos. La ultima vez que lo vide fue antes de mi primer viaje a las Indias. Habia regresado de Venecia y le truje unos compuestos turcos hechos a base de opio. Mi padre languidecia para entonces debido a una enfermedad misteriosa que lo iba lentamente acabando y sufria mucho por sus dolores. Habia envejecido bastante y ambos adivinibamos que tal vez ya no nos volveriamos a ver.

“Pedro,” me dijo, “id y adquirid mas experiencia. Un viaje a las Indias podra hacer vuestra fortuna. Obedeced las ordenes de vuestros superiores. Aprended a oir antes de hablar. Y a meditar vuestras palabras antes de decirlas. Ya que regreseis, os daré una recomendación para que os embarqueis con un capitan amigo mio que ahorita anda para las Filipinas. ¡Y jamas olvideis vuestra estirpe ni negueis a vuestra madre que fue una santa!”

Seis meses despues regresé a Sevilla. En el muelle buscandome estabá un caballero anciano de porte muy serio. “Soy el licenciado Urquizo, caballero, el apoderado legal de vuestro padre Tomas de Santa Cruz. Siento deciros pero vuestro padre murio recientemente. Daré lectura a su testamento. Fue la voluntad de vuestro padre que vos esteis presente.”

Fue entonces la primera vez que cruce palabras con mis medios hermanos. Estos me recibieron de manera correcta aunque fria. Su madre, doña Catalina, sin embargo, me vio con un odio y resentimiento mal disimulado.

“¿Vos sois el hijo de la mujer que llamaban ‘la mora’?” me preguntó doña Catalina.

“En efecto, señora, tal soy. Y su nombre era Miriam,” fue mi respuesta.

Tenia yo entonces tan solo 23 años y se decia que era buen mozo. De niño mi padre solia acariciarme el pelo y decir que habia heredado los ojos moriscos de mi madre. Habia embarnecido con las rudas tareas del mar y mi piel estaba curtida por el sol de las Indias. El pelo me caia en bucles negrisimos en los hombres y portaba una buena toledana y sabia usarla. Aun vestido con las ropas humildes de un marino tenia yo mas porte y presencia que mis tres hermanos.

“Don Pedro está aqui obedeciendo la voluntad del finado don Tomas,” aclaró el licenciado Urquizo. Afortunadamente tal era el respeto que imponian sus canas que no hubo mas comentarios.

Como es de esperar, mis hermanos y su madre se llevaron la tajada del león. Entre fincas, ventas, rentas, y cedulas de proveeduria no iban a pasar hambres. Por lo que toca a mi, el licenciado Urquizo puso en mis manos una bolsa pesada llena de plata mejicana y unos folios sellados.

“Vuestro padre queria que abrierais estos documentos cuando esteis a solas,” dijo Urquizo. Mis hermanos y su madre vieron con recelo aun esta relativamente modesta herencia.

Esa noche renté aposentos en la taberna del Oso, enclavada en la vieja juderia, un lugar que solia frecuentar entre viaje y viaje. Antes de retirarme, cené en el cuarto comun. Habia entre los comensales la parvada usual: matasietes a sueldo, chulos, las mujeres de estos, y caballeros esbozados buscando aventura. No les presté mayor atención y me retiré a mi cuarto, tomando la precaucion de asegurar bien mi puerta. Prendí una veladora y me dispuse a leer los folios que mi padre me habia dejado.

Hijo Mio:

Os pidó me perdoneis no haber sido mejor padre. Muchas veces fue mi intención traerte conmigo y reconocerte plenamente como tal, sin importar lo que dirian mi esposa y sus hijos. Si no lo hice entonces soy culpable de tibieza y poca hombria y de esto daré cuenta adonde mi alma vaya a parar. Sabed que he decidido enmendar mis acciones de la unica manera que me queda.

He vivido toda mi vida una mentira. Sabed que igual hicieron mi padre y el padre y abuelo de este. Ahora, cerca de la muerte, no puedo dejar que esta mentira muera conmigo y debo confesaros la verdad. Sois mi unico hijo. En ti reconozco la planta de mi padre. Las infidelidades de mi mujer me son bien conocidas. Y aun si los hijos de doña Catalina son mios, por lo falsos e indolentes que me han resultado, los creo mas hijos de ella que mios. Pero, ¿como me atrevo yo a lanzar acusaciones de falsedad? Es por eso que debo haceros saber la verdad.

Sabed primero que nada que no, no somos cristianos viejos como se asienta en las actas que seguramente con mucho alarde vuestros medios hermanos enarbolan ya. Todo lo contrario, somos descendientes del ultimo rey moro de Granada, Boabdil, a traves de una de sus favoritas, de ahi tal vez mi tibieza y cobardia. Pero no buscare mas excusas. En efecto, el abuelo de mi padre se convirtio a la fé catolica al caer Granada. De ahi el nombre que tomó para su familia, Santa Cruz. ¿Como dudar de la cristiandad de quien porta este nombre? Soltó buena plata y acabó con patentes de cristiano viejo. Bien se dice que poderoso caballero es don dinero.

Y si a ti os admito esto tambien os dire que tal vez fue un acto de rebeldia de mi parte el que me llevo a buscar a el amor de vuestra madre, mujer buena que nunca nego el ser de sangre conversa. El amor que tuve a vuestra madre es lo unico de lo que no me averguenzo.

Y os preguntais por qué os hago saber tal noticia ahora, muerto ya. Sabed que la sospecha del origen de mi familia siempre residio en mi esposa, doña Catalina, y esta descubrio el secreto hace varios años. Con él me ha chantajeado y ultrajado mi honor sin que yo pudiera hacer nada en contra de ella. En esta España nuestra, intolerante y catolica, el que se haga publico mi secreto me hubiera sido funesto, incluso para vos, que es bien conocido que sois el hijo de una conversa.

Y pensareis que no seria tan imbecil doña Catalina de arruinarse conmigo. En eso estais en lo cierto. Esa es la razón por la cual siempre he sospechado que mis recientes achaques han sido inducidos por ella para asegurar mi muerte. Y tambien me amenazo con buscaros y haceros mal tambien.

Considerad entonces esta carta como una advertencia. Teneis ya enemigos poderosos y probablemente sospechan que conoceis mi secreto. Por eso os doy estos detalles. Prefiero que esteis al tanto de lo que arriesgais y no opereis a ciegas. Bien saben ellos que este secreto los puede destruir.

Por ultimo, un resquicio de dignidad quedó en nosotros. Mi padre me dio el nombre moro Omar al decirme este secreto siendo yo tan solo un niño. El nombre moro de él era Hakim. No soy Tomas como fui bautizado en la iglesia de los cristianos aunque morire bajo tal nombre. Igual, vuestra madre os nombró Yusuf pues tal era el nombre de su padre. Asi pues, si alguna vez decidis abjurar de Cristo asumid os ruego el nombre de Yusuf bin Omar.

Ahora quemad esta carta.

Vuestro padre,

Omar bin Hakim

Los otros documentos consistian de unos escritos en arabe que deduje eran testimonios de mis ancestros que tal vez habian venido de Africa con el tal Tariq. Tambien habian unas cartas muy tiernas de mi madre y una de las biblias de los moros, el Coran. Lo abrí. Estabá escrito en caligrafia arabe, cosa que no me era comprensible, pero tambien incluia una traducción al castellano. En su frontispicio habian unos como ejercicios de caligrafia arabe escritos en una mano infantil. Lo unico que pude entender fue un nombre en castellano: Miriam.

La juderia de Sevilla, antiguo barrio de los hebreos, es muy semejante a los barrios de las ciudades de medio oriente. Las casas que ahi se asientan cuentan con bardas altas y portones firmes. Una que otra tiendecilla se encuentra en su laberinto. Sus callejones a veces se encuentran solitarios aun en mitad del dia. Al dia siguiente parti de la Taberna del Oso e iba yo caminando por uno de estos callejones cuando vide frente a mi surgir un hombre esbozado.

No habia necesidad de palabras. Ambos sabiamos lo que vendria. Sin pensarlo mas saque mi espada. El hizo lo mismo, con un movimiento parco y elegante que me indicó que se trataba de un profesional del arma blanca. Peor, note que portaba su espada con la zurda, cosa que lo haria un oponente aun mas letal.

“Caballero, ¿sois don Pedro de Santa Cruz?” me preguntó.
“Lo soy.” Era inutil negarlo. Aun si no lo fuera el hombre me iba a matar de todas maneras. “¿Quien os manda, doña Catalina?”

“En efecto.” El hombre caminaba con la ligereza y fluidez gato. Me sabia hombre muerto. La punta de su espada ligeramente tocó la de la mia. Tenia una sonrisa glacial.

“Heridme,” dijo el hombre.

“¿Que decis?”

“Os pido que me hieras,” dijó poniendo su espada en el suelo. “Se me ha pagado bien. Pero sabed que debo ciertos favores a vuestro padre, el finado don Tomas Santa Cruz. A pesar de las hambres me han llevado a convertirme tan solo en un asesino a sueldo me considero todavia un hombre de honor. Si os perdono la vida creo que la deuda quedara mas que saldada.”

“¿Y no temeis que os mate ahora que estais desarmado?”

“Si en verdad sois el hijo de vuestro padre no hareis tal. Venid, sugiero una herida en mi brazo izquierdo. Habrais notado que soy zurdo.”

“¿Como os llamais?”

“Me dicen el zurdo Perez.”

“¡Sea!” dije dandole una estocada en el brazo que ofrecia. Tal vez porque realmente no era muy diestro con el acero el caso es que me temo que heri severamente al hombre.

“¡Diablos!” juro el hombre cayendo a la tierra sosteniendose el brazo. “¡Grandisimo hideputa! ¡No tenias que herirme tan profundamente! ¡Con este brazo le doy de comer a mis hijos! ¡Idos ya desgraciado o os atravieso con mi otra mano! ¡La proxima vez tal vez no sea tan generoso!”

Sin preguntar mas me alejé corriendo. Mi primer instinto era ir a los muelles. Tomaria la primera nave disponible, a donde fuere. Entre mas lejos de Sevilla huyera, mejor.

Al rodear una esquina entré en la explanada que daba a los muelles. Habia un carruaje estacionado frente a un buque. Tres hombres esbozados hablaban con el hombre que reconoci como uno de los capitanes, el que llamaban el Lusitano. Me detuve subitamente pues crei reconocer la planta de los esbozados. No tenia ya la menor duda. Eran mis medios hermanos. Y seguramente dentro del carruaje se encontraba doña Catalina. El Lusitano sopesaba una bolsa en su mano y departia sonriente con los esbozados. Seguro que ya habian esparcido plata entre todos los capitanes surtos en el puerto. Por mar no iba yo a salir de Sevilla. Uno de los esbozados volteo en direccion adonde yo estaba y vide que sus ojos se abrieron asombrados.

“¡Es él!” gritó el embozado que me reconocio.

“¡Maldición!” dijo otro. Hizo una señal y unos hombres se aproximaron corriendo desde el otro lado de la explanada. Traian el uniforme de la guardia de la ciudad. Di media vuelta y me fui corriendo en dirección otra vez a la juderia. Al doblar una esquina di de lleno con el zurdo Perez que soltó una maldición y cayo a mis pies adolorido y sangrando.

“¡Perdon!” grité

“¡Hideputa!” gimio el zurdo sacando su espada y lanzando una estocada con su mano buena. De un salto logre evadir esta y reanude mi loca huida. Atras de mi oia los gritos de la guardia. En su correr estos se habian atropellado al zurdo otra vez y el infeliz gemia de dolor.

Volvi a torcer otra esquina y me encontré en una plazuela. Una procesión de penitentes encapuchados iba marchando por la calle enmedio de una muchedumbre. Casi no se podia ver por la cantidad de incienso que se quemaba.

Me meti violentamente entre los penitentes, causando accidentalmente que uno de ellos, que era de los que sostenian una pesada estatua de un cristo sangriento, trastabillara y cayera. Los otros penitentes no pudieron sostener la estatua que habia quedado desbalanceada y esta cayó por los suelos. Fue tal la confusion que resultó que logre confundirme entre la muchedumbre. Los gritos e insultos que se oian en la plazuela azulaban mas el aire que el mismo incienso.

“¡Entrad aqui!” dijo una voz que salia de un callejon. Vide a un hombre con cara de bandido que de inmediato reconoci. Sostenia una puerta abierta y me hacia señales que me apresurara.

“¡Lucas Macanas!” exclamé reconociendo a un gitano que se habia embarcado conmigo a las Indias. Estando surtos en Maracaibo se le ocurrio darse un chapuzon y se puso a nadar de perrito alrededor del buque. Toco que yo estaba haciendo unas reparaciones en el velamen y desde lo alto del palo mayor noté la sombra de un bicho que se aproximaba bajo el agua adonde el gitano nadaba despreocupado. Le adverti con un grito y Macanas logro subirse al buque justo cuando una aleta inmensa rompio la superficie del mar detras de él.

“¡Ja! ¡Parece que los alguaciles andan tras de usted!” dijo Macanas cerrando la puerta tras de si. El cuarto era una especie de bodega con un catre.

“Ayudadme Lucas, por favor, tengo que salir de Sevilla.”

“No os preocupies, os debo la vida,” dijó Macanas. “Esperad aqui hasta que anochezca. Debo hacer unas diligencias pero regresare. Mientras estais en vuestra casa. Hay aqui vino y quesos. Tomad lo que querais.”

Esperé el resto del dia oyendo con sobresalto cuando oia pasos en el callejon. Ya siendo de noche la puerta se abrio. Desenvaine mi espada. ¿Que tanto se podia confiar en un gitano? Pero no, el que entró no era un alguacil. Era Macanas. Sin decir mas, me hizo señas que lo siguiera. Me llevó hasta una carreta cubierta de las que usan los gitanos en sus andanzas y me hizo señas de que me subiera en esta. Habian dentro tres gitanas, jovenes, de buenas carnes, que me sonrieron y me indicaron un espacio oculto donde meti mis alforjas y me guareci.

“Zenobia, Carmen, y Fraustita son mis primas,” dijo Lucas mientras tapaba el recobeco. “Ellas os sacaran de Sevilla.”

“¡Me voy a asfixiar aqui!” proteste.

“Hay unos agujeros por donde podreis respirar,” dijo Lucas y fue lo ultimo que vide pues quede en una obscuridad absoluta. En efecto, habian unos pequeñisimos agujeros por donde me entraba algo de aire, no mucho, debo añadir. La carreta se echó a andar. Tal vez por la falta de oxigeno o por los sobresaltos de ese dia pero el caso es que me quede dormido.

Desperte en la obscuridad. No se sentia ya el movimiento de la carreta. De pronto entro una bocanada de aire fresco que me mareo y me dio un dolor de cabeza. La tapa de mi ataud se abrio. A la luz de unas bujias pude ver a las tres gitanas que me sonreian.

“Ah bien, no habeis muerto,” dijo Carmen, la mayor.

“¿Por qué nos detuvimos?” pregunté.

“Estamos a un par de horas de Sevilla. Hicimos nuestro campamento,” explicó Fraustita.

“Y queremos nuestro pago,” acabó Zenobia.

“Con gusto os dare algo de plata,” accedi.

“No, ese no el pago que queremos,” explicó Carmen.

“Si nuestro padre se entera que tenemos un hombre aqui…” continuo Fraustita.

“¡Os hara capar!” sentencio Zenobia. Sus ojos brillaban. “¡Ya lo ha hecho con otros!”

Debo añadir que mientras iban explicando todo esto se iban despojando de sus ropas. No eran ciertamente delgadas, mas bien se diria que eran bastante rollizas pero no despreciables aunque algo bigotonas. En suma, no habia que explicar mas. Afortunadamente tenia yo tan solo 23 años y a esa edad se puede pagar las deudas con todas las de la ley.

Quede obviamente bastante exhausto, razon por la cual protesté cuando me despertaron en la madrugada. “¿Otra vez? ¡Sois insaciables!”

“Despertaos,” dijo Carmen.

“Vestios,” ordeno Fraustita.

“Idos antes de que amanezca y nuestro padre os encuentre aqui,” recomendó Zenobia.

“Alla está el camino que va a occidente,” explicó Carmen. “Nosotros vamos al norte, hacia Madrid. Lucas me pidio que os recomendara ir a Cadiz. Ahi podreis encontrar un buque que os lleve a vuestro destino.”

“¡Sea! Adios diosas, ¡no os olvidare jamas!” Y las besé a las tres.

Me encaminé entre las brumas de la mañana. Al mediodia paré en lo alto de una colina. Tuve la fortuna de divisar desde esta a un grupo de hombres a caballo que venian desde Sevilla. Me escondí y los vide pasar. Crei reconocer entre estos a uno de mis medios hermanos. Decidí doblar hacia el norte. No intentaria salir por Cadiz. Si era necesario caminaria hasta Francia.

Tres dias despues entre en una venta y decidí pernoctar en esta. La venta era bastante amplia. Habia un cuarto comun y una cantina. Tomé una mesa en el primero y le pedi de cenar al posadero. En la mesa de junto habian tres hombres con facha de matarifes. Uno de estos era un gigante pelirrojo, unicejal, de barba cerrada como un godo. Era evidente que ya habian tomado en demasia pues sus voces eran demasiado altas. No pude evitar oir lo que decian.

“¿Os imaginais que alguien hiriese al zurdo?” pregunto uno que tenia los ojos muy juntos, cual una rata. “¡Imposible!”

“¿Estais seguro de lo que decis?” preguntó el gigante. Tenia la nariz bastante roja. “¡El zurdo es el mejor de todos nosotros! Yo solo he oido versiones fantasticas de como fue herido.”

“Yo vide al zurdo con mis propios ojos,” dijo el cara de rata. “Está convaleciendo alla en Sevilla. Los cirujanos lo sangraron, cosa que se recomienda en esos casos, y lo dejaron casi a las puertas de la muerte.”

“¿A quien se le ocurre sangrar mas a un herido?” dijo el gigante escupiendo en el piso. “A mi me hirieron varias veces en Flanders y no dejaba que me tocara ningun cirujano. Es mejor curarse uno que caer en manos de esos hideputas.”

”El zurdo se ha de estar haciendo viejo,” dijo el tercero. Era un hombre calvo con un parche en un ojo.

“Pues solo asi se explica,” dijo el cara de rata.

“Gott im Himmel!” juró el gigante que aparentemente era un tudesco. Habian muchos de estos que servian bajo nuestros reyes habsburgos y que luego abandonaban los tercios para meterse a matarifes. “Ojala no se muera. Me debe dinero.”

“¿A usted tambien, don Hermann?” preguntó el cara de rata riendose. “Esa es la debilidad del zurdo,” explicó el tuerto. “El dinero se le vá entre las manos pero siempre ha sido buena paga.”

Eso ultimo lo podia yo atestiguar.

El gigante se trago un puñado de salchichas y sorbio un tarro de cerveza y eructó. “Bien, ¿pero quien fue el que lo hirio? He oido muchas versiones. ¿Seria José el vizcaino? Solo él tendria la tecnica.”

“No, ni ese le llegaba a los talones al zurdo,” dijo el cara de rata, “ademas José el vizcaino ya se metio de fraile para expiar sus pecados.”

“Pues yo oi que fue un tal conde del Santo Cirio y que lo hizo junto con cincuenta de sus seguidores, cuarenta de los cuales el zurdo mató antes de caer herido,” explicó el tuerto. Yo casi me atragante de la risa.

“¡Pamplinas!” dijo el gigante. “A mi me dieron la version que fue un frances al servicio de Richelieu que habia sido instructor de esgrima en la escuela de Treville. Fue el mismo cardenal el que lo mandó a matar. Pero el zurdo se logro escapar, aunque malherido.”

Desafortunadamente yo me puse a toser pues casi me ahogaba tratando de no reirme.

“¿Esta usted bien amigo?” me preguntó el gigante.

“Bien, caballero, ustedes disculpen, se me atoro un hueso de pollo.”

El cara de rata me veia fijamente. “Ninguna de esas versiones es correcta. El mismo zurdo me contó que fue un tal Pedro de Santa Cruz. Es un muchacho como de veintitantos años, con facha de moro, pelo hasta los hombros, y viste como marinero.” Cinco ojos (al tuerto le faltaba uno) se posaron sobre de mi.

“Pues muy peligroso sera ese fulano,” dijo el gigante mirandome fijamente. Su mano gigantesca yacia sobre la empuñadura de su espada.

“En efecto, los alguaciles en Sevilla ofrecen una recompensa por él, vivo o muerto,” dijo el cara de rata.

“¿En verdad? ¿De cuanto es la recompensa?” preguntó el tuerto.

“Bastante para repartir. Aun entre tres. Aparentemente tiene enemigos que lo quieren bien muerto,” explicó el cara de rata.

Yo apresuré mi cena, tomé mis alforjas, y me dirigí al aposento que habia rentado. Me encaminé a las escaleras que daban a los pisos superiores. Detras de mi oi a los tres hombres pararse de su mesa.

“¡Oiga amigo! ¡Si, usted!” dijo el cara de rata. Voltie. Los tres tenian ya sus espadas desenvainadas.

“Schwinehund!” juró el gigante. “Os estabais riendo de nosotros, ¿verdad?” El usar el pretexto del honor injuriado era comun entre los perdonavidas para iniciar una camorra.

Saqué mi espada. “Yo no soy el que buscais,” dije inutilmente. Aun si no lo fuere estos desgraciados ofrecerian mi cadaver a ver si les daban la recompensa. Apenas tuve tiempo de enrollar mis alforjas alrededor de mi otro brazo para servir de escudo.

Me encontraba ya en la escalera. Di una mirada rapida a mi espalda. No habia nadie. El gigante se abalanzó sobre de mi lanzandome un tremendo mandoble que logre desviar de milagro. Impulsado por el miedo, lo confieso, subí unos escalones mas y volvi a presentar mi guardia.

Esta vez el gigante intento enterrarme su espada entre los ojos pero logre agacharme a tiempo. Contesté con un sablazo a su estomago. Para mi sorpresa el gigante salto hacia atras como un oso con una agilidad que no me esperaba.

Volvi a voltearme y subi mas escalones. Atras de mi oia el resuello del gigante y sus maldiciones. El teuton me asestó otro sablazo que logre detener con la guarda de mi espada. Mi brazo casi se rompio, tal era la fuerza del fulano. Le piqué los ojos con mi mano libre y eso solo sirvio para enojarlo mas. Su cara estaba encarnecida y sudorosa. Podia oler los salchichones y la cerveza que se habia zampado.

Salté otros escalones mas y lo encaré otra vez. Era evidente que no podia medir mis fuerzas con el. Trataba desesperado de recorder cuantos pisos tenia la venta. ¿Eran dos o tres?

Recordé un dicho que me habia dado el cura Rosales un dia que me habia hartado con sus lecciones de latin y habia tirado los comentarios de Cesar en el suelo: el que se enoja pierde. “¿Es cierto que en Alemania las mujeres se aparean con los cerdos? Vos sois la prueba ¿verdad?” El gigante juró algo en su lengua.

Esta vez yo de plano ni siquiera intente presentarle batalla. Me voltie y me puse a subir las escaleras a saltos. Mas estas pronto se acabarón y me encontré con un pasillo. ¡La venta solo tenia dos pisos!

El gigante me seguia los pasos gritando como un endemoniado. No podia correr mas. El pasillo no tenia salida y todas las puertas parecian solidamente cerradas. Me voltie para encarar al teuton.

“Pero yo he oido que los mejores puercos vienen de las Polonias. ¿Sois entonces hijo de un marrano polaco?” Con el esfuerzo fisico y la muina el gigante ya espumeaba por la boca. Sus compañeros estaban todavia subiendo las escaleras.

“¡Si! ¡Creo ver lo polaco en vuestra cara!” Si me iba a malmatar mejor que valiera la pena.

El gigante dio un grito y se plantó frente a mi. Sus ojos estaban desorbitados. De pronto la espada cayó de sus manos y se crisparon en su pecho. Cayó de rodillas frente a mi. Trató de decir algo pero solo una espuma sanguinolenta salia de su boca. Por puro instinto hice lo que tenia que hacer: le dí una estocada que le atraveso el pescuezo. Cayó muerto a mis pies. No sé si fue por mi estocada o porque el corazón le habia estallado. De todas maneras no me importaba como el diablo se lo habia llevado.

“¡Avé Maria! ¡Si ya mato a Hermann!” exclamó con horror el cara de rata que acababa de llegar al segundo piso. “¡Era la segunda espada de España!”

“¡Y dejó malherido al zurdo, que era la primera!” dijo el tuerto persignandose.

Lo dicho: actuaba tan solo por instinto. Podia oler su miedo. Grité un voto a Belcebu y me avalance sobre ellos. Tirarón sus espadas y huyeron despavoridos escalera abajo dando trompicones. Los seguí sin tanta premura pues estaba yo tambien a punto de desfallecer. Tenia la espada chorreando la sangre del aleman. Agarre un mantel y la limpie. Tenia una sed de los mil diablos. Tomé una bota de vino y me sacie con ella. Los hombres que estaban en el cuarto comun me veian con horror. El cara de rata y el tuerto ya se habian hecho escazos.

“Y bien, ¿quien es el siguiente?” pregunté.

Los hombres se apresuraron a salir de la venta gritando.

Era obvio que no podia quedarme ahi. Encaré al posadero que me veia con los ojos desorbitados y palido como un cadaver. “Dadme mi plata de regreso, no me quedare.”

“¡Te-te-tened, su excelencia!” dijo el posadero entregandome toda la plata que tenia. Acepté. ¿Quien iba a ser yo para cuestionar como manejaba el hombre su hacienda?

Salí de la venta. En el establo encontré un caballote, percheron, obviamente el unico que podia haber montado el teuton. Me subí al caballote y me dirigí otra vez al norte.

Una semana de camino me llevo a Madrid. Busque una venta no de tan mala muerte como a las que estaba acostumbrado. Entre mi porción del viaje a las Indias, lo que me habia dado mi padre, y lo que generosamente me dio el posadero tenia yo bastante plata. Para mi horror aparentemente las nuevas de mi llegada se habian esparcido.

“¿Viene el caballero desde el sur?” me preguntó el posadero. Ni siquiera esperó mi respuesta y continuo su preguntas. “¿Habeis oido del Conde del Santo Cirio?”

“No. ¿Que con él?” pregunté tratando de no delatarme.

“Se dirige aqui a Madrid,” explicó el posadero. “Dicen las malas lenguas que hizo un pacto con el diablo para convertirse en el mejor espadachin de Europa. ¡Ningun acero lo puede tocar!”

“¡Exagerais!”

“¡No!” insistio el posadero. “Juro que es lo que oi contar a unos arrieros. ¡Mató él solo a cincuenta caballeros en una venta y viene acompañado de un sequito de gitanas que le concedio el sultan de Constantinopla al cual le salvó la vida de un fiero tigre que lo iba a emboscar!”

Aparentemente las historias del tal Conde del Santo Cirio, Duque del Santo Sepulcro, o Marquez de la Santa Cruz eran la comidilla del dia en los corillos de los matarifes desocupados de Madrid. Todos se aprestaban para retarlo aun si la vida les fuere en ello. Algunos detalles, como que el mejor espadachin de Europa, conde o marquez de Dios sabe que, vestia como humilde marinero “pues era una manda que habia hecho al señor de Compostela cuando una tormenta casi hunde su flota de 500 galeras frente a Trieste” me iba a delatar tarde o temprano.

“Decidme,” le pregunté al posadero, “donde puede un gentilhombre vestirse tal cual aqui en este pueblucho?”

“Ah, caballero, idos por esta misma calle y tres cuadras mas adelante está el establecimiento del italiano Bellini. Es el modisto del rey nuestro señor. No hay mejores sedas en todo Madrid.”

El tal Bellini me vio con recelo cuando entre en su tienda. “Traigo plata y soy gentilhombre,” dije con aire de perdonavidas.

De inmediato Bellini me sonrio. “¿Y en que le puedo servir al caballero?”

“Busco un traje de viaje. Ando de incognito pero estos trapos tampoco son apropiados a una persona de mi clase.”

“Entiendo, entiendo,” dijo Bellini. Empezo a mostrarme varios trajes definitivamente preciosos.

Un fulano entró. Le di un rapido vistazo. Vestia un elegantisimo traje de clerigo que identifique como jesuita. Era alto, moreno, algo afeminado, y el pelo le caia en elegantes bucles. Tras de el venia el que era obviamente su criado.

“Ah, ¡Monsieur!” exclamó Bellini. Noté que el cura le hizo una señal para que no dijera su nombre en voz alta. De inmediato escudriñe la tienda. Habia una salida a una bodega. El cura estaba frente a la entrada.

“Atended primero al caballero,” dijo el cura.

“Os despacho en un momento, excelencia,” dijo Bellini al jesuita. Luego se dirigio a mi. “¿Quereis probaros este traje, caballero?”

Tal cosa hice, cambiandome en un cuartito. Salí y me planté frente a un espejo. Definitivamente era un traje de gentilhombre. Y me sentaba muy bien. No me atreví a preguntar el precio.

“¿Y pog que le dais ese sombrego, Bellini?” dijo el cura viendome con una sonrisa burlona.

“Es muy elegante,” dijo el italiano.

