Tuesday, June 12, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXX

XXX El Viejo

Chapultepec, marzo de 1911

Doña Carmen Romero Rubio de Diaz era una espigada y altiva dama. A pesar de ser tan solo las ocho de la mañana, ya se encontraba exquisitamente enchongada, ajuareada, y enjoyada. Su marido, don Porfirio, le llevaba como veinte años de edad. A sus sesenta y tantos años don Carmen todavia caminaba muy derechita y con energia. El duro corset parisino de hueso de ballena que portaba ayudaba.

"¿Ya se levantó el presidente?" preguntó doña Carmen al oficial de guardia en la recamara de don Porfirio.

"Señora, el sargento Beltran dice que todavia ronca." Beltran era un viejo sargento que era la ayuda de camara del anciano mandatario. "¿Quiere que lo despertemos?"

Doña Carmen agitó con impaciencia su abanico de nacar. "¿Y por qué lo dejan dormir tan tarde? ¿Está enfermo?"

"Ultimamente hemos batallado mucho para despertarlo señora. Ya vé que antes era muy madrugador pero ultimamente…"

Doña Carmen sacudio la cabeza. Ella bien sabia la razón. El anciano era cada vez mas como un niño. De ahi que dormia mas. Si, el sueño es el ensayo de la muerte. "Si no se despierta para las nueve levantenlo por favor. No conviene que empiecen los rumores."

El anciano se despertó. Vio con confusion a su alrededor. Una obsesión lo carcomia. "¿Como cihngaos se llamaba ese cabrón? Parece que lo estoy viendo. Aindiado y con cara de hijoeputa que no podia con ella. Vestia como chinaco y le decian el diablo…"

"¿De quien habla señor presidente?" preguntó Beltran.

"Ese es mi problema, que no me puedo acordar. ¿Te acuerdas Lupe de aquellos chinacos que venian del rumbo de Orizaba y se nos unieron antes de la Carbonera?"

El viejo sargento se rasco el craneo un momento. "Creo que si, mi general. Era un tal Maldonado el que los lidereaba, ¿verdad?"

"¡Ese mero! Sostenes Maldonado. ¿Como carajos me pude olvidar?"

"¿Le preparo su baño señor presidente?"

El viejo trató de pararse. Subitamente una ola de nausea y mareo lo envolvio. "Carajos." Beltran evitó que se cayera.

Una hora despues el medico de la presidencia salio de la recamara. Afuera se encontraban doña Carmen y José Yves Limantour, el secretario de Hacienda.
"Fue un mini derrame. Lo mejor es que guarde reposo por unos dias," sentenció el medico.

"Doctor," le dijo Limantour, "dada la situación politica esto no debe trascender."
"Entiiendo," dijo el medico. "Vendre a revisarlo en un par de horas. Mientras le di un sedante."

Doña Carmen estaba muy palida. "Doctor, ¿vivira?"

"El presidente es un hombre muy fuerte. Para mi que esto fue reacción a la situación que todos conocemos. Si Dios manda, con unos dias de descanso absoluto se recuperara."

Beltran se aseguró que el viejo roncaba y salio a un pequeño balcon a fumarse un pitillo. A sus pies se veia la ciudad, con el lago y los volcanes irradiantes con el sol. Instintivamente el viejo soldado sentia que las cosas ya no seguirian iguales. "Este arroz ya se cocio," dijo en voz baja Beltran.

"¡Ni madres, el tren pasa por aqui!" En sus sueños Don Porfirio se encontraba enfrente de un grupo de ingenieros que habian desplegado un mapa del istmo. Sus dedos, gruesos, picotearon sobre un punto del mapa. "¡Por aqui, insisto!"
"Como usted ordene, señor presidente…" La orden no se discutia. Uno de los ingenieros se apresuró a dibujar en lapiz la nueva ruta.

El tren presidencial inauguraba la nueva ruta. "Ya mero llegamos, señor presidente," le anunció un elegante coronel de las guardias presidenciales.
El dictador se contempló en el espejo. El bigote era entrecano, no niveo. "Bien, Gonzalez, ya saben, diganle a la maquina que despacito…"

En efecto, el tren redujo su velocidad a vuelta de rueda. Adelante se veia un anden. Aguardaba en este una mujer, morena, muy hermosa y muy alta, vestida con un magnifico traje de tehuana. Se abanicaba impacientemente.

"¡Cata! ¡Cata! ¡Subete!" le dijo don Porfirio ayudandola a subir al tren. El tren no se detenia, seguia caminando muy despacito.

"¿Tonces te dieron permiso Porfirio?" le preguntó la mujer con una sonrisa socarrona. Esta doña Catalina era la jefa politica del istmo y amante de Porfirio Diaz

"No hombre, pinche vieja culera. De que anuncie el viaje me estuvo chingando. No queria era que parara en tu hacienda. Pero, pos lo que hice fue desviar la via de tren para que pasara frente a tu casa. Pa eso soy presidente, ¿no? Y no, no estoy parando, el tren sigue andando." Porfirio la jaló para si y la abrazo.

"Sigues tan hermosa como siempre."

"Pues no perdamos tiempo entonces," le dijo Cata sonriendole lascivamente.
"Aunque sea como los gallos…"

Porfirio oyó un gallo cantar en una rancheria cercana. Ya no habia Cata ni trenes. Era octubre de 1866. A lo lejos se divisaba un camino rudimentario que serpenteaba entre las colinas. A su alrededor crecia la jungla y el caloron era agobiante. Frente a Porfirio habia un grupo de hombres y caballos.

"Es una columna como de cuatro mil hombres," dijó uno de ellos, al que Porfirio reconocio como Sostenes Maldonado. "Tal vez 500 jinetes y el resto infanteria y carretas. Vienen desde Tehuacan y se drigen a Oaxaca."

Porfirio se quedó pensando un momento. En Puebla ni Zaragoza ni Lorencez habian pasado de 1500 hombres por bando. Pero ahi los mexicanos tenian la ventaja de los fuertes. Si se oponia a la columna del enemigo le iba a dar batalla en campo raso. "¿Traen artilleria?"

"Contamos como diez piezas, si, napoleones y piezas de montaña."
Porfirio asintio y prendio un puro. "¿Son puro frances en la columna?"
"Estan mezclados. Hay unos cuantos zuavos y legionarios. Y tambien traen mucho traidor. Ah, y vimos unos cabrones vestidos de gris que no reconocimos."

"Es el Horch und Deutschmeister," explicó Porfirio.

"¿Esos son alemanes?" preguntó Maldonado.

"Casi, casi. Es un regimiento austriaco. Al tal Max le mandó su hermano varias compañias de ese regimiento quesque de voluntarios. Es un cuerpo de elite, como quien dice la guardia del emperador austriaco, y son muy duros. Le dieron mucha guerra a Napoleon I en Austerlitz."

"Tambien vide unos cabrones con casaca azul y pantalón amarillo."

"¿Con quepi negro?"

"Si," contestó Maldonado.

"Esos son belgas," explicó Porfirio. "Los mandó el apa de la Carlota, el rey Leopoldo de Belgica, y son puros hijoeputas. Estan acostumbrados a matar negros en el Congo. Son muy sadicos. Como quien dice, entre franceses, belgas, y autriacos tenemos representada a toda Europa."

"Pos pa matar gueritos estamos prestos," contestó Maldonado.

"Bueno, y a todo esto, ¿como fue que se enteraron de todo esto?"

"Mire, mi general, mis muchachos y yo andamos tras la pista de un cura gachupin, un tal Madrigal. Ese cabrón quemó nuestro pueblo y mató nuestra gente. Se unio a esa columna. Yo me infiltré con el pretexto de venderles unas mulas y lo confirmé que ahi estaba. Tambien pude observar la columna de cerca. Si la atacamos, le pido nada mas que me lo entregue si lo capturan."

"Pues si es asi de cabrón ese curita, pos con todo gusto. ¿Estan dispuestos a ponerse a mis ordenes?"

"Si, mi general," contestó Maldonado. "Sabemos que usted es de pelea. Ya hemos estado matando zuavos desde el 64. Tengo veinte muchachos que me siguen."

"Perenme tantito señores," dijo Porfirio Diaz. Se dirigio detras de una ceiba donde un hombre habia estado observando y oyendo. Este portaba un uniforme de general y era manco del brazo izquierdo.

"¿Qué le parece compadre?" preguntó Diaz.

Manuel Gonzalez era un militar tamaulipeco que originalmente habia peleado bajo Miramón en la guerra de los tres años. Porfirio lo habia incl;uso combatido en varias batallas. Pero a raiz de la intervención francesa Gonzalez ofrecio sus servicios a la republica diciendo que él no era traidor. A la larga Diaz y Gonzalez se habian hecho tan amigos que ya eran compadres. Porfirio lo pondria a calentar la silla antes de su primera reelección. Pero todo eso estaba en el futuro.

"¿Pos que le dire, compadre," contestó Gonzalez. "Tenemos tal vez 2000 gentes y estan muy mal armados. ¿Y como confiarle a esos cabrones? Se presentan ansina de improviso trayendo toda esa información. ¿Usted habia oido de este Sostenes Maldonado antes?"

"Oi algo de él. Andaba espantando Zuavos por el rumbo de Zongolica. Le decia el diablo los mismos franceses."

"Bien, si asi es, pos digales que hagan vivaque con los juchitecos. Si son traidores ahi esa gente los va a detector. Ya vide que son muy cabrones."

Porfirio Diaz se rio. "Dimelo a mi. Son muy broncos los cabrones. Si muestro debilidad son capaces de fusilarme. Pero, ¿que cree sobre la columna esa que viene?"

"Pos a menos que se invente usted una napoleonada no veo como impedir que avanzen sobre Oaxaca. Acaso tenemos parque para unas dos horas." Gonzalez prendio un puro.

"Ire, compadre, tengo una idea," dijo Porfirio Diaz mientras dibujaba en el lodo junto a un arroyo, "el camino pasa por un punto donde podriamos poner una emboscada. Se llama la Carbonera."

"He pasado por ahi. Hay unas lomas muy empinadas."

"En efecto. Todos esos cerros son los restos de una vieja caldera volcanica como de varias leguas de diametro. Imaginese una muela picada a la que le queda el hueso de la circumferencia. Esa es la Carbonera. Entonces el camino sube por un paso y luego baja al valle en el centro. En este hay un lago sulfuroso. El agua no es buena. Y todo el interior está lleno de selva. Yo creo que el calor es mas cabrón ahi por el magma que hay bajo la superficie. Es pura tierra caliente, literalmente. Todo esto me lo explicó un ingeniero de minas que andaba de guerrillero con nosotros cuando usted andaba -ja ja- partiendonos la jeta con Miramón. Luego el camino vuelve a subir para salir del valle. O sea hay dos pasos. Si taponamos ambos con el enemigo dentro los forzaremos a atacarnos cuesta arriba y frontalmente."

"Pero, ¿por qué el enemigo va a entrar en esa ratonera?" preguntó Gonzalez esceptico.

"Varias razones. Primero, es el unico camino. No tienen alternativa. Segundo, Osorno seguramente está al mando o los está asesorando. Ese cabrón está ardido desde que le partimos la jeta en Miahuatlan. Y ya vez que es medio pendejon. Tercero, hay tanta selva que uno no se dá cuenta que esta entrando en una ratonera. Apenas se ven los cerros alrededor. Si el geologo ese no me lo hubiera explicado yo tampoco habria entendido."

"Pero no creo que sean tan pendejos de no usar exploradores. Traen caballeria, segun dice Maldonado."

"Pos Jesus Lallane y los lanceros tendran que quitarles el paso a chingadazos," dijo Porfirio. Jesus Lallane, michoacano de origen frances, venia al frente de los restos de unos lanceros de Toluca. "Una vez que eso ocurra usted entra y tapona con su gente pues estos son los mejor armados y veteranos."

"¿Y la gente que solo portá machetes?"

"La esconderemos en la manigua en el valle. Cuando la columna se detenga ellos pueden atacarla. Aunque no traen rifles, podran aproximarse sin que los tiroteen. "

"Bien. Solo queda un detalle. ¿Quien tapona el paso por donde entró la columna? Si no pueden pasar sobre mi gente se van a querer regresar en tropel."

"Se lo encargare a Maldonado y su gente. Le dare unos juchitecos tambien."

"Estas condenando a Maldonado y a su gente a muerte, Porfirio."

"Ni tanto. Los chinacos y los juchitecos son muy duros. Ademas, cuento con que a esas alturas el enemigo va a estar desmoralizado. Si ven que estan taponados por donde entraron tal vez se rindan.

"¿Y si intentan escapar por la selva?"

"El resto de esos cerros son muy escarpados. Y aun si lo hacen lo harian sin vituallas y sin pertrechos. Imaginate ser un europeo que de pronto anda profugo en una selva mexicana huyendo y perdido. Lo mas probable es que no tendran ya animo de pelear."

El anciano gritaba todo agitado. "¡Adelante Lallane! ¡Asi! ¡Asi!" Beltran entro de inmediato en la habitación.

"Calmese, mi general, está en Chapultepec.," dijo Beltran.

"Es que ya se formaron. Van a atacar a mi compadre," murmuró el anciano.

"Ahorita llamo al medico, mi general. Ya no se agite."

Porfirio caminaba entre los cadaveres de hombres y caballos. Jesus Lallane le saludó y le entrego una bandera. Los lanceros mexicanos habian tomado posesión del paso de salida. Manuel Gonzalez se apresuraba a atrincherar a sus infantes en este. El camino subia la loma desde el valle enjunglado. Al pie de la cuesta se veia a la infanteria del Horch un Deutschmeister que se iba formando en columna de asalto.

"Eran husares hungaros, mi general," dijo Lallane apeandose de su caballo. "Esta es su bandera."

"Lastima de esos caballotes. Estaban rete chulos," dijo Porfirio viendo los trakeners muertos que los hungaros montaban. Los ponies mexicanos, mas pequeños, igual que sus jinetes, habian resultado mas letales, por lo mobiles, en la mele.

Un lancero le trajo una yeguota azabache a Porfirio. "Tenga, mi general, esta está intacta."

Porfirio vio el animal. Era magnifico. Cuando se montó en esta la gente lo vitoreo.

"¡Compadre!" gritó Gonzalez. "Ya se vienen esos cabrones."

Porfirio los escudriño por el catalejo. Con un redoble de tambores y cornetas la columna empezo a caminar cuesta arriba. Llevaban una gran bandera con las franjas rojas y blanca de Austria. A oidos de los mexicanos llegó algo de musica.
"¡Puta madre! ¡Hasta banda de guerra tienen esos cabrones!" juró Porfirio. "¡Muchachos! ¡Vamos a enseñarles a amar a Dios en tierra de indios!"

"¡No disparen hasta que les dé la orden!" rugió Gonzalez mientras recorria su linea. Los mexicanos se habian parapetado detras de rocas y de los cadaveres de los caballos. Eran como quinientos, todos veteranos, lo mejorcito con que contaba Porfirio. El parque mexicano era muy escazo. Tendrian que hacer contar cada tiro. Se oyó entonces unos estampidos. La artilleria austriaca habia abierto fuego. Porfirio no tenia artilleria.

"¡Merde!" juró Armand Bremont cuando observó con un catalejo a los husares regresar en desbandada desde la salida del valle. "Me parece, Rossignol, que nos estan poniendo una bonita emboscada."

A su lado el viejo sargento fumaba su pipa tratando de aparentar tranquilidad. Rossignol escudriño a su alrededor. La manigua era avallasadora, igual que el calor, y no se veia mucho mas alla de la orilla del camino. "Muchachos," ordenó Rossignol a sus zuavos, "preparense y parapetense debajo de las carretas. Los veinte zuavos del destacamento frances, acostumbrados a las emboscadas de los arabes del Rif, no discutieron la orden.

Los hombres en la sala de acuerdos del castillo de Chapultepec no decian palabra. Don José Yves Limantour presidia la sesión de emergencia.
"El medico dice que con unos dias de descanso el presidente se vá a reponer," explico don José. "Nada de esto debe trascender a los periodicos."

El secretario de gobernación sacudio la cabeza. "¿Y ya le escribio a Madero, don José? Usted conoce a esa familia de tiempo atras."

"Asi lo hice, en efecto, y me contestó Gustavo, uno de los hermanos. Madero no oye razón. Se va a requerir que se le derrote con las armas en la mano." Los ojos de los secretarios se posaron sobre el secretario de la defensa, un general.

El militar se dirigio a un mapa de la republica desplegado en una pared. "La gente de Madero sigue causando destrozos desde Sonora hasta Tamaulipas. Tambien hay noticias de disturbios en Guerrero y Morelos. Pero son gavillas dispersas y mal armadas. Su ejercito principal, llamemoslo asi, se está concentrando alrededor de Ciudad Juarez. Estimamos que cuenta con cinco o seis mil elementos, todos irregulares, al mando de un tal Pascual Orozco, un ex-minero."

"¿Por qué Ciudad Juarez?" preguntó un secretario.

"Corrijame si estoy equivocado, señor general," explicó Limantour, "pero es una acción muy ducha de parte de los maderistas. Ciudad Juarez es la puerta de México. Si cae, entonces los maderistas ganan una victoria propagandistica. Ademas, podran comprar e importar armas de los EEUU."

"En efecto, señor Limantour, es por eso que he decidido reforzarla," contestó el militar. "Es tambien de primordial importancia que mantengamos abiertas las comunicaciones con ese punto. Estoy tambien reforzando las guarniciones a lo largo del ferrocarril."

"¿Y si cae Ciudad Juarez?" preguntó el ministro de gobernación.

Por un momento nadie dijo nada. "En tal caso," comenzó Limantour, "sugiero que lleguemos a un acuerdo por la via politica con los alzados. Y digo esto porque ya los bonos mexicanos han estado a la baja en Nueva York. Una derrota en Ciudad Juarez acabaria con el credito de la republica. O sea, no nos seria posible proseguir la guerra por falta del financiamiento requerido."

"¿Que dice usted? ¿Un acuerdo politico?" pregunto el secretario de gobernación.
"¿Quiere usted decir mas bien que renuncie don Porfirio?"

Los ministros empezaron a protestar. La reunión iba a naufragar en un caos.

"¡Señores! ¡Por favor! ¡No perdamos la calma!" pidio Limantour. Poco a poco se fue restableciendo el orden.

"Si," continuó Limantour. "Un acuerdo politico que tal vez, si, incluya la renuncia de don Porfirio. Lo importante entonces seria quien lo reemplazaria. Es de primordial importancia que este sea un miembro del gabinete que goze de toda nuestra confianza."

"¿Por qué no usted?" dijo socarronamente el secretario de gobernación.

"O tal vez usted, señor secretario," contestó Limantour con finura. "Yo no puedo serlo por ser hijo de extranjero. Yo sugiero al señor de la Barra, nuestro embajador en Washington. Tiene los contactos requeridos con los americanos. El reconocimiento de estos sera necesario."

"Madero seguramente vá a exigir elecciones y se vá a postular," apuntó otro secretario.

"En efecto," afirmó Limantour. "Y seguro vá a ganar. Pero bien, el que sea presidente no quiere decir que va a gobernar, ¿verdad? En fin, señores, es bueno pensar a futuro pero por ahora nos estamos adelantando. Ahorita todo lo que importa es si el señor general aqui presente logra sostener Ciudad Juarez para el gobierno. De ello depende todo."

"¡Bremont! ¿Qué diablos pasa?" preguntó Madrigal. A su alrededor partidas de soldados iban corriendo desordenadamente en varias direcciones. Algunos camilleros traian ya varios heridos y moribundos.

"¿Qué que pasa, señor Madrigal? ¡Pues que los mexicanos nos han atrapado de lo lindo!" Bremont le pasó su catalejo al cura y le indicó donde la batalla arreciaba. " Vea usted, el baron von Kuchler anda tratando de que su gente se abra paso. Han cargado ya dos veces y dos veces los han rechazado con perdidas. Y si el comandante mexicano tiene dos dedos de frente en cualquier momento nos atacan desde la manigua. Si eso ocurre, le aseguró que los mexicanos de la tropa de leva que trae Osorno se vá a rendir o se nos voltean."

Madrigal vio tremolo a su alrededor y palidecio. ¿Lo estaban ya encañonando desde la selva? Rossignol le hizo una señal como pasandose un cuchillo por la garganta. "Lo mas probablemente es que ya estan a nuestra retaguardia," dijo el sargento escupiendo al suelo. "Como dirian los arabes, ¡inshallah!"

"O, lo que para el caso es lo mismo, 'ce'st la guerre'," acabó Bremont.

"¿Y que piensa hacer? ¡Yo necesito llegar a Oaxaca! ¡Los archivos de los dominicos ahi tienen las pruebas de lo que necesito!"

"¡Que tercos son esos cabrones!" exclamó Gonzalez aproximandose a Porfirio. El manco traia el sable chorreando sangre. "Me mataron un chingo de gente en el cuerpo a cuerpo, Porfirio. ¡Y ya vienen otra vez!"

Una granada de la artilleria austriaca estalló cerca de Porfirio. Este tuvo que esforzarse para controlar su monta. "¡Tranquila, mi prieta! Bien, ¡suelten el cohete!" ordenó Porfirio. Un cohete se desplazo por el firmamento y estalló en lo alto. Era la señal para que las guerrillas atacaran la columna.

"Compadre, ya no tengo parque," anunció Gonzalez. "Si vuelven a subir van a pasar como cuchillo entre mantequilla."

"Lallane," dijo Porfirio al comandante de los lanceros. "¿Aguantaran otra carga los tuyos?"

Lallane se rascó la barba cerrada. "Está muy cansada la caballada despues del baile con los hungaros. Pero si es de bajadita tendremos vuelo."

"Pos agarralos ahora que vienen de subida," ordenó Porfirio. "Y usted, compadre, si Lallane no tiene exito, entonces vea que la gente se retire. Tendremos otra ocasion de pelear."

"Dicho y hecho," dijo Bremont observando flematicamente como una turba de mexicanos medio desnudos y armados solamente con machetes salian de la manigua. "Me temo que lo unico que podemos hacer, señor Madrigal, es salvar el pellejo. Francamente, ya tenemos tres años escoltandolo a usted mientras busca la dichosa bibilioteca india esa. Y lo unico que hemos cosechado han sido sablazos."

Los suavos se habian parapetado entre las carretas y ahi se hacian fuertes. Las tropas de leva mexicanas ya alzaban los rifles en señal de rendición.
"Sugiero que nos abramos paso por donde venimos," observó Rossignol. "No durariamos mucho si tratamos de cruzar entre la jungla."

"Bien, ¡atencion, zuavos! ¡Formen cuadro! Nos retiraremos en orden. ¡En avant!" ordenó Bremont.

"¿Y yo?" preguntó lastimeramente Madrigal.

"Pongase en el centro de la formación," respondió Bremont. "Nada mas porque Bazaine me ordenó protegerlo no lo dejo solo."

Poco a poco los zuavos se iban retirando. Mientras tanto, la columna imperial era ya un desorden. Solo los europeos resistian. Los oficiales mexicanos imperialistas, sabiando que los tratarian como traidores, se habian despojado de sus insignias y trataban de huir entre la selva. Los guerrilleros mexicanos amagaban a los zuavos sin exito. Viendo que estos no habian roto su cohesión, decidian mejor irse sobre blancos mas faciles.

El impacto de los lanceros mexicanos en la columna austriaca fue brutal. Esta no habia tenido ni el tiempo ni el terreno para formarse en cuadro. Viendo la debacle de los europeos Porfirio Diaz ordenó a Gonzalez y su infanteria que cargara en apoyo de la caballeria mexicana. Los austriacos vendieron cara la vida pero empezaron a huir despavoridos en dirección a la jungle, donde pululaban los guerrilleros. Osorno, sabiendose perdido, se despojó de sus insignias de general y trató de huir entre la manigua. El baron von Kuchler se disparó un plomazo en la sien. Pronto tanto los imperialistas mexicanos como los europeos empezaron a rendirse.

Los secretarios de estado iban saliendo uno a uno de la sala de acuerdos.

"Señor Limantour, deme un momento, " dijo el general.

"A sus ordenes, señor general," dijo don José.

"Lo que usted dijo, que aun siendo presidente Madero no tenia por que gobernar…."

"Seria una medida extrema…"

"Tenga usted la seguridad que el ejercito continuara siendo porfirista. Llegado el momento…"

"Como dije, nos estamos adelantando mucho, señor general."

"Tal vez, pero como usted bien apuntó, es bueno pensar a futuro..."

"¡Ahi vienen!" gritó Maldonado. Bandas desperdigadas de austriacos y belgas se dirigian hacia donde Maldonado y sus chinacos estaban parapetados junto con una compañia de juchitecos. A la primera descarga, los europeos, pensando que Maldonado y sus chinacos eran mas en numero, se desmoralizaron y pidieron rendirse. Entre la chusma se aproximaron los zuavos, todavia manteniendo su formación en orden.

"¿Que pensais, Rossignol?" preguntó Bremont observando las posiciones mexicanas.

"Tal vez estan blofeando. Pero no sabemos si solo hay veinte o veinte mil parapetados ahi."

"¡Ahi está ese hijoeputa!" exclamó Maldonado reconociendo a Madrigal entre los zuavos.

"Os buscan señor cura," dijo Bremont. "¡Rossignol! ¡Dadme un trapo blanco!"
Bremont se acercó a las posiciones mexicanas ondeanso el trapo.

"¿Qué está haciendo?" preguntó Madrigal a Rossignol.

"Tratando de salvar nuestro pellejo," contestó Rossignol. "No estoy muy seguro acerca del de usted."

El cura chilló como un condenado.

"Armand Bremont, capitan del segundo de zuavos," dijo este saludando a Maldonado que habia salido de las trincheras mexicanas. "Me imagino que usted es el que llaman el diablo."

"Asi me nombran ustedes. ¿Que quiere?"

"Traigo 18 zuavos, dos heridos, y un sargento. Le doy a Madrigal a cambio de que nos deje pasar sin molestarnos."

"¿En efecto? Bien, antes digame, ¿desde cuando anda usted con Madrigal?"

"Desde febrero del 63. Mi gente y yo relevamos a unos legionarios."

Maldonado lo pensó por un momento. Ni el oficial frances ni sus hombres habian estado entre los que habian arrasado su pueblo. "Entreguenme a Madrigal y pueden pasar."

Los zuavos levantaron en vilo al cura y se lo entregaron a Maldonado. "Aqui está un libro que siempre andaba consultando," dijo Rossignol. Acto seguido los zuavos pasaron con premura entre las lineas mexicanas.

Madrigal se vio rodeado por los chinacos. Un olor a amoniaco denotaba que se habia ensuciado. "Bien, curita, yo soy un hombre paciente."

"¡Les dare dinero, cualquier cosa!"

"¿Puedes darles vida a nuestros muertos? ¡No! Como dije, yo soy paciente. Me tomare mi tiempo contigo."

Casi medio año despues se presentó ante Puebla un ranchero preguntando por Porfirio Diaz. Este estaba entonces a punto de tomar la ciudad. Con la caida de esta y de Queretaro el imperio feneceria.

"¿Pos que le trae al general?" preguntó el oficial de guardia leyendo el escrito que portaba el ranchero. "Aqui dice que le trae un regalo."

"Si, ya vide jefe que tiene esa yeguota. Pos le mandamus esta silla de montar. Esta hecha para un caballote. Es puro cuero gachupin." El ranchero le mostro la silla.

"¿Cuero gachupin? ¿Pos pa que tuvieron que usar cuero de ese?"

"Es mas suavecito, jefe. Mire, toquele."

"Pos si, el cuero se siente mas suavecito. Y ademas la silla está muy bonita. ¿Quien le digo al general que se la mandó?"

"Digale que es de parte del diablo. El vá a entender."

No comments: