Wednesday, September 24, 2008

Andanzas de don Menfis - Rio Blanco

Andanzas de don Menfis: Rio Blanco

Prologo

Exactamente, ¿qué implica tener una conciencia? ¿Es un estorbo? ¿Es una maldición? ¿Es lo que os hace humanos? Sabed que no, tener una conciencia no os hará “angelicales”. Yo, un ángel caído, os aseguro que nosotros no tenemos conciencia alguna. Somos completamente amorales. No hay ningún angelito --¡ja ja!—en nuestros hombros conminándonos a hacer lo correcto o justo. Esa es solo una bendición y maldición que tienen los hombres. No entiendo por que nos admiráis tanto. Somos nosotros quien os envidiamos.

En fin, si insistís en seguir leyendo, sabed que lo hacéis a riesgo de vuestras almas. Estas son las andanzas de Mefistófeles Satanás por tierras mexicanas. Se me ha conocido por muchos nombres. El conde de la legión es tan solo uno de ellos.

I. El Ferrocarril Mexicano

México, DF – primero de diciembre de 1907

Atardecía cuando se vio caminar entre la multitud que abarrotaba la estación de Buenavista a un hombre alto, con mirada penetrante, gran nariz, bigote a la kaiser como se acostumbraba entonces, elegantemente vestido de “catrin”, con una capa negra sobre sus hombros. En sus manos portaba un fino bastón con empuñadura de plata en forma de calavera. En su pecho se observaba un finísimo fistol con una gran piedra que emitía destellos. Instintivamente la multitud se abría a su paso. Nadie osaba ni verlo a la cara ni acercársele. Algunas ancianas indígenas instintivamente hicieron la señal del mal de ojo a su paso. Se trataba ni más ni menos que el conde de la legión.

El conde dirigió sus pasos hasta el andén del Ferrocarril Mexicano que estaba a punto de salir rumbo a Veracruz. Iba seguido, no muy de cerca, por un cargador que portaba un pesado baúl en un diablito. A los pies del conde caminaba una perra negra de descomunal tamaño.

El conductor, al verlo, sintió cierto escalofrió. Se logro controlar, sin embargo, y extendió su mano para recibir el boleto que el hombre le extendió.

“¿El caballero solo va hasta Orizaba?” se atrevió a preguntar el conductor. No se atrevió, sin embargo a cuestionar sobre la perra que acompañaba al conde. Solo vio esta con asombro.

“Es una loba,” dijo el conde de la legión como si leyera el pensamiento del conductor. “No se preocupe, no muerde, a menos que se lo ordene, tenga usted, por si se ensucia.” El conde le extendió una onza de oro. “En efecto, voy a Orizaba. Asegúrese por favor de que mi baúl sea llevado a mi camarote.”

“Pase usted, caballero,” dijo el conductor.

Horas después, el convoy recorría rauda los Llanos de Apam. El lujo del Ferrocarril Mexicano entonces se comparaba y tal vez superaba al legendario Expreso de Oriente que hacia el recorrido de Berlin a Constantinopla. El convoy llevaba al frente a una locomotoras 4-6-2 de lo mas moderno, recién fabricada por la American Locomotive Works. Los carros eran tipo Pullman y cada camarote era comodísimo, amplio, y lujoso, con luz eléctrica y su propio baño. Un piquete de soldados viajaba en el carro correo para asegurarse de que nadie osara molestar el convoy o a sus pasajeros.

El conde caminaba por el pasillo de los carros dormitorios rumbo al carro comedor. Iba vestido elegantemente de frac y era seguido de una mujer morena, muy alta, con una cabellera negrísima, vestida elegantemente con la moda parisina. Un discreto velo le cubría el rostro. Un collar de perlas le adornaba un cuello marfileo y largo.

El carro comedor estaba atiborrado con pasajeros elegantemente vestidos. Los hombres vestían de frac y las mujeres portaban la ultima moda de Paris, aunque no tan elegantemente como la mujer que acompañaba al conde. Los hombres la veían admirados y las mujeres con envidia.

