Saturday, March 24, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXV


XXV El Secreto del Moro (Segunda Parte)

Extracto del libro que trae en su morral la soldadera Brigida

Era de noche ya. La unica iluminación venia de varias piras de cadaveres. Se oian disparos aislados.

El sargento frances que comandaba la escolta de mi grupo de prisioneros se fruncio de hombros como disculpandose. “C’est la vie.”

Nos llevaron en dirección a su campamento. Los disparos continuaban. Estaban ajusticiando a nuestros heridos.

Era la noche de Rocroi. Todo se vino abajo cuando nuestra caballeria fue derrotada y dispersada. Los franceses capturaron nuestra artilleria y nos rodearon.

“Ya nos llevo el diablo,” dijo junto a mi Jacinto Venegas, el soldado viejo a cuyas ordenes militabamos. Mis compañeros no dijeron nada. Algunos vide persignarse.

“¡Cerrad filas!” dijo nuestro coronel. En efecto, nuestro tercio estaba muy reducido ya. Habiamos peleado todo el dia. Tres veces rechazamos la caballeria francesa. Montones de sus caballos y jinetes se encontraban muertos alrededor. Tenia yo una sed de los mil diablos.

“¡Ave Maria purisima!” oi decir en voz baja a un compañero a mis espaldas. Lo que ví entre el humo y montones de cadaveres me helo la sangre. Los franceses estaban emplazando cañones a nuestro alrededor. Nos iban a bombardear a quemarropa, fuera del alcance de nuestros arcabuses.

“¡Esos malditos ya claudicaron!” dijo con amargura Venegas. En nuestros flancos habian tercios compuestos de alemanes –nosotros le llamabamos tudescos—e italianos al servicio de España. Ya arriaban sus banderas y caminaban con los brazos en alto rumbo a las lineas francesas. Era mucho pedir, pensé yo, que se hicieran matar por España.

Quedamos ya solos, los menguados tercios españoles, rodeados por el enemigo, completamente encañonados por su artilleria. Nuestra infanteria habia dominado Europa por todo un siglo. Ahora nos tocaba morir.

Se acercó un grupo de oficiales franceses a pedirnos la rendición. Como era de esperarse, nuestros coroneles los mandaron al diablo. Cerré los ojos. Comenzaron a cañonearnos.

Los tercios del rey se hicieron matar. No se rindieron. Si acaso se rindieron unos cuantos sobrevivientes, la mayoria malheridos. Aunque yo estaba cubierto en sangre no era esta la mia. Cuando se acercaron los franceses sencillamente depuse las armas y me rendí. No habia mas que hacer.

Los franceses nos trataron bien. Respetaban nuestro valor, nos dijeron. Dí mi nombre. Algo hubo en la manera en que un oficial frances me observaba. Ordenó que se me llevara a la comandancia.

El duque de Enghien era el comandante frances. Tenia tan solo 24 años, igual que yo, otro de tantos genios militares que Francia suele parir.

“¿Vos sois Pedro de Santa Cruz?” me preguntó.

“Lo soy, señor.”

Enghien se volteo a donde estabá un capitan de mosqueteros. “Lleveselo al cardenal.”

El capitan de mosqueteros me agarro firmemente por un brazo y me sacó de la tienda de campaña del duque. Me encaró y puso su espada en mi garganta. “He oido de lo peligroso que sois. Sabed que no os conviene intentar nada. ¿Me dais vuestra palabra de honor que no intentareis escapar? De otra manera os llevare esposado.”

“¿A donde me llevais?”

“A Paris. Teneis una cita con Mazarino. ¿Y bien, que decis?”

“¿Y quien diablos es el tal Mazarino?”

“Es el substituto de Richelieu, el primer ministro del rey, y un fulano al que no hay que hacer esperar.”

Algo habia oido de el tal Richelieu. Se decia que era el que realmente gobernaba Francia y que era, como era de esperarse, todo un hideputa. Pero no sabia que ya estaba muerto. “Sea. Llevadme con quien os plazca. Os doy mi palabra de honor que no intentare escaparme de vuestra custodia.”

“Bien,” dijo el capitan bajando su espada. “Mi nombre es Gaston d’Artagnan. He oido de usted, Santa Cruz. Sois el mejor espadachin de España, ¿no es asi?”

