Sunday, February 18, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XX


XX La Conesa

Ni Atila ni sus hunos hicieron tanto destrozo como los que Rodolfo Fierro causó en su incursion en la retaguardia carranzista. Despues de la hecatombe de San Juan de los Lagos nos fuimos sobre Celaya. Entramos a saco a la ciudad haciendonos de mas parque y vituallas, incluyendo cajetas. Sin embargo, marchamos callados a traves del campo de batalla de apenas hace unos meses cuando la division del norte habia tratado de tomar Celaya y habia sido diezmada. Los cadaveres de nuestros muertos estaban todavia insepultos y parvadas de zopilotes todavia se disputaban los ultimos pellejos.

“No deberiamos de haber hecho una batalla frontal como esta,” dijo Rodolfo Fierro observando esa desolacion. “Pancho deberia haberme dejado incursionar en los flancos y retaguardia de Obregon. La division del norte siempre ha sido muy movil. Somos primordialmente caballeria. Nos importan madre los flancos. Y mientras haya donde pastar a los animales podemos seguir andando. Pero al enemigo si le preocupa la logistica. Con incursiones podiamos haber forzado a Obregon a salir de sus trincheras.”

“Pos pa la otra mi general,” contestó mi tio.

“No, Pavón, pa nosotros no va a haber de otra. Ya es muy tarde. Ahorita lo que tenemos que hacer es seguir armando desmadre para que el lopitos se cague.”

Y en efecto eso hicimos. Detuvimos trenes. Los desviamos. Los dinamitamos. Mandamos maquinas locas. Mandamos telegramos falsos. Dispersamos y batimos las guarniciones aisladas. No nos detuvimos.

“Goddamit Georgie!” exclamó Pershing en su despacho en El Paso. George Patton estaba frente a él. “¿Ya leyó usted las ultimas noticias que han llegado de México?”

Patton tomó el despacho que le extendio Pershing. Lo leyó. “No shit! Damn!”

“Where the hell is this Lagos place?” preguntó Pershing queriendo saber donde estabá San Juan de los Lagos.

Pershing y Patton se pararon y se dirigieron al mapa de México en la pared.

“Here,” dijo Patton encontrando el pueblo. “Fierro está en la retaguardia de Obregon. Puede irse sobre Guadalajara o la Ciudad de México.”

“¿Se atrevera?”

“No tiene por que, general. Mire, yo creo que ese son of a bitch es un Forrest revivido.”

“¿Quien?” preguntó Pershing. Los militares de alta graduacion norteamericanos no se caracterizaban por su erudicion.

“Nathan Bedford Forrest, mi general,” explicó Patton. “El mayor hijoeputa, the biggest son of a bitch, en el ejercito confederado y un comandante de caballeria extraordinario. El mejor, se piensa, despues de Murat. En 1864 para detener el avance yanqui –mi ancestro peleo por el sur—incursiono desde Tennessee hacia Indiana. Causó mil destrozos. Y ahora Fierro se ha colocado a la altura de Forrest y de Murat.”

“Pero tanto Forrest y Murat de todas maneras perdieron a lo ultimo, je je,” apuntó Pershing.

“Si, pero hizo mas lento el avanze yanqui. Esa era su intencion. Y esa es obviamente la de Fierro. Villa vá a poder salirse entonces de la ratonera de Zacatecas. Damn! Era el golpe de audacia que se requeria.”

“Usted suena como que le simpatiza Villa.”

“Respeto la audacia que están mostrando él y sus hombres, mi general. Algun dia lo combatiremos, tenga usted la seguridad de ello, señor general. Es mejor conocer de lo que el enemigo es capaz.”

La locomotora empezó a silbar.

“Estamos ya cerca de San Juan de los Lagos, mi general,” dijo Francisco Serrano. Era este un hombre bajito, menudito, muy prendidito, y el jefe del estado mayor de Obregon. El manco tomo un puro y Serrano se apresuró a prenderselo.

“Gracias, Pancho,” contestó Obregon. Tenia enfrente de el en su escritorio varios despachos. “Puta madre! El Gonzalitos ya empieza a cacarear como una gallina clueca.”

“¿Que dice el general Pablo Gonzalez?”

“Está todo alborotado con la incursion de Fierro. Ya anda levantando levas en la ciudad de Mexico no se le vaya a aparecer el diablo. Pero eso no es lo peor, ya le fue a chillar a Carranza. Le pide que desvie mis tropas que avanzan rumbo al norte y me las traiga a la ciudad de Mexico para defenderla.”

“¡Pero pos si tiene ocho mil hombres! ¿Pos que tanto miedo le tiene a Fierro?”

Obregon se rio. “No, Pancho, gonzalitos asegura que con ocho mil no se puede sostener. Segun él, la ciudad está indefensa, asediada por las bandas de los sombrerudos de calzon blanco en el Ajusco y los apaches de Fierro desde el norte.

Esta vez el tren de Obregon entró muy vigiladito y encañonado hasta donde estaban las ruinas de la estacion del tren. Obregon se apeo y una escolta le presentó armas. El general Dieguez estaba ahi para recibirlo. Tenia el brazo enyesado y una venda en la cabeza.

“Mi general,” saludó Dieguez. “Siento recibirlo en estas circunstancias.”

“Ave Maria,” dijo Obregon observando la devastacion.

“Estoy a su disposicion si quiere fusilarme, mi general,” dijo Dieguez. “Fue mi culpa, me sorprendio Fierro.”

“¿Fusilarlo? ¿Y por que haria yo eso? A ver, Dieguez, subase a mi tren y vamos a hablar. ¿Y su jefe de estado mayor, aquel coronel Ceballos, donde está?”

“Me temo que murio, mi general. Tengo muy pocos oficiales capacitados.”

Ya en el despacho de Obregon, Serrano desplegó un mapa de la republica. “Dieguez,” dijo Obregon, “ciertamente no lo fusilare. Usted se porto valiente y trató de recuperarse de la sorpresa. Eso lo tengo que respetar. He decidido darle seis batallones de mis yaquis, mis mejores hombres, y esos, junto con los que ahora tiene usted aqui, se transladaran a este punto.”

El dedo de Obregon se posó sobre un lugar en el norte de Sonora, en la frontera. “¿Agua Prieta?” preguntó Dieguez. “¿Y que de amagar a Villa en Zacatecas?”

“Para estas horas Villa ya ha de haber evacuado esa plaza,” explico Obregon. “Dieguez, lo necesito usted en el norte. Agua Prieta la ha sostenido Calles ya por casi un año sufriendo el acoso de los maytorenistas. Yo pienso que Villa se ira rumbo a ese cruce fronterizo si le amenazamos Ciudad Juarez. Entre usted y Calles seguro rechazan cualquier ataque de la division del norte.”

Nuestra columna acampó en el Cerro de las Campanas en las afueras de Queretaro. La ciudad se habia rendido sin pelear. La guarnicion que habia se habia juyido al monte.

Al amanecer se aproximó una columna. Yo estabá haciendo mis rondas de inspeccion pues era el oficial del dia. “¿Quien vive?” preguntó el centinela.

“¡La convencion!” fue la respuesta. Eran como cien hombres al mando de un hombre de barba cerrada que de inmediato reconoci.
“¡Mi general Gonzalez Garza!” lo saludé. En efecto, era Roque Gonzalez Garza, antiguo jefe de la brigada Zaragoza de la division del norte, ex presidente de la convencion, y el que junto con Angeles habia evitado que fusilaran a Obregon. Aparentemente Gonzalez Garza y su gente habian salido de la Ciudad de México cuando la tomó Pablo Lopez y habian andado deambulando tratando de unirse a una columna villista.

“¿Donde está el general Fierro teniente?”

Lo escoltamos hasta donde Fierro tenia su tienda de campaña. El caso es que Fierro salio y anuncio a sus oficiales. “El general Gonzalez Garza asume el mando por ahorita. ¡Obedezcanlo como a mi! Capitan Pavon, usted y su sobrino se vienen conmigo.”

Lo seguimos hasta donde habia un Ford que habiamos capturado en Queretaro. “¿Esta matraca tiene gasolina?” preguntó Fierro.

“Hay unas latas de gasolina en el asiento de atras,” dijo mi tio.

“Bien, subanse,” ordeno Fierro. “Usted, teniente, ¡manejeló!”

“¿Y a donde vamos, mi general?” preguntó mi tio.

“Vamos a la ciudad de Mexico. Pancho me hizo un encargo. Ademas de que yo creo que necesitamos unas vaciones.”

El problema, debo apuntar, es que en mi puta vida habia yo manejado un automobil. Pero no iba yo a ser tan pendejo de rehusar obedecer una orden de Rodolfo Fierro. Ya se imaginaran.

“¡El cloche, Manuel, el cloche!” decia mi tio. “¡Reversa, Manuel! ¡Es con la palanca! ¡Aguas con la nopalera! ¡Ya lo ahogastes! ¡No te salgas del camino!”

Fierro me veia torvamente, quitandose una penca de nopal. Mas o menos nos encaminamos hacia el sur.

“Pos aprende rapido su muchacho,” dijo Fierro despues de unas horas. Y es que el miedo no anda en burros.

Entramos sin problema a la ciudad de los palacios. El lugar pululaba de militares carrancistas. Nos quedamos en el mejor hotel, el Plaza. “Hay mucho perfumado aqui,” fue todo lo que dijo Fierro que se habia registrado como el general Carmona.

Lo primero que hizo Rodolfo Fierro fue darse un baño cosa que bien necesitaba despues de semanas en campaña. Mi tio y yo hicimos lo mismo.

“Parecemos zopilotes,” dijo Fierro. Y lo seguimos a la peluqueria. Salimos todos muy prendiditos, rasurados, con la raya en medio.

“Estos trapos dan lastima,” dijo Fierro. De ahi nos fuimos al mejor sastre que le recomendaron. Fierro se hizo hacer ahi mismo un chingon, de general de division, con su gorra con un aguilita de plata. Mi tio se hizo uno de coronel muy bonito. Y hasta a mi me toco pues sali con un uniforme de teniente igual de chingon.

Mi tio y Fierro traian buenas botas de montar. Pero yo, con mis huaraches, pos daba lastima. Pasamos entonces a una zapateria donde me consegui unas botas excelentes.

“Pos ora si nos vemos ya catrines,” se rio Fierro. “¡Hasta parecen carrancistas!”

“No la chingue mi general,” se rio mi tio.

Ya pardeaba la tarde y habia empezado el chipi chipi. “Bien,” dijo Fierro, “ahora a divertirnos y cumplir el encargo de Pancho.”

Preguntando llegamos hasta donde teniamos que ir. Era un teatro.

“¿Cuanto?” preguntó Fierro.

“Tres tandas por un peso, mi general,” dijo el taquillero.

“Pero pos queremos asientos de primera fila,” explicó Fierro.

“Entonces son de a dos pesos. Escoja usted. Aqui está el diagrama de las butacas.”

El teatro era una preciosidad, con butacas cubiertas de terciopelo y los palcos cubiertos con hoja de oro y candelabros austriacos. Fierro en efecto nos habia conseguido los mejores asientos.

“Han de saber que aqui yo vide cantar a Caruso,” explicó el ex-garrotero. Mi tio y yo lo vimos con asombro. “A mi siempre me ha encantado la Bohemé y el señor se aventó el Libiamó.”

Vi a mi alrededor. ¡Estabamos rodeados de militares carrancistas! Y los que no lo eran tenian pinta de politicos. Mi tio estaba enmedio. En el otro extreme estaba Fierro. Tenia la funda de la pistola abierta por si las moscas. A mi lado se sentó un fulano con cara de bandido. “Licenciado Baldomero Turrubiates, servidor, diputado.”

“Mucho gusto,” alcancé a contestar. “Teniente Pavón, del estado mayor de mi general…Carmona.”

“¿Le gusta la Conesa?”

“¡Pos claro, licenciado!” Hasta yo habia oido hablar de Maria Conesa, la mujer que traia todo loco al México de aquellos tiempos.

El fulano se rio. “A ver si esta vez muestra mas pechuga. La otra vez que vine nomas enseñaba el huesito.”

Junto a Fierro se sentó un caballero ya viejon, de piochita y sombrero de copa. “Ingeniero Jesus Cotorro Villavicencio, asignado a la secretaria de comunicaciones.”

“Mucho gusto,” contestó Fierro caballerosamente. “General Miguel Carmona del cuerpo de ejercito del noreste.”

“Hableme mas alto, general, que soy medio sordo,” pidio el ingeniero Cotorro. “¡Y le dire que que gusto caballero que ya esa chusma zapatista salio de la ciudad! Afortunadamente ya hay gente de calidad asistiendo a estos espectaculos. La ultima vez que vine no se podia ver el escenario por tanto sombrerote.”

“No, pos si,” dijo Fierro riendose. “¿Y usted trabaja en la secretaria de comunicaciones?”

La musica empezó. “En efecto, mi general, trabajo en el departamento de ferrocarriles.”

“Ah que bien,” dijo Fierro alzando la voz por la musica y la sordera del viejo. “A mi me encantan los ferrocarriles. He trabajado en ellos.”

“¿Ha estado usted a cargo de una division de estos?” preguntó Cotorro.

“Pos si he tenido una division,” contestó Fierro. La musica subio de volumen. Cotorro apenas si oia. “¡Pero de sombrerudos! ¡Yo he sido garrotero y me encanta volar los trenes! ¡Fui el que inventó la maquina loca!”

Afortunadamente Cotorro no alcanzó a oir claramente por la musica y por su sordera. Solamente se sonrio e hizo como que entendia lo que decia Fierro. El telon se abrio.

La Conesa era una morena muy escultural aunque ustedes tal vez la encontrarian un poco llenita. Nosotros considerabamos eso una virtud porque entre mas llenita mejor calentaba una cama. Estaba la Conesa sola sobre el escenario, con un reflector enfocandola, inmovil como una estatua, y vestida en unos trapos que querian ser babilonicos. (En ese tiempo estaban de moda los churros babilonicos de Cecil B. DeMille.) Todo el teatro se quedó callado, embelezado con la belleza de la mujer. Y si, mostraba mas pechuga. ¡Tenia una pantorrilla descubierta! El Licenciado Turrubiates a mi lado hizo gruñidos como un marrano jarioso.

Y la Conesa empezó a cantar y bailar:

“Ay ba…
Ay ba…
Ay Babilonea
Que marea…
Ay va..
Ay va..
Ay vamonos para Judea…”

Su voz era definitivamente cachonda y se movia con lubricidad. Se oyeron mas ruidos de marrano jarioso pero esta vez salian de todas partes. Y fue entonces que me di cuenta de que Brigida me tenia bien domesticado pues me la imagine regañandome por andarle viendo las canillas a la Conesa.

Terminado el espectaculo, Fierro nos dijo, “Siganme, ¡vamos a ver a la vieja esa!”

Habia toda una cola de catrines y militares afuera del camerino de la Conesa. De este salio un volteado que era su modisto.

“¡A ver Lupito!” le dijo Fierro.

¡Mi general!” dijo el modisto. “¡Usted aqui! ¡Y tan guapo en ese uniforme!”

“Tate quieto Lupito o te quebro aqui mismo,” le dijo Fierro.
"Oste siempre prometiendome que me va a matar y no me cumple."
Fierro se lo jalo a un lado. Le puso un centenario en la mano. “Ten, Lupito, pa que no andes de boquiflojo. Dile a tu patrona que vine a verla.”

Fierro entro al camerino de la Conesa. Nosotros nos quedamos en el pasillo. La cola de catrines y militares nos veian torvamente. Minutos despues salio el modisto y todos nos hicimos contra la pared no se nos fuera a pegar lo que tenia el infeliz.

“¿Y de que cuerpo son ustedes señores?” nos preguntó un coronel. “Como que su general se me hace conocido.”

“Estamos con mi general Carmona, mi coronel,” dijo mi tio.

Del camerino empezaron a oirse sonidos que solo podian tener una interpretacion.

“Ay Rodolfo! Rodoooolfooo! ¡Ay ba! ¡Ay ba! ¡Ay baaaaaaa!”

“¿Rodolfo Carmona es su general?” preguntó el coronel.

“Pos si…” dijo mi tio. No queriamos que el fulano siguiera preguntando. De plano se veia encabronado. Ha de haber sido uno de tantos seguidores de la Conesa.

Fierro salio acodandose el uniforme, muy sonriente, y nos dijo en voz baja: “Vamonos, muchachos, ya consegui lo que queria Pancho.”

“Mi general,” dijo el coronel. “Yo a usted lo conozco.”

“Pos no he tenido el gusto,” dijo Fierro. La misma sonrisa de lobo estepario. “Y usted perdonara pero estoy esperando un telegrama del señor Carranza.”

Afortunadamente el coronel no insistio. Al dia siguiente, muy temprano salimos otra vez hacia el norte. Seguimos la huella de la devastacion y caos que iba dejando nuestra columna y nos reintegramos a esta en Pachuca.

1 comment:

CesarDelPeru said...

Excelente! mas que palabras... pues a los escritos me remito!!

Sigue asi hombre, que esta obra es perfecta ;)

Espero (y creo que muchos mas), mas capitulos, que yo me eh quedado con las ganas de seguir esta intresante lectura.

Pdta: La narracion de las batallas, es genial, simplemente te transportan a otra epoca.(aer si tengo suerte e incluyes algun episodio de la guerra Mexicano-Estadounidense, que creo yo, los lanceros se lo van mareciendo :D)