Saturday, November 24, 2007

San Blas

San Blas

Parte I – La Angostura

I En Camino

primero de septiembre de 1846

Querida Rosa,

Mi amor, ¡no sabes cuanto te extraño! Despues de un mes de camino la columna llegó a Guadalajara hoy y por un momento crei que te vi entre la gente que nos vitoreaba al pasar. Como tu familia es de este rumbo tal vez lo que vi fue una prima lejana que se parecia a ti. Tan solo por qué sé que tu estas alla en San Blas con los chamacos y mi madre y hermanas no le hable, no la llamé por tu nombre. Por favor, no te vayas a poner celosa. Ya sabes que siempre te he sido fiel.

Y hazle caso a lo que te recomiende mi madre. Ella pario a siete de nosotros y sabe de esos menesteres. Ademas mi hermana Soledad, Dios la perdone, ya ha tenido dos chamacos aunque no sabemos quienes fueron los papás. (Mas bien hay dos arrieros de quien sospecho.) Asi que aunque seas primeriza vas a estar en buenas manos. Doña Clotilde es una excelente partera y comadre de mi madre y fue la que la ayudo cuando yo naci. Dios mediante esto acabara pronto y regresare y estare presente para el nacimiento de nuestro hijo.

Te dire que de las 600 gentes de leva con que salimos, solo lleguamos aqui con 400. Perdimos a muchos en la sierra que aprovecharon para huirse a pesar de la vigilancia de los sargentos y jefes. Capturamos a seis y lo mas penoso fue que por orden del coronel fusilamos a tres de ellos. Pero ni asi evitamos la deserción. Otros se nos fueron enfermando o de plano se nos murieron en la sierra pues nos llovio continuo y algunos se enfermaron con el frio.

Llegamos a Guadalajara todos hambrientos pues se nos acabaron las vituallas dos dias antes. Cuando llegabamos a los pueblos la gente, sobre todo hombres, se escondian para que no nos los fueramos a llevar de leva y la gente no queria vendernos vituallas pues los vales del gobierno no se los pagan despues. El caso es que espero pasar aqui unos cuantos dias y espero poder disciplinar y entrenar a estos infelices que en su vida han disparado un rifle.

Tu esposo,

Antonio Prieto

5 de septiembre de 1846

Querida Rosa,

Yo creo que nos va a llevar la chingada. El comandante de la guarnición informó al coronel que no, no tiene ni polvora ni parque extra que darnos para poder entrenar a la gente. Por lo menos aqui no faltan vituallas y la gente se han ido recuperando de la marcha. Los instruimos en marchar y en reconocer los toques de corneta pero eso no los va a hacer soldados. El batallón tiene otra vez los 600 gentes pues nos dieron mas gente de leva. Si por lo menos tenemos unas cuantas semanas para entrenarlos creo que por lo menos sabran morir en formación.

Te mandó esta carta con un mercader que conozco de años y que me dijo se dirige al puerto. Incluyo tambien mi ultima carta que no pude mandar e incluyo unos pesos que gane en los gallos. El general me invitó al palenque y me prestó algo de dinero para empezar a jugar y tuve bastante suerte esa noche. A mi el gobierno me debe todavia tres meses y mi gente no ha visto ni un cobre todavia ni creo que los veremos este año.

Tu esposo,

Antonio Prieto

10 de septiembre de 1846

Rosa,

Escribo esta nota rapida y espero que de alguna manera te llegue. Nos acaban de ordenar que con urgencia nos dirijamos al centro de la republica y de ahi a San Luis Potosi. El enemigo amaga Matamoros alla en el norte y el general-presidente está formando una columna para ir rumbo a Monterrey. No sé cuando pueda volverte a escribir. Te extraño. Si paso por la ciudad de México tal vez alcance a ver a mi tio Guillermo. No lo he visto en años y mi padre me contaba que era periodista y algo poeta.

Tu esposo que te ama,

Antonio Prieto

II San Luis

22 de octubre de 1846

Rosa,

Estoy en San Luis Potosi. El San Blas ha sido asignado a la gente del general Valencia y se rumora que el general-presidente nos mandara rumbo a Matamoros para tomar la plaza con un golpe de audacia. Para mi suena eso como una locura pues Valencia tiene puros guardias nacionales que estan mas verdes y mal armados que nosotros. Y eso ya es mucho decir.

La situación del parque no ha mejorado aunque por lo menos hay totopos para la tropa aunque tienen muchos gusanos desafortunadamente. El general-presidente le da toda la preferencia a su recien formado cuerpo de husares, puro niño bien, que no sé que tan buenos saldran para los cocolazos.

Acaban de llegar la gente del general Ampudia despues de que entregaron la plaza de Monterrey. Aunque mas vale no mencionarles eso. Estan muy enchilados pues dicen que si abandonaron la plaza fue por ordenes superiores y no porque el enemigo hubiera podido entrar pues lo rechazaron varias veces.

Aqui en San Luis hace un frio de la chingada ya y dicen que el invierno sera especialmente crudo. La gente mia está casi desnuda y no los hemos podido entrenar mas que en marchar. Ayer tuve que fusilar a dos por deserción y ya hay otros en capilla por emborracharse y armar bronca. No vi a mi tio en la ciudad de México aunque si lo conocen en los periodicos.

Tu esposo que te extraña

Antonio Prieto

1 de diciembre de 1846

Rosa,

Sigo en San Luis. Toda la ciudad se ha convertido en un inmenso taller. Las mujeres estan tejen que tejen haciendonos uniformes. Algo de parque nos ha llegado y hemos empezado a entrenar a la gente. Ya propiamente vestidos y entrenados yo creo que los problemas de disciplina van a disminuir. Ten mucho cuidado y no andes levantando cosas pesadas. Me imagino verte panzoncita ya y a veces lloró de rabia por no estar contigo.

Tu esposo,

Antonio Prieto

24 de diciembre de 1846

Rosa,

No sé si alguna de mis cartas te ha llegado. El ejercito dice que ha establecido servicios de correos para que los cuerpos que venimos de lejos nos mantengamos en contacto con nuestras familias. El caso es que me siento muy solo y triste pues es la primera navidad que paso lejos de mi familia.

Tambien, he sido forzado a dejar el San Blas pues fui asignado a la brigada ligera del general Ampudia. Estos son los norteños de que te conté en mi ultima carta, si es que la recibistes. Estos amigos quedaron muy cortos de oficiales y jefes pues estos murieron al por mayor durante el sitio y me dieron una compañia de infanteria. La mayoria son ex-presidiarios y el sargento mayor es un tal Zaragoza, un veterano, que alguna vez fue parte de la guarnición de Goliad cuando Tejas todavia era mexicana. Dejó a su mujer y a su hijo alla en Monterrey y está ansioso de volver a reconquistar la ciudad.

Me han recibido bien aunque con algo de suspicacia como es natural. Me temo que estan armados solo con unos fusiles viejos aunque por lo menos son veteranos y saben usarlos. Con lo escaso que está el parque cada tiro lo tendremos que hacer contar. En fin, fue con tristeza que me despedi de mi viejo batallón pero ordenes son ordenes.

Tu esposo,

Antonio Prieto

15 de enero de 1847

Amada Rosa,

Anoche soñe que te veia llevando a un chamaquito a jugar en la playa cerca de nuestra casa. Ojala sea que el buen Dios me ha dado esta premonición para asegurarme que todo saldra bien y que ya no me ande preocupando por ti. No puedo evitarlo.

Anoche partio mi viejo batallón como parte de la columna de Valencia. Van a cruzar la sierra rumbo a Ciudad Victoria. Ojala que pueda volver a ver a esos muchachos. Me sacaron canas prematuras pero son gente buena en el fondo. Se rumora que partiremos rumbo al norte de un momento a otro.

Tu esposo,

Antonio Prieto

27 de enero de 1847

Rosa,

Dejo esta carta a cargo del intendente, el Señor Gomez, que me asegura que van a mandar un convoy con correos al centro de la republica y que de ahi te llegara. Rosa, mi amor, ¡estamos todos alborotados y henchidos de orgullo! La moral del ejercito nunca ha sido mas alta. Las bandas tocan todo el santo dia y la gente está ansiosa, especialmente mis norteños, de enfrentarse al enemigo. El caso es que hoy en la noche partiremos. Ya la caballeria, incluyendo los niños bien del general-presidente, ya salieron por delante.

