Tuesday, February 27, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXI






XXI Filotea



“¿Qué mágicas infusiones
de los indios herbolarios
de mi patria, entre mis letras
el hechizo derramaron?” – Sor Juana






La niña estaba descalza. Acababa de llover. Habian pequeños charcos en la explanada. Atras se veia una casa señorial. Añejos ahuehuetes rodeaban esta. Al fondo se veian los volcanes.



La niña tenia una pelota atada con una cuerda. La niña empezó a girar como un trompo, riendose. La niña estaba embelesada viendo como la pelota describia un circulo alrededor de ella. Empezo a caminar, girando todavia, hasta que, carcajeandose, cayo mareada al suelo.



Algo le atrajó la atención. Vio las huellas de sus pies descalzos sobre el lodo. Observó esto por un tiempo. Luego con su dedo empezó a dibujar en el lodo la que visualizaba como la trayectoria de la pelota. Eran una serie de elipses, como una secuencia de eles cursivas.



Oton Chavez Kurz se dio cuenta que habia cabezeado. Se encontraba en una sala de la biblioteca de la universidad, la cual en aquellos años se encontraba en el centro de la ciudad de Mexico. Afuera podia oir el campanilleo de los tranvias y un cilindro tocando “Sobre las Olas”. Era media mañana.



El material esparcido frente a el no era exactamente algo que lo mantuviera despierto. Eran una serie de misales, biografias de santos y beatos, y otra clase de bodrios eclesiasticos. ¿Es que acaso, penso para si mismo, no se escribia sobre otra cosa durante la colonia?



Chavez Kurz se tomó un trago de café. Estabá ya frio y sabia a rayos. De alguna manera tenia que mantenerse despierto. Habia otra torre de materiales que todavia tenia que inspeccionar.



Lindemann le habia encargado a Chavez Kurz que, mientras él y von Hutier se iban al norte –por razones que no quisieron detallarle pero que eran evidentes--, indagara en la biblioteca de la Universidad ciertos escritos recien descubiertos entre los papeles de un hacendado recien fusilado por los zapatistas. Por puro milagro no habian acabado usados por unos sombrerudos para limpiarse la cola.



Para Oton la tarea habia sido a proposito para volver a involucrarse con sus compañeros de la Casa del Obrero Mundial. Lindemann le habia dejado algo de plata para que se ayudara mientras. Por lo que toca a alojamientos, su amigo Diego Rivera le proporcionaba un cuarto en la casona que tenia en el sur de la ciudad. Entre estos trabajitos, incluyendo traducciones al aleman para la embajada, Oton mas o menos la iba pasando.



Era, como habiamos dicho, media mañana. Chavez Kurz habia empezado a trabajar muy temprano, con la fresca. Esta tarde, pensó, me dare una vuelta por la Casa del Obrero Mundial a ver que novedades hay de los compañeros. Habian habido rumores de que algunos habian sido levantados de leva forzada. Y el general Pablo Gonzalez ya habia empezado a formar batallones de obreros para “defensa de la ciudad” segun decia. Por supuesto que ninguno de los compañeros de Chavez Kurz tenia la minima intencion de ofrecerse de voluntario en estos.



Chavez Kurz hizo a un lado los que obviamente eran unos misales. Uno de estos, un tomo bastante grueso, cayo de la mesa pesadamente. Chavez Kurz maldijo. Estos librotes eran bastante delicados y algun valor han de tener. Cuidadosamente lo recogio. Para su sorpresa se dio a cuenta que no era en realidad un libro sino una caja, con apariencia de libro. Adentro de esta habian unos pergaminos.



Chavez Kurz los examinó extendiendolos con sumo cuidado sobre la mesa. Aun el orden en que se hallaban, sabia, podia ser importante. Para su sorpresa, se dio cuenta que estaban en griego. Chavez Kurz habia estudiado este y mas o menos lo podia leer aunque nunca habia tenido necesidad de hablarlo pues no conocia a nadie mas en Mexico que lo mascullara. Traduciendo lentamente Chavez Kurz empezó a leer. Aparentemente eran una serie de cartas escritas a finales del siglo XVII.



mayo 13 de 1690



Don Carlos:



Os debo agradecer, a pesar de que vá mi alma en juego, el haberme hecho llegar los escritos del hermano hereje, cuyas obras no son mayores ni menores por mis elogios ó las condenas a las que se hace ameritable por su herejia. ¡Con que entusiasmo abri esas letras, malditas y veladas a todo buen cristiano, y tan bien escondidas por vuestro ingenio!



Y vide yo el desarrollo inicial, basado en las tres armas que sentó el hermano hereje. ¡Y con que entusiasmo segui el desarrollo! Y vide en mi imaginacion las luces bellas de las estrellas, tan rutilantes, tan lejanas, tan radiantes, y que errantes en trayectorias ya no vanas seguirian estas leyes. ¡Y que gran sensación me embargo al saber las mecanicas de la luna, explicar sus hermosas caras, su veleidad, y sabiendo esto encontrome poseedora y ama de los secretos de una diosa. ¡Y afanosamente arme unos obeliscos de puntas altivas con las armas de la herejia y me dispuse a tomar lid con el cielo, dispuesta a domarlo con mi nueva sabiduria. ¡Vanidad futil la mia!



Mas que pronto entrome la duda, avergonzada, en los resquicios y claraboyas de mi filosofia. Bastó una, que revoloteaba y apagaba la flama de lo que yo creia la imperene llama de mi sabiduria. Y que no era tal. Sabed que la falacia está en las tres armas, traidoras e infieles cual nacidas del ingenio de herejes. No son aves, sus alas no son emplumadas, son como las tres oficiosas hermanas a las que Baco dio alas descarnadas. Son pardas membranas mal dispuestas y aquel que se atreva a entrar en lid con los cielos con estas encontrara tan solo consecuencias funestas.



Os imaginaras que quede entonces asombrada, triste, y temerosa. Dime a mi misma que mis dudas eran peñascos mal formados. ¿No estaban acaso los razonamientos del hereje firmemente derivados? ¿Que falacia esconde mi falacia? ¿No es el hermano acaso un Jupiter, un ave esplendorosa, en cuyos escritos no hay exceso ni menos omiso ó derivacion ociosa? Se sienta cual Jupiter en Olimpo y observa a los astros en su errar eterno. ¿Quien domina el cosmos no domina tambien el Averno? Y si yo, veleidosa e insegura, llena de dudas, me sentara al pie del Olimpo, ¿veria acaso lo mismo? ¿Seguirian los astros el mismo camino que el dios dictara? ¿Observaria yo en la luna la misma trayectoria que él asentara?



Y es que esta es la duda que me corroe: ¿Que tan relativa a mi existencia es mi observación? Ya os imaginaras el sueño perturbado que me indujo esta cuestión. Estos y otros vederes espero detallaros en otra ocasión.



Vuestra fiel y devota hermana,



Filotea



Chavez Kurz leyó y releyó la carta sin entender realmente su significado. ¿Quien diablos tendria un nombre tan ridiculo, Filotea? Con razon, pensó, hay gentes que matan a sus padres.



“¿Lo puedo ayudar?” preguntó una voz femenina. Chavez Kurz se volteo en dirección adonde venia la voz. La mujer era alta, cuarentona, de facciones elegantes. Estaba vestida muy severamente, de negro, lo cual contrastaba la palidez de su rostro.



“Perdone,” dijo Chavez Kurz, “¿usted trabaja aqui?”



“En efecto, soy la doctora Asuaje, la bibliotecaria de esta area. Si busca los tratados de politica mejor vayase al segundo piso.”



“No,” explicó Chavez Kurz, “estó es lo que buscaba.”



“¿O tal vez le interesarian novelitas romanticas? Es usted joven, creo que estaria inclinado a tales cosas. Estan en el tercer piso. Algunas son bastante lubricas, vienen de Francia.” La mujer, sin pedir permiso, empezo a guarder los libracos en las cajas de donde habian salido.



“Señora, doctora, no me entiende. No quiero ni leer de grillas (ya tengo yo bastantes) ni novelas cachondas. Mi nombre es Oton Chavez Kurz, me mandó la embajada alemana precisamente a clasificar estos escritos.”



“Ah, un teuton, aunque os diviso mexicano. Yo tuve un amigo teuton, Johannes se llamaba, si. Aunque claro nunca lo conoci. Pero lo llegue a conocer por sus trabajos. ¡Se imagina usted tener tal revelación! ¡Elipses! ¡Quien iba a pensar en tal cosa! Se tuvo que esperar a que Ticho se muriera para tener acceso a los datos.”



“Señora, no sé de lo que habla,” dijo Chavez Kurz. ¿Seria está una de esas infelices que acababan en la Castañeda?



“¿Y por qué el buen Dios haria tal revelación a un hereje? Como se dice ahora, ‘no hay derecho’.”



La mujer agarró los pergaminos. “¡No toque estos!” protestó Chavez Kurz.



“Y bien, ¿que con esto?” dijo examinando uno.



“Son de gran antiguedad,” explicó Chavez Kurz sin dejar ir los pergaminos. “Señora, ¡los va a romper!”



“¿En verdad?” dijo la mujer. “¡Ay, caballero, si os dijera los años que he visto! Dejadme ver uno, os pido.”



“Bien, tenga usted esta carta, la primera que estaba leyendo. Le advierto, sin embargo, que está…”



“En griego, si, tal veo.” La mujer leyo someramente, soltando una que otra carcajada. “Jovencito, le advertire, que estó no merece mayor atención. Estos textos me son conocidos aunque no los habia visto en mucho tiempo. Son tan solo las dudas existenciales de una monja vanidosa y ociosa. Ademas de que una menopausia temprana no mejoró su animo. ¡Valgame Dios que pesadumbre y depresion atestiguan estas letras! ¿No cree usted? Un buen té de tila era aconsejable.”



“¿Sabe usted quien era esta Filotea?”



La mujer se rio. “Ah, la sentencia del oraculo de Delphi, ¿se acuerda que era?”



Chavez Kurz se quedó pensando un rato. “¿Conocete a ti mismo? Señora, usted se está burlando de mi.”



“¡Ciertamente que no!” dijo burlonamente. “La monjita usó el nombre ese, Filotea, peyorativamente en efecto. Ese nombre lo asumio su confesor para escribir una carta donde publicamente le pedia que se dedicara a rezar y no a pensar.



Mire, joven, las reglas, me temo, son claras. Todos los materiales de la colonia deben ser clasificados previamente por la encargada antes de que se pongan a la disposicion de los investigadores. Y yo soy la encargada. Le ruego por favor que me entregue esos folios.”


“Esto es muy importante para mi, doctora.”



“Bien, si asi es, ¿por que no se avoca a estudiar estos villancicos?” La mujer le ofrecio otro legajo de pergaminos. “¡No sabe usted que tanto esfuerzo y sudores se gastaban en componerse!”



“No me trate de desviar, doctora.”



“Me rompe usted el corazon, jovencito. ¿Seguro que no quiere leer los villancicos?”



“Señora, ¡me importan un bledo los villancicos!”



“¡Perdoneme caballero, pero es usted un bruto! ¿Como se atreve a desdeñar estos villancicos? ¡Son de Sor Juana y son rimas perfectas! ¿Ciertamente usted ha oido hablar de Sor Juana?”



“La verdad no sé mucho de ella.”



“Lo dicho, es usted un bruto. Pero bien, ¿exactamente, que diablos busca usted?”



Chavez Kurz observó fijamente a la mujer. Por alguna razon sintio un escalosfrio. Por su palidez parecia mas bien una aparicion. No habia oido jamas de ninguna doctora Asuaje. Y ciertamente tampoco creia que los materiales de la colonia, por lo general puros misales por los que nadie daba un quinto, ameritaban tener una encargada de tiempo completo. Chavez Kurz se sentó pesadamente en una silla. En sus manos todavia estaban los pergaminos. La mujer lo contemplaba con una sonrisa burlona. En cualquier otra situacion Chavez Kurz le hubiera aventado los papeles y mandodala al diablo. Pero algo le decia que la mujer sabia mucho mas de lo que aparentaba. Se atrevio a preguntar: “¿Que secreto oculta la hermandad blanca?”



La mujer lo contempló fijamente. Sus ojos brillaban como ascuas. “¿Os atreveis a preguntar? ¿Que cosa os imaginais? ¿Sera acaso el santo grial o la caja de Pandora? ¿Por que no los secretos de la vida y la muerte de los que escribio esa inglesita Shelley? ¿Sera el necronomicon de Abu Azrael o los secretos de la kabala? ¿Os imaginais que tantas ociosidades y vanidades ha concebido y reconcebido la humanidad en todos estos siglos? ¿Acaso las mariguanadas del doctor Atl y su Atlantida? ¿Y pensais que la hermandad os lo revelara a las primeras? ¿Cuantos ilusos creeis que buscan robarle sus secretos? Pero bien, me divertis. ¿Conoceis la montaña calva de las rusias ó sabeis de los aquelarres que en ella se celebran?”



“No sé de lo que usted habla. ¿Como sabe del doctor Atl?”



“¡No importa! Imaginaros bacantes bailando desnudas a la luz de la luna para invocar una deidad tan antigua que los hombres han olvidado su nombre.” La mujer caminó a su alrededor moviendose donosamente tarareando una melodia en una lengua que Chavez Kurz no supo identificar. “¡Pamplinas y pavadas y margaritas ante porcos! Ustedes los jovenes de hoy no son muy imaginativos. Ya no le temeis al chamuco. Pero bien, sabed que un cerro pelon en Atzcapozalco basta para invocar a los demonios. ¡Pero guardaros, que si la inquisición se entera vos acabereis en chicharron! ¡Valgame Dios que seria muy de verguenzas acabar en el zocalo con una veladora y vistiendo sanbenito para que os queman con leña verde! Pero vos, tan joven, tan lleno de vida, ¿que le pediriais al chamuco? ¿Dinero? ¿Que el profeta os dé las huries del paraiso aqui en la tierra? ¿Juventud eterna tal vez?” La mujer se rio.



Una vez mas, Chavez Kurz sospechó que era una fugitiva de la Castañeda. “No tengo idea, doctora. ¿Que pediria usted?”



“No os conozco jovencito,” dijo calladamente la mujer. “¿Venis de la embajada alemana?”



“En efecto. Es evidente que usted se burla de mi. ¿Por que me habla como una actriz de las pastorelas?”



La mujer elevo sus brazos desdeñosamente. “¡O sancta simplicitas!”



Chavez Kurz manifestó su impaciencia. “Acabemos, señora, ¿quien es el hermano hereje que Filotea menciona?”



“¿Ese? Ese era Sir Isaac. ¿Conoceis de la fisica?”



“Tengo nociones. ¿Sir Isaac Newton?”



“¡Con todo y manzana! Dejadme que con estas os explique. Imaginaros una estructura majestuosa, aparentemente perfecta, construida sobre tres leyes, elegantes estas. ¡Perfida Albion tan arrogante como siempre! ¡Solo un hijo de ella seria tan presuntuoso de atreverse a poner a Dios en tal camisa de fuerza! Pensad ahora que una monja en un convento olvidado de México manifiesta dudas sobre esta magnificencia. ¿A quien? A don Carlos de Siguenza y Gongora.”



“¿El sabio?”



“En efecto. Ya os imaginaras entonces que éste desdeño las dudas de esta infeliz. Os debo aclarar, don Carlos amaba en secreto a su Filotea y la envidiaba en publico. ¿Quien entiende a los hombres? ¡Sobre todo a los jesuitas como don Carlos! Pero el desden, hija de la envidia, que en esa ocasion mostro por las ideas atrevidas de la Filotea, añadido a las propias dudas existenciales de esta, la sumio en tremenda depresion de la cual nunca se recupero. No es sino hasta recientemente que descubri que un judio, ya vide usted que estos tienen trato con el demonio, ha plasmado esas mismas dudas en papel y les ha llamado la teoria de la relatividad. Y toda esa magnifica estructura de Sir Isaac ha caido por los suelos. Deberia, sin embargo, haber caido trescientos años antes.” La mujer concluyó con algo de amargura: “C’est la vie. Nada de eso importa ya. Polvos son de viejos lodos.”



“No tengo idea de lo que usted habla.”



"Os hablo de viejos errores, niño. Si los escritos herejes se aceptan tal cual son, si el momentum angular se conserva, si la masa se conserva y el termino de su derivada se cancela, si los astros siguen las elipses de Kepler, entonces, ¿que vela tiene Dios en el entierro? Tal vez, empezar la danza de las esferas, que se yo. Algo ha de haber hecho, ¿no cree usted? Y tal es el error, estupidamente hecho publico en velados argumentos teologicos, y la censura que siguio, lo que llevo finalmente a la Filotea a vender sus libros, sus instrumentos, vamos, ¡su alma! La epidemia de tifo que asoló el valle un par de años despues le fue conveniente. La muerte se podia esperar entonces entre los que cuidaban a los enfermos y ni quien sospechara que ella la busco.”



“Ay señora, mi inquietud es la arqueologia. De religion no tengo ni idea.”



“¡Y ya salio el peine! Iguales menesteres tomó don Carlos en su vejez. Antes de morir era su intencion escribir la historia de las antiguedades de los mexicanos. ¿Os podeis siquiera imaginar que tan insolito fue eso? Despues de todo nacio y crecio don Carlos como un criollo que desdeñaba todo lo indigena. ¡Y de pronto queria convertirse en el Herodoto de Anahuac! A que se debio ese cambio de parecer? ¿Por que de pronto ese gachupin agarró tal fascinación por los calzones del rey Netzahualcoyotl?”



“No me lo diga. Tuvo contacto con la hermandad ¿verdad? Estos le confiaron sus secretos.”



“Entienda que mi callar no es no saber qué decir sino es que no cabe en mi voz lo mucho que hay que decir. ¿O mortal, habeis alguna vez sido amado? ¿Habria quien desviaria el Bucento para enterraros en una cama hecha con el oro de Roma? ¿O acaso vuestro amante llamaria a los señores del Mictli, el reino de los muertos mexicanos, usando rituales prohibidos y arcanos, y cual Orfeo os sacaria de esta region ignota, juntaria vuestros huesos de manera devota, los demonios invocando y vuestra vida restaurando?



Eso y mas, sabedlo, hizo don Carlos por su Filotea, aun a pesar de que maldijo por ello su alma por toda la eternidad. Todo lo sacrifico por tan solo un instante en que labios descarnados de su amante se volvieron a henchir carmines y pudo robar un beso, furtivo y breve, antes de que mil demonios lo arrastraran a las profundidades.”



“Señora, temo no comprender.” Chavez Kurz la contemplo con cierta lastima. Definitivamente se habia escapado de la Castañeda.



“No espero que hagais tal cosa. Sois hombre y mortal. Bien. Teneis que iros, hijo de Eva. Os lo suplico. La biblioteca está cerrada, por lo menos esta sección. Por favor retiraos. La esfinge ya os dijo bastante. El contaros mas arriesgaria vuestra alma.”



De mala manera Chavez Kurz dejó los pergaminos sobre la mesa. Si la infeliz estaba desiquilbrada quien sabe que cosa seria capaz de hacer. Al salir de la biblioteca, para su sorpresa, encontró que el chipi chipi del anochecer habia empezado.



“Puta madre, pensaba que solo era media mañana.” Chavez Kurz empezó a dudar de que lo que habia experimentado fuera real. Se ha de haber quedado dormido, pensó. Espero un poco a que la lluvia escampara pero era evidente que iba a durar toda la noche. La biblioteca, observó, residia en un viejo palacete colonial. Una de las cariatides de la entrada tenia por base una piedra labrada que Chavez Kurz reconocio como mexica. Era un idolo cuya sonrisa burlona se parecia a la de la mujer. Tal vez por el frio o por lo que habia experimentado pero el caso es que Chavez Kurz tembló. Una cosa era cierta. No importa que encargo le diera Lindemann, no iba a regresar a esa sala solitaria de la biblioteca.



Finalmente, Chavez Kurz dirigio sus pasos por la calle. Esta estaba solitaria. El alumbrado, de por si deficiente, era casi inexistente ya por los azahares de la revolución. Finalmente, Chavez Kurz acabó en la calle donde se encontraba la casa del obrero mundial. Vio una figura aproximarse que le era familiar. Era Robledo, uno de sus compañeros. Chavez Kurz se le aproximo. El hombre lo reconocio, sacudio su cabeza, y dio un vistazo rapido a su alrededor antes de cruzar la calle para no toparse con Chavez Kurz. Era evidente que estaban siendo vigilados.



Chavez Kurz vio entre la oscuridad un coche. Dentro habian dos hombres. El tenue resplandor de sus cigarros tal delataba. Estaba estacionado cerca de la casa del obrero mundial. Chavez Kurz se dio cuenta que era muy tarde para desviar su camino. Si se daba media vuelta despertaria sus sospechas. Decidio caminar firmemente, como quien no tiene nada que temer. Al pasar junto al coche desvio su vista. Era un Ford.



La Casa del Obrero Mundial estabá cerrada y a obscuras. No se veia ninguna actividad dentro de ella. Chavez Kurz camino frente a ella silbando quedamente. Atras de el, oyó, habian arrancado el Ford. Chavez Kurz apresuro su paso. Llego a una plaza. Unos cuantos transeuntes se aglomeraban subiendose a un tranvia, tal vez el ultimo de la noche. Chavez Kurz se subio en este sin pensarlo mucho. Por lo menos estaba bajo techo. Las luces del Ford se veian siguiendo al tranvia.



Chavez Kurz maldijo quedamente. Era evidente que eran gente de Pablo Gonzalez. Ya habian habido desapariciones subitas de otros compañeros. Seguro lo habian identificado. El tranvia entró en una calzada y luego se encamino enmedio de una alameda. Sin pensarlo mucho, Chavez Kurz se bajó del tranvia mientras este estaba en movimiento. Se trató de esconder entre los arboles. Vio al Ford pasar de largo. Chavez Kurz esperó unos minutos mas y luego apuró el paso. Asi siguio varias cuadras obscuras. Ya iba caminando mas pausadamente cuando su corazon le dio un vuelco. Creyo reconocer al Ford que lo iba siguiendo por la misma calle pero con las luces apagadas.



Esta vez Chavez Kurz fue presa del panico. Se echo a correr. El Ford prendio sus luces. Chavez Kurz cambio de rumbo adentrandose en un callejon donde el Ford no podia entrar. Oyo voces. Mentadas. Creyo ver dos figuras fornidas bajarse del carro.



Chavez Kurz volvio a meterse en otra calle angosta tratando de mantenerse en las sombras. Vio una tapia y unas cajas amontonadas junto a esta. Desesperado, se monto en las cajas y dio un salto para encaramarse sobre la tapia. Sintio un dolor en sus manos y adivino que habian vidrios empotrados encima. Sin embargo, ignorando el dolor, se dejo caer aparatosamente del otro lado de la tapia. Sus manos estaban pegosteosas. Seguro era con su sangre.



Chavez Kurz se hizo un ovillo en una esquina del patio. La obscuridad era casi absoluta. Afortunadamente no habia perro. Chavez Kurz oyo los pasos de los hombres buscandolo al otro lado de la tapia. Los pasos se perdieron en la noche. Aterido de frio, mojado, y herido, asustado, Chavez Kurz cayó, sin embargo, en un sueño exhausto. Poco a poco recobró el sentido. Empezaba a amanecer. De entre la bruma empezo a deducir donde estaba. Unas cruces y monumentos lo rodeaban. Bien, pensó, estoy en un camposanto. Le temia mas a la gente de Pablo Gonzalez que a los muertos. Sin embargo, recordando su experiencia el dia previo, decidio que era mas prudente salir de ahi lo mas pronto posible, cosa que hizo sin mucho problema pues las rejas del camposanto estaban medio abiertas.



La ciudad empezaba a despertar a su alrededor. Chavez Kurz noto que sus manos estaban cubiertas de sangre coagulada. Sus ropas estaban sucias y rotas. La gente que pasaba lo veia con cierto recelo. Aparentemente estaba en el oriente de la ciudad. El barrio en que estaba le era desconocido. Habia unos canales que aparentemente desenboradaban en la gran laguna sobre la cual la ciudad estaba construida. Buscaria, penso, subirse a un tranvia e ir de ahi al centro y luego a la casa de Diego Rivera. Ese plan se vino abajo cuando adelante reconocio un Ford.



Chavez Kurz no lo penso dos veces. Se echo a correr calle arriba. Oyo al Ford arrancar. En su camino se encontro con un panadero. Este venia en una bicicleta y sobre su cabeza balanceaba una canasta llena de bolillos. Chavez Kurz se abalanzó sobre el hombre, causando que el infeliz cayera junto con su carga. Con violencia, le quito la bicicleta y se puso a pedalear en esta furiosamente, seguido de las mentadas del panadero y de los silbatos de la bocina del Ford.



Adelante noto un terraplen angosto que se adentraba entre la laguna. Chavez Kurz desvio su curso hacia este. En efecto, el Ford no pudo seguirlo pero dos hombres toscotes se bajaron. Le gritaban que se parara, cosa que Chavez Kurz no tenia intencion de hacer bajo ninguna circunstancia. Empezaron a correr tras de el. Para su pavor, Chavez Kurz noto que habia un corte de como tres metros de ancho en el terraplen, tal vez daños causados por uno de tantos bandos que habia tomado la ciudad. Detras de el los hombre le mentaban la madre. Chavez Kurz oyo una bala silbar cerca de su oido.



Gritando desesperado, Chavez Kurz tomo cuanta velocidad pudo. La bicicleta salto al vacio. Para su sorpresa, no cayo a las aguas de la laguna sino que aterrizo aparatosamente del otro lado del corte. Otra bala volvio a silbar cerca. Chavez Kurz se rio como loco, no creyendo jamas repetir su salto de Alvarado. Se volteo y les hizo una señal inconfundible a sus perseguidores. Los hombres se detuvieron en el corte y ahi se quedaron mentandole la madre. Ya estaba fuera del alcance de sus pistolas y no eran ellos el centauro.



Una hora despues, Chavez Kurz se apeo en la casona donde Diego Rivera habitaba. Tocó. La criada, una anciana, le abrio. “Está aqui el maestro, doña Rosa?”



“Está en su studio. ¡Santa Maria, niño Oton, mire como viene usted! ¡Sus manos estan cubiertas de sangre! Llamare a un medico.”



“No se preocupe, doña Rosa, hagame mejor unos chilaquiles, esos son lo que ahora necesito. Y por favor, esconda esta bicicleta, no la vaya a reconocer un panadero.”



“A ver, deme una sonrisita, usted sabe cual,” dijo la voz de Diego detras de un caballete. Chavez Kurz entró al estudio. El encontrar a una modelo desnuda no lo sorprenderia. Normalmente, dejaria que Diego hiciera sus cochinadas en paz pero esta vez tenia que hablar con él. Para su sorpresa si habia, en efecto, una mujer, pero no, no estaba desnuda. Mas bien estaba vestida elegantemente a la manera porfiriana, con un gran sombrerote con flores, guantes, y un parasol. Su primera impresion fue recordar cierto grabado de Posada. Cuando vio su cara se le helo la sangre. Era la misma doctora Asuaje que habia hablado con el en la biblioteca.



“¡Diego! ¡Ave Maria! ¡Es ella!”



“¿Conoces a doña Joanna?” pregunto Diego.



“Ya era tiempo don Otilio,” dijo la mujer riendose. “Y valgame Dios que parece que sufrio usted una corretiza.”



“Oton, señora, mi nombre es Oton. Perdoneme un momento, por favor.” Chavez Kurz se jalo a Diego Rivera a un cuarto vecino. “¿Por que está esa catrina aqui? ¿Sabes quien es ella?”



“Placate, Oton, es una amiga de años. Dicen la malas lenguas que habia sido monja y dejo el habito y se dedico a darle vuelo a la hilacha. Le encanta la vida bohemia. Ademas, tiene mucho dinero. Ha sido mi mecenas muchas veces. Y que bueno que llegastes. Nos tenemos que ir, de inmediato.”



“En eso tienes razon. A duras penas me escape a unos agentes del gobierno.”



“¡Esos valen madre! ¡Yo le tengo miedo a Eufemio!”



“¿A quien?”



“Deja te explicamos,” dijo Diego Rivera llevandolo otra vez al estudio.



La mujer le dio una sonrisa seductora. Estaba sentada fumando una pipa. Por el olor Chavez Kurz reconocio el hashish. “No sabias que tenias del bueno, pinche Diego,” se rio la mujer.



“A la orden, doña Joanna. Le decia al compañero que tengo que salir del pueblo y él creo que tiene tambien razones validas para irse.”



“Excelente. Os nombro mis paladines. Me acompañareis al norte. Iremos a buscar al tal Sostenes que todo mundo anda correteando.”



“!Diego!” le espeto Chavez Kurz. “¿Que tanto le dijistes?”



“No hombre, Oton, si la señora estaba mas entrada en el trote que tu y yo. Aparentemente ella y Sostenes andan en eso de la Hermandad Blanca.”



“Bueno, no exactamente,” aclaró la mujer. “Son medio misoginos. Sin embargo me mantienen al tanto de sus menesteres.”



“¿Exactamente que diablos andamos buscando aparte del tal Sostenes?” suplicó Chavez Kurz.



“Una biblioteca,” explicó la mujer. “Contiene secretos que no conviene que se revelen a los hombres. Ademas, prefiero quemarla antes de dejar que los gringos se apoderen de esta.”



“¿Que tienen que ver los gringos?” preguntó Chavez Kurz.



“Hara como un mes,” explicó la mujer, “se me presento en la universidad un gringuito, un tal Williams, quesque enviado de un magnate petrolero, Collins, creo que era el nombre. No sé por que artes malditas oyó acerca de la biblioteca. Me ofrecio dinero, of course, para que lo ayudara a encontrarla. ¡Lo mande al diablo por supuesto!”



“Pinches gringos,” dijo Diego.



“Pero no sabemos donde demonios anda Maldonado,” argumentó Chavez Kurz.



“No, pero sé a donde se dirije. Ah que Sostenes, está rete norteado. A donde va no es adonde está guardada la biblioteca.”



“¿Como sabe eso?” La mujer se rio. “Le dije que leyera los villancicos pero no me hizo caso. Vera, yo ando buscando un trabajo de la tal Filotea. Os aseguro que aun si volviera esta a vivir no podria reproducirlo. Fue su obra maestra. Se llama ‘el Caracol’ es un tratado sobre musica y fisica y harmonia. ¡Imaginaros ecuaciones rimadas! Se perdio hace siglos. Bien, ya que se fue usted todo espantado (no se por que) me avoque a buscar entre las cajas que habian traido. No encontre ‘el Caracol’ pero buscando entre los villancicos encontre esto.” La mujer puso una carta geografica sobre una mesa.



“¡Un mapa!” exclamaron Chavez Kurz y Diego Rivera a la vez.



“En efecto, la localizacion de la biblioteca se indica en este. Reconozco la letra. Es de don Carlos, el amante de la Filotea. Sobra decir que Sostenes no tiene esta carta. Pero no conviene que los gringos lo encuentren. Hay que avisarle.”



“Aqui le traje sus chilaquiles, niño Oton,” dijo doña Rosa.



Chavez Kurz se sentó a apurar estos pues traia un hambre de los mil demonios. Diego mientras preparaba una maleta. La mujer mientras pintaba detras del caballete.



“¿Y quien diablos es Eufemio, Diego?” preguntó Chavez Kurz.



“Es el hermanillo de Emiliano Zapata. ¿No has oido las ultimas? Pablo Gonzalez evacua la ciudad. Se lleva su ejercito a perseguir a unos villistas que andan cerca. Van a entrar los sombrerudos.”



“Bien, que bueno que se vayan los carrancistas.”



“El problema es que una vez me puse yo a libar y jugar pokar con Eufemio. Ya sabes que no me gusta perder.”



“¡No me digas que hicistes trampas!”



“Peor, andaba bien pedo, no la hice bien. Afortunadamente Eufemio tambien andaba pedo. El caso es que se dio cuenta. Trató de sacar la fusca pero estaba tan pedo que se le disparó y le volo un dedo de la pata. A duras penas logre escaparme. Pero si entran los zapatistas, seguro que el cabron me va a buscar.”



“Entonces, ¿nos vamos con esta señora?”



“¿Por que no? Como te dije, es rete divertida y cabrona.”



“¿Sabe que los alemanes tambien andan tras el tal Sostenes?”



“Si, pero esos no le preocupan. Dice que estariamos mejor bajo un emperador o un virrey gachupin en lugar de tanto presidente pendejo. Aunque yo creo que ella preferiria una virreina.”



“¿Y tu estas de acuerdo con eso? ¿Traicionarias a la republica?”



“Llevale la corriente. Esta media loca. Como dije, tiene feria, total, creo que el Sostenes jamas sera coronado a menos que lo elijan rey feo en el carnaval de Veracruz.”



“¿Listos caballeros?” la sonrisa de la mujer era realmente embelezedora.



“Pos ya vamonos, doña Joanna,” contesto Diego. Chavez Kurz sacudio la cabeza afirmativamente.



Antes de salir Oton alcanzo a darle un vistazo a la pintura en el caballete. Era un retrato de la muerte catrina de Posada.

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