Friday, June 08, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXVIII


XXVIII De Leva

Dos de Octubre de 1968

Era mediodia cuando regresamos a los multifamiliares. El chofer del taxi me ayudó a subir a mi apartamento. Dentro se encontraba mi vecina doña Lupita haciendo el aseo.

“¡Ave Maria, ¿pos que le pasó al general?” exclamó doña Lupita al verme.

“Es que hay una bronca en el campo militar. Por lo de los estudiantes,” explicó el chofer.

Doña Lupita me tomó del brazo. “¿Lo golpearon?”

“Estoy bien, doña Lupita.” He notado que entre mas viejo se hace uno mas lo tratan a uno como niño. “Me maltrataron pero no me dieron de golpes. A las que golpearon fueron a unas de las madres de los chamacos que han arrestado. Ya ni la chingan. Pancho los hubiera fusilado.”

“¿Lo acostamos, señora?” preguntó el chofer, insistiendo en tratarme como parvulo. Tanto él como doña Lupita insistieron en llevarme a mi recamara.

“¡Ah que las arañas! Que les digo que estoy bien.” Saque unos pesos que tenia bajo la almohada. “Tenga, joven, vayase por favor.”

Aunque no habia cobrado mi chivo tenia varios sobres de raya guardados en toda mi habitación. Casi no gasto, excepto en pagarle a doña Lupita para que me haga el aseo y me cocine. Y el apartamento me lo dio la SEDENA.

“Pos yo no lo puedo dejar solo. Se vé todo alterado,” dijo doña Lupita. “No se me vaya a morir.”

“No se preocupe, dejenme solo, por favor. A ver si regresa Brigida. Ella me hara compañia.”

“¿Brigida es su esposa?” le pregunto el chofer a doña Lupita en voz bajita. ¡Como si no fuera yo a oir! No todos los viejos se ponen sordos.

“Si. Pero es un fantasma,” le explicó doña Lupita en voz igual de quedita.

“Que me dejen solo, carajos,” dije ya con insistencia.

“Ta gueno, nos vamos mi general,” accedio doña Lupita. “Ahi le dejé unas entomatadas en la estufa.”

Ya que se fueron los dos, me quite con trabajos mi uniforme. Me quite mis botas federicas y me puse mis pantuflas y me puse a buscar en el closet. A veces un hombre necesita alcohol. En efecto, tenia una botella de cognac media llena. Al estar buscando entre mis tiliches me encontre mi vieja pistola, la misma con que Fierro le habia ganado el concurso de tiro a Patton. Estaba toda herrumbrosa. La sopesé por un momento. Estaba cargada. ¿Tendria acaso el valor? Me llevé la botella y me sente en la cama. Me tome dos tragos. Levanté el arma y pusé el cañon en mi sien. Aprete mis ojos.

“Quitale el seguro primero, Pavón, no seas tan pendejo,” dijo Brigida observandome desde una esquina.

Bajé la pistola. En efecto, tenia el seguro puesto. De pronto ya no me sentia con el animo para hacer lo que estuve a punto de hacer.

“Mejor me emborracho, vieja. A ver si el alcohol me mata.” Me fui rengueando a la sala y me sente en mi sillon. Volvi a tomar unos tragos. Brigida me observaba sonriendo. Vieja cabrona.

“¿Tu siempre vas a estar asi de chula?” le pregunté. El espectro me hizo una señal obscena. A lo lejos podian adivinarse las copas nevadas de los volcanes. El trago me amodorró. El popo poco a poco se fue convirtiendo en el pico de Orizaba. Lo ultimo que vi fueron mis pies. Eran los pies de un viejo, llenos de callos y juanetes.

Coscomatepec, febrero de 1911

Mis huaraches pisaban el empedrado de piedra volcanica de la calle principal del pueblo. Mis pies eran los de un chamaco. Acaso tendria quince años. Me sentia ligerito, lleno de vida. Coscomatepec se asienta como un nacimiento al pie del majestuoso pico de Orizaba. El pueblo era frio y siempre brumoso. La cima del volcan se divisaba surgiendo entre las nubes.

“Abraham dice que ya lo hizo,” dijo una voz a mi lado.

Reconoci a mi primo Jaime. Al morir mis padres en un accidente ferroviario mi tio Francisco, el maestro de la localidad, me habia recogido. Jaime era su hijo y habiamos crecido juntos como hermanos, aunque yo le llevaba un año de edad. Jaime estaba en esa edad entre hombre y niño con voz de gallo que está aprendiendo a cantar. Mi voz habia cambiado unos meses antes y habia empezado a dar mi “estiron”.

Tanto Jaime como yo andabamos desesperados tratando de ver la manera de perder nuestra virginidad, sin mucho exito. Para nosotros habia como una especie de muralla que solo podia ser salvada una vez que ese paso se tomara. En nuestra ingenuidad pensabamos que solo conociendo mujer nos convertiriamos completamente en hombres. Y por supuesto andabamos rete jariosos a esa edad. El tal Abraham era otro chavito de nuestra escuela, donde mi tio, egresado de la normal de Xalapa, nos daba instrucción secundaria.

“¿Y tu le crees a ese cabrón? A menos que sea con una borrega no creo que haya sido con una mujer.”

Jaime se rio. “Bueno, siempre podemos ir con la Grilla.”

La Grilla era una infeliz prostituta que solia frecuentar los mesones de los arrieros y las cantinuchas del pueblo. Asi le decian porque andaba saltando de palo en palo. Si acaso alguna vez habia sido guapita todo eso ya se habia perdido hace años. Habia cambiado su belleza por los tristes cobres que le daban los rancheros.

“Mi tio, tu papá, nunca nos daria dinero para ir con la Grilla. Ademas de que sabe Dios que enfermedades nos pegaria.”

Jaime suspiró. “No se vé enferma. Y no está tan fea.”

Jalé a Jaime a la orilla del camino. Adelante se veia una figura femenina que caminaba entre los cafetos. “Hablando del diablo, mira quien va alla.”

“¡Es la Grilla!” exclamó Jaime.

“Vá a bañarse, vente, yo se donde se puede espiar.”

Eso hicimos en efecto. La Grilla se habia quitado sus trapos y se bañaba sin preocupación en el arroyo. Tanto Jaime como yo la contemplabamos con ojos desorbitados de entre la maleza, las hormonas hervian en nuestras venas.

“Está muy peluda,” observó Jaime.

“Es que es medio gachupina,” le expliqué. Yo la observaba embelezado. Tal vez la cara de la mujer mostraba los estragos de su vida pero sus carnes todavia valian la pena observar desnudas. Para mi la mujer era Isis, Afrodita, y Ashtarte todas en una.

“¡Aguas!” exclamó Jaime. “Se acerca un jinete.”

En efecto, montado en un brioso alazan y siguiendo el curso del arroyo se aparecio un jinete. Este portaba un traje de charro negro, muy bonito, con botones de plata y un amplio sombrero.

“Es Cardenas, el rural. Es de los de la acordada,” dije reconociendolo. La acordada eran las partidas de rurales que Porfirio Diaz habia creado para perseguir a los bandidos y abigeos.

“Es todo un hijoeputa,” añadio Jaime.

La Grilla tambien se dio cuenta del jinete. Se volteo y se cubrio los pechos. La sonrisa que le dio al rural lo decia todo.

“Ya te extrañaba, mi Grilla,” dijo el rural, apeandose. Luego, tomo a la mujer desnuda y la abrazó y la beso.

“¡Como se atreve ese cabrón!” gemi indignado. La Grilla me pertenecia. Estaba enamorado.

“¡Callate, pendejo!” alcanzó a decir mi primo. “A la mejor cogen aqui mismo.”

En mi desesperación trate de encontrar un palo o una roca, algo con lo que pudiera enfrentarme al rural y su pistolon.

“Te necesito,” le dijo Cardenas a la Grilla. Se quitó el sombrero y se puso a desabotonarse el cinturon.

“Esperate tantito, Francisco,” contestó la mujer. Se volteo hacia donde nos escondiamos. “¡Orale pinches chamacos! ¡Larguense a su casa!”

Salimos huyendo perseguidos por las risas de la pareja.

Cuando llegamos a casa de mi tio observamos una escena curiosa. Dos hombres esbozados con sus sarapes se despedian de él por la parte de atras de la casa.

“Se van con cuidado,” les dijo mi tio. “La acordada anda por el camino a Orizaba.”

Mi tio nos vio llegar. “Metanse a comer. Ustedes no vieron nada, ¿entienden?”

Estabamos muy amoscados. La imagen de la Grilla desnuda me torturaba y aparentemente hacia tambien estragos en mi primo.

“¿Y ora que traen estos dos cabrones?” preguntó mi tio a mi tia. “No comieron mucho.”

“Vete a saber en que lio se andan metiendo,” respondio mi tia, con ese instinto tan agudo que tienen las madres.

En eso se oyeron toquidos en la puerta y se oyo la voz de don Julio, el compadre de mi tio. “¡Abra don Pancho!”

“¿Que trae compadre? Está todo alborotado.”

“¡Que viene don Abundio con los rurales a arrestarlo! !Me dieron el norte en la alcaldia y me vine de boliche a decirle!”

“¡Santo cielo! ¡Ya ves!” exclamó mi tia. “¡Te dije que no te metieras en esos trotes!”

Mi tio no lo pensó dos veces. Agarró su escopeta y se dirigio a la puerta trasera. “¡Compadre! ¡Ahi le encargo! Vieja, perdoname, pero esto es cosa de hombres.”

“¿Onde vas?” gimio mi tia.

“Los maderistas estan en las afueras. Me voy a unir a ellos. No te preocupes. Busca en el pozo. Ahi escondi unos centenarios. Vuelvo en unos dias, ya que se calmen las cosas. Si me quedo me matan o me mandan a San Juan de Ulua.”

Mi pobre tia se volvio un mar de lagrimas. “Espabilese comadre, vienen para aca,” dijo don Julio. “Digales que don Pancho se fue a Orizaba. Yo dire lo mismo.”

Don Abundio era un viejon de bigote cano que era el jefe politico del pueblo. Conocia muy bien a mi tio y varias veces habia cenado con nosotros. Era evidente que el viejo no se sentia a gusto con lo que andaba haciendo. “Señora, este es el cabo de rurales Francisco Cardenas. Trae una orden de aprension para el maestro Pavón. ¿Se encuentra aqui?”

Jaime y yo nos habiamos refugiado en nuestro cuarto y observabamos por una rendija. “¡Es mi rival!” exclamé. “¡Es el cabrón que abusó de la Grilla!”

Era Francisco Cardenas un fulano con cara de hijoeputa que no podia con ella. Contemplaba todo con un par de ojos muy juntos, como los de una rata. Traia con él a otros cinco rurales, todos con igual facha de malditos.

“Aplacate, Manuel,” aconsejó Jaime. “Son seis contra ti, asumiendo que don Abundio no se pasara de su lado.”

“¿Donde está el maestro Pavón?” demandó Cardenas.

“Mi marido se-se fue a Orizaba,” contestó mi tia.

“¡No me importa morir!” exclamé. Me puse mi machete al cinto.

“¿Estas loco, Manuel?” me dijo con asombro Jaime.

“Se fue hace unas horas,” confirmó don Julio.

“El maestro Pavón siempre ha sido leal al gobierno,” explicó don Abundio. “Ha de ser un malentendido señor Cardenas.”

“No se hagan pendejos. Y aqui está la orden firmada por el juez de la acordada. Al tal Francisco Pavón se le sospecha de ser parte de los insurrectos y se dicta orden de aprehensión.”

“¡Pos no esta aqui!” insistio mi tia.

“¡Pero yo si!” grite entrando a la habitación con mi machete medio fuera de su faja.

“¿Y este gallito pendejo?” dijo Cardenas sonriendo al verme.

“¡Esta loquito!” explicó Jaime. “No le haga caso, mi cabo.”

“¿Loco? Tal vez, de amor, si y ¡dispuesto a vengar mi honor!”

“Es solo un chamaco pendejo, mi cabo,” dijo don Abundio tratando de torear a Cardenas.

“Se la jala mucho,” insistio Jaime. “Ya está medio tarado.”

“¡La Grilla es mia cabrón!” alcanze a jurar. Me le avalanze a Cardenas con el machete por delante. Este se rio y me tumbó de una patada.

Cardenas les dijo a sus rurales: “Si no está el maestrito, vamos llevandonos a este gallito. Mandenlo a Orizaba a la leva. Ahi le van a quitar lo peleonero.”

Y asi, entre los llantos de mi tia, las mentadas de los rurales, las protestas de Jaime y de don Abundio, me encaramaron amarrado a una mula y me llevaron de leva a Orizaba. La Grilla, mi Dulcinea del monte, seria la primera mujer por la que arruine mi vida.

Y tambien seria la primera cabrona que me romperia el corazón. Dos dias despues amaneci todo adolorido pues habia pasado la noche durmiendo al ras en la plaza de armas de Orizaba. Estaba yo en una cuerda de muchachos que habian recogido de leva. Los soldados nos rodeaban y nos observaban recelosos. Alcance a ver al tal Cardenas hablando con un oficial federal.

“Les traje cincuenta gentes, mi capitan,” explicó Cardenas.

“Esos cabrones casi ni hablan español,” dijo el oficial viendonos con desden. Era un catrin muy prendidito con el pelo todo envaselinado. Sus botas federicas eran todas lustrosas y portaba en sus manos enguantadas un fuete.

“No les confie, mi capitan. Hay varios que son rete broncos.” Cardenas me apuntó. “¿Ve ese cabron? Mató a dos de mis hombres a machetazos. No lo fusile nomas porque tenia que completar la cuerda. Es todo un asesino.”

“¿Ah si? Pos se lo voy a encargar al sargento Toribio. Ese es un verdadero hijoeputa y le vá a quitar lo machito.”

Para esas alturas, asi hambriento y adolorido como estaba, no me importaba si me asignaban a las ordenes del mismo diablo. Pero en eso vi que una mujer se le acercaba a Cardenas y mi corazón sufrio un sobresalto. Me paré todo adolorido de la loza. Era la Grilla. No pude evitarlo. Me dirigi a ella.

“¡Sois mi cielo! ¡Mi sol!” exclamé aproximandome a ella con los brazos abiertos.

La mujer, que le llevaba un taco al tal Cardenas, me observó con asombro. Era evidente que se habian “arrejuntado” y era ya la mujer del cabo de rurales.

No llegue ni cerca. Un culatazo me tumbó. “¡Regresese al redil, cabron!” me dijo uno de los juanes que me habia soltado el marrazo.

“¿Ya vide, mi capitan?” dijo Cardenas. “Yo que usted lo mandaba fusilar. A menos que crea poder domar a ese cabrón.”

Escupi unos dientes y sangre. Pero lo que mas me dolio fue la risa de la Grilla. Como dije, ahi mismo me rompio el corazón.

“No se preocupe Cardenas.” El oficialito se me acerco y me dio un fuetazo. “Este cabrón va a aprender que es amar a Dios en tierra de indios. ¡A ver, sargento Toribio! ¡Agarre a ese cabrón y pasenlo por cajas de inmediato! ¡Está bajo su mando de ahora en adelante! ¡Pongale una chinga de perro bailarin para que se le quite lo gallito!”

El tal Toribio era un indiote con cara de asesino con una cicatriz que le dividia la nariz. Ordenó a sus gentes que me llevaran ante una mesa improvisada. A pesar de los golpes yo buscaba desesperado a la tal Grilla. Pero ya ni sus luces.

“¿Nombre?” preguntó un sargento pagador.

“Manuel Pavon.”

“Ponga su cruz aqui, en la raya.”

“Sé leer y escribir.”

“Pos jirmele entonces.”

“¿Este sabe leer y escribir?” pregunto el capitancito que habia estado hablando con Cardenas. El hijoeputa se me acerco y me levantó la cara con el fuete. “No está mal. No es algo de lo que le presumiria a Ignacio de la Torre y Mier [1], pero no está mal. ¡Bañenlo y asignenlo a mi servicio!”

“Es un asesino, mi capitan,” dijo el sargento Toribio.

“Asi me gustan, broncos,” dijo el capitan acicalandose el bigote y alejandose.

“Te hubiera ido mejor conmigo, muchacho,” me dijo el tal Toribio en voz baja. “Yo solo te partiria la jeta pero te haria soldado. Ese puto del capitan Cervantes te vá a querer hacer mujer. ¿De donde eres?”

“Soy de Coscomatepec, mi sargento.”

“¿De los Pavón de ese rumbo?”

“Si, mi sargento.”

“¿Conoces a Francisco Pavón el maestro?”

“Si, mi sargento. Es mi tio.”

“¡Puta madre! Fuimos amigos hace muchos años. Escucha, muchacho, te voy a ayudar. Quitame el rifle y dame un guamazo. ¡Hazlo!”

Sin pensarlo mas hice asi. Se armó toda una bronca. El caso es que esa noche dormi preso en la carcel de Orizaba pero por lo menos no dormi en la alcoba del capitan Cervantes. La unica bronca era, como me explicó el sargento Toribio, que se supone que me iban a pasar por las armas al amanecer.

“¡Ay Dios!” gemi.

“No chille Pavón,” se rio el sargento. Ya llegó la orden de montarnos en el tren para el norte. Con la corretiza ni quien se acuerde de ajusticiarlo. Ademas ya le dije al coronel que si ocurrio lo que ocurrio fue porque no queria que Cervantes se lo pisara. No se preocupe. El coronel ya conoce a Cervantes y entendio. Le aconsejo que no se le acerque al capitan de ahora en adelante, no sea que se lo pase por las armas.”

No pude evitar temblar. “¿Nos vamos hoy, mi sargento?”

“Si, rumbo al norte. A pelear con los maderistas. Don Porfirio no vá a entregar la silla ansina nomas. Va a haber bronca. Tu haz lo que te digo y estaras a salvo.”

Y en efecto, el montarnos en el tren fue toda una bronca. Mis compañeros de leva y yo ya habiamos sido vestidos en el uniforme tipico del pelon federal: con el pelo cortado a rape, un kepi de tiempos de Juarez, un fusil mohoso, pantalones y camisa de khaki, y huaraches. Entre mentadas y juramentos subimos la caballada a los trenes y luego nos encaramamos encima de estos.

La maquina silbó tres veces. Estabamos en camino. Entre la gente que se arremolinaba en la estación crei ver a Cardenas con la Grilla al brazo. Una tristeza tremenda me embargó. No me importaba ya morir. Me desquitaria con los maderistas. Jure entonces que algun dia mataria al tal Cardenas. Lo volveria a ver, si, una noche horrible, en febrero de 1913, atras de Lecumberri, cuando él estaba a cargo del piquete –y yo entre ellos—que escoltaba al presidente Madero a su golgota. Pero esa historia la relatare despues.

[1] Ignacio de la Torre y Mier era un influyente hacendado porfirista que estuvó involucrado en el “escandalo de los 41”. Aparentemente llevaba una doble vida pues se habia casado con una de las hijas de don Porfirio. En una razzia la policia capitalina habia arrestado a 40 homosexuales durante una orgia pero aparentemente se habia escapado uno de ellos, Ignacio de la Torre y Mier, pues por lo influyente las autoridades le facilitaron la huida. La identidad del “41” era un secreto a voces entonces.

1 comment:

PEPMAC said...

Clap, clap, clap,clap...

Maravilloso, de verdad me mantuviste esperando todas las entregas de esta impresionante novela.

Gracias