Wednesday, March 28, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXVI




XXVI El Centinela

Octubre de 1968

Me desperté. Fui a la cocina y me calenté algo de agua para el Nescafé. Todavia no amanecido. Por mi ventana vide que la plaza de las tres culturas estaba cubierta de brumas. Oi el sonido del agua en las tuberias. Algunos de mis vecinos ya se habian despertado tambien y se preparaban para ir a trabajar.

De algun lado oi el relincho de unos caballos. “Buenos dias, Pavón,” me dijo Brigida.

“Hola vieja. ¿Ya va a ensillar la columna?”

Ella tan solo me sonrio. Sacudí mi cabeza. Me dí cuenta entonces que habia halucinado. ¿Como diablos podian haber caballos en los multi-familiares?”

“Hoy te pagan el chivo, Manuel, acuerdate.”

“Tienes razon…el chivo…el chivo…” fui murmurando mientras busque mi uniforme. Mi vecina, doña Lupita, me lo habia entregado limpiecito la noche anterior. Si iba uniformado a la SEDENA me la harian menos de tos.

Me planté frente al espejo y mi contemplé. Los estragos del tiempo. Atras de mi en el espejo el cuarto se veia vacio. Me voltie. Brigida estaba ahi, fumando un cigarro de palma. “Que estragos ni que ocho cuartos, Manuel. Para mi siempre seras guapo. Viejos los cerros y reverdecen.”

Oi el silbato de una maquina. “Vieja, ¿que me está pasando? Algo me está pasando, ¿verdad?”

“¡Tranquilo! ¡Sooooo!” me dijo ella sonriendo.

Oi mentadas de madre, clarito, y un clarin de ordenes: ¡retirada!

Me senté en mi cama. No me sentia fisicamente mal. Pero tenia una sensación que nunca antes habia experimentado.

“La vida es un sueño,” se rio Brigida.

“Temo despertar.”

“Todos despiertan, Pavón. Disfrutalo mientras. Se pondrá interesante. Siempre lo es al final.”

Salí. Me fui agarrado del barandal, muy despacito, bajando las escaleras. Salí a la explanada de los multifamiliares. Habian unos vivaques de sombrerudos y soldaderas. ¿Pos de que bando seran, me pregunte? Estaban mezclados: pelones vestidos de federal, villistas con sombreros tejanos, unos indios sureños con calzon blanco y huaraches. Caminé entre ellos sin que me hablaran. Brigida me agarraba del brazo. Algunos soldados se pararon al verme y me saludaron correctamente. Crei reconocer sus caras morenas. Contesté su saludo, aunque sabia que solo eran sombras.

“Ese mi general,” dijo el despachador del sitio de taxis al pie de los multifamiliares.

Reconocí al hombre. “Don Chavo, tengo que ir a cobrar mi chivo. ¿No tiene uno de sus muchachos que me pueda llevar?”

“¡Lupe!” ordenó el despachador. “Lleva a mi general al campo militar numero uno. Lo esperas, ¿entiendes?”

“Subase, mi general,” dijo el taxista abriendome la puerta de su cocodrilo. Dejé que Brigida se encaramara primero luego me subi yo.

“¿Y ya se compró su tele para ver las olimpiadas mi general?”

“Todavia no. Ya mero.” Vide a la acera. Unas mujer alta caminaba entre la gente que no parecia verla. Estaba elegantemente vestida a la manera porfiriana. Su cara, sin embargo, era una calavera. Me sonrio y crei oir su risa.

“¡Ay vieja!” gemí.

“¿Está usted bien, mi general?” preguntó el taxista con algo de preocupación.

“Te dije que se iba a poner interesante Manuel,” me murmuró Brigida. “Tienes que portarte valiente.”

“Usted maneje. No se preocupe por mi. Nomas no atropelle a la catrina.”

El taxi paró. “¡Ya ni la chingan!” se quejó el taxista.

“¿Que pasa? ¿Un embotellamiento?”

“Son los estudiantes. Creo que hay una bronca alla adelante.”

“¿Vasconcelistas?”

“No, son los muchachos de la Universidad. Les van a partir la madre.”

“¿Y por qué?”