“¡Bah! Las plumotas en el sombrego ya no son la ultima moda en Paguis,” explicó el cura. “Ahoga se estila la moda a la puguitana. Es mas sogbria. Menos ostentosa. Mas adecuada paga quien anda de incognito, ¿oui?”

Busqué donde habia puesto mi espada y discretamente me acerque a esta.

“¡Monsieur tiene razon!” dijo Bellini. “Caballeros, disculpadme, ire a la bodega a traer los trajes puritanos que me acaban de llegar.”

Mi mano se posó sobre mi espada. Encaré al cura. “Y bien, caballero, ¿que buscais conmigo?”

“A veg, Billote,” dijo el cura. El criado le presento un estuche largo. De ahi extrajó un sable. Lo tomó elegantemente e hizo con el malabares en el aire. Nada mas oia el jush jush de este. La sangre se me heló. El criado se fue a guarecer detras de un mostrador.

“Os advierto que herí al zurdo Perez y ma-maté al gigante Hermann,” le anuncie. Me temo que mi voz temblaba. Ni siquiera el zurdo habia mostrado la elegancia y temple que este cura evidenciaba. Me veia todavia con una sonrisa glacial bajo el mostacho.

“¿Al oso ese? Bien pog usted. Y pog lo que toca al zugdo, tal vez habeis tenido suerte. Os segui la pista desde Sevilla. La pegdi cuando los gitanos os sacagon pego la retome en la venta.”

“¿Por qué me seguis? ¿Os manda doña Catalina?”

“Es mi debeg, caballego. Estaba en Sevilla cumpliendo una mision encagagada pog mi ogden. Esta tiene oidos en todas partes. Decidme, que hay de la limpieza de sangre de la famiglia Santa Cruz?”

“Antes decidme quien sois.”

“Alguna vez fui mosquetego del rey. Me conocian como Agamis. Ahoga sigvo al genegal de los jesuitas. Y bien, ¿que con los Santa Cruz?”

“¿Por que quereies saber?”

“Un secreto asi es siempre de utilidad a mi ogden. Vuestro padre tenia una de las casas comegciales mas impogtantes de España. Tal establecimiento, con sus contactos…se puede utiguizag, ¿oui?”

No me sorprendia tal maniobra por parte de los jesuitas. “¿Y me dejareis vivo si os doy la información que deseais?”

“Os doy mi palabra de jesuita.”

“¡Pamplinas! Dadme la palabra de un mosquetero del rey de Francia.”

El hombre me vio fijamente. “Sea,” dijo a regañadientes. “Os la doy.”

De mis alforjas saque los escritos en arabe que testificaban acerca de nuestro linaje. “Tened. Es la historia de mi familia desde los dias de nuestro padre Adan. No tengo mas.”

El jesuita examinaba cuidadosamente los folios. Aparentemente podia leer arabe. Lo unico que no le entregué fueron las cartas de mi madre y el Coran.

“Definitivamente, estas cagtas os compran vuestra vida,” dijó el jesuita.

La puerta se abrio de subito. Entraron tres hombres con sables desenvainados. Eran mis medios hermanos.

“¡Dadnos esas cartas!” ordenó el mayor.

Bellini entro de la bodega portando varios trajes de puritano. Vio la escena ante si y gritó como una colegiala y se escabulló.

“¿Las quereis caballegos?” preguntó el jesuita. Tenia la misma sonrisa glacial de siempre. Tres contra uno. Pero ese uno habia sido mosquetero del rey.

“No los mateis, os lo imploro,” le dije. “Son de la sangre de mi padre.”

“No, no lo hague. Me divertigue tan solo,” dijo el jesuita. “Creo que tendremos que llegag a un acuegdo ventajoso paga mi ogden sin embaggo. Bien, idos, yo me entendegue con los caballegos. Y no os preocupies pog vuestra cuenta con Bellini. Yo la pagague.”

Sin mas me escabulli por la misma puerta donde se habia huido Bellini. Tras de mi oi maldiciones y uno que otro grito de dolor.

Al dia siguiente, montando mi percheron y vestido como gentilhombre (con todo y plumota en el sombrero), salí de Madrid rumbo al norte.

El Ultimo Tren - Capitulo XXI






XXI Filotea



“¿Qué mágicas infusiones
de los indios herbolarios
de mi patria, entre mis letras
el hechizo derramaron?” – Sor Juana






La niña estaba descalza. Acababa de llover. Habian pequeños charcos en la explanada. Atras se veia una casa señorial. Añejos ahuehuetes rodeaban esta. Al fondo se veian los volcanes.



La niña tenia una pelota atada con una cuerda. La niña empezó a girar como un trompo, riendose. La niña estaba embelesada viendo como la pelota describia un circulo alrededor de ella. Empezo a caminar, girando todavia, hasta que, carcajeandose, cayo mareada al suelo.



Algo le atrajó la atención. Vio las huellas de sus pies descalzos sobre el lodo. Observó esto por un tiempo. Luego con su dedo empezó a dibujar en el lodo la que visualizaba como la trayectoria de la pelota. Eran una serie de elipses, como una secuencia de eles cursivas.



Oton Chavez Kurz se dio cuenta que habia cabezeado. Se encontraba en una sala de la biblioteca de la universidad, la cual en aquellos años se encontraba en el centro de la ciudad de Mexico. Afuera podia oir el campanilleo de los tranvias y un cilindro tocando “Sobre las Olas”. Era media mañana.



El material esparcido frente a el no era exactamente algo que lo mantuviera despierto. Eran una serie de misales, biografias de santos y beatos, y otra clase de bodrios eclesiasticos. ¿Es que acaso, penso para si mismo, no se escribia sobre otra cosa durante la colonia?



Chavez Kurz se tomó un trago de café. Estabá ya frio y sabia a rayos. De alguna manera tenia que mantenerse despierto. Habia otra torre de materiales que todavia tenia que inspeccionar.



Lindemann le habia encargado a Chavez Kurz que, mientras él y von Hutier se iban al norte –por razones que no quisieron detallarle pero que eran evidentes--, indagara en la biblioteca de la Universidad ciertos escritos recien descubiertos entre los papeles de un hacendado recien fusilado por los zapatistas. Por puro milagro no habian acabado usados por unos sombrerudos para limpiarse la cola.



Para Oton la tarea habia sido a proposito para volver a involucrarse con sus compañeros de la Casa del Obrero Mundial. Lindemann le habia dejado algo de plata para que se ayudara mientras. Por lo que toca a alojamientos, su amigo Diego Rivera le proporcionaba un cuarto en la casona que tenia en el sur de la ciudad. Entre estos trabajitos, incluyendo traducciones al aleman para la embajada, Oton mas o menos la iba pasando.



Era, como habiamos dicho, media mañana. Chavez Kurz habia empezado a trabajar muy temprano, con la fresca. Esta tarde, pensó, me dare una vuelta por la Casa del Obrero Mundial a ver que novedades hay de los compañeros. Habian habido rumores de que algunos habian sido levantados de leva forzada. Y el general Pablo Gonzalez ya habia empezado a formar batallones de obreros para “defensa de la ciudad” segun decia. Por supuesto que ninguno de los compañeros de Chavez Kurz tenia la minima intencion de ofrecerse de voluntario en estos.



Chavez Kurz hizo a un lado los que obviamente eran unos misales. Uno de estos, un tomo bastante grueso, cayo de la mesa pesadamente. Chavez Kurz maldijo. Estos librotes eran bastante delicados y algun valor han de tener. Cuidadosamente lo recogio. Para su sorpresa se dio a cuenta que no era en realidad un libro sino una caja, con apariencia de libro. Adentro de esta habian unos pergaminos.



Chavez Kurz los examinó extendiendolos con sumo cuidado sobre la mesa. Aun el orden en que se hallaban, sabia, podia ser importante. Para su sorpresa, se dio cuenta que estaban en griego. Chavez Kurz habia estudiado este y mas o menos lo podia leer aunque nunca habia tenido necesidad de hablarlo pues no conocia a nadie mas en Mexico que lo mascullara. Traduciendo lentamente Chavez Kurz empezó a leer. Aparentemente eran una serie de cartas escritas a finales del siglo XVII.



mayo 13 de 1690



Don Carlos:



Os debo agradecer, a pesar de que vá mi alma en juego, el haberme hecho llegar los escritos del hermano hereje, cuyas obras no son mayores ni menores por mis elogios ó las condenas a las que se hace ameritable por su herejia. ¡Con que entusiasmo abri esas letras, malditas y veladas a todo buen cristiano, y tan bien escondidas por vuestro ingenio!



Y vide yo el desarrollo inicial, basado en las tres armas que sentó el hermano hereje. ¡Y con que entusiasmo segui el desarrollo! Y vide en mi imaginacion las luces bellas de las estrellas, tan rutilantes, tan lejanas, tan radiantes, y que errantes en trayectorias ya no vanas seguirian estas leyes. ¡Y que gran sensación me embargo al saber las mecanicas de la luna, explicar sus hermosas caras, su veleidad, y sabiendo esto encontrome poseedora y ama de los secretos de una diosa. ¡Y afanosamente arme unos obeliscos de puntas altivas con las armas de la herejia y me dispuse a tomar lid con el cielo, dispuesta a domarlo con mi nueva sabiduria. ¡Vanidad futil la mia!



Mas que pronto entrome la duda, avergonzada, en los resquicios y claraboyas de mi filosofia. Bastó una, que revoloteaba y apagaba la flama de lo que yo creia la imperene llama de mi sabiduria. Y que no era tal. Sabed que la falacia está en las tres armas, traidoras e infieles cual nacidas del ingenio de herejes. No son aves, sus alas no son emplumadas, son como las tres oficiosas hermanas a las que Baco dio alas descarnadas. Son pardas membranas mal dispuestas y aquel que se atreva a entrar en lid con los cielos con estas encontrara tan solo consecuencias funestas.



Os imaginaras que quede entonces asombrada, triste, y temerosa. Dime a mi misma que mis dudas eran peñascos mal formados. ¿No estaban acaso los razonamientos del hereje firmemente derivados? ¿Que falacia esconde mi falacia? ¿No es el hermano acaso un Jupiter, un ave esplendorosa, en cuyos escritos no hay exceso ni menos omiso ó derivacion ociosa? Se sienta cual Jupiter en Olimpo y observa a los astros en su errar eterno. ¿Quien domina el cosmos no domina tambien el Averno? Y si yo, veleidosa e insegura, llena de dudas, me sentara al pie del Olimpo, ¿veria acaso lo mismo? ¿Seguirian los astros el mismo camino que el dios dictara? ¿Observaria yo en la luna la misma trayectoria que él asentara?



Y es que esta es la duda que me corroe: ¿Que tan relativa a mi existencia es mi observación? Ya os imaginaras el sueño perturbado que me indujo esta cuestión. Estos y otros vederes espero detallaros en otra ocasión.



Vuestra fiel y devota hermana,



Filotea



Chavez Kurz leyó y releyó la carta sin entender realmente su significado. ¿Quien diablos tendria un nombre tan ridiculo, Filotea? Con razon, pensó, hay gentes que matan a sus padres.



“¿Lo puedo ayudar?” preguntó una voz femenina. Chavez Kurz se volteo en dirección adonde venia la voz. La mujer era alta, cuarentona, de facciones elegantes. Estaba vestida muy severamente, de negro, lo cual contrastaba la palidez de su rostro.



“Perdone,” dijo Chavez Kurz, “¿usted trabaja aqui?”



“En efecto, soy la doctora Asuaje, la bibliotecaria de esta area. Si busca los tratados de politica mejor vayase al segundo piso.”



“No,” explicó Chavez Kurz, “estó es lo que buscaba.”



“¿O tal vez le interesarian novelitas romanticas? Es usted joven, creo que estaria inclinado a tales cosas. Estan en el tercer piso. Algunas son bastante lubricas, vienen de Francia.” La mujer, sin pedir permiso, empezo a guarder los libracos en las cajas de donde habian salido.



“Señora, doctora, no me entiende. No quiero ni leer de grillas (ya tengo yo bastantes) ni novelas cachondas. Mi nombre es Oton Chavez Kurz, me mandó la embajada alemana precisamente a clasificar estos escritos.”



“Ah, un teuton, aunque os diviso mexicano. Yo tuve un amigo teuton, Johannes se llamaba, si. Aunque claro nunca lo conoci. Pero lo llegue a conocer por sus trabajos. ¡Se imagina usted tener tal revelación! ¡Elipses! ¡Quien iba a pensar en tal cosa! Se tuvo que esperar a que Ticho se muriera para tener acceso a los datos.”



“Señora, no sé de lo que habla,” dijo Chavez Kurz. ¿Seria está una de esas infelices que acababan en la Castañeda?



“¿Y por qué el buen Dios haria tal revelación a un hereje? Como se dice ahora, ‘no hay derecho’.”



La mujer agarró los pergaminos. “¡No toque estos!” protestó Chavez Kurz.



“Y bien, ¿que con esto?” dijo examinando uno.



“Son de gran antiguedad,” explicó Chavez Kurz sin dejar ir los pergaminos. “Señora, ¡los va a romper!”



“¿En verdad?” dijo la mujer. “¡Ay, caballero, si os dijera los años que he visto! Dejadme ver uno, os pido.”



“Bien, tenga usted esta carta, la primera que estaba leyendo. Le advierto, sin embargo, que está…”



“En griego, si, tal veo.” La mujer leyo someramente, soltando una que otra carcajada. “Jovencito, le advertire, que estó no merece mayor atención. Estos textos me son conocidos aunque no los habia visto en mucho tiempo. Son tan solo las dudas existenciales de una monja vanidosa y ociosa. Ademas de que una menopausia temprana no mejoró su animo. ¡Valgame Dios que pesadumbre y depresion atestiguan estas letras! ¿No cree usted? Un buen té de tila era aconsejable.”



“¿Sabe usted quien era esta Filotea?”



La mujer se rio. “Ah, la sentencia del oraculo de Delphi, ¿se acuerda que era?”



Chavez Kurz se quedó pensando un rato. “¿Conocete a ti mismo? Señora, usted se está burlando de mi.”



“¡Ciertamente que no!” dijo burlonamente. “La monjita usó el nombre ese, Filotea, peyorativamente en efecto. Ese nombre lo asumio su confesor para escribir una carta donde publicamente le pedia que se dedicara a rezar y no a pensar.



Mire, joven, las reglas, me temo, son claras. Todos los materiales de la colonia deben ser clasificados previamente por la encargada antes de que se pongan a la disposicion de los investigadores. Y yo soy la encargada. Le ruego por favor que me entregue esos folios.”


“Esto es muy importante para mi, doctora.”



“Bien, si asi es, ¿por que no se avoca a estudiar estos villancicos?” La mujer le ofrecio otro legajo de pergaminos. “¡No sabe usted que tanto esfuerzo y sudores se gastaban en componerse!”



“No me trate de desviar, doctora.”



“Me rompe usted el corazon, jovencito. ¿Seguro que no quiere leer los villancicos?”



“Señora, ¡me importan un bledo los villancicos!”



“¡Perdoneme caballero, pero es usted un bruto! ¿Como se atreve a desdeñar estos villancicos? ¡Son de Sor Juana y son rimas perfectas! ¿Ciertamente usted ha oido hablar de Sor Juana?”



“La verdad no sé mucho de ella.”



“Lo dicho, es usted un bruto. Pero bien, ¿exactamente, que diablos busca usted?”



Chavez Kurz observó fijamente a la mujer. Por alguna razon sintio un escalosfrio. Por su palidez parecia mas bien una aparicion. No habia oido jamas de ninguna doctora Asuaje. Y ciertamente tampoco creia que los materiales de la colonia, por lo general puros misales por los que nadie daba un quinto, ameritaban tener una encargada de tiempo completo. Chavez Kurz se sentó pesadamente en una silla. En sus manos todavia estaban los pergaminos. La mujer lo contemplaba con una sonrisa burlona. En cualquier otra situacion Chavez Kurz le hubiera aventado los papeles y mandodala al diablo. Pero algo le decia que la mujer sabia mucho mas de lo que aparentaba. Se atrevio a preguntar: “¿Que secreto oculta la hermandad blanca?”



La mujer lo contempló fijamente. Sus ojos brillaban como ascuas. “¿Os atreveis a preguntar? ¿Que cosa os imaginais? ¿Sera acaso el santo grial o la caja de Pandora? ¿Por que no los secretos de la vida y la muerte de los que escribio esa inglesita Shelley? ¿Sera el necronomicon de Abu Azrael o los secretos de la kabala? ¿Os imaginais que tantas ociosidades y vanidades ha concebido y reconcebido la humanidad en todos estos siglos? ¿Acaso las mariguanadas del doctor Atl y su Atlantida? ¿Y pensais que la hermandad os lo revelara a las primeras? ¿Cuantos ilusos creeis que buscan robarle sus secretos? Pero bien, me divertis. ¿Conoceis la montaña calva de las rusias ó sabeis de los aquelarres que en ella se celebran?”



“No sé de lo que usted habla. ¿Como sabe del doctor Atl?”



“¡No importa! Imaginaros bacantes bailando desnudas a la luz de la luna para invocar una deidad tan antigua que los hombres han olvidado su nombre.” La mujer caminó a su alrededor moviendose donosamente tarareando una melodia en una lengua que Chavez Kurz no supo identificar. “¡Pamplinas y pavadas y margaritas ante porcos! Ustedes los jovenes de hoy no son muy imaginativos. Ya no le temeis al chamuco. Pero bien, sabed que un cerro pelon en Atzcapozalco basta para invocar a los demonios. ¡Pero guardaros, que si la inquisición se entera vos acabereis en chicharron! ¡Valgame Dios que seria muy de verguenzas acabar en el zocalo con una veladora y vistiendo sanbenito para que os queman con leña verde! Pero vos, tan joven, tan lleno de vida, ¿que le pediriais al chamuco? ¿Dinero? ¿Que el profeta os dé las huries del paraiso aqui en la tierra? ¿Juventud eterna tal vez?” La mujer se rio.



Una vez mas, Chavez Kurz sospechó que era una fugitiva de la Castañeda. “No tengo idea, doctora. ¿Que pediria usted?”



“No os conozco jovencito,” dijo calladamente la mujer. “¿Venis de la embajada alemana?”



“En efecto. Es evidente que usted se burla de mi. ¿Por que me habla como una actriz de las pastorelas?”



La mujer elevo sus brazos desdeñosamente. “¡O sancta simplicitas!”



Chavez Kurz manifestó su impaciencia. “Acabemos, señora, ¿quien es el hermano hereje que Filotea menciona?”



“¿Ese? Ese era Sir Isaac. ¿Conoceis de la fisica?”



“Tengo nociones. ¿Sir Isaac Newton?”



“¡Con todo y manzana! Dejadme que con estas os explique. Imaginaros una estructura majestuosa, aparentemente perfecta, construida sobre tres leyes, elegantes estas. ¡Perfida Albion tan arrogante como siempre! ¡Solo un hijo de ella seria tan presuntuoso de atreverse a poner a Dios en tal camisa de fuerza! Pensad ahora que una monja en un convento olvidado de México manifiesta dudas sobre esta magnificencia. ¿A quien? A don Carlos de Siguenza y Gongora.”



“¿El sabio?”



