Friday, March 23, 2007

El Ultimo Tren - Capitulo XXIV

XXIV La Emboscada

Donde se relata como una vibora le roba una victoria contundente a Felipe Angeles.

Desierto entre Monterrey y Saltillo
Julio de 1915

El piloto era un gringo, un tal capitan Raymond, que se habia unido a los carrancistas. Volaba un Bleriot, aparato frances. Ya tenia diez minutos en el aire. Tan solo le quedaban otros diez minutos de combustible, acaso 15, y luego tenia que regresar a los convoyes de Obregon. Escudriño con cuidado el terreno. La via del tren cruzaba un lomerio interrumpido tan solo por varios arroyos secos. Adelante escudriño dos mesas. La via se adentraba dentro de estas. Hizo un estimado rapido se encamino rumbo a ellas. Les daria un vistazo rapido y luego regresaria. En efecto, volo sobre las mesas. La via se adentraba dentro del cañon que habia entre ambas. El piloto observó con cuidado usando sus binoculares. No habia evidencia del enemigo. El avión dio un par de vueltas mas y luego se dirigio otra vez al norte, rumbo a los trenes carrancistas.

“No se muevan muchachos,” dijo Felipe Angeles.

“Ya se va mi general,” dijo un subalterno.

Dos baterias de 75 mm, un total de seis cañones, se encontraban excelentemente camuflados bajo unos mesquites. Angeles contaba con 500 hombres, convalecientes de los cuerpos de la división del norte que habia juntado en Torreon. No eran muchos pero era todo lo que habia podido juntar.

Un soldado villista tenia pegado el oido a la via del tren. De pronto se paro y empezo a agitar su sombrero.

“Parece que ya se aproximan, mi general,” dijo el subalterno.

“Bien, es apenas mediodia,” dijo Angeles limpiandose el sudor con un paliacate. El sol era intenso. Angeles escudriño el horizonte con un catalejo. En efecto, en lontananza se empezo a divisar el humo de varias locomotoras. Varios trenes se aproximaban. “Tenemos una hora mas. Asegurese coronel que la caballada y la gente tengan agua.”

“Ya llenamos cantinploras en el ojo de agua en aquel cerro,” explicó el coronel. “Y la caballada le dimos bastante agua. Todo está listo mi general.”

Angeles miro al coronel. Era apenas un jovencito. “¿Lo conozco?”

“Vallejo, mi general, usted me enseño matematicas en el colegio militar.”

“Ah bien, Vallejo, a ver si aprendio. Las baterias tendran acaso 2 kilometros de alcance. ¿Donde piensa apuntar?”

El coronel apunto hacia un arroyo seco. “Yo dejaria que la punta de la columna cruzara ese puente y abriria fuego sobre él. Ansina quedaria su vanguardia de este lado del arroyo y los batiriamos por separado.”

“En efecto, ese es mi plan,” apuntó Angeles. “No le voy a poner mucha crema a los tacos. No tengo mucha gente. En cuanto disparen los 75 abriremos fuego con las ametralladoras tambien.”

“Seguro mandaran una maquina exploradora por delante,” dijo el coronel.

“¿Quien está al mando, Maycotte?”

“Dicen que Obregon mismo mi general.”

“Obregon no es pendejo. Si, seguro habra una maquina exploradora. Pero esa la dejaremos pasar. Acaso tendra un piquete de soldados a bordo. Ademas, tenemos otra ventaja.”

“¿Cual, mi general?”

“Seguro vienen confiados. Evacuamos Monterrey sin darles pelea. Nos creen derrotados.”

Unos trenes atras se encontraba el tren de Obregon. Este seguia la linea del ferrocarril en el mapa con un puro apagado. “Pos Angeles no hizo nada en la sierra,” dijo el manco.

Pancho Serrano, el jefe de su estado mayor, prendio un cerillo y se lo ofrecio a Obregon. “Yo creo que no tiene gente, mi general.”

“Difiero de esto, mi general,” dijo Maximiliano Kloss, el general a cargo de las baterias de Obregon. “Los reportes indican que habian casi mil heridos convalescientes de las brigadas Zaragoza y Morelos en Torreon. Conociendo a Angeles, puede hacer milagros con ellos.”

Obregon dio varias bocanadas de humo. Su unica mano seguia la via del tren en el mapa. “Pos pongan ustedes que logra armar a la mitad de esa gente. Ha de tener un chingo de mancos y esos pa’ que le sirven. ¡Ja ja! Pero los que no estan tan jodidos podrian dar pelea si es Angeles el que los comanda. De aqui a Saltillo la unica posicion defendible son estos cerros que aqui se marcan.”

“El gringo Raymond reporta que no se ve nada en ellos,” dijo Serrano.

“Pura madre,” dijo Obregon. “¡Detengan los trenes! Diganle a ese cabrón que se encarame otra vez a su aparato y que vuelva a revisar los cerros.”

La orden no admitia discusión y el gringo Raymond no tuvo mas remedio que volver a tomar vuelo. Mientras tanto los trenes obregonistas se habian detenido en medio del desierto. Los vagones se habian convertido en unos hornos. La gente, soldados y sus mujeres, se apearon y se guarecieron bajo estos buscando la sombra. En varias gondolas, sin embargo, otros vigilaban con las ametralladoras listas para repeler cualquier ataque.

“Detuvieron sus trenes,” observó el coronel Vallejo.

“En efecto, es Obregon el que está al mando. No es pendejo. Es como uno de esos coyotes que husmean bien primero antes de entrar al gallinero.”

“¡Otra vez el avión!” exclamó Vallejo apuntando al cielo.

“Pasen la orden,” dijo Angeles. “¡Todos a cubierto! ¡Que nadie se mueva!”

Esta vez el avión voló relativamente bajo inspeccionando cuidadosamente el terreno. Pero los villistas se habian camuflado excelentemente. La caballada estaba oculta en un cañon entre los peñascos. El aparato volvio a dar la vuelta y se le vio aterrizar junto a los trenes.

Una hora mas transcurrio. El sol arreciaba. Varios de los hombres estaban a punto de desfallecer pero la orden de abrir cantimploras no se habia dado y la disciplina de la división del norte era salvaje.

“Ahi viene la maquina exploradora,” dijo Vallejo.

“Bien, dejenlos pasar,” dijo Angeles. En efecto, una locomotora empujaba una gondola con un piquete de soldados y ametralladoras.

“Son yaquis, mi general,” dijo Vallejo.

“Han de ser de la guardia de Obregon,” concluyó Angeles. “Abusados con esos cabrones. Son mucha pieza.”

Los yaquis escudriñaban con recelo el terreno. Su convoy se habia adentrado dentro del cañon que dividia ambas mesas. Las locomotoras obregonistas silbaron y los convoyes empezaron a moverse lentamente otra vez. La gente se subio otra vez a los trenes. Escudriñaban el horizonte con recelo. El calor era inmisericorde y causaba espejismos. Era dificil divisar con claridad.

“Ya cruza el arroyo el primer convoy,” dijo Angeles quedamente. “Abran fuego solo cuando dé la orden.”

La noche anterior habia sido muy satisfactoria para Angeles. Habia juntado a sus subalternos en su tienda de campaña y el ex-director del colegio militar habia vuelto a impartir su catedra.

“¿Y bien? ¿Que piensan de esta campaña?” les habia inquirido. “No tengan pelos en la lengua.”

“Mi general, con su venia,” dijo un teniente cuadrandose y saludando.

“Adelante, hable con toda franqueza.”

“Pos no creo que los detengamos por mucho tiempo.”

“En efecto, muchachos, solo estamos ganando tiempo.”

“Mi general, con su permiso,” dijo un mayor, tambien muy joven. “¿Y si no les presentamos batalla y les caemos a su retaguardia, bien sobre Monterrey o Matamoros? Interrumpiriamos sus lineas de abastecimiento.”

“En efecto, está usted citando la recomendación del mariscal McDonald a Napoleón durante la campaña de Francia. Este recomendaba al corso que ignorara a Blucher y a los austriacos y les interrumpiera sus comunicaciones en el Rin. Les dire porque no tenemos esa opción. Pancho está sacando al grueso de su ejercito del centro de la republica y se dirige a Torreón. Esa plaza está desguarecida. A toda costa tenemos que ganar tiempo o Obregon toma Torreón antes de que llegue Pancho. Obregon viene muy bien pertrechado y somos demasiado debiles para siquiera intentar tomar Monterrey. No, muchachos, me temo no nos queda otra sino ganar tiempo. Ademas, no soy Fierro. Ese si es bueno para esos trotes de andar alborotando en la retaguardia del enemigo.”

“Pero entonces no tenemos pa donde, mi general.”

“Por encima de todo este cuerpo debe de mantenerse en pie. O sea, nada de sacrificar a la gente o perder la vida a lo pendejo, ¿me entienden? Mientras podamos mantener una espada al aire cumpliremos nuestra mision. Caballeros, creanme que conducir una retirada enfrente del enemigo, hostigarlo y hacer lenta su marcha, es la maniobra mas dificil del arte militar. Ante todo hay que mantener la cabeza fria y aprovechar las oportunidades cuando se presenten.”

“Una pregunta, mi general.”

“Digame.”

“¿Tomamos prisioneros?”

“No.” Los oficiales se miraron uno al otro con azoro. “Dejenme les explico. Si el enemigo se rinde, tomenle las armas y el parque y dejenlos ir. No tenemos gente para andar cuidando pelones. ¿Entienden?”

Los yaquis en la maquina exploradora habian quitado el seguro de sus ametralladoras. La primera locomotora del grueso de la columna habia cruzado ya el arroyo jalando varios vagones. En los trenes la gente estaba callada. Algunas de las soldaderas se persignaron. Otras sostenian firmemente las manos de sus juanes. La tensión era palpable. No habia viento. El calor era endemoniado.

En el cañon se escucho un relincho. Era la caballada que tenian escondida los villistas. Una vibora habia salido de su nido y los habia asustado. De inmediato uno de los yaquis corrio a la cabina de la locomotora y empezó a hacerla silbar. “¡Abran fuego!” ordenó Angeles. Una rafaga de ametralladora entro en la cabina y mató al yaqui y al maquinista y al fogonero. La alarma cundia. Las locomotoras de Obregon habian empezado a silbar.

Los villistas inmediatamente descubrieron sus baterias y empezaron a dispararlas. La ametralladora siguio roceando la maquina exploradora. Los yaquis contestaron valientemente a pesar de saberse en una ratonera. Iban a vender bien caro el pellejo.

El primer obus cayo a veinte metros del terraplen de la via. “¡Corto! ¡Arriba 30!” corrigio Vallejo. Angeles observaba por su catalejo. Otra locomotora iba cruzando el arroyo.

“¡Maldita sea! Hubiera preferido si mas de ellos hubieran cruzado,” dijo Angeles.

Esta vez varios obuses dieron de lleno en el tren que estaba sobre el puente. La maquina se descarrilo y cayo pesadamente al fondo del arroyo desatando nubes de vapor que quemaron a varios soldados. En medio del desastre, los trenes se detuvieron, las locomotoras silbaban como locas, y la infanteria obregonista se apeaba de los trenes y contestaba como podia el ataque. Pero el humo y las olas de calor distorsionaban la vista y no sabian exactamente de donde venian los obuses. Las ametralladoras villistas tambien abrieron fuego y empezaron a causar estragos entre las filas obregonistas. Varios oficiales arengaban a su gente y los formaron en linea de tiradores y los encaminaron rumbo a las mesas.

“Fuego sobre la infanteria esa,” ordenó Angeles. Los artilleros villistas corrigieron su fuego y desataron un huracan de fuego entre las filas obregonistas. Se oian los toques de clarin y se veian a los oficiales obregonistas al frente de su gente con las espadas al aire. Era una escena del siglo XIX que no tenia esperanza de exito enmedio de la tormenta de acero que Angeles habia desatado.

“¡Vallejo!” exclamó Angeles. “¡Ordene a la caballada que se aproxime. Ensinchen las baterias y disponganse a moverlas. Vamos a evacuar la posición. Espere a mi orden. No tarda Obregon en poner orden y contestar. Mira que manera tan pendeja de desperdiciar esa infanteria. Ya ni la chingan. ¿Pos que estan pensando?”

Desde el techo de su vagon Obregon observaba por unos binoculares. “¡Serrano! ¡Ordena que dejen de hacer esas cargas pendejas! Nomas van a matarme a mi gente a lo bruto. Que se replieguen al arroyo y que ahi se pongan a cubierto. ¡Kloss! ¡Desembarque la artilleria y empiezen a rocear esos cerros! Bajen la caballada tambien y que exploren. Quiero ver si hay un vado bien al norte o al sur de ese puente.”

Con suma eficiencia, Kloss desembarcó la artilleria y se entabló un duelo de artilleria que no le fue muy favorable a los obregonistas. Mientras tanto, el clarin de ordenes habia ordenado la retirada y la infanteria de Obregon se retiró al arroyo llevando sus heridos. Atras dejaban montones de muertos y moribundos al pie de las mesas.

“¡En retirada!” ordenó Angeles. Los villistas rompieron el contacto y tomaron rumbo a Saltillo. Sus bajas habian sido minimas. La maquina exploradora estaba detenida y su alrededor estaban los cadaveres de los yaquis.

Esa noche Obregon caminaba entre los vivaques de su gente. “Trescientas bajas entre muertos y heridos,” contabilizaba Serrano. “Ademas hay como otros doscientos desaparecidos.”

Se oyeron varias detonaciones a lo lejos. “Deja tu, estan volando los puentes alla adelante,” dijo Obregon. “Nos va a tomar una semana por lo menos llegar a Saltillo.”

“Mañana con la luz pondre a los zapadores a hacer reparaciones,” dijo Serrano.

“¿Y usted?” le preguntó Obregon a Kloss. Este estaba medio chamuscado y ennegrecido por la polvora.

“Perdí tres cañones y tuvimos veinte bajas. Angeles tenia toda la ventaja. Nos disparaba desde lo alto.”

“No, pos si lo penso bien. No se averguence. No es deshonor perder cuando se enfrenta uno a Angeles,” contestó Obregon. El manco alzo la vista. La noche era oscurisima. Las nubes cubrian las estrellas. El cacique de los yaquis se le aproximó. “Ya vio, don José, hoy no hay luna.”

“Ansina es, Alvaro,” contestó el yaqui.

“Serrano, que hagan hogueras a cien metros de los trenes. Que no duerma la gente y que se atrincheren junto a los trenes. ¡Esta noche hay jaleo!”

En efecto, de la una de la mañana en adelante los villistas hicieron varias incursiones contra los trenes. Hubieron varios tiroteos. La noche fue de continuo caos.

Al amanecer la escena era desoladora. Habian varios jinetes y caballos muertos alrededor de los trenes. Se oia a varias mujeres sollozar. Varios de los vagones todavia ardian pues los villistas les habian logrado prender fuego durante la noche.

Unos jinetes se aproximaron ondeando una bandera blanca. Venian escoltando una columna de hombres a pie. Varios de los oficiales obregonistas reconocieron al jefe de la columna.

“¡Vallejo!” dijo uno de ellos. “Puta madre, si ya eres coronel.”

“Unete a nosotros, Bravo,” se rio Vallejo. “Pancho no escatima los ascensos como lo hace el perfumado.”

“Olvidalo Antonio,” dijo Bravo. “¿Que traes?”

“Esta gente es de ustedes. Se los manda mi general Angeles.” En efecto, los jinetes escoltaban una columna de prisioneros desarmados.

Bravo le extendio la mano. “Gracias. ¿Como está el maestro?”

“Encabronado con ustedes. Dice que no les enseño a ser pendejos. Esas cargas de a tiro no tenian esperanzas.”

“Es que estabamos enchilados, cabrón,” protesto otro de los oficiales.

“Ademas fue de huevos, ¿o no?” dijo otro.

“Bueno, pa la otra sera,” dijo el villista sonriendo. Caracoleo el caballo y los saludo con su sable de caballeria. Los obregonistas hicieron igual.

La columna villista se retiraba. El cacique don José se aproximo a Bravo. “¿Usted lo conoce?”

“Era de los mejores en el colegio militar,” explicó Bravo.

El cacique hizo una seña. Unos de sus hombres tensaron sus arcos y flechas.

“¡No!” grito Bravo. Fue demasiado tarde. Dos flechazos aparecieron en la espalda de Vallejo. Los villistas protestaron y contestaron el fuego con sus 30-30. Vallejo cayo muerto. La columna villista se alejó al galope.

“¡No tenia usted porque haber hecho eso!” protestaron varios de los oficiales obregonistas.

“¿Que diablos saben ustedes de la guerra, muchachitos?” les espetó el cacique. Sus hombres habian cortado cartucho y encañonaban a los oficiales. “¡Yo estoy harto de esta puta guerra! ¡Quiero regresarme a mi sierra y al carajo con todo esto! ¡Y ese cabrón lo unico que iba a hacer es hacer mas larga la guerra!”

“Pero…” protestó Bravo.

“¿Pero que?” le preguntó el cacique acercandosele cara a cara. “¡A la chingada con el honor militar! ¡Pa lo unico que sirve es para engordar a los gusanos! ¡Ahi está el cadaver de su amigo! Denle sepultura a como acostumbren ostedes. Yo por mi parte tengo mucha de mi gente que velar. Se murieron siguiendo sus ordenes, ¿se acuerdan?”

Esa noche los trenes volvieron a pernoctar en el mismo lugar. Las hogueras esta vez eran de las pilas de los muertos. La tambora raramuri sonó toda la noche en honor a los muertos y se vio a un hombre ataviado con una cabeza de venado danzar entre las piras funerarias.

En el tren de Obregon se presentó una delegación de oficiales.

“Si vienen a quejarse de don José mejor ni abran el pico,” les dijo Obregon. “Ademas que el cabrón es general. Dense de santos que no los mandó fusilar por faltarle al respeto.”

“¡Mi general…!”

“Caballeros,” les aconsejó Pancho Serrano, “mejor retirense.”

Los oficiales saludaron y Obregon les contestó el saludo con la unica mano que le quedaba.

“Pancho,” le dijo Obregon a Serrano cuando se habian retirado los oficiales, “a toda costa tenemos que reanudar la marcha mañana. Tenemos que tener a esos aguiluchos ocupados. ¿Entiendes?”

“Correcto, mi general.”

Obregon se sento pesadamente en un sillon. Un sargento viejo que habia estado con él desde Naco lo ayudo a quitarse las botas y la casaca. Otro sargento enfermero empezo a revisar con cuidado el muñon. Serrano observó que todavia habian manchas de sangre en los vendajes.

“Se le volvio a abrir la herida mi general,” dijo el enfermero.

“Fue por todo este traqueteo,” dijo Obregon.

“Voy a tener que cambiarle el vendaje.”

Obregon estoico dejó que trabajara el enfermero. De vez en cuando hacia muecas de dolor.

“¿Encontraron al muchacho de don José?” preguntó Obregon.

“Si, mi general,” explicó Serrano. “Hay un moribundo de la maquina exploradora que dice que fue de los primeros en caer. El muchacho de don José fue el que hizo silbar la maquina y nos avisó de la emboscada. Ya le entregamos el cuerpo al viejo.”

“Con razón está que no lo calienta ni el sol.”

“Y luego que ya vide que el otro hijo, el Aguila Negra, parece que le salio traidor y anda con el fulano Maldonado ese.”

“¿Y el coronel villista?”

“Bravo y los otros aguiluchos lo enterrarón con honores militares.”

“Bien, escucha… ¡Ten mas cuidado cabrón! ¿crees que no me duele?”

“Perdone usted mi general,” dijo el enfermero. “Ya mero acabo.”
"Te apuesto lo que sea, Pancho, a que las flechas que usaron para matar al villista tenian plumas de aguila."
"Creo que asi fue, mi general," contestó Serrano.
Obregon sonrio a pesar del dolor. "Le estaban haciendo un honor. Ansina es como los raramuri matan a un adversario de cuidado. Han de tener todo un plumero listo para Villa."
Serrano palidecio. "Pos es un honor que no quisiera tener mi general."

El viejo sargento le pasó un vaso con whisky a Obregon. Este lo apuró de un solo trago. Serrano observo que Obregon estaba todo colorado y sudoroso. “Pancho," dijo Obregon, "vete a dormir. Mañana volvera el ajetreo. Es una orden.”

Serrano saludó y se retiró, notando que Obregon seguia sufriendo el tratamiento.
“Como chingaos dormira Alvaro ese cabrón tambor sonando no entendere,” murmuro Serrano cuando salio del vagon. Las piras de los muertos alumbraban los trenes. Aparte del tambor tambien se oia el murmurar de las mujeres diciendo el rosario.