Friday, January 19, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo X


X. El Soberano de Anahuac

Donde no teniendo la republica para pagar un toro le ofrecen una pluma a los dioses

Conozcamos algo de Sostenes Maldonado en su juventud. A mediados de mayo de 1863 la ciudad de Mexico era caos. El comercio habia cerrado sus puertas en prevencion de disturbios. Recien habia cundido la noticia de la caida de Puebla. El general Gonzalez Ortega se habia rendido, no teniendo ya ni parque ni alimentos para continuar resistiendo. La entrada de los franceses era inminente. El credito del gobierno era inexistente. Las arcas de la republica estaban vacias. La situacion militar era pesima. Varios jefes ya habian chaqueteado y se habian unido a los franceses. Lo que quedaba del ejercito mexicano se encontraba ya en camino, rumbo a occidente, hacia Guadalajara.

Si la ciudad era un caos, palacio nacional era un volcan. A media mañana, Guillermo Prieto, secretario de hacienda del gobierno republicano, cuyo ultimo corte de caja habia reportado la magnifica suma de veinte pesos con cincuenta centavos, se abria paso entre la nube de militares, soldaderas, chamacos, mulas, burocratas, viudas, mutilados de guerra y picaros que pululaban en la puerta mariana. Varios de estas gentes lo increpaban para que pagara deudas y pensiones atrasadas. Prieto hizo como que no oia y se dirigio con ansiedad hacia la oficina del presidente. Al llegar a la entrada del despacho presidencial, el coronel de guardia lo reconocio y saludo y le señalo una puerta medio oculta.

Prieto entro en el despacho presidencial. El presidente tenia puesta la levita de los domingos. Prieto sabia que el benemerito solo tenia dos levitas, la de la semana y la que usaba los domingos para ir a misa en catedral. Lo rodeaban militares. Enfrente del escritorio del presidente habia grupo de civiles vestidos humildemente.

“Quienes son esos?” pregunto Prieto a un ayudante.

“Son los campaneros de Puebla.”

“Señor presidente,” dijo el mas viejo, “venimos nada mas a entregarle estas reatas.”

Los hombres depositaron varias cuerdas largas encima del escritorio presidencial. “Y bien señores, en razon de que vinieron caminando desde Puebla para traerme estas reatas?”

“Son las cuerdas de las campanas de las iglesias de Puebla, señor presidente. El arzobispo nos habia ordenado que cuando entraran los gabachos tocaramos las campanas con jubilo. Pero, nosotros no somos traidores, señor presidente. Se las trajimos para que atestigue usted que no, no doblaron esas campanas.”

Por un instante el benemerito se conmovio. Sostuvo con las manos crispadas las reatas. “Gracias, señores,” dijo finalmente Juarez. “Mientras la republica tenga hijos como ustedes el enemigo no nos podra vencer, jamas! Estas reatas las conservare en recuerdo de su patriotismo.” Luego Juarez dirigio su mirada hacia donde estaba Prieto.

Prieto asintio. “Señores, vengan conmigo, por favor.” Si habian veinte pesos en caja tal vez podria darles diez para que se ayudaran en los gastos del viaje penso Prieto. Afortunadamente los campaneros rehusaron toda recompensa, cosa que causo alivio al secretario de hacienda.

Prieto regreso al despacho. Juarez estaba solo y escribiendo unos folios. “Nos vamos a ir ya señor presidente?”

“Antes tengo una ceremonia que hacer, poeta,” contesto Juarez. “Es mas, acompañeme. Que mejor que tener a un bardo junto cuando uno va a hablar con los dioses?”

“Se burla usted de mi, señor presidente.”

“No, le aseguro que no, don Guillermo. Sigame y vera.”

Caminaron por los corredores del palacio.

“Va a hablar con los dioses? No sera con el arzobispo?”

El benemerito se rio. “El señor, me contaron, se empacho del coraje cuando supo lo de los campaneros.”

Entraron por una puerta antes tapiada. “No sabia que esto estaba aqui, señor presidente.”

“Este lugar es una conejera. Da a un patio que no se ha usado desde tiempos del virrey.”


En efecto entraron a un amplio patio rodeado de altas tapias. Las lozas eran viejisimas. Un par de arboles habian brotado en las esquinas. En el centro del patio habia una especie de idolo indio, una serpiente emplumada. Pero lo que sorprendio a Prieto fue ver a un grupo de indigenas vestidos a la usanza prehispanica. Eran tres ancianos y dos hombres jovenes. Uno de estos ultimos era Sostenes Maldonado Ilhuicamina.

Los ojos de los indigenas se dirigieron a Prieto. Por su fisonomia el poeta era el tipico mestizo mexicano, el unico con una gota de sangre hispana entre todos los presentes. “El señor secretario viene conmigo,” se limito a decir Juarez. Los ancianos asintieron sin decir nada.

“Sostengame la levita, don Guillermo, y hagase ojo de hormiga,” le susurro el benemerito.

Prieto hizo como le indico Juarez. Los ancianos empezaron a canturrear en mexicano enfrente del monolito. Le pusieron al presidente una capa hecha con plumas de quetzal y le dieron un baston de mando. Juarez asistia a la ceremonia sin inmutarse y sin decir palabra. Encendieron un bracero y empezaron a quemar unas yerbas aromaticas. Sostenes tenia en sus manos un gallo negro.

“El pajarraco ese ha de ser el sacrificio,” penso Prieto que miraba la ceremonia con escepticismo. “Ojala que no se les vaya a ocurrir a estos cabrones ofrecerme a Huichilobos." Dado que no habia comido en todo el dia Prieto vio con hambre al pajarraco. No iban a necesitar el cadaver despues de matarlo, verdad? Prieto juro que mas adelante cuestionaria a su hermano mason, el presidente Juarez, por que se prestaba a ese carnaval en pleno siglo XIX.

El canturreo era hipnotico. El anciano principal, sin embargo, no sacrifico al animal. Mas bien le arranco una pluma de la cola. El gallo empezo a cantar, seguramente enojado, penso Prieto. Otros gallos de las azoteas de la ciudad le contestaron. Prieto oyo azorado como si el horizonte se llenaba de cantos de gallos. Luego el anciano principal puso la pluma en el bracero. Una nube blanca broto y se elevo a los cielos. Parvadas de palomas revoloteaban alrededor de esta. Un viento la desvio hacia el norte.

Juarez y el anciano principal se hablaron, en zapoteco, lengua que Prieto no entendia. Enseguida los ancianos empezaron a aventar agua hacia las cuatro esquinas del patio canturreando todo el tiempo. Prieto sintio como si una mano muy fria lo hubiera tocado brevemente en la sien y su cuerpo temblo.

Acto seguido, Juarez se despojo de la capa de plumas y el baston de mando. Prieto se apresuro a ponerle la levita republicana. El presidente se inclino hacia los ancianos y estos contestaron con igual reverencia. El joven Sostenes Maldonado le entrego el gallo a Prieto y este lo agarro para no ofender. El benemerito se retiro del lugar seguido por un atonito Guillermo Prieto.

“Benito…señor presidente…” Prieto tartamudeaba, no acertaba a hilvanar sus palabras. El hecho es que algo muy real habia el sentido ahi. Tal vez era su sensitividad de poeta lo que le permitia percibir lo que los seres humanos comunes y corrientes no veian. De lo que si estaba muy consciente es que el gallo se habia ensuciado en su levita.

“Nos vamos al norte don Guillermo,” le indico el presidente en voz queda.

“Pero, señor presidente, el ejercito marcha a occidente, rumbo a Guadalajara.”

“No, Guillermo, usted sabe bien que yo noy creyente ni supersticioso. Pero hay cosas con las que uno mejor no debe dudar. La señal fue muy clara. Nos vamos al norte.”

Prieto lo miro con asombro. “Augurios! Esa ceremonia fue para leer los augurios!”

El benemerito se sonrio. “Y por que no? Cualquier romano haria lo mismo antes de salir en campaña. Pero yo, si tuviera yo un toro, no lo iba a sacrificar a Mitra. Se lo daria a la gente del batallon Supremos Poderes para su cena. No han comido en tres dias. Mejor ofreci una pluma de gallo.”

“Pero, no seran como aquellas instrucciones capciosas que le dio Apolo al tal Creso? Ya ve que el oraculo le dijo que si atacaba a Persia un gran imperio caia?”

“En efecto, don Guillermo, pero si me acuerdo de lo que relata Herodoto Apolo no dijo que imperio. Y el imperio que cayo fue el de Creso, ja ja! No se preocupe, el sacerdote me aseguro que era hacia el norte hacia donde me tenia que dirigir.”

“Y va a usted a poner el destino de la republica en juego con lo que resulte de quemar una pluma de gallo? Pos quienes son esas gentes?”

“Don Guillermo, a estas alturas, ya no queda nada por perder. Y por lo que toca a esa gente, se llama la Hermandad Blanca. Son los guardianes del toltecayototl, la sabiduria de los antiguos. Eran los consejeros del soberano de Anahuac hasta la llegada de los españoles. Aunque yo soy zapoteco, en mi calidad de presidente de la republica estoy en mi derecho a consultarlos. Sigame la corriente, don Guillermo, esto es cosa de indios, je je!”

“Pues bien, señor presidente, saldremos al norte. Pero, que hago con este gallo?”

“El sacerdote me advirtio que usted tenia cara de hambre. Asi que le advierto que ni piense en hacerse un molito con el. El animalito es sagrado. Mientras el gallito este de buena salud nos va a ir bien. Asi pues, lo responsabilizo del animalito. Es mas, lo voy a hacer coronel.”

Unas horas despues la carroza del presidente salio por la puerta mariana llevando a Juarez, Prieto, otros ministros, y a un gallo, “El Coronel”.

Los campaneros de Puebla ya se habian encaminado de regreso a su ciudad. Se les habian juntado para protegerse de los bandidos unos ancianos y dos hombres jovenes.

El Ultimo Tren - Capitulo IX

IX - Parker y Longabaugh

A unos cuantos kilometros afuera de El Paso se encontraba estacionado en un anden un tren. La locomotora era poderosisima. Solo jalaba tres vagones. Estos eran los ultimos y mas lujosos modelos salidos de los talleres de la fabrica de Pullman. Incluso tenian unos aires acondicionados primitivos en el techo. Un cable salia del ultimo vagon y se enganchaba a la linea telegrafica. Era apenas muy de mañana y el calor del desierto todavia no arreciaba.

“Good morning!” dijo con voz ronca Chaney C. Collins entrando bruscamente a este ultimo vagon. Este era un hombre bajo, algo calvo, con una barba roja, canosa, y cerrada. Aquellos que lean “La Rosa Blanca” de Bruno Traven lo reconoceran como el dueño de la Condor Oil, un pulpo petrolero que tenia pozos tanto en la huateca veracruzana como en Irak y Persia.

“Good morning Mr. Chaney,” le respondio un hombre joven de lentes.

“Y bien, Williams, que noticias hay de allende el mar?” Por lo general C.C. Collins se desayunaba oyendo los reportes diarios que le mandaban sus filiales. El internet victoriano, el telegrafo, lo mantenia al tanto de los ultimos acontecimientos. Collins se sento en su amplio escritorio. Un mayordomo negro le sirvio una aromatica taza de café y luego le puso su “ham and eggs” al frente.

“Willougby se reporta desde Borneo,” comenzo Williams. “Aparentemente James Brooke ya no es el rajah de Sarawak. Ahorita gobierna ahi una especie de ex-pirata, un tal Sandokan, cuyo ayudante es un portugues de nombre Yañez.”

“Y bien? Me importa un bledo quien este a cargo. Siempre se les puede sobornar. Permitiran la exploracion?”

“Willougby hizo el error de querer sobornarlos y luego trato de intimidarlos. Segun explica lo iban a poner dentro de un cañon pero logro hacer una señal masonica que el portugues reconocio. Afortunadamente se calmaron los animos. Estan dispuestos a permitir la exploracion a cambio de un contrato en forma.”

“Bien, y cuando sale Willougby al interior entonces?”

“Hay mas problemas, Mr. Collins. Willougby no puede entrar al interior porque las tribus dayakas andan alborotados. Pide que le proporcionemos mas fondos para contratar cipayos en Singapur.”

“Y quien diablos son los dayakos?” Como la mayoria de los “self-made men” americanos Collins era un soberano ignorante de lo que sucedia fuera de las fronteras de EEUU. Pero para eso tenia a Williams, un egresado de Harvard, a su servicio.

“Los dayakos son unos cazadores de cabezas. Very bad men. Willougby tiene razon en contratar cipayos. Esos mercenarios los puede encontrar en Singapur.”

“Damn! Bien, Williams mandele un cable a Levi en Nueva York que transfiera fondos a Singapur. Dele instrucciones a Willougby que se dirija ahi. Ah, y digale que no sea tan imbecil y que tenga mas tacto para tratar con estos principitos autoctonos. Quiero que empiecen a levantar muestras geologicas lo mas pronto posible!”

El mayordomo le murmuro unas palabras al oido a Williams. “Mr. Collins, el mayor Anderson esta de regreso. Dice que le trae los hombres que le pidio encontrara.”

“Excelente!” exclamo Collins. “Que pasen de inmediato!”

Anderson era un ex-mayor de caballeria, un hombron con bigotazo. Vestia con un amplio saco que le llegaba a las rodillas –como los protagonistas de los spaghetti westerns--, un sombrero tejano con las insignias de la caballeria, y portaba un fusil remington de repeticion. “Hello Mr. Collins! I found the sons of bitches!”

“A ver, presentamelos!” ordeno Collins. Anderson hizo una señal a sus hombres y estos empujaron al cuarto a dos individuos en grilletes. Uno era alto y rubio de mirada torva y una cicatriz que le cruzaba el tabique nasal. El otro era moreno, chaparro, y regordete de mirar igualmente torvo.

“Mr. Collins, le presento a Robert Leroy Parker y a Alonzo Longabaugh.”

“Estos son? Parecen un par de ‘bums’! Donde diablos los encontro?”

“Les segui la pista a Sudamerica. Estuvieron involucrados en un asalto a un tren que llevaba la nomina de una mina en Bolivia. Luego aparentemente robaron un banco en Rosario, Argentina. Alguien les dio el pitazo que andaba tras de ellos y se huyeron rumbo a la Patagonia. Les segui el rastro por semanas. Finalmente los encontre en una cueva en Tierra del Fuego.”

“Tierra del Fuego?” pregunto Collins viendo a Williams.

“El extremo sur de Sudamerica, Mr. Collins, junto al estrecho de Magallanes,” explico Williams. “Es un lugar olvidado de Dios.”

“Pues es mucha pieza el mayor. Williams, asegurate de que le cubramos todos sus gastos. Bien, mayor, dejelos aqui.”

“Son hombres muy peligrosos, Mr. Collins,” advirtio Anderson retirandose. “Yo y mis muchachos estaremos afuera por si acaso.”

“No se preocupe mayor,” dijo Collins volviendose a sentar tras su escritorio. Saco de una gaveta un revolver y lo puso encima del escritorio. Luego se dirigio al mayordomo. “Joe, sirveles una taza de café a mis invitados.”

“Nos va a mandar colgar?” pregunto Parker.

“De ustedes depende,” contesto Collins. Le extendio un papel a Parker. “Su expediente indica que usted sabe leer aunque su compañero no.”

Parker leyo y silbo asombrado. “Este documente es veridico?”

“Que cosa es?” pregunto Longabaugh.

“Es un perdon presidencial,” explico Collins retirandole el papel a Parker. “El presidente es socio de la Condor, jugamos golf seguido.”

“Y a quien tenemos que matar?” pregunto Parker.

“Si las cosas salen bien, no tendran que matar a nadie importante. Lo que requiero es que se metan a Mexico y me traigan a este hombre.” La foto que les proporciono Collins era, por supuesto, la de Sostenes Maldonado.

“Un indio?” pregunto Longabaugh.

"Un mexicano," aclaro Collins. "Para el caso es lo mismo."

“Y a cambio nos dan un perdon presidencial?” Parker todavia tenia dudas. “Porque no mejor manda a Anderson?”

“Ja! Caballeros, Anderson ha estado a mi servicio por años y es primo de mi esposa. Ahorita Mexico es un volcan. Las probabilidades de que ustedes regresen con vida son remotas. De todas maneras, si se desaparecen, necesitare a Anderson para que los vaya a buscar. Entiendan esto. Ya los encontre una vez, en casa del carajo, si se vuelven a desaparecer los volvere a encontrar. Pero si lo encuentran y me lo entregan se les dara extendera ese perdon, ademas de cien mil dolares en oro para que se emborrachen.”

“Supongo que es mejor que no sepamos porque quiere usted a este indio.”

“En efecto, Parker, entre menos sepa usted mejor le va a ir. Lo unico que necesita saber es su nombre: Sostenes Maldonado.”

“Y si no lo encontramos? Mexico es despues de todo, como usted dijo, un volcan. A la mejor el hombre ya esta muerto.”

“En ambos casos les espera una cuerda. Recenle a Belcebu para que Maldonado este vivo. Anderson les dara los ultimos informes que tenemos sobre el paradero de Maldonado. Ahora, larguense!”

Collins y Williams vieron a los dos forajidos subirse a unos caballos que Anderson les proporciono. Cabalgaron rumbo al sur. “Parker y Longabaugh? Esos dos animales son Butch Cassidy y el Sundance Kid?” pregunto Williams.

“Me temo que si, Williams. Me temo que si.”