El general-presidente tiene don de gentes, no se le puede negar, y no tiene empacho en sentarse a comerse un taco en los vivaques de la gente. El sargento Zaragoza está esceptico, sin embargo. Dice que si el general-presidente fuera tantito tan bueno como general como es para llenarle de humo la cabeza a la gente ya estariamos en Washington. En fin, Zaragoza ya lo conoce de años atras y ojala que esta vez en verdad el general-presidente no nos salga tan torpe como lo fue en Tejas. El caso es que ahorita la gente lo seguiria hasta el infierno, es la verdad, para sacar a Belcebu de ahi. Pobres gringos, hasta lastima me dan por la putiza que les vamos a poner.

Tu esposo,

Antonio Prieto

III La Marcha

4 de febrero de 1847

Hacienda de la Hedionda

Amadisima Rosa,

Hace un frio de la chingada y anoche nevó. Esta marcha es napoleonica, si, por el hecho que se parece a la retirada del corso de Moscu. Excepto que nosotros andamos buscandole la jeta al enemigo y no estamos huyendo de ellos. Le doy gracias que estoy entre los norteños y no con los otros cuerpos. Estos cabrones saben sobrevivir en este clima y el sargento Zaragoza lo que tiene de viejo lo tiene de mañoso. El caso es que no sé de donde diablos pero anoche metieron unas reses al campamento que nos cayeron de perlas pues ya teniamos dos dias sin comer.

Ya hay muchos enfermos y en cada vivaque hemos dejado muertos. Ayer varios amanecieron congelados y no se les puede ni enterrar porque la tierra está hecha hielo. Nuestro camino al norte está marcado por nuestros muertos. Las que mas lastima nos dan son las soldaderas pues estas algunas ni a huaraches llegan y solo tiene un rebozo para calentarse y se han estado muriendo al por mayor. La gente del sur es tambien de la que mas sufre pues en su vida habian pasado este tipo de frio.

Lo peor es segun me contó el sargento Zaragoza, ya en 1836 el general-presidente se habia visto forzado a hacer una marcha similar, en pleno invierno, y perdio la mitad de la gente nada mas en llegar al rio Bravo. Carajos, yo pensaria que esta vez no repetiriamos el mismo error pero la republica está tan empobrecida que nunca hay dinero para comprarle ropa adecuada a la tropa o armarlos bien.

No tenemos opción. Nuestro deber es defender la patria. El enemigo ya está dentro. Esta es una marcha que solo los soldados mexicanos podrian hacer. O somos muy tercos o muy pendejos o ambas cosas. Dios ayude a México y ojala que lleguemos vivos los suficientes para poder enfrentarnos al enemigo, porque al ritmo que estamos perdiendo gente lo dudo.

Dejó esta carta con un sargento que está a cargo de una columna de enfermos que regresara a San Luis. Dios mediante te llegue.

Tu esposo,

Antonio Prieto

8 de febrero de 1847

Queridisima Rosa,

¡Tal vez todo este sacrificio valdra la pena! Ayer amanecimos con la noticia que la caballeria del general Miñon se habia topado en la Hacienda de la Encarnación, cerca de Matehuala, con una columna de caballeria del enemigo. Segun me contó uno de los Lanceros de Jalisco, sorprendieron a la columna gringa saliendo de una cañada. Estaban magnificamente montados, con unos caballotes que son una chulada (varios fueron capturados), y sillas de montar muy bien hechas, a la medida del animal. Incluso traian piezas de montaña ligeras pero los mexicanos les cayeron encima tan rapido que no pudieron utilizarlas. ¡Y si vieras con que chuladas de carabinas ligeras estaban equipados estos cabrones!

El caso es que nuestros jinetes, que acaso llegan a tener una manta por silla y una lanza o machete por toda arma, los superaron en toda la linea, no solo en audacia sino tambien en montar. Esos cabrones gringos no estan acostumbrados a lo abrupto que son nuestras montañas y nuestros caballos, por ser mas pequeños, son mas manejables y agiles. Ademas de que esos lanceros tienen fama de locos y no les importa cargar por un declive casi vertical. Creo que asi sucedio y les cayeron por donde no parecia posible bajar ni a pie, menos a caballo.

Miñon y sus gentes regresaron escoltando a varios cientos de gringos prisioneros y con varias banderas capturadas. El enemigo era de un regimiento de Kentucky que segun decian eran fuerzas de elite. El caso es que fue destrozado en su totalidad. Acaso unos cuantos cabrones lograron escaparse a matacaballo huyendo al norte. Me temo que esto alertara a Taylor (el comandante enemigo) que ya vamos en camino. Ni modo.

Como te imaginaras, el animo del ejercito se elevó por los cielos. Nos agazapamos esa noche alrededor de nuestras hogueras tratando, si, de no morirnos de frio pero las chanzas y las carcajadas se oian por todos lados a pesar de que empezó a nevar y nosotros no teniamos techo. El sargento Zaragoza sacó, no sé de donde, incluso una botella de sotol y la compartimos, quesque para mantener el calor.

El sargento Zaragoza me decia que si por él fuera que se quedaran con su Tejas y ahi moria la cosa. Asegura que él conocia bien ese lugar y que es aun mas frio y feo que el desierto donde nos encontrabamos y que entonces para que chingaos lo queremos. Pero eso si, me explicó el viejo soldado, la frontera tenia que ser en el Nueces y no en el rio Bravo. Esa, decia, habia sido desde tiempos de los españoles la frontera entre la Coahuila y Tejas.

Pero para propiciar la guerra los gringos habian mandado un ejercito al sur del Nueces, enfrente de Matamoros, para causar un incidente y tener el pretexto de que los habiamos atacado y declararnos la guerra. O sea, carajos, es como si encuentra uno un intruso en la sala de su casa y este se siente ofendido si uno lo saca a patadas.

El problema fue que la guarnición de Matamoros cayó en el garlito y los atacó, si, pero muy a lo pendejo y los derrotaron en dos batallas. Unas semanas despues los gringos se presentaron ante Monterrey pero, como insistio Zaragoza, no pudieron entrar ni a carajos. Se peleaba casa por casa y cada vez que habia una brecha los mexicanos la sellaban a puros huevos y peleando cuerpo a cuerpo. Una y otra vez los rechazó la guarnición y no fue sino hasta que Ampudia les dio la orden de evacuar la plaza que la entregaron, muy a regaña dientes.

Te mandó un beso a ti y a la criatura en tu vientre. Le rezó a la guadalupana que me permita regresar algun dia a verlos a ambos.

Tu esposo,

Antonio Prieto

28 de febrero de 1847

III El Albur

Rosa,

La batalla ya tomó lugar. Fue en un punto denominado la Angostura. Ahorita me encuentro con mis norteños en Matehuala adonde el ejercito se ha retirado. No soy ningun principe Bolkonsky pero creo que debo dar aqui testimonio de lo que ha ocurrido tanto para que conozca a su padre nuestro hijo (si, asumo que la criatura sera varón) e igual para que otros mexicanos en un futuro se enteren de lo que acontecio. No mandare estas lineas sino hasta que lleguemos a San Luis, Dios mediante, y si por alguna razón no llego vivo le he pedido al sargento Zaragoza que te las haga llegar. Vive Dios que lo que he vivido me ha llenado tanto de orgullo como de rabia y necesito que se conozcan los hechos y los mexicanos no los olviden.

Venimos con las carretas cargaditas de heridos y chorreando sangre y no tenemos ni una puta venda y ningun medico se unio al ejercito. Las pocas soldaderas que todavia quedaron vivas despues de la marcha de aproximación son las que cuidan a nuestros infelices heridos y solo les pueden dar un trago de aguardiente –si lo hay—para ayudarlos a morir sin tanto sufrimiento. Excepto por una herida superficial mas escandalosa que peligrosa me encuentro intacto. De los 20,000 efectivos con que el general-presidente salio de San Luis, si regresamos 5,000 seran muchos.

