Sunday, February 18, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XX


XX La Conesa

Ni Atila ni sus hunos hicieron tanto destrozo como los que Rodolfo Fierro causó en su incursion en la retaguardia carranzista. Despues de la hecatombe de San Juan de los Lagos nos fuimos sobre Celaya. Entramos a saco a la ciudad haciendonos de mas parque y vituallas, incluyendo cajetas. Sin embargo, marchamos callados a traves del campo de batalla de apenas hace unos meses cuando la division del norte habia tratado de tomar Celaya y habia sido diezmada. Los cadaveres de nuestros muertos estaban todavia insepultos y parvadas de zopilotes todavia se disputaban los ultimos pellejos.

“No deberiamos de haber hecho una batalla frontal como esta,” dijo Rodolfo Fierro observando esa desolacion. “Pancho deberia haberme dejado incursionar en los flancos y retaguardia de Obregon. La division del norte siempre ha sido muy movil. Somos primordialmente caballeria. Nos importan madre los flancos. Y mientras haya donde pastar a los animales podemos seguir andando. Pero al enemigo si le preocupa la logistica. Con incursiones podiamos haber forzado a Obregon a salir de sus trincheras.”

“Pos pa la otra mi general,” contestó mi tio.

“No, Pavón, pa nosotros no va a haber de otra. Ya es muy tarde. Ahorita lo que tenemos que hacer es seguir armando desmadre para que el lopitos se cague.”

Y en efecto eso hicimos. Detuvimos trenes. Los desviamos. Los dinamitamos. Mandamos maquinas locas. Mandamos telegramos falsos. Dispersamos y batimos las guarniciones aisladas. No nos detuvimos.

“Goddamit Georgie!” exclamó Pershing en su despacho en El Paso. George Patton estaba frente a él. “¿Ya leyó usted las ultimas noticias que han llegado de México?”

Patton tomó el despacho que le extendio Pershing. Lo leyó. “No shit! Damn!”

“Where the hell is this Lagos place?” preguntó Pershing queriendo saber donde estabá San Juan de los Lagos.

Pershing y Patton se pararon y se dirigieron al mapa de México en la pared.

“Here,” dijo Patton encontrando el pueblo. “Fierro está en la retaguardia de Obregon. Puede irse sobre Guadalajara o la Ciudad de México.”

“¿Se atrevera?”

“No tiene por que, general. Mire, yo creo que ese son of a bitch es un Forrest revivido.”

“¿Quien?” preguntó Pershing. Los militares de alta graduacion norteamericanos no se caracterizaban por su erudicion.

“Nathan Bedford Forrest, mi general,” explicó Patton. “El mayor hijoeputa, the biggest son of a bitch, en el ejercito confederado y un comandante de caballeria extraordinario. El mejor, se piensa, despues de Murat. En 1864 para detener el avance yanqui –mi ancestro peleo por el sur—incursiono desde Tennessee hacia Indiana. Causó mil destrozos. Y ahora Fierro se ha colocado a la altura de Forrest y de Murat.”

“Pero tanto Forrest y Murat de todas maneras perdieron a lo ultimo, je je,” apuntó Pershing.

“Si, pero hizo mas lento el avanze yanqui. Esa era su intencion. Y esa es obviamente la de Fierro. Villa vá a poder salirse entonces de la ratonera de Zacatecas. Damn! Era el golpe de audacia que se requeria.”

“Usted suena como que le simpatiza Villa.”

“Respeto la audacia que están mostrando él y sus hombres, mi general. Algun dia lo combatiremos, tenga usted la seguridad de ello, señor general. Es mejor conocer de lo que el enemigo es capaz.”

La locomotora empezó a silbar.

“Estamos ya cerca de San Juan de los Lagos, mi general,” dijo Francisco Serrano. Era este un hombre bajito, menudito, muy prendidito, y el jefe del estado mayor de Obregon. El manco tomo un puro y Serrano se apresuró a prenderselo.

“Gracias, Pancho,” contestó Obregon. Tenia enfrente de el en su escritorio varios despachos. “Puta madre! El Gonzalitos ya empieza a cacarear como una gallina clueca.”

“¿Que dice el general Pablo Gonzalez?”

“Está todo alborotado con la incursion de Fierro. Ya anda levantando levas en la ciudad de Mexico no se le vaya a aparecer el diablo. Pero eso no es lo peor, ya le fue a chillar a Carranza. Le pide que desvie mis tropas que avanzan rumbo al norte y me las traiga a la ciudad de Mexico para defenderla.”

“¡Pero pos si tiene ocho mil hombres! ¿Pos que tanto miedo le tiene a Fierro?”

Obregon se rio. “No, Pancho, gonzalitos asegura que con ocho mil no se puede sostener. Segun él, la ciudad está indefensa, asediada por las bandas de los sombrerudos de calzon blanco en el Ajusco y los apaches de Fierro desde el norte.

Esta vez el tren de Obregon entró muy vigiladito y encañonado hasta donde estaban las ruinas de la estacion del tren. Obregon se apeo y una escolta le presentó armas. El general Dieguez estaba ahi para recibirlo. Tenia el brazo enyesado y una venda en la cabeza.

“Mi general,” saludó Dieguez. “Siento recibirlo en estas circunstancias.”

“Ave Maria,” dijo Obregon observando la devastacion.

“Estoy a su disposicion si quiere fusilarme, mi general,” dijo Dieguez. “Fue mi culpa, me sorprendio Fierro.”

“¿Fusilarlo? ¿Y por que haria yo eso? A ver, Dieguez, subase a mi tren y vamos a hablar. ¿Y su jefe de estado mayor, aquel coronel Ceballos, donde está?”

“Me temo que murio, mi general. Tengo muy pocos oficiales capacitados.”

Ya en el despacho de Obregon, Serrano desplegó un mapa de la republica. “Dieguez,” dijo Obregon, “ciertamente no lo fusilare. Usted se porto valiente y trató de recuperarse de la sorpresa. Eso lo tengo que respetar. He decidido darle seis batallones de mis yaquis, mis mejores hombres, y esos, junto con los que ahora tiene usted aqui, se transladaran a este punto.”

El dedo de Obregon se posó sobre un lugar en el norte de Sonora, en la frontera. “¿Agua Prieta?” preguntó Dieguez. “¿Y que de amagar a Villa en Zacatecas?”

“Para estas horas Villa ya ha de haber evacuado esa plaza,” explico Obregon. “Dieguez, lo necesito usted en el norte. Agua Prieta la ha sostenido Calles ya por casi un año sufriendo el acoso de los maytorenistas. Yo pienso que Villa se ira rumbo a ese cruce fronterizo si le amenazamos Ciudad Juarez. Entre usted y Calles seguro rechazan cualquier ataque de la division del norte.”

Nuestra columna acampó en el Cerro de las Campanas en las afueras de Queretaro. La ciudad se habia rendido sin pelear. La guarnicion que habia se habia juyido al monte.

Al amanecer se aproximó una columna. Yo estabá haciendo mis rondas de inspeccion pues era el oficial del dia. “¿Quien vive?” preguntó el centinela.

“¡La convencion!” fue la respuesta. Eran como cien hombres al mando de un hombre de barba cerrada que de inmediato reconoci.
“¡Mi general Gonzalez Garza!” lo saludé. En efecto, era Roque Gonzalez Garza, antiguo jefe de la brigada Zaragoza de la division del norte, ex presidente de la convencion, y el que junto con Angeles habia evitado que fusilaran a Obregon. Aparentemente Gonzalez Garza y su gente habian salido de la Ciudad de México cuando la tomó Pablo Lopez y habian andado deambulando tratando de unirse a una columna villista.

“¿Donde está el general Fierro teniente?”

Lo escoltamos hasta donde Fierro tenia su tienda de campaña. El caso es que Fierro salio y anuncio a sus oficiales. “El general Gonzalez Garza asume el mando por ahorita. ¡Obedezcanlo como a mi! Capitan Pavon, usted y su sobrino se vienen conmigo.”

Lo seguimos hasta donde habia un Ford que habiamos capturado en Queretaro. “¿Esta matraca tiene gasolina?” preguntó Fierro.

“Hay unas latas de gasolina en el asiento de atras,” dijo mi tio.

“Bien, subanse,” ordeno Fierro. “Usted, teniente, ¡manejeló!”

“¿Y a donde vamos, mi general?” preguntó mi tio.

“Vamos a la ciudad de Mexico. Pancho me hizo un encargo. Ademas de que yo creo que necesitamos unas vaciones.”

El problema, debo apuntar, es que en mi puta vida habia yo manejado un automobil. Pero no iba yo a ser tan pendejo de rehusar obedecer una orden de Rodolfo Fierro. Ya se imaginaran.

“¡El cloche, Manuel, el cloche!” decia mi tio. “¡Reversa, Manuel! ¡Es con la palanca! ¡Aguas con la nopalera! ¡Ya lo ahogastes! ¡No te salgas del camino!”

Fierro me veia torvamente, quitandose una penca de nopal. Mas o menos nos encaminamos hacia el sur.

“Pos aprende rapido su muchacho,” dijo Fierro despues de unas horas. Y es que el miedo no anda en burros.

Entramos sin problema a la ciudad de los palacios. El lugar pululaba de militares carrancistas. Nos quedamos en el mejor hotel, el Plaza. “Hay mucho perfumado aqui,” fue todo lo que dijo Fierro que se habia registrado como el general Carmona.

Lo primero que hizo Rodolfo Fierro fue darse un baño cosa que bien necesitaba despues de semanas en campaña. Mi tio y yo hicimos lo mismo.

“Parecemos zopilotes,” dijo Fierro. Y lo seguimos a la peluqueria. Salimos todos muy prendiditos, rasurados, con la raya en medio.

“Estos trapos dan lastima,” dijo Fierro. De ahi nos fuimos al mejor sastre que le recomendaron. Fierro se hizo hacer ahi mismo un chingon, de general de division, con su gorra con un aguilita de plata. Mi tio se hizo uno de coronel muy bonito. Y hasta a mi me toco pues sali con un uniforme de teniente igual de chingon.

Mi tio y Fierro traian buenas botas de montar. Pero yo, con mis huaraches, pos daba lastima. Pasamos entonces a una zapateria donde me consegui unas botas excelentes.

“Pos ora si nos vemos ya catrines,” se rio Fierro. “¡Hasta parecen carrancistas!”

“No la chingue mi general,” se rio mi tio.

Ya pardeaba la tarde y habia empezado el chipi chipi. “Bien,” dijo Fierro, “ahora a divertirnos y cumplir el encargo de Pancho.”

Preguntando llegamos hasta donde teniamos que ir. Era un teatro.

“¿Cuanto?” preguntó Fierro.

“Tres tandas por un peso, mi general,” dijo el taquillero.

“Pero pos queremos asientos de primera fila,” explicó Fierro.

“Entonces son de a dos pesos. Escoja usted. Aqui está el diagrama de las butacas.”

El teatro era una preciosidad, con butacas cubiertas de terciopelo y los palcos cubiertos con hoja de oro y candelabros austriacos. Fierro en efecto nos habia conseguido los mejores asientos.

“Han de saber que aqui yo vide cantar a Caruso,” explicó el ex-garrotero. Mi tio y yo lo vimos con asombro. “A mi siempre me ha encantado la Bohemé y el señor se aventó el Libiamó.”

Vi a mi alrededor. ¡Estabamos rodeados de militares carrancistas! Y los que no lo eran tenian pinta de politicos. Mi tio estaba enmedio. En el otro extreme estaba Fierro. Tenia la funda de la pistola abierta por si las moscas. A mi lado se sentó un fulano con cara de bandido. “Licenciado Baldomero Turrubiates, servidor, diputado.”

“Mucho gusto,” alcancé a contestar. “Teniente Pavón, del estado mayor de mi general…Carmona.”

“¿Le gusta la Conesa?”

“¡Pos claro, licenciado!” Hasta yo habia oido hablar de Maria Conesa, la mujer que traia todo loco al México de aquellos tiempos.

El fulano se rio. “A ver si esta vez muestra mas pechuga. La otra vez que vine nomas enseñaba el huesito.”

Junto a Fierro se sentó un caballero ya viejon, de piochita y sombrero de copa. “Ingeniero Jesus Cotorro Villavicencio, asignado a la secretaria de comunicaciones.”

“Mucho gusto,” contestó Fierro caballerosamente. “General Miguel Carmona del cuerpo de ejercito del noreste.”

“Hableme mas alto, general, que soy medio sordo,” pidio el ingeniero Cotorro. “¡Y le dire que que gusto caballero que ya esa chusma zapatista salio de la ciudad! Afortunadamente ya hay gente de calidad asistiendo a estos espectaculos. La ultima vez que vine no se podia ver el escenario por tanto sombrerote.”

“No, pos si,” dijo Fierro riendose. “¿Y usted trabaja en la secretaria de comunicaciones?”

La musica empezó. “En efecto, mi general, trabajo en el departamento de ferrocarriles.”

“Ah que bien,” dijo Fierro alzando la voz por la musica y la sordera del viejo. “A mi me encantan los ferrocarriles. He trabajado en ellos.”

“¿Ha estado usted a cargo de una division de estos?” preguntó Cotorro.

“Pos si he tenido una division,” contestó Fierro. La musica subio de volumen. Cotorro apenas si oia. “¡Pero de sombrerudos! ¡Yo he sido garrotero y me encanta volar los trenes! ¡Fui el que inventó la maquina loca!”

Afortunadamente Cotorro no alcanzó a oir claramente por la musica y por su sordera. Solamente se sonrio e hizo como que entendia lo que decia Fierro. El telon se abrio.

La Conesa era una morena muy escultural aunque ustedes tal vez la encontrarian un poco llenita. Nosotros considerabamos eso una virtud porque entre mas llenita mejor calentaba una cama. Estaba la Conesa sola sobre el escenario, con un reflector enfocandola, inmovil como una estatua, y vestida en unos trapos que querian ser babilonicos. (En ese tiempo estaban de moda los churros babilonicos de Cecil B. DeMille.) Todo el teatro se quedó callado, embelezado con la belleza de la mujer. Y si, mostraba mas pechuga. ¡Tenia una pantorrilla descubierta! El Licenciado Turrubiates a mi lado hizo gruñidos como un marrano jarioso.

Y la Conesa empezó a cantar y bailar:

“Ay ba…
Ay ba…
Ay Babilonea
Que marea…
Ay va..
Ay va..
Ay vamonos para Judea…”

Su voz era definitivamente cachonda y se movia con lubricidad. Se oyeron mas ruidos de marrano jarioso pero esta vez salian de todas partes. Y fue entonces que me di cuenta de que Brigida me tenia bien domesticado pues me la imagine regañandome por andarle viendo las canillas a la Conesa.

Terminado el espectaculo, Fierro nos dijo, “Siganme, ¡vamos a ver a la vieja esa!”

Habia toda una cola de catrines y militares afuera del camerino de la Conesa. De este salio un volteado que era su modisto.

“¡A ver Lupito!” le dijo Fierro.

¡Mi general!” dijo el modisto. “¡Usted aqui! ¡Y tan guapo en ese uniforme!”

“Tate quieto Lupito o te quebro aqui mismo,” le dijo Fierro.
"Oste siempre prometiendome que me va a matar y no me cumple."
Fierro se lo jalo a un lado. Le puso un centenario en la mano. “Ten, Lupito, pa que no andes de boquiflojo. Dile a tu patrona que vine a verla.”

Fierro entro al camerino de la Conesa. Nosotros nos quedamos en el pasillo. La cola de catrines y militares nos veian torvamente. Minutos despues salio el modisto y todos nos hicimos contra la pared no se nos fuera a pegar lo que tenia el infeliz.

“¿Y de que cuerpo son ustedes señores?” nos preguntó un coronel. “Como que su general se me hace conocido.”

“Estamos con mi general Carmona, mi coronel,” dijo mi tio.

Del camerino empezaron a oirse sonidos que solo podian tener una interpretacion.

“Ay Rodolfo! Rodoooolfooo! ¡Ay ba! ¡Ay ba! ¡Ay baaaaaaa!”

“¿Rodolfo Carmona es su general?” preguntó el coronel.

“Pos si…” dijo mi tio. No queriamos que el fulano siguiera preguntando. De plano se veia encabronado. Ha de haber sido uno de tantos seguidores de la Conesa.

Fierro salio acodandose el uniforme, muy sonriente, y nos dijo en voz baja: “Vamonos, muchachos, ya consegui lo que queria Pancho.”

“Mi general,” dijo el coronel. “Yo a usted lo conozco.”

“Pos no he tenido el gusto,” dijo Fierro. La misma sonrisa de lobo estepario. “Y usted perdonara pero estoy esperando un telegrama del señor Carranza.”

Afortunadamente el coronel no insistio. Al dia siguiente, muy temprano salimos otra vez hacia el norte. Seguimos la huella de la devastacion y caos que iba dejando nuestra columna y nos reintegramos a esta en Pachuca.

El Ultimo Tren - Capitulo XIX


XIX La Maquina Loca


El general Manuel Dieguez era un viejo luchador social que habia andado de revoltoso desde la huelga de Cananea, donde habia jugado un papel sobresaliente. En julio de 1915 Dieguez era un hombre ya maduro, aindiado, flaco de carnes, con el bigotazo completamente cano. Dieguez estaba al mando de las tropas obregonistas en San Juan de los Lagos. Sus ordenes, dadas personalmente por el manco, eran amagar Zacatecas aunque no intentar tomarla. Dieguez se encontraba en la comandancia de San Juan de los Lagos recibiendo el parte de sus oficiales.


“¿Reporta algo mi general Santader?” preguntó Dieguez al jefe de su estado mayor, un coronel Ceballos.


“Si, mi general,” contestó Ceballos consultando unos telegramas. “Aparentemente una columna salio de Zacatecas. Santander la siguio pero hubo una escaramusa y se le perdieron en la sierra. Sin embargo, identificaron al comandante. Es Rodolfo Fierro.”


“¿Al mando de Fierro? ¿Cuantas gentes?”


“Santander estima como un millar. Pasamos el reporte al general Gonzalez en la ciudad de México.”


Dieguez prendio un cigarro de palma. “No me gusta esto. Especialmente el que nos hayan subordinado a Pablo Gonzalez. Obregon sabia lo que hacia. El cabron pablitos está muy guey.”


“El general Gonzalez piensa que salieron a robar vacas. No le preocupa lo que haga Fierro.”


Dieguez se acercó a un mapa de la republica. “¿Mil hombres para robar vacas? Pancho Villa solito se bastaba para hacer eso en sus tiempos de abigeo. No, Ceballos, ordene que se refuerzen los piquetes. Mire, Fierro puede irse sobre la ciudad de México o Celaya o dirigirse a Guadalajara. Es decir, que podria venirse sobre nosotros.”


“Son solo mil hombres, mi general.”


“Si, y nosotros somos tres mil aqui en esta plaza mas los mil que andan buscando abigeos con Santander. Pero la mitad de mi gente son convalescientes de Celaya. Se supone que solo debemos de observar lo que haga Pancho en Zacatecas y para eso si somos suficientes. Pero, rechazar un ataque nos pondria en problemas.”


Un teniente entró, saludó, y le entregó un despacho a Ceballos. “Mi general, buenas noticias. El general Obregon llega en una hora. Nos acaba de mandar un telegrama.”


“¿Obregon? ¿Aqui? Bien, finalmente habran ordenes claras.”


“¿Ordeno la alerta?”


“No, ya la gente está en sus vivaques y preparandose la cena. No los moleste. Ordeneles, sin embargo, a la guardia de la comandancia que se acicalen. A ver si puede conseguir a la banda de guerra para que toque la marcha dragona cuando Obregon llegue a la estacion. Y que preparen una buena cena. A mi general Obregon le gusta comer bien. Y si puede, busquese unas botellas de champagne.”


“No se preocupe mi general, yo me encargare,” dijo Ceballos.


A unos diez kilometros de San Juan de los Lagos habia una estacion pequeña que era usada por los ferrocarrileros para labores de mantenimiento. Un telegrafista saludó y le anuncio a Rodolfo Fierro: “Mi general, confirmaron recibo. Esperan a Alvaro Obregon.”


Fierro se rio. Era la sonrisa de un lobo estepario. “Bien, capitan Pavon, ¿ya acabaron sus muchados?”


“En unos diez minutos mas, mi general,” contestó mi tio. Fierro salio de la estacion seguido de mi tio. Afuera de esta habia una locomotora y dos vagones de pasajeros. Habiamos detenido este tren unas cuantas horas antes. Traia mas vagones llenos de civiles. Estos los desenganchamos y los dejamos en la montaña con los pasajeros. Nos trajimos con nosotros al conductor y al maquinista y al fogonero para que no le dieran parte al ferrocarril.


“¡Que chulada de locomotora!” dijo Fierro caminando junto a esta. El ex-garrotero obviamente conocia el equipo. “Consolidation, 2-8-0, 20,000 libras de traccion, hecha por la Alco, American Locomotive Company. ¡Nuevecita! Ya encarrerada llegara a los 50 kilometros por hora. Y como nomas pasando ese cerrito todo es bajada de ahi hasta San Juan de los Lagos, probablemente va a superar esa velocidad.”


Yo mientras estaba supervisando a la gente que subia unas cajas a los vagones. “¡Cuidado cabrones! No dejen caer esas cajas o nos morimos todos. ¡Es dinamita!”


“No se preocupe, mi teniente,” dijo un sargento de zapadores que jalaba unos cables. “Estallara solamente cuando el detonador de impacto la prenda.”


La gente acabó. Los dos vagones y la carbonera estaban retacados de dinamita. “¡Listo!” anuncio el zapador.


“Bien,” dijo Fierro subiendose a la locomotora. “Siganme con mi cuaco.” Y abrio la valvula para que el vapor empezara a mover las ruedas motrices de la locomotora.


Con Fierro por maquinista, la maquina jalo al convoy lentamente subiendo la pendiente hasta la cima del cerrito. A lo lejos se divisaban los tenues quinques de San Juan de los Lagos. De ahi en adelante era pura bajada. Fierro le abrio todo el vapor a la maquina y dio un ultimo pitazo. Luego dio un salto atletico de la locomotora a su cuaco que iba galopando junto. “¡Ora siganme!” ordenó Fierro y avanzamos a medio trote rumbo a San Juan de los Lagos seguidos de nuestras carretas.


Eramos como 800 jinetes. La locomotora y su convoy se alejaron de nosotros adquiriendo cada vez mas velocidad. No habia ninguna curva de ahi a San Juan de los Lagos.


Dieguez y su gente, en la estacion de San Juan de los Lagos, oyeron la maquina.


“Obregon viene temprano,” observó Ceballos. Luego el coronel se apresuró a pasar revista a la escolta alineada a lo largo del anden. La banda de guerra afinaba sus instrumentos.


“¿Todo en orden?” preguntó Dieguez.


“Todo listo mi general,” contestó Ceballos.


“¡Mi general!” dijo un telegrafista. Estaba muy palido. “Nos acaban de llegar dos telegramas.”


Ceballos los tomó y los leyo. Tambien palidecio. “El general Obregon anuncia que acaba de tomar San Luis Potosi, dice el primer telegrama. El segundo, mejor lealo usted, mi general.”


Dieguez tomó el telegrama. Era un mensaje escueto: “VIVA PANCHO VILLA. STOP.”


“¡Es una maquina loca!” exclamó Dieguez. “¡Alerta! ¡Que muevan los cambios! ¡Saquen esta gente de aqui!”


La estacion parecia un hormiguero. La gente se arremolinaba a la salida. Los intrumentos habian quedado tirados en el anden. La maquina se oia aproximarse a una velocidad endemoniada. Dieguez se montó en su caballo. “¡Todo mundo fuera! Ceballos, ¡sigame a la comandancia! Ahi nos haremos fuertes.”


A unos cuantos kilometros afuera de San Juan de los Lagos de pronto vimos un resplandor que ilumino el horizonte. Luego nos llego una onda expansiva que casi deshizo nuestra columna.


“¡Santo Dios!” exclamó mi tio que cabalgaba junto a mi. Fierro se reia como el mismo demonio.


Jamas en mi vida habia visto ni despues vi desolacion comparada con el espectaculo dantesco que San Juan de los Lagos presentaba. Los ferrrocarrileros no habian estado a tiempo de mover los cambios. La locomotora entro como bolido hasta los andenes de la estacion. Se salto la via al acabarse esta y entro hasta la sala de espera lugar donde explotó la dinamita. La estacion, una preciosa obra porfiriana, voló por los aires, junto con varios cientos de infelices que no habian podido todavia salir. La onda expansiva tumbó los edificios y casas en las manzanas alrededor de la estacion.


Entramos a San Juan de los Lagos disparando y gritando como apaches. Pero casi no encontramos resistencia. Los soldados que salian a nuestro paso estaban todos chamuscados y llorosos y mas bien nos suplicaban que les perdonaramos la vida.


“¡Me lleva la puta madre!” juraba Fierro. “¡Estos cabrones estan en shock y no pelean! ¡Tenia ganas de matarme unos pelones esta noche! ¡Bien, ya saben que hacer! Busquen parque, vituallas, vendas. ¡No nos vamos a quedar aqui!”


En efecto, encontramos los almacenes de la guarnicion y los empezamos a vaciar cargando nuestras carretas. A los soldados que encontrabamo les deciamos que se juyeran si no los ibamos a matar. Los infelices eran pura gente de leva. Afortunadamente Obregon se habia llevado a sus yaquis. De todas maneras se empezaron a oir tiros.


“¡Rindete Dieguez!” dijo Fierro. Habia avanzado con su escolta y una bandera blanca a la comandancia, lugar donde los obregonistas trataban de oponer resistencia.

“Pura madre, Rodolfo,” le contestó Dieguez que era viejo conocido de Fierro.

“Nomas te vas a hacer matar a lo pendejo. ¿Y que le digo entonces a doña Rosita?”

“Dile que no mori como un cobarde.”

Fierro lo saludo militarmente y se dio media vuelta. El cuartel de la comandancia estabá frente a una amplia plaza. Fierro dio una orden. Habilitamos una pieza de artilleria ligera que traimos con nosotros. Los obregonistas nos empezaron a disparar.

“Abran fuego en cuanto esten listos,” ordenó Fierro. El primer obus dio de lleno en la puerta del cuartel. Los obuses que siguieron de plano causaron que el viejo cuartel se derrumbara. El fuego de los obregonistas cesó por completo.

“Bien,” dijo Fierro. “Este arroz ya se cocio. ¡Toquen retirada!”

Ya iba amaneciendo cuando salimos de San Juan con las carretas cargadas de alimentos y parque. Atras dejamos como mil muertos y heridos de los obregonistas. El resto de la division de Dieguez estabá dispersa entre los cerros aledaños a donde se habian ido a refugiar. Nuestras bajas habian sido minimas.

La verdadera cara de Francisco Martín Moreno

Renegados

Les dejo dos extractos de artículos de este escritor en contra de Amlo y nuestro movimiento, a ver si vale la pena seguir comprando sus libros.

López Obrador -señala Francisco Martín Moreno en Excélsior- jamás respetó a las instituciones de la República: no las respetó cuando tomó los pozos petroleros, por la vía de los hechos, en lugar de alcanzar sus objetivos a través de una carrera política civilizada y respetable. No acató las leyes del país cuando bloqueó caminos para presionar a la autoridad con tal de materializar sus anhelos, legítimos o no. Supo intimidar al Tribunal Electoral del Distrito Federal para que, a pesar de no contar con el requisito de residencia mínimo de cinco años establecido por la ley, aun así pudiera aspirar a la jefatura de Gobierno del DF. [...]
Además de lo anterior, asestó un intento de golpe de Estado parlamentario, cuando impidió que el Senado de la Repúblicala Presidencia de la República. Es más, nadie debería sorprenderse, tampoco, si este cavernícola que se ostenta como juarista, de la misma manera se negara a acatar el fallo del Tribunal Federal Electoral, en el caso, claro está, de que éste le sea adverso. Deliberara, libre y soberanamente, al rodear con la policía capitalina dicho recinto legislativo de manera que no se pudiera votar una ley inconveniente para efectos políticos del Jefe de Gobierno. De acuerdo con todo lo anterior, nadie debe sorprenderse de la negativa de López Obrador a acatar la resolución del IFE que declara su derrota en su candidatura a la Presidencia de la República. Es más, nadie debería sorprenderse, tampoco, si este cavernícola que se ostenta como juarista, de la misma manera se negara a acatar el fallo del Tribunal Federal Electoral, en el caso, claro está, de que éste le sea adverso.

López Obrador es una parodia de muy mal gusto: Francisco Martín Moreno

“Hemos sufrido mucho en este país para que finalmente llegue un payaso, un sujeto que dice que se acaben las instituciones, que se vayan al diablo las instituciones”, yo creo que esto no es serio, creo que cualquier persona con dos dedos de frente le debe perder el respeto a este sujeto.

El autor de México Sediento, México Mutilado, México Negro, México ante Dios, entre otros títulos acusó al PRD de haber reunido gente en el zócalo capitalino el pasado 20 de noviembre porque se repartieron millones y millones de pesos en las esquinas, dándoles 500 pesos a los que asistieron, esa fue la manera como pudieron llenar el Zócalo. Esto no es serio ni es el tipo de político que queremos, reiteró Martín Moreno.

Agregó que lo primero que debe hacer Andrés Manuel López Obrador, si se dice juarista, es defender las instituciones, no mandarlas al diablo.