“En efecto. Ya os imaginaras entonces que éste desdeño las dudas de esta infeliz. Os debo aclarar, don Carlos amaba en secreto a su Filotea y la envidiaba en publico. ¿Quien entiende a los hombres? ¡Sobre todo a los jesuitas como don Carlos! Pero el desden, hija de la envidia, que en esa ocasion mostro por las ideas atrevidas de la Filotea, añadido a las propias dudas existenciales de esta, la sumio en tremenda depresion de la cual nunca se recupero. No es sino hasta recientemente que descubri que un judio, ya vide usted que estos tienen trato con el demonio, ha plasmado esas mismas dudas en papel y les ha llamado la teoria de la relatividad. Y toda esa magnifica estructura de Sir Isaac ha caido por los suelos. Deberia, sin embargo, haber caido trescientos años antes.” La mujer concluyó con algo de amargura: “C’est la vie. Nada de eso importa ya. Polvos son de viejos lodos.”



“No tengo idea de lo que usted habla.”



"Os hablo de viejos errores, niño. Si los escritos herejes se aceptan tal cual son, si el momentum angular se conserva, si la masa se conserva y el termino de su derivada se cancela, si los astros siguen las elipses de Kepler, entonces, ¿que vela tiene Dios en el entierro? Tal vez, empezar la danza de las esferas, que se yo. Algo ha de haber hecho, ¿no cree usted? Y tal es el error, estupidamente hecho publico en velados argumentos teologicos, y la censura que siguio, lo que llevo finalmente a la Filotea a vender sus libros, sus instrumentos, vamos, ¡su alma! La epidemia de tifo que asoló el valle un par de años despues le fue conveniente. La muerte se podia esperar entonces entre los que cuidaban a los enfermos y ni quien sospechara que ella la busco.”



“Ay señora, mi inquietud es la arqueologia. De religion no tengo ni idea.”



“¡Y ya salio el peine! Iguales menesteres tomó don Carlos en su vejez. Antes de morir era su intencion escribir la historia de las antiguedades de los mexicanos. ¿Os podeis siquiera imaginar que tan insolito fue eso? Despues de todo nacio y crecio don Carlos como un criollo que desdeñaba todo lo indigena. ¡Y de pronto queria convertirse en el Herodoto de Anahuac! A que se debio ese cambio de parecer? ¿Por que de pronto ese gachupin agarró tal fascinación por los calzones del rey Netzahualcoyotl?”



“No me lo diga. Tuvo contacto con la hermandad ¿verdad? Estos le confiaron sus secretos.”



“Entienda que mi callar no es no saber qué decir sino es que no cabe en mi voz lo mucho que hay que decir. ¿O mortal, habeis alguna vez sido amado? ¿Habria quien desviaria el Bucento para enterraros en una cama hecha con el oro de Roma? ¿O acaso vuestro amante llamaria a los señores del Mictli, el reino de los muertos mexicanos, usando rituales prohibidos y arcanos, y cual Orfeo os sacaria de esta region ignota, juntaria vuestros huesos de manera devota, los demonios invocando y vuestra vida restaurando?



Eso y mas, sabedlo, hizo don Carlos por su Filotea, aun a pesar de que maldijo por ello su alma por toda la eternidad. Todo lo sacrifico por tan solo un instante en que labios descarnados de su amante se volvieron a henchir carmines y pudo robar un beso, furtivo y breve, antes de que mil demonios lo arrastraran a las profundidades.”



“Señora, temo no comprender.” Chavez Kurz la contemplo con cierta lastima. Definitivamente se habia escapado de la Castañeda.



“No espero que hagais tal cosa. Sois hombre y mortal. Bien. Teneis que iros, hijo de Eva. Os lo suplico. La biblioteca está cerrada, por lo menos esta sección. Por favor retiraos. La esfinge ya os dijo bastante. El contaros mas arriesgaria vuestra alma.”



De mala manera Chavez Kurz dejó los pergaminos sobre la mesa. Si la infeliz estaba desiquilbrada quien sabe que cosa seria capaz de hacer. Al salir de la biblioteca, para su sorpresa, encontró que el chipi chipi del anochecer habia empezado.



“Puta madre, pensaba que solo era media mañana.” Chavez Kurz empezó a dudar de que lo que habia experimentado fuera real. Se ha de haber quedado dormido, pensó. Espero un poco a que la lluvia escampara pero era evidente que iba a durar toda la noche. La biblioteca, observó, residia en un viejo palacete colonial. Una de las cariatides de la entrada tenia por base una piedra labrada que Chavez Kurz reconocio como mexica. Era un idolo cuya sonrisa burlona se parecia a la de la mujer. Tal vez por el frio o por lo que habia experimentado pero el caso es que Chavez Kurz tembló. Una cosa era cierta. No importa que encargo le diera Lindemann, no iba a regresar a esa sala solitaria de la biblioteca.



Finalmente, Chavez Kurz dirigio sus pasos por la calle. Esta estaba solitaria. El alumbrado, de por si deficiente, era casi inexistente ya por los azahares de la revolución. Finalmente, Chavez Kurz acabó en la calle donde se encontraba la casa del obrero mundial. Vio una figura aproximarse que le era familiar. Era Robledo, uno de sus compañeros. Chavez Kurz se le aproximo. El hombre lo reconocio, sacudio su cabeza, y dio un vistazo rapido a su alrededor antes de cruzar la calle para no toparse con Chavez Kurz. Era evidente que estaban siendo vigilados.



Chavez Kurz vio entre la oscuridad un coche. Dentro habian dos hombres. El tenue resplandor de sus cigarros tal delataba. Estaba estacionado cerca de la casa del obrero mundial. Chavez Kurz se dio cuenta que era muy tarde para desviar su camino. Si se daba media vuelta despertaria sus sospechas. Decidio caminar firmemente, como quien no tiene nada que temer. Al pasar junto al coche desvio su vista. Era un Ford.



La Casa del Obrero Mundial estabá cerrada y a obscuras. No se veia ninguna actividad dentro de ella. Chavez Kurz camino frente a ella silbando quedamente. Atras de el, oyó, habian arrancado el Ford. Chavez Kurz apresuro su paso. Llego a una plaza. Unos cuantos transeuntes se aglomeraban subiendose a un tranvia, tal vez el ultimo de la noche. Chavez Kurz se subio en este sin pensarlo mucho. Por lo menos estaba bajo techo. Las luces del Ford se veian siguiendo al tranvia.



Chavez Kurz maldijo quedamente. Era evidente que eran gente de Pablo Gonzalez. Ya habian habido desapariciones subitas de otros compañeros. Seguro lo habian identificado. El tranvia entró en una calzada y luego se encamino enmedio de una alameda. Sin pensarlo mucho, Chavez Kurz se bajó del tranvia mientras este estaba en movimiento. Se trató de esconder entre los arboles. Vio al Ford pasar de largo. Chavez Kurz esperó unos minutos mas y luego apuró el paso. Asi siguio varias cuadras obscuras. Ya iba caminando mas pausadamente cuando su corazon le dio un vuelco. Creyo reconocer al Ford que lo iba siguiendo por la misma calle pero con las luces apagadas.



Esta vez Chavez Kurz fue presa del panico. Se echo a correr. El Ford prendio sus luces. Chavez Kurz cambio de rumbo adentrandose en un callejon donde el Ford no podia entrar. Oyo voces. Mentadas. Creyo ver dos figuras fornidas bajarse del carro.



Chavez Kurz volvio a meterse en otra calle angosta tratando de mantenerse en las sombras. Vio una tapia y unas cajas amontonadas junto a esta. Desesperado, se monto en las cajas y dio un salto para encaramarse sobre la tapia. Sintio un dolor en sus manos y adivino que habian vidrios empotrados encima. Sin embargo, ignorando el dolor, se dejo caer aparatosamente del otro lado de la tapia. Sus manos estaban pegosteosas. Seguro era con su sangre.



Chavez Kurz se hizo un ovillo en una esquina del patio. La obscuridad era casi absoluta. Afortunadamente no habia perro. Chavez Kurz oyo los pasos de los hombres buscandolo al otro lado de la tapia. Los pasos se perdieron en la noche. Aterido de frio, mojado, y herido, asustado, Chavez Kurz cayó, sin embargo, en un sueño exhausto. Poco a poco recobró el sentido. Empezaba a amanecer. De entre la bruma empezo a deducir donde estaba. Unas cruces y monumentos lo rodeaban. Bien, pensó, estoy en un camposanto. Le temia mas a la gente de Pablo Gonzalez que a los muertos. Sin embargo, recordando su experiencia el dia previo, decidio que era mas prudente salir de ahi lo mas pronto posible, cosa que hizo sin mucho problema pues las rejas del camposanto estaban medio abiertas.



La ciudad empezaba a despertar a su alrededor. Chavez Kurz noto que sus manos estaban cubiertas de sangre coagulada. Sus ropas estaban sucias y rotas. La gente que pasaba lo veia con cierto recelo. Aparentemente estaba en el oriente de la ciudad. El barrio en que estaba le era desconocido. Habia unos canales que aparentemente desenboradaban en la gran laguna sobre la cual la ciudad estaba construida. Buscaria, penso, subirse a un tranvia e ir de ahi al centro y luego a la casa de Diego Rivera. Ese plan se vino abajo cuando adelante reconocio un Ford.



Chavez Kurz no lo penso dos veces. Se echo a correr calle arriba. Oyo al Ford arrancar. En su camino se encontro con un panadero. Este venia en una bicicleta y sobre su cabeza balanceaba una canasta llena de bolillos. Chavez Kurz se abalanzó sobre el hombre, causando que el infeliz cayera junto con su carga. Con violencia, le quito la bicicleta y se puso a pedalear en esta furiosamente, seguido de las mentadas del panadero y de los silbatos de la bocina del Ford.



Adelante noto un terraplen angosto que se adentraba entre la laguna. Chavez Kurz desvio su curso hacia este. En efecto, el Ford no pudo seguirlo pero dos hombres toscotes se bajaron. Le gritaban que se parara, cosa que Chavez Kurz no tenia intencion de hacer bajo ninguna circunstancia. Empezaron a correr tras de el. Para su pavor, Chavez Kurz noto que habia un corte de como tres metros de ancho en el terraplen, tal vez daños causados por uno de tantos bandos que habia tomado la ciudad. Detras de el los hombre le mentaban la madre. Chavez Kurz oyo una bala silbar cerca de su oido.



Gritando desesperado, Chavez Kurz tomo cuanta velocidad pudo. La bicicleta salto al vacio. Para su sorpresa, no cayo a las aguas de la laguna sino que aterrizo aparatosamente del otro lado del corte. Otra bala volvio a silbar cerca. Chavez Kurz se rio como loco, no creyendo jamas repetir su salto de Alvarado. Se volteo y les hizo una señal inconfundible a sus perseguidores. Los hombres se detuvieron en el corte y ahi se quedaron mentandole la madre. Ya estaba fuera del alcance de sus pistolas y no eran ellos el centauro.



Una hora despues, Chavez Kurz se apeo en la casona donde Diego Rivera habitaba. Tocó. La criada, una anciana, le abrio. “Está aqui el maestro, doña Rosa?”



“Está en su studio. ¡Santa Maria, niño Oton, mire como viene usted! ¡Sus manos estan cubiertas de sangre! Llamare a un medico.”



“No se preocupe, doña Rosa, hagame mejor unos chilaquiles, esos son lo que ahora necesito. Y por favor, esconda esta bicicleta, no la vaya a reconocer un panadero.”



“A ver, deme una sonrisita, usted sabe cual,” dijo la voz de Diego detras de un caballete. Chavez Kurz entró al estudio. El encontrar a una modelo desnuda no lo sorprenderia. Normalmente, dejaria que Diego hiciera sus cochinadas en paz pero esta vez tenia que hablar con él. Para su sorpresa si habia, en efecto, una mujer, pero no, no estaba desnuda. Mas bien estaba vestida elegantemente a la manera porfiriana, con un gran sombrerote con flores, guantes, y un parasol. Su primera impresion fue recordar cierto grabado de Posada. Cuando vio su cara se le helo la sangre. Era la misma doctora Asuaje que habia hablado con el en la biblioteca.



“¡Diego! ¡Ave Maria! ¡Es ella!”



“¿Conoces a doña Joanna?” pregunto Diego.



“Ya era tiempo don Otilio,” dijo la mujer riendose. “Y valgame Dios que parece que sufrio usted una corretiza.”



“Oton, señora, mi nombre es Oton. Perdoneme un momento, por favor.” Chavez Kurz se jalo a Diego Rivera a un cuarto vecino. “¿Por que está esa catrina aqui? ¿Sabes quien es ella?”



“Placate, Oton, es una amiga de años. Dicen la malas lenguas que habia sido monja y dejo el habito y se dedico a darle vuelo a la hilacha. Le encanta la vida bohemia. Ademas, tiene mucho dinero. Ha sido mi mecenas muchas veces. Y que bueno que llegastes. Nos tenemos que ir, de inmediato.”



“En eso tienes razon. A duras penas me escape a unos agentes del gobierno.”



“¡Esos valen madre! ¡Yo le tengo miedo a Eufemio!”



“¿A quien?”



“Deja te explicamos,” dijo Diego Rivera llevandolo otra vez al estudio.



La mujer le dio una sonrisa seductora. Estaba sentada fumando una pipa. Por el olor Chavez Kurz reconocio el hashish. “No sabias que tenias del bueno, pinche Diego,” se rio la mujer.



“A la orden, doña Joanna. Le decia al compañero que tengo que salir del pueblo y él creo que tiene tambien razones validas para irse.”



“Excelente. Os nombro mis paladines. Me acompañareis al norte. Iremos a buscar al tal Sostenes que todo mundo anda correteando.”



“!Diego!” le espeto Chavez Kurz. “¿Que tanto le dijistes?”



“No hombre, Oton, si la señora estaba mas entrada en el trote que tu y yo. Aparentemente ella y Sostenes andan en eso de la Hermandad Blanca.”



“Bueno, no exactamente,” aclaró la mujer. “Son medio misoginos. Sin embargo me mantienen al tanto de sus menesteres.”



“¿Exactamente que diablos andamos buscando aparte del tal Sostenes?” suplicó Chavez Kurz.



“Una biblioteca,” explicó la mujer. “Contiene secretos que no conviene que se revelen a los hombres. Ademas, prefiero quemarla antes de dejar que los gringos se apoderen de esta.”



“¿Que tienen que ver los gringos?” preguntó Chavez Kurz.



“Hara como un mes,” explicó la mujer, “se me presento en la universidad un gringuito, un tal Williams, quesque enviado de un magnate petrolero, Collins, creo que era el nombre. No sé por que artes malditas oyó acerca de la biblioteca. Me ofrecio dinero, of course, para que lo ayudara a encontrarla. ¡Lo mande al diablo por supuesto!”



“Pinches gringos,” dijo Diego.



“Pero no sabemos donde demonios anda Maldonado,” argumentó Chavez Kurz.



“No, pero sé a donde se dirije. Ah que Sostenes, está rete norteado. A donde va no es adonde está guardada la biblioteca.”



“¿Como sabe eso?” La mujer se rio. “Le dije que leyera los villancicos pero no me hizo caso. Vera, yo ando buscando un trabajo de la tal Filotea. Os aseguro que aun si volviera esta a vivir no podria reproducirlo. Fue su obra maestra. Se llama ‘el Caracol’ es un tratado sobre musica y fisica y harmonia. ¡Imaginaros ecuaciones rimadas! Se perdio hace siglos. Bien, ya que se fue usted todo espantado (no se por que) me avoque a buscar entre las cajas que habian traido. No encontre ‘el Caracol’ pero buscando entre los villancicos encontre esto.” La mujer puso una carta geografica sobre una mesa.



“¡Un mapa!” exclamaron Chavez Kurz y Diego Rivera a la vez.



“En efecto, la localizacion de la biblioteca se indica en este. Reconozco la letra. Es de don Carlos, el amante de la Filotea. Sobra decir que Sostenes no tiene esta carta. Pero no conviene que los gringos lo encuentren. Hay que avisarle.”



“Aqui le traje sus chilaquiles, niño Oton,” dijo doña Rosa.



Chavez Kurz se sentó a apurar estos pues traia un hambre de los mil demonios. Diego mientras preparaba una maleta. La mujer mientras pintaba detras del caballete.



“¿Y quien diablos es Eufemio, Diego?” preguntó Chavez Kurz.



“Es el hermanillo de Emiliano Zapata. ¿No has oido las ultimas? Pablo Gonzalez evacua la ciudad. Se lleva su ejercito a perseguir a unos villistas que andan cerca. Van a entrar los sombrerudos.”



“Bien, que bueno que se vayan los carrancistas.”



“El problema es que una vez me puse yo a libar y jugar pokar con Eufemio. Ya sabes que no me gusta perder.”



“¡No me digas que hicistes trampas!”



“Peor, andaba bien pedo, no la hice bien. Afortunadamente Eufemio tambien andaba pedo. El caso es que se dio cuenta. Trató de sacar la fusca pero estaba tan pedo que se le disparó y le volo un dedo de la pata. A duras penas logre escaparme. Pero si entran los zapatistas, seguro que el cabron me va a buscar.”



“Entonces, ¿nos vamos con esta señora?”



“¿Por que no? Como te dije, es rete divertida y cabrona.”



“¿Sabe que los alemanes tambien andan tras el tal Sostenes?”



“Si, pero esos no le preocupan. Dice que estariamos mejor bajo un emperador o un virrey gachupin en lugar de tanto presidente pendejo. Aunque yo creo que ella preferiria una virreina.”



“¿Y tu estas de acuerdo con eso? ¿Traicionarias a la republica?”



“Llevale la corriente. Esta media loca. Como dije, tiene feria, total, creo que el Sostenes jamas sera coronado a menos que lo elijan rey feo en el carnaval de Veracruz.”



“¿Listos caballeros?” la sonrisa de la mujer era realmente embelezedora.



“Pos ya vamonos, doña Joanna,” contesto Diego. Chavez Kurz sacudio la cabeza afirmativamente.



Antes de salir Oton alcanzo a darle un vistazo a la pintura en el caballete. Era un retrato de la muerte catrina de Posada.

Sunday, February 25, 2007

Telerenegada 6ta Emisión

Ante todo una disculpa esta es la emision 6 no la 7 un error que se me paso a la hora de grabar y editar.

C.N.D en Puebla con la visita de Alejandro Encinas.

Friday, February 23, 2007

Nada Nuevo Bajo el Sol


Ladillas


Por el Lic. Mefistofeles Satanas


Es raro cuando me doy la vuelta por el infierno mexicano. Y es que prefiero no meterme con los muchachos del sindicato de diablos que regentea ese lugar. Los desgraciados me han colgado las rojinegras en mas de una ocasion. Sin embargo, ahora no tuve remedio. Para propositos de mantener nuestra certificacion ISO 9000 tuve que hacer una auditoria y verificar si seguian los procedimientos. Ya se imaginaran.


“¿Y por qué dejan que esos dos reos se anden besuqueando?” pregunté. Normalmente no me importa que cochinadas hagan los reos, sobre todo porque en el infierno mexicano seguro soltaron una feria para seguir practicando sus vicios. Pero el procedimiento claramente indica que bajo ninguna circunstancia los reos disfrutaran de ningun placer. Despues de todo este es el infierno. Y no voy a perder yo la certificación del ISO ansina nomas por culpa de dos cabrones que les gusta andarse besuqueando.


“Es que son influyentes, jefe,” me dijo el chamuco a cargo.


“¿De verdad? A ver dejeme ver sus expedientes.” Tomé nota de que el encargado encontró los expedientes luego luego. La certificación requiere que la documentación sea facilmente accesible. ¡Chance este año no tronamos! Siempre acabo soltandole una feria al auditor.


No reconoci a los reos. Las almas aqui hacen penitencia encueradas representadas como cuando eran a los veintitantos (el numero especifico está en uno de los procedimientos) años. Y todos estan pelones como Salinas o FECAL. ¡Que grata sorpresa la mia cuando reconoci sus nombres!


“Ah, si se trata del señor Rene Capistran Garza, furibundo procer cristero, y del arzobispo de México en tiempos de Calles, don José Mora y del Rio. Pues bien, ¡mas razón en hacer sufrir a estos dos cabrones! ¡Que influyentes ni que una chingada! Si estos cabrones estan aqui es por una buena razon! ¿Y es que saben que hicieron estos cabrones?”


“Pos realmente no, jefe,” dijo el encargado. Punto en su contra. Carajos, se supone que deben de estar interiorizados de quien tienen en las manos. Asi lo dice el procedimiento.


Ya de plano me encabrone: “¡Estos cabrones causaron en México la llamada guerra cristera donde tantos inocentes sufrieron! ¡Pura madre que van a disfrutar aqui los hijoeputas! ¡De ahora en adelante madrizas y tehuacanazos tres veces al dia durante cuatro eternidades! ¿Entienden? ¡Obedezcanme si no quieren acabar junto a ellos!”


Como que al chamuco a cargo le impresiono lo que le dije por que nomas se cuadro y me dijo un sordenes jefe. Cuando sali del infierno mexicano tuve la satisfaccion de oir a los dos reos chillando como almas en pena, cosa que en verdad son.


En fin, cuando me encuentro un clerigo entre mis reos es para mi un placer especial. No hay nada mas sabroso que madrear o mandar madrear a un cabron que en vida se daba puros baños de pureza. Saboreando el momento, me lleve los expedientes a mi oficina.


“Doña Cholita,” le dije a mi secretaria, “por favor que no me molesten. Ah, y mande a don Lupito a que me traigan unos cigarros y un six de cheves del estanquillo.”


“Ta gueno licenciado.”


Ya comodamente sentado en mi sillon, con una cheve para aguantar el caloron, y el totentanz de Liszt tocando a todo volumen empeze a leer a detalle el expediente. Encontre cosas que me hicieron francamente reir y alegrarme el corazon. Nada como el expediente de un pecador, sobre todo si es mexicano y clerigo, para hacerme llevadero el infierno.


Por ejemplo, ¿sabian ustedes que fue la iglesia mexicana la primera que mando ”al diablo” las instituciones? Antes que nada debo aclararle a los politicos de todos los extremos que de ninguna manera aceptare yo aqui en el infierno a esas putas. Sera este el infierno pero hay cosas que de plano no tolerare. Somos una empresa decente y definitivamente no le dare entrada a unas prostitutas jodidas como son las “instituciones” mexicanas. Ademas de que ya mande fumigar y me van a llenar otra vez el Averno con piojos si esas señoras vienen aqui. Asi pues, señores, si quieren mandar a algun lado sus instituciones, mandenlas al carajo pero a mi no me las endilguen.


Y decia yo que fue la iglesia mexicana la que hizo primero lo de mandar al carajo las instituciones. El dia 4 de febrero de 1926 aparecio en el Universal –periodico tan chayotero entonces como hoy—las declaraciones del arzobispo Mora y del Rio al reportero Ignacio Monroy.


“El episcopado, clero, y catolicos,” declaró el arzobispo Mora y del Rio, “no reconocemos y combatiremos los articulos 3, 5, 27, y 130 de la constitucion vigente.”


There you have it. Al diablo las instituciones. El señor se sentia capaz de dictar a sus fieles que articulos de la constitucion consideraba “escritos con las patas” y por lo tanto no validos. Y no solo mandaba “al diablo” las instituciones el curita, no, tambien convocaba a los pendejos de su feligresia a combatir a estas. Y con la ayuda de la iglesia en efecto asi lo hicieron, con las armas en las manos. La accion del arzobispo constituyó el inicio de la guerra cristera.


Por supuesto la respuesta del turco no se hizo esperar. El mismo dia 4 de febrero de ese año el ministro –todavia no eran secretarios—de rebuznación, el ingeniero Adalberto Tejeda, turnó al arzobispo al juez segundo supernumerario:


“C. Procurador General de la Republica – Presente


El arzobispo de México, el señor Jose Mora y del Rio, (se citan anexos) ha hecho declaraciones a la prensa sosteniendo, entre otras cosas, que el Episcopado, el clero, y los catolicos no reconoceran los articulos 3, 5, 27, y 130 de la Constitución en vigor…”


O sea que de inmediato el turco les rompio la jeta. Esa noche Mora y del Rio durmio en el frescobote. Calles les cerro los templos.


Los principes de la iglesia se aprestaron entonces a fomentar una rebelion armada pero sabian que no podrian sostener esta por mucho tiempo. ¿La razón? Plata. Al cerrarles Calles los templos se les secó el negociazo de las limosnas. En efecto, eventualmente los obispos doblarian las manos y entrarian en platicas con el turco. Pero mientras, encontre que intentaron varias otras cosas que de plano suenan muy familiares.


Revisando esta vez el archivo –bastante grueso por cierto—de los pecados de Capistran Garza me encontre con un interesante folio titulado “Hoja Publicada por la Liga de la Defensa Religiosa”, con la firma de Capristan Garza y otros persignados. Y ¿saben? De plano esta vez si me cague de risa. Dejenme citarles algunos extractos de la hojita cuya fecha de publicacion fue el 14 de julio de 1926.


Varias organizaciones de fachos y gazmoños, dice la hojita, han decidido emprender una campaña contra las leyes de Calles, turco endemoniado, pobrecitos pagrecitos, etc., etc.


“El proposito de está campaña es crear en la Nación entera un estado de intensa crisis economica que obligue al Gobierno a hacer cesar la situación de opresión legal en que vive la Iglesia Catolica en nuestra Patria.”


¡Jijos! ¡Estos condenados querian joder la economia para presionar al turco! ¡De plano eran un peligro para México! ¿Y como creen que pensaban en llevar esto a cabo? He aqui alguna de las acciones que proponian…


“…abstención de dar anuncios y comprar aquellos periódicos que se opongan a esta acción o no le presten apoyo…”


“…abstención de hacer compras que no sean las indispensables para la subsistencia de cada dia…”


“…abstención de ir a teatros, cines, bailes…”


“…no comprar billetes de loteria…”


“…no usar mucha luz electrica…”


“…no usar vehiculos automotores…” (creo que todavia habian tranvias de mulitas entonces)


O sea, ¡Juar Juar! ¡Los primeros renegados que usaron el boycott para presionar al gobierno fueron los curas y sus feligreces pendejos! Nomas les faltó boycotear a Bimbo, Sabritas, y Coca Cola, cosa entendible por que entonces no habian esas porquerias. Lo de no ir a los teatros y cine pos recuerda no ver Televisa. Y por supuesto lo de los periodicos recuerda que los renegados boycotean el Mierdenio. Y la manera de como circulaban la hojita sugiere como distribuyen los renegados los CD's del peje. A la mejor Capistran Garza les daba sus regaños a los mochos como lo hace el Victor Hernandez con los renegados: "¿Se quejan por que nadie hace nada? ¡Ponganse a repartir el volante cabrones!" ¡Juar Juar!


Y en el folio en cuestion estaba el siguiente testimonio del arzobispo:


“…examinado detenidamente el proyecto de Uds., nos pareció digno de todo encomio, tanto por el fin que se propone, como por la forma ordenada y pacifica con que se llevará a efecto…”


¡Casi me caigo de la risa! ¡No solo el arzobispo aplaudia el boycott si no que tambien sugeria fuera parte de una resistencia civil pacifica! Por supuesto que el hijoeputa arzobispo no se quedo tan solo en hacer resistencia civil pacifica. Como dije, el muy cabrón compró armas para que unos imbeciles le hicieran la guerra al gobierno con las consecuencias –muerte de inocentes, destruccion, atrocidades—que ya conocemos.


¡Pos vaya fichitas y renegados que me resultaron el curita y sus cristeros! Desafortunadamente el archivo del curita no dice si era originario de Macuspana. ¡Mira que sugerir boycotts y resistencias civiles pos no es novedad en Mecsicou! La de cosas que aprende uno aqui en el infierno. “Menfis, my dear boy,” me dije a mi mismo, “tenian razon los romanos al decir que ‘no hay nada nuevo bajo el sol’.”


La unica diferencia, creo yo, y son cosas que sé por viejo y no por diablo, es que FECAL no le llega ni a los talones al turco en lo cabrón, razón por la cual el enano ya anda pariendo chayotes con los renegados mientras que los cristeros le hicieron lo que el viento a Juarez al turco. No tarda entonces el enano en presentarse aqui conmigo debido a un coraje o cirrosis hepatica. Pienso ponerlo junto con el arzobispo y Capistran Garza para de una buena vez madrearlos parejo.


Llame a mi secre por el interfon. “Doña Cholita, mandeles un oficio al encargado del infierno mexicano.”


“¿El ingeniero Seboruco?”


“Si, ese cabron. Le dice que quiero que tengan a Mora y del Rio y al Capistran Garza a puros fuetazos y tehuacanazos round the clock, 24 horas al dia, ¿OK? Quiero hacer un ejemplo de esos cabrones. ¡Quien les manda andar dandoles ideas a los renegados!”


“Ta gueno licenciado.”


"Ah, y que empiezen los tramites de entrada de Jelipe Calderon."


“¿Ya se murio jefe?"


"Todavia no, pero no tarda en venir. Ese higado no va a aguantar mas. O bien el EMP seguro le va a dar su sobredosis de plomo. Estaka brown andar limpiando vomitos y meados de borracho todos los dias. Les ensucia el uniforme ese con las plumitas de aguila en la manga. Ah, y hablando de militares, ¿ya le reacondicionaron su suite al general Calles?"

“Si licenciado, tiene la nueva unidad de aire acondicionado que usted ordenó.”

“Ah, muy bien. Mandele un recado que a la noche ire con él a jugar pokar.”