El conde hizo una mueca al ver la multitud. “Ved a lo mas selecto de la mierda de este país, Zenobia cherie. Cada uno de estos fulanos es un redomado fil de putain. El que no es hacendado es político, o sea, un ladrón con fuero. Y todos están pegados a la ubre del presupuesto. Pobre México.”

El maitre se aproximó a la pareja. “Me temo, caballero, que usted y la señorita tendrán que compartir una mesa.”

“C’est la vie,” dijo el conde con cierto asco.

El maitre los condujo hasta una mesa donde se encontraban dos hombres. Uno era evidentemente anglosajón o europeo, y sus ropas no eran lo que la ocasión ameritaba. Era de gruesas carnes y estaba colorado como un camarón, aparentemente ya había tomado demasiado. El segundo era un mexicano, como de unos cuarenta años, vestido correctamente, muy moreno, con bigote, pelo entrecano, y algo flaco.

El mexicano se paro al aproximarse la pareja. Igual hizo el extranjero, aunque después de cierto titubeo.

“Soy el licenciado Eugenio Blancarte, asignado a la secretaria de hacienda,” dijo el mexicano. La mujer extendió su mano y Blancarte dio una versión bastante aceptable del handkuss vienes.

“Williams, Bill Williams,” dijo el extranjero. “Represento a la Brown Brothers de Nueva York.” El fulano no mostró la cortesía esperada con la mujer. El conde le dirigió una mirada fría.

“Menfis, conde de la legion,” dijo extendiendo la silla a la mujer. “La señorita es mademoiselle Zenobia Esterhazy, originaria de Budapest. Me temo que no
habla ingles y muy poco español.”

“Es un honor,” dijo Blancarte observando a la mujer con franca admiración. Williams solo dio un gruñido.

“¿Ustedes también se dirigen a Orizaba?” preguntó el conde.

“Shoot, yes,” dijo el gringo. “¿Cómo saber usted?”

El conde se encogió de hombros y lo vio con cierto desden.

“En efecto, señor conde,” explicó Blancarte, “el señor secretario de hacienda, don Yvo Limantour, me encargó que acompañara al señor Williams en una gira por las fabricas de tejidos de ese lugar. Mister Williams es un inversionista.”

“Si, he oído de la Brown Brothers. Son unos pulpos,” dijo el conde sonriendo.

El norteamericano se rio. “You got that right, buddy!”

“Acostumbran matar con sus guardias blancas a los que no les venden sus tierras en la Huasteca veracruzana.”

“Now wait a minute buddy…” protestó Williams.

Blancarte se apresuro a apaciguar las cosas. “Y usted, señor conde, ¿que lo lleva a Orizaba?”

El conde se río quedamente. “Hace un par de días fui recibido por el presidente, el general Díaz.”

“You know don Porfirio?” dijo Williams viéndolo con interés.

La mujer se quito el velo y sonrió. La cara era angelical, enmarcando unos ojos moros negrísimos y brillantes como dos carbones. La dentadura era casi perfecta. Si acaso, los colmillos estaban algo exagerados.

“Mademoiselle Zenobia es soprano,” explicó el conde. “Ha cantado en la Scala. Doña Carmen Romero Rubio de Díaz ha querido civilizar al general y lo hizo, ¡ja ja!, asistir a un recital de opera en la residencia presidencial de Chapultepec. Creo que la versión de ‘voi che sapete’ que mademoiselle Esterhazy cantó fue excelente. Desgraciadamente, el general, por la edad, ya andaba cabeceando. Como se imaginaran, cada recital cansa a la señorita. Decidí que seria conveniente que visitáramos provincia. Tengo entendido que los paisajes de Orizaba son magníficos.”

“Diaz is getting old, right?”

“En efecto, el presidente Díaz ya esta avanzado en edad,” admitió el conde.

Blancarte se apuro a apuntar. “Don Yvo Limantour me asegura que el general está tan fuerte como un toro.”

“¿Usted conocer al presidente?” preguntó el gringo sin prestar atención a lo que decía Blancarte. Toda información que pudiera obtener sobre la salud de Díaz valía su peso en oro.

“Fuimos compañeros de armas, en Puebla.” El conde extendió su copa mientras un mesero se la llenó con vino.

“¡Imposible! ¡Usted aparenta tener tan solo unos cuarenta años!” dijo Williams con azoro.

“Caballero,” dijo el conde con una voz que no admitía discusión, “soy de tierra caliente. Escondemos muy bien los años,” dijo el conde con sorna. Alzo entonces su copa de vino. “¡Señores, a la salud del general Díaz!”

“¡Salud!” dijeron los dos hombres alzando también su copa. El vino del conde reflejaba la luz de los candilejos. Era muy oscuro, cual sangre. Por un momento los dos hombres tuvieron una visión de sangre y humaredas,

II El Fuerte

Puebla – 1863

El militar era ceñudo, moreno, de escasas carnes, de piocha, con nariz aguileña. Entro seguido por un sequito de oficiales del estado mayor del cuerpo de ejército de oriente en un fortín semiderruido en la explanada del Fuerte Ingenieros. Desde los parapetos se observaba el glacis del fuerte y más allá se dibujaban las líneas de trincheras que rodeaban la ciudad: era el cerco francés que estrangulaba la plaza. Había varias piezas de artillería, algunas de ellas desmontadas por la artillería francesa, sobre los parapetos. En el espacio letal entre los baluartes del fuerte y las trincheras francesas se observaban montones de cadáveres. El zumbido de las moscas era constante y un olor nauseabundo a cadáver permeaba el lugar. “¡Coronel Conde!”

“A sus ordenes, mi general,” dijo el conde de la legión reconociendo a Porfirio Díaz. Nuestro protagonista era entonces conocido como el coronel “Conde”.

“De parte del general González Ortega, tenemos inteligencia que los gabachos volaran la mina esta madrugada,” explicó el oaxaqueño.

En efecto, los franceses habían estado escarbando túneles bajo los baluartes mexicanos. Los defensores habían estado haciendo contraminas, es decir hacían túneles para interceptar los túneles franceses. Varias veces una contramina mexicana había irrumpido en un túnel francés. Los contendientes luchaban entonces cuerpo a cuerpo, asestándose cuchilladas en las negrísimas entrañas de la tierra mexicana. Pero aun así los mexicanos no habían logrado interrumpir las obras francesas. Probablemente estos ya habían llenado una mina con pólvora y estaban a punto de volarla.

“Es muy posible, mi general,” dijo el conde. “Nos hemos estado matando con mineros de Lille, muy expertos en lo de hacer agujeros, según me cuentan. Si no fuera por los guanajuatenses de Doblado ya hubiéramos volado hace semanas.” Los mineros de Guanajuato de Manuel Doblado habían estado a cargo de las operaciones de contramina.

Díaz recorrió con su mirada el lugar. Había varios grupos de soldados mexicanos sentados a lo largo de las paredes fumando y comiendo su escaso rancho tranquilamente. Eran evidentemente veteranos. La gente del coronel Conde era de confiar. Varias veces los zuavos habían intentado tomar el punto. Los montones de cadáveres que lo rodeaban atestiguaban la ferocidad de la defensa.

“El general González Ortega quiere que una fuerza tan solo de voluntarios ocupe el fuerte de ahora en adelante,” explicó Díaz. “Ordena retirar a la gente de Doblado que usted trae.”

“¿Voluntarios? Bien, me quedare yo y una compañía. Entre menos burros mas olotes.” La comida escaseaba en la plaza.

“Buena suerte,” dijo Díaz.

El coronel Conde hizo una seña y un negro fornido se aproximo. El hombre traía un paliacate en la cabeza y un machete en el cinto. Era todo un gigante, con un torso poderoso como el de un toro, y manos formidables. Tenía el pecho desnudo cruzado de cicatrices El pelo era “pasita”, típicamente africano, muy canoso, pero el hombre no daba señales de haberse debilitado con los años.

El conde contestó el saludo del negro. Este estaba al frente de una compañía de guerrerenses que se habían portado muy bizarros durante el sitio. “Sargento Morelos,” dijo el conde, “me cuentan que su medio hermano está con los gabachos.”

“¿En verdad, mi coronel?” dijo el moreno escupiendo al suelo. “Lo maldigo por traidor.”

“Si, Juan Nepomuceno Almonte está con los gabachos, lo se a ciencia cierta.”

Juan Nepomuceno Almonte era el hijo del generalísimo Morelos, hijo de una Maria Almonte que el caudillo había conocido en Valladolid. Pero Juan Nepomuceno Almonte había estado entre los “notables” que habían ido a Miramar a ofrecer el trono de México a Maximiliano.

En cambio el negro era hijo de una negra que el generalísimo había conocido durante sus campañas en tierra caliente. El moreno había estado en casi todas las campañas del ejército mexicano de principios del siglo XIX. Incluso había sobrevivido la derrota de San Jacinto. A duras penas pudo escaparse de los tejanos que lo querían linchar por el color de su piel y el uniforme que portaba.

“Dénos su venia mi coronel y yo y los muchachos lo vamos a visitar y lo ajusticiamos o se lo traemos prisionero. Será muy mi hermano pero mi padre nunca fue un traidor.”

“Esta noche no, sargento. Escuche. Necesito cincuenta voluntarios.”

“Usted ordene, mi coronel.”

“Piénselo bien sargento. Porfirio, como usted ve, se está llevando a los guanajuatenses. Los gabachos van a volar la mina. La mayoría de los que se queden morirán. Bajo esas circunstancias yo no les puedo ordenar quedarse. Hable con sus hombres.”

Abandonar el punto no era opción. La orden de González Ortega era tajante: ‘cada cuerpo defenderá su puesto hasta vencer o morir’. El sitio ya había durado varias semanas. Y en todo ese tiempo la orden se había cumplido al pie de la letra.

“Mi coronel, ¿usted se va a quedar?”

“Si.”

“Entonces, los de Guerrero nos quedamos con usted.”

Horas después se veía un resplandor hacia oriente, rumbo a la cima nevada del Pico de Orizaba. Se acercaba el alba. El conde recorría los baluartes seguido del sargento Morelos.

“Dispersos, muchachos, no se amontonen,” les dijo. Varios de los defensores tenían los oídos tapados con cera o con un paliacate para protegerse los tímpanos. Más de uno sostenía un rosario. “Exhalen al sentir la explosión. De lo contrario les estallaran los pulmones. Y cierren bien los ojos y encomiéndense a Dios o al diablo, carajos.”

“Mi coronel,” dijo el sargento apuntando a las líneas francesas. Se veía el brillo de las bayonetas de los zuavos esperando en las trincheras. El hombre, sin embargo, no alcanzo a terminar la frase. Una hecatombe envolvió a los defensores. La tierra se abrió bajo sus pies. Volaron por los aires cañones, baluartes, fortines, y defensores y pedazos de los defensores.

El fuerte parecía un volcán en erupción. De las trincheras francesas surgieron los zuavos emitiendo gritos como los moros del África del norte. Ondeaban sus banderas tricolores. Sonaban los clarines. Una banda empezó a tocar ‘Sambre et Meuse’. La artillería francesa abrió fuego. Eran piezas pesadas de artillería naval que Forey había traído desde Veracruz cruzando con muchos trabajos las cumbres de Acultzingo. San Lorenzo, Loreto, y Guadalupe contestaron con su artillería. Los oficiales franceses se pusieron al frente de sus hombres. “¡En avant!”

El conde surgió entre una avalancha de rocas que lo habían cubierto. Su uniforme estaba hecho jirones. La espada estaba rota. El conde recorrió las ruines del fuerte. Muchos de los defensores habían caído. Había cadáveres despedazados en todos lados. El conde ayudó a mover unas piedras donde un hombre estaba atrapado.

“¡En pie sargento!”

Milagrosamente, una veintena de los defensores habían sobrevivido. La mayoría estaba herida.

“Usted, ¡a retaguardia!” dijo el conde a un soldado que trastabillaba y sostenía sus entrañas con las manos.

“¡Ramiro! ¡José!” ordenó el sargento. “¡Sirvan esa pieza!” Los soldados se aprestaron a apuntar el único cañón sobreviviente rumbo a la infantería francesa que se aproximaba.

“¡Están a 200 metros sargento!” dijo el coronel. Por varias semanas habían defendido el fuerte y conocían ya las distancias perfectamente.

“Esperen a que lleguen al caballo muerto,” rugió el moreno a sus hombres. En efecto, había un infeliz animal despanzurrado en el glacis cuyo jinete, un coronel francés, se pudría bajo él.

Los zuavos avanzaban impávidos entre la metralla mexicana que les llovía de los otros fuertes. Se abrían varios huecos en sus filas al estallar las granadas mexicanas. Pero la infantería francesa cerraba sus filas con sangre fría. Varias veces los portaestandartes cayeron muertos o heridos y las tricolores cayeron al suelo. Pero con mucho valor de inmediato las levantaban.

“Esperen….esperen…” ordenaba el coronel esperando a que los franceses estuvieran a tiro. Los fusiles mexicanos eran viejísimos, reliquias que Iturbide le había comprado a Inglaterra y que habían matado en Waterloo a los abuelos de los franceses que ahora se aproximaban. Solo eran efectivos a corta distancia.

“¡Fuego a discreción!”

Los mexicanos abrieron fuego con sus fusiles y el único cañón que quedaba. Cayeron varios franceses y por un momento sus líneas vacilaron desconcertadas. Era inaudito. ¿Cómo era posible que todavía los mexicanos siguieran defendiendo esas ruinas humeantes?

El coronel reconoció que era inútil la defensa. Los sobrevivientes eran poquísimos. Pero la orden de Ortega seguía en pie: ‘cada cuerpo defenderá su puesto hasta vencer o morir’. Y para el cuerpo de ejército de oriente esa orden era ley. “Defendemos no solamente Puebla,” había dicho González Ortega durante el funeral de Zaragoza, “sino también al resto de la republica y su libertad.” Los defensores no iban a pedir ni esperar cuartel. Los zuavos, enfurecidos por el recibimiento, ciertamente no darían cuartel. El fuerte seria la tumba de los defensores.

“¡Coronel Conde!” dijo un capitán apareciendo entre el humo y la lluvia de metralla.

“¡Aquí!”

“Ordena el general González Ortega que se retiren.”

El conde escupió al suelo. “¡Puta madre!”

“Carajos,” juró el negro. “Si apenas empezaba el baile.”

El capitán vio con nerviosismo a la infantería francesa aproximándose. Pero más inquietud le causaban los defensores. Parecían verdaderos demonios, rugiendo, cubiertos en sangre, ennegrecidos por la pólvora, disparando furiosamente y dando mentadas de madre a Francia y vivas a México.

“Vamonos, sargento,” dijo el coronel Conde recogiendo una bandera mexicana que había caído al suelo, “la plaza no ha caído, solo estas ruinas.”

III. La Invitación

“That’s some whisky!” dijo con azoro Williams viendo su copa.

“Yo voy a pedir mas bien un tequila,” dijo Blancarte secándose el sudor con un fino pañuelo de seda. “Creo que lo necesito.”

Para su sorpresa, sus platos ya estaban vacíos frente a ellos, aunque no recordaban haberlos consumido. Era como si el tiempo hubiera saltado.

“Esta charla ha sido muy amena, caballeros, pero me temo que la señorita y yo nos debemos retirar,” dijo el conde.

“Señor conde,” ofreció Blancarte súbitamente, “¿gusta usted acompañarnos? La señorita puede quedarse con la familia del señor de Medina. Don Francisco es el dueño de varias factorías y nos va a recibir en Orizaba en la mañana. Recorreremos las fábricas de tejidos. Yo creo que usted encontrara que es un recorrido muy interesante.”

El conde sonrió. Reconoció en Blancarte un buen político, ambicioso. Si el conde era en efecto intimo del general Díaz tal vez el nombre de Blancarte seria mencionado favorablemente en el palacio presidencial de Chapultepec.

“Con gusto acepto su oferta, caballero. La señorita, sin embargo, se quedara en un hotel que nos recomendaron. Tiene una dieta muy particular. Cosas de su religión, que se yo. Por favor comprendan y no lo tomen como ofensa. Yo la llevare al hotel en la mañana y los buscare a ustedes luego.”

