Thursday, May 03, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXVII

XXVII El Secreto del Moro – Tercera Parte

D’Artagnan me veia burlonamente. “Bien, parece que Mazarino os dio una misión.”

“Ciertamente no queremos saber de que se trata,” dijo Porthos a su lado. “Le tenemos mucho amor al pellejo.”

Me encontraba yo en el patio de las barracas de los mosqueteros preparandome para el viaje. Mis alforjas colgaban de mi yegua. Dentro de estas se encontraban varias bolsas con plata que Mazarino me habia proporcionado.

“Os agradezco las lecciones de esgrima, señores,” les dije a los mosqueteros. “En efecto, tengo que partir y no puedo deciros adonde voy.”

“En efecto, asi son estos menesteres. ¿Me aceptareis un consejo?” pregunto D’Artagnan.

“Viniendo de usted, definitivamente, capitan D’ Artagnan.”

“Primero, me imagino que estais al servicio de Mazarino. Bien, este tiene enemigos,” explicó Artagnan.

“Muchos,” coreo Porthos.

“En efecto. Vuestra salida sera reportada. Asumid que os seguiran. Es lo mas conveniente.”

“Entiendo mi capitan.”

“Segundo, buscaros un criado. No es correcto embarcar en estas misiones si no se cuenta con un criado,” explicó D’Artagnan.

“Asi no tendreis que cuidar de los caballos y os podeis avocar a estar mas vigilante,” dijo Porthos.

A pesar de tener fama de tacaño, Mazarino me habia dotado con buena plata, suficiente para contratar un criado. “Pero, ¿no me ira este a traicionar?”

“En efecto Santa Cruz,” dijo D’Artagnan. “El requisito indispensable del criado en este tipo de misiones es la fidelidad. Tendreis que usar vuestro juicio para escoger uno que os sera fiel.”

Me subi a mi yegua. “¡Sea! Señores, gracias una vez mas. ¡Ojala nos volvamos a ver!”

“¡Buena suerte Santa Cruz!” contestaron los mosqueteros.

Sali de Paris, tomando el camino al sur, rumbo a España, el mismo camino que, segun me habia contado D’Artagnan, él años antes habia tomado siendo entonces un joven gascón montado en un jumento amarillo y portando una carta para el señor de Treville.

A la salida de la ciudad habia un carruaje detenido por ninguna razón aparente. Varios criados se habian apeado y un fulano con pinta de gentilhombre hablaba con una persona dentro del carruaje. Junto a él habia un hombrecillo moreno y rechoncho que inicialmente pensaba era un tartaro pero que luego reconoceria como un nativo de las americas. Al pasar yo junto vide adentro a una mujer rubia con ojos grises, guapisima. Me descubri como se acostumbraba en esos tiempos. La mujer me sonrio. El gentilhombre junto a ella, un hombron de barba cerrada me hizo una pequeña caravana. Al alejarme senti, sin embargo, sus miradas sobre de mi.

A la tercera noche fue que intentaron asesinarme. A proposito habia pedido un cuarto con una ventana qde donde se veian las caballerizas. Habia cenado en el cuarto comun y me dirigia a mi aposento cuando dos figures fornidas se plantaron frente a mi en el corredor.

“Bien, acabemos señores,” dije sosteniendo la bujia que portaba en alto mientras sacaba mi espada. Los dos fulanos se avalanzaron sobre mi con las espadas desenvainadas. Por la manera en que se movian era evidente que eran tan solo unos matarifes acostumbrados a robar las bolsas de los ancianos. El primero solito se ensarto en mi espada y cayo pesadamente a mis pies sin decir ni una palabra. El segundo titubeo al ver a su compañero morir. Esto fue suficiente para que lo hiriera yo en el brazo y dejara caer su sable. Estaba completamente a mi merced.

“¿Quien os mandó?” Le pregunte.

“Milady,” dijo el hombre. Me veia con los ojos desorbitados. “¡Soy hombre muerto si os digo mas!”

“¡Sois hombre muerto si no me decis mas,” le explique. Lo lleve a empujones hasta uno de los balcones donde le podia ver la cara a la luz de la luna. El hombre estaba palido y podia oler su miedo. Le planté la punta de mi espada en su garganta. “¿Quien es esta milady?”