El dia veinte llegamos al punto llamado la Encarnación, un caserio triste y seco. Ahi segun me dijeron el general-presidente contabilizó cuanto gente traia. Eramos tan solo 14,000 entonces, pues 6,000 se nos habian quedado en el camino Y eso no incluia a las miles de soldaderas que se quedaron en el camino. No he oido jamas de ningun ejercito que pierde la tercera parte de su gente por hambre o frio tan solo en aproximarse al enemigo. Y creo que son solo los ejercitos mexicanos los que marchan a la guerra acompañados de sus mujeres. No, no eramos un ejercito el que habia llegado hasta la Encarnación. Eramos un pueblo, una nación, y no, no estabamos derrotados. Habiamos visto los prisioneros enemigos y sus banderas capturadas. Y teniamos fé en nuestro general en jefe. Con un poco de suerte destruiriamos las columnas de Taylor y eso forzaria al enemigo a buscar la paz.

El plan del general-presidente era que cortar al enemigo de Saltillo con la caballeria. Luego los atacariamos en la hacienda de Agua Nueva donde creiamos que estaba. Esta está rodeada de cerros. Es una ratonera pues. Si les caiamos por sorpresa ahi los sitiariamos y los hariamos rendirse por hambre. Asi pues nosotros, la brigada ligera, fuimos mandados por delante con toda premura para sorprender al enemigo. Pero al amanecer del dia 22 tal fue nuestra sorpresa que encontramos que el enemigo habia abandonado Agua Nueva con toda precipitación y se retiraba hacia Saltillo.

La brigada ligera estaba, por supuesto, totalmente agotada despues de esa marcha a paso redoblado que habiamos hecho para sorprender al enemigo. El caso es que el general-presidente no nos dio ni tiempo de llenar cantimploras en Agua Nueva y nos dio la orden de seguir de inmediato por el camino a Saltillo donde seguramente encontrariamos al enemigo. Si acaso fue que obedecimos fue por nuestro celo patrio y las ganas que tenian mis norteños de entrar en contacto con el enemigo.

Al llegar a la Angostura cual fue nuestra sorpresa que vimos al enemigo que ya nos esperaba en perfectamente atrincherado en las alturas de los cerros. El sargento Zaragoza y yo recorrimos sus lineas y el fue reconociendo a algunos de los cuerpos que teniamos al frente. Alla, decia, estaban los regimientos de la Indiana, viejos conocidos, y tambien estaban los rifleros de Mississippi, magnificamente equipados con rifles de largo alcance. Si nos acercamos mucho nos van a venadear.

Pudimos reconocer varias baterias pesadas emplazadas magnificamente para hacer estragos en nuestra infanteria cuando nos aproximaramos. Era una linea formidable, defendida por un ejercito equipado con las armas mas modernas posibles, con oficiales de carrera y amplias municiones y vituallas. Nosotros, por nuestra parte, ibamos llegando de a poquito al campo de batalla. Y veniamos hambrientos, sedientos, mal entrenados, y mal armados. Sin embargo estabamos peleando en defensa de nuestra patria, en su suelo, y no nos importaba regar este con nuestra sangre si era necesario con tal de expulsar al invasor.

Por unas cuantas horas nosotros, los de la brigada ligera y unos escuadrones de lanceros, eramos el unico cuerpo mexicano que los confrontaba. Nos podian haber hecho pedazos con toda facilidad pero ni siquiera se molestaron en cañonearnos. De todo esto di parte a mi coronel y él a su vez hizo llegar la información al general-presidente. Este se habia adelantado con sus husares y escudriñaba las lineas enemigas montado en un caballote rete chulo que le habian quitado a los de Kentucky. El grueso del ejercito estaba unas horas detras y sabria Dios en que condiciones llegaria.

“¿Donde está Miñon?” preguntó el general-presidente a un subalterno mientras escudriñaba el camino a Saltillo con un catalejo esperando ver la polvareda de nuestra caballeria. Pero no se tenia noticia de estos. El general-presidente dijo una palabrota y maldijó a Miñon diciendo que cada cabron general que gana una escaramuza ya se las dá de presidente y es capaz de sabotear la causa con tal de llegar a la silla. Nunca supe si tal era la intención de Miñon o era que el general-presidente, como el león, creia que todos eran de su condición. El caso es que no, no se veia señal de Miñon o de sus lanceros que se supone iban a cortarle la retirada al enemigo. Por otra parte, un enemigo tan bien atrincherado como estaba Taylor no tenia necesidad de retirarse a Saltillo a menos que francamente lo sacaramos a patadas de sus trincheras. Y por lo que se veia de sus emplazamientos, eso iba a estar cabrón.

“¿Juega usted a los albures, teniente?” me preguntó el general-presidente con una sonrisa de politico veracruzano. Le respondi que raramente, señor, pero que estaba a sus ordenes por supuesto. “Bien,” me instruyó el general-presidente, “tomé usted una bandera blanca y aproximese a las lineas del enemigo. Digales que viene de mi parte y que quiere parlamentar en mi nombre. Asegureles que los tenemos rodeados, que los superamos en numero, y que los trataremos con toda consideración si se rinden.” En mi cara se ha de haber notado mi azoro.

“¡No sea pendejo teniente!” me admonestó el general-presidente. “Necesito ganar tiempo entre que llega el resto del ejercito. Si conozco bien a los gringos lo van a mandar a la chingada pero necesito a toda costa que usted gane unas horas, ¿entiende? A ver, denle a este cabrón un uniforme de general de división y un sombrero con plumotas,” ordenó el general-presidente. Era obvio que sacrificar un tenientillo mientras este impersonaba a un general no le importaba al general-presidente.

El sargento Zaragoza se ofrecio a ir conmigo. “Deje que lo acompañe ‘mi general’ pues conozco bien a estos cabrones y no quiero que su esposa quede viuda estando tan jovencita. Alla”, apuntó el sargento, “está la bandera de los voluntarios de Tejas. Son una bola de hijoeputas que no toman prisioneros sobretodo si estos son mexicanos y tampoco respetarian a un parlamentario mexicano. Mejor vamonos rumbo a las lineas de los de Illinois. Esos no son tan hijoeputas como los tejanos.”

Debo apuntar que para este entonces el enemigo habia empezado a cañonearnos. Los voluntarios de Tejas habian reconocido al general-presidente y trataban de matarlo con su artilleria. Acto seguido, el general-presidente caracoleo su caballo y se dirigio a la retaguardia escoltado por sus husares. Mientras tanto la infanteria de la brigada ligera se dispersaba al pie de los cerros para no ofrecer un blanco compacto a los obuses del enemigo. Y ondeando una bandera blanca, yo y el sargento Zaragoza nos dirigimos hacia las lineas enemigas.

“Usted nada mas hagase pendejo ‘mi general’”, dijo Zaragoza que hablaba como chachalaca mientras nos aproximabamos a las lineas enemigas. “De mi no sospecharan pues solo soy un sargento.”

Yo por supuesto no mascullo ni una palabra de ingles pero Zaragoza explicó que entendia esa lengua pues varias familias de colonos se habian asentado junto al presidio de Goliad y habia aprendido lo suficiente para entenderlos. “La verdad es que no tengo nada en contra de las gringas,” dijo Zaragoza, “son sus hombres los que son unos hijoeputas. Pero de sus mujeres aprendi a mascullar o por lo menos entender esa lengua. Y claro, en ese entonces era joven y bello, no viejo como ya estoy ahora. Claro, nunca le diga nada de esto a mi mujer pues me pondria como santo cristo.”

Afortunadamente al ver nuestra bandera blanca el enemigo habia interrumpido su cañoneo. Ya habia ganado algo el albur del general-presidente. La pendiente por la que subiamos, note, era de unos 30 grados a lo menos, muy rocosa, inestable, y con muy escasa vegetación. Si ibamos a subir por ella, pense, tendriamos que aligerar la carga de la gente si no llegarian muy cansados, si es que llegaban, a la cima. Tan solo cantimploras y parque y fusiles tendriamos que llevar.

En la punta del cerro nos cerraron el paso unos soldados gringos uniformados de azul. Su capitan era un grandote unicejal con cara de carnicero. Yo lo vi lo mas friamente que pude. El caso es que el uniforme hizo su efecto pues el grandote me reconocio como un “general” y me saludó. Le contesté el saludo y le hice saber que deseaba que me llevaran con su comandante en jefe. Un teniente gringo aparentemente hablaba español y tradujo mi solicitud. Nos vendaron los ojos y nos llevaron a traves de sus lineas. El breve vistazo que habia dado antes de que me vendaran me indicó que sus fortificaciones eran formidables. Era evidente que Taylor habia planeado todo esto con anticipación y sus gentes habian creado extensas lineas de trincheras donde estarian a salvo de nuestra artilleria y podrian tirotearnos con impunidad.

Taylor era un viejon gordo cacarizo que me sonrio socarronamente cuando me vio llegar. En esos momentos comprendi que era otro politico, igual que el general-presidente. Vamos, si los dos se hubieran visto se hubieran olido la cola como los perros y se hubieran reconocido como de la misma especie. “Usted serr muy joven para ser un general”, dijo el gringo que traducia. Ignore lo que decia y me aventé el rollo que me habian encargado.

Por unos momentos no dijo nada Taylor. “¿Nos asegura el general Santa Anna que seremos tratados en forma correcta si nos rendimos?” preguntó Taylor en buen español.

“Si, tiene usted su palabra,” respondi.

Un cabron vestido de gambusino dijo algo en tono golpeado. “Es un coronel de los tejanos”, me murmuró Zaragoza, “y está bastante enchilado.”

“El coronel McCullough aqui recomienda que los fusilemos,” dijo Taylor. “Yo por mi parte no hare tal cosa. No me parece de gentes civilizadas esos metodos. Vamos, si aqui va a haber una batalla, que desperdicio, expliqueme por que debo rendirme dado que estoy en una posición ventajosa como usted se ha de haber dado cuenta.”

Mire a mi alrededor con cierto desden. “Francamente no me es esto evidente.”

“Pues ha de ser usted un necio, jovencito. ¿Que acaso espera que le dé un tour de mis fortificaciones? Le vuelvo a repetir que tengo todas las ventajas. Poseo las alturas y mi ejercito está descansado. Ustedes acaban de hacer una marcha de mil kilometros. Asi pues, le digo otra vez que me explique por qué diablos debo rendirme.”

Por toda respuesta, volvi a repetir mi rollo. Los minutos contaban. En cualquier momento llegaria el grueso del ejercito mexicano.

“Me decepciona usted, jovencito,” concluyó Taylor. “La respuesta es no. Si quieren batalla aqui los esperaremos. Ademas de que los tejanos me han dicho que la palabra de Santa Anna no vale un cacahuate.”

“¿Podria poner su respuesta por escrito señor general?” pregunté.

“Si asi insiste, jovencito,” asintio Taylor con un gesto de impaciencia. Rapidamente escribio unas letras.

Yo vi el documento con algo de escepticismo. “¿Tiene cera para que imprima su sello?”

“¿Me esta viendo la cara jovencito? Tome lo que firmé y vayase ya. De lo contrario dejare que McCullough y su gente los linchen.”

Antes de que nos volvieran a vendar pude contemplar con satisfacción que el grueso del ejercito mexicano ya habia llegado al pie de los cerros. El albur del general-presidente habia funcionado.

Para cuando regresamos a nuestras lineas ya estaba anocheciendo. Al dia siguiente habria una batalla.

Al aproximarnos a las lineas mexicanas fue que me hirieron. El centinela nos grito “¿Quien vive?” a lo que respondimos México y luego nos pidio el santo y seña.

“¡Con un carajos si lo sabemos!” contestó Zaragoza. El caso es que nos soltaron unos plomazos. Yo solo senti un golpe ligero en la sien. Y Zaragoza estaba ileso.

“Tiran rete mal, sargento,” dije flematicamente. “Han de ser la gente de Ruvalcaba. Son puros chamacos de leva pendejos.”

El sargento se me quedó viendo con horror. “¡Puta madre! ¡Que ya hirieron a mi teniente!” Zaragoza empezo a aventar mentadas con una boca que haria que un carretonero se avergonzara. Los centinelas, reconociendo su error, se nos aproximaron. Eran en efecto gentes de infanteria de la primera división. Puros inditos jovencitos de leva. Apenas si hablaban español. Fue cuando me di cuenta que estaba chorreando sangre.

“No se mueva mi teniente, a ver le revisó,” dijo Zaragoza. “Tiene suerte, fue solo un rozón, o tiene usted la cabeza muy dura. Va a necesitar unas puntadas.” El sargento sacó aguja de su portamontañas, me rocio sotol en la cabeza, produjó un trapo relativamente limpio sabra Dios de donde el cual usó para aplicar presión a la herida, y ahi mismo me empezó a dar unas puntadas con la aguja.

Traté de ignorar el dolor. Lo mejor era, pensaba, no estorbar a Zaragoza mientras hacia su trabajo. El sargento me sorprendio expresando lo que habia estado pensando. “¿Se fijó en el tal Taylor? Yo creo que fue mejor que no se apalabrara con el general-presidente. Imaginese, perro no come perro. Ya estarian llegando a un acuerdo y vaya a usted a saber cuanto mas territorio les tendriamos que dar a esos cabrones. ¿Cree que pueda caminar?”

Aunque algo inestable yo y Zaragoza nos dirijimos hacia donde estaba la lujosa tienda de campaña del general presidente. Tuvimos que hacer antesala hasta que nos atendio un coronel del estado mayor presidencial vestido muy elegantemente y relumbrón con tanto oro en el uniforme. Yo por por mi parte ya me habia vuelto a poner mi uniforme todo lamparoso de un oficial de la linea.

“Vengó a darle parte al general-presidente del resultado de las negociaciones,” anuncie. “Se me ordenó ir a parlamentar con el enemigo llevandoles las propuestas del general-presidente.”

“El general-presidente está muy ocupado, teniente, como se imaginara. Deme usted el reporte a mi. Soy el teniente coronel Moncayo y soy ayudante del general-presidente.”

“Bien, señor teniente coronel, digale que el enemigo no se rinde. Aqui está su respuesta por escrito.” Traia yo un paliacate a manera de venda y este ya estaba empapado de sangre. Unas cuantas gotas de esta cayeron en la carta de Taylor. Moncayo tomó el documento con cierto asco.

“Bien, es todo teniente. Vayase a tratar esa herida.”

IV El Cerro Sin Nombre

Dormi apenas unas cuantas horas cuando me despertaron las mentadas de madre que gritaba Zaragoza levantado a la gente y aprestandola para el combate. Por todo desayuno se repartireron unos cuantos totopos que afortunadamente no estaban muy engusanados. Los norteños habian descubierto un ojo de agua y ahi llenamos cantimploras. Serian las seis de la mañana, todavia con la neblina sin dispersar, cuando el coronel del batallón, un viejo formidable con barba cerrada como un arabe y al que llamaban “el emir”, nos llamó a los oficiales.

“Señores, por orden de mi general Ampudia, la brigada de infanteria ligera se movera sobre aquel cerro que ven ustedes a nuestra derecha. Tal parece que el enemigo lo ha dejado resguardado. Si lo tomamos primero ganaremos cierta ventaja sobre el enemigo pues podremos dominar desde su altura parte del camino a Saltillo. Salen en quince minutos, a paso redoblado.”

En efecto, Taylor la habia cagado y el cerro en cuestión estaba desguarecido. Aparentemente hubo una junta similar en el campamento gringo pues pronto se pudo ver una columna de estos aproximarse al cerro tambien. La artilleria yanqui, cuyo alcance era superior al de nuestros pedreros, empezó a retumbar. No habia remedio. Teniamos que pasar enfrente de sus cañones y a tiro de sus baterias mientras nos decimaban.

Al principio los batallones de la brigada ligera tratamos de mantener formación. Pero bajo el embate de los obuses norteamericanos y viendo a las columnas de estos aproximarse al cerro toda formación se perdio. Cada vez apresurabamos mas el paso hasta que ya avanzamos en franca carrera. El viejo correoso de Zaragoza me sorprendio pues mantenia el trote y gritaba arengando a los muchachos. “¡Adelante cabrones! ¡El que llegue primero gana!”

Pero, ¡ay! el enemigo llegó a la cima del cerro primero y ahi se empezo a formar para recibirnos. Llegamos corriendo hasta unos 100 metros de la cima y ahi nos ordenaron detenernos. Nos agazapamos detras de las nopaleras y las piedras para protegernos. El declive era como de 45 grados. Yo sentia el pulso retumbarme y la gente estaba bañada en sudor. El sol empezó a salir detras de las montañas. A diferencia de los dias gelidos anteriores esta vez iba a ser un dia de sol calurosisimo.

“Puta madre, sargento, ¿por qué chingaos no se pone de acuerdo el tiempo aqui en su tierra? ¡Un dia nos helamos y al otro nos derretimos! No deje que los muchachos tomen de sus cantimploras. Vamos a necesitar esa agua despues.”

“¿Que esperamos mi teniente?” preguntó Zaragoza.

Pero la orden se habia propagado: “¡esperen a las banderas!” En efecto, los portaestandartes habian quedado atras en nuestra loca carrera. Algunos habian caido por los obuses y otros habian recogido los lienzos tricolores. La brigada ligera iba a tomar el cerro con sus banderas ondeando por delante, no faltaba mas. Los gringos ya estaban formaditos, con cartucho cortado, esperandonos. Serian unos tres batallones, de los rifleros del Mississippi, todos expertos tiradores.

Atras, muy atras, el general-presidente y sus ayudantes veian el movimiento con sus catalejos. “Le apuesto cien pesos a que lo toman, Moncayo,” dijo el general-presidente.

“Que sean doscientos señor presidente,” dijo Moncayo. “Va a estar muy cabrón. Ya los estan esperando.”

Esto vá a ser cosa de huevos, pensé en esos breves minutos. Tu recuerdo me pasó por la mente, Rosa, pero por alguna razón no podia recorder sino tus trenzas azabache. Y, cosa rara, pude oler el café de olla que mi madre hacia para el desayuno. Por breves momentos pensé que tal vez hubiera sido mejor si Taylor y Santa Anna se hubieran apalabrado y asi nadie derramaba sangre. Afortunadamente no tuve tiempo de seguir pensando de esa manera, si no, me hubiera acobardado. Tocó el clarin. Automaticamente, sin pensar, que si los soldados pensaran no se harian la guerra, los jefes y oficiales nos paramos al frente de la gente y sable en mano y gritando arengas nos dirigimos hacia la linea enemiga. No recuerdo mas. Solo sé que la brigada ligera pagó con sangre la posesión de ese cerro y que nos causaron bajas espantosas esos rifleros del Mississippi con sus rifles modernos.

Creo que volvi en mi cuando me di cuenta que estaba agazapado sobre unos peñones en la punta del cerro. Mi espada estaba chorreando sangre y una sed tremenda me abrazaba A mis pies se veian los batallones del enemigo retirarse en desbandada. Me tenté el cuerpo buscando una herida pero para mi sorpresa, aparte del rozón que me habian dado los mexicanos, estaba incolume. Habian muertos, mayoritariamente de la brigada ligera, dispersados en toda la cima del cerro y en la pendiente por la que habiamos subido. El estandarte mexicano ondeaba en la punta del cerro y nuestro coronel, “el emir”, a pesar de tener un torniquete en el brazo pues la mano la habia perdido de un sablazo yanqui, fumaba flematicamente observando la situación. “No se confien muchachos, esos cabrones van a regresar,” dijo él. A sus pies la gente estaba juntando las armas y estandartes capturados al enemigo. “Necesitan este cerro. Y no se los voy a dar, como chingaos.”

En respuesta se oyó el rugir de las baterias yanquis y nos agazapamos entre los peñascos esperando a que pasara la tormenta de metralla. Ese maldito cerro sin nombre era nuestro. Lo habian pagado nuestros muertos, era mexicano. Si, de a tiro solo los mexicanos son asi de tercos o de pendejos de aguantar el castigo de una artilleria moderna sin rajarse.

“Me debe doscientos pesos Moncayo,” dijo con satisfacción el general-presidente. Moncayo le entrego sonriendo unas monedas de oro.

“¿Cree usted que se sostengan señor presidente?”

“¿La brigada ligera? Si, definitivamente. Si Ampudia se cagó y entregó Monterrey no fue por culpa de su gente.”

Mientras tanto la algarabia por nuestro triunfo era general en las lineas mexicanas. Las bandas empezaron a tocar y las vivas a la brigada ligera y a México se repetian.

“”Pos que bien,” dijo el general-presidente. “Ya se alboroto la indiada. Con algo de suerte ganamos. ¿Tiene don Ignacio de la Mora lista la gran bateria?” le preguntó el general-presidente a un coronel del cuerpo de ingenieros.

“En media hora mas, me reportá, señor presidente,” fue la respuesta.

“Bien, si creen que estan a tiro,” ordenó el general-presidente, que empiecen a castigar las trincheras enemigas.” Observó el sol. Era mediodia. “Hoy solo habran estas escaramuzas. Mañana va a haber el baile de a deveras.”

“¿Reforzamos a la brigada ligera señor presidente?” preguntó Moncayo.

“Si, mandeles la primera brigada de don Pedro Garcia Conde. Que se aguanten en ese cerro y no lo suelten para nada, cueste lo que cueste.”

Mientras tanto, en el campo yanqui, Taylor contemplaba el resultado de la mañana. “Charlie, me temo que Jefferson Davis y sus rifleros parecian conejos huyendo de ese cerro.”

El ayudante veia con el catalejo a nuestro cerro. Estaba envuelto en humo y parecia un volcan. “Pues nuestra artilleria los esta haciendo pagar por la posesión, mi general. No creo que duren.”

“No va a ser suficiente,” respondio Taylor. “Si permitimos esto los mexicanos se van a crecer. ¿Se acuerda lo que decia Napoleón? La moral es a lo fisico como tres es a uno. No, no puedo permitir que siga ese cerro en manos mexicanas. Mande parte al segundo de Indiana que lo tome. Es una orden. Ah, y tambien dile a McCullough y sus voluntarios tejanos que los acompañen. Esos amigos les traen ganas a los mexicanos. Ah, y que Jefferson Davis arengue a sus rifleros. Tienen una afrenta de honor que lavar esos ‘southern gentlemen’.”

V La Primera Noche

Conforme fue cayendo el dia el fuego de la artilleria enemiga fue disminuyendo lo cual nos dio cierto alivio. En nuestro cerro, los cuatro batallones de nuestra brigada, el primero, segundo, tercero, y cuarto de infanteria ligera, nos habiamos agazapado como podiamos entre los peñascos. Aun asi, la metralla del enemigo nos habia causado serias bajas. Estas, mas el castigo que sufrimos tomando ese cerro, significaba que nuestros efectivos habian sido reducidos a la mitad de lo que eramos en la mañana.

Mientras tanto, escondidos de nuestra vista, el enemigo iba formando la columna que asaltaria nuestra posición al dia siguiente. Toda esa noche, las fuerzas enemigas estaban siendo aprovisionadas y preparadas con todo los recursos que una nación industrializada le hacia disponibles a un ejercito profesional y moderno. El rancho, abundante y nutritivo, se distribuia puntualmente entre la tropa en contenedores aislados que lo mantenian caliente. El parque se repartia con eficiencia y era abundante y sin defectos. Los heridos y enfermos del enemigo eran recogidos y prontamente transladados a un hospital de sangre habilitado cerca del puesto de mando de Taylor (aunque no tan cerca que el señor general tuviera que oir o ver los resultados de sus ordenes, tal cosa es contraria a la moral…de los generales). Y en estos hospitales habian vendas y medicinas y enfermeros en abundancia, todo a cargo de un cuerpo de cirujanos profesional. Poseidos de la flema y arrogancia de su gente, con la satisfacción que dá un estomago lleno, vestidos con ropas adecuadas que los protegia del frio del desierto, y sabedores de la superioridad de sus recursos y de sus armas y con plena confianza en sus oficiales, todos egresados de West Point, el ejercito enemigo se aprestaba a pasar una noche tranquila.

“Si no nos mató su puta metralla, nos vá a acabar de matar el frio,” declaró el sargento Zaragoza. En efecto, tipico del gran desierto del norte, en cuanto iba atardeciendo la temperatura caia precipitadamente. No habia, en ese cerro reseco, leña para hacer fogatas, y aun si la hubiera empezó a caer una lluvia helada. Tampoco habia rancho. Busque y encontre un totopo en la alforja de uno de nuestros muertos. Desgraciadamente, estaba empapado de sangre.

Tambien escaceaba el parque. “Busquen entre los caidos y junten todo el parque que puedan,” ordené. Eso hicimos hasta que ya no hubo mas luz. Los heridos que pudimos los pusimos a cobijo entre los peñascos. No habia, sin embargo, ni vendas, ni doctores, ni puta madre que ofrecerles. Se nos fueron muriendo durante la noche, de frio, de dolor, de sed, de hambre, de las heridas.

Como a la media noche Ampudia convocó a sus oficiales. El cerro era un viejo volcan y habia una especie de amfiteatro en su cima donde el crater alguna vez habia estado y el lugar estaba relativamente protegido de la metralla de la artilleria enemiga. La brigada ligera habia eregido una tienda de campaña y ahi nos juntamos los oficiales.

“Primero que nada,” comenzó Ampudia, “a nombre de la republica, el general presidente quiere extender su felicitación a este cuerpo por la hazaña que logró el dia de hoy.”

Hubo algunos murmullos tan solo por respuesta. La verdad hubieramos preferido mejor que en lugar de felicitarnos el general presidente nos hubiera mandado unos totopos o se hubieran hecho arreglos para evacuar a nuestros heridos.

“Ahora, bien, hay malas noticias que han llegado desde el centro de la republica,” continuó Ampudia. “Como ustedes sabran, el general presidente dejo al señor Gomez Farias al frente del gobierno en la capital. Don Valentin ha hecho esfuerzos infatigables para conseguir pertrechos y armas y mandar gente a apoyar a este ejercito. Pero, como saben, sin dinero no se puede hacer nada. Para juntar plata don Valentin iba a imponerle un prestamo a la iglesia. Si alguien tiene plata son los curas y era justo que apoyaran el esfuerzo que está haciendo la nación. Tal medida nunca tomó lugar, tengo entendido, pues no solo el arzobispo se opusó vehementemente a ella sino que ademas la iglesia instigó un levantamiento en la capital. Varios batallones de la guardia nacional, formados primordialmente por jovenes de las familias más acomodadas y más catolicas, se han levantado en armas contra el gobierno del señor Gomez Farias.”

Esta vez varios de los compañeros no aguantaron su indignación y expresaron insultos al arzobispo y a la iglesia en general.

“Pues si, señores, concuerdo con ustedes,” dijo Ampudia. “Esto es una traición a la patria. En plena guerra con un enemigo extranjero los curas nos estan apuñalando por la espalda. Don Valentin ha tenido que arengar los pocos cuerpos todavia leales con que cuenta el gobierno en el centro y está tratando de sostenerse con ellos. Y donde nos jode mas es que todos esos batallones que ahorita estan matandose en la capital por una pendejada de los curas se supone que iban en camino al puerto de Veracruz, a fortalecer su guarnición. Si ahorita el enemigo desembarca ahi la plaza estara demasiado debil para sostenerse.”

“Mi general, ¿y que dice de todo esto el señor general presidente?” preguntó uno de nuestros coroneles.

“Por el momento su mayor preocupación es continuar esta batalla y ganarla,” explicó Ampudia. Enfrente de él habia una mesa con una carta topografica. “Como ven el campo de batalla consiste de una serie de cerros, estribaciones de la sierra madre oriental.” En efecto estos cerros estaban en lineas, como costillas, que partian de la parte mas escarpada e impasable de la sierra. “Aqui al oriente está el camino a Saltillo. Noten como sigue a lo largo del este valle. A nuestra izquierda estan los cerros donde el enemigo esta perfectamente atrincherado y esperandonos. Aqui, un poco mas al norte, está la llamada hacienda de Buenavista. El valle es el unico terreno plano en el area. Mas al oriente, notaran, se elevan mas montañas y se encuentran unas barrancas infranqueables. Nosotros estamos aqui, en este punto, donde terminan las estribaciones de la sierra y dominamos el camino a Saltillo. Es evidente que el enemigo nos atacará al amanecer.”

“¿Nos mandaran refuerzos?” preguntó otro coronel.

Ampudia señalo a unos oficiales vestidos de guardias nacionales. “Señores, estos son los coroneles de los batallones del Fijo de Tampico y el primero de linea. Su gente se está incorporando a nuestra brigada en estos momentos. Nuestras ordenes son claras. Somos la vanguardia del ejercito. Nuestra primera tarea es sostenernos aqui, derrotar el contraataque del enemigo, y reanudar la marcha rumbo a la hacienda de Buenavista.”

“Valgame Dios, mi general,” dijo nuestro coronel, “el emir”, agitaba el muñon mal vendado y sangriento donde habia estado su mano, “a todo esto, ¿donde carajos está Miñon? ¿No se supone que él y sus lanceros iban a cortar el camino a Buenavista?”

“Me temo qué, como Grouchy, nadie sabe donde está el general Miñon. ¡Y mas vale que nadie hable mal de él y sus gentes!” advirtió Ampudia. “Ya dieron muestra de son gente de huevos derrotando al Kentucky. No, lo más probable es que el señor general Miñon está perdido en los cañones de la sierra. Son un verdadero laberinto.”

“Pues sea, mi general,” respondió “el emir”. Su unica mano se posó sobre la carta topografica. “Lo unico que le puedo decir es que, mire, aqui acaban las estribaciones de la sierra, ¿verdad? Pues yo hice un reconocimiento antes de que cayera la noche. Esos cerros acaban en un verdadero acantilado. No van a moverse por ahi para pegarnos. Mi general, yo creo que se van a dejar venir por el camino de Saltillo. Si los señores del Fijo y del primero nos apoyan, ¿por qué no les preparamos ahi mismo un bonito recibimiento?”

Ampudia examino la carta. “¿Dice usted avanzar e ir a buscarlos en campo abierto?”

“En efecto. Mis muchachos, aunque decimados y hambrientos, ya no le tienen respeto a esos hijos de la chingada. Ayer hicimos correr a esos coyones. Entre mas lejos los agarramos de este cerro menos probabilidad de que lo tomen. Eso seria catastrofico pues desde aqui se domina todo el campo de batalla. Ademas, si nos derrotan, siempre podemos retirarnos a esta posición.”

“Mi general,” dijo el coronel del Fijo de Tampico. “Los de Tampico estamos a su disposición.”

“Y nosotros tambien,” dijo el coronel del primero de linea. “Don Pedro Conde está ya en camino con el resto de nuestra brigada y nos adelantó dandonos orden de que nos pongamos bajo su mando, señor general. ¡Es un honor ser parte de la brigada ligera!”

“Bien, señores, daré las ordenes pertinentes. Ese terreno es ideal para caballeria. Si nos apoyan con esta podemos derrotar al enemigo ahi mismo y seguirnos rumbo a Buenavista, como desea el general presidente. ¡Sea! ¡La brigada ligera inicia su marcha rumbo a Buenavista en cuatro horas más! Por otra parte, les informo que el general presidente ordenará al resto del ejercito que asalte frontalmente las posiciones del enemigo. Eso los mantendra distraidos mientras nosotros avanzamos.”

Esas ultimas palabras me helaron la sangre. Si la carta topografica no mentia, habian como cuatro lineas de cerros que salian de la sierra. Y en cada una, creimos, el enemigo habia preparado posiciones y habia situado lo mejor de su artilleria. Ya nosotros habiamos sufrido en carne propia la lluvia de metralla que está podia desencadenar. El asalto frontal del ejercito mexicano escalando esos cerros iba a costar mucha sangre. Por otra parte, si los mexicanos tomaban esos cerros, el enemigo probablemente saldria en desbandada rumbo a Saltillo. Y su unica ruta de escape en tal caso era la maldita hacienda esa, hacia donde avanzaria la brigada ligera, el fijo de Tampico, el primero de linea y cuanta mas gente Ampudia lograra conseguir. Todo dependia entonces de nosotros y qué tan valientes se portaran los infelices indios de leva mal armados y peor alimentados que eran el grueso de nuestra infanteria. Pero, pense para mis adentros, aun si al dia siguiente nuestro ejercito obtuviera la victoria, ¿de que nos serviria si ya en la capital se nos estaba traicionando?

VI El Camino a Saltillo

El dia siguiente amanecio con una neblina espesa que nos guarecia de la artilleria enemiga y cubrió nuestro avance. La brigada ligera habia avanzado durante la madrugada en linea de batalla y manteniendo el mayor sigilo posible.

Entre la bruma a nuestro frente aparecieron una figuras. “¡No disparen!” murmuré. Aguantamos encañonandolos hasta que reconoci al sargento Zaragoza y su piquete de exploradores.

“¡Estan como a una legua adelante!” anunció Zaragoza. “Vienen en columna todavia, sin preocuparse, confiados, como si fueran Pedro por su casa, los hijos de la chingada. Son los misisipos esos que corrieron ayer y los tejanos y los siguen otros cabrones.”

Ante esa ultima noticia los viejos soldados ex-presidiarios de mi batallón se entusiasmaron y los tuvimos que callar. Habia que mantener la sorpresa.

Nuestros esfuerzos fueron en vano. En esos momentos la bruma se empezo a disipar rapidamente. Se empezo a dibujar la columna del enemigo y sus banderas. De pronto fue como si se levantara un telón y nos contenplamos los unos a los otros sorprendidos. Ellos, en efecto, estaban todavia en formación de columna mientras que nosotros ya estabamos en lineas desplegadas. ¡Los teniamos en desventaja!

“!Abran fuego!” fue la orden y los acribillamos inmisericordemente. De inmediato sus oficiales, los que quedaban vivos, los intentaron formar en linea de batalla.

“Sir!” gritó el ayudante.

“¿Que pasa Charlie?” preguntó Taylor.

“Alla, al oriente, la neblina se ha levantado y veo a una columna mexicana que se está enfrentando a los nuestros.”

Taylor contempló por el catalejo. “No esperaba esto de los mexicanos. Parece que Jeff Davis y su gente han sido sorprendidos. ¡Valgame Dios! ¿Es esa la bandera tejana la que les acaban de arrebatar? Aviseles a la artilleria que empiece a castigar a los mexicanos.”

“Me temo que ya es tarde,” observó el ayudante. “Ya estan ya en el cuerpo a cuerpo general. Si abrimos fuego matamos tambien a los nuestros.”

En el valle, ambas infanterias estaban enfrascadas en una lucha sin cuartel, cuerpo a cuerpo. La ex-presidiarios de la brigada ligera habian tirado sus rifles viejos y faltos de parque y se abalanzaron con sus machetes sobre los tejanos, viejos enemigos, entusiastamente. La superioridad de los rifles del enemigo no importaba ya. Y abrazando al enemigo estabamos a salvo de su artilleria.

Al otro lado del camino vi avanzaba la gente de la guardia nacional que nos seguia. “¡Adelante el Fijo de Tampico!” gritó su coronel arengando a su gente abalanzandose a bayoneta calada entre las filas del enemigo. El impacto fue brutal y fue mucho para los tejanos. Estos tiraron sus rifles y empezaron a desbandarse. Los rifleros del Mississippi tampoco aguantaron mucho más nuestros machetazos y tambien salieron en desbandada huyendo por el camino a Saltillo dejando prisioneros, heridos, y varias banderas.

“Santy Anna’s men are advancing in the center!” observó otro ayudante. Apuntaba al centro de la linea mexicana donde la infanteria de Lombardini avanzaba ya con banderas desplegadas y tambor batiente. De inmediato la artilleria norteamericana abrio fuego.

“Damn!,” maldijó Taylor. “Charlie, mantengame informado de lo que esta pasando en el camino a Saltillo. A ver si los de Indiana los detienen. “

“¿Reforzamos nuestra izquierda?”

“No. Esperese. Para mi que Santa Anna está blofeando. Su esfuerzo principal es en el centro. Dejemos que nuestros cañones los detengan. No creo que llegaran ni a la base de los cerros. Vamos a ser testigos de una carniceria. Y no se preocupen, de un momento a otro la columna que mandé al oriente les dara una sorpresa.

“¡Mi general!” saludó un oficial al general presidente. “El general Ampudia le manda estos estandartes tejanos. Acabamos de derrotarlos.” Las banderas fueron depositadas en la tierra ante nuestro comandante en jefe. Este las contempló asombrado y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

“¡Excelente! ¡San Jacinto ha sido vengado!” La pata de palo del general presidente se posó sobre las banderas capturadas. Abrio su bragueta y procedio a orinar sobre las banderas enemigas. “¡Tejanos hijos de la chingada!”

“Mi general, tambien le quiero dar parte que la brigada ligera avanza en el camino a Buenavista. El contraataque enemigo fue desbaratado, pero…”

“¿Digame qué carajos necesita Ampudia?”

“Necesitamos caballeria, mi general. El terreno es ideal.”

“¡A ver! ¡General Torrejon! Vayase usted con mis husares y los coraceros rumbo al camino a Saltillo. ¡Apoyen a Ampudia y tomen esa puta hacienda! ¿Donde chingaos está Miñon? ¿Alguien sabe?”

Pero no, nadie sabie nada de Miñon. Mientras tanto, Torrejon y la caballeria salieron a galope rumbo al camino a Saltillo.

“Ohmigod! Surely they will break!” Taylor contemplaba esceptico y asombrado como el grueso de la infanteria mexicana habia avanzado sin chistar entre el huracan de metralla que su artilleria habia desencadenado. En efecto, en cada estallido de los obuses del enemigo se veian cuerpos, banderas, y tambores alzarse por los aires. Sin embargo, las filas volvian a cerrarse alrededor de los estandartes hechos girones y avanzaban sin chistar rumbo al centro de las lineas del enemigo. El paso de los batallones mexicanos estaba marcado por montones de muertos y heridos.

“¡Mi general!” anunció Moncayo. “Alla, al oriente, veo una columna salir de entre los cañones de la sierra.”

“¿Es Miñon?”

“No. No es Miñon. Es una columna mixta. Veo caballeria e infanteria. ¡Son del enemigo y avanzan sobre nuestro flanco!”

“¡Puta madre!” juró el general presidente observando por el catalejo. “En efecto, son gringos.”

El desconcierto cundió en el estado mayor mexicano. Al centro la infanteria mexicana ya avanzaba enmedio de un huracan de metralla rumbo a las lineas enemigas. Y ahora se aparecia una columna del enemigo en nuestro flanco derecho. La situación era una calca de cuando Blucher y sus prusianos irrumpieron en el flanco del gran corso cuando la vieja guardia avanzaba ya sobre La Haye Sainte y el centro de la linea de Wellington.

“Digale a Blanco y sus ingenieros que se les enfrente,” ordenó el general presidente. En efecto, Blanco y sus ingenieros eran la unica reserva que quedaba. “Ordenele a Blanco que se lleve cuanta artilleria tengamos a la mano. ¡A toda costa tiene que detener a esos cabrones!”

“Pero entonces no habra artilleria que apoye a Lombardini, mi general,” apuntó Moncayo.

“A Lombardini y su gente solo la virgen de Guadalupe los va a ayudar. ¡Mire ese huracan de metralla! ¡Valgame Dios no sé como no se han quebrado! No, mande la artilleria a apoyar a Blanco. De todas maneras nuestros pedreros ni siquiera alcanzan las lineas enemigas. Estan que dan lastima. Si nos desfondan por la derecha de nada valdra tanta matanza.”

“¿Suspendemos el ataque de Lombardini entonces?”

“¡No! ¡Demasido tarde! ¡Carajos! ¡Que la indiada ya está ascendiendo esos cerros! ¡Esos son huevos, puta madre!”

VII La Indiada

“…En sangrientos combates los vistepor tu amor palpitando sus senos,arrostrar la metralla serenos,y la muerte o la gloria buscar…” – estrofa del himno nacional mexicano

La “indiada”, como despectivamente la llamaban los pavo reales del estado mayor presidencial, consistia en la segunda división de don José Maria Lombardini. Entre sus batallones estaban el decimo y onceavo de linea, el batallón Hidalgo de la Guardia Nacional, el Activo de Jalisco, y otros cuerpos regulares. Y marchando en paralelo con la gente de Lombardini estaba tambien la primera división, bajo el mando de don Francisco Pacheco. Este ultimo y cuerpo incluia a los Activos de Celaya, León, San Luis Potosi, y Morelia. Tenia tambien un buen componente de Guardias Nacionales de Guanajuato.

Y en efecto, la “indiada”, incluyendo los cuerpos regulares y los de la Guardia Nacional, eran mayoritariamente de leva, sin entrenamiento, y tampoco habian comido en los ultimos dos dias. Y estaban armados con unos fusiles de piedrita del año del caldo. Estos habian sido comprados por Iturbide a Inglaterra, la cual los habia usado en Waterloo, y serian siendo utilizados aun por el ejercito mexicano cuando este se enfrentó a los franceses en Puebla. Ironicamente, los mismos fusiles que mataron a los abuelos de la gente de Lorencez harian lo mismo con los nietos. A falta de entrenamiento, rancho, y armas, la “indiada” iba a atacar el centro de la linea de Taylor con puros huevos.

Ambas divisiones trataron de mantener cierto orden y formación avanzando on en forma casi suicida bajo el fuego de las baterias pesadas del enemigo. Si la gente no se habia quebrado bajo la tormenta de acero que les caia encima tal vez era porque estaban demasiado hambrientos para poder correr. Con un valor, entereza y resignación que hasta Vieux Garde hubiera envidiado, la “indiada” iba avanzando sin chistar, cerrando los claros que formaban los obuses del enemigo al estallar. Fue asi como llegaron a la base de la primera linea de los cerros donde tuvieron cierto cobijo del castigo de la artilleria pesada estadounidense. Sin embargo, arriba en los cerros los esperaban ya las baterias de montaña de Braxton Bragg guarecidos por la infanteria de Illinois de Lane.

Una vez que la infanteria mexicana comenzó a subir los cerros se perdio toda cohesión y formación. Tal vez eso los salvo, pues avanzaban en grupos dispersos que no presentaban un blanco cerrado, siguiendo a sus jefes y oficiales. La pendiente era de 30 grados o mas. Los cerros estaban pelones y secos y no habia manera de protegerse de la balacera que llovia el enemigo desde las alturas. Los Illinois y la artilleria de Bragg los empezaron a sangrar pero era evidente que no los iban a detener. Dandose cuenta de esto, Lane ordenó evacuar sus lineas y rehacerse en el siguiente cerro. Fue muy tarde para Bragg que hacia intentos desesperados para salvar sus baterias. Los mexicanos irrumpieron en la punta de las alturas y capturaron estas baterias y las voltearon para usarlas sobre sus antiguos dueños.

“General! Lane se retira!” anunció el ayudante.

“Damn it, Charlie!” juró Taylor. “Que los apoye el segundo de Illinois. ¡No puedo creer que esos infelices desarrapados los hagan retirarse! ¿Que diablos pasa en el oriente?”

Nosotros habiamos hecho alto en el camino a Saltillo dispersandonos para no presentar un blanco compacto. Estabamos agotados. El “emir” caminaba entre nosotros reconociendo a los sobrevivientes y alabando a los que se habian distinguido en el ultimo combate. Un fulano grandote y pecoso aunque vestido con uniforme de un oficial mexicano se acercó a nuestro coronel.

“Soy Riley, mi coronel, del San Patricio. Traigo cinco piezas de artilleria conmigo. Digame adonde puedo hacer mas daño con ellas, señor coronel,” anuncio Riley al presentarse con “el emir”.

“¡Pos bienvenidos los San Patricios!” contestó “el emir” reconociendo al jefe de los irlandeses. “Como vé mi gente está completamente agotada. Tuve que hacer un alto para que se rehicieran. Pero los de Tampico y el primero de linea y otros cuerpos ya se adelantaron rumbo a la hacienda. Entre ellos y esta solo hay un regimiento de Indiana. Con ellos estan los restos de los tejanos y los del Mississippi. Tienen una linea dispersa como a dos leguas de aqui, al otro lado de un arroyo seco. Sugiero que vaya y los empiece a ablandar. ¿Que sabe de la caballeria?”

“No tardan en llegar los coraceros,” apuntó Riley. “Venian siguiendonos.”

Taylor sacudió la cabeza y bajó el catalejo. Sacó una botella y apuró un trago. “Charlie, dale parte a May y sus dragones que se muevan a apoyar al segundo de Indiana.”

“¿Viene la caballeria mexicana mi general?”

“No lo dudo. Mira como se retiran los muchachos. Voltean mucho hacia el enemigo. Eso solo lo hace la infanteria cuando tiene miedo de que le caiga encima la caballeria.”

“Mi general, los dragones de May son nuestras ultimas reservas.”

“¡Que los mandes, carajos! Ah, y ademas, ordenale a Webster y su artilleria pesada que se olvide de la infanteria mexicana que viene por el centro. Lane y los Illinois se tendran que rascar con sus propias uñas. ¡Diablos! ¡Tienen todas las ventajas del terreno!”

El ayudante palidecio. “¿Dice usted que ya no los castigue nuestra artilleria?”

Taylor suspiró. “Charlie, Charlie, si los mexicanos toman la hacienda esta batalla se acabó. Estaremos atrapados en estos cerros secos y tendre que rendirme a Santa Anna, ¿entiendes? Y ese hijo de puta nos hara linchar a todos. Todo depende si nos sostenemos o no en oriente y si la columna de McKee y Yell logran flanquear a los mexicanos. No, digale a Webster que su artilleria suelte todo lo que pueda hacia el oriente, ¡de otra manera somos hombres muertos!”

VIII Los Ingenieros

Dos batallones del cuerpo de ingenieros se encontraban en cuadro en el flanco derecho de la linea mexicana. Blanco, el coronel a cargo, escudriñaba con el catalejo la columna que se aproximaba.

“Son caballeria, compadre,” anunció Blanco.

“¿Traen artilleria?” pregunto el otro oficial.

“No parece, es pura caballada. Y no, no son los caballotes esos que traia los del Kentucky que jodió Miñon. Son puros ponies chileros.”

“¡Es todo! Los muchachos no se van a dejar quebrar por una mugre caballada.”
Blanco continuaba observando por el catalejo. “Pos lo bueno es que no son lanceros. A esos cabrones si les temo. Estan rete locos.”

“Es que son rete grifos esos cabrones. Y afortunadamente estan de nuestro lado, compadre. Mire, ya llegaron los pedreros. Los pondre dentro del cuadro para apoyar.”

“Jijos, ¿para que queremos esos pinches juguetes? Causaran mas bajas entre nosotros que al enemigo. ¡Los vamos a matar de risa con ellos! No, compadre, los vamos a rechazar con pura balacera, no se preocupe. Ademas, los muchachos ya pusieron las estacas y tenemos la ‘sorpresita’. Afortunadamente somos zapadores y palas no nos faltaron. Ahora vayase usted al otro cuadro y mantenga a los muchachos firmes. ¡De aqui no pasan esos hijoeputas!”

Yell y McKee, al mando de la caballeria de Arkansas y del segundo de Kentucky, al ver a la infanteria mexicana formada en cuadros no dudaron ni un momento. Atras de las fuerzas mexicanas no se veia ninguna otra formación. Si lograban derrotar a los ingenieros entonces el camino estaria abierto hacia la retaguardia de las fuerzas mexicanas. Cundiria entonces el panico entre las lineas mexicanas, vendria la desbandada y la corretiza y la victoria seria de los norteamericanos. Los clarines sonaron y la caballeria norteamericana se dirigio gritando como apaches a todo galope rumbo a los cuadros de los mexicanos.

“¡Ya vienen!” gritó Blanco. El enemigo convenientemente se abalanzó sobre los mexicanos sin arrollar unas estacas que iban marcando las distancias. Los de Arkansas se dirijieron sobre el cuadro de Blanco y el segundo Kentucky se dirigio rumbo al de su compadre. Con una sangre fria asombrosa, Blanco iba anunciando la distancia al enemigo. “Quinientos… cuatrocientos…esperense a que esten a los veinte… doscientos… cien… ¡quietos!... cincuenta… ¡fuego!”

Fue entonces que la caballeria norteamericana cayó en unos fosos camuflageados que los zapadores habian construido con toda premura. Y los que los seguian a su vez fueron acribillados por las balas de los mexicanos. Fue una matanza horrible. La caballeria norteamericana estaba completamente desconcertada. Sus lideres, incluyendo a Yell, habian caido bien en el foso o en la primera descarga. A esta siguio una segunda y una tercera. Fue mucho para los de Arkansas y estos de inmediato salieron en desbandada. Viendose solos e igual de castigados, lo mismo hicieron los del segundo de Kentucky que salieron huyendo a galope rumbo a los cerros de oriente seguidos por McKee que rugia de rabia e impotencia.

“¡Dele parte al general presidente que el flanco está asegurado!” ordenó Blanco a un oficial. Y este salio a galope rumbo al cuartel general mexicano.

(continuara)

1 comment:

Anonymous said...

De puta madre! que paliza se vienen llevando esos gringos jijos de la chingada!

Ya no espero para seguirle! aver cuando lanzas el otro capitulo!

Atte: Cesar Del Peru.