“Ah que mi general, ¿a poco no ha oido a Jacobo?”

No tenia ni idea de que me hablaba el hombre. Yo me pasaba mis dias entre mis libros, hablando con los fantasmas. Ni radio tenia. No compraba periodicos. Acaso me iba a las tienda de libros viejos que tenia un judio en la Lagunilla. Ese era el unico Jacobo que conocia. Pero no, no me habia comentado nada ese fulano. Subitamente, un dia, me dí cuenta que ya era un anciano. Francamente, ya no me importaba mucho que carajos le pasaba al mundo.

De pronto una nube de uniformados aparecieron corriendo por la calle. Portaban ametralladoras. Iban inspeccionando los automobiles. Al llegar al taxi, el chofer les dijo: “Traigo a un general conmigo. Lo llevó al campo militar numero uno.”

Los soldados le abrieron camino al taxi. Alcance a ver unos camiones de redilas donde estaban subiendo a unos jovenes. Algunos sangraban.

“Dios mio, ¿pos que está pasando?. Han de ser gente del señor de la Huerta. Bien decia yo que les iba a ir mal si se ponian contra el turco.”

“Es que le han estado mentando la madre al trompudo, mi general. Vamonos al pasito y yo creo que no nos pasa nada. ¡Que bueno que vino uniformado!”

“¿Al trompudo? ¿Dice usted al presidente Diaz Ordaz?”

El chofer se puso nervioso. “Es solo un dicho, mi general, ya vé usted como es la gente.”

“No se preocupe. Yo vide al cabrón tan solo ayer. Queria…queria que le dijera donde Pancho Villa dejó un entierro.”

“¿A poco? Usted vio al trom, perdon, al presidente? Y usted sabe donde está un entierro de Villa?”

Si, Brigida, esto se ponia rete interesante. El taxi ya no era un cocodrilo. Era un Ford de esos viejos, de las peliculas de Mack Sennet. Y el chofer ahora tenia un mostacho a la kaiser en lugar de sus bigotes de aguamiel y portaba una rayita enmedio de la cabellera.

Una sensación de euforia se apodero de mi. Si ansina era la despedida pos que valiera la pena. “¡Puro pico! Pancho nunca me dijo nada. Pero si, ayer estuve en Los Pinos. Pero no le iba a decir nada al señor. Pos digo, ¿quien se cree que es? ¿Sabia que me oriné en el despacho del presidente? ¡Ja ja ja!”

“¡Ah cabrón!” se rio el taxista tambien.

Normalmente el taxi me llevaba a la comandancia donde estaba la pagaduria. Ahora, sin embargo, habia un reten a la entrada.

“Traigo un general,” explicó el chofer al soldado que nos hizo el alto.

“¡Cuadrese cabron y salude!” dije sacando la cabeza y extendiendo mi carnet.

“Perdone usted, mi general,” dijo luego luego el soldado saludando. Era un muchachito.

“Usted es el chavito del piquete en el camino a Pachuca ¿verdad?”

El joven soldado me veia extrañado. “¿Mi general?

Ya no habia taxi. Ya no habia ciudad. Estabá yo en una cañada a dos leguas de Pachuca inspeccionandole una pata a la Babayaga. Junto a mi un sargento herrero me ayudaba.

“¡Un jinete!” murmuró un soldado. El vigia hizo un sonido como de pajaro. Se oyeron varios rifles cortar cartucho.

“¡No disparen cabrones!” gritó mi tio.

“Es el capitan Pavón,” dijo Fierro saliendo de su tienda de campaña.

Varias manos agarraron las riendas del caballo de mi tio y lo ayudaron a apearse. Ambos estaban cubierto de sudor. El caloron arreciaba. Le pasé mi cantimplora. Para mi ya no era octubre del 68. Era el mes de julio de 1915.

“Mi general,” dijo mi tio saludando a Fierro.

“¿Y bien, Pavón?”

“No nos esperan. Hay un piquete en el camino que sale por el norte. Tienen ahi una ametralladora y unas trincheras. Pero puede uno entrar siguiendo el camino que bordea al ferrocarril. Llega hasta la estación. Frente a esta está la plaza de armas. Conté como 600 pelones. Pero son puros chavitos de leva, mi general.”

“¿Pura gente de leva?” Fierro sonreia con su sonrisa de lobo estepario.

“El cuartel está en la misma plaza de armas, junto al palacio municipal. Oi que esperan un tren con refuerzos. Aparentemente el Pablitos saco al ejercito de la Ciudad de México para perseguirnos.” Mi tio mostró un periodico. “Dice aqui que Obregon destacó gente desde San Luis para cortarnos el camino al norte.”

El general Gonzalez Garza, ex-presidente de la convención y segundo al mando leyó con cuidado el periodico. “Aparentemente esperan que nos dirijamos a la huasteca veracruzana.”

Fierro escupio en el suelo. “Tienen miedo que nos vayamos sobre los pozos como queria Pancho que hiciera Urbina. Mas bien seria mejor irnos sobre Veracruz y de una vez por todas fusilar al viejo barbas de chivo, ¡ja, ja!”

“Es cosa de que ordene usted y le damos un sustito,” se rio mi tio. Varios de los otros oficiales hicieron lo mismo.

“Mi general,” continuó Gonzalez Garza, “esto quiere decir que hemos logrado nuestro objetivo. Pablo Gonzalez anda correteandonos y Obregon ha tenido que distraer gente para combatirnos.”

“Entiendo, don Roque. Muchachos, carajos, con 300 cabrones todavia habiles no creo que lleguemos ni siquiera cerca de Veracruz. Si no, iba y colgaba de los huevos a ese barbon cabrón. Ademas, tenemos las carretas llenas de heridos y no tenemos vendajes ni parque ni forraje para los animales.”

“Mi general,” dijo mi tio, “vide unas bodegas atras de la iglesia. Aparentemente estan llenas de vituallas y pertrechos.”

“¿Está seguro?”

“Si. Hasta vide como metian unas cajas de munición.”

“¿Atras de la iglesia?”

“Si, la bronca es que divisé una ametralladora en una de las torres de esta. Ademas, el tren con los refuerzos los esperan de un momento a otro. No sé a donde los meteran. El cuartel está a reventar. La gente la tienen haciendo vivaque sobre la plaza de armas. Traen un desmadre. Como dije, son pura gente bisoña.”

“¡Escuchen!” dijo Fierro a sus oficiales. “Vamos a entrar por el camino del ferrocarril con las carretas vacias. Usted, don Roque, se lleva las carretas de los heridos a las canteras que estan al norte de la ciudad. Ahi nos espera. Si nos lleva la chingada, trate de regresar con Pancho o rindanse si le dan garantias. ¡Monten!”
”¿Como está la Babayaga?” me preguntó mi tio.

“Sigue renga. No la puedo montar ansina.”

“Mandala con los heridos y toma un animal de la remonta. Si la hieren Brigida te va a capar.”

Asi hice y me dieron un caballo viejon que era mucho mas facil de montar que la yegua.

Nos fuimos al pasito para no reventar a la caballada. Afortunadamente el camino al lado de la via del tren estaba arbolado y nos daba sombra. Adelante iba Fierro con sus oficiales y un corneta de ordenes.

Yo estaba atras, con las carretas. Tenia cinco hombres a mi mando. Estos eran dos sargentos, Robledo y Estrada. Habian ademas tres soldados: el Lupillo, un chavo tan joven como yo, otro que le deciamos “La Bruja” cuyo nombre ya olvide, y un soldado viejo llamado el Chichete. Robledo y el Chichete manejaban dos carretas vacias. Iba al lado de Robledo tambien un enfermero de nombre Selim. Este era un turco (libanes) que habia tomado el primer año de medicina antes de unirse a la bola. Era muy bueno, sin embargo, y habia aprendido mas matando heridos que si hubiera acabado la carrera. Le teniamos mucha confianza.

El camino hizo una curva. Adelante aparecieron dos hombres, a pie, enmedio del camino. Eran los tipicos soldados mexicanos de leva: vestidos de khaki, con kepis juarista, aindiados, calzando huaraches, mal comidos, mal entrenados. Pobres cabrones, ansina anduve yo cuando me agarró la leva.

“¿Quien vive?” gritó uno de ellos. La voz era de un jovencito. Sonaba como esos gallos que estan aprendiendo a cantar.

Fierro no dio ninguna orden. Tan solo seguimos cabalgando.

“¡Alto!” ordenó el centinela. Tenia un rifle viejisimo. Tal vez su abuelo lo habia usado para matar zuavos. Pero eso si, lo sostenia con firmeza y apuntaba a la cabeza de la columna sin intimidarse. El otro centinela tenia dificultad en cortar cartucho. Las manos le temblaban y las balas se le cayeron.

El centinela disparó. No le dio a nadie. Fierro ni siquiera apuntó. Sacó la pistola y disparó. El centinela cayó muerto instantaneamente. El otro vio con azoro a su compañero. Estabamos ya a unos cuantos metros de él. Tiró su rifle y se fue corriendo hacia un lado del camino.

“Quitenlo del camino,” ordenó Fierro. Contemplaba su sombrero tejano. La bala del centinela le habia dejado un agujero en él. Tan solo una pulgada mas abajo y lo hubiera matado. Los villistas recogieron al centinela. Era tan solo un muchachito. La bala le habia entrado por la frente y le habia estallado la parte de atras del craneo. Levantaron el cuerpo y lo aventaron a la cuneta. Fierro murmuró algo.

El otro centinela se veia correr en lontananza. Fierro apuntó. Sabiendo como tiraba podia considerarsele hombre muerto. “¡Una chingada!” dijo Fierro. “Ese chamaco no vale una bala. ¡Sigan adelante! Ojala que no hayan oido los disparos.” Adelante se veian las torres de la iglesia.

La sorpresa fue total. Llegamos hasta la misma plaza de armas sin que nos interrumpiera nadie. ¡Hasta nos formamos en linea! Los soldados carrancistas nos veian extrañados. Finalmente uno de sus jefes cayó en cuenta de lo que estabá sucediendo. Se oyo un clarin tocar la alarma. “¡Abran fuego! ¡Carguen!” ordenó Fierro.

Los dispersamos por completo. Entramos entre ellos repartiendo sablazos y disparando. Ni siquiera alcanzaron sus rifles. Habian pelones corriendo desarmados por todas partes. “¡Vayanse sobre la iglesia!” ordenó Fierro a uno de sus escuadrones. “¡Muevan esas carretas!”

“¡Picale Robledo!” les ordene a mi gente. El sargento y el Chichete afuetearon a las mulas.

De pronto se oyó el taca taca de una ametralladora. En efecto, desde lo alto de la torre de la iglesia nos empezaron a disparar. Pero el chavito que lo hacia solo roceaba la plaza sin control. Empezó a matar tanto a villistas como a su gente. Vi como el Chichete se doblo y cayó de la carreta.

“¡No se detengan! ¡Tomen la iglesia!” rugia Fierro.

Las balas silbaban a mi alrededor. De pronto me sentí caer. Me di tremendo golpazo en el costado y tenia a mi caballo encima de mi. Lo habian herido y relinchaba que daba lastima. A duras penas logre quitarme de debajo de él y le dí un plomazo para que no sufriera. Habian heridos y muertos por todas partes. Las carretas estaban detenidas.

“¡Aqui teniente!” me gritó la Bruja. Estaban mis hombres agazapados bajo una de las carretas.

“¡Me lleva la chingada!” juraba Fierro. Estaba a pie tambien. Le habian matado el caballo. Caminaba entre la plaza aparentemente inmune a las balas gritando y dando ordenes.

“¡Denme un rifle!” ordenó Fierro. Robledo le pasó un 30-30.

Fierro se encaramó sobre la carreta. Apuntó con cuidado al grupo de soldados agazapados alrededor de la ametralladora en la torre de la iglesia. Hizo tres disparos rapidos. Se oyó un grito de dolor. La ametralladora dejó de disparar. Vimos a un hombre caer exanime sobre esta. Luego, segundos despues, otro hombre se cayó desde lo alto de la torre de la iglesia, dando varios tumbos al pegar con las cornisas.

