Thursday, February 08, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XVIII

(foto: Pancho Villa con un soldado robot que mando construir para reemplazar a los dorados que perdio en Celaya.)

XVIII La Plaza de Zacatecas

Donde el Sundance Kid le dispara un plomazo a Manuel Pavon

Nueva York – Oficinas de la Condor Oil

Williams introdujo al hombre al despacho de Mr.Collins y lo anuncio. “Mr. Collins, el señor Bonillas.”

Collins se paró y saludo al hombre. Bonillas era un criollo ya maduro, de porte distinguido, algo calvo. Eventualmente este ingeniero Bonillas seria el candidato de Carranza a sucederlo en la presidencia. Bonillas era su pelele. El viejo barbas de chivo seguiria mangoneandolo tras bambalinas. Ese plan se acabo de esfumar en una balacera en un jacal en Tlaxcalaltongo. “Mucho gusto señor Bonillas. Recibi su telegrama.”

“Le agradezco que me haya recibido con tan poca anticipacion. Como le mencione, vengo en representacion del primer jefe, don Venustiano Carranza.”

“¿Se encuentra bien de salud el señor Carranza?”

“En efecto. Y está esperando de que a un momento a otro le notifiquen de la muerte o captura de ese bandido de Villa.”

“¿Le importa si Williams aqui toma dictado mientras hablamos?”

“No, por supuesto que no tengo ningun inconveniente. Hasta agradeceria que me mandara una copia mecanografiada de la transcripcion a mi hotel. Estoy hospedado en el Waldorf.”

“¿Y bien, en que puedo servir al señor Carranza?”

“Mr. Collins, usted es uno de los principales inversionistas en la industria petrolera mexicana.”

“En efecto, lo soy, o mas bien la Condor Oil lo es.”

“Y segun reportan ustedes generan una produccion cercana a los 800,000 barriles diarios extraidos de la Faja de Oro.”

“Eso varia, pero es un buen numero, lo que ustedes los mexicanos llaman ‘mas o menos’.”

“Por los que paga un medio centavo por cada barril que extrae a manera de regalias o impuestos al gobierno mexicano. Lo cual suma aproximadamente casi un millon y medio de pesos al año.”

“Es el precio acordado con el general Diaz. Antes de que se fuera a Paris, por supuesto.”

“Cierto. El señor Madero…”

“Que en paz descanse,” dijo Collins persinandose. “Ha de saber que yo soy de descendencia irlandesa y soy muy catolico. Al saber la noticia de su muerte me tome la libertad de ordenar varias misas para el descanso de su alma. Las mande hacer aqui mismo en la catedral de San Patricio.”

“Lo cual habla bien de usted. Pero, como decia, el señor Madero propuso que el precio aumentara a un centavo por barril.”

“Lo cual hubiera quebrado a los productores, le puedo asegurar. Debido a la situacion politica en Mexico nuestros costos se han disparado.”

“El señor Henry Lane Wilson, ex embajador de los Estados Unidos en Mexico es uno de los directores de la Condor.”

“En efecto, me honra colaborar con Henry. Y por supuesto el presidente, Mister Wilson, es tambien otro de nuestros principales accionistas. ¿Que con ello?”

“Es bien sabido que el embajador Lane Wilson tomo una parte muy activa en los sucesos de la decena tragica.”

“No está de mi parte o de la Condor hacer comentarios respecto a lo que Mister Lane Wilson haga en sus deberes como diplomatico. Abreviemos, señor Bonilla. ¿Que busca el señor Carranza con presentar estos puntos de vista y en esa manera?”

“Perdoneme si mi brusquedad lleva a un malentendido. No es esa la intencion del señor Carranza. La razon de mi visita es clara. El señor Carranza desea que el gobierno norteamericano le extienda su reconocimiento.”

“Perdoneme, caballero, pero en tal caso usted deberia visitar la Casa Blanca.”

“Mister Collins, en mi tierra tenemos un dicho ‘¿para que hablo con las mulas si puedo hablar con el arriero?’”

Collins se rio. “I like that! Bien, negociemos señor Bonilla.”

“Negociemos señor Collins.”

“Asumo que el señor Carranza lo doto de los poderes necesarios, right? Tentativamente y sin comprometerme a ello le dire que la Condor Oil estaria dispuesta a facilitar tal reconocimiento. ¿Como? Hariamos labor de cabildeo entre las otras compañias petroleras norteamericanas y por supuesto con el presidente. Pero como decimos nosotros ‘what’s in it for me’?

“Un momento, Mister Collins, ¿que ha sido de las regalias del petroleo que no se han transferido al depuesto gobierno huertista?”

“Las hemos depositado puntualmente en una ‘escrow account’ con el Chase aqui en Nueva York. Puedo proporcionar la documentacion necesaria, incluyendo copias de los recibos de deposito y estados de cuenta. Obviamente, como no sabiamos quien constituye el gobierno mexicano no podiamos distribuirlas.”

“Confio en usted, Mister Collins, ya que usted me ha otorgado igual confianza. Si, le puedo asegurar, tengo los poderes necesarios para negociar estos puntos e igualmente puedo presentar tal documentacion.”

“Dejemos eso aparte, caballero. En principio le aseguro que al momento de que el gobierno norteamericano reconociese una de las partes en pugna tranfeririamos los fondos al gobierno que resulte. Son casi un año de regalias las que se han acumulado, una suma considerable.”

“El contrato con don Porfirio requeria que las regalias se pagarian en oro.”

“Y tal hariamos. Bien pagariamos en centenarios mexicanos o en dolares de oro del Yukon, para ser mas precisos. Pero usted todavia no me ha aclarado por que la Condor debe de cabildear. Y antes de que lo haga, debe saber que tengo mis dudas, vamos a llamarlas asi. Por ejemplo, el señor Carranza se ha pronunciado por que se emita una nueva constitucion. Nuestros informes indican que tal constitucion seria de corte bolchevique y tendria leyes muy estrictas que dictarian que el gobierno es el dueño de los bienes del subsuelo. Los particulares perderian sus inversiones. Very bad for business. Igual, mis informes me indican tambien que es muy probable que asi se redacte tal constitucion.”

“Esta usted bien informado, Mister Collins. ¿Y que ofrece el señor Carranza a cambio? Pues bien, el señor Carranza le garantiza que tales leyes caerian en el rubro de ‘obedezcase pero no se cumpla’. ¿Me explico?”

“¿Obedezcase pero no se cumpla? ¿Y tendria la garantia del señor Carranza que asi seria?” Habia bastante de escepticismo en la cara de Collins. “No es mi intencion ofender al señor Carranza, señor Bonilla, pero debe usted de entender que no creo que esa seria suficiente garantia para los accionistas de la Condor.”

“No nos ofende, Mister Collins. Lo repito. Esas leyes serian letra muerta.”

Collins recordó la presentacion que habia hecho Patton. “La situacion en Mexico es todavia muy fluida. ¿Como sé que el señor Carranza saldra victorioso al final?”

“¡Le puedo asegurar que Villa ya esta derrotado! En estos momentos el general Obregon se dispone a encabezar una columna que partira de Matamoros rumbo al corazon del villismo, Torreon y Chihuahua. Tiene 20 mil hombres perfectamente armados y pertrechados. Es cuestion de tiempo para que el villismo finalmente sea erradicado. Por otra parte usted tiene al general Pelaez.”

“He tenido el gusto de conocer al general Pelaez,” admitio Collins.

“Su general Pelaez controla la region del norte de Veracruz y garantiza la seguridad de las inversiones extranjeras en esa region,” explicó Bonilla.

“¿Mi general?”

“Señor Collins, entre gitanos…bien es sabido que usted y las otras compañias petroleras financian a Pelaez. No nos preocupa. El señor Carranza reconoce en el general Pelaez a un fiel colaborador de la causa constitucionalista. El general Pelaez cuenta con cinco mil hombres y tiene su base de operaciones en Tampico. El señor Carranza no quiere que hayan fricciones entre el general Obregon y sus veinte mil hombres y el general Pelaez y sus cinco mil. Por tal razon el general Obregon avanzara rumbo a Monterrey y velara por que no hayan tales incidentes.”

“El ejercito norteamericano acaba de evacuar la plaza de Tampico. Ciertamente, si hay tal desafortunado incidente podria verse en la necesidad de regresar, tal vez no a Veracruz pero si a Tampico.”

“Pero ciertamente usted –ni el señor Carranza—quisieran tal cosa. Vera, nosotros tambien tenemos informantes y nos mantenemos al tanto de los eventos mundiales. Estaba leyendo una nota que salio en el Wall Street Journal. La firma Brown Brothers acaba de anunciar que comprara los bonos del gobierno britanico y del frances. Eso a pesar de las tristes noticias que han llegado desde Gallipolli donde los turcos les acaban de inflingir una nueva derrota a los aliados. Eso habia causado que el precio de tales bonos se desplomara. Pero el resto de Wall Street vio la compra que hizo Brown Brothers como una señal de confianza –ustedes lo llaman ‘endorsement’—de la causa aliada y el precio de estos bonos se recuperó.

Como usted sabe bien, Brown Brothers es una firma que ha invertido fuertemente en la Shell, en la Standard Oil, y por supuesto en la Condor. Le menciono esto por que en Mexico hemos llegado a una conclusion: Estados Unidos no puede permitir que los aliados capitulen. Perderian mucho dinero si los bonos de estas naciones pierden su valor. Razon por la cual tampoco le conviene a Estados Unidos involucrarse en una intervencion en Mexico en visperas –creemos—de entrar en la contienda europea. ¿Me explico?”

“I hear you loud and clear.”

“Por otra parte, el señor Carranza veria con buenos ojos si el general Pelaez recibe los pertrechos y haberes necesarios para que sus cinco mil hombres sigan garantizando las inversiones petroleras extranjeras. Unas buenas piezas de artilleria le ayudarian. El general Obregon no seria desviado a Tampico y Pelaez seguiria teniendo su feudo en esa plaza.”

“¿Y respetaria el gobierno del señor Carranza, en caso de extenderle tal reconocimiento, el precio acordado con el general Diaz?”

“El señor Carranza no tiene la mas minima intencion de emular al señor Madero.”

“Muy acertado de parte del señor Carranza. ¿Tiene mas propuestas que presentar caballero?”

“Por el momento, no.”

“Bien, creo que tenemos un acuerdo a grandes rasgos. Williams le preparará una transcripcion de esta conversacion. Deme por favor tres dias para consultar esto mas a fondo con mis consejeros. Le mandare entonces una propuesta mas en firme para que la discutamos.”

“Excelente, Mister Collins, quedo a sus ordenes.”

Una vez que Bonillas se retiró, Collins se sirvio un trago de whisky. “God damn it! These sons of a bitch are hard to play poker with.”

“¿Habra un acuerdo?” pregunto Williams.

“Si lo habra, pero sera de esos que se hacen entre hijoeputas. No puedo confiar en ellos. Y ellos no son tan pendejos de confiar en mi.”

“Esa fue la impresion que obtuve,” comentó Williams.

“Bien, hablare con Rockefeller y los otros buitres. Vamos a tener que equipar a ese bandido de Pelaez. Hasta le daremos una fuerza aerea si es necesario. Ni Carranza ni ningun otro politico mexicano son de confiar. No venden a su madre por que les da muy buenas regalias trabajando en un burdel. Y hablando de bandidos. ¿Que noticias de Parker y Langebough?”

“Butch Cassidy y el Kid se reportan desde Zacatecas, Mr. Collins. No han tenido exito todavia en encontrar a Maldonado.”

“Damn!”

En ese mismo momento Parker y Langebough caminaban entre los portales que rodeaban a la plaza principal de Zacatecas. Habia una multitud armada enmedio de esa plaza. Era la columna de Fierro que se disponia a partir.

“Yo cuento como mil jinetes en la plaza,” dijo Parker o sea Butch Cassidy.

“Son muchos,” dijo Longebough, el Sundance Kid, que no sabia contar arriba de veinte.

Se les acerco un hombre torvo vestido de militar. “Oigan gringos, ¿quieren pelear? En la brigada Zaragoza necesitamos hombres. Villa paga en oro.”

“¡No!” dijo otro militar. “Si ustedes saben manejar dinamita unanse la brigada Morelos. Les pagariamos un bono por ser especialistas.”

“No querrer pelearr,” contestó Butch Cassidy. “Serr pacificos.”

Los militares se rieron. “¿Con esas caras y esos pistolones? Bien, nomas andense derechitos o se los llevan de leva mister.”

“Que tenerr de malo mi carra?” pregunto el Kid que con cualquier cosa se prendia.

Butch Cassidy lo jaló aparte. Los dos mexicanos los veian torvamente. “Disculparr a mi compañero. Serr muy bruto.” Y ya que se habian alejado de los soldados Cassidy lo regaño: “¡No seas imbecil! No estamos aqui para inmiscuirnos en un pleito con los villistas.”

“Bien, tienes razon, Butch. Pero… ¡Esperate! ¡Mira! ¡Al otro lado de la plaza! ¡Es Maldonado!”

“¿Seguro?” Lo unico que veia Cassidy era una nube de sombrerudos arremolinados enmedio de la plaza.

“Estoy seguro que es Maldonado, carajos. ¡Sigueme Butch!” Los dos gringos se pusieron a cruzar apresuradamente la plaza.

Villa y Fierro estaban montados en medio de la plaza rodeados de sus oficiales, incluyendome a mi y a mi tio.

“Ahi le encargo compadre,” dijo el centauro. “Tiene 800 de mis mejores hombres.”

“No se preocupe mi general,” contestó Fierro. “Me voy hasta divertir.”

El Kid se abria paso a caballazos entre la multitud causando conmocion y que le mentaran la madre. Butch Cassidy lo seguia atisbando hacia el otro lado de la plaza donde se supone que estaba Maldonado. Cassidy era bastante alto y sobresalia entre la chaparrada.

“Compadre,” dijo el centauro, que con el rabillo del ojo habia visto a los gringos aproximarse, “¿Ya vio esos gringos?”

Habian habido varios atentados previos contra el centauro. Tanto un argentino y el ingles, William Benton, habian tratado de asesinarlo. Ambos acabaron bien muertos. Villa era como los lobos, nomas con olerlos sabia cuando se aproximaba un asesino en potencia. Y Butch Cassidy y el Kid definitivamente tenian la facha de matones.

“A ver,” dijo Fierro, “Capitan Pavon, ¡usted y sus hombres detenganme a esos cabrones!”

Mi tio saludó un susordenes y me hizo la señal a mi y a los otros diez hombres que mandabamos a que lo siguieramos. Yo por querer darmelas de valiente me les adelante. Le pique los flancos a la Babayaga, cosa que de plano fue algo muy pendejo porque apenas si la podia controlar. Recordando al tal Nemesio saque mi pistola y me le plante frente al gringo gordo y chaparro que iba al frente. “¡Alto ahi gringo!” le grite encañonandolo. Estaba dispuesto a disparar primero y luego viriguaba.

El Kid saco su pistola con una rapidez que me sorprendio. “God damn greasers!” gritó y me solto un plomazo. La Babayaga reaccionó mas rapido que yo y se encabritó, cosa que me salvó pues la bala se llevó mi sombrero. Mi pistola, herrumbrosa, se me disparó. Tan malo fue mi disparo que le pegue a un barril de polvora que estaba sobre una carreta. Afortunadamente no explotó. Mas bien salio disparado hacia arriba, como un cohete, y exploto violentamente como a 100 metros en el aire.

La plaza, debo apuntar, estaba llena de carretas con polvora, municiones, y dinamita, toda la impedimenta que iba a llevar Rodolfo Fierro. Obviamente, se armó un desmadre tremendo. La gente corria despavorida temiendo una hecatombe. Fierro y sus oficiales daban mentadas de madre y ordenaban a las carretas salir de la plaza. “¡Adelante la columna cabrones! ¡O aqui nos morimos todos jijos de la chingada!” Las mulas relinchaban mientras los arrieros les daban de fuetazos inmisericordemente. El polvo y la confusion permitio al Kid huir seguido de cerca por Butch Cassidy que le gritaba: “You stupid motherfucker son of a bitch!”

“Dejen ir a esos hijos de la chingada,” dijo el centauro riendose. “Para venadear a Pancho Villa los gringuitos van a tener que levantarse mas temprano. Pongase en camino, compadre. Aqui no ha pasado nada.”

“Como usted ordene mi general,” contestó Fierro saludando.

Las figuras del Kid y Cassidy se veian corriendo en lontananza. Montado en el Siete Leguas el centauro lo alcanzo a ver. Villa pidio una carabina 30-30. “Que calcula, compadre, ¿trescientos metros?”

“Mas o menos mi general. Y no hay aigre. Cincuenta pesos, ta gueno?”

“¡Cincuenta! El grandote entonces,” dijo el centauro apuntando con el rifle. Disparó. El sombrero de Cassidy volo por los aires y este cayó. “Me debe cincuenta pesos compadre,” dijo el centauro riendose.

Fierro sacó un centenario. En eso se paró Cassidy y volvio a correr. Fierro se rio. “Pos ese gringo ha de ser como los gatos, mi general, ha de tener siete vidas.”

“¡Ah que la chingada! ¡Me resultó el gato con botas!” se carcajeo el centauro mientras sacaba un centenario de la bolsa.

Yo estaba palido y temblando cuando mi tio me pasó mi sombrero. Este tenia un agujero de entrada y otro de salida. “Tu y el gringo ese tienen una suerte del demonio muchacho. ¡Orale! ¡Despabilate! Que no te vean todo zurrado la gente.”

Los que observaban impavidos la escena era Maldonado y un yaqui, Aguila Negra. “Reconozco al muchacho y al tio. No se llevaron a la mujer. Son puros de caballeria.”

“Creo que yo la vide en el tren de Zertuche,” dijo Aguila Negra.

“Bien, busquemosla. De aqui a tres dias los trenes de Villa habran abandonado la plaza. ¡Necesito ese libro antes!”

Nuestra columna en efecto salio de Zacatecas. Ibamos rumbo al sur. De lo alto de un cerro afuera de Zacatecas unos hombres observaban nuestra salida con interes.

“Ein kavallerie abteilung,” dijo Von Hutier observando con unos binoculares. “Llevan carretas y artilleria ligera.”

“¿Pues no que Villa iba a abandonar la plaza?” preguntó Lindemann.

“En efecto,” contestó von Hutier. “Si lo hace en tal caso seria dirigiendose al norte. Razon por la cual soltó a estos hombres. Es evidente que piensa causar una distraccion. No está mal. Villa es audaz no cabe duda. Divide sus fuerzas frente al enemigo aun estando en desventaja numerica. Creo que no tiene otra alternativa. Es la unica manera como puede salvar al resto de su ejercito.”

“¿Cree que tendra exito?”

“Todo depende de el comandante de esa columna. Si el hombre tiene sangre fria, imaginacion, y cuenta con lo que Napoleon decia era lo mas importante…”

“¿Y que cosa era eso, Herr Oberleutnant?”

“¡La fortune, profesor, la fortune! Y nosotros tambien la necesitamos ahora. No creo que Maldonado sea parte de esa columna. Si sus agentes estan en lo correcto sigue en Zacatecas.”

“Pero no creo que Maldonado dilate ahi mucho. Intenta perderse en el norte de Mexico. Debe saber tambien que aparentemente los yaquis que mandaron a buscarlo aparentemente le son adictos. No regresaron con los obregonistas.”

“¡Ach! Usted me habia mencionado ya eso. ¿Y usted cree que podemos confiar en estos?” Von Hutier señalo con la cabeza al grupo de yaquis que los acompañaban.

El cientifico veia a los indios con recelo. “Realmente no estoy seguro.”

“Encomiendese entonces a Wotan si no es asi.” Von Hutier les hizo una señal a los yaquis. “¡Siganme! ¡Drang nach Zacatecas! ¡Raus!”

El Ultimo Tren - Capitulo XVII


XVII Las Estragias de la Guerra

Donde Clausewitz y Sun Tzu le hacen los mandados a Brigida

“¿Y ora oste porque tan esplendido don Pancho?” preguntó Brigida. La cena habia sido magnifica. Nos encontrabamos en un privado en el Delmonicos. Brigida se veia rete orgullosa. ¡Era la mujer de un teniente!

Mi tio saboreaba un cognac con obvio deleite. “Bien, se los explicare, pero deben guardar el secreto.”

“Yo como Cuauhtemoc, aunque me quemen las patas no dire nada,” le aseguró Brigida.

“En unas cuantas horas mas salgo con la gente de Rodolfo Fierro. Me voy a llevar a Manuel conmigo,” explicó mi tio. “El centauro nos repartio buena plata para el camino. Pero yo decidi gastar algo de ella con ustedes esta noche.”

“¿Se lleva a mi Manuel?” A Brigida no le empezo a gustar lo que oia. “¿Pero si van a llevar soldaderas? Digo, ¿quien les va a hacer el rancho?”

“¿Voy con oste?” fue lo unico que alcanze a decir.

“Ya empezaron con las preguntas. Sepan que Villa me haria fusilar si les doy mas detalles pero como ya estoy borracho me vale. Y no, vamos puros de caballeria. Manuel se va a llevar tu Babayaga. Y no, no discutas Brigida por que son ordenes desde arriba. No se preocupe, a usted la van a evacuar en el tren del doctor Zertuche. Ya me apalabre con el. Portese bien y no le rezongue mucho a la monjita. Y si, si te vienes conmigo muchacho. Si te dejo solo, sabra Dios a que cuerpo te asignan y de que gente te dan el mando. Eso de ser jefe no nada mas es enchilame esta. Dime, ¿haz pensado en la responsabilidad que has asumido?”

“Pos la mera verdad, yo…¡pos no!”

“Bueno, hay tres cosas….bueno, hay un chingo mas pero con tres podemos empezar…en esto de mandar gente. Y estas son…primero, no des una orden que no entiendas o que no estes dispuesto a hacer cumplir. Segundo, la gente te tiene que ver adelante. No hay de otra. Tercero, tercero…carajos que ya se me subio…bueno, ha de ser algo profundo, ¿entiendes?”

Los tres habiamos vaciado varias botellas de champagne. A los tres se nos habia subido. Yo ya estaba con ojos de borrego a medio morir y tenia la lengua estropajosa. “Si, algo profundo….”

“Ah, ya me acorde. A cabron, cabron y medio,” aconsejó mi tio.

“¿Y eso que significa?” pregunte inocentemente.

‘Pues…es que mira, ¿para que estamos peleando? ¿A ver, Brigida, por que andamos en esta guerra?”

Brigida lo penso unos momentos y contestó. “Pos para que el viejo barbas de chivo no se haga dictador ¿o no?”

“Muy bien. El ideal libertario. Eso y un poco de sal se enrolla en una tortllla. Pero especificamente,” le dijo mi tio, “¿por que andas tu en la bola?”

Brigida se rio. “Pos eso es facil, Manuel anda con Villa y yo ando con Manuel.”

“Y yo ando con oste,” le dije pensando que le iba a halagar.

“¡Si seras pendejo! Por eso no queria dejarte solo.”

“Yo ya me hice bolas,” confese.

“Mi punto es este, muchacho. Vas a tener gente a tu mando. La mayoria no van a saber ni por que diablos se esta haciendo matar. Todo lo que saben es que hay que matar a unos cabrones del otro bando y que viva fulano de tal. Y ¿sabes? En el otro bando hay otro grupo de pendejos tan norteados como los tuyos y la unica diferencia es que gritan viva zutano.”

“No suena muy convencido oste de lo que hace,” le contesto Brigida.

“Es que ya me di cuenta de lo que significa tener mando en tiempos de guerra. Como dije, a cabron, cabron y medio. ¿Saben a que se reduce el ser jefe? Tienes que convencer a un grupo de infelices que obedezcan tus ordenes aunque probablemente se hagan matar haciendolo. Y los duermes con argumentos idealistas, que si la patria, que si el sufragio efectivo, que se yo. Y si eres muy chingon, como Villa, hasta consideran un honor morir por ti.

Pero ya que entran en batalla y que ven gente destripada o descabezada entonces ya el hablarles bonito no te va a servir para una chingada. Tienes que asegurarte que te teman mas a ti que al enemigo. Por eso decia, a cabron, cabron y medio. Nunca, Manuel, nunca titubees en soltarle un plomazo a un cabron que te reta enmedio de la batalla. Si no lo haces el ya decidio --¡juralo que si!—darte un plomazo por que o bien te cree muy pendejo para mandar o bien cree que no hay posibilidad de victoria y ya se quiere huir o rendirse.”

“Ta gueno,” fue todo lo que alcanze a decir.

“Pos esos son consejos practicos, de como mandar,” dijo Brigida. “Expliquele tambien a Manuel lo de las estragias de la guerra.”

“¿Estragias?”

“Si, oste sabe, pa que Manuel llegue a mariscal o que se yo va a necesitar saber sobre las estragias. ¿No me diga que hay otra regla de tres?”

Mi tio se quedo pensando un momento. “Sabes, Brigida, tu eres la mas inteligente de todos nosotros. Ya me pusistes a pensar. Si hay regla de tres en esto seria…dejame cavilarlo.”

Brigida finalmente concluyó: “Ha de ser buena estragia tener mas cabrones que el otro ¿o no?”

“Esa es la mejor ‘estragia’” dijo mi tio. “¡Definitivamente!”

Brigida se rio. “Pos eso corresponde a lo de cabron y medio. Seguro los otros consejos tienen su contraparte.”

“¿Y lo de no dar una orden si no está uno seguro?” le pregunte.

“Pos seria que no quieres presentar batalla si no estas seguro que le vas a partir la jeta al adversario,” explico Brigida. “Es mas, si puedes, arreglate con el cabron primero. Ofrecele una lana para que se deje batir.”

“Ah caray,” dijo asombrado mi tio. “¿Y lo de que tienen que verte adelante?”

Brigida se carcajeo. “Pos el enemigo es el que te tiene que ver. Lo tienes que traer finto. Cuando cree que te vas juyendo es cuando debes atacarlo. Cuando cree que le ofreces batalla debes de estar listo para retirarte.”

“Ah cabrona,” le dijo mi tio con admiracion. “¡Si hubieras nacido hombre ya serias presidente!”

“¿Y ultimadamente oste por que anda en la bola?” le pregunto Brigida.

“¿Yo? ¡Por pendejo!” mi tio se rio. “Brigida, ¿haz oido tu de un cabron gachupin que ataco unos molinos de viento?”

“No,” admitio Brigida. “¿Y que bronca tenia ese gachupin con los molinos de viento?”

“Es que como buen gachupin era rete terco y pendejon. El caso es que los molinos de viento le partieron la jeta a el y a su caballo.”

“¿Y que tiene que ver esto con andar en la bola?” le inquirio Brigida. “Oste tiene algo de gachupin pero tambien de indio. ¿De que lado sacó lo pendejo?”

Mi tio se tomó un trago. “Carranza es parte de un grupito de cabrones que quieren seguir mangoneando. Son los mismos porfiristas de antes. El ir contra ellos es inutil. Son como esos molinos de viento. No los vamos a derrotar y nos van a joder. Tarde o temprano los gringos los van a reconocer. Y entonces nos van a cortar el suministro de armas. Y una vez que esos hijoeputas triunfen va a estar cabron tumbarlos. Pero, nomas por no darles el gusto a los hijoeputas yo estoy dispuesto a atacar esos molinos. Han tenido la vida rete facil los cabrones nomas de huevones dejando que el aire les mueva las aspas. Si quieren mandar, ¡que les cueste un huevo y parte del otro!”

“¡Salud!” dije alzando mi copa.

Pero Brigida no brindó. “Ay don Pancho, nalgas que quieren cuero solitas se ponen,” dijo eventualmente. “O seya que oste esta terco en que le rompan la jeta aunque sea nomas por intentar lo imposible buscandole broncas a los molinos de viento. ¿Pos por que cree que Manuel debe de ser igual de bruto? Digo, todo lo que sé es que mañana oste se lleva mi hombre y ¿yo que? ¿Voy a ser viuda otra vez? ¿Si usted regresa, me va a hablar bonito y me va a decir que murio como un heroe? ¿Pa que quiero un heroe muerto? A los tres dias apestan.”

“Calmate, vieja, ya se te subio,” le dije tratando de consolarla.

“Es que tu no sabes,” dijo dando pujidos y llorando. De plano se le habia subido la champagne. “Me acuerdo cuando se murio mi Maclovio. Ese fue mi primer marido.”

“¡No me andes diciendo de tus otros maridos!”

“Dejala que se desahogue, muchacho,” me aconsejó mi tio.

Brigida me ignoró. “Fue ante Ciudad Juarez, al principio de la bola. Esa mañana se despidio de mi. Andaba con la gente de Pascual Orozco. Ese cabron no se le habia volteado al señor Madero todavia. Y luego luego que empezo el asalto me dijeron que habia muerto. Cuando cayo la plaza lo busque en el campo de batalla. Y si, si lo encontre, estaba en cuatro pedazos pues le habia dado un obus de lleno. Bueno, creo que los cuatro pedazos eran Maclovio. Habia un chingo de muertos y no todos estaban intactos.

“¿Que tal si pedimos un café?” sugirio mi tio.

Brigida continuo explicando la muerte del tal Maclovio. “Es que la cabeza estaba aca y una pata estaba alla. Esa la reconoci de el porque tenia unos juanetes que se le veian en el huarache. Y luego las nalgas las reconoci por el chocho que tenian al frente. Maclovio la tenia muy cabezona.”

“Pos si un café nos caeria bien,” respondi, no queriendo oir mas detalles intimos de los ex-maridos de mi mujer.

“Y luego estuvo Nemesio. Ese se me murio por pendejo,” continuo explicando Brigida.

“¿Por pendejo?”

“Fue cuando andabamos con la columna del pelon Huerta. El señor Madero lo habia mandado a combatir a Pascual Orozco que ya se le habia volteado. Nemesio estaba de guardia en el campamento una noche cuando se aproximaron unos jinetes. El pobrecito les pidio el quien vive.”

“Eso es la regla militar,” explicó mi tio.

“Pos es una regla muy pendeja,” comentó Brigida. “Si Nemesio hubiera seguido la regla de ‘tira primero y luego viriguas’ seguiria vivo. El caso es que eran orozquistas y me hicieron viuda por segunda ocasion.”

“Pos yo creo que su bronca es con Pascual Orozco, Brigida,” comentó mi tio. “O se los mata por que lo siguen como a Maclovio o te los mata por que los venadea como a Nemesio.”

“Orozco ya se juyo,” le explique a Brigida. “El y Huerta se fueron juyendo a Veracruz. No te preocupes. No me va a pasar nada.”

Le puse un brazo sobre el hombro y le di de besos. Pensé que estaba oyendome pero me di cuenta entonces que ya estaba roncando, vencida por el sueño y el alcohol.

El Delmonicos tenia unos cuartos que rentaba en su segundo piso. Mi tio ofrecio pagar por uno y entre los dos llevamos a Brigida y la pusimos en la cama. Puse sus tiliches junto a ella. Debo aclarar que Brigida siempre carga en su morral con todo lo que los militares bien llaman la impedimenta: un metate, comal, algo de carbon, vendas, trapos, polvo de ladrillo (para el maquillaje), estampitas de santos, maiz, café, una botella de mezcal, etc., etc., etc.

“Vendre por ti en unas horas mas,” me dijo mi tio. “Descansa mientras.”

Me acoste junto a mi esposa y me puse a pensar, cosa que es malisima para un soldado. Nadie me habia preguntado que para que andaba yo en la bola. Yo no entendia de politica. Mi tio siempre habia sido mi superior. Yo lo seguia por cariño no por miedo. Despues de cavilarlo mucho llegue a la conclusion que la ultima era una buena razon. Si el queria entrarle al caballero andante pos yo con gusto seria su escudero. La certidumbre me duro solo hasta que Brigida, dormida, me puso una mano encima. ¿Y si muero quien la protegeria? Pero pensandolo bien llegue a la conclusion que no sabia exactamente quien protegia a quien. Y ciertamente Brigida se podria cuidar sola. Fue cuando el sueño me vencio.