Tuesday, February 27, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXII




XXII El Secreto del Moro (primera parte - mil perdones a Reverte y a Salgari)

Extracto del libro que portá en su morral la soldadera Brigida.

primero de octubre de 1688

En el nombre de Ala, el misericordioso, el todopoderoso, el justo, a cuya luz y juicio se atestiguan estos, los testimonios veridicos de los hechos de Yusef bin Omar, conocido tambien entre los castellanos como Pedro de Santa Cruz, renombrado cristiano viejo, y soldado del rey nuestro señor, don Felipe IV, y tambien de su antecesor, don Carlos II, que Dios tenga a ambos en su Gloria, ambos hijos de la casa de Austria.

Encuentrome juzgado y sentenciado por el Tribunal del Santo Oficio por los delitos de herejia, necromancia, y rebeldia, cargos que acepto. Y este Santo Tribunal, asentado aqui en la Nueva España, esta compuesto por santos varones dominicos, insobornables, inflexibles, e inmisericordes. La Inquisición ha dispuesto mi entrega a la justicia seglar para proceder a mi castigo. En dos dias, el domingo, se me exhibira en la plaza mayor o zocalo de esta antaño Gran Tenochtitlan y hoy muy noble y señorial ciudad de Mejico, vestido con sanbenito y portando una veladora, y se procedera a quemarme vivo en castigo a mis pecados.

Pero sé que el quemarme no ocurrira, razon por la cual no me quita el sueño mi condena. Amigos fieles tengo. A los que han sangrado con uno en el tercio se les debe mas lealtad que a un hermano. Esta madrugada aparecere “muerto” por tifo o tal vez otra enfermedad contagiosa, razon por la cual el celador mayor, un ex-teniente de los tercios del rey, ordenara “quemar” mi cadaver inmediatamente para evitar esparcir el contagio. Habra plata para los que quieran vender su silencio y acero toledano para los que no. Asi pues, en este año de 1688 de la era cristiana, 1066 desde la huida del profeta a la ciudad de Medina, sera el año en que muera Pedro de Santa Cruz. Inshallah.

No le tengo miedo a la muerte. Cuento ya con mis 53 años y mi cuerpo esta cruzado de cicatrices recibidas en Flanders y en otros lugares donde el rey nos mandó a alimentar los gusanos. Mi muñeca tiembla al sostener mi toledana y mi vista no es ya fiel. Mi pelo está completamente blanco y entre las filas de mi dentadura han habido bajas y deserciones. Mujer enterre ya una y no creo poder ya amar a otra. Hijos supongo que tengo pero no los conozco ni ellos a mi. Aun con todos estos achaques de toda una vida preferiria morir de viejo a morir hecho chicharron por los curas.

Naci en Sevilla de una mujer buena. Mi madre era la amasia de un mercader de la localidad, don Tomas de Santa Cruz, mi padre. Quiso Dios bendecirlo con tres hijos, mis medios hermanos, que tuvo con la mujer que la iglesia reconoce como su esposa. Mis medios hermanos crecieron hidalgos y eran renombrados en la ciudad por su estirpe y parrandas. Alcanzaron buenas posiciones en la corte por su apellido y la influencia de los amigos de nuestro padre.

Mi madre murio siendo yo tan solo un niño. Mi padre le encargó a un amigo de él, el cura Xavier Rosales, que me cuidara. Era don Xavier un hombre bueno, ya anciano, que fue como un padre para mi. Rosales me enseñó –a regañadientes y con zopapos—rudimentos del latin, griego, y las matematicas. Queria don Justino que siguiera yo la carrera eclesiastica pero esta no me atrajo. Habia crecido en el barrio de Triana viendo a los buques entrar por el Guadalquivir trayendo toda clase de maravillas desde la tierra misteriosa que llamabamos Mejico. De ahi entonces que ya jovencito y al morir el buen cura decidi no entrar al seminario y preferi hacerme marino. ¡Cuantas veces, en medio de un tifon espantoso, con la nave haciendo aguas, achicando con desesperación, y maldiciendo tanto a Dios como a Belcebu, abjure de mi decision!

En vida de mi madre mi padre nos visitaba seguido. Siempre fue cariñoso conmigo. Ya despues de muerta mi madre sus visitas no fueron tan frecuentes pero nunca cesaron. Y una vez que me inicie en la carrera del mar pocas veces coincidimos. La ultima vez que lo vide fue antes de mi primer viaje a las Indias. Habia regresado de Venecia y le truje unos compuestos turcos hechos a base de opio. Mi padre languidecia para entonces debido a una enfermedad misteriosa que lo iba lentamente acabando y sufria mucho por sus dolores. Habia envejecido bastante y ambos adivinibamos que tal vez ya no nos volveriamos a ver.

“Pedro,” me dijo, “id y adquirid mas experiencia. Un viaje a las Indias podra hacer vuestra fortuna. Obedeced las ordenes de vuestros superiores. Aprended a oir antes de hablar. Y a meditar vuestras palabras antes de decirlas. Ya que regreseis, os daré una recomendación para que os embarqueis con un capitan amigo mio que ahorita anda para las Filipinas. ¡Y jamas olvideis vuestra estirpe ni negueis a vuestra madre que fue una santa!”

Seis meses despues regresé a Sevilla. En el muelle buscandome estabá un caballero anciano de porte muy serio. “Soy el licenciado Urquizo, caballero, el apoderado legal de vuestro padre Tomas de Santa Cruz. Siento deciros pero vuestro padre murio recientemente. Daré lectura a su testamento. Fue la voluntad de vuestro padre que vos esteis presente.”

Fue entonces la primera vez que cruce palabras con mis medios hermanos. Estos me recibieron de manera correcta aunque fria. Su madre, doña Catalina, sin embargo, me vio con un odio y resentimiento mal disimulado.

“¿Vos sois el hijo de la mujer que llamaban ‘la mora’?” me preguntó doña Catalina.

“En efecto, señora, tal soy. Y su nombre era Miriam,” fue mi respuesta.

Tenia yo entonces tan solo 23 años y se decia que era buen mozo. De niño mi padre solia acariciarme el pelo y decir que habia heredado los ojos moriscos de mi madre. Habia embarnecido con las rudas tareas del mar y mi piel estaba curtida por el sol de las Indias. El pelo me caia en bucles negrisimos en los hombres y portaba una buena toledana y sabia usarla. Aun vestido con las ropas humildes de un marino tenia yo mas porte y presencia que mis tres hermanos.

“Don Pedro está aqui obedeciendo la voluntad del finado don Tomas,” aclaró el licenciado Urquizo. Afortunadamente tal era el respeto que imponian sus canas que no hubo mas comentarios.

Como es de esperar, mis hermanos y su madre se llevaron la tajada del león. Entre fincas, ventas, rentas, y cedulas de proveeduria no iban a pasar hambres. Por lo que toca a mi, el licenciado Urquizo puso en mis manos una bolsa pesada llena de plata mejicana y unos folios sellados.

“Vuestro padre queria que abrierais estos documentos cuando esteis a solas,” dijo Urquizo. Mis hermanos y su madre vieron con recelo aun esta relativamente modesta herencia.

Esa noche renté aposentos en la taberna del Oso, enclavada en la vieja juderia, un lugar que solia frecuentar entre viaje y viaje. Antes de retirarme, cené en el cuarto comun. Habia entre los comensales la parvada usual: matasietes a sueldo, chulos, las mujeres de estos, y caballeros esbozados buscando aventura. No les presté mayor atención y me retiré a mi cuarto, tomando la precaucion de asegurar bien mi puerta. Prendí una veladora y me dispuse a leer los folios que mi padre me habia dejado.

Hijo Mio:

Os pidó me perdoneis no haber sido mejor padre. Muchas veces fue mi intención traerte conmigo y reconocerte plenamente como tal, sin importar lo que dirian mi esposa y sus hijos. Si no lo hice entonces soy culpable de tibieza y poca hombria y de esto daré cuenta adonde mi alma vaya a parar. Sabed que he decidido enmendar mis acciones de la unica manera que me queda.

He vivido toda mi vida una mentira. Sabed que igual hicieron mi padre y el padre y abuelo de este. Ahora, cerca de la muerte, no puedo dejar que esta mentira muera conmigo y debo confesaros la verdad. Sois mi unico hijo. En ti reconozco la planta de mi padre. Las infidelidades de mi mujer me son bien conocidas. Y aun si los hijos de doña Catalina son mios, por lo falsos e indolentes que me han resultado, los creo mas hijos de ella que mios. Pero, ¿como me atrevo yo a lanzar acusaciones de falsedad? Es por eso que debo haceros saber la verdad.

Sabed primero que nada que no, no somos cristianos viejos como se asienta en las actas que seguramente con mucho alarde vuestros medios hermanos enarbolan ya. Todo lo contrario, somos descendientes del ultimo rey moro de Granada, Boabdil, a traves de una de sus favoritas, de ahi tal vez mi tibieza y cobardia. Pero no buscare mas excusas. En efecto, el abuelo de mi padre se convirtio a la fé catolica al caer Granada. De ahi el nombre que tomó para su familia, Santa Cruz. ¿Como dudar de la cristiandad de quien porta este nombre? Soltó buena plata y acabó con patentes de cristiano viejo. Bien se dice que poderoso caballero es don dinero.

Y si a ti os admito esto tambien os dire que tal vez fue un acto de rebeldia de mi parte el que me llevo a buscar a el amor de vuestra madre, mujer buena que nunca nego el ser de sangre conversa. El amor que tuve a vuestra madre es lo unico de lo que no me averguenzo.

Y os preguntais por qué os hago saber tal noticia ahora, muerto ya. Sabed que la sospecha del origen de mi familia siempre residio en mi esposa, doña Catalina, y esta descubrio el secreto hace varios años. Con él me ha chantajeado y ultrajado mi honor sin que yo pudiera hacer nada en contra de ella. En esta España nuestra, intolerante y catolica, el que se haga publico mi secreto me hubiera sido funesto, incluso para vos, que es bien conocido que sois el hijo de una conversa.

Y pensareis que no seria tan imbecil doña Catalina de arruinarse conmigo. En eso estais en lo cierto. Esa es la razón por la cual siempre he sospechado que mis recientes achaques han sido inducidos por ella para asegurar mi muerte. Y tambien me amenazo con buscaros y haceros mal tambien.

Considerad entonces esta carta como una advertencia. Teneis ya enemigos poderosos y probablemente sospechan que conoceis mi secreto. Por eso os doy estos detalles. Prefiero que esteis al tanto de lo que arriesgais y no opereis a ciegas. Bien saben ellos que este secreto los puede destruir.

Por ultimo, un resquicio de dignidad quedó en nosotros. Mi padre me dio el nombre moro Omar al decirme este secreto siendo yo tan solo un niño. El nombre moro de él era Hakim. No soy Tomas como fui bautizado en la iglesia de los cristianos aunque morire bajo tal nombre. Igual, vuestra madre os nombró Yusuf pues tal era el nombre de su padre. Asi pues, si alguna vez decidis abjurar de Cristo asumid os ruego el nombre de Yusuf bin Omar.

Ahora quemad esta carta.

Vuestro padre,

Omar bin Hakim

Los otros documentos consistian de unos escritos en arabe que deduje eran testimonios de mis ancestros que tal vez habian venido de Africa con el tal Tariq. Tambien habian unas cartas muy tiernas de mi madre y una de las biblias de los moros, el Coran. Lo abrí. Estabá escrito en caligrafia arabe, cosa que no me era comprensible, pero tambien incluia una traducción al castellano. En su frontispicio habian unos como ejercicios de caligrafia arabe escritos en una mano infantil. Lo unico que pude entender fue un nombre en castellano: Miriam.

La juderia de Sevilla, antiguo barrio de los hebreos, es muy semejante a los barrios de las ciudades de medio oriente. Las casas que ahi se asientan cuentan con bardas altas y portones firmes. Una que otra tiendecilla se encuentra en su laberinto. Sus callejones a veces se encuentran solitarios aun en mitad del dia. Al dia siguiente parti de la Taberna del Oso e iba yo caminando por uno de estos callejones cuando vide frente a mi surgir un hombre esbozado.

No habia necesidad de palabras. Ambos sabiamos lo que vendria. Sin pensarlo mas saque mi espada. El hizo lo mismo, con un movimiento parco y elegante que me indicó que se trataba de un profesional del arma blanca. Peor, note que portaba su espada con la zurda, cosa que lo haria un oponente aun mas letal.

“Caballero, ¿sois don Pedro de Santa Cruz?” me preguntó.
“Lo soy.” Era inutil negarlo. Aun si no lo fuera el hombre me iba a matar de todas maneras. “¿Quien os manda, doña Catalina?”

“En efecto.” El hombre caminaba con la ligereza y fluidez gato. Me sabia hombre muerto. La punta de su espada ligeramente tocó la de la mia. Tenia una sonrisa glacial.

“Heridme,” dijo el hombre.

“¿Que decis?”

“Os pido que me hieras,” dijó poniendo su espada en el suelo. “Se me ha pagado bien. Pero sabed que debo ciertos favores a vuestro padre, el finado don Tomas Santa Cruz. A pesar de las hambres me han llevado a convertirme tan solo en un asesino a sueldo me considero todavia un hombre de honor. Si os perdono la vida creo que la deuda quedara mas que saldada.”

“¿Y no temeis que os mate ahora que estais desarmado?”

“Si en verdad sois el hijo de vuestro padre no hareis tal. Venid, sugiero una herida en mi brazo izquierdo. Habrais notado que soy zurdo.”

“¿Como os llamais?”

“Me dicen el zurdo Perez.”

“¡Sea!” dije dandole una estocada en el brazo que ofrecia. Tal vez porque realmente no era muy diestro con el acero el caso es que me temo que heri severamente al hombre.

“¡Diablos!” juro el hombre cayendo a la tierra sosteniendose el brazo. “¡Grandisimo hideputa! ¡No tenias que herirme tan profundamente! ¡Con este brazo le doy de comer a mis hijos! ¡Idos ya desgraciado o os atravieso con mi otra mano! ¡La proxima vez tal vez no sea tan generoso!”

Sin preguntar mas me alejé corriendo. Mi primer instinto era ir a los muelles. Tomaria la primera nave disponible, a donde fuere. Entre mas lejos de Sevilla huyera, mejor.

Al rodear una esquina entré en la explanada que daba a los muelles. Habia un carruaje estacionado frente a un buque. Tres hombres esbozados hablaban con el hombre que reconoci como uno de los capitanes, el que llamaban el Lusitano. Me detuve subitamente pues crei reconocer la planta de los esbozados. No tenia ya la menor duda. Eran mis medios hermanos. Y seguramente dentro del carruaje se encontraba doña Catalina. El Lusitano sopesaba una bolsa en su mano y departia sonriente con los esbozados. Seguro que ya habian esparcido plata entre todos los capitanes surtos en el puerto. Por mar no iba yo a salir de Sevilla. Uno de los esbozados volteo en direccion adonde yo estaba y vide que sus ojos se abrieron asombrados.

“¡Es él!” gritó el embozado que me reconocio.

“¡Maldición!” dijo otro. Hizo una señal y unos hombres se aproximaron corriendo desde el otro lado de la explanada. Traian el uniforme de la guardia de la ciudad. Di media vuelta y me fui corriendo en dirección otra vez a la juderia. Al doblar una esquina di de lleno con el zurdo Perez que soltó una maldición y cayo a mis pies adolorido y sangrando.

“¡Perdon!” grité

“¡Hideputa!” gimio el zurdo sacando su espada y lanzando una estocada con su mano buena. De un salto logre evadir esta y reanude mi loca huida. Atras de mi oia los gritos de la guardia. En su correr estos se habian atropellado al zurdo otra vez y el infeliz gemia de dolor.

Volvi a torcer otra esquina y me encontré en una plazuela. Una procesión de penitentes encapuchados iba marchando por la calle enmedio de una muchedumbre. Casi no se podia ver por la cantidad de incienso que se quemaba.

Me meti violentamente entre los penitentes, causando accidentalmente que uno de ellos, que era de los que sostenian una pesada estatua de un cristo sangriento, trastabillara y cayera. Los otros penitentes no pudieron sostener la estatua que habia quedado desbalanceada y esta cayó por los suelos. Fue tal la confusion que resultó que logre confundirme entre la muchedumbre. Los gritos e insultos que se oian en la plazuela azulaban mas el aire que el mismo incienso.

“¡Entrad aqui!” dijo una voz que salia de un callejon. Vide a un hombre con cara de bandido que de inmediato reconoci. Sostenia una puerta abierta y me hacia señales que me apresurara.

“¡Lucas Macanas!” exclamé reconociendo a un gitano que se habia embarcado conmigo a las Indias. Estando surtos en Maracaibo se le ocurrio darse un chapuzon y se puso a nadar de perrito alrededor del buque. Toco que yo estaba haciendo unas reparaciones en el velamen y desde lo alto del palo mayor noté la sombra de un bicho que se aproximaba bajo el agua adonde el gitano nadaba despreocupado. Le adverti con un grito y Macanas logro subirse al buque justo cuando una aleta inmensa rompio la superficie del mar detras de él.

“¡Ja! ¡Parece que los alguaciles andan tras de usted!” dijo Macanas cerrando la puerta tras de si. El cuarto era una especie de bodega con un catre.

“Ayudadme Lucas, por favor, tengo que salir de Sevilla.”

“No os preocupies, os debo la vida,” dijó Macanas. “Esperad aqui hasta que anochezca. Debo hacer unas diligencias pero regresare. Mientras estais en vuestra casa. Hay aqui vino y quesos. Tomad lo que querais.”

Esperé el resto del dia oyendo con sobresalto cuando oia pasos en el callejon. Ya siendo de noche la puerta se abrio. Desenvaine mi espada. ¿Que tanto se podia confiar en un gitano? Pero no, el que entró no era un alguacil. Era Macanas. Sin decir mas, me hizo señas que lo siguiera. Me llevó hasta una carreta cubierta de las que usan los gitanos en sus andanzas y me hizo señas de que me subiera en esta. Habian dentro tres gitanas, jovenes, de buenas carnes, que me sonrieron y me indicaron un espacio oculto donde meti mis alforjas y me guareci.

“Zenobia, Carmen, y Fraustita son mis primas,” dijo Lucas mientras tapaba el recobeco. “Ellas os sacaran de Sevilla.”

“¡Me voy a asfixiar aqui!” proteste.

“Hay unos agujeros por donde podreis respirar,” dijo Lucas y fue lo ultimo que vide pues quede en una obscuridad absoluta. En efecto, habian unos pequeñisimos agujeros por donde me entraba algo de aire, no mucho, debo añadir. La carreta se echó a andar. Tal vez por la falta de oxigeno o por los sobresaltos de ese dia pero el caso es que me quede dormido.

