Thursday, February 01, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XV

XIV - Sostenes y Mercedes

“¿Que llevas a tus lares?
Recuerdos de esta tierra
Donde ensaño la guerra
Su aliento destructor”

--Mama Carlota, version de Juan A. Mateos

A finales del fatidico año de 1863, mientras el presidente de Mexico peregrinaba entre los breñales del norte, con el batallon Supremos Poderes por unica escolta, y acompañado de sus ministros (y un gallo), dos hombres ancianos caminaban por una deliciosa vereda al norte de Orizaba. El rocio mañanero relucia en las flores. La republica de los pajaros armaban su escandalo y debate. A lo largo de la vereda y a la sombra de los arboles, cargados estos de orquideas, se veian cafetos cargados de fruta. Los dos hombres se encaminaban hacia una finca bien construida, de piedra y cantera, alrededor de la cual habian varios corrales con toda clase de animals, la mayoria gordos. Esta finca estaba al pie de un cerro cuyas formas, extremadamente simetricas, hacian sospechar que no era obra de la naturaleza. En efecto, entre la maleza que cubria este cerro se distinguia una escalinata arruinada.

“Sostenes ya está en edad de conocer los misterios,” dijo uno de los ancianos. Los dos eran obviamente indigenas. Tenian, sin embargo, algo de parecido lo cual era natural pues eran hermanos.

“Lo sé, Ramiro, pero me temo que mi hijo no se interesa mucho por nuestros menesteres.”

“Ay José, no te ofendas. Yo queria tratar eso contigo. Dios sabe que yo le he tratado de enseñar lo poco que sé. Creeme que por mi no ha quedado.”

“Ja! No me ofenden tus palabras, hermano. La verdad es que mi hijo es medio huevon. Me duele admitirlo, pero es la verdad.”

“Tampoco, José, yo he visto al muchacho estudiar. No es huevon. Nadie es mejor jinete por este rumbo. Nomas no le interesa. Esto son cosas de viejos. Ademas que ahorita esta en la edad que, pos, no piensa con la cabeza, mas bien piensa con el chocho!” el viejo se rio. “En eso se parece a ti cuando tenias su edad!”

“No, no es cosa de viejos,” objetó José. “Mira a tu hijo, Ramirito, el le lleva solo un par de años a Sostenes y ya ves que estudioso es.”

“Y hablando del diablo…” indico José. Un joven se acercaba. Era Sostenes. Este era alto y fornido. Como descendiente de los principes mexicas, que se alimentaban mejor que el resto del populacho, habia heredado un fisico vigoroso. Iba bien vestido con el traje de los chinacos.

“Y ora, onde va usted?” preguntó José.

Sostenes se quito el sombrero, se apeo del caballo, y le besó la mano al anciano. “Con su permiso, apa, nos falta sal y un machete nuevo. Voy al pueblo por ellos. Llevo unos jorongos.”

El viejo José se rio. “Y pa eso necesitas ir tan ajareado? Bañadito, con la yegua peinadita, y la silla recamada de plata?”

Ramiro sonrio y pregunto: “No sera que va a ver a alguien, José?”

“No tio, la verdad, voy por sal!” protestó Sostenes.

“Ta bueno,” contestó José. “Pero en cuanto se retache quiero que se avoque a estudiar Latin aqui con su tio, oyo? La otra vez lo oi declamar a Ciceron y mas bien parecia Ciceron, el cantinero aquel que conocimos en Otumba. ¿Te acuerdas de él Ramiro?”

“El tartamudo?” preguntó Ramiro. “De-de-de a-a-pi-pi-o o de tu-tu-na?”

“Ese mero!” se rio José. “Pobrecito cabron. Mira que yo le busque a Galeno y no encontre nada para curar esa chingadera.”

“Ni en el Avicena?”

“¡Nada! Yo creo que es un mal del sistema nervioso.”

“Creo que hay una cita de Osman el egipcio sobre el tartamudismo.”

“Ese no era egipcio! Era turco!”

“Era egipcio! Estoy seguro de ello!”

“Con ese nombre? No la chingues!”

Los dos viejos se alejaron discutiendo sobre la causa del tartamudismo. Sostenes estaba seguro que iban a discutir sobre la nacionalidad del tal Osman por meses, hasta que uno de ellos sacara algun pergamino que probaba que el otro estaba mal. Y en respuesta el segundo encontraria una cita igual de sesuda que que probaria lo contrario.

Sostenes se rio y siguio por la vereda. Esta eventualmente desemboco en otra un poco mas ancha. Sostenes la siguio por un par de kilometros. La vereda corria a lo largo de un riachuelo a lo largo del cual crecian arboles grandes y viejisimos. Eventualmente el camino se desvio y subio una loma. El majestuoso pico de Orizaba se divisaba en lontananza. De lo alto de la loma, Sostenes diviso un campanario de iglesia y un caserio. Su boca susuró un nombre: “Mercedes”.