“Milady…” El hombre no dijo mas. De pronto dio un grito de dolor Su ojos casi se salian de sus orbitas. Note que un dardo se le habia clavado en la base del craneo. El hombre empezo a echar espuma por la boca y cayo de rodillas frente a mi convulsionandose. Entre las sombras divisé al hombrecillo que habia visto antes. Sostenia frente a su boca una especie de tubo. Instintivamente supe que lo habia usado para lanzar el dardo fatal y supe que tenia que guarecerme. Apenas lo hice y vi como un dardo se clavaba en el dintel del balcon, cerca de mi testa. Recogi el dardo teniendo cuidado de no herirme. La punta estaba impregnada con una substancia aceitosa y tenia un olor algo fuerte. Me regrese apresuradamente a mi cuarto y me encerre a piedra y lodo a esperar el alba.

En la madrugada se oyeron gritos y juramentos. Los cuerpos de los matarifes habian sido descubiertos. Ya siendo de dia me baje al cuarto comun. El posadero habia hecho llamar al alguacil de la localidad y este se habia presentado con sus hombres. Estaban interrogando a todos los huespedes. Los cuerpos de los dos matarifes estaban expuestos sobre unas mesas.

“¿Y vos quien sois?” me preguntó el alguacil.

Por toda respuesta le extendi una carta que me habia proporcionado Mazarino:

A quien corresponda:

El caballero de Santa Cruz está a mi servicio. Si ha hecho lo que haya hecho lo hizo cumpliendo mis ordenes y sirviendo al rey.

Mazarino

“Bien, idos pues,” dijo el alguacil sacudiendo su cabeza.

Un criado me trajo mi yegua. El patio de la posada hervia de alguaciles lo cual fue afortunado. Enfrente de la posada se encontraba el hombron de barba cerrada y el hombrecillo con aspecto de tartaro. Era evidente que se encontraban frustrados pues no iban a poder echarseme encima. El hombron me veia con odio no disimulado mientras que el hombrecillo tenia una sonrisa burlona. Espolie a mi yegua y me dirigi al sur. A unas leguas de la posada escondi mi yegua y espere. En efecto, pronto se aparecio el carruaje y alcanze a ver dentro de este al hombron y a la mujer rubia. El hombrecillo “tartaro” seguia al carruaje montado en una mula.

Llegue a Tolosa de Langedoc unos dias despues muy seguro de haberme escapado de mis perseguidores. Decidi esta vez quedarme en una posada de buena categoria pues estaba fatigado del viaje y cansado de que me andarn intentando navajearan en un corredor. Ya guardadas bien mis cosas decidi ir a buscar una buena cena.

En la plaza enfrente del antiguo circo romano habia unos carruajes que se me hicieron familiares. En efecto, enmedio de la plaza unas gitanas bailaban lubricamente acompañadas de un tamborilete. Me les acerque entre la multitud. Las mujeres eran de carnes generosas y mostraban estas sin pudor. La gente, en su mayoria hombres, las veian hipnotizados.

El sacar mi daga y ponersela en la garganta al fulano que trato de tomar mi bolsa fue cuestión de un suspiro. Y no, no fue por el entrenamiento que recibi de D’Artagnan que reaccione de tal manera. Mas bien fue por el par de años que habia andado de soldado en los tercios que me habia hecho tan ducho con el alfange.

“¡Lucas Macanas!” dije reconociendo al hombre que palido me miraba. Su mano todavia estaba posada sobre mi bolsa.

“¿Su señoria me conoce?”

“Aparentemente os estais poniendo viejo. Antes podiais quitarle la bolsa al mismo Belcebu sin que este se diera cuenta.”

“¡Su señoria se equivocal!”

“¿Tanto asi he cambiado? ¿No me conoceis Macanas?” Baje la daga que ya habia sacado una gota de sangre de su garganta.

El gitano se me quedo viendo fijamente. “¿Pedro? ¿Pedro de Santa Cruz?”

“¡El mismo!”

“Habeis embarnecido. Antes erais tan solo un jovencito. ¡Os debo una disculpa!”

“Compradme un trago entonces.”

Nos fuimos a una taberna cercana.

“En cuanto vide a Carmen, Zenobia, y Fraustita bailando sabia que vos estarias cerca,” le explique.

“Os dabamos por muerto. Despues de que os sacamos de Sevilla se presentaron varios hombres preguntando por vos.”

“¿Uno era un cura jesuita?”

