Thursday, February 01, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XIV

XIV - Villa Llorando Mata

Donde se describe como Villa hizo teniente a Manuel Pavon

(foto del Cerro de la Bufa, Zacatecas)


En Zacatecas se reconcentró la División del Norte despues de los combates de Celaya. Para mi –como contare mas tarde—fue un regreso a esa ciudad. Afortunadamente mi tio conocia al General Zertuche, jefe de los servicios medicos de la División del Norte y me dieron una cama en un hospital. Brigida fue asignada como enfermera. El primer dia la encargada del pabellon, una monja de pocas pulgas, Sor Benita, trató de hacerla que cuidara a otros heridos.

“Mire, pingüina jodida,” le rezongo Brigida, “yo no voy a andar bañando mas que a mi Manuel. ¿Entiende? Y no me separo de el hasta que este curao’.”

“Hija…” protestó la monja, “tenemos muchos heridos. ¡Si no vas a ayudar mejor largate de aqui!”

“¡Yo no soy su hija, vieja cabrona! ¿Pos que se ha creido esta pingüina catrina?”

“Brigida,” le suplique, “por lo menos ayuda a cambiarles las vendas a los compañeros y darles de comer. Yo estare bien.”

Despues de muchos sombrerazos y pleito y a base de yo estarla chiqueando y convenciendo Brigida finalmente accedio a ayudar con los otros heridos. Pero solo a mi me bañaria. Claro que tambien hubo una discusion esa noche pues Brigida se queria acostar a dormir conmigo.

“No se permiten visitas conyugales,” sentencio sor Benita.

“¿Y ora? ¿Pos que usted no coje? ¿No tiene hombre? ¡Si Manuel y yo somos marido y mujer!”

Francamente, yo queria a Brigida junto a mi. “Sor Benita, yo creo que es para mi mejor si Brigida duerme conmigo. Si tengo una recaida de inmediato la puedo despertar y me puede ayudar. Ademas, lo mismo puede suceder con alguno otro de los compañeros aqui.”

“Bien,” dijo resignadamente Sor Benita. “Pero no pueden tener sexo hasta que el doctor lo dé de alta.”

Claro que tambien esa prohibicion la ignoramos. Sin embargo, nos esperabamos hasta que oiamos a los compañeros roncar.

A la semana yo ya me sentia perfecto. Tendria tal vez 19 años y a esa edad se recupera uno rapidamente de las heridas. Sin embargo, el doctor todavia me hacia mantener reposo. Me mostraba unos dedos y me preguntaba cuantos tenia. Luego me hacia seguir su dedo con mis ojos. O sea me trataba como si fuera yo un imbecil. Brigida decia que desde entonces quede medio pendejon.

Una mañana se presento el centauro. Debo aclarar que Pancho siempre fue muy lloron. Suena incongruente. Despues de todo este era el legendario centauro del norte, el mero jefe de los dorados. Sin embargo, muchas veces se le vio chillar a moco tendido: cuando exhumaron el cadaver del señor Madero, cuando hizo fusilar a su compadre, el general Urbina, y esa mañana fue otra ocasion. Muchos de los heridos estaban lisiados de por vida: ciegos, mancos, cojos, etc. Conforme iba recorriendo los pabellones Villa se puso mas y mas moquiento.

Finalmente, le dijo a Rodolfo Fierro que lo iba escoltando, “Compadre, estos valientes no merecen esta suerte. Pregunteles si quieren una muerte rapida.”

(fotografia de Rodolfo Fierro)

Y asi Fierro iba tras del centauro preguntandoles a los heridos si querian que los “ayudara”. Algunos, como el teniente de artilleria al que le habia estallado su pieza y estaba ciego casi suplicó que Fierro le diera un plomazo. Y asi iba el centauro recorriendo el hospital. De vez en cuando se oia un plomazo cuando Fierro “ayudaba” a un herido.
Esto continuo hasta que Sor Benita, que habia oido los plomazos, vino corriendo y se le planto frente al centauro. “¡Valgame Dios! ¿Pero que diablos estan haciendo ustedes? ¡Asesinos!”

Fierro se sonrio. “Oste dice si me la quebro jefe.”

“Mire madre, estos hombres no merecen sufrir,” explicó el centauro. Estaba chillando a moco tendido. Bien decian que Villa llorando mataba. En cualquier momento el o Fierro le soltaban un plomazo.

“¿Entonces por que los mandan ustedes los generales a matarse? ¡Si no merecen sufrir no los haga soldados!”

“¡Es que ya no van a ser lo que eran antes!” contratacó el centauro entre lloriqueos. “¡Pobres cabrones! ¡Me parte el alma verlos asi!”

Pero la monja estaba bien atrincherada y era valiente. “Estos hombres son heroes, si, y ahora la nacion les debe cuidados. ¡No se merecen un plomazo en la sien! Tantos esfuerzos que hacemos aqui para curarlos y luego usted y el energumeno este vienen y los matan asi como asi.

“¡Señora! ¡Mas respeto!” protesto Fierro. La monja le habia puesto un indice de fuego en el pecho y hasta Fierro se habia hecho para atras.

“¡Esta bien compadre!” dijo finalmente el centauro viendo como hasta Fierro habia sido batido por la monja indomita. “La monja tiene razon. Ya no ayude a mas heridos.”

Debo aclarar que la mayoria de los heridos que contemplamos todo esto habiamos subitamente adquirido vigor y ansias de sanarnos y volver a la bola. Algunos generales, como Haig el mariscal britanico, nunca visitaban a sus heridos pues pensaban que despues de ver los sufrimientos que sus brillanteces causaban no podrian volver a dar ordenes para meter a su gente en batalla. Bien se dice que desde que se inventaron las excusas se acabaron los pendejos. Yo en eso si admiro al centauro que si nos daba nuestras vueltas y no hacia excusas hipocritas. Ahora, como dije, las visitas eran motivantes, especialmente si el centauro traia consigo a Fierro.

“¿Y oste como está? Pregunto el centauro al compañero que estaba en la cama junto a mi. Era un telegrafista al cual un obus de Obregon le habia tumbado ambas manos.

“¡Yo rete bien mi general!” dijo el infeliz saludando con un muñon. “Sabe, yo creo que puedo dedicarme a maestro o que se yo. Total, el gis lo agarro con la boca si se requiere.”

“¡Maestro! ¡Esos son huevos! ¡Ya ve compadre, este muchachito es en verdad un heroe!” El centauro era un mar de lagrimas. Se sono la nariz en la sabana del herido. “Yo no me enfrentaba con una turba de chamacos cabrones y este valiente, sin embargo, esta dispuesto a entrarle, aun sin manos.”

“Pos si se arrepiente, digame, que aun estamos en tiempo,” ofrecio Fierro.

“¿Y oste?” me pregunto el centauro. Intercambie palabra con él muy pocas veces. Esta ocasion, sin embargo, nunca la olvidare.

“Pos yo ya estoy bien mi general,” me apresure a decir mientras saludaba. Tenia la cabeza vendada.

“Y está intacto,” completó Brigida para evitar que Fierro hiciera sugerencias.

“Ah, yo me acuerdo de este muchachito,” dijo Fierro. “Se porto rete valiente el dia que tuve el duelo con el gringo ese Puton.”

“Pluton, compadre, el gringo ese era el coronel Pluton,” aclaró el centauro refiriendose a Patton.

“Como seya, mi general, el caso es que este jovencito sostuvo su puro sin moverlo. ¡Es muy macho!”

O muy pendejo, pense yo para mis adentros aunque no me atrevi a decirlo.

“¡Pos haganlo teniente, carajos!” ordeno el centauro mientras se retiraba.

“¡Gracias mi general!” conteste. Brigida me abrazo y me cubrio de besos.

“¿Teniente?” se rio mi tio al visitarme despues. El tambien habia recibido un ascenso. Portaba ahora la insignia de capitan en su sombrero tejano. “¡Felicidades, ja ja! Puta madre, a lo que hemos llegado, Manuel. Yo soy capitan ahora y sin embargo tengo menos gente a mi mando que cuando era un teniente en Celaya. Bien, ya hice que te asignaran a mi gente. ¿Puedes cabalgar?”

“Pos yo creo que si,” respondi. “Sor Benita me va a dar de alta hoy.” Yo mismo no me la creia lo de teniente. Cuando el general Angeles se habia unido a la División del Norte se habia traido varias camadas de aguiluchos, alumnos del Heroico Colegio Militar del cual el era director. ¡Esos si eran oficiales! Ellos fueron los que impusieron orden y una disciplina prusiana dentro de la División del Norte. Eran durisimos los cabrones. Se hicieron matar por docenas, tomando Torreon, en la Bufa en Zacatecas, frente a Celaya, y pocos quedaban ya. Los jefes que le quedaban al centauro eran en su mayoria civiles improvisados como oficiales, como mi tio y yo. No teniamos muchos conocimientos de la ciencia militar, solo huevos.

“Pos esto merece celebrarse,” dijo Brigida. “Yo creo que tengo una botella de mezcal por aqui.” Y se puso a buscar en sus tiliches.

“¿Y ese libro, Brigida?” preguntó mi tio.

“Ah caray, don Pancho, yo creo que se lo quite al vejete ese Maldonado.”

Mi tio lo empezó a hojear. “Parece escrito en español antiguo.”

Dejenme aclarar que tanto para Brigida como para cualquier soldado de la bola toda clase de papel era bienvenido. Si sabia uno leer, cosa no muy comun en ese tiempo, se podia uno distraer leyendolo mientras hacia uno sus necesidades. Y luego servia para limpiarse. La altenativa era usar hojas de maiz. ¡Cuantos periodicos magonistas, Quijotes, Ahuizotes, grabados de Posada y otras obras literarias no tuvieron ese triste fin! Si Brigida le habia quitado el libro a Maldonado era con propositos exclusivamente higienicos, pues ella no sabia leer.
“Ah caray!” exclamó mi tio. “Esto está muy interesante.”

“¡Chingaos! Ya me robaron la botella,” maldijo Brigida.

“Bueno,” dijo mi tio regresandole el libro. “Guardate el libro Brigida. Es muy valioso pienso yo. No lo uses para limpiarte la cola. Despues lo veo. Miren, vengan conmigo. En efecto, debemos celebrar. Los invito al Delmonicos.”

“¿Me dejaran entrar?” pregunto Brigida. El Delmonicos era el restaurant mas caro de Zacatecas.

“¡Como chingaos no, si eres la mujer de un teniente!” juro mi tio.

Y asi fue como sali del hospital.

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