Me rei. Aparentemente mi fama –espuria—habia traspasado las fronteras. ¿Que tanto se debera, pense yo, a lo que haya dorado la pildora el jesuita Aramis?

“Si asi lo quereis creer, señor capitan, no sere yo quien os desmienta.”

Nos subimos d’Artagnan y yo en un carruaje. Tambien nos acompañaba uno de sus hombres, un gigante con cara de oso. Por un momento crei reconocer en el al tudesco Hermann. Ambos gigantes tenian las mismas proporciones descomunales.

“Porthos os vigilara si yo caigo dormido,” advirtio d’Artagnan. “Guardaros de enfadarlo.”

Escoltados por una docena de mosqueteros nos dirijimos a Paris por el camino de Meung.

“Capitan, ¿que diantres puede querer el cardenal conmigo? Yo era tan solo un humilde infante de los tercios. Ni siquiera era oficial.”

“Diablos si sabre,” contestó d’Artagnan. “Yo trato de no inmiscuirme en la politica de los grandes señores. Solo cosecho desilusiones.”

“A no dudarlo,” se rio Porthos. “Sobre todo en vida de Richelieu.”

“Richelieu era el mismo diablo, Santa Cruz, pero tambien era un caballero,” contestó el capitan. “Pero Mazarino, como buen italiano, tiene el gusto por la tortura. Si vos sabeis algo que el quiera saber os aconsejo que solteis la sopa.”

“¿Tortura? ¡Pero si yo ni conozco al tal Mazarino!”

“A la larga todos hablan,” aconsejó Porthos.

“Cierto,” dijo d’Artagnan. “A menos que el verdugo sea un imbecil y se le muera el infeliz al que interroga. No sé que diablos quiere Mazarino con usted, Santa Cruz. Y no sere yo quien se lo pregunte. Usted lo podra hacer en persona.”

Al atardecer del dia siguiente finalmente llegamos a Paris.

“Os quedareis en las barracas de los mosqueteros,” me indicó d’Artagnan. “En la mañana vendre a buscaros. No intenteis escapar. Mis hombres os vigilaran.”

Me señalo un catre y bajo este puse mis pocas pertenencias. Varios mosqueteros me miraban recelosamente. Sin embargo, esa noche tuve suerte en la baraja y logre desplumar a varios de ellos. Una buena bota de vino, sin embargo, hizo muy pasable la velada.

“El sargento d’Arnot me dice que ud. es buen jugador,” me dijo en la mañana d’Artagnan.

“Tuve suerte, capitan.”

“Bien, Mazarino anda para Normandia. Se le espera en un par de semanas. Por favor sigame.”

D’Artagnan me llevó a un sala de esgrima. Porthos se encontraba ahi.

“Caballero de Santa Cruz,” dijo d’Artagnan, “¿me haria el favor de cruzar acero conmigo? He tenido queveres con otros espadachines españoles. Si usted es el mejor de España seria para mi un gran honor cruzar acero con usted.”

“Por supuesto que no se os insultara poniendo una guarda en la punta,” explicó Porthos ofreciendome un florete.

“Ca-ca-balleros,” dije con voz tremula, “seguro os estais mofando de mi.”

“Entiendo, señor de Santa Cruz,” explicó d’Artagnan. “Vuesencia está en una clase muy superior a la mia. Os estoy pidiendo que me hagais la venia entonces de acceder a cruzar acero conmigo.”

“¡No os hagais del rogar!” dijo Porthos con voz algo amenazadora.

No tuve mas remedio sino ponerme en guardia. D’Artagnan me contempló atonito. “¿Esa es la que llaman la defensa siciliana ¿no? Porthos, ¿habias visto a alguien pararse de esa manera y sostener el acero de tal forma?”

“Francamente no,” contestó Porthos. “Guardaros capitan. El señor de Santa Cruz obviamente conoce tecnicas nuevas.”

Nuestros aceros se tocaron. Cinco segundos despues habia yo perdido el mio y la punta de la espada de D'Artagnan estaba en mi garganta.

“¿Me insultais acaso, caballero de Santa Cruz?” preguntó d’Artagnan. “¿No considerais digno el cruzar acero conmigo en buena lid?”

“¡Explicaros Santa Cruz!” dijo Porthos con voz amenazadora.

“Señores, no soy sino un humilde marinero que acabó en los tercios del rey por no poder volver a España. Lo poco que sé de esgrima lo aprendi de mis compañeros. Ya se imaginaran.”

“¿Pero no heristeis al zurdo Perez, matasteis al Tudesco Herrman, e hicisteis huir a cincuenta alguaciles que os fueron a tratar de arrestar?” preguntó d’Artagnan.

Porthos me agarro del pescuezo y me levantó en vilo. “¡Aramis juró que manejabais la espada como el mismo diablo!”

“¿Conoceis al tal Aramis?” alcance a gemir. “Tiende a exagerar.” El gigante me dejo caer.

“En efecto. Guardaros de él,” aconsejó d’Artagnan.

Les dije entonces mi propia historia y los detalles de mi encuentro con el zurdo Perez y el tudesco.

D’Artagnan sacudio su cabeza. “Santa Cruz, estais en un verdadero aprieto, ¿entendeis? Mazarino espera tratar con el mejor espadachin de España, sabra el diablo para que proposito.”

Porthos le murmuró algo en el oido. “Santa Cruz, teneis dos opciones,” continuo d’Artagnan.

“¿Cuales son estas?”

“Conociendo a Mazarino, y bien que lo conozco,” dijo d’Artagnan, “si no sois quien decis que sois…”

“Nunca dije que era el mejor espadachin de España, capitan.”

Porthos gruñó. “Cierto, pero tampoco lo negasteis.”

“En efecto,” dijo d’Artagnan. “Mazarino es capaz de desquitarse no tan solo en vos sino tambien en mi. Hay razones politicas. Y bien, como decia, teneis dos opciones. La primera es una muerte rapida, ahora mismo. Le decimos a Mazarino que intentó escaparse.”

“Asi no se llevara el buen cardenal una decepción con usted,” explicó Porthos. Me veia con sus ojos porcinos y habia desenvainado su espada.

“¿Y cual es la otra opción?” pregunté.

“Tenemos un par de semanas,” dijo d’Artagnan levantando mi florete y ofreciendomelo. “¡En garde!”

Fueron las tres semanas mas penosas de mi vida. Entre d’Artagnan, Porthos, y el sargento d’Arnot (que tambien habia sido reclutado para entrenarme) me tuvieron entrenando dia y noche. Al final tenia yo innumerables punzones y cortaduras y caminaba dolorosamente (a puros golpes habian corregido la forma en que me plantaba). Pero yo creo que hasta al mismo zurdo Perez le hubiera dado yo pelea (por lo menos por un minuto).

Ya hasta me habia olvidado yo del tal Mazarino hasta que como a las dos de la mañana me despertaron unos hombres que no conocia.

“Venid con nosotros,” dijo uno de ellos. Me apuntaban con pistolas. Alcance acaso a hacerle una señal al sargento d’Arnot. Este sacudio su cabeza como si fuera yo un desahuciado.

Me llevaron por varios pasadizos subterraneos. Subimos y bajamos escaleras, entramos y salimos por puertas falsas. Finalmente me encontre en una sala lujosa, rellena de libros, mapas, y un gigantesco globo terraqueo. Habia un hombre vestido como principe de la iglesia sentado junto a un buen fuego saboreando una copa de cognac. Tenia el pelo entrecano. Era bastante moreno y los labios evidenciaban crueldad. Frente a el estaba sentado un hombre vestido de paisano. Este era chaparro, gordo, y medio calvo.

“Bien, caballero de Santa Cruz,” dijo Mazarino. “Acercaos.”

“Señor.”

“¿Asi que sois el mejor espadachin de España?” me pregunto el calvo en buen español. No lo desmenti. Tan solo hice una pequeña caravana.

Mazarino tomó un sorbo de cognac. “¿Que creeis señor Descartes? Es lo mejor que os puedo conseguir.”

El tal Descartes me miraba esceptico. “Espero que este sobreviva, su eminencia. Ya van dos que nos matan.”

Mazarino hizo una mueca de aburrición.

“Señores, estoy a su disposición, pero, ¿de que se trata todo esto?”

“Muy sencillo,” explicó Descartes. “Teneis que llevar unas cartas a la Nueva España y regresar con los pergaminos que os den.”

“¿La Nueva España? ¿Méjico?”

“En efecto,” dijo Descartes, “especificamente a la ciudad de Tlascula, creo que asi se pronuncia.”

“Caballeros, no estais pidiendo que haga traición a mi rey.”

“¡Bah!” dijo Mazarino con disgusto. “Esto no tiene que ver nada con ningun rey.”

“Pero si mucho con el tribunal del santo oficio,” añadio Descartes.

“¿La inquisición?”

“A cuyas santas mercedes podria entregar si asi me placiera,” dijo Mazarino. “En dos dias os tendria en la frontera. La Inquisición os arrestara de inmediato acusandoos de traición y herejia.”

“¡Pero no he hecho ningun acto tal!” protesté.

Mazarino se rio. “¿Estais aqui no? ¿No es Francia el enemigo de España? ¿Y no sospecha Roma que el señor Descartes es uno de los Iluminados?”

“No sé de lo que habla.”

“Por supuesto que no,” continuo Mazarino. “Eso hara mas dificil las cosas para usted. La Inquisición no creera que usted no sabe nada. Ademas, ¿sois de sangre mora no?”

“Somos cristianos viejos,” contesté.

Mazarino sacudio su cabeza. “Obviamente tampoco sabeis del juicio ante el Tribunal del Santo Oficio a que fueron sometidos vuestros hermanos y su madre recientemente. Se les denuncio por herejes. Me temo que ya han pagado sus pecados. Tambien argumentaban ser cristianos viejos.”

“Aparentemente fueron denunciados por un jesuita,” explicó Descartes.

“Convenientemente, los jesuitas controlan el negocio de su familia ahora,” explicó Mazarino persignandose. “Ora pro nobis. Teneis mi pesame Santa Cruz.”

A decir verdad casi estuve tentado de ponerme a bailar de gozo. ¡Doña Catalina y mis medios hermanos eran ya chicharrón! ¡Tal vez hasta podria regresar a España!

Lo que dijo Mazarino a continuación no fue muy de mi agrado. “Claro esta, que siendo como sois el unico heredero de la fortuna de vuestro padre teneis el derecho a presentaros ante los tribunales españoles y reclamarla. El albacea es un jesuita, un tal Aramis.”

Cai en cuenta que los jesuitas, a traves de Aramis, habian decido deshacerse de mis tres hermanos y su madre. “Si hago tal cosa mi pellejo tambien sera chicharron y eso usted lo sabe, excelencia.”
Mazarino sonrio. “Bien, por lo menos no sois un bruto. ¿Y bien, estais dispuesto a servir de correo?”

“Me imagino que lo que usted me ha revelado es secreto.”

“Asi es,” contestó Mazarino.

“Y si rehuso mi juramento de que guardare silencio no sera suficiente.”

Mazarino abrio sus manos. “Me temo que tal vez no.”

“O sea que no veria el amanecer.”

Mazarino tan solo hizo una mueca aburrida.

“Bien, su excelencia, ¿hay plata de por medio? Oí al señor Descartes decir que ya habeis perdido dos correos. Este asunto suena a uno en que se arriesga el pellejo.”

“Se os pagara bien,” contestó Descartes. “Y como dijo el cardenal, no cometereis traición a vuestro rey al desempeñar esta tarea.”

“No se diga mas, señores. ¿Que debo de hacer?”

“Bien,” dijo Descartes, “señor de Santa Cruz todavia no estoy seguro si sois el indicado para esta tarea. En tal caso, lo primero que teneis que hacer es dirigios al convento de la Rabida en vuestra natal España. Preguntareis por el abad, el venerable padre Cirilo. Mencionareis mi nombre y le direis la palabra clave ‘elipse’.”

“¿Elipse?”

Descartes me vio fijamente. “¿Sabeis algo de matematicas?”

“Se contar, algo de geometria, aprendi a leer las estrellas navegando.”

Descarte sacudio su cabeza. “Tal vez asi sea mejor.”

“Es vuestra decisión, señor Descartes,” dijo Mazarino. “Los otros correos eran eruditos pero no sabian defenderse con un acero.”

Descartes no dijo nada por varios momentos. Entendí que si no me aceptaba era practicamente hombre muerto. Nada mas por haberme enterado de sus menesteres y aunque no entendia que diablos se traian entre manos, ya sabia yo demasiado.

Para mi alivio Descartes finalmente dijo: “Creo que os usare. Partireis mañana, señor de Santa Cruz. Buscad al abad Cirilo. El os dara los materiales que debereis llevar a la ciudad de Tlascula.”

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