Tuesday, August 14, 2007

Ladillas - sugerencias para estuatas fachas

por el Lic. Mefistofeles Satanas

En Nuevo León –New Lion, para que lo entiendan los pirrurris—siguen los nazis prietos tercos en eregirle una estuata al traidor a la patria de Santiago Vidaurri. Argumentan que como Vidaurri ayudaba a los confederados a contrabandear algodon por Matamoros, era entonces el precursor de la integración economica de norteamerica. Igual, justifican a Vidaurri diciendo que las acusaciones de traidor a la patria en su contra son difamaciones inventadas por el indio naco ese de Juarez y que la historia official miente. Concuerdo completamente con los nazis prietos en que "la historia oficial miente" y quisiera ayudar a que los nazis prietos hagan realidad su visión de la historia mexicana.

En primer lugar, la estuata de Vidaurri deberia mostrarlo fiel a lo que fue siempre: un cacique entreguista culo pronto con los extranjeros. Vidaurri solia ayudar a los tejanos a capturar a los infelices negros que se escapaban a Mexico huyendo del "sueño libertario americano". Y con el guerito sifilitico de Maximiliano pos llego a ser "lugarteniente del imperio", igual que el sadico don Leopardo, perdon, Leonardo, Márquez. Asi pues, esa estuata que le quieren hacer en Lampazos a Vidaurri no muestra como en verdad era. Sugiero que la estuata sea un desnudo, en el estilo heroico griego, con Vidaurri empinado y abriendose las nalgas y ofreciendoselas al norte.

Con igual tenor, los nazis prietos deben de insistir en que se erijan estuatas a los proceres norteamericanos que ayudaron a que Mexico no tuviera tanta tierra olvidada. Me refiero especificamente a que se le erija una estuata a Zachary Taylor, el gringo que tomó Monterrey. Y es que que terquera de los defensores, entre los que se encontraba un jovencito de nombre Ignacio Zaragoza, peleando casa por casa sin entender que los gringos solo nos querian ayudar, poniendo la frontera mas al sur para que nuestros mojados no tuvieran que caminar tanto. Y si bombardearon la ciudad y mataron a civiles e inocentes, pos ya sabemos que peores cosas ocurren en los retenes asi que no nos escandalizemos. Yo sugiero que la estuata a Taylor este en la macroplaza, sitio a proposito para que los nazis prietos le depositen ofrendas florales y puedan mostrar lo arrastrados que son.

Y hay mas lugares donde los nazis prietos pueden hacer un justo homenaje a los gringos, a ver si ansina no los descriminan por tener bigotes de aguamiel y pelos de alambre. Ahi está el bosque de Chapultepec, donde el presidente Fuchs ya homenajeo a los cadetes Agustin Escutia y Juan Melgar y que se yo... Propongo que para reconocer la entrega, perdon, la integración de Mexico a la globalizacion se erija una estuata a Winfield Scott ahi en Chapultepec. Que esta estuata, igual al caballito de Carlos IV, este pisando las armas nacionales (el escudo), especificamente la bandera del San Blas. En efecto, el tal coronel Xicotencatl, comandante del San Blas, se dejo matar junto con sus hombres, llevados –como diria Krauze—“por una concepción anticuada del nacionalismo” que no corresponde a nuestros dias donde el gobierno considera que entregarle las nalgas a los gringos es un gran honor y un deber.

El zocalo de la ciudad de Mexico, donde tanto naco se junta y lo afea, deberia tener dos estuatas de dos grandes prohombres, uno mexicano y el otro gringo. El mexicano es don Viboriano Huerta, el pelon, de lentes, espurio, borrachin, asesino, que gustaba de vestirse de militar (cualquier similitud con el enano es solo una coincidencia). La otra seria a Mr. Henry Lane Wilson, el embajador gringo que inspiro a don Viboriano a eliminar a Madero, el comunista que era un peligro para Mexico. Tanto Viboriano como don Henry tenian hoyos en la pata de ahi que deben de ser mostrados no exactamente verticales y sosteniendo botellas de sotol y guisky respectivamente.

Frente a Taravisa sugiero que los nazis prietos erijan una estuata al gringo Dick Morris, padre de la guerra sucia. En el pedestal de la estuata debe de estar la immortal frase: “…haiga sido como haiga sido…”.

Y hablando de integración de Mexico a la economia global...tambien debe de celebrarse su integración a la economia interplanetaria. Una estuata de la Chucky enfrente del edificio del PAN no estaria mal. La maistra sera representada como la Venus saliendo del mar (como en el cuadro de Boticelli) o por lo menos saliendo de uno de los chapoteaderos de Ebrard. La maistra estara desnuda y dos querubines, con las caras de Perberto y Abascal, pudicamente se apresuraran a vestirla. El unico problema va a ser que la estuata sera tan horrorosa que constantemente los vidrios del edificio del PAN se van a estar rompiendo. Pero bien, que los nazis prietos aprendan a hacer sacrificios y que recuerden quien los tiene agarrados por los huevos.

Alla en la franjita que New Lion tiene con Tejas sugiero que los nazis prietos erijan una copia del monumento que los gringos tienen frente al Alamo donde se muestran a los heroicos "defensores de la libertad" que cayeron defendiendo el derecho de tener a sus negros de esclavos. Tambien ahi propongo que se le erija una estuata a don Antonio Lopez de Santa Anna. Este fue ajonjoli de todos los moles, liberal, anticlerical, pro-iglesia, polko, jacobino, conservador, dictatorial, que se yo, pero al ultimo si se declaro por el imperio, lo cual lo califica de traidor a la patria y acreedor de un homenaje de parte de los nazis prietos. En el pedimento de la estuata estará las leyenda: “Remember di Alamo, cabrones, gui guon”.

Que mejor que el cerro del arzobispado alla en Monterrey para tener una serie de estuatas a los proceres de la iglesia catolica que tanto han contribuido a hacer de México lo que es hoy: ¡Un verdadero desmadre!

La lista es larga pero definitivamente debe de empezar por el obispo Landa que quemó todos esos libros malditos de los indios. En el pedestal de la estuata de Landa estará la frase inmortal del burro parado de Fuchs: “el leer hace daño”.

Seguira la estuata del obispo Zumarraga, el de las apariciones guadalupanas. Esta estatua sera representada con el prelado sosteniendo una tacita de atole en un mano y alzando un dedo en la otra.

Luego estara la estuata del ilustre Pelagio Labastida, arzobispo de México, que con tanto entusiasmo logro que Maximiliano llegara a tierras mexicanas. Este prelado sera representado de rodillas, con la boca abierta, en la actitud de la Lewinsky a punto de tomar la hostia de proteina.

En seguida estará la estuata del arzobispo Mora y del Rio, el mismo que ocasionó la guerra cristera que tantos inocentes mató. Se le representara desorejado para recordar a los maestros rurales que los cristeros desorejaban en Xalisco.

Finalmente estará la estuata del padre Maciel el cual, como dice el son jarocho, estara “con los habitos alzados enseñando el chuchumbe”. La estuata de Maciel tendra la leyenda: “dejad que los niños vengan a mi”.

En Agualeguas deben los nazis prietos de eregirle una estuata al enano orejon primero, Carlos Salinas de Gortari, orgullo de New Lion, i iñor. Este sera representado tambien desnudo, pero sentado en una tarima de billetes como las del chino Chin-Ghon y agarrandose las pudendas en actitud onanisca. De vez en cuando la estuata eyaculara, perdon, se meara y sus aguas seran anunciadas por la iglesia como benditas, ya viden que les desdentó el articulo 130, y especialmente dulces al paladar del nazi prieto. Es mas, sera posible que el nazi prieto que venga a admirar la estuata se pueda hincar frente a esta y beba las dulces aguas que emana directamente desde su fuente.

Sabido es que los colosos son atractivos turisticos. Empezando con el coloso de Rodas y siguiendo hasta nuestros dias con la estuata de la libertad, estos monumentos siempre atraen turistas y divisas. Cuanta razón tenia la delegada Cuevas del PANazi en rehusarse a que se hiciera en su delegación el ataud, perdón, la torre del bicentenario. Pero en lugar de eso la señora Cuevas debe promover que se haga un coloso ¡con la efigie de George Bush! Este coloso sera como de 50 pisos de altura y se podra ver desde cualquier parte del valle. Mr. Bush estara vestido como la estuata de la libertad gringa y con sus manos estara presentando –como el changuito que presentó al Simba en la pelicula del Rey León—al enano Culeron. ¡Como quien dice, Mr. Bush nos ofrece un cachorrito del imperio para gobernar a México! ¡Que benevolencia y altruismo! El cachorrito a su vez apuntara al norte para que los mojados se orienten. Al pie de la estuata estará la leyenda: “si ponen muro de todas maneras nos lo saltamos”.

Como ya lo proclaman los taravisos, Maximiliano fue “una victima de Juarez”. En efecto, ese indio terco lo mandó fusilar argumentando, entre otras cosas, que el habsburgo tambien habia decretado la orden de fusilar a todo republicano que los imperialistas capturaran. En desagravio, los nazis prietos deben primero dinamitar el monumento juarista en el Cerro de las Campanas y luego eregir un busto monumental del emperador. Para ser fiel a la verdad historica, este busto debe de mostrar el chancrote que tenia Maximiliano en la cara al momento de ser fusilado. Perberto hara una misa de desagravio en el lugar y los fieles podran acercarse a besar el bendito chancre del martir ajusticiado por el naco zapoteco ese.

Alla en Ciudad Juarez, bastion del PAN, los nazis prietos deben de reconocer a otro gringo que trató de ayudarnos a salir del marasmo del populismo que ya viden que tan peligroso es (excepto cuando el enano reparte dinero a los viejitos). En efecto, no hubo un populista mas jacobino y mas peligroso que el centauro del norte, Francisco Villa. Este ex-abigeo durante su tiempo de gobernador del estado decretó medidas que fueron detrimentes al sagrado derecho a la propiedad privada quitandole a los Terrazas y a los Creel miles de hectareas que eran suyas por haberlas robado legalmente como Dios manda. Asi pues, ¿que mejor que homenajear a Pershing, el general gringo que correteo por todo el desierto al tal Pancho Villa? Cierto, no lo capturó. Pero igual les está ocurriendo hoy en el medio oriente donde tambien persiguen por el desierto infructuosamente a otro bandido, Bin Laden, que igual que Villa está haciendo pendejos a los gringos.


En Orizaba los nazis prietos deben develar un monumento a Don Porfirio. Este se representara ya viejon, el pecho colmado de medallas, y sentado en una silla presidencial que reposará sobre los cadaveres de las mujeres y niños que los rurales mataron al reprimir la huelga de las hilanderas de Rio Blanco. En el pedestal estará la frase imortal que evoca toda la ley y orden por la cual suspiran los nazis prietos: “matalos en caliente”. Igual, alla en Cananea, una estatua a los rangers de Arizona que el gobernador porfirista llamó para reprimir a los huelguistas serviria para recordarles a los mineros levantiscos esos quien manda.

Wednesday, August 01, 2007

La Moza y el Chaneke

La Moza y el Chaneke

I La Hija de don José

Leticia contemplaba la luna llena que iluminaba el primoroso patio de la casona. La joven mujer suspiró. Las nubes iban cubriendo la luna. Entraba un norte. El viento traia el olor del aire salado del mar. Ella podia oir el fragor de las olas azotando la playa cercana. “¿Vendreis hoy mi amado? ¿Me llevareis a la manigua? ¿Me despojareis de mis ropas y bailare desnuda contigo bajo la luz de la luna?”

Mientras tanto, la nana, doña Jovita, se encontraba siendo interrogada por su patrón, el señor don José Ramirez, el padre de Leticia. Era este un peninsular que se habia asentado en la Antigua Veracruz a mediados del siglo XVII y se habia hecho rico en el comercio. Leticia era su unica hija, la madre habia muerto al nacer, era pues entendible que el viejo celara a la muchacha y no quisiera que se casara con cualquier fulano.

“¿Está usted segura que tiene un galan?” pregunto don José.

Doña Jovita ya tenia años toreando a don José. “Pos casi casi, patron. La he visto suspirar todo el tiempo y anda toda modorra. Pa’ mi eso es enamoramiento. Bueno, ya es tiempo, ya tiene 17 años, ni modo que se meta a monja.”

“¡Hostia! ¡Mas respeto carajos!” fulminó el peninsular. “Si quiero que se haga esposa de Cristo asi lo dispondre, que el cura Zambrano bien que recibiria la dote que le daria a la iglesia.”

“Esta muy chula mi niña para andar vistiendo santos, patrón. Pero tampoco que se vaya a arrejuntar con un arriero o uno de los pescadores de por aqui. ¡Ni lo mande Maria Santisima!” La nana se persignó.

Don José prendio un habano. “Pero bien, habeis visto a algun mozo rondando? Cuando la llevais a misa, ¿algun papelito le han hecho llegar? ¿Ha hecho alguna indiscreción con el abanico?” En aquellos tiempos las mozas tenian todo un language basado en el abanico y con el se comunicaban con sus galanes. Don José sabia esto muy bien por haber sido buen mozo y haber tenido aventuras cuando joven.

La nana sacudio la cabeza. “No patrón. De que me di cuenta la he estado vigilando como aguila. No, no ha habido ninguna indiscreción. Si la admiran y la chulean la palomilla de patanes de siempre pero nada mas.”

Unas noches despues, un perrote mastin que recien habia mandado traer don José empezo a ladrar. El peninsular salio al jardin con su escopeta. “¿Quien vá ahi?” La luz en la recamara de Leticia se apagó bruscamente. El perro gruñia en dirección a una esquina obscura del patio.

“¡Adelante don Rodrigo!” ordenó el peninsular dejando ir al mastin. El perro se abalanzó rumbo a la esquina. De pronto se vieron los matorrales agitarse y don José vio un bulto obscuro encaramarse a la tapia. Era este muy alta, hecha de piedra volcanica, pero sin embargo el intruso parecia tener una agilidad sobrenatural. Sin pensarlo mas, don José disparó al bulto obscuro. Se oyo un grito de mujer, proveniente de la habitación de Leticia. El intruso cayo pesadamente dentro del jardin sin hacer ruido. Los mozos produjeron antorchas y acompañaron a don José a investigar. El perrote se encontraba ladrandole a un bulto tirado aunque el animal no se atrevia a acercarsele.

“A ver, Ramiro, Toño, alumbrenme con la antorcha,” ordenó don José. “¡Aqui está el cabrón!”

De entre los matorrales los mozos jalaron a un hombre. Estaba cubierto de sangre.

“¡Puta madre!” exclamó don José. El hombre estaba desnudo. “Llevense a este cabrón a la casa. Quiero verlo con buena luz.”

Mientras tanto, los alaridos de Leticia causaron que don José ordenara encerrarla en sus habitaciones. Pero lo peor fue cuando depositaron el cuerpo enmedio de una sala. En efecto, el hombre, que tal era, no habia duda, estaba desnudo. Pero eso no era lo mas extraño: su cuerpo parecia estar pintado de verde y habian unas como membranas debajo de sus axilas, casi como alas primitivas. Los pies, mas que pies, parecian garras.

“¡Ave Maria purisima!” exclamó don José persignandose. Lo mismo hicieron los mozos. Con sumo cuidado, movieron la larga cabellera negra del hombre y expusieron su faz. Tenia una nariz aguileña muy prominente con un grueso anillo en el septum. Los lobulos de las orejas estaban deformados por unos pesados arêtes. Y portaba un collar de oro macizo con piedras semipreciosas.

“Es un indio, patrón,” apuntó uno de los mozos, los cuales, por cierto, eran tambien indigenas.

“¿Un indio verde? ¿Estara pintado?” Pero no, no era pintura. Sus carnes eran verdosas. “¿Y que me dicen de esas dizque alas que tiene? Y esas patas, mirenlas, no son humanas.”

Inspeccionando al cuerpo se percataron de mas detalles. Las manos eran largas, con uñas grandes y negrisimas, y el miembro…era descomunal.

“Patrón, para mi que este es un demonio,” se atrevio a sugerir uno de los mozos.

Don José no dijo nada. Era evidente que lo que fuera el hombre ciertamente que no era humano. Tenia sangre coagulada en el craneo. Aparentemente le habia dado un plomazo. “Cierto, esto es cosa del demonio,” dijo don José al fin. “Manden llamar al cura Zambrano. Y tambien al alguacil. Va a tener que hacer un exorcismo…a toda la casa…” Don José sabia que tambien tendria que hacerse lo mismo a Leticia cuyos alaridos se oian todavia.

“Patrón, el cabrón este vive todavia,” dijo uno de los mozos. “Usted dice y lo acabamos.” El hombre desenvaino su machete.

En esos momentos entró un viento huracanado a la habitación que apagó las velas. Un relampago ilumino los cielos y un rayo cayo en un cocotero. Este se vino abajo estrepitosamente. Los mozos se apresuraron a volver a prender las veladoras. Una lluvia fuertisima empezó a caer.

“Vive Dios que mejor dejemos que el cura y el alguacil decidan,” dijo Don José temeroso. El mastin gemia lastimeramente a sus pies. “Y vos, don Rodrigo,” dijo don José al perro, “bastante valor mostrasteis y no os culpo si estais amedrentado ahora. Despues de todo esto no es cosa de mortales.”

II. Kak Mul

La lluvia no habia amainado. El alguacil Rodolfo Cuervo, un mestizo, entró a la aduana –que tambien servia de carcel—chorreando agua de su sombrero.

“Parece oste zopilote mojado, jefe,” dijo el guardia Casimiro, un mulato venido del puerto.

“Ya son tres dias de pura lluvia, mi negro,” respondió Cuervo. “Lo peor es que dicen los arrieros que nomas esta lloviendo aqui en el pueblo.”

“Pos que bueno, jefe, ya vide que en la ultima crecida casi desaparece el pueblo. Si estuviera lloviendo ansina en la montaña nos iria rete mal.”

“Pos si, pero esa inundación fue en tiempo de aguas. Y ese ya pasó. Esta lluvia está a distiempo. Empezó el dia en que don José le dio un plomazo al indio verde ese. Y hablando del diablo, ¿como está el cabrón?”

“Pos se la pasa en una esquinita de la celda,” dijo Casimiro. “No dice nada. La herida se le restaño luego luego, solita. Nomas lo atontó.”

La primera noche que habian tenido al indio verde ahi los otros presos, en su mayoria entambados por borrachos, habian dado aullidos de espanto y habian suplicado que los dejaran libres. Tal habia hecho finalmente Cuervo. Curiosamente, las ultimas dos noches no habian habido borrachos que escandalizaran en el pueblo. Aparentemente ninguno queria acabar en el tambo.

“A ver, dejame verlo, Casimiro. ¿Ha comido? ¿Dice algo?”

“Pos le pase una tortillas y unos frijoles y eventualmente se los comio. Algo dijo despues pero no le entendimos. Lupe es de este rumbo y le intentó hablar en totonaca pero tampoco respondio. Yo hasta probe algo de Yoruba que mi padre me enseñó pero no tuve respuesta. Y ciertamente no habla cristiano.”

Cuervo sabia un poco de mexicano o nahuatl. Se acercó a la celda. En efecto, el indio verde estaba acuclillado en una esquina. Sus ojos brillaban en la obscuridad. Cuervo intentó hablarle en mexicano. El indio no dijo nada.

“Si viera que el que lo ha estado chingando mucho ha sido el cura Zambrano,” explicó Casimiro. “Ha venido a cada rato a hablarle en latinajos y quemar incienzo.”

Cuervo no era muy religioso, bueno, tan poco religioso como se podia ser en esos tiempos en que ir a misa diaria era obligatorio. “¿Y eso ha tenido efecto?”

“Pos no. Hasta le avento agua bendita y no tuvo efecto. Solo cuando el cura le muestra un crucifijo de plata el cabrón sufre,” explicó Casimiro.

“¿De plata?” Cuervo estaba algo esceptico.

“Si, creo que se lo trajeron a Zambrano desde Santiago Compostela. Dice que es muy poderoso. Cuando le muestra el crucifijo el indio verde se retuerze y se tapa la cara.”

Cuervo sacó un peso de plata de la bolsa. Lo pulio con su pañuelo y se lo mostró al indio verde. Este gruño y se tapó la cara. “¿Ves? No es el crucifijo, mi negro, es la plata a lo que le teme el cabrón.”

El negro contempló admirado a su patron. “Ah cabrón, pos si es la plata. Bueno, jefe, el caso es que el cura ya no se aguanta las ganas de quemarlo con leña verde. Ya mandó un correo a Veracruz al obispo. Seguro al rato viene el inquisidor y tenemos chicharroniza.”

“Ah que la chingada,” dijo Cuervo. “¿Y pos de que es culpable el cabrón aparte de andar de caliente con la Leticia? Digo, ansina de guapa que está y con tanto dinero que tiene su viejo no me extraña que vengan a hacerle la ronda desde el quinto infierno.” La noticia ya habia corrido en todo el pueblo de que la hija de don José habia tenido un novio infernal.

Al oir el nombre de Leticia, el indio verde se paró subitamente y se dirigio a la puerta de su celda. Sus manos se crisparon en los barrotes. Empezó a hablar en una lengua extraña. Su agitación era evidente.

“Quieres saber de Leticia, ¿verdad?” dijo Cuervo.

El indio asentó con la cabeza. “Le-ti-cia.” La voz era gutural y de ultratumba.

“Está enferma, ¿entiendes? En-fer-ma.” Cuervo se toco la frente dando a entender fiebre.

El indio gimio. A pesar de sus formas grotescas habia algo de humano en el quejido que emitió. Sus manos se crisparon en los barrotes. Tenia una musculature de Hercules.

“Pasale un cantaro de agua, Casimiro. Lo siento. ¿Como te llamas?” Cuervo apunto a él. Luego se apuntó a si mismo. “Cuervo…Cuervo…¿y tu?”

“Kak-mul,” fue la respuesta.

“No se le acerque jefe,” advirtio Casimiro mientras metia un cantaro con agua a traves de una rendija. “Está rete fuerte el cabrón y luego no lo vayan a acusar a usted de ser amigo del demonio.”

“Cuervo…a-mi-go” dijo el indio verde con su voz tetrica.

III. La Monja

Quiahuiztlan es un cementerio indigena al pie del Cerro de los Metates, que es lo que queda de un gigantesco volcan. Desde Quahiztlan se divisaba la Antigua, tan solo a unas cuantas leguas.

Una mujer vestida con traje de viaje caminaba entre las tumbas indigenas. Estas eran una especie de pequeños nichos o altares. La yerba habia invadido las tumabas y estaban muy abandonadas.

Junto a la mujer dos indigenas la observaban. Ambos tenian un machete en la mano. “Tenga cuidado, madre,” dijo uno de los indigenas. “Aqui hay nauyacas. Son muy malas.”

La mujer se volteo a ver al indigena. Tendria tal vez unos 40 años. La frente amplia y los ojos denotaban una inteligencia superior. “Digame Lorenzo, estas nauyacas, ¿como tienen la cabeza? ¿Es triangular?”

Sin decir mas, el indigena se movio con suma rapidez y dio un mandoble contra uno de los altares indigenas. Una cabeza de serpiente, triangular, cayó a los pies de la mujer.

“Pos es triangular, madre, mire usted.,” dijo Lorenzo sonriendo.

“¡Ave Maria!” exclamó la mujer y se persignó. Luego se arrodilló para observar de cerca la cabeza del animal. El resto del cuerpo de este se retorcia mientras. La mujer sacó un frasco de una alforja y metio ahi la cabeza. Esta cerro y abrio los ojos. “Gracias Lorenzo, me salvasteis la vida y me permitisteis estudiar este bicho mejor..” Luego la mujer procedio a llenar el pomo con aguardiente de caña a manera de preservativo.

“Pos ahi esta la Antigua, jefa,” dijo el otro indigena, Lencho. “Usted dira cuando ensillamos.”

“Me podria pasar toda una vida nada mas estudiando estas tumbas. Pero ahorita me interesan mas los meteoros de la atmosfera. Dejenme observar un poco mas,” dijo la mujer. Sacó un catalejo y observó el pueblo. Abrio un cuadernillo y observó la posición del sol. Se quedó contemplando las nubes por un tiempo. “¿No notan nada raro muchachos?”

“Pos no, jefa, la verdad que no,” dijo Lorenzo.

La mujer apuntó a la Antigua. “Si ven, hay una nube muy obscura y cerrada sobre la Antigua. Esta lloviendo bastante fuerte ahi. Aqui en Quiahuiztlan está despejado. He estado observando otras nubes que parecen estar a la misma altura. Desgraciadamente no tengo mis instrumentos a la mano para poder hacer una observación precisa de su altura. Pero las otras nubes se han movido tierra adentro con el norte. Esa condenada nube negra sigue ahi sobre el pueblo.”

“Pos ¿sera por el bicho ese que tienen ahi?” pregunto Lencho.

La mujer sacudio la cabeza. “Eso es ilogico. No veo la conexión. No hay ningun reporte de fenomenos meteorolgicos asociados con los succubi e incubus. Aristoteles si los menciona pero no entra en detalles. Y nunca que yo sepa se ha encarcelado a uno. Yo soy como Santo Tomas, hasta no ver a la creatura no creere en su existencia. Para eso me mandó el obispo, para que investigara todo esto. Bien, saquen los capotes y ensillen otra vez.”

Conforme se iban aproximando al pueblo la lluvia empezó a envolver a la mujer y a sus dos acompañantes. Esta habia estado observando cuidadosamente los alrededores. Un amplio rio hacia varias curvas antes de desembocar en el mar junto a la Antigua. “Con razón cambiaron el puerto a Veracruz,” apuntó la mujer. “Si ven, hay evidencias de que a cada rato ese rio se desborda. Observen como hay troncos y maleza apilados donde la crecida los ha depositado.”

“Pos si, madre, eso es bien sabido. Con tantito se inunda aqui,” dijo Lencho. A veces, pensó el indigena, la patrona de plano descubria el agua hervida.

Cuando llegaron a la casona de don José, se oian voces alteradas. El cura Zambrano gritaba y hacia aspavientos.

“¡Es posesión lo que tiene su hija!” exclamaba Zambrano. Este era un criollo bajo, gordo, y colorado.

“¡Pamplinas!” gritaba don José. “¡Que posesión ni que ocho cuartos! ¡Mi hija está sana carajos!”

“Si está poseida, ¿va vuecencia a sugerir que la quemen con leña verde?” preguntó la mujer apeandose del caballo.

“¡Eso es cuestión de que dictamine el inquisidor!” contestó Zambrano. “¿Y ultimadamente usted quien es?”

La mujer se quitó un amplio sombrero de palma revelando parte del habito que portaba debajo de sus ropas de viaje. “Me imagino que seria la inquisidora que usted pedia. El caso es que el obispo de Veracruz me pidio que investigara. No habia nadie mas a la mano. Ya mandaron un correo al santo oficio en la Ciudad de México pero se va a tardar.”

Don José se quitó el sombrero. “¿Usted es una monja? ¡Por favor! ¡Salganse usted y sus compañeros de la lluvia condenada esta!”

La mujer sonrio. “Si, perdonenme caballeros, mi nombre es Sor Juana Inez de la Cruz. Usted debe ser el padre de la muchacha, ¿verdad? Le agradeceria si nos permitiera pernoctar aqui. En efecto, soy una monja jeronima.”

“¿Usted es jeronima?” Habia algo de sorna en la voz de Zambrano. “Ustedes son enclaustradas. ¿Que anda haciendo usted afuera del convento?”

“Padre,” dijo la monja sumisamente besandole la mano a Zambrano, “en efecto estoy enclaustrada. Pero tambien estoy a cargo de las finanzas de la orden. Tengo dispensa para salir cuando los asuntos de la orden lo requieren. Esta posee un ingenio de azucar afuera de Veracruz y han tenido ultimamente problemas con los negros cimarrones. Las finanzas de este ingenio son un enrollo y me vi forzada a venir a ponerlas en orden. Afortunadamente ya hice eso. Estaba en el puerto disponiendome a regresar a la ciudad de México cuando el obispo me pidio que investigara lo que aqui está pasando.”

“¡Imposible! ¡Los negros no dejan pasar a nadie de Orizaba a Veracruz! ¡Se comen a todos los cristianos que encuentran en el camino!”

“Razon por la cual el obispo dudaba que el santo oficio respondiera prontamente y decidio mandarme. Y respecto a los negros cimarrones, en efecto, nos detuvieron adelantito de Orizaba. ¡Si viera que tuve un conversación muy amena con el principe Yanga! Como tambien hablo Yoruba eso facilitó las cosas. Es rete linda persona y ciertamente no es un antropofago. Hasta escolta nos puso para llegar sin problemas al puerto.”

“¡No se diga mas!” exclamó don José. “A ver, Ramiro, agarra la caballada de estas personas. Sus muchachos pueden dormir en las habitaciones de mis criados. Usted madre, por favor, venga conmigo. ¿Ya comieron? Orita les hacemos de comer, ¡como no!”

“Gracias, don José,” dijo Sor Juana. “Si me permite, por favor dejeme revisar a su hija ahorita que es todavia de dia.” La monja sacó un saco con instrumentos de una alforja. Luego le sonrio a los dos hombres. “Ademas hay cosas que solo de mujer a mujer se pueden decir.”

“Doña Jovita es la nana de mi hija,” explicó don José apuntando a la nana. “Sigala usted por favor.”

El cura Zambrano veia a Sor Juana con un mal disimulado recelo. “Pero entonces ¿usted no es parte del santo oficio? ¿A cuenta de qué la manda el obispo?”

“Me parece, padre, que usted se lo tendra que preguntar,” sonrio Sor Juana. “Despues de todo es nuestro superior. Yo tengo que obecerlo. Supongo que tengo cierta fama de observadora de fenomenos inexplicables tanto en las esferas como en la tierra.”

“Ah, si, ya la coloco,” dijo Zambrano sonriendo falsamente y mostrando la dentadura. Faltaban varios dientes y el resto estaban ennegrecidos. “¿No fue usted la monja jeronima a la que censuró el arzobispo? ¿A cuenta de qué, me pregunto?”

“En efecto, asi fue. Tuve diferencias teologicas con el arzobispo y este tuvo la bondad de mostrarme mis errores e imponerme penitencias. No niego nada. Y ahora, si me permite, padre, tengo que ver a la niña.”

“Venga conmigo madre,” suplicó Jovita. “Ya he estado reze y reze para que se cure mi niña y le he puesto estampitas de la guadalupana. A ver si su mano santa…”

La monja se rio. “Pues yo tengo fama de todo menos de santa, Jovita.”

Esa noche ocurrio un fenomeno curioso que ningun hombre observó y si alguno lo vió no se atrevio a admitir o lo adjudico a haber bebido en demasia. De lo alto del Cerro del Metate se vio unas luces, como en procesión, bajar al cementerio de Quiahuiztlan. El sonido de los caracoles y los tambores despertaron y asustaron a los pajaros que salieron en estampida de los arboles donde se habian asentado a dormir.

IV. Lorenzo y Lencho Para distinguir a sus dos criados, ya que ambos se llamaban Lorenzo, Sor Juana habia optado por llamar al mayor Lorenzo y al mas joven Lencho. Ambos trabajan desde hace años para el convento de las jeronimas, bien haciendo mandados o obras menores de albañileria y otras reparaciones. En sus infrecuentes viajes Sor Juana siempre se hacia acompañar de estos dos hombres y le habian sido siempre fieles y respetuosos. Al dia siguiente de su llegada Sor Juana encontró a sus dos acompañantes desayunandose en el establo donde tenian sus montas. “¡Buenos dias patrona! ¿No quiere un taco?” preguntó Lencho. “Gracias, muchachos ya desayune muy de madrugada.” “¿Que de la niña?” pregunto Lorenzo. “Le tuve que dar las malas noticias al papá,” explicó Sor Juana. “La niña Leticia se está muriendo lentamente. Se está muriendo de amor.” Lorenzo se rascó la cabeza. “Ah caray, madre, usted perdone, pero, ¿es eso posible? ¿No estara embrujada?” “¿O envenenada?” cuestiono Lencho. Sor Juana asentó con la cabeza. Sus dos criados habian aprendido a traves de los años con ella a cuestionar las cosas que parecian obvias. “Revisé con cuidado sus orina y obra. No, no hay indicación de envenenamiento. Por otra parte, Galeno describe el estar enamorado como una patologia. Y si, si han habido casos de aquellos que por la falta de un ser amado caen en un profundo estado de melancholia y eventualmente mueren.” “Pos cuidate Lencho que tu te enamoras a cada rato, no te vayas a morir,” dijo Lorenzo en son de guasa. “Madre,” dijo muy serio Lencho, “me imagino que todo es debido al indio verde ese que tienen en la carcel, ¿verdad? ¿Lo va usted a ir a ver?” “Definitivamente,” asintió Sor Juana. “Es mas, hay mas con la niña. Esto fue lo mas duro de explicarle al papa. Ustedes los hombres son muy dados a emitir juicios a la ligera sobre nosotras las mujeres. Veran, Leticia está encinta y si, el papá es el indio verde.” “¡Ah caray!” exclamó Lencho. “¡Don José ha de haber puesto el grito en el cielo!” “Pasa hasta en las mejores familias,” comentó Lorenzo. “El problema es que segun me lo describen el indio ese no es humano,” insistió Lencho. “Digame, madre, ¿usted cree que es posible que hubiera producto de una union asi?” “Bueno,” explicó Sor Juana, “Leda fue preñada por Zeus cuando este se apersonó como un cisne. Luego ella dio a luz a un huevo y de ahi nacio Helena de Troya. Tambien esta Pasifae.” Lorenzo asintió. “Usted nos contó esa historia. Supuestamente un dios volvio loca a una reina de Creta y esta se enamoro de un toro. De ahi nacio el minotauro.” Sor Juana sonrio. “En efecto. Sois buenos alumnos. Tal vez las leyendas griegas no son falsas. En fin, si, vamos a ir a ver al tal indio verde. Pero antes os tengo que explicar mi teoria. Necesitare ciertos materiales.” La lluvia seguia inmisericorde cuando Sor Juana y sus criados llegaron frente a la aduana. Este era un verdadera fortaleza y estaba enclavada enfrente de la iglesia del pueblo. “Vamos primero a la iglesia,” ordenó Sor Juana. Amarraron los caballos a unos postes. “¿De verdad no cree que Zambrano cooperara madre?” preguntó Lencho. Sor Juana sacudio la cabeza. “Definitivamente no. Si por él fuera me quemaba tambien junto con Leticia y el indio verde.” “Patrona, ¡ave Maria! ¡Mire usted!” Lorenzo señalo a mitad de la plaza. La lluvia era tan fuerte que no se habian percatado que en medio de la plaza habia un cadalzo. Cuatro cuerpos colgaban de unas sogas. Sor Juana se persigno. “Dicen que son piratas,” explicó Lencho. “Los criados de don José nos dijeron que un capitan pirata intentó tomar la aduana apenas unos dias antes de que se iniciara este embrollo. Quesque hay una fortuna en plata en la bodega. Pero la guarnición los rechazó y capturaron a unos y los colgaron.” “Lo cual quiere decir que ya tienen como una semana en la soga y en la lluvia,” dijo Sor Juana. Un tufo desagradable les llegó a sus narices a pesar de la lluvia. Sor Juana entró a la iglesia seguida de sus acompañantes. Era la iglesia de La Antigua la primera construida en tierras mexicanas, por orden de Cortez. La iglesia era un edificio pequeño, sin adornos, habian varios santos en los nichos y todos se veian definitivamente de capa caida. “Que triste que en un pueblo tan rico la iglesia esté ansina,” murmuró Lencho. “Yo creo que refleja el animo de Zambrano. Es algo muy comun en ciertos curas de pueblo. En su juventud soñaban con llegar a ser principes de la iglesia. Luego acaban de parrocos en un pueblo perdido y se les amarga la vida. Ya viejos no les queda ninguna iniciativa, solo el odio y las enfermedades. O tal vez estoy completamente equivocada. No seria la primera vez. Bien, poned atención a la entrada y a los vitrales,” indicó Sor Juana. “Esa ventana no está muy alta,” señalo Lorenzo. “¡Sor Juana!” exclamó una voz. Era Zambrano. “¡No es usted bienvenida aqui! ¡Aqui no se admiten herejes! ¡Hagan el favor de irse!” El cura iba acompañado de un sequito que asentaban la cabeza al oir sus palabras. Sor Juana no confrontó al hombre. Les hizo una seña a sus hombres y salieron otra vez a la lluvia. “¡Ah que curita tan jijo del maiz!” dijo Lencho con voz amenazadora. “Usted nomas diga patrona y lo enderezamos,” prosiguió Lorenzo. Sor Juana sacudio la cabeza. “No vale la pena. Parece que si tiene incondicionales. Tomen nota de eso. Zambrano puede ser un enemigo formidable. A ver, veamos que hay aqui al lado del edificio.” Junto a la iglesia habia un corral anegado con un tapanco. Ahi una cerda de tamaño descomunal amamantaba unos lechoncitos. “Bien, ahi solo está la señora Tamales,” dijo Lencho. “Del otro lado está la sacristia. Por ahi no veo como,” concluyó Lorenzo. “Bien, intentenló esta noche,” ordenó Sor Juana. “Nada mas tengan cuidado con doña Tamales. Se vé de muy pocas pulgas. Vamos ahora a ver al tal indio verde ese.”

V El Rayo

Debido a que en la costa frente a La Antigua terminaban varias cadenas volcanicas el navegar frente a esta costa era especialmente peligroso. Habian numerosos farallones y montes sumergidos que no surgian completamente del mar pero que podian causar facilmente el naufragio de las fragiles embarcaciones de esos tiempos. Frente a La Antigua maniobraba un velero de esbeltas lineas pintado totalmente de negro. Tenia dos palos mayores y, casi como los agiles praos de Borneo, no alzaba mucho sobre el mar. De ahi que su centro de gravedad era bastante bajo y le daba una gran agilidad. En su popa se divisaba su nombre en letras de oro: Rayo. De lo alto de uno de los palos principales, un vigia anunciaba cuando detectaba una escollera o arrecife.

“¡Farallon adelanteeee!” gritó el vigia. El timonel volteo a ver a un hombre vestido de gentilhombre con una toledana a su lado. El hombre tenia facciones aristocraticas aunque estaba profundamente quemado por el sol del tropico.

“Diez puntos a estribor, timonel,” ordenó el gentilhombre. “Demosle bastante distancia a ese farallón. Hay muchas rocas sumergidas cerca de él.”

“¡A sus ordenes, capitan!” fue la respuesta.

En efecto, el capitan del buque era el gentilhombre. Originalmente se le habia conocido como el señor de Ventimiglia. Ahora, su nombre de filibustero era otro: el corsario negro.

“¡Eh vigia!” gritó el corsario. “¡Tened un ojo a tierra! La chalupa debe aparecer en cualquier momento.”

En efecto, momentos despues el vigia señalo rumbo al farallón, detras del cual se desprendia una chalupa tripulada por dos remeros.

Una hora despues los dos remeros se encontraban frente al capitan. Uno era un negro gigantesco que portaba un turbante a la manera de los corsarios berberiscos. El otro era un hombre chaparro y enjuto.

“Moko, Vasco,” dijo el corsario, “¿que noticias teneis de Wan Stiller y Carmaux?”

“Estan en la aduana encarcelados,” explicó el vasco. “De eso no hay duda. Son los unicos todavia con vida.”

“En efecto, todavia no los cuelgan, capitan,” dijo el negro, Moko. “Tal parece que la lluvia que han estado sufriendo en La Antigua ha impedido la ceremonia. Los españoles hacen romeria cuando hay ejecuciones y la lluvia no les permite.”

El vasco se apuró un trago de ron que le ofrecieron. “El problema es que la aduana es una verdadera fortaleza como usted ya comprobo. No creo que podamos rescatar a los compañeros.”

El negro se rio. “Pero tal vez podriamos intentarlo durante la ejecución. Si causaramos una distracción podriamos rescatarlos cuando ya tengan la soga al cuello.”

Ventimiglia sacudio la cabeza con resignación. “No, no voy a arriesgar toda mi tripulación para salvar a dos hombres tan solo. ¡Aun si son Carmaux y Wan Stiller!”

“Capitan, hay mas información que usted debe saber,” dijo el vasco todo serio. “Wan Guld se dirige a La Antigua.”

Ventimiglia encaró al vasco. “¿No me mentis? Wan Guld, mi enemigo jurado, ¿se dirige a La Antigua?”

“Si capitan,” continuó el vasco. “Segun me contaron la flota española que viene de Cartagena de Indias se ha retrasado por los vientos contrarios. Por otra parte, tal parece que encontraron un verdadero potosi en el centro de México. La aduana de Veracruz está a reventar de lingotes de plata. La flota va a cargar tanto en Veracruz como en La Antigua por esa razón. Wan Guld se dirige a La Antigua con una escolta de alabarderos y diez carretas repletas de lingotes de plata. Se le espera de un momento a otro. El flamenco traidor ese viene a las ordenes directas del rey y es responsable de hacer llegar la plata hasta Sevilla.”

“Capitan,” explicó Moko, “la aduana en La Antigua ya está casi llena. Quien sabe como y donde podrian guardar diez carretas con lingotes. Pero tal vez eso dispersara a la guardia. Podriamos intentar el rescate y hacernos por lo menos de una carreta.”

“Cierto,” concluyó Ventimiglia. “Ademas de que humillaria a Wan Guld. De ahi su proximo destino seria no la corte sino las galeras del rey. ¡Dejadme pensarlo! Esta es una oportunidad que no debo desperdiciar.”

VI. El Principe En la carcel se encontraban Cuervo y Casimiro. “Madre, mi nombre es Cuervo y soy el alguacil del pueblo. Ya nos habian avisado de que iba a venir usted aqui. Tenemos al indio verde encarcelado aqui y está a su disposición. Responde al nombre de Kak-Mul.” “Gracias señor alguacil, ¿en verdad tiene la piel verde?” “Como una guacamaya, madre,” dijo Casimiro. Sor Juana apuntó la piel color de ebano del mulato. “La piel obscura es una adaptación al calor del tropico. Evita que se formen canceres en la piel como los que afligen a las personas rubias en estas latitudes. Si el señor tiene la piel verde sera entonces una adaptación con una explicación logica. Tal vez sea para mimetizarse mejor en la manigua. Es entonces una medida defensiva. Sin embargo, me es evidente que ustedes le temen." “Se avalanzó esta mañana tratando de matar al cura Zambrano,” explicó Cuervo. “Aunque yo no lo culpo. El cura lo estaba ahumando de lo lindo con incienzo.” “¡Llego un momento en que el indio ya no aguanto!” dijo Casimiro riendose. “Suena muy humano,” comentó Sor Juana. “Si lo es, o por lo menos asi lo pienso,” dijo Cuervo. “Su nombre es Kak-Mul.” “Suena maya,” notó Sor Juana. “Madre,” explicó Cuervo. Estaba muy palido. “Anoche tuvimos un fenomeno inexplicable.” “¿No me diga?” preguntó Sor Juana con interes. “Por lo general todo fenomeno fisico tiene una explicación.” “Esto es muy dificil de explicar,” continuó Cuervo. “Vera, yo he sido marino y muchas veces he visto los fuegos de San Telmo en los palos de los buques. Gracias a Dios casi siempre son inofensivos. Anoche, sin embargo, vimos como unas luces rodearon la aduana. Parecia que habia una procesión rodeandonos.” “Describa esa luz,” pidió Sor Juana. Habia algo de vacilación en la voz de Cuervo. “Fosforecente, muy semejante a los fuegos de San Telmo y muy difusa. Rodeaba, como le dije, el edificio de la aduana. El miedo no anda en burros, madre. Nos encerramos a piedra y lodo. Yo fui testigo y le juro que yo y ninguno de mis hombres habian tomado.” Sor Juana sacó su cuaderno y empezó a tomar notas. “¿Divisó figuras llevando antorchas?” Casimiro se persigno. “Madre, yo las presencie. Si, si habian figuras pero no, no parecian humanas.” “¿No eran humanas? Describalas.” “Bueno, muy altas, aunque encorvadas como simios,” explicó Casimiro. “Y lo peor fue…que nos llamaban por nuestro nombre. Mas que caminar parecian que flotaban.” “Momento,” protestó Sor Juana, “¿estas figuras hablaban?” “Gemian, mas bien, madre,” explicó Cuervo. “Y si, nombraron a Casimiro, a mi, y a otros miembros de la guarnición. Querian que les abrieramos.” Tanto Lencho como Lorenzo se persignaron. “Y por supuesto ustedes no les abrieron,” concluyó Sor Juana. “Pero bien, ¿no habia nadie mas en la plaza que las hayan visto?” Cuervo sacudio la cabeza. “No madre, de que empezo esta lluvia condenada la gente casi no sale. Estan todos atemorizados y se encierran en sus casas. Ademas, con los muertitos ahi en el cadalzo la plaza no es un lugar muy acogedor.” “Pues no entiendo,” concluyó Sor Juana. “No dudo su palabra, caballeros. Pero, si se trata de una o varias manifestaciones de ultratumba y son tan poderosas que se muestran en esa manera no veo por qué no entraron a la aduana como Pedro por su casa.” “Eso pensabamos, madre,” dijo Cuervo. “Llegamos a la conclusión que es por la plata que hay aqui.” “Algo oi que hay un gran cargamento de plata aqui. De acuerdo a Isidoro de Sevilla los entes malevolos temen la plata. San Pancracio se reputa que hizo muchos exorcismos aplicando crucifijos de plata al poseido.” “A Kak-Mul no le gusta la plata tampoco,” anotó Casimiro. “Como dije, todo fenomeno puede tener una explicación.,” insistió Sor Juana. “Se especula que el plomo es letal al ser humano aunque nadie ha hecho un estudio en forma. Si hay analogia entre estos entes y los humanos entonces pueden haber elementos, tal vez la plata, que les son letales tambien. Todo depende de como haya el buen Dios decidido hacerlos.” Una hora despues Sor Juana tomaba notas frente a la celda del indio verde. “¿Loquacem latine?” preguntó la monja. El indio ni se inmutó. “¿Sprachen sie deutsch?” No hubo respuesta al griego ni al arabe ni al nahuatl ni al totonaco o a las otras lenguas que Sor Juana hablaba. Por un momento se quedo pensativa. Sus conocimientos del maya eran los de una autodidacta. Cuando jovencita se habia enseñado esta lengua a partir de unos libros en la biblioteca de su padre. “¿Vuestro nombre es Kak-Mul?” preguntó Sor Juana en maya. El indio verde la vio fijamente. Luego sonrió. “Teneis un acento interesante,” dijo el indio. “Si, tal es mi nombre. Soy el principe Kak-Mul.” A Sor Juana le parecio tambien extraño el acento del indio. Era mas elegante y pulido que el de los yucatecos que habia oido. Era como oir el italiano de su tiempo comparado con el latin de Ciceron. Sor Juana concluyó que el mismo maya habia evolucionado y cambiado y el que estaba ella oyendo era una versión clasica. “¿Sois un principe?” “Si.” “Pero, ¿donde está vuestro reino?” El indio se rió. Apunto al cerro del Metate que se divisaba a traves de los barrotes de la celda. “En la manigua, en la montaña, en las playas. Todos estos son los dominios de mi gente.” “Y sin embargo no los vemos.” “Pero si nos conocen. Los mortales nos conocen como los chanekes.” “¿Vos no sois mortal? ¿Que edad teneis?” “Claro que podemos morir. Como seguramente ya sabeis la plata nos es letal. Y acerca de mi edad, naci el año de la ascencion de Conejo 13 al reino de los truenos.” “¿El reino de los truenos? Nunca he oido hablar de tal.” “Esta tierra ha olvidado mas reinos que Europa tiene ciudades. Yo estimo que naci hace 900 años.” “Se os acusa de seducir a la hija de don José.” “Es falso. Nos amamos. “ “¿Como podeis amar a una mujer?” “¿Por qué no? Mi padre fue humano.” Sor Juana vaciló en seguir. En efecto, habia cierta humanidad en la criatura que era innegable. “¿Y vuestra madre?” El indio sonrió. “¿Ella? Ustedes la llaman una diosa. Supongo que lo es, a su manera. Los hombres aqui le han dado muchos nombres…Nanciyaga, Coatlicue, Tonantzin…” “Leticia está encinta.” El indio se paró de improviso. Era obvio que estaba agitado. “¿No me mentis?” “No tengo por qué. El problema ahora es que se os quiere quemar. Y a ella tambien. “ “Eso no lo permitiran.” “¿Quienes?” “Mi gente. Especificamente, mi abuelo. Destruira el pueblo antes de permitir mi muerte o la de mi esposa y nuestro hijo. Apenas está empezando. ¡No dejara piedra sobre piedra!” “¿Vuestro abuelo? ¿Quien es él?” Un relampago iluminó la celda. La lluvia se hizo más fuerte. “Ha tenido muchos nombres. Ultimamente los hombres lo llaman Tlaloc.”

VII. Los Estragos de Doña Tamales

La lluvia seguia golpeteando al pueblo. Ya atardecia. En la recamara de Leticia Sor Juana le tomaba el pulso.

Don José entró a la habitación detras de Jovita. “¿Como sigue mi hija?”

“El pulso es mas debil que ayer,” explicó Sor Juana. “Ahorita duerme pero no le voy a dar mas sedantes. La debilitan aun mas rapido.”

“Madre,” dijo el comerciante, “le agradezco sus esfuerzos. Usted sabe mucho de medicina y tambien de cosas del alma pero no es medica. Traje a un medico desde el puerto. Es el más caro que encontré y seguro el mejor. Doctor Carreño, pase usted por favor.”

El galeno entró sin decir palabra. Despues de una rapida auscultación a la enferma dio su veredicto. “La voy a tener que sangrar. Es evidente que sus humores estan desequilibrados.” El hombre saco de un frasco varias sanguijuelas.

Sor Juana sacudio su cabeza. “Don José, este charlatan va a acabar de matar a su hija.”

“¡Pamplinas, madre!” protestó el galeno. “Avicena recomienda el sangrado para este tipo de enfermedades.”

“¡O sancta simplicitas!” dijo Sor Juana elevando los ojos al cielo. “¡Perdonalos señor porque no saben lo que hacen! Avicena tambien recomienda el sangrado para curar la caspa y el olor de patas. Bien, me lavo las manos. “

“Usted, madre, no está capacitada para juzgar estos menesteres,” insistió el medico.

“¡Tampoco estoy para aguantar idiotas!” Sor Juana salió de la habitación echando pestes.

“¡Madre!” dijo don José siguiendola. “Estoy tratando de hacer algo por mi hija. No veo que usted haya logrado mucho a decir la verdad.”

Sor Juana se logró calmar. “Tiene usted razón en decirme tal cosa. He perdido demasiado tiempo tratando de entender lo que pasa aqui. Solo sé por el momento que si su hija muere hay fuerzas sobrenaturales que se avalanzaran sobre este pueblo. ¡Dios guarde el alma de sus pobladores!”

“¿De que habla madre?” preguntó confuso don José.

“Me juego una ultima carta esta noche. Mire, le debo una disculpa por hacer esta escena bajo su techo. Usted me ha tratado a mi y a mis hombres con toda gentileza. Le pido por favor, reze por mi alma esta noche. No le puedo decir mas.”

Una hora despues Lencho y Lorenzo tocaron en la recamara de sor Juana. Lorenzo estaba todo lodoso y cubierto de mordiscos.

“Patrona, tenemos lo que nos pidio,” dijo Lencho. “Aqui el compañero tuvo algunos problemas con doña Tamales sin embargo.”

“Es muy mala esa puerca, patrona, seguro le vá a dar una indigestión a Zambrano cuando la haga tamales.”

“¡Ay pobrecito!” juró Sor Juana cerrando la puerta detras de sus hombres. “Limpiece esos mordiscos por favor, Lorenzo, no se le vayan a infectar.”

“No importa, patrona,” respondió Lorenzo, “mire, aqui estan los milagros de plata que tenia la imagen de San Pedro pescador.”

“Y aqui tengo las hostias consagradas,” dijo Lencho produciendo una bolsa.

La monja se puso muy seria. “Bien, os agradezco vuestra lealtad. Ahora escuchadme bien. Tendreis que obedecerme al pie de la letra. Dejad mi alazan en la parte de atras de esta finca. Si no regreso con vida al amanecer, os suplico que os vayais de La Antigua. Si es cierto lo que vaticinó Kak-Mul aqui va a haber una hecatombe y ningun alma sobrevivira.”

“Patrona, dejenos ir con usted, a donde sea que se dirige,” pidio Lencho.

“¡No digais mas!” ordenó Sor Juana con voz firme. Y los dos hombres asintieron sin decir palabra.

VIII. Las Carretas del Conde de Wan Guld El gascón, Carmaux, crispaba sus manos en los barrotes de la ventana de la celda. “¡Wan Stiller! ¡Venid y ved quien acaba de llegar!” “Si no es el capitan para salvarnos me importa un bledo,” contestó Wan Stiller que ya habia perdido toda esperanza de no colgar de una soga. “¡Os digo que vengas! ¡Creo que es Wan Guld en persona!” insistió Carmaux. “¿De verdad?” dijo Wan Stiller apresurandose a observar tambien. “¡Cielos! ¡Es el mismo demonio en persona!” “¡Eso es excelente!” dijo Carmaux dando saltos de jubilo. Wan Stiller vio incredulo a su compañero. “¿Estais loco? ¡Ya estamos en capilla! ¡En cuanto amaine esta lluvia nos cuelgan!” “Cierto, mi buen Josef,” explicó Carmaux, “pero conociendo al capitan juralo que no va a aprovechar la ocasión para cruzar acero con ese flamenco traidor. Le debe muchas.” Carmaux se puso a inspeccionar su celda. “Mira, esta pared está salitrosa.” “¿Y que con ello? Seguro dá a la celda de a junto. ¿No oisteis que los carceleros dicen que tienen guardado ahi una especie de demonio?” Carmaux se puso a escarbar con sus uñas en la pared. En efecto, estaba muy salitrosa y se caia a terrones. “No me importa si el mismo Belcebu está aqui junto. Tal vez nos podremos escapar juntos. ¡Ayudame!” Wan Stiller se encogio de hombros y comenzó tambien a escarbar. Eventualmente habian hecho un pequeño boquete. “¡Vecino!” susurró Carmaux. “¡Ayudadnos a ensanchar el boquete!” Unas manos inmensas empezaron a tumbar la pared desde el otro lado. Eventualmente un craneo descomunal salio de este. “¡Ave Maria!” gimió Wan Stiller. “No-no queremos pelear,” ofreció Carmaux. El gigante dió unos marrazos mas con el puño limpio a la pared y se introdujo a la celda de los piratas. “Soy Kak-Mul,” dijo en un susurro tetrico. Despues de varios dias de interactuar con los celadores ya habia adquirido un vocabulario rudimentario. “¡Oui! ¡Si lo sois por Belcebu!” respondió Carmaux tremulo. Luego señaló a la ventana. “¿Cree su señoria que podria doblar esos barrotes?” Mientras tanto Wan Guld habia entraba echando pestes a la aduana. “¿De donde diablos viene esta maldita lluvia? ¡Todo el camino de Quiahuixtlan aqui es un lodacero!” “¿En qué podriamos servir a su señoria?” preguntó Cuervo. “¡Soy el conde de Wan Guld y estoy al servicio del rey! Traigo diez carretas con lingotes de plata. Por orden del rey se guardaran aqui en la aduana hasta que llegue la flota desde Veracruz.” “¡Diez carretas!” protestó Cuervo. “Su señoria, ¡no tenemos lugar para guardar tanto asi!” “Mire alguacil, todo el camino hemos estado siendo amagados por una especie de duendecillos del demonio. ¡No estoy de humor para escuchar pretextos! Esta plata es el diezmo del rey y ¡vive Dios! que la hare llegar a Sevilla.” “El alguacil Cuervo quiere cooperar,” dijo Zambrano entrando en la aduana. “Es un hombre leal al rey, ¿verdad Cuervo? Pero su señoria ha de saber que no hay mucho lugar aqui. Solo si vaciaran las celdas podrian guardar tantos lingotes.” “¡Pues haganlo!” rugió Wan Guld. “¿Soltar a los prisioneros? ¡Imposible!” protestó Cuervo. “¡En tal caso matenlos!” sugirio Zambrano. “Yo les dare absolución. Despues de todo son piratas.” “¿Teneis piratas aqui?” preguntó Wan Guld. “Si, su señoria,” explicó Cuervo. “Nos atacaron hace una semana pero los rechazamos. Dicen que era el corsario negro en persona el que lo intentó.” “¡Schiessen!” juró Wan Guld. “¡Metan los lingotes a la aduana de inmediato! ¡De inmediato!” “Su señoria, los prisioneros pertenecen al gobernador de Veracruz,” explicó Cuervo. “No los puedo ajusticiar sin un proceso previo. A ver, Casimiro, juntalos todos en una celda. Asi libramos una. Creo que tengo espacio para la carga de tal vez nueve de sus carretas.” “¡Retaquen la aduana con lo que quepa entonces!” ordenó Wan Guld. “¡Y haganlo de prisa!” “¿Dice usted que lo amagaron duendes en el camino señor conde?” preguntó Zambrano. Wan Guld palidecio recordando el trayecto. “¡Durante la noche, si, lo juro que asi fue! No se atrevian a acercarse sin embargo. Si no, les hubieramos dado buen acero de Toledo para que se fueran a los infiernos.” “Su señoria,” dijo Zambrano todo zalamero. “Si vos gusta puede guardar la carga de una carreta en mi iglesia. Le aseguro que nadie entraria si la vigilan sus alabarderos.” “Pues gracias, padre, asi lo dispondre.” “Sé lo que esta hacienda, padre,” le dijo Cuervo a Zambrano. “¡Queria hacerme matar injustamente a Kak-Mul! Con la plata dentro de la iglesia no entraran los chanekes.” “En efecto, desafortunadamente un criminal se robó anoche los milagritos de plata que tenia San Pedro. ¡Pero con toda la carga de una carreta de lingotes de plata no entra ni el mismo Belcebu! Y no se que diablos haceis protegiendo a ese demonio. Tarde o temprano lo voy a hacer chicharron y a la poseida tambien.”

IX. El Ritual

En cuanto los dos Lorenzos se fueron y Sor Juana quedó sola empezo a revisar freneticamente entre sus cuadernos. Finalmente encontro lo que buscaba. Alguna vez don Carlos de Siguenza y Gongora le habia pedido que lo ayudara en investigar los ritos e invocaciones de los antiguos mexicanos.

“¡Estas notas de don Carlos estan escritas con las patas!” juró la monja. “Ni modo. Tendre que usar esto. “ Pero conforme mas leia su indignación crecia. “ ¡Esto es ridiculo! ¡Ave Maria!”

En efecto, Sor Juana, una criatura hija de la logica y la ciencia habia llegado a la conclusión de que tenia que aceptar la superstición y la magia por su unica aliada. “Tal vez la magia es ciencia pero en una forma tan avanzada que no podemos entenderla,” se dijo a si misma tratando de justificarce.

Acto seguido se despojo de sus ropas completamente. Tomó una brocha y tinta y empezó a dibujar glifos protectores en su cuerpo siguiendo las instrucciones de las notas. Luego, asegurandose de que nadie la viera, se metio al patio de la casona. Iba cubierta con un capote para evitar que la lluvia le borrará los dibujos. Cortó varias rosas. Casi salto de miedo cuando un bulto se le aparecia junto con dos ojillos que brillaban en la luna.

“Ah, eres tu Don Rodrigo,” dijo la monja reconociendo al perro. “Bien, perdonad mis desnudeces y por favor, ¡no ladreis! Imaginad que ridicula me vere si don José me dá un plomazo asi encuerada.”

Afortunadamente el perrote no ladró. Sor Juana logró saltar la tapia. Sus hombres habian seguido sus instrucciones al pie de la letra. Su alazan se encontraba amarrado bajo un arbol. La tormenta arreciaba y el animal estaba muy nervioso.

“Tranquilo…soooo” le dijo la monja. Acto seguido se montó en él y se dirigio rumbo al Cerro de los Metates. En una media hora llegó adonde se encontraba el cementerio. Ahi no llovia. La lluvia arreciaba, sin embargo, sobre La Antigua. Los rayos eran mas y mas frecuentes. Varios arboles ya habian sido derribados en el pueblo y la gente se habia encerrado a piedra y lodo rezando rosarios.

Sor Juana desmontó y dejó ir libre a su monta. Selecciono un claro junto al cementerio y ahi rasgó en la tierra un circulo. Varias veces se asustó al confundir un palo con una nauyaca. Luego, creó un pentagrama dentro del circulo. Puso los “milagros” de plata en el circulo junto con las hostias consagradas. Y para finalizar, colocó las rosas como ofrenda fuera del circulo.

Un viento frio azotó contra el cementerio y Sor Juana, asi desnuda como estaba, tembló. Las nubes empezaron a cubrir la luna. No habia suficiente luz para leer sus notas. Y el viento no le dejaria hacer una fogata. Tratando de recordar la invocación Sor Juana comenzó a recitar en nahuatl.

Por varios minutos nada mas pasó, excepto que se incrementaron las posibilidades de que la monja contrajera una pulmonia. Luego los matorrales alrededor del cementerio se comenzaron agitar. Y no era por el viento. Se oyó un gemir. Sor Juana trató de ignorar todo esto y concentrarse en enunciar bien la incantación. Una como serpiente de luz difusa empezó a descender de lo alto del cerro.

Sor Juana no podia continuar ya. Titiritaba de frio, cosa inusual en una noche veracruzana. “Si vos vais a apersonaros hacedlo ahora que ya estoy a punto de contraer una pulmonia,” dijo en voz baja la monja.

La serpiente de luz descendio del cerro. En efecto, parecia un fuego de San Telmo. Pronto rodeó el circulo donde se encontraba la monja. Se oyeron caracoles y tambores. Formas difusas empezaron a formarse. En efecto, no eran humanas exactamente.

Para su sorpresa, Sor Juana reconocio a los entes que se estaban formando. La monja no pudo evitarlo: se rió.

“¿Faunos? ¿Centauros? ¿Aqui en lo que era mesoamerica? ¡Vive Dios que aqui no es Arcadia! Si tratais de espantarme usando mis memorias y prejuicios os dire que mas bien me entreteneis.”

Los entes se desvanecieron. Tan solo quedó la serpiente de luz difusa alrededor de la monja. La voz era de una mujer. El acento era yucateco. Los oidos de Sor Juana no la oyeron. La voz estaba en su mente. “Sois un alma muy vieja Juana. ¿Os conozco? ¿Fuistes acaso una de mis sacerdotisas en la ciudad donde los hombres se hacian dioses? ¡Hace tanto tiempo! ¡Tanto tiempo ya!”

“¿Sois Nanciyaga?” pensó Sor Juana. Aparentemente no habia necesidad de hablar.

“Ya os dijo mi hijo que asi me han llamado. Igual Tonantzin, Coatlicue, ¡Ja Ja! ¡Los cristianos quieren hacerme Maria de Guadalupe! Por cierto gracias por las rosas. Son mis favoritas.”

“¿Que sois, señora? Ayudadme a entender.”

“Veis la estrella del norte, ¿la que los europeos llaman Polaris?”

Sor Juana elevó sus ojos. Al norte el cielo estaba despejado y Polaris brillaba como un diamante.

“Sabed que no es una estrella. Son dos, un sistema binario, ¿comprendeis?. Vos escribisteis del pasaje de las esferas ¿no? Cito vuestro ‘Primer Sueño’…’piramidal, funesta, nacida de la sombra de la tierra’…interesante, ¡que manera de describir la sombra de la tierra sobre la luna! Asumo entonces que entendeis que las esferas, aun esta tierra misma, no son mas que islas en un gran golfo obscuro. Soy pues una viajera. Si, yo y mi raza somos…fuimos…viajeros. Fue hace mucho tiempo…mirad al cerro!”

Sor Juana volteo a ver la montaña. Esta no era el cerro carcomido, los restos del volcan, que ella conocia. En su lugar habia un gigantesco cono nevado y de su crater surgian llamas.

“¿Teneis idea de cuanto tiempo tendria que pasar para hacer del cerro lo que es hoy, una triste reliquia? Y sin embargo, ese fue el cerro que yo conoci al llegar a esta tierra. “

“¡Los evangelios dicen que la tierra solo tiene cinco mil años!” protestó Sor Juana.

“¡Juana! ¡Juana! ¿Por qué negais lo que vos bien sabeis? Es mas, lo supisteis desde el dia que todavia niña jugabas en el jardin de vuestra casa en San Miguel Nepantla. ¿Os acordais de la concha de ostra que un dia encontrastes en vuestro jardin? ¿Recordais como os azoró encontrar esta tan lejos del mar? Vos nunca habeis creido en esas patrañas de los evangelios. Decidme, ¿por qué vendisteis vuestros libros?”

Sor Juana suspiró. El arzobispo le habia prohibido que hiciera mas especulaciones teologicas. En otras palabras, le habia prohibido que pensara. “No tenia caso tenerlos si no iba a poder usarlos.”

“Claudicastes, Juana, claudicastes.”

“¿Que sabe usted de lo que es lidiar con…con los hombres? ¡Usted es una diosa y omnipotente! ¿Por qué no convertisteis al arzobispo en un asno si tanto os ofende mi claudicación?”

“¡Ay Chana! ¿Y quien crees si no los dioses os dieron la capacidad de criticar y cuestionar nuestros motivos? Fue natural que cuando surgieron los hombres nos veneraran. Pero, ¿sabeis a quien le tememos? ¿Sabeis quien mutila nuestros altares y nos denuncia como demonios? ¡Ustedes mismos hacen tal cosa! ¡Habiase visto tal ingratitud!”

Una serie de violentos relampagos iluminaron a La Antigua. Tal parecia que estaban lloviendo rayos en el pueblo. Sor Juana tembló imaginandose lo que estaba pasando la población.

“Señora, creame que toda mi vida he soñado con poder entender los designio de Dios o los dioses. Pero el caso es que no tengo tiempo para discutir con usted. Vea lo que esta ocurriendo en La Antigua. Va a matar a muchos inocentes: hombres, mujeres, niños y ancianos.”

La voz se quedo callada por un momento.

“Ay Chana….¿Y yo por qué?”

“¿QUE DICE?” gritó Sor Juana desesperada.

“Yo mandé a mis muchachitos a tratar de liberar a mi hijo pero la aduana está retacada de plata. No pudimos hacer nada. Yo no tengo que ver nada con esa tormenta. Ya os dijo mijo que es Tlaloc el de la bronca.”

“¡Ayudeme por favor!”

“Te quejas de los hombres. No conoces al tal Tlaloc. Entre mas viejo mas pendejo y no oye razón cuando está enchilado.”

“Pero, Tlaloc es su padre, ¿no? ¡Algo debe haber que podria usted hacer!”

“A ver, Chana, parate.” La monja hizo tal cosa. “Por cierto, el ritual no requeria que te encueraras. Esa fue puntada de don Carlos, viejo cochino. Bien, estas media caderona mija, pero no importa, ansina estare mas comoda. A ver, salte tantito del circulo…” Sin pensarlo mas, Sor Juana hizo lo que se le indicó.

“¿Que quereis decir caderona?” alcanzo a decir Sor Juana. De pronto sintio como si un fuego la abrazara.

X.

“¡Todo a estribor!” ordenó el Corsario Negro. El Rayo se aproximaba a la bocana del rio. El mar estaba agitadisimo. Un viento huracanado dificultaba la maniobra. Los rayos caian a rajatabla sobre La Antigua.

“¡Quiten el trapo!” rugió el corsario. La marineria del Rayo se apresuró a arriar velas. Al lado del corsario, Moko y el vasco observaban, todos palidos, como la corriente los arrastraba contra el farallón frente al puerto.

“Responde…responde…” alcanzaron a oir murmurar al corsario. Finalmente el Rayo respondio al timón. Las olas los impulsaron dentro de la bocana. El puerto estaba a la orilla del rio.

“¡Echad ancla!” ordenó el corsario. “¡Moko! Dejad que las chalupas toquen tierra. ¡Entonces comenzad a cañonear la aduana! ¡Con esta tormenta no nos han detectado! ¡Vasco, seguidme con cincuenta hombres!”

El corsario y los piratas abordaron las chalupas y se dirigieron a la orilla. Moko se encargó de situar los cañones para bombardear la aduana. El viento aullaba entre los palos del buque.

“¡Señor Moko! ¡Mirad!” imploró un pirata apuntando a los mastiles.

“¡Fuegos de San Telmo! ¡Con un carajos! ¿Que no los habian visto antes?”

“¡Haran estallar la polvora!” respondió una voz. El Rayo se zarandeaba. Las olas del mar, embravecidas, entraban rio arriba.

“¡La orden del capitan es disparar!” rugió el negro sacando una gigantesca cimitarra. “Ya bastantes problemas tenemos manteniendo la polvora seca. ¡Al primero que me desobedezca lo mato! ¡Echen otra ancla con un carajo! ¡Vamos a embarrancar si el buque no está firme!”

Mientras tanto, en la aduana, Cuervo y Wan Guld estaban discutiendo acaloradamente.

Cuervo dio con su puño en su escritorio. “Si quiere usted poner sus albarderos en el techo hagalo, señor conde. Ya van tres rayos que impactan este edificio. Yo no voy a poner a ninguno de mis hombres en riesgo.”

“¡Mis hombres no son cobardes!” espetó el flamenco.

“¡Pos a ver si son pendejos! Yo no sacó a mi gente de aqui!” insistió el alguacil.

“Jefe,” se atrevio a decir Casimiro.

“¿Que diablos quiere Casimiro?” rugió Cuervo.

“Le tengo una buena y una mala noticia jefe,” dijo el mulato.

“A ver, ¡dime la buena primero!” ordenó Cuervo.

“Ya hay dos celdas disponibles para guardar la plata.” En efecto, era una excelente noticia pues habian lingotes de plata arrumbadas en todas partes.

“¿Y la mala?”

“Pues que cuando fui a juntar a los prisioneros…¡descubri que se escaparon! Parece que el indio verde ese escarbó un agujero adonde estaban los piratas y luego dobló los barrotes de esa celda.”

En la iglesia, mientras tanto, entre lingotes de plata que habia amontonado ahi Wan Guld, el cura Zambrano arengaba a su feligresia.

“Dios nos ha mandado esta plata para proteger a su santa iglesia. ¡Oid la tormenta! Es el demonio, si, el demonio el que trata de meterse aqui. ¡Y es que sabe que aqui estan los siervos de Dios que estan dispuestos a quemar a los esbirros del demonio!”

Un relampago iluminó la noche y apagó las velas del altar. Se oyeron gritos de horror. A traves del vitral de la iglesia y con la luz del relampago los feligreses pudieron observar a una mujer desnuda volando.

¡Que delirio el sentirse como una diosa! Sor Juana se reia mientras volaba sobre el pueblo hacienda piruetas. No sentia ni frio ni dolor. Una gran columna obscura se habia asentado sobre este y lo azotaba con rayos y lluvia. Sor Juana voló alrededor de esta columna titanica. En su mente oyó una discusión acalorada en una lengua que a veces, si, sonaba como maya.

Finalmente, Sor Juana se posó frente a la iglesia.

“Te dije Chana que cuando ese cabrón está enchilada no oye razón. Ni modo. No puedo hacer mas. Lo unico que lo contentaria seria si le ofreces el corazón de Zambrano. Buena suerte mija.”

En la mano de Sor Juana se posó un cuchillo de obsidiana. Ella volvio a sentir el frio y las gruesas gotas de lluvia caer. Tambien se dio cuenta de que estaba desnuda y vulnerable. Las puertas de la iglesia se abrieron violentamente.

"¡Ahi esta la maldita!" rugio Zambrano agitando un lingote de plata. ¡Ente del demonio! No pudisteis entrar por toda la plata que hay aqui! ¡Agarrenla!" Y una horda se avalanzó sobre la monja. Esta de inmediato puso pies en polvorosa.

XI La Corretiza

El primer disparo de Moko dió de lleno en la torre de la iglesia. La torre se cimbró. Zambrano y sus feligreses aullaron de espanto. Luego un rayo acabó la labor de destrucción y la torre se vino pesadamente abajo cayendo sobre el chiquero. Doña Tamales y sus lechoncitos, milagrosamente intactos, salieron todos agitados y enojados de entre los escombros.

Kak-Mul se habia plantado enmedio de la plaza y con los ojos cerrados y los brazos extendidos hacia el cielo murmuraba una plegaria.

“¡Compadre guacamayo! ¡Vengase con nosotros!” le imploró Carmaux. El indio no le hizo caso.

Al oir el disparo de inmediato Wan Guld y sus hombres se aprestaron para la defensa de la aduana. Mientras tanto, Sor Juana, sin voltear a ver, siguio corriendo por la calle principal del pueblo. Casi dio de lleno con un grupo patibulario que la sorprendio. Estos traian alfanjes y cimitarras e iba al frente de ellos un hombre vestido de gentilhombre con una espada toledana en la mano.

“¡Por Belcebu!” gritaron los piratas al verla.

Sor Juana pensó rapido. “Señores filibusteros, ¿quereis plata? ¡Entonces seguidme!” Y se echó a correr en dirección otra vez a la iglesia. Los piratas, ante la oferta de riquezas hecha por una mujer atractiva y desnuda no vacilaron y corrieron tras de ella.

Los piratas irrumpieron en la plaza del pueblo justo cuando Moko hacia llover granadas sobre la aduana. Se oian las maldiciones de la guarnición sobre cuyas cabezas amenazaba con venirse abajo toda la fortaleza.

“¡En la iglesia hay plata1” gritó Sor Juana.

“¡Vasco!” ordenó el corsario. “¡Amagad la aduana con treinta hombres! El resto, ¡siganme!”

Los piratas se avalanzaron sobre la iglesia. Zambrano y sus seguidores aullaron de miedo e intentaron guarecerse en esta.

“¡Los piratas!” rugió Wan Guld.

“¡Aqui no entran!” respondió Cuervo. “¡Fuego a discreción muchachos!” Los hombres del alguacil y los alabarderos empezaron a dispararle a los hombres del vasco. Mientras tanto, una ola habia violentamente azotado al Rayo. Varios de los cañones se habian desprendido y el barco amenazaba escorar. Se oian los rugidos de Moko tratando de arengar a la tripulación. Pero por el momento el fuego de su artilleria habia cesado. Varios rayos cayeron en la plaza, causando que el patibulo empezara a arder. Se esparcio un olor a chicharron pues los cadaveres de los colgados habian prendido y, llenos de electricidad, bailaban en la soga. Otro rayo chamuscó al Vasco. Tanto él como sus hombres, marinos supersticiosos se dispersaron. Carmaux yWan Stiller dejaron a Kak-Mul rezando en la plaza y e igual se dieron a escape.

“¡Ahi va el corsario!” rugió Wan Guld reconociendo a su enemigo. “¡Alabarderos! ¡A mi!”

Sor Juana y los piratas irrumpieron en el templo. Los filibusteros empezaron a recoger los lingotes de plata. Los incondicionales de Zambrano gritaban de panico. El cura le mostraba un crucifijo a Sor Juana. “¡Vade retro!”

Sor Juana ignoró la amenaza y agarró al cura del cuello y levantó el cuchillo de obsidiana. El hombre le dio un golpe con el crucifijo. Sor Juana lo dejó ir.

“¡Ventimiglia!” rugió el conde de Wan Guld. “¡Rendios!”

“¡Wan Guld!” contestó el corsario. “¡Idos al diablo!”

De inmediato los dos hombres cruzaron los aceros. Los piratas dejaron la plata y se empezaron a pelear con los hombres de Wan Guld.

“¡Bellaco!” le espetó el corsario.

“¡Pirata!” contestó el conde.

“¡Traidor!” respondió Ventimiglia.

“¡Me robasteis a mi hija!” rugió el holandes.

“¡Mentira! ¡Se fue conmigo por su voluntad! ¡So maldito!” exclamó el corsario cuando el conde le alcanzo a arañar una mejilla con la espada.

Mientras tanto, Sor Juana forcejeaba con el cura.

“¡Estaos quieto!” gritaba la monja mientras obligaba al cura a acostarse en el altar. “¡Poneos aqui en el altar con un demonio!”

“¡La bruja esa está tratando de matar al siñor cura!” gritó uno de los seguidores de Zambrano.

“¡Ayudenme!” gemia Zambrano mientras manoseaba y no dejaba que Sor Juana los acuchillara.

Los piratas, mientras tanto, estaban siendo forzados hacia el altar por los hombres del conde, que eran mas en numero. Los incondicionales de Zambrano no se le podian acercar porque lo tendrian que hacer pasando sobre los piratas.

“¿Donde diablos está el vasco?” gritaba el corsario.

Zambrano le dió otro zopapo a Sor Juana que dejo caer el cuchillo. “¡Maldito!” gimió la monja escupiendo un diente. El cura agarró el cuchillo y se avalanzó sobre Sor Juana.

“¡Hostia! ¡Que yo le ayudo monja!” gritó don José entrando por la sacristia seguido del vasco y sus hombres. Levantó con una mano al cura y lo aventó sobre el altar como un bulto viejo.

“¡Alabarderos!” ordenó Wan Guld, “¡matad a estos bellacos!” Los alabarderos tenzaron sus armas.

“¿Que diablos pasa aqui?” preguntó Cuervo entrando en el San Quintin seguido de Casimiro y sus hombres.

Don José mientras tanto sostenia al cura en el altar. El hombre aullaba y maldecia y daba de patadas. “¡Estese quieto!” le ordenó don José dandole un zopapo. “¡Cuando usted quiera madre!”

Sor Juana vio el cuchillo de obsidiana en sus manos. Los rayos caian como lluvia. Todo a su lado eran gritos y maldiciones.

“¡Por el amor de Cristo!” imploró el cura.

“Yo no puedo…” gimió Sor Juana.

“¡Fuego!” rugió Wan Guld. Los alabarderos dejaron ir sus zaetas sobre los piratas. Pero con la lluvia se habian mojado sus instrumentos. Los dardos no tenian fuerza. El vasco habia cerrado los ojos al ver a un dardo ir en su dirección. Para su sorpresa este rebotó de sup echo. Las unicas bajas fueron dos. La primera fue una estatua de San Antonio que fue descabezada por un dardo. La segunda fue Sor Juana a la que un dardo le entro por la espalda. La monja gimió y dejo caer el cuchillo de obsidiana. Wan Guld rugió una maldición.

“¡Imbeciles!” dijo Cuervo. “¡Mataron a la madre!”

“¡Dejadme ir!” gritaba Zambrano. Un rayo le dio de lleno a la puerta de la iglesia y la abrio de par en par.

“¡A ellos!” rugio el corsario. Y sus hombres se avalanzarón sobre los de Wan Guld forzandolos a huir. “¡Recoged todo la plata!” ordenó el corsario.

Don José habia dejado de sujetar a Zambrano y se arrodilló junto a Sor Juana. “¡Madre!”

“¿A donde cree que va usted?” dijo Lencho sujetando otra vez al cura. Lorenzo lo agarraba de los pies. “Mejor ni se involucre, don José. A ver, Kak-Mul, esto es cosa de indios,” dijo Lorenzo. “Entrele, que ya casi no hay plata aqui.”

En efecto, el indio verde se encaminó hacia al altar. Sor Juana gemia enmedio de un charco de sangre. Kak-Mul recogio el cuchillo de obsidiana. Instantes despues se oyó un alarido animal. Por un par de segundos el cura Zambrano contemplo todavia como Kak-Mul sostenia su corazón en una mano ensangrentada y lo alzaba al cielo. Hubo un ultimo relampago y de pronto dejó de llover.

“¡Hostia! ¡Traedme a un medico! ¡Esta mujer se desangra!” decia don José. En efecto, Sor Juana agonizaba. Unos cuantos grupos dispersos de piratas y aduaneros todavia se daban de mandobles en la nave de la iglesia.

Un vapor entró por una ventana. Una mujer alta, verde, vestida con un traje bordado de oro y portando un penacho de plumas de quetzál se materializó antes los ojos de don José. “¡Chana, ya deja de estarte quejando por esta flechita!” dijo la mujer. En sus manos se habia aparecido la flecha que habia herido a Sor Juana. La monja tosió y se incorporó, ya no estaba herida.. “Alguien sea un caballero y denle una capa para que se tape.” La mujer verde voltio a ver a los piratas y a los aduaneros que habian dejado de pelear azorados. “¡A ver, mis muchachitos!” dijo la diosa. Una turba de duendes entró a la iglesia. “Desarmen a estos imbeciles y llevenlos a la manigua. Unos dias de andar perdidos ahi les calmara sus ansias belicosas.” Los duendes agarraron parejo, desarmando a piratas y alabarderos y aduaneros por igual.

“¡Mis hombres y yo nos iremos de aqui!” dijo el Corsario Negro. “Por supuesto si la señora reina de estos duendes nos dá venia.”

“Digale que nos deje ir, compadre guacamayo,” le murmuró Carmaux a Kak-Mul.

“Bien,” dijo la diosa. “Idos. Pero llevaros cuanta plata puedan. No quiero aqui esa cochinada.”

“¡Con todo gusto señora!” contestó Ventimiglia hacienda caravana con su sombrero.

“¡No sea gacho Kak-Mul!” imploró Cuervo mientras él y Casimiro eran levantado en vilo por unos duendes. Kak-Mul hizo una señal y los duendes dejaron libre a Cuervo y a Casimiro aunque sin armas.

“Bien, solo falta mi nuera,” dijo la diosa. Leticia entró acompañada de doña Jovita. La muchacha no parecia estar ya enferma. Se avalanzó sobre Kak-Mul y lo abrazó y beso. “Tenemos que hablar tu y yo, niña,” dijo la diosa. “Te enseñare como torear a mi muchacho.”

“Señora,” dijo don José. “¿Sera posible que pueda volver a ver a mi hija?”

“¿Por qué no?” dijo la diosa. “Y a vuestra nieta tambien. El Cerro del Metate no está lejos.”

Se oyó un pajaro cantar. “Ya amanece,” dijo la diosa. “Ha habido mucho ajetreo hoy. ¡Es mucho para la mente de estos mortales! Al amanecer no recordaran nada, excepto por la Chana y don José.”

Unas horas despues, Sor Juana y sus dos acompañantes pararon en Quiahuixtlan a contemplar el pueblo. En el horizonte se divisaba un buque negro con todas las velas desplegadas. Una duda le corroia. ¿Que le diria al obispo? Bien, pensó, le dire que fue tan solo un sueño de una noche veracruzana. Por lo que toca a Zambrano, bien, le diria que el cura murio cuando un temblor derrumbó la torre de la iglesia. Decirle la verdad al obispo, se rió Sor Juana, seria inutil.

XII. Epilogo

Unos años despues el tifo azotó el valle de México. Las jeronimas, entre ellas Sor Juana, se ofrecieron a cuidar de los enfermos, una sentencia de muerte segura. El virrey ordenó que se hicieran piras con los cadaveres para que no se propagara la enfermedad.

Lorenzo portaba un bulto amarrado envuelto en un petate. Las lagrimas corrian de sus ojos. “Llevela la mitad del camino,” dijo Lencho con los ojos llorosos tambien. “Yo la llevare la otra mitad.”

“Ya no pesa mucho,” dijo Lorenzo. “Perdio mucho peso con la enfermedad.”

Los dos hombres llegaron adonde ardia la pira. Aventaron el cadaver en esta. La llama ardió con resplandor.

“¡Ya se nos fue para siempre!” lloraba Lorenzo.

“¡No diga eso!” respondio Lencho sollozando tambien. “¡La tenemos aqui! ¡Aqui!” dijo el hombre tocandose la sien.

Unos dias despues, cuando la epidemia habia amainado, la madre superiora de las jeronimas le notificó a don Carlos de Siguenza y Gongora que sirviera de albacea de los bienes de Sor Juana, tal como se asentaba en su testamento. Al sabio le fue dada la dispensa de entrar al claustro de la musa. No quedaba mucho, acaso unos cuantos poemas dispersos. Los libros e instrumentos habian sido vendidos muchos años atras. Don Carlos ordenó a Lorenzo y Lencho que empacaran las pertenencias de la monja. Mientras eso ocurria, don Carlos revisó una carta que encontró en un escritorio.

Madre,

Mi nieta es guapisima y no tiene nada de la pigmentación del padre. Ahora que ya creció y es señorita doña Jovita la cela con especial cuidado. Espero algun dia encontrar a un hombre probo que la despose. Mi unica preocupación sera si tiene un hijo ‘torna atras’, usted comprendera. Pero se hara lo que el buen Dios mande.

Don José

Don Carlos sacudio la cabeza. Algun conocido de Sor Juana se preocupaba porque su hija se habia casado con un negro y no queria que sus bisnietos le salieran africanos.

“Son solo estas dos cajas, don Carlos,” le dijo Lencho. “El resto son puros habitos.”

“Bien, dejen eso aqui par alas monjas.”

Los hombres salieron del claustro. Don Carlos notó que una fina llovizna caia sobre el valle.

FIN