“En efecto. Lo conozco bien. Es un fulano muy peligroso.”

“¿Que sabeis de una mujer rubia a la que llaman milady?”

Lucas empezó a toser. “¡Voto a Belcebu! Pedro, no me pregunteis mas, os lo ruego.”

Le volvi a llenar su tarro. “No puede ser tan mal la cosa. Es evidente que la conoceis. ¿Que me podeis decir de ella?”

Macanas sacudio su cabeza. “Hay cosas que no puede uno revelar.”

“¿La habeis servido antes?” insisti.

De mala gana Macanas se bajo su trago. “Si. Paga bien. Todos los que estan en el juego pagan bien.”

“¿Que juego es ese?”

Macanas miro a su alrededor. “Bien, Santa Cruz, nada mas porque os debo la vida os contestare. Veras, el tal juego lo juegan los reyes. No es un juego para hombres comunes y corrientes. El tablero es toda la Europa. Lo juega el rey de España, el gabacho, el papa, hasta el mismo emperador lo juega.”

“¿Mazarino lo juega en nombre del rey de Francia?”

“En efecto, Luis XIV es tan solo un mozalbete. Algun dia sera hombre y seguro lo jugara tambien.”

“¿En que consiste el dichoso juego?”

“Bien, sabed que el inventor fue el mismo Richelieu. El juego consiste en demonstrar que podeis hacer y deshacer en los dominios de vuestro oponente. Generalmente eso significa mandar correos a traves de los dominios de tu rival y luego alardear de que vuestro agente logro pasearse impunemente en tierras de vuestro oponente. Como os imaginareis, aquel que tenga la mejor red de espias y bocones tiene la ventaja. Richelieu tenia tal vez la mejor organización. El papa le sigue en peligrosidad.”

“¿Correos? ¿Tanto empeño nada mas en llevar un documento de un lugar a otro?”

“Por lo general se trata de secretos de estado, evidencia de una infidelidad, que se yo. Lo que pasa es que los reyes se aburren. Tienen que divertirse a su manera. Mueven a sus agentes como piezas de ajedrez. La idea es que tus agentes le abran el buche al correo de tu oponente y quitarle lo que porta.”

“¿Y que tiene esta milady que ver en todo esto?”

“Hasta hace poco milady trabajaba para Richelieu. Ahora que murio este milady quedo desempleada. Mazarino es muy tacaño y no queria pagar lo que ella pedia. Milady decidio independizarse. Ofrece sus servicios al mejor postor.”

“¿Y quien es el grandote que la acompaña?”

“¿Un barbon fornido? Ese es Rochefort, su amante. Y si quereis saber como sé todo esto, dejadme decirte que a veces milady me ha subcontratado para hacerle trabajitos. Conozco todos los caminos entre España y Francia. Sé como entrar en ambos reinos sin que las autoridades se enteren. He llevado a mas de un correo a traves de la frontera. Tambien he hecho a varios desaparecer. Es cuestión de plata y uno tiene que comer. Pero bien, si andais preguntando sobre milady supongo que os habeis incorporado al juego. ¿No sereis tan bruto de ser un correo?”

Empece a toser. “¿Porque decis eso?”

“Parte de las reglas es que cuando se manda un correo se le avisa a los oponentes que ya partio y adonde se dirige. La idea es hacer el juego mas interesante.”

“¿Quereis decir que Mazarino le avisaria a sus contrarios que mandó un correo?”

“Si. Y tambien a milady. Por eso espero que no seais tan bruto en tomar tal trabajo. Pocos sobreviven.”

“¡Santo Dios!” fue todo lo que alcance a decir cuando tres pares de manos me agarraron bruscamente.

“¡Es él!” dijo Fraustita.

“¡Esta mas gordo!” dijo Carmen.

“¡No, mas bien yo lo vide mas flaco!” dijo Zenobia.

Las tres habian sacado unas dagas y las tenian contra mis carnes. Sin mas, las mujeres me sacaron de la taberna y me llevaron a empujones a su carruaje y de ahi nos dirigimos al campamento gitano en las afueras de Tolosa de Langedoc. Lucas me seguia riendose a carcajadas.

En el campamente me acercaron dos niños y una niña. Eran muy parecidos y asumi que eran hermanos. Todos eran morenisimos, como yo. Junto a ellos estaba un patriarca viendome fijamente y sin decir palabra.

“¡Este es Pedrito!” dijo Carmen.

“¡Este tambien es Pedrito!” explico Zenobia.

“Y la niña se llama Miriam,” apuntó Fraustita. “Creo que asi habiais dicho que se llamaba vuestra madre.”

“¡Ave Maria!” fue lo que alcanze a jurar. Era evidente que la noche que pase con las tres hermanas habia estado yo muy brioso.

“Habeis deshonrado a mis hijas,” dijo el patriarca. En sus manos tenia un cuchillote “Solo con sangre podreis lavar su honor. ¡Bajadle los pantalones!”

Unos mozos fornidos me agarraron y me levantaron en vilo y empezaron a desvestirme.

“¡Lastima!” dijeron las hermanas suspirando viendo mis verguenzas.

“Cuando acabe no podra deshonrar a mas doncellas,” explicó el patriarca.

“¡Lucas! ¡Ayudame os lo imploro!” Los mozos me sostenian firmemente y estaba yo en pelotas y expuesto.

“Casaros con ellas Santa Cruz y todo estara bien.”

“¿Con las tres?”

Macanas se rio. “No podeis hacer bastardos a dos de estos niños y legitimar solo a uno. ¿Por qué no? Nuestras leyes lo permiten.”

“¡Sea!” contesté.

“¡Hijo mio!” dijo el patriarca abrazandome y dandome de besos. Los tres niños se me echaron encima tambien abrazandome. Los mozos me ayudaron a vestirme y me pasaron una bota. De algun lugar empezaron a tocar musica y la fiesta se armó.

La ceremonia era muy sencilla. Las tres mujeres portaban unos ramilletes de rosas en la testa y me dieron cada una a beber una taza de vino. Hecho esto, el patriarca nos nombro marido y mujeres.

“¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!” dijo Aramis aplaudiendo y entrando al campamento gitano. “¿Y que tenemos entonces aqui? Una ceremonia pagana en tierras del rey de Francia. ¡Que interesante!”

“Es el jesuita ese que os buscaba. Es un agente del papa,” explicó Lucas.

Aramis vestia todo de cuero negro elegantisimamente. Caminaba despreocupado entre los gitanos, varios de los cuales ya habian sacado alfanges y macanas.

“¿Que quereis, señor de Aramis?” pregunto mi nuevo suegro que aparentemente lo conocia.

“Tan solo queria cerciorarme de que en efecto se habia iniciado un nuevo juego. Me habian dicho que el correo era Santa Cruz. Pensaba que habia muerto.”

“¡Lo sabia Santa Cruz!” se rio Macanas. “¡Solo a vos se os ocurre tomar ese trabajo!”

“Desgraciadamente lo voy a tener que matar,” explicó Aramis. “Pero os hago una propuesta. ¿Por qué mejor no me dais lo que portas y os dejo vivo como hice en Sevilla?”

“¡No tengo nada todavia!” protesté.

“¡Pamplinas!” dijo Macanas. “Si os perdona la vida en tal caso el papa no tendria los veinte puntos!”

“¿De que puntos hablais?” le pregunte incredulo.

“¡No os atrevereis a tocar a mi yerno!” exclamó el patriarca. “¡Dificil fue encontrar un valiente que se casara con mis tres hijas!”

“Pero os dirigis a la Nueva España ¿verdad?” preguntó Aramis. “Os tendre que matar antes de que salgais de Europa. No me gustan los viajes por mar. La sal es mala para mi cutis.”

Maldije a Mazarino por toda respuesta. ¿Que clase de juego estupido era este donde todos los detalles eran divulgados?

Los gitanos rodearon a Aramis. Este parecia no preocuparse. Aunque eran veinte contra uno no tenia la seguridad de que pudieran matar al jesuita. “Tened cuidado con él,” les adverti. “Es un maestro con la espada.”

“Pues yo tengo un arcabuz,” dijo Macanas sacando tal y apuntando a Aramis.

“Concededme una venia entonces,” contestó Aramis.

“¡Sea! Os costara cinco puntos,” anuncio el patriarca.

“¿De que hablan Lucas?” le pregunté.

“Vuestra muerte le ganaria veinte puntos al papa. Cada punto consiste en una barra de oro macizo. Pero si un agente se encuentra en jaque puede zafarse pidiendo una venia. Solo se concede una por agente en cada juego. Vuestro suegro no la puede negar pues tal vez alguna vez la necesite tambien. Le va a costar cinco puntos al papa pero su agente seguira con vida.”

“¡Mejor vaciadle el arcabuz!” protesté. “¡Ese hombre es el mismo demonio!”

“En efecto,” dijo Macanas mientras continuaba apuntando a Aramis. “Bien sabia que solo obtendria los puntos si os mataba. Queria, sin embargo, que le dieras vuestro correo para que confiado os pudiera sorprender y matar despues.”

“Desafortunadamente ya accedi a darle la venia,” explicó el patriarca. “Dejad que Aramis se vaya sin que lo molesten.”

Aramis hizo una elegante caravana y salio del campamento de los gitanos.

“Me temo que lo mejor sera si continuais vuestra misión,” explicó Macanas.

“¿Continuar? ¡Si ya toda Europa sabe que voy en camino!”

“Seria lo mejor,” dijo Fraustita.

“Por el bien de nuestros hijos,” sostuvó Carmen.

“Le podreis dejar una herencia,” confirmó Zenobia.

“¿Herencia? ¡No tengo mucha plata!”

“La recompensa de los correos son diez barras de oro por cada viaje,” explicó mi suegro. “Los reyes tienen este guardado en la casa de los Fuggers, los banqueros. El premio está garantizado. Sin embargo, pocos correos lo reclaman.”

“¡Hazlo por nuestros hijos!” me imploraron las mujeres.

Mis manos se habian posado sobre las cabelleras de los zagales que eran mis hijos. “Bien,” accedi. “Lo hare por ellos. Pero necesitare ayuda para cruzar la frontera.”

“Eso no es problema,” dijo Lucas.

“Bien, dejadme ir a recoger mis alforjas.”

“¡No seais bruto!” me regaño Carmen.

“Mandaremos a uno de nuestros hermanos,” explicó Fraustita.

“Si Aramis sabe que estais aqui en Tolosa para estas horas tambien milady lo sabe,” continuo Zenobia.

En efecto, unas horas despues regresó uno de los gitanos montando mi yegua con mis alforjas. “Lo estaban esperando,” explicó. “Vide al mejicano ahi.”

“¿Quien es el mejicano?”

“Es un indio al servicio de milady. Es un experto con la cervatana y la navaja. No tiene misericordia. Le temo mas que a Rochefort,” me aclaró Macanas. “La caravana partira en la madrugada hacia el occidente. Tal vez la sigan pensando que quereis entrar a España por el rumbo de la Biscaya. Dejaremos que se adelante. Tu y yo Pedro nos vamos a esconder un dia en una finca arruinada en las afueras de Tolosa. A ver si asi los podemos despistar. Tomaremos al sur e intentaremos entrar por el rumbo de Barcelona.”

“Por ahorita es nuestro,” dijo Carmen.

“Es nuestra noche de boda,” apuntó Fraustita.

“Niños, vayanse al carruaje de su abuelito y no nos molesten,” acabó Zenobia.

En la madrugada senti moverse el carruaje. La caravana habia partido. Macanas me desperto y todo ojeroso y entre besos y juramentos de amor eterno me despedi de mis esposas y me deje caer del carruaje. Macanas me llevo a las ruinas de una venta y ahi esperamos el amanecer. En efecto, primero vimos pasar a Aramis seguido por su criado. Despues vimos el carruaje de milady y su sequito.

“Parece que los despistamos,” dijo Macanas. Sacó los caballos y nos dirijimos al sur, hacia los Pirineos.

Sacudi la cabeza. “No por mucho tiempo. Aramis seguramente se dara cuenta del ardid pronto.”

Seguimos el viejo camino de los peregrinos a Compostela hasta que topamos con las montañas. De ahi Macanas me llevo por veredas extraviadas y bordeando precipicios en dirección generalmente al sureste. “En el camino habrian espias,” me explicó.

“Mazarino no me dijo nada de que podia ganarme diez barras de oro,” protesté.

Macanas se rio. “El hideputa no hubiera tenido empacho en reclamarlas en vuestro nombre si sobrevivierais.”

“Le dare tres barras a cada una de mis esposas y yo me quedare con una. Creo que es lo justo. Despues de todo, soy yo el que está arriesgando el pellejo. ¿Donde puedo reclamar el premio en caso de que sobreviva?”

“Los Fuggers tienen una oficina en Genova. Lo tendreis que hacer ahi.”

Me acorde del consejo de D’Artagnan. Macanas era hombre de confiar, por lo general. Me atrevi a preguntarle: “¿o quereis ser mi compañero de viaje? Puedo pagaros bien.”

“¡Definitivamente no! No sé cuantos años me queden antes de que el diablo me lleve a los infiernos. Pero no quiero facilitar mi ida siendo despanzurrado por Aramis o Rochefort.”

“Bien, de todas maneras necesito un criado que me ayude en el camino.”

“Adelante hay una venta donde pienso que pasemos la noche. Este camino solo lo conocen los contrabandistas. Dejad que pregunte a ver si hay un valiente dispuesto a ir con usted hasta la Nueva España.”

La venta era una posada de mala muerte llena de tipos con caras patibularias, fugitives del garrote les llamaba Macanas. Todos parecian conocer al gitano pues lo saludaron amablemente.

“¡No os habeis muerto Lucas!”

“¡Ea Macanas! Que oi que los corchetes os buscan.”

“¡Y tambien la inquisición!”

“Va a haber chicharroniza!”

Macanas me sentó en una esquina obscura del cuarto comun mientras hablaba con sus conocidos. Eventualmente regresó. Lo acompañaba un individuo rechoncho, lamparoso, y bajo.

“El amigo aqui esta dispuesto a entrar en vuestro servicio,” me dijo Macanas. “Os sugiero que hableis con él a ver que os parece.”

“¿Lo conoceis?” pregunte, viendo con escepticismo al hombre.

“Es primo lejano del compadre de mi compadre,” explicó Macanas. “Pero dan buenas recomendaciones acerca de él.”

“¡A ver! Acerquese buen hombre,” le dije ofreciendole la bota. El hombre aceptó gustoso el ofrecimiento y se sentó frente a mi.

“Estoy dispuesto a servir a su señoria. Pero…”

“¿Pero qué?”

“¿No le importaria a su señoria contestarme una pregunta?”

“El señor no va a revelar su nombre,” le explicó Macanas. “Es, sin embargo, un hidalgo y cristiano viejo.”

“Bueno, yo confieso que tengo ancestros que no comian tocino,” contestó el hombre. Punto a su favor. En la España de mis tiempos cualquier arriero se la daba de cristiano viejo, hidalgo, y descendiente de Guzmanes o Fernandezes. O bien el hombre era honesto o bruto o ambas cosas a la vez. “No, no quiero saber detalles sobre adonde va el caballero o por qué. Solo quisiera saber si es aficionado a las lecturas.”

“¿Lecturas?”

“Si, de libros de caballeria, especificamente. Yo estaba al servicio de otro hidalgo, cristiano viejo tambien, pero este enloquecio leyendo libros de caballeria. Yo le segui la corriente pues mi esposa pensaba que mi amo nos heredaria bien al morir. Tal sucedio hace poco. Pero desafortunadamente ¡por toda herencia recibi los mismos libros de caballeria que enloquecieron a mi amo! Mi esposa me aventó a la testa un Amadis de Gaula y me abandonó. Francamente no la culpo. Si supiera usted todas las desventuras que sufri siguiendo a ese infeliz loco ¡y pensar que por toda recompensa recibi unos libracos malditos!”

“Despreocupais. Yo no leo mas que las cartas de navegación pues comandé 200 galeras al servicio de don Juan de Austria en Lepanto. (A mi tambien me gusta dorar la pildora.) Y que sepa yo, no hay locura en mi familia. Os advierto sin embargo que mi misión puede resultar peligrosa.”

“¿No hay gigantes entre vuestros enemigos? ¿O va acaso a rescatar a princesas encantadas?”

“Todos mis enemigos son de carne y hueso,” aclaré. “E infantas solo las he visto en la corte y todas son bigotonas y con el labio austriaco. No valen la pena arriesgar el pellejo para rescatarlas.”

“El caballero os recompensara bien,” dijo Macanas.

“¿Me hara acaso gobernador de una insula?”

“No os prometo tal cosa. Una bolsa gorda de plata si os ofrezco.”

“¡Sea!” dijo el hombre ofreciendome su mano callosa. “Si su señoria me toma a vuestro servicio, yo, Sancho Panza, sere vuestro fiel escudero.”

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