Saturday, February 03, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XVI

XVI El Diablo

Primavera de 1864

Vive la guerre!
Vive la mort!
Vive la legion etrangere!
--lema de la legion extranjera francesa


Armand Bremont, capitan del Segundo de Zuavos, se apeo del caballo mientras el sargento Rossignol agarraba las bridas. Por un momento sintio un mareo y maldijo el dia que habia llegado a Mexico. El cinco de mayo, su regimiento habia sido destacado por Lorencez participar en el asalto al fuerte de Loreto. Pero el imbecil general frances habia emplazado su artilleria demasiado lejos de los fuertes. Estos estaban incolumes.

Y a pesar de que los mexicanos conservadores habian prometido que el arzobispo abriria las puertas de Puebla para recibir al cuerpo expedicionario frances con flores, los mexicanos no parecian dispuestos a rendirse. Durante la mañana el 99 de linea habia sido sangrado salvajemente por un grupo de indios, los zacapoaxtlas, que armados tan solo con machete los habian enfrentado en rase campagne enfrente de los fuertes. Los del 99 perdieron su aguila y una bandera tricolor que tenia las leyendas “Austerlitz” y “Jena” bordadas en oro. Lallane, el coronel del 99 intento suicidarse ante la perdida del honor y solo fue disuadido a la fuerza por sus ayudantes.

Lorencez ordeno a los zuavos avanzar para apoyar al 99. Y ahora la artilleria mexicana en los fuertes empezaba a castigar a las columnas francesas. Las granadas estallaban entre sus filas esparciendo muerte. De todas maneras Bremont ordenó “¡en avant!” y sus hombres, todos veteranos de las guerras del Rif y acostumbrados a no esperar ni dar cuartel a los arabes, lo siguieron sin chistar.

Pero el asalto fue infructuoso y fue rechazado con gran perdida por ambos lados. Lo mismo ocurrio con un segundo asalto. En el tercer asalto algunos de los zuavos alcanzaron el parapeto del Loreto pero fueron rechazados por los Rifleros de San Luis que el general en jefe mexicano, Zaragoza, personalmente encabezó.

Arremolidos al pie de los fuertes, desconcertados, desorganizados, heridos, diezmados, y mezclados con la infanteria del 99 de linea, Bremont y los otros oficiales trataban de reorganizar a sus tropas para volver al asalto. Fue entonces que de su flanco derecho surgieron los Lanceros de Toluca aullando como apaches. Aquello fue una debacle. Sauve qui poit!

Bremont a duras penas sobrevivio siendo llevado inconsciente a la retaguardia con un balazo que le habia dado en el craneo. Sin embargo, la bala ya no llevaba suficiente fuerza o la polvora mexicana era mala o Bremont tenia el craneo durisimo. El caso es que el plomazo le reboto y le dejo un dolor de cabeza y mareos permanentes. Despues de un año en recuperacion en Orizaba habia sido destacado al frente de esta expedicion.

“¡Merde!” juró Bremont. Trastabilló. Odiaba a México y a los mexicanos. Rossignol, el sargento que le habia salvado la vida el cinco de mayo le paso una botellita con cognac.

“Merci, Rossignol,” dijo Bremont apurando un trago. “¿Habeis visto a Madrigal?”

“Está en su tienda de campaña, mon capitaine,” indicó el sargento. Hacia ahi se encaminó Bremont.

Erasmo Madrigal era un cura jesuita español, alto, delgado y de aspecto ascetico, de facciones aristocraticas, treinton aunque ya peinaba unas canas, siempre impecablemente vestido en un traje de campaña entre militar y clerical. Aparte de Mexico y los mexicanos no habia nadie en la faz de la tierra a la que Bremont odiara mas. Segun le habia indicado su superior a Bremont, este Madrigal traia cartas credenciales del puño y letra de doña Eugenia de Montijo, la española esposa de Napoleon III. En nombre de la emperatriz, las ordenes del peninsular se deberian obedecer al pie de la letra.

“Ah capitan,” dijo Madrigal a manera de saludo. El hombre fumaba uno de los aromaticos tabacos que venian de la region de los Tuxtlas. Esparcidos frente a el en una mesa habian varios mapas de la region. “¿Y bien?”

Bremont colgo su capa y sable y se quito la casaca y se sento pesadamente frente al cura. “Y bien, que subimos hasta su maldito cerro. ¡Y no encontramos casi nada! ¿Ya esta satisfecho?”

Madrigal se le quedo viendo sin decir palabra. Por alguna razon a Bremont le parecio estar viendo a los ojos de una serpiente. Habian rumores. Se decia que no era a la Montijo a cuyas ordenes venia si no directamente de cierto oficina del vaticano, una que hasta los mismos burocratas de la curia mencionaban solo en susurros.

“Perdoneme, señor Madrigal,” explicó Bremont algo cohibido por la mirada mefitica y glacial del cura. “Es que el cerro al cual me mando era un volcan, aparentemente no del todo apagado. Hubo un temblor. Nos agarro a mi y a mis hombres en un camino angosto bordeando un precipicio. Hubo un deslave de tierra. Uno de mis hombres cayó con todo y caballo al precipicio. Otros tres fueron atrapados del otro lado del deslave.”

“¿Y esos hombres lograron reintegrarse a su columna?” pregunto Madrigal.

“No,” contesto Bremont. Habia empezado la malhadada expedicion hace cuatro meses con 200 zuavos y miembros de la legion etrangere, todos escogidos por su bravura. Ahorita tenia solo 140. El paludismo, las nauyacas, los precipicios, y los chinacos se habian encargado de los faltantes.

“¿Pero si alcanzaron la cima?” Era evidente que a Madrigal le importaba un carajo si se despeñaba todo el ejercito frances.

“Si, el terremoto ocurrio ya bajando.” Bremont abrio un portmanteau y extrajo unos objetos. “Junto al crater habia una especie de altar pero ya muy dilapidado. Le traje estas figurillas que estaban en el.”

Madrigal examino con cuidado las piezas. “Nanciyaga y su corte,” dijo finalmente el clerigo.

“¿Quien?”

“La reina de los chanekes, capitan Bremont. Estos son una especie de demonios nocturnos a los que los mexicanos siempre trataban de apaciguar. Les gusta llamar a los viajeros para que se extravien su camino. Si las leyendas son ciertas se van a refocilar con vuestros tres hombres perdidos. ¡Ja ja!”

La risa burlona del hombre fue demasiado para Bremont. “Señor Madrigal, me importa un carajo si la estatua es del mismo Lucifer. Tengo tres hombres perdidos alla en esa sierra y los chinacos estan en todas partes.”

“Hay cosas mas importantes, capitan, que la suerte de tres zuavos. Vuestras ordenes son muy claras. Si sus hombres no regresan, ‘ces’t la guerre’.”

Bremont se paro livido.

“Por favor, capitan, no estoy para escenas,” dijo Madrigal. De su saco habia sacado una pistola de dos cañones y la puso en la mesa junto a el. Por un momento los dos hombres se vieron con un odio no disimulado. Madrigal suspiro. Habian cosas que ciertamente no le iba a explicar a este capitancillo. Sus ordenes venian del papa y, mas importante aun, del general de los jesuitas. Lo que opinara o hiciera este oficialillo le importaba un carajo. La mirada del hombre le enfrio las venas a Bremont. El oficial volvio a sentir otra vez un desfallecimiento. La herida de ese cinco de mayo lo habia hecho debil.

“Bien, sientese, Bremont,” indicó Madrigal que habia ya tomado la medida de Bremont. “Mas que nada, me importa saber si tomo las coordenadas y orientacion del altar. Estas reliquias son interesantes pero no me ayudan mucho.”

¿Ayudarlo a que? Penso Bremont. Pero bien sabia que era inutil pedirle explicaciones al cura. Por varias semanas el y sus hombres habian estado subiendo los montes cercanos, descubriendo en varias ocasiones objetos aparentemente prehispanicos.

Bremont hizo como se le indicaba y se sento pesadamente frente al cura. De su bolsa extrajo un cuaderno de campaña. “Aqui estan los datos. Pero la direccion era obvia. El altar estaba alineado con Polaris.”

“Ah, interesante,” dijo el clerigo. Busco entre sus papeles y desplego un mapa. “Este levantamiento topografico fue hecho por Bustoni, un ingeniero italiano al servicio del virrey, cuando esta tierra era todavia la Nueva España.”

Si por Bremont fuera le podrian regresar Mexico a España o al diablo. El dedo del cura recorrio en direccion norte. Habian tres marcas al sur de este. La direccion era obvia. El dedo se poso donde se indicaba un coloso. “Citlatepec,” dijo Madrigal.

“¿El pico de Orizaba? ¡No me diga que va a querer que hagamos esa ascencion!” protestó Bremont. “No contamos con el equipo adecuado. ¡Seria una locura!”

“Yo he ascendido el Mont Blanc y otros pinos alpinos. Sus hombres nos escoltaran a usted y a mi hasta la base de este. ¿Ve usted donde se indica este glaciar? Dos hombres, usted y yo, pueden seguirlo hasta la cima. Los norteamericanos lo hicieron en 1847. No reportaron nada pero es obvio que no hubieran reconocido nada importante. Yo ire al frente. En ese baul traje piolets y cuerdas. Usted es un hombre fuerte no dudo que pueda hacerlo.”

Bremont iba a protestar que él era practicamente un lisiado cuando Rossignol los interrumpio. “¡Con la venia de mi capitan, se acercan tres caballos!”

Bremont se apresuro a ponerse su casaca y agarro su sable. El campamento frances estaba en lo alto de un cerro. El y sus hombres habian despejado la maleza lo mas posible para poder observar a cualquiera que se aproximara. De todas maneras la manigua avanzaba rapidamente en la tierra ferasisima de Veracruz. El destacamento frances estaba practicamente sitiado por las guerrillas mexicanas que pululaban a su alrededor.

En efecto, observo Bremont, tres caballos se acercaban, desbocados. Sobre las grupas traian amarrado lo que parecia un bulto rojo sanguinolento, como un cerdo desollado.

“!Alerta!” ordeno Bremont. Los zuavos se posicionaron en las barricadas y cortaron cartucho. Reconocieron los caballos. Eran los corceles de los tres zuavos faltantes.

“Santo Dios,” murmuro Rossignol que tenia muy buena vista.

Cuando entraron los animales los zuavos los agarraron de las bridas. Luego expresiones de azoro y horror se escucharon al contemplar lo que venia amarrado sobre cada uno de ellos.

“¡Santo Cielo!”

“¡Fue ‘El Diablo’!” gritaron algunos. Este era un guerrillero que los habia acosado por varias semanas.

“¡Bajenlos!” ordeno Bremont. “¿Estan muertos?”

“¡Ojala asi sea!” juro Rossignol. “¡Les arrancaron el pellejo mientras vivian!”

Madrigal se hinco junto a uno de estos. Le dio la absolucion. Inspecciono con interes el cadaver. El que hizo el trabajo, pensó para sus adentros, tenia un conocimiento excelente de anatomia. Los cortes eran precisos. Los hombres han de haber sufrido intensamente. No se habian desangrado. Lastima, concluyó, que el autor estaba en el bando opuesto. Roma lo podria utilizar. “Ego te absolvo.”

Los gritos de rabia y desesperacion continuaron dentro del campamento frances. Bremont conocia a sus zuavos y a los legionarios. Eran tan supersticiosos como los arabes entre los cuales muchos habian crecido y habian combatido. Veian con ojos desorbitados y temerosos a la manigua que los rodeaba. Si Bremont no imponia orden cundiria el panico y podria ocurrir un motin.

“!Rossignol!” ordeno Bremont. “Usted y los otros jefes, detallen un piquete para enterrar estos hombres de inmediato. El resto, ¡que se ponga a reforzar las barricadas! ¡Mantenganlos ocupados! ¿Entiende?”

“¡Oui mon capitaine!” respondio Rossignol que era un soldado viejo.

Las depredaciones, masacres, crueldades, y crimenes de guerra fueron muy comunes durante la intervencion francesa. En tiempos del porfiriato todavia las personas mayores y los ancianos recordaban con pavor al General Charles Dupin y a su sanguinario ayudante, el coronel Emile, conde de Keratry. Ellos fueron autores de varias masacres que despoblaron pueblos enteros en Tamaulipas. Igual, el inmortal autor de “Adios Mamá Carlota”, el general guerrillero Vicente Riva Palacio combatio sin dar o pedir cuartel a las columnas imperiales en Michoacan. No tomaba prisioneros. Y ay del juarista que cayera en manos del sanguinario Leonardo Marquez, general conservador luego honrado por el austriaco Maximiliano como “Lugarteniente del Imperio” por sus asesinatos.

Deshecho el ejercito mexicano a raiz de la caida de Puebla en mayo de 1863 sin embargo la resistencia continuaba. Y asi como Riva Palacio habian muchos mas jefes que mantenian una constante guerra de guerrillas en todos los rumbos de la republica. ¿Por que este fenomeno, la guerrilla, que no se dio en gran medida durante 1847, se hizo tan intensa durante la intervencion?

Como apuntan varios autores en el 47 la iglesia mexicana se alineo del lado de los invasores. Polk habia enviado gente de confianza a asegurarle a los prelados mexicanos que no se tocarian sus interes y propiedades. A su vez la iglesia hizo su parte para ayudar al invasor. Si los yanquis venian a robar medio México, predicaban los curas desde los pulpitos en 1847, era “porque asi lo queria Dios.” ¡Que diferencia del clero español que participo activa y hasta heroicamente en levantar a su pueblo contra la invasion de Napoleon el grande! Scott no se hubiera podido mantener en el valle de México si los curas mexicanos hubieran arengado a su pueblo a combatirlo. Las tenues lineas de comunicacion con Veracruz hubieran sido interrumpidas y pronto Scott se hubiera tenido que retirar por falta de medios.

Pero el México de la intervencion ya no era el de 1847. Se habia roto la hegemonia de la iglesia. Las Leyes de Reforma de Juarez habian expuesto la podredumbre dentro de la iglesia catolica mexicana. Y el regimen del zapoteco se habia erguido victoriosa despues de la cruenta Guerra de Tres Años donde el bando conservador habia sido financiado y apoyado por la iglesia. Politizado por los hombres de la Reforma, con caudillos valerosos y audaces como Zaragoza, Porfirio Diaz, y Riva Palacio, y con un presidente indomito, el pueblo de Mexico ya no seguia ciegamente las predicas del pulpito. Si bien el arzobispo de México, Monseñor Pelagio Labastida y sus clerigos bendecian las armas extranjeras y conservadoras esto no hizo mella en el pueblo mexicano que se levantó en bandas milenarias a sangrar constantemente al invasor y a los traidores.

El guerrillero conocido por los zuavos como “el Diablo” contemplaba desde la manigua la entrada de los caballos al campamento frances. Este personaje nos es ya conocido: era Sostenes. A su lado varios de los hombres lo observaban callados y hasta con cierto temor. Los zuavos habian tardado mucho tiempo en morir.

“Prendan fogatas alrededor de todo el campamento gabacho,” ordenó. “Esta noche no duermen los gabachos. Que se crean rodeados.”

Sostenes se monto en su yegua y se encamino hacia una cueva cercana. No tenia las fuerzas para hacer un asalto en forma. Sus hombres eran en su mayoria rancheros armados solamente con machetes, lanzas, y escopetas. Todo lo que podia hacer es mantener un acoso constante.

Sostenes buscó la botella de mezcal. Se tomo varios tragos. En su mente todavia resonaban los aullidos de dolor de los prisioneros. Su ropa, vio con asco, tenia todavia manchas de la sangre, sudor, y excremento de estos. Sostenes volvio a apurar la botella. El alcohol no lo ayudaba. Sentia como si hubiera un vacio inmenso en su alma. ¿Por que la venganza no le satisfacia ya? Sostenes se acosto en un humilde petate y se cubrio con una cobija raida. Las sombras de la noche se desvanecieron.

En el camino de regreso a su finca despues de haber comprado la sal Sostenes tuvo una premonicion. Estas eran muy respetadas por las gentes de entonces, sobre todo por los de ascendencia indigena. De alguna manera, sintio, las cosas ya no iban a volver a ser como siempre. En efecto, apenas una legua antes de llegar a su finca oyo una voz lastimera que lo llamo desde la manigua.

“¿Quien me llama?”

“Soy yooo”, contesto la voz. Sostenes reconocio la voz de su primo, Ramiro. Sostenes se dirigio hacia donde lo llamaba la voz. Encontro a Ramiro en un charco de sangre.

“¡Dios santo!” exclamo Sostenes.

“No tengo mucho tiempo,” dijo Ramiro. Sostenia sus manos en su vientre tratando de evitar desangrarse. “Escucha…los franceses…un cura gachupin…asesinos…”

“¿Y nuestros padres?”

“¡No vayas alla! No tiene caso. No hablaron. Lo juro. Busca a la hermandad. Campeche. Jacinto Puk.” Y expiró en brazos de su primo.

Enterro como pudo a su primo y se dirigio con temor a la finca. En efecto, no habia nada en pie de esta. Todo habia sido quemado. El ganado y los animales habian sido muertos. Parvadas de zopilotes ya los estaban devorando. Entre los restos calcinados de su finca encontro unos huesos que distinguio como los de su padre o su tio. Con suma cuidado y ternura los junto y les dio sepultura.

Desolado y sin saber a donde dirigirse sus pasos se encaminaron de regreso otra vez al pueblo. A una legua de este encontro a un niño desvanecido al lado del camino. Sostenes lo reconocio como Camilito el hijo de don Camilo el español. El corazon de Sostenes dio un vuelco. Recogio al niño y lo revivio. Este solo empezo a llorar y aullar desconsolado pero lo reconocio y se aferro a Sostenes. Con toda delicadeza Sostenes lo subio a la yegua y ambos recorrieron el camino rumbo al pueblo.

Al llegar a la loma de donde se divisaba el caserio grande fue su sorpresa al observar una escena dantesca. El pueblo estaba en llamas. Sostenes escondio su yegua y a Camilito y se sento a observar. Pronto aparecieron grupos de hombres y mujeres huyendo con paso raudo. Detuvo a varios de estos y los interrogo. En efecto, lo peor habia sucedido. Los franceses, siguiendo las ordenes del cura gachupin, habian decidido quemar al pueblo para escarmentar a la poblacion. No habia razon ni motivo para tal crueldad. En los alrededores todavia no operaban chinacos.

“No se sabe que diablos buscaba ese cura hijoeputa,” le explico uno de los hombres. “Pero como no lo encontro decidio quemar el pueblo y asesinar a muchos inocentes.”

“Que fue de don Camilo, su mujer, y su hija?” pregunto Sostenes con desesperacion a una anciana que se habia detenido al lado del camino.

“¡Ay muchacho! Don Camilo se le opuso al cura gachupin. Pero ese desgraciado no respetó ni a uno de sus paisanos. Lo cocieron a bayonetazos.”

“¿Pero, digame, y Mercedes?”

La mujer se persigno y sacudio la cabeza. “Dios los tenga en su santa gloria.”

Por los siguientes dias Sostenes y Camilito vagaron traumatizados por los alrededores. Finalmente se le presentaron varios hombres vestidos de chinacos. Uno de estos era un hombron que se le acerco. Sostenes lo reconocio como uno de los rancheros de la localidad. “Si va a seguir chillando entonces le sugiero que me dé a Camilito para cuidarlo yo. El pobre chico ya ha sufrido mucho y oste ni le ha dado de comer. Y si quiere pelear, unase a nuestra banda. Usted tiene reputacion como buen jinete y buen tirador y hay bastantes gabachos para matar.”

Sostenes habia recuperado su entereza. Ya no tenia mas lagrimas para llorar. Solo tenia una idea fija en la mente. “¿Saben donde esta la columna del cura gachupin?”

“Se dice que se dirigieron al sur. Rumbo a Maltrata.”

“¿Me seguirian ustedes al sur?” La manera serena en que los interrogaba los hizo reconocer a Sostenes como su lider.

“Iremos al mismo infierno con tal de agarrar a ese hijoeputa.” Los otros guerrilleros asintieron igual.

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