Desperte en la obscuridad. No se sentia ya el movimiento de la carreta. De pronto entro una bocanada de aire fresco que me mareo y me dio un dolor de cabeza. La tapa de mi ataud se abrio. A la luz de unas bujias pude ver a las tres gitanas que me sonreian.

“Ah bien, no habeis muerto,” dijo Carmen, la mayor.

“¿Por qué nos detuvimos?” pregunté.

“Estamos a un par de horas de Sevilla. Hicimos nuestro campamento,” explicó Fraustita.

“Y queremos nuestro pago,” acabó Zenobia.

“Con gusto os dare algo de plata,” accedi.

“No, ese no el pago que queremos,” explicó Carmen.

“Si nuestro padre se entera que tenemos un hombre aqui…” continuo Fraustita.

“¡Os hara capar!” sentencio Zenobia. Sus ojos brillaban. “¡Ya lo ha hecho con otros!”

Debo añadir que mientras iban explicando todo esto se iban despojando de sus ropas. No eran ciertamente delgadas, mas bien se diria que eran bastante rollizas pero no despreciables aunque algo bigotonas. En suma, no habia que explicar mas. Afortunadamente tenia yo tan solo 23 años y a esa edad se puede pagar las deudas con todas las de la ley.

Quede obviamente bastante exhausto, razon por la cual protesté cuando me despertaron en la madrugada. “¿Otra vez? ¡Sois insaciables!”

“Despertaos,” dijo Carmen.

“Vestios,” ordeno Fraustita.

“Idos antes de que amanezca y nuestro padre os encuentre aqui,” recomendó Zenobia.

“Alla está el camino que va a occidente,” explicó Carmen. “Nosotros vamos al norte, hacia Madrid. Lucas me pidio que os recomendara ir a Cadiz. Ahi podreis encontrar un buque que os lleve a vuestro destino.”

“¡Sea! Adios diosas, ¡no os olvidare jamas!” Y las besé a las tres.

Me encaminé entre las brumas de la mañana. Al mediodia paré en lo alto de una colina. Tuve la fortuna de divisar desde esta a un grupo de hombres a caballo que venian desde Sevilla. Me escondí y los vide pasar. Crei reconocer entre estos a uno de mis medios hermanos. Decidí doblar hacia el norte. No intentaria salir por Cadiz. Si era necesario caminaria hasta Francia.

Tres dias despues entre en una venta y decidí pernoctar en esta. La venta era bastante amplia. Habia un cuarto comun y una cantina. Tomé una mesa en el primero y le pedi de cenar al posadero. En la mesa de junto habian tres hombres con facha de matarifes. Uno de estos era un gigante pelirrojo, unicejal, de barba cerrada como un godo. Era evidente que ya habian tomado en demasia pues sus voces eran demasiado altas. No pude evitar oir lo que decian.

“¿Os imaginais que alguien hiriese al zurdo?” pregunto uno que tenia los ojos muy juntos, cual una rata. “¡Imposible!”

“¿Estais seguro de lo que decis?” preguntó el gigante. Tenia la nariz bastante roja. “¡El zurdo es el mejor de todos nosotros! Yo solo he oido versiones fantasticas de como fue herido.”

“Yo vide al zurdo con mis propios ojos,” dijo el cara de rata. “Está convaleciendo alla en Sevilla. Los cirujanos lo sangraron, cosa que se recomienda en esos casos, y lo dejaron casi a las puertas de la muerte.”

“¿A quien se le ocurre sangrar mas a un herido?” dijo el gigante escupiendo en el piso. “A mi me hirieron varias veces en Flanders y no dejaba que me tocara ningun cirujano. Es mejor curarse uno que caer en manos de esos hideputas.”

”El zurdo se ha de estar haciendo viejo,” dijo el tercero. Era un hombre calvo con un parche en un ojo.

“Pues solo asi se explica,” dijo el cara de rata.

“Gott im Himmel!” juró el gigante que aparentemente era un tudesco. Habian muchos de estos que servian bajo nuestros reyes habsburgos y que luego abandonaban los tercios para meterse a matarifes. “Ojala no se muera. Me debe dinero.”

“¿A usted tambien, don Hermann?” preguntó el cara de rata riendose. “Esa es la debilidad del zurdo,” explicó el tuerto. “El dinero se le vá entre las manos pero siempre ha sido buena paga.”

Eso ultimo lo podia yo atestiguar.

El gigante se trago un puñado de salchichas y sorbio un tarro de cerveza y eructó. “Bien, ¿pero quien fue el que lo hirio? He oido muchas versiones. ¿Seria José el vizcaino? Solo él tendria la tecnica.”

“No, ni ese le llegaba a los talones al zurdo,” dijo el cara de rata, “ademas José el vizcaino ya se metio de fraile para expiar sus pecados.”