El pueblo no era muy grande y se acobijaba alrededor de la parroquia. Junto a esta habia una tienda, “La Valenciana”, algo dilapidada y en necesidad de reparacion. Esta era la propiedad de don Camilo Cervera, un español. Este don Camilo habia llegado a Mexico como treinta años antes y francamente no habia prosperaba. Su negocio languidecia entre asonada y asonada. Era frecuente que una banda de forajidos lo desplumara confiscando sus mercancias, ya sea en nombre del gobierno o de algun rebelde. Para su tristeza, don Camilo, ya cincuenton, se dio cuenta de que ya no tenia fuerzas para volver a empezar en algun lugar menos volatil que el Mexico del siglo XIX. Resignado, vivia junto con su esposa, una india de la localidad que apenas hablaba español a pesar de los esfuerzos del peninsular de “civilizarla”. De la union habia nacido una hija, Mercedes, ya señorita, y un hijo, Camilito, todavia niño. Otras dos crias no se habian “logrado”, como decian en ese tiempo la gente, y habian muerto por diversas enfermedades infantiles.

Sostenes entró al pueblo y se dirigio por un callejon hacia la parte de atras de la tienda. En algun tiempo la tienda habia sido alguna casa señorial y contaba con una buena barda de cantera en su patio de atras. Sostenes, montado en su yegua, podia ver dentro del patio. Estaba vacio. Silbó. No hubo respuesta. Espero varios minutos. Volvio a silbar. Finalmente Mercedes se aparecio y miró a su alrededor y acto seguido voló hacia la barda. Era ella una muchacha de finas facciones, morenisima como su madre. Habia un tronco sobre el cual ella se subio. Por unos momentos los dos enamorados se vieron y solo se sonrieron. Luego empezaron a murmurar y reirse hablando de las cosas que solo dos tortolos se pueden decir sin sentirse ridiculos.

“Mi mamá no está. Fue al rosario,” le anuncio eventualmente Mercedes.

“Y tu hermanillo?” preguntó Sostenes.

“No sé. Ha de andar con su palomilla.” La ausencia de moros en la costa les permitio intercambiar un beso furtivo.

“¡Oigo a mi papá!” En efecto don Camilo la llamaba a la tienda.

“Bien, de todas maneras tengo que comprar en la tienda,” anuncio Sostenes. “Ahi te vere.”

Sostenes espero su turno para ser despachado. Debido a la escasez de moneda el comercio era en su mayoria trueque. Mercedes estaba detras del mostrador y ayudaba a su padre a despachar.

“Hola don Camilo,” saludo Sostenes.

“Que milagro Sostenes. ¿Decidme, como estan vuestros mayores?”

“Mi padre y mi tio están bien, gracias,” respondio el joven.

“Dadles mis respetos. ¿Bien, que os trae aqui?” preguntó el peninsular.

“Necesito sal y un machete. Truje estos jorongos. Son de lana. Vealos usted.” Sostenes los puso sobre el mostrador. El español los inspecciono con cuidado.

“¿Y vos quereis sal y un machete por ellos?”

“Si, don Camilo. Calelos. Estan gruesos. Nosotros los hicimos.”

“Bien, creo que es buen trueque,” dijo finalmente el español. Los jorongos los podria vender o canjear con los arrieros que pasaban rumbo al valle de Mexico. El español puso una bolsa de piedra de sal en el mostrador. “Tengo unos machetes de Guatemala. Son de acero natural. A ver, Mercedes, muestrales los machetes al caballero. Escoja usted el que mejor le parezca Sostenes.”

La inspeccion que hizo Sostenes de los machetes fue somera. Mas bien aprovecharon ella y Mercedes para intercambiar sonrisas furtivas. Don Camilo mientras despachaba a unos rancheros.

Algo sintio el peninsular al observar a los dos jovenes. Era inevitable, pensó, que empezaran a revolotear los galanes alrededor de su hija. Era de las mas guapitas del pueblo y tenia la misma edad que su madre habia tenido cuando se casó con el español. Sostenes, pensó, no era mal partido. Su familia era muy respetada en el rumbo por ser los unicos medicos que se podian encontrar en aquellas montañas. Y segun habia oido de Sostenes, este no era borracho ni pendenciero. Pero como buen comerciante don Camilo no iba a dejar ir la mercancia a la primera.

“Bien, Mercedes, creo que ya regresó tu mamá,” anuncio el peninsular.

“No la he oido, papá,” protestó Mercedes tal vez demasiado enfaticamente. Esto confirmó las sospechas de don Camilo.

“¡Ya regresó!” dijo con firmeza don Camilo. “Ve a ver si necesita que la ayudes. ¿Y bien, Sostenes, le gusto algun machete?”

Mercedes le dio una ultima mirada, no muy bien disfrazada, a Sostenes.

Sostenes sostenia uno de faja azul. Se habia ruborizado. “Este…este está bonito. Y se ve fuerte. Acero natural, verdad?”

“Si, lleveselo,” dijo don Camilo. “Ah, y ademas, aqui está la sal. Escuche, yo hablo con mucha gente.”

“¿Si?” preguntó intrigado Sostenes.

“Los rancheros que estaban aqui acaban de decirme que anda una columna de gabachos cerca. Traen un cura con ellos, paisano mio aparentemente. Andan preguntando si alguien conoce unos indios curanderos ancianos. Mire, yo no sé que negocio traigan vuestros mayores. ¡Ni me importa! Juaristas y conservadores me han jodido por igual. Pero yo les paso la noticia al costo. Andaos con cuidado. Uno nunca sabe.”

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