Thursday, February 08, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XVII


XVII Las Estragias de la Guerra

Donde Clausewitz y Sun Tzu le hacen los mandados a Brigida

“¿Y ora oste porque tan esplendido don Pancho?” preguntó Brigida. La cena habia sido magnifica. Nos encontrabamos en un privado en el Delmonicos. Brigida se veia rete orgullosa. ¡Era la mujer de un teniente!

Mi tio saboreaba un cognac con obvio deleite. “Bien, se los explicare, pero deben guardar el secreto.”

“Yo como Cuauhtemoc, aunque me quemen las patas no dire nada,” le aseguró Brigida.

“En unas cuantas horas mas salgo con la gente de Rodolfo Fierro. Me voy a llevar a Manuel conmigo,” explicó mi tio. “El centauro nos repartio buena plata para el camino. Pero yo decidi gastar algo de ella con ustedes esta noche.”

“¿Se lleva a mi Manuel?” A Brigida no le empezo a gustar lo que oia. “¿Pero si van a llevar soldaderas? Digo, ¿quien les va a hacer el rancho?”

“¿Voy con oste?” fue lo unico que alcanze a decir.

“Ya empezaron con las preguntas. Sepan que Villa me haria fusilar si les doy mas detalles pero como ya estoy borracho me vale. Y no, vamos puros de caballeria. Manuel se va a llevar tu Babayaga. Y no, no discutas Brigida por que son ordenes desde arriba. No se preocupe, a usted la van a evacuar en el tren del doctor Zertuche. Ya me apalabre con el. Portese bien y no le rezongue mucho a la monjita. Y si, si te vienes conmigo muchacho. Si te dejo solo, sabra Dios a que cuerpo te asignan y de que gente te dan el mando. Eso de ser jefe no nada mas es enchilame esta. Dime, ¿haz pensado en la responsabilidad que has asumido?”

“Pos la mera verdad, yo…¡pos no!”

“Bueno, hay tres cosas….bueno, hay un chingo mas pero con tres podemos empezar…en esto de mandar gente. Y estas son…primero, no des una orden que no entiendas o que no estes dispuesto a hacer cumplir. Segundo, la gente te tiene que ver adelante. No hay de otra. Tercero, tercero…carajos que ya se me subio…bueno, ha de ser algo profundo, ¿entiendes?”

Los tres habiamos vaciado varias botellas de champagne. A los tres se nos habia subido. Yo ya estaba con ojos de borrego a medio morir y tenia la lengua estropajosa. “Si, algo profundo….”

“Ah, ya me acorde. A cabron, cabron y medio,” aconsejó mi tio.

“¿Y eso que significa?” pregunte inocentemente.

‘Pues…es que mira, ¿para que estamos peleando? ¿A ver, Brigida, por que andamos en esta guerra?”

Brigida lo penso unos momentos y contestó. “Pos para que el viejo barbas de chivo no se haga dictador ¿o no?”

“Muy bien. El ideal libertario. Eso y un poco de sal se enrolla en una tortllla. Pero especificamente,” le dijo mi tio, “¿por que andas tu en la bola?”

Brigida se rio. “Pos eso es facil, Manuel anda con Villa y yo ando con Manuel.”

“Y yo ando con oste,” le dije pensando que le iba a halagar.

“¡Si seras pendejo! Por eso no queria dejarte solo.”

“Yo ya me hice bolas,” confese.

“Mi punto es este, muchacho. Vas a tener gente a tu mando. La mayoria no van a saber ni por que diablos se esta haciendo matar. Todo lo que saben es que hay que matar a unos cabrones del otro bando y que viva fulano de tal. Y ¿sabes? En el otro bando hay otro grupo de pendejos tan norteados como los tuyos y la unica diferencia es que gritan viva zutano.”

“No suena muy convencido oste de lo que hace,” le contesto Brigida.

“Es que ya me di cuenta de lo que significa tener mando en tiempos de guerra. Como dije, a cabron, cabron y medio. ¿Saben a que se reduce el ser jefe? Tienes que convencer a un grupo de infelices que obedezcan tus ordenes aunque probablemente se hagan matar haciendolo. Y los duermes con argumentos idealistas, que si la patria, que si el sufragio efectivo, que se yo. Y si eres muy chingon, como Villa, hasta consideran un honor morir por ti.

Pero ya que entran en batalla y que ven gente destripada o descabezada entonces ya el hablarles bonito no te va a servir para una chingada. Tienes que asegurarte que te teman mas a ti que al enemigo. Por eso decia, a cabron, cabron y medio. Nunca, Manuel, nunca titubees en soltarle un plomazo a un cabron que te reta enmedio de la batalla. Si no lo haces el ya decidio --¡juralo que si!—darte un plomazo por que o bien te cree muy pendejo para mandar o bien cree que no hay posibilidad de victoria y ya se quiere huir o rendirse.”

“Ta gueno,” fue todo lo que alcanze a decir.

“Pos esos son consejos practicos, de como mandar,” dijo Brigida. “Expliquele tambien a Manuel lo de las estragias de la guerra.”

“¿Estragias?”

“Si, oste sabe, pa que Manuel llegue a mariscal o que se yo va a necesitar saber sobre las estragias. ¿No me diga que hay otra regla de tres?”

Mi tio se quedo pensando un momento. “Sabes, Brigida, tu eres la mas inteligente de todos nosotros. Ya me pusistes a pensar. Si hay regla de tres en esto seria…dejame cavilarlo.”

Brigida finalmente concluyó: “Ha de ser buena estragia tener mas cabrones que el otro ¿o no?”

“Esa es la mejor ‘estragia’” dijo mi tio. “¡Definitivamente!”

Brigida se rio. “Pos eso corresponde a lo de cabron y medio. Seguro los otros consejos tienen su contraparte.”

“¿Y lo de no dar una orden si no está uno seguro?” le pregunte.

“Pos seria que no quieres presentar batalla si no estas seguro que le vas a partir la jeta al adversario,” explico Brigida. “Es mas, si puedes, arreglate con el cabron primero. Ofrecele una lana para que se deje batir.”

“Ah caray,” dijo asombrado mi tio. “¿Y lo de que tienen que verte adelante?”

Brigida se carcajeo. “Pos el enemigo es el que te tiene que ver. Lo tienes que traer finto. Cuando cree que te vas juyendo es cuando debes atacarlo. Cuando cree que le ofreces batalla debes de estar listo para retirarte.”

“Ah cabrona,” le dijo mi tio con admiracion. “¡Si hubieras nacido hombre ya serias presidente!”

“¿Y ultimadamente oste por que anda en la bola?” le pregunto Brigida.

“¿Yo? ¡Por pendejo!” mi tio se rio. “Brigida, ¿haz oido tu de un cabron gachupin que ataco unos molinos de viento?”

“No,” admitio Brigida. “¿Y que bronca tenia ese gachupin con los molinos de viento?”

“Es que como buen gachupin era rete terco y pendejon. El caso es que los molinos de viento le partieron la jeta a el y a su caballo.”

“¿Y que tiene que ver esto con andar en la bola?” le inquirio Brigida. “Oste tiene algo de gachupin pero tambien de indio. ¿De que lado sacó lo pendejo?”

Mi tio se tomó un trago. “Carranza es parte de un grupito de cabrones que quieren seguir mangoneando. Son los mismos porfiristas de antes. El ir contra ellos es inutil. Son como esos molinos de viento. No los vamos a derrotar y nos van a joder. Tarde o temprano los gringos los van a reconocer. Y entonces nos van a cortar el suministro de armas. Y una vez que esos hijoeputas triunfen va a estar cabron tumbarlos. Pero, nomas por no darles el gusto a los hijoeputas yo estoy dispuesto a atacar esos molinos. Han tenido la vida rete facil los cabrones nomas de huevones dejando que el aire les mueva las aspas. Si quieren mandar, ¡que les cueste un huevo y parte del otro!”

“¡Salud!” dije alzando mi copa.

Pero Brigida no brindó. “Ay don Pancho, nalgas que quieren cuero solitas se ponen,” dijo eventualmente. “O seya que oste esta terco en que le rompan la jeta aunque sea nomas por intentar lo imposible buscandole broncas a los molinos de viento. ¿Pos por que cree que Manuel debe de ser igual de bruto? Digo, todo lo que sé es que mañana oste se lleva mi hombre y ¿yo que? ¿Voy a ser viuda otra vez? ¿Si usted regresa, me va a hablar bonito y me va a decir que murio como un heroe? ¿Pa que quiero un heroe muerto? A los tres dias apestan.”

“Calmate, vieja, ya se te subio,” le dije tratando de consolarla.

“Es que tu no sabes,” dijo dando pujidos y llorando. De plano se le habia subido la champagne. “Me acuerdo cuando se murio mi Maclovio. Ese fue mi primer marido.”

“¡No me andes diciendo de tus otros maridos!”

“Dejala que se desahogue, muchacho,” me aconsejó mi tio.

Brigida me ignoró. “Fue ante Ciudad Juarez, al principio de la bola. Esa mañana se despidio de mi. Andaba con la gente de Pascual Orozco. Ese cabron no se le habia volteado al señor Madero todavia. Y luego luego que empezo el asalto me dijeron que habia muerto. Cuando cayo la plaza lo busque en el campo de batalla. Y si, si lo encontre, estaba en cuatro pedazos pues le habia dado un obus de lleno. Bueno, creo que los cuatro pedazos eran Maclovio. Habia un chingo de muertos y no todos estaban intactos.

“¿Que tal si pedimos un café?” sugirio mi tio.

Brigida continuo explicando la muerte del tal Maclovio. “Es que la cabeza estaba aca y una pata estaba alla. Esa la reconoci de el porque tenia unos juanetes que se le veian en el huarache. Y luego las nalgas las reconoci por el chocho que tenian al frente. Maclovio la tenia muy cabezona.”

“Pos si un café nos caeria bien,” respondi, no queriendo oir mas detalles intimos de los ex-maridos de mi mujer.

“Y luego estuvo Nemesio. Ese se me murio por pendejo,” continuo explicando Brigida.

“¿Por pendejo?”

“Fue cuando andabamos con la columna del pelon Huerta. El señor Madero lo habia mandado a combatir a Pascual Orozco que ya se le habia volteado. Nemesio estaba de guardia en el campamento una noche cuando se aproximaron unos jinetes. El pobrecito les pidio el quien vive.”

“Eso es la regla militar,” explicó mi tio.

“Pos es una regla muy pendeja,” comentó Brigida. “Si Nemesio hubiera seguido la regla de ‘tira primero y luego viriguas’ seguiria vivo. El caso es que eran orozquistas y me hicieron viuda por segunda ocasion.”

“Pos yo creo que su bronca es con Pascual Orozco, Brigida,” comentó mi tio. “O se los mata por que lo siguen como a Maclovio o te los mata por que los venadea como a Nemesio.”

“Orozco ya se juyo,” le explique a Brigida. “El y Huerta se fueron juyendo a Veracruz. No te preocupes. No me va a pasar nada.”

Le puse un brazo sobre el hombro y le di de besos. Pensé que estaba oyendome pero me di cuenta entonces que ya estaba roncando, vencida por el sueño y el alcohol.

El Delmonicos tenia unos cuartos que rentaba en su segundo piso. Mi tio ofrecio pagar por uno y entre los dos llevamos a Brigida y la pusimos en la cama. Puse sus tiliches junto a ella. Debo aclarar que Brigida siempre carga en su morral con todo lo que los militares bien llaman la impedimenta: un metate, comal, algo de carbon, vendas, trapos, polvo de ladrillo (para el maquillaje), estampitas de santos, maiz, café, una botella de mezcal, etc., etc., etc.

“Vendre por ti en unas horas mas,” me dijo mi tio. “Descansa mientras.”

Me acoste junto a mi esposa y me puse a pensar, cosa que es malisima para un soldado. Nadie me habia preguntado que para que andaba yo en la bola. Yo no entendia de politica. Mi tio siempre habia sido mi superior. Yo lo seguia por cariño no por miedo. Despues de cavilarlo mucho llegue a la conclusion que la ultima era una buena razon. Si el queria entrarle al caballero andante pos yo con gusto seria su escudero. La certidumbre me duro solo hasta que Brigida, dormida, me puso una mano encima. ¿Y si muero quien la protegeria? Pero pensandolo bien llegue a la conclusion que no sabia exactamente quien protegia a quien. Y ciertamente Brigida se podria cuidar sola. Fue cuando el sueño me vencio.

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