“Búsquenos entonces a media mañana en la oficina local de hacienda, señor conde,” explicó Blancarte. “Ahí quedamos de encontrarnos con don Francisco de Medina y los otros dueños de las fabricas que recorreremos.”

IV. Xanadu

“Era Xanadu el reino de Kublai Khan. Reinaba cavernas cuya magnitud era inmedible por el hombre.”

“¿Perdón, señor conde?” preguntó Blancarte. El conde era parte del sequito de dueños de fábricas que acompañaban a Williams. Viajaban en un par de automóviles Ford con el capote puesto. Caía una ligera llovizna, orizabeña.

“Es algo que alguna vez leí,” explicó el conde. “Me viene a la mente viendo estas factorías.”

“Tiene usted toda la razón, señor conde,” dijo don Francisco de Medina. “Se comparan estas fabricas a las grandes obras de la antigüedad. Mire usted por ejemplo el edificio ese al que nos dirigimos y que divisa en lontananza, le llamo ‘La Colmena’. El complejo consiste de tres naves de producción, cada una con diez líneas y diez mil metros cuadrados bajo techo en cada una. Cada nave tiene una planta laboral de aproximadamente tres mil personas.”

El conde observo un grupo de mujeres y niños que se habían congregado en el patio de una fábrica. “¿Los obreros son en su mayoría mujeres? ¿Qué hacen esos niños ahí?”

El apoderado legal de don Francisco, un abogado de nombre Altamirano, se apresuró a explicar. “En efecto, utilizamos en su mayoría a mujeres. También usamos a niños. Sus deditos son muy ágiles y a veces hay que destrabar una maquina.”

El conde sonrió. “¿No es eso peligroso?”

Altamirano se encogió de hombros. “A veces sucede un accidente. Es inevitable.”

“O sea, ¿es común que un chamaco pierda una manita o la vida destrabando una maquina?”

“Señor conde, usted tal vez no lo sepa, pero eso es algo muy común en el ambiente industrial,” explicó de Medina.

“It goes with the job,” añadio Williams. “Can’t make an omellete without breaking some eggs.”

“Por supuesto que no queremos tener accidentes, señor conde,” continuo Altamirano. “Eso interrumpe la producción e incrementa los costos.”

El conde prendió un habano. “Además de que me imagino que no es bueno para la moral de las trabajadoras ver a un hijo ser despedazado. Las distraerá de su trabajo y cometerán errores y mermara la calidad de la producción. Es más, me imagino que la sangre ha de ser nociva para la maquinaria. Seguro la oxidara.”

“Con todo respeto, yo creo que el señor conde está llevándose una idea equivocada de lo que los señores de Medina y los otros inversionistas han logrado aquí,” explicó Blancarte. “Ellos tienen una política laboral muy avanzada. Como ve usted, esas mujeres y niños están en su descanso matutino. Les dan diez minuto cada mañana para desayunarse o hacer sus necesidades.”

“Esto ultimo al aire libre, según parece,” dijo con sorna el conde. Varias mujeres estaban en cuclillas junto a las paredes de la fábrica desahogando sus “necesidades”. La lluvia empezó a arreciar. “No me malinterpreten. Creo que lo que estoy viendo se equipara a la revolución industrial que vi en Inglaterra.”

“En efecto,” dijo con orgullo de Medina, “algunos otros han mencionado ya que Orizaba es la Sheffield mexicana.”

El conde suspiró. “Hace unos años un filosofo alemán, residente en Inglaterra, describió perfectamente las condiciones de trabajo en esas fabricas. No me acuerdo exactamente de su nombre, Carlos algo. Era judío, creo, y ya saben que esas gentes pueden ser a veces medio agitadoras y tienden a exageran.”

El acervo cultural de los hombres se la comitiva era mínimo. Sin embargo, Blancarte, que tenia algo de cultura, le dirigió una mirada fría. “Creo que se de que filosofo alemán habla, señor conde.”

El conde le sonrió a Blancarte. “Dígame, señor de Medina, ¿que clase de jornada laboral cuentan bajo la política laboral avanzada que ustedes han implantado?”

“Las obreras laboran seis días a la semana,” explicó de Medina. “Son turnos de doce horas. Entran a las seis de la mañana y salen a las seis de la tarde. De noche solo labora un grupo de mantenimiento. Los domingos los tienen franco.”

“Excelente,” dijo el conde, “así no están expuestos al sol del trópico, ¿verdad? Es más, no creo que vean siquiera el sol más que los domingos. Los felicito, eso ha de evitar que sus empleados sufran de cáncer de la piel. Aunque con lo nublado que es Orizaba dudo que se pierdan de mucho sol.”

“Algo así se ha implantado en los Estados Unidos,” observó Williams. “Aunque allá tampoco tenemos mucho sol.”

“¿Por qué les da descanso los domingos?” preguntó el conde.

“Es necesario que vayan a misa,” explicó de Medina. “Yo he notado que entre mas piadosos sean estas gentes mas obedientes son. Esta gente es muy católica, señor conde. Periódicamente el obispo viene a bendecir las fábricas. Incluso, cierro las plantas al mediodía en viernes santo y en navidad.”

“Eso es verdaderamente muy generoso de su parte,” dijo el conde sonriendo. “¿Y los sueldos?”

“Algunos pensarían que es bajo,” admitió Altamirano. “Pero es que hay que entender que el nivel de productividad de estas gentes es bajo. Tienen poca educación y hay mucho desempleo.”

“¿Baja productividad? ¿Y no cuentan con la maquinaria mas moderna?”

“Si, la maquinaria es de lo mas avanzado,” continuo Altamirano. “El señor de Medina acaba de hacer traer varios hiladoras desde Alemania.”

“Hemos hecho grandes sacrificios,” dijo de Medina.

“Entonces el proceso ha de ser muy productivo, ¿no?”

“En efecto, exportamos a Europa y a Estados Unidos,” contestó Altamirano. “Usamos los métodos mas avanzados. Nuestros técnicos son todos ingenieros extranjeros.”

“¿Hablan siquiera español?”

“Algunos si, han aprendido algo. Por lo general tienen un mexicano bilingüe que traduce sus ordenes.”

“Todo mundo deber de hablar ingles,” añadió Williams. “It is the language of business.”

“El presidente Díaz ha insistido en que se apoyen a los inversionistas,” añadió Blancarte. “El gobierno federal está ampliando el ramal de ferrocarril que sirve el parque industrial.”

“Ah, que bien. Veo que el ramal es propiedad de una empresa particular. Que bueno que los empresarios no tengan que gastar en infraestructura y que este gasto lo haga el pueblo de México. Me imagino que lo que el gobierno busca es incrementar la recaudación al tener mas ingresos los inversionistas, ¿verdad?”

Blancarte sonrió. “Bueno, a la larga así seria.”

“¿No lo es ahora?”

Blancarte no se veía muy a gusto. “Es algo que solo los expertos manejan, señor conde. Por ahora, le diré que el gobierno proporciona con gusto estímulos fiscales a los inversionistas.”

“O sea, no les cobra nada.”

“So what? Eso es lo que el inversionista busca,” admitió Williams. “La verdad es que el gobierno de Díaz es lo mejor que le pudo ocurrir a los inversionistas.”

“En eso estoy completamente de acuerdo con usted, Mr. Williams. Veo que también el gobierno proporciona rurales para mantener la paz social,” dijo el conde. Junto a los carros cabalgaba lentamente un grupo de hombres vestidos con el traje de charro de los rurales, con tremendos bigotazos, amplios sombreros, portando pistolones y carabinas. El comandante, un joven magnifico, saludó con su sable a la comitiva.

“En efecto, eso es algo que le debemos reconocer al general Díaz,” explicó de Medina. “No se anda con medias tazas. Aquí no hay agitación o desmanes. Esta gente sabe su lugar y respeta. Por cierto, ese jefe de rurales es el teniente Gabriel Arroyo, mi futuro yerno. Espero presentárselo esta noche cuando me haga el honