Sunday, June 10, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXIX


XXIX. La Tristeza

Si el sargento Toribio era el mas hijoeputa de los jefes tambien, creo, era el mas justo. Eramos como treinta muchachos, todos de leva, los que estaban a su mando. A todos nos partio la madre varias veces. Pero eso si, a todos tambien nos trató de ayudar a convertirnos en soldados.

“Yo he militado en el ejercito desde que tenia su edad, cabrones,” nos dijó la primera noche que pasamos en el tren. Este no se detenia. Corria entre la sierra en dirección al norte, con todos nosotros montados encima de los vagones. Habia un frio del carajo y nos acurrucabamos juntos para darnos calor. Pero esos tristes uniformes khaki, color de mierda seca, no daban ni madres de protección.

“No me discutan mis ordenes,” explicaba Toribio. “No voy a tener tiempo para darles explicaciones. Yo he andado ya en campaña, contra los yaquis, alla en Sonora. Y creanme, no hay cabrones mas rejegos y taimados que esos. Ansina pues, haganme caso pues tal vez asi viviran. Nomas obedezcan y haganlo de inmediato. Ahora bien, seguro tienen hambre, ¿verdad? Esperense al amanecer. Llegaremos a Estación Ventura. Ahi la maquina vá a carbonar y habra tiempo para buscar que tragar. Lo siento. No tienen mas remedio sino aprender a aguantar. Por algo les dicen a los soldados mexicanos los boca de palo, pues raro es cuando nos dan de comer. Por ahorita, hagan unas fogatas, si, aqui, sobre el vagon del tren. Yo les enseñare como hacerlo sin que quemen todo este. A ver, tu, y tu, vayan al frente…es donde está locomotora…si, la chingadera esa que echa humo…ahi encontraran unos leños. Traiganselos.”

Las fogatas medio nos ayudaron. Pero el caso es que ya estabamos muy debilitados y el viaje nos acabó de dar en la madre. Algunos de los compañeros empezaron a toser en la madrugada. Cuando llegamos a Estación Ventura tres de ellos ya estaban febriles.

“¡Bajenlos!” ordenó Toribio. “Haganlo entre varios, pendejos, ¿no ven que estan rete debiles? ¡Ayudenlos, cabrones, solo ustedes se pueden ayudar entre si! ¡Su madre ya no está aqui, imbeciles! ¡Ahora se rascan con sus propias uñas! ¡O se ayudan o se mueren cabrones!”

Era una manera brutal de introducirnos a la guerra pero la lección se nos iba quedando grabada. Solo si trabajabamos en grupo sobreviviriamos. Asi fue que bajamos a nuestros enfermos y los pusimos en el suelo tratando de no causarles mas sufrimientos. Toribio nos alineo a lo largo de la via.

“Escuchen, cuando se aproxime un oficial, si estan en formación solo yo saludo, pues estoy al mando. Pero si estan solos mas les vale saludar, ¿entienden? A ver, vamos a practicar saludando…¡saludar, ya!...es con la otra mano…¡mirenme como lo hago, bola de pendejos! Que, ¿no me entienden? ¡Puta madre! A ver, ¿cuantos de ustedes hablan español? ¡Levanten la mano si me entendieron!”

Solo unas cuantas manos se alzaron. Toribio iba a empezar a echar pestes cuando un oficial se aproximó. El sargento de inmediato saludó. Lo mismo hicieron algunos de los compañeros, cosa indebida, y no todos, sin embargo, lo hicieron con la mano correcta. El oficial era un teniente, bien plantado, con bigote a la Kaiser. No dijo nada, contestó el saludo de Toribio y se nos quedo observando medio riendose.

“Tenemos tres enfermos, mi teniente,” explicó Toribio.

El oficial asintio. “Bien, que se los lleven al carro hospital. No estuvo tan mal, sargento. Siempre perdemos unos cuantos el primer dia. Su compañia es la que perdio menos. La de Sanchez está diezmada. Aunque yo creo que usted tiene problemas mayores. Me parece que algunos de estos muchachos nunca habian bajado del cerro. Y muichos ya tienen cara de andar enfermandose. Por cierto, ¿ya comieron?”

“Todavia no, mi teniente.”

“Llevelos a comer a la estación, sargento. El coronel dio orden de que se pusiera ahi una cocina. Estaremos aqui hasta mediodia pues aguardamos ordenes. No tiene caso de que se le enfermen mas. Vuelvan en dos horas. Mientras voy a buscar un traductor. ¿De donde viene esta gente?”

“La mayoria los recogieron en la Sierra Negra y Zongolica, mi teniente.”

“Bien,” dijo el teniente, “entonces no son totonacas. Pa mi que hablan nahuatl.”

Toribio nos encaminó en una formación muy desparpajada rumbo a la estación. Ya estabamos en el altiplano, enmedio de los llanos de Apam. Por todos los rumbos se extendian extensos campos de magueyes.

El pueblo consistia en unas tristes casuchas plantadas junto a la estación. La tierra era rocosa y seca. El frio todavia calaba. Para mi, que estaba acostumbrado a la exhuberante vegetación de mi natal Veracruz, aquel lugar parecia el mismo infierno, por lo feo.

Dentro de la estación, por todo desayuno nos dieron unas tortillas con sal y chile y, afortunadamente, tarros con café. Dado el hambre que traiamos, aun este modesto desayuno nos cayó de gloria. Una vez terminado este desayuno, nos regresamos a los vagones otra vez.

“¡Atención!” gritó Toribio. “¡Eso quiere decir que se despabilen pues hay un oficial ante ustedes! ¡Parense derechitos!”

Bien, pues la formación no mejoró mucho. El teniente se plantó frente a nosotros. Junto a él habia un cabo aindiado al que llamaban Gamez o Gaxiola, ya no me acuerdo. Este fulano tenia los ojos saltines y una sonrisa lupina. Era el traductor.

“¡Buenos dias, señores!” dijo el teniente. Conforme iba hablando, Gamez empezó a traducir.
[¡Hola bola de infelices!]

“¡Bienvenidos al ejercito federal!”
[¡Ya se los llevó la chingada!]

“¡Firmes!” gritó Toribio al ver la reacción de la muchachada. Aunque la mayoria no le entendia, tan solo por el tono de voz la gente se aplacó pues Toribio tenia mucho don de mando.

“Gracias, sargento,” dijo el teniente. “Sepan que es un gran honor servir a la patria.”
[¡Van a ser carne de canon!]

“Estos son tiempos dificiles. La disciplina es lo que mas importa.”

[¡Si se juyen los van a fusilar!]

“Nuestra misión es cumplir las ordenes del señor presidente, don Porfirio Diaz.”

[¡Don Porfirio quiere que se mueran por el!]

“Y suprimir una sublevación de unos rebeldes que se llaman maderistas. Estos son puros abigeos y bandidos a cuyo frente está un iluso.”

[¡Los rebeldes tiran y montan mejor que ustedes!]

“Atentan contra nuestras sagradas instituciones y toca a nosotros ir al norte a defenderlas.”

[¡Y les van a partir a ustedes la madre!]

“¡Viva Porfirio Diaz!”
[¡Chingue a su madre Porfirio Diaz!]

“Ustedes, compañeros, pertenecen ahora al glorioso 88 batallón de infanteria. ¡Viva el 88!”

[¡Chingue a su madre el 88 batallon de infanteria!]

La gente respondio a los vivas cada quien a su manera, tanto en castellano como en nahuatl.

“Este batallón tiene una historia gloriosa. Se portó bizarro en la Angostura y peleo con honor en Padierna.”

[¡A este batallon le partieron la madre en Padierna por tener puros pendejos al mando!]

“¡Ahora les toca a ustedes mantener en alto el honor del 88!”

[¡Y la historia se va a repetir!]

“Si se extiende la sublevación nuestro vecino del norte nos vera debiles y quera intervenir.”

[¡Chinguen a su madre tambien los gringos!]

“Por eso es que estos rebeldes le estan haciendo un daño a la patria.”

[¡Mejor seria entonces si el viejo dejara la silla!]

“Es todo, muchachos,” acabó el teniente.

[¡Vayanse todos al carajo, cabrones!]

Pues bien, esa noche desertaron seis de nuestros compañeros, todos ellos hablaban solo nahuatl. Entre enfermos y desertores, al amanecer del segundo dia solo habian 15 de nosotros al mando del sargento Toribio. El tren seguia al norte.

“Chingada madre, Gamez,” le dijo Toribio al cabo traductor. “Cada que el teniente Carrizales dá su discurso la indiada sale juyendo. ¿Les estas traduciendo bien?”

El tal Gamez era de Xochimilco y dominaba a la perfección la antigua lengua de los mexicanos. “Pos si, mi sargento. Mire, es que el teniente no les levanta la moral con ese discurso tan trillado. Les enseñaran muchas cosas en el Heroico Colegio Militar pero de plano no saben como motivar a la gente.”

Yo oia la conversación y pendejamente abri la boca. “Pos yo medio entiendo algo de nahuatl.”

“¿A poco?” dijo Gamez viendome con suspicacia. “¿Y por qué no se ofrecio como voluntario para traducir?”

“Casi nada, mi cabo, puras palabras sueltas,” contesté.

Gamez me dijo algo en mexicano que no entendi.

“¿Que dijo mi cabo?” le pregunté.

“Qué el pez por la boca muere. ¿No es usted el chavalito que el capitan Cervantes queria de esposa? Yo que usted me andaba con cuidado.”

“Orale, Gamez, ¿pos que traes con Pavón?” intercedio el sargento Toribio.

El tal Gamez me veia torvamente. Era evidente que me habia hecho un enemigo. La verdad es que no habia entendido ni madres de lo que habia traducido el cabo. Pero como que instintivamente habia captado que no habia traducido fielmente.

El 88 batallón habia salido con 500 gentes de Orizaba. Toda esta gente era de leva, excepto por un pequeño pie veterano de jefes y oficiales. Para cuando entramos a Queretaro, entre enfermos y desertores ya eramos solo 300.

Al coronel al mando, un viejo formidable de bigotazo cano y cejas pobladas, de piel muy requemada por el sol, le deciamos don Porfirito. Este viejo era de pocas pulgas y ordenaba castigos draconianos sin chistar. Al llegar a Queretaro formaron a todo el batallón.

“¡Atencion!” gritaron los jefes cuando se presento don Porfirito seguido de cerca por el tal Capitan Cervantes. Este iba muy prendidito y planchadito. Yo me trate de hacer ojo de hormiga. Afortunadamente, despues de varios dias de camino ya me confundia con mis otros compañeros por lo sucio y quemado del sol que estaba.

Entre los rifles de una escolta venian tres muchachos. Reconoci a uno de ellos como perteneciente a mi compañia.

“Dios mio…” murmure.

“¡Silencio en las filas!” ordenó Toribio.

Don Porfirito nos encaró y anunció: “¡Atención 88 batallón! Estos tres soldados son desertores. ¡Se les va a pasar por las armas!”

Mas ordenes siguieron y los tres muchachos fueron puestos contra una pared. Tenian los ojos dilatados. Noté que uno sangraba del craneo. Seguro le habian puesto una madriza al capturarlo.

Lo que vimos fue brutal. La escolta del coronel hizo el trabajito. Dos de los fusilados todavia vivian cuando Cervantes se les acerco a dispararles el tiro de gracia con una luger. La sangre le salpicó cada vez que le volaba los sesos a un infeliz. Era la primera vez que yo o casi todos mis compañeros veimos a alguien morir. Era tambien la primera vez que veiamos a alguien alegrarse de matar. La sonrisa de Cervantes al hacerlo no se me olvidara. Fierro mataba pero no le daba placer. Cervantes mataba para divertirse.

Esa noche nos volvieron a encaramar en los vagones y proseguimos nuestro viaje al norte. Toribio, se lo reconozco, nos habló extensamente, tratando de consolarnos. La realidad era que eramos tan solo unos niños. “Estas cosas ocurren en la guerra, muchachos. Entre mas pronto se acabe esto pos mejor sera. Ansina se podran regresar a sus casas mas pronto. Yo me comprometo a tratar de mantenerlos vivos. Pero algunos me saldran de a tiro muy pendejos y ni yo los podre ayudar. Eso pasó con esos muchachos. Si no se hubieran juyido ahorita estarian aqui, cierto, congelandose las pelotas, pero por lo menos con vida.”

De entre los compañeros el mas chavalito tendria tal vez 11 años. Le deciamos el Chilaquil y era nuestra mascota. Yo lo noté muy callado esa noche.

“Mi sargento, como que el Chilaquil anda muy alicaido.”

“¿No se ha puesto a llorar?”

“Pos no, pero no levanta el pico.”

“Vigilalo Pavón. No le vaya a dar ‘la tristeza’ y se nos muera. Asegurate de que tenga una cobija.”

Asi lo hice pero para la segunda noche el Chilaquil entregó el equipo sin decir pio.

“Fue ‘la tristeza’” dijo Toribio. “Asi les pasa a los mas chiquitos. ¡Me lleva la chingada!” Vide como se volteo para que no lo viera llorando.

Lo envolvimos en un petate y lo dejamos a la orilla de la via del tren. No habia tiempo para enterrarlo. Para lo unico que sirvio todo esto fue para endurecernos el corazón.

El teniento Carrizales sabia lo que hacia. Antes de llegar a Casas Grandes el tren se detuvo. Nos bajaron y Carrizales pasó revista a su gente. Tenia varias compañias con sargentos y tenientes al mando.

“Esta gente tiene tanto mausers como remingtons como 30-30’s y que sé yo,” observó Carrizales. Toribio caminaba a su lado.

“Va a ser un desmadre a la hora de entrar en combate mi teniente. Pero es lo que nos surtieron en Orizaba.”

“Y por supuesto ninguno de ellos ha disparado un tiro en su puta vida,” dijo Carrizales sacudiendo la cabeza. “Como vamos a entrar en combate con los Maderistas no entiendo. No vamos a aguantar ni un minuto.”

Lo primero que hicieron los jefes fue tratar de uniformizar las armas. La mitad del batallón portaba mausers y la otra traia 30-30’s. El caso es que como el tren estaba parado (nunca supe por qué chingaos) pos nos pusieron a tirotearle al desierto. Eso continuo todo el santo dia. No tenia idea de la sed que puede uno adquirir con el humo de la polvora. Y con el caloron varios de los compañeros se desfallecieron y los tuvimos que poner en la sombra bajo los vagones.

“Por lo menos ya perdieron el miedo al arma,” dijo Toribio en la noche. “Y han de haber espantado a todos los coyotes a la redonda.”

La practica de tiro continuaba cada vez que el tren se paraba. Poco a poco el 88 iba embarneciendo.

Apenas unas semanas antes habia entrado Madero a México por el rumbo de Ciudad Porfirio Diaz (luego conocida como Piedras Negras). Sus fuerzas estaban dispersas pero eran un enjambre de avispas que tenian alborotado todo el norte del pais.

A finales de febrero de 1911 el 88 llegó de refuerzo a Casas Grandes. Eramos tan solo como 250 hombres. El resto estaba enfermo o muerto o habian desertado.

“Ustedes se parapetan en estas casas,” ordenó Carrizales a Toribio. “Se dice que Madero anda por el rumbo con mil hombres.”

Se nos instaló en una antigua venta a la salida del pueblo. Esta tenia caballerizas y mesones y buenas paredes gruesas que nos protegerian de las balas. Los maderistas, se decia, no tenian ninguna artilleria.


A un lado del camino en que se encontraba la venta estaba la via del tren. A mi me toco estar en el piquete que se asentó dentro de la caballeriza. Vimos entrar y salir varios trenes.

A principios de marzo hubo una alarma. Reaccionamos bastante rapido, a pesar de ser tropas tan bisoñas. Se habia divisado un grupo de jinetes que venian desde el sur.

“¿Quien vive?” los encaró Toribio. Los teniamos a todos encañonados.

“¡El gobierno!” respondió un fulano vestido de charro. “¡Somos rurales!”

De inmediato reconoci la voz. Era Francisco Cardenas que venia al mando de unos veinte rurales. Afortunadamente el hombre pasó junto a mi sin reconocerme. Para esas alturas ya se me habia quitado la jariosidad por la Grilla y realmente no queria yo saber mas de ella.

Segun le explicó Cardenas a Toribio los maderistas se aprestaban a atacarnos. Los rurales estaban actuando como exploradores y los habian visto. Vimos con recelo las montañas que nos rodeaban. ¿Nos observaban desde ahi? ¿Cuantos serian? Esa noche, en el vivaque, los rumores iban y venian. No dormimos casi nada.

El caso es que al dia siguiente se oyeron varios tiroteos y vimos varios grupos de gente a caballo por el rumbo. Pal caso no sabiamos si habiamos ganado o perdido. Pero por lo menos nadie nos disparó. Para el atardecer regresó Cardenas con sus rurales llevando escoltados a varios prisioneros.

“Les capturamos a varios, entre ellos unos gringos,” explicó Cardenas.

Eran en efecto varios aventureros yanquis que se habian unido al maderismo. Los vimos con curiosidad. En nuestra vida jamas habiamos visto a un gringo. El caso es que estaban harapientos, golpeados o heridos, y obviamente derrotados. Tengo entendido que de ahi los llevaron derechito al pabellón.

En efecto, la primera acción de armas de Madero resultó en un desastre. Pero de ninguna manera ahi acabó la cosa. La revolución triunfaria en Ciudad Juarez y yo estaria ahi para presenciar la debacle del ejercito federal.

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