Sunday, February 18, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XIX


XIX La Maquina Loca


El general Manuel Dieguez era un viejo luchador social que habia andado de revoltoso desde la huelga de Cananea, donde habia jugado un papel sobresaliente. En julio de 1915 Dieguez era un hombre ya maduro, aindiado, flaco de carnes, con el bigotazo completamente cano. Dieguez estaba al mando de las tropas obregonistas en San Juan de los Lagos. Sus ordenes, dadas personalmente por el manco, eran amagar Zacatecas aunque no intentar tomarla. Dieguez se encontraba en la comandancia de San Juan de los Lagos recibiendo el parte de sus oficiales.


“¿Reporta algo mi general Santader?” preguntó Dieguez al jefe de su estado mayor, un coronel Ceballos.


“Si, mi general,” contestó Ceballos consultando unos telegramas. “Aparentemente una columna salio de Zacatecas. Santander la siguio pero hubo una escaramusa y se le perdieron en la sierra. Sin embargo, identificaron al comandante. Es Rodolfo Fierro.”


“¿Al mando de Fierro? ¿Cuantas gentes?”


“Santander estima como un millar. Pasamos el reporte al general Gonzalez en la ciudad de México.”


Dieguez prendio un cigarro de palma. “No me gusta esto. Especialmente el que nos hayan subordinado a Pablo Gonzalez. Obregon sabia lo que hacia. El cabron pablitos está muy guey.”


“El general Gonzalez piensa que salieron a robar vacas. No le preocupa lo que haga Fierro.”


Dieguez se acercó a un mapa de la republica. “¿Mil hombres para robar vacas? Pancho Villa solito se bastaba para hacer eso en sus tiempos de abigeo. No, Ceballos, ordene que se refuerzen los piquetes. Mire, Fierro puede irse sobre la ciudad de México o Celaya o dirigirse a Guadalajara. Es decir, que podria venirse sobre nosotros.”


“Son solo mil hombres, mi general.”


“Si, y nosotros somos tres mil aqui en esta plaza mas los mil que andan buscando abigeos con Santander. Pero la mitad de mi gente son convalescientes de Celaya. Se supone que solo debemos de observar lo que haga Pancho en Zacatecas y para eso si somos suficientes. Pero, rechazar un ataque nos pondria en problemas.”


Un teniente entró, saludó, y le entregó un despacho a Ceballos. “Mi general, buenas noticias. El general Obregon llega en una hora. Nos acaba de mandar un telegrama.”


“¿Obregon? ¿Aqui? Bien, finalmente habran ordenes claras.”


“¿Ordeno la alerta?”


“No, ya la gente está en sus vivaques y preparandose la cena. No los moleste. Ordeneles, sin embargo, a la guardia de la comandancia que se acicalen. A ver si puede conseguir a la banda de guerra para que toque la marcha dragona cuando Obregon llegue a la estacion. Y que preparen una buena cena. A mi general Obregon le gusta comer bien. Y si puede, busquese unas botellas de champagne.”


“No se preocupe mi general, yo me encargare,” dijo Ceballos.


A unos diez kilometros de San Juan de los Lagos habia una estacion pequeña que era usada por los ferrocarrileros para labores de mantenimiento. Un telegrafista saludó y le anuncio a Rodolfo Fierro: “Mi general, confirmaron recibo. Esperan a Alvaro Obregon.”


Fierro se rio. Era la sonrisa de un lobo estepario. “Bien, capitan Pavon, ¿ya acabaron sus muchados?”


“En unos diez minutos mas, mi general,” contestó mi tio. Fierro salio de la estacion seguido de mi tio. Afuera de esta habia una locomotora y dos vagones de pasajeros. Habiamos detenido este tren unas cuantas horas antes. Traia mas vagones llenos de civiles. Estos los desenganchamos y los dejamos en la montaña con los pasajeros. Nos trajimos con nosotros al conductor y al maquinista y al fogonero para que no le dieran parte al ferrocarril.


“¡Que chulada de locomotora!” dijo Fierro caminando junto a esta. El ex-garrotero obviamente conocia el equipo. “Consolidation, 2-8-0, 20,000 libras de traccion, hecha por la Alco, American Locomotive Company. ¡Nuevecita! Ya encarrerada llegara a los 50 kilometros por hora. Y como nomas pasando ese cerrito todo es bajada de ahi hasta San Juan de los Lagos, probablemente va a superar esa velocidad.”


Yo mientras estaba supervisando a la gente que subia unas cajas a los vagones. “¡Cuidado cabrones! No dejen caer esas cajas o nos morimos todos. ¡Es dinamita!”


“No se preocupe, mi teniente,” dijo un sargento de zapadores que jalaba unos cables. “Estallara solamente cuando el detonador de impacto la prenda.”


La gente acabó. Los dos vagones y la carbonera estaban retacados de dinamita. “¡Listo!” anuncio el zapador.


“Bien,” dijo Fierro subiendose a la locomotora. “Siganme con mi cuaco.” Y abrio la valvula para que el vapor empezara a mover las ruedas motrices de la locomotora.


Con Fierro por maquinista, la maquina jalo al convoy lentamente subiendo la pendiente hasta la cima del cerrito. A lo lejos se divisaban los tenues quinques de San Juan de los Lagos. De ahi en adelante era pura bajada. Fierro le abrio todo el vapor a la maquina y dio un ultimo pitazo. Luego dio un salto atletico de la locomotora a su cuaco que iba galopando junto. “¡Ora siganme!” ordenó Fierro y avanzamos a medio trote rumbo a San Juan de los Lagos seguidos de nuestras carretas.


Eramos como 800 jinetes. La locomotora y su convoy se alejaron de nosotros adquiriendo cada vez mas velocidad. No habia ninguna curva de ahi a San Juan de los Lagos.


Dieguez y su gente, en la estacion de San Juan de los Lagos, oyeron la maquina.


“Obregon viene temprano,” observó Ceballos. Luego el coronel se apresuró a pasar revista a la escolta alineada a lo largo del anden. La banda de guerra afinaba sus instrumentos.


“¿Todo en orden?” preguntó Dieguez.


“Todo listo mi general,” contestó Ceballos.


“¡Mi general!” dijo un telegrafista. Estaba muy palido. “Nos acaban de llegar dos telegramas.”


Ceballos los tomó y los leyo. Tambien palidecio. “El general Obregon anuncia que acaba de tomar San Luis Potosi, dice el primer telegrama. El segundo, mejor lealo usted, mi general.”


Dieguez tomó el telegrama. Era un mensaje escueto: “VIVA PANCHO VILLA. STOP.”


“¡Es una maquina loca!” exclamó Dieguez. “¡Alerta! ¡Que muevan los cambios! ¡Saquen esta gente de aqui!”


La estacion parecia un hormiguero. La gente se arremolinaba a la salida. Los intrumentos habian quedado tirados en el anden. La maquina se oia aproximarse a una velocidad endemoniada. Dieguez se montó en su caballo. “¡Todo mundo fuera! Ceballos, ¡sigame a la comandancia! Ahi nos haremos fuertes.”


A unos cuantos kilometros afuera de San Juan de los Lagos de pronto vimos un resplandor que ilumino el horizonte. Luego nos llego una onda expansiva que casi deshizo nuestra columna.


“¡Santo Dios!” exclamó mi tio que cabalgaba junto a mi. Fierro se reia como el mismo demonio.


Jamas en mi vida habia visto ni despues vi desolacion comparada con el espectaculo dantesco que San Juan de los Lagos presentaba. Los ferrrocarrileros no habian estado a tiempo de mover los cambios. La locomotora entro como bolido hasta los andenes de la estacion. Se salto la via al acabarse esta y entro hasta la sala de espera lugar donde explotó la dinamita. La estacion, una preciosa obra porfiriana, voló por los aires, junto con varios cientos de infelices que no habian podido todavia salir. La onda expansiva tumbó los edificios y casas en las manzanas alrededor de la estacion.


Entramos a San Juan de los Lagos disparando y gritando como apaches. Pero casi no encontramos resistencia. Los soldados que salian a nuestro paso estaban todos chamuscados y llorosos y mas bien nos suplicaban que les perdonaramos la vida.


“¡Me lleva la puta madre!” juraba Fierro. “¡Estos cabrones estan en shock y no pelean! ¡Tenia ganas de matarme unos pelones esta noche! ¡Bien, ya saben que hacer! Busquen parque, vituallas, vendas. ¡No nos vamos a quedar aqui!”


En efecto, encontramos los almacenes de la guarnicion y los empezamos a vaciar cargando nuestras carretas. A los soldados que encontrabamo les deciamos que se juyeran si no los ibamos a matar. Los infelices eran pura gente de leva. Afortunadamente Obregon se habia llevado a sus yaquis. De todas maneras se empezaron a oir tiros.


“¡Rindete Dieguez!” dijo Fierro. Habia avanzado con su escolta y una bandera blanca a la comandancia, lugar donde los obregonistas trataban de oponer resistencia.

“Pura madre, Rodolfo,” le contestó Dieguez que era viejo conocido de Fierro.

“Nomas te vas a hacer matar a lo pendejo. ¿Y que le digo entonces a doña Rosita?”

“Dile que no mori como un cobarde.”

Fierro lo saludo militarmente y se dio media vuelta. El cuartel de la comandancia estabá frente a una amplia plaza. Fierro dio una orden. Habilitamos una pieza de artilleria ligera que traimos con nosotros. Los obregonistas nos empezaron a disparar.

“Abran fuego en cuanto esten listos,” ordenó Fierro. El primer obus dio de lleno en la puerta del cuartel. Los obuses que siguieron de plano causaron que el viejo cuartel se derrumbara. El fuego de los obregonistas cesó por completo.

“Bien,” dijo Fierro. “Este arroz ya se cocio. ¡Toquen retirada!”

Ya iba amaneciendo cuando salimos de San Juan con las carretas cargadas de alimentos y parque. Atras dejamos como mil muertos y heridos de los obregonistas. El resto de la division de Dieguez estabá dispersa entre los cerros aledaños a donde se habian ido a refugiar. Nuestras bajas habian sido minimas.

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