“Pues yo oi que fue un tal conde del Santo Cirio y que lo hizo junto con cincuenta de sus seguidores, cuarenta de los cuales el zurdo mató antes de caer herido,” explicó el tuerto. Yo casi me atragante de la risa.

“¡Pamplinas!” dijo el gigante. “A mi me dieron la version que fue un frances al servicio de Richelieu que habia sido instructor de esgrima en la escuela de Treville. Fue el mismo cardenal el que lo mandó a matar. Pero el zurdo se logro escapar, aunque malherido.”

Desafortunadamente yo me puse a toser pues casi me ahogaba tratando de no reirme.

“¿Esta usted bien amigo?” me preguntó el gigante.

“Bien, caballero, ustedes disculpen, se me atoro un hueso de pollo.”

El cara de rata me veia fijamente. “Ninguna de esas versiones es correcta. El mismo zurdo me contó que fue un tal Pedro de Santa Cruz. Es un muchacho como de veintitantos años, con facha de moro, pelo hasta los hombros, y viste como marinero.” Cinco ojos (al tuerto le faltaba uno) se posaron sobre de mi.

“Pues muy peligroso sera ese fulano,” dijo el gigante mirandome fijamente. Su mano gigantesca yacia sobre la empuñadura de su espada.

“En efecto, los alguaciles en Sevilla ofrecen una recompensa por él, vivo o muerto,” dijo el cara de rata.

“¿En verdad? ¿De cuanto es la recompensa?” preguntó el tuerto.

“Bastante para repartir. Aun entre tres. Aparentemente tiene enemigos que lo quieren bien muerto,” explicó el cara de rata.

Yo apresuré mi cena, tomé mis alforjas, y me dirigí al aposento que habia rentado. Me encaminé a las escaleras que daban a los pisos superiores. Detras de mi oi a los tres hombres pararse de su mesa.

“¡Oiga amigo! ¡Si, usted!” dijo el cara de rata. Voltie. Los tres tenian ya sus espadas desenvainadas.

“Schwinehund!” juró el gigante. “Os estabais riendo de nosotros, ¿verdad?” El usar el pretexto del honor injuriado era comun entre los perdonavidas para iniciar una camorra.

Saqué mi espada. “Yo no soy el que buscais,” dije inutilmente. Aun si no lo fuere estos desgraciados ofrecerian mi cadaver a ver si les daban la recompensa. Apenas tuve tiempo de enrollar mis alforjas alrededor de mi otro brazo para servir de escudo.

Me encontraba ya en la escalera. Di una mirada rapida a mi espalda. No habia nadie. El gigante se abalanzó sobre de mi lanzandome un tremendo mandoble que logre desviar de milagro. Impulsado por el miedo, lo confieso, subí unos escalones mas y volvi a presentar mi guardia.

Esta vez el gigante intento enterrarme su espada entre los ojos pero logre agacharme a tiempo. Contesté con un sablazo a su estomago. Para mi sorpresa el gigante salto hacia atras como un oso con una agilidad que no me esperaba.

Volvi a voltearme y subi mas escalones. Atras de mi oia el resuello del gigante y sus maldiciones. El teuton me asestó otro sablazo que logre detener con la guarda de mi espada. Mi brazo casi se rompio, tal era la fuerza del fulano. Le piqué los ojos con mi mano libre y eso solo sirvio para enojarlo mas. Su cara estaba encarnecida y sudorosa. Podia oler los salchichones y la cerveza que se habia zampado.

Salté otros escalones mas y lo encaré otra vez. Era evidente que no podia medir mis fuerzas con el. Trataba desesperado de recorder cuantos pisos tenia la venta. ¿Eran dos o tres?

Recordé un dicho que me habia dado el cura Rosales un dia que me habia hartado con sus lecciones de latin y habia tirado los comentarios de Cesar en el suelo: el que se enoja pierde. “¿Es cierto que en Alemania las mujeres se aparean con los cerdos? Vos sois la prueba ¿verdad?” El gigante juró algo en su lengua.

Esta vez yo de plano ni siquiera intente presentarle batalla. Me voltie y me puse a subir las escaleras a saltos. Mas estas pronto se acabarón y me encontré con un pasillo. ¡La venta solo tenia dos pisos!

El gigante me seguia los pasos gritando como un endemoniado. No podia correr mas. El pasillo no tenia salida y todas las puertas parecian solidamente cerradas. Me voltie para encarar al teuton.

“Pero yo he oido que los mejores puercos vienen de las Polonias. ¿Sois entonces hijo de un marrano polaco?” Con el esfuerzo fisico y la muina el gigante ya espumeaba por la boca. Sus compañeros estaban todavia subiendo las escaleras.

“¡Si! ¡Creo ver lo polaco en vuestra cara!” Si me iba a malmatar mejor que valiera la pena.

El gigante dio un grito y se plantó frente a mi. Sus ojos estaban desorbitados. De pronto la espada cayó de sus manos y se crisparon en su pecho. Cayó de rodillas frente a mi. Trató de decir algo pero solo una espuma sanguinolenta salia de su boca. Por puro instinto hice lo que tenia que hacer: le dí una estocada que le atraveso el pescuezo. Cayó muerto a mis pies. No sé si fue por mi estocada o porque el corazón le habia estallado. De todas maneras no me importaba como el diablo se lo habia llevado.

“¡Avé Maria! ¡Si ya mato a Hermann!” exclamó con horror el cara de rata que acababa de llegar al segundo piso. “¡Era la segunda espada de España!”

“¡Y dejó malherido al zurdo, que era la primera!” dijo el tuerto persignandose.

Lo dicho: actuaba tan solo por instinto. Podia oler su miedo. Grité un voto a Belcebu y me avalance sobre ellos. Tirarón sus espadas y huyeron despavoridos escalera abajo dando trompicones. Los seguí sin tanta premura pues estaba yo tambien a punto de desfallecer. Tenia la espada chorreando la sangre del aleman. Agarre un mantel y la limpie. Tenia una sed de los mil diablos. Tomé una bota de vino y me sacie con ella. Los hombres que estaban en el cuarto comun me veian con horror. El cara de rata y el tuerto ya se habian hecho escazos.

“Y bien, ¿quien es el siguiente?” pregunté.

Los hombres se apresuraron a salir de la venta gritando.

Era obvio que no podia quedarme ahi. Encaré al posadero que me veia con los ojos desorbitados y palido como un cadaver. “Dadme mi plata de regreso, no me quedare.”

“¡Te-te-tened, su excelencia!” dijo el posadero entregandome toda la plata que tenia. Acepté. ¿Quien iba a ser yo para cuestionar como manejaba el hombre su hacienda?

Salí de la venta. En el establo encontré un caballote, percheron, obviamente el unico que podia haber montado el teuton. Me subí al caballote y me dirigí otra vez al norte.

Una semana de camino me llevo a Madrid. Busque una venta no de tan mala muerte como a las que estaba acostumbrado. Entre mi porción del viaje a las Indias, lo que me habia dado mi padre, y lo que generosamente me dio el posadero tenia yo bastante plata. Para mi horror aparentemente las nuevas de mi llegada se habian esparcido.

“¿Viene el caballero desde el sur?” me preguntó el posadero. Ni siquiera esperó mi respuesta y continuo su preguntas. “¿Habeis oido del Conde del Santo Cirio?”

“No. ¿Que con él?” pregunté tratando de no delatarme.

“Se dirige aqui a Madrid,” explicó el posadero. “Dicen las malas lenguas que hizo un pacto con el diablo para convertirse en el mejor espadachin de Europa. ¡Ningun acero lo puede tocar!”

“¡Exagerais!”

“¡No!” insistio el posadero. “Juro que es lo que oi contar a unos arrieros. ¡Mató él solo a cincuenta caballeros en una venta y viene acompañado de un sequito de gitanas que le concedio el sultan de Constantinopla al cual le salvó la vida de un fiero tigre que lo iba a emboscar!”

Aparentemente las historias del tal Conde del Santo Cirio, Duque del Santo Sepulcro, o Marquez de la Santa Cruz eran la comidilla del dia en los corillos de los matarifes desocupados de Madrid. Todos se aprestaban para retarlo aun si la vida les fuere en ello. Algunos detalles, como que el mejor espadachin de Europa, conde o marquez de Dios sabe que, vestia como humilde marinero “pues era una manda que habia hecho al señor de Compostela cuando una tormenta casi hunde su flota de 500 galeras frente a Trieste” me iba a delatar tarde o temprano.

“Decidme,” le pregunté al posadero, “donde puede un gentilhombre vestirse tal cual aqui en este pueblucho?”

“Ah, caballero, idos por esta misma calle y tres cuadras mas adelante está el establecimiento del italiano Bellini. Es el modisto del rey nuestro señor. No hay mejores sedas en todo Madrid.”

El tal Bellini me vio con recelo cuando entre en su tienda. “Traigo plata y soy gentilhombre,” dije con aire de perdonavidas.

De inmediato Bellini me sonrio. “¿Y en que le puedo servir al caballero?”

“Busco un traje de viaje. Ando de incognito pero estos trapos tampoco son apropiados a una persona de mi clase.”

“Entiendo, entiendo,” dijo Bellini. Empezo a mostrarme varios trajes definitivamente preciosos.

Un fulano entró. Le di un rapido vistazo. Vestia un elegantisimo traje de clerigo que identifique como jesuita. Era alto, moreno, algo afeminado, y el pelo le caia en elegantes bucles. Tras de el venia el que era obviamente su criado.

“Ah, ¡Monsieur!” exclamó Bellini. Noté que el cura le hizo una señal para que no dijera su nombre en voz alta. De inmediato escudriñe la tienda. Habia una salida a una bodega. El cura estaba frente a la entrada.

“Atended primero al caballero,” dijo el cura.

“Os despacho en un momento, excelencia,” dijo Bellini al jesuita. Luego se dirigio a mi. “¿Quereis probaros este traje, caballero?”

Tal cosa hice, cambiandome en un cuartito. Salí y me planté frente a un espejo. Definitivamente era un traje de gentilhombre. Y me sentaba muy bien. No me atreví a preguntar el precio.

“¿Y pog que le dais ese sombrego, Bellini?” dijo el cura viendome con una sonrisa burlona.

“Es muy elegante,” dijo el italiano.

“¡Bah! Las plumotas en el sombrego ya no son la ultima moda en Paguis,” explicó el cura. “Ahoga se estila la moda a la puguitana. Es mas sogbria. Menos ostentosa. Mas adecuada paga quien anda de incognito, ¿oui?”

Busqué donde habia puesto mi espada y discretamente me acerque a esta.

“¡Monsieur tiene razon!” dijo Bellini. “Caballeros, disculpadme, ire a la bodega a traer los trajes puritanos que me acaban de llegar.”

Mi mano se posó sobre mi espada. Encaré al cura. “Y bien, caballero, ¿que buscais conmigo?”

“A veg, Billote,” dijo el cura. El criado le presento un estuche largo. De ahi extrajó un sable. Lo tomó elegantemente e hizo con el malabares en el aire. Nada mas oia el jush jush de este. La sangre se me heló. El criado se fue a guarecer detras de un mostrador.

“Os advierto que herí al zurdo Perez y ma-maté al gigante Hermann,” le anuncie. Me temo que mi voz temblaba. Ni siquiera el zurdo habia mostrado la elegancia y temple que este cura evidenciaba. Me veia todavia con una sonrisa glacial bajo el mostacho.

“¿Al oso ese? Bien pog usted. Y pog lo que toca al zugdo, tal vez habeis tenido suerte. Os segui la pista desde Sevilla. La pegdi cuando los gitanos os sacagon pego la retome en la venta.”

“¿Por qué me seguis? ¿Os manda doña Catalina?”

“Es mi debeg, caballego. Estaba en Sevilla cumpliendo una mision encagagada pog mi ogden. Esta tiene oidos en todas partes. Decidme, que hay de la limpieza de sangre de la famiglia Santa Cruz?”

“Antes decidme quien sois.”

“Alguna vez fui mosquetego del rey. Me conocian como Agamis. Ahoga sigvo al genegal de los jesuitas. Y bien, ¿que con los Santa Cruz?”

“¿Por que quereies saber?”

“Un secreto asi es siempre de utilidad a mi ogden. Vuestro padre tenia una de las casas comegciales mas impogtantes de España. Tal establecimiento, con sus contactos…se puede utiguizag, ¿oui?”

No me sorprendia tal maniobra por parte de los jesuitas. “¿Y me dejareis vivo si os doy la información que deseais?”

“Os doy mi palabra de jesuita.”

“¡Pamplinas! Dadme la palabra de un mosquetero del rey de Francia.”

El hombre me vio fijamente. “Sea,” dijo a regañadientes. “Os la doy.”

De mis alforjas saque los escritos en arabe que testificaban acerca de nuestro linaje. “Tened. Es la historia de mi familia desde los dias de nuestro padre Adan. No tengo mas.”

El jesuita examinaba cuidadosamente los folios. Aparentemente podia leer arabe. Lo unico que no le entregué fueron las cartas de mi madre y el Coran.

“Definitivamente, estas cagtas os compran vuestra vida,” dijó el jesuita.

La puerta se abrio de subito. Entraron tres hombres con sables desenvainados. Eran mis medios hermanos.

“¡Dadnos esas cartas!” ordenó el mayor.

Bellini entro de la bodega portando varios trajes de puritano. Vio la escena ante si y gritó como una colegiala y se escabulló.

“¿Las quereis caballegos?” preguntó el jesuita. Tenia la misma sonrisa glacial de siempre. Tres contra uno. Pero ese uno habia sido mosquetero del rey.

“No los mateis, os lo imploro,” le dije. “Son de la sangre de mi padre.”

“No, no lo hague. Me divertigue tan solo,” dijo el jesuita. “Creo que tendremos que llegag a un acuegdo ventajoso paga mi ogden sin embaggo. Bien, idos, yo me entendegue con los caballegos. Y no os preocupies pog vuestra cuenta con Bellini. Yo la pagague.”

Sin mas me escabulli por la misma puerta donde se habia huido Bellini. Tras de mi oi maldiciones y uno que otro grito de dolor.

Al dia siguiente, montando mi percheron y vestido como gentilhombre (con todo y plumota en el sombrero), salí de Madrid rumbo al norte.

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