“A ver, Pavón,” dijo Fierro a mi tio, “llevenos a esas putas bodegas. ¡Muevan estas carretas!” Lo contemplabamos con admiración. Nadie sino Rodolfo Fierro hubiera hecho esos disparos.

El turco Selim tenia al Chichete en una de las carretas. El hombre tenia la camisa tinta en sangre y babeaba espuma sanguinolenta. “Es un rasguño tan solo, mi Chichete” le dijo Selim quedamente. Sin embargo, cuando me vio Selim tan solo sacudio la cabeza. Al Chichete se le oia el aire escaparsele por el pecho donde la bala habia entrado y colapsado un pulmon. En efecto, el infeliz expiró un minuto despues.

“¿Y usted que tiene?” me pregunto Selim.

“¿Yo?” No me sabia herido. De pronto sentí un dolor tremendo en el brazo izquierdo. El turco me inspecciono con cuidado.

“Muerda esto,” dijo el turco dandome un pedazo de cuero. Hice asi. “Tiene el hombro dislocado. Ahorita se lo arreglo. No le va a doler.” El turco me agarro del torso con una mano y agarro mi brazo con el otro.

“¡Hijoeputa!” grité de dolor. Pero el tratamiento fue efectivo.

Minutos despues el turco estaba contentisimo cargando la carreta con vendajes y medicinas. “Mire mi teniente,” dijo Selim sosteniendo un serrucho. “¡Que chulada! Es una sierra de huesos para hacer amputaciones. Viene de Alemania. Es lo mejor que hay. He estado amputando a hachazos.”

Yo me encontraba sobre una carreta sosteniendome el brazo adolorido. “¡Muy bien Selim!” La imagen del turco aserrando alegremente mi brazo me dio escalosfrios. “¡Piquenle en cargar las carretas! ¡Busquen tambien vituallas!”

Rapidamente desplumamos las bodegas. En lontananza se oyó el silbato de un tren.

“Es el tren de los refuerzos, mi general,” le informó mi tio a Fierro.

“Vamos evacuando. No voy a sostenerme aqui. Nos dirigiremos rumbo al norte, internandonos en la sierra.”

“…demencia senil…” alcance oir al taxista murmurarle al soldado. Estabá otra vez frente al campo militar numero uno.

“¡Vengo a cobrar mi chivo! ¡Dejame pasar chavito! ¡Puta madre!” Un viejo dolor se volvio a manifestar en mi hombro. “¡Cabrón Selim! ¡Yo creo que estudiaba para veterinario!”

“Pasele mi general,” dijo el soldado cuadrandose y saludandome otra vez.

“¿Quiere que vaya con usted?” preguntó el taxista. Se habia estacionado frente a la comandancia.

“No, esta bien. Espereme aqui por favor.”

“Vamos a cobrar el chivo, Manuel, estas en la pagaduria,” me dijo Brigida sosteniendome y hablandome con ternura.

Habia vuelto a la cordura. Aparte del fantasma de Brigida, todo era normal. La pagaduria estaba en un edificio al lado de la comandancia. Entré. A lo largo de las paredes estaba el grupito de soldados viejos de siempre.

“¡Viva Villa, bola de pelones!” les dije a manera de saludo.

“Ah que mi general, ¡no se nos ha petateado todavia!” me dijo un ex-mayor que habia andado con Obregon. Me dio el saludo reglamentario.

“Y bien, mi mayor, ¿ya abrieron?” le pregunte.

“Ya tenemos una hora esperando, mi general,” contestó un sargento. “Y no, no han abierto. Quien sabe que bronca se traen.”

Se oyó una conmoción afuera. Me sali a ver. Un nutrido grupo de mujeres habian forzado el paso en el piquete y ahora estaban aremolinadas frente al edificio de la comandancia.

“¡Regresen nuestros muchachos!”

“¡No sean ojetes!”

“¡Mi Jorgito no es revoltoso!”

“¿Donde esta mi hijo?”

“¡Regresenme a mi muchacho cabrones!”

“¡Quiero ver a mi hijo!”

“¿Donde quedo el honor de México?”

“¿Donde está el honor del uniforme?”

Otra vez la sensación de euforia se apoderó de mi. Me sentí rejuvenecer. Mis pasos me llevaron seguros, firmes, hacia las mujeres. “Y ora, ¿que chingaos se traen?” les pregunté aproximandome.

“Mi general, ni se les acerque,” me dijo el mayor. Intentó agarrarme del brazo pero me le zafe.

“¡Hijoeputa!”

“¡Deshonra ese uniforme!”

“¡No nos intimida!”

“¿No le da verguenza portar ese uniforme?”

“¡Quiero ver a mi hijo!”

“¡Diganme qué paso con nuestros muchachos!”

“Tranquilas, señoras, ¿que está pasando?” pregunté con firmeza.

Noté que los soldados habian cerrado hermeticamente las puertas de la comandancia. Las mujeres seguian gritando y llorando desesperadas. Daban golpes en las puertas. Para mi eran soldaderas. Querian tener razon de sus juanes.

“¿Tienen una lista de nombres?” pregunté a gritos.

Una mujer me dio una lista. “Aqui estan los nombres. ¿Que va a hacer?”

La mujer se me hacia conocida. “¿Usted es Juana Gallo verdad? Yo vide cuando le mento la madre a Huerta durante el entierro de Madero. ¡Eso es tener tamaños!”

“Mire, viejito, no sea pendejo. Mi nombre es Rosario. ¿Que va a hacer con la lista, cabrón?”

Sin decir mas, me abri paso entre las mujeres. Empece a golpear la puerta y a ordenar que me abrieran. De pronto la puerta se entreabrio y me jalaron para dentro.

“Usted perdone, mi general,” dijo un capitan. “Ya vienen los policias militares.”

“¡Una chingada! Denle esta lista a mi general Morelos Zaragoza. Son los nombres de gente que se llevó de leva. A ver cuantos regresaron vivos.”

“No entiendo mi general,” dijo el capitan agarrando la lista. “El general Morelos Zaragoza?”

“¡Los trenes que acaban de llegar de Tampico, cabron! ¿Donde está Higinio Aguilar? ¡Traia los trenes de la retaguardia! ¡Diganle al viejo cabrón que las viejas quieren saber de sus juanes!”

“¿Esta usted borracho mi general?”

“¡Borracha tu puta madre, cabrón! ¡Y si no dejan entrar a esas viejas a buscar sus hombres le digo a mi gente que abran fuego!”

“¡Pinche viejo senil!” gritó el capitan y sus hombres me sacaron de un aventon.

“¡Natera! ¡A mi!” grite. Malditos pelones les ibamos a partir la madre.

Las mujeres seguian gritando y llorando. “¿Y bien?” me preguntó la tal Rosario.

“Les dí la lista. Deje que encuentre a Higinio Aguilar. El viejo es un cabrón pero…”

No acabé la frase. Una turba de policias militares se dejaron caer entre las mujeres repartiendo culatazos. Los gritos eran desgarradores. Vi a la “Juana Gallo” caer de un culatazo en la sien.

“¡Cobardes! ¡Son mujeres!” les grité. “¡Ponganse con hombres!”

Dos soldados me levantaron en vilo y me llevaron a donde estaba el chofer del taxi.

“¿El viejito este viene con usted? ¡Lleveselo ya!”

Me subieron al taxi. Oia los gritos de las mujeres. Yo lloraba de rabia e impotencia. Me habia despertado y me sabia anciano. No habian fantasmas a mi alrededor. No habian catrines ni sombrerudos en las aceras. Ni la calaca catrina se paseaba por las calles. No era un Ford viejon el que me transportaba. Era un cocodrilo. Era octubre del 68 no 1915. ¡Y no veia a Brigida! Y las palabras en boca de las mujeres, dichas con rabia y desesperación, como si fueran mentadas de madre: “el honor de México”, “el honor del uniforme”, me sonaban en el cerebro, me torturaban. Lloré con amargura, de verguenza. Si: la vida es un sueño y solo se puede vivir soñando. Y cai en cuenta que ese infeliz chamaco, el soldado de leva que le disparó a Fierro en el camino a Pachuca, con sus huaraches y su khaki lamparoso y su kepi juarista y su rifle viejo y ansina mal comido, ¡ese cabron encarnaba el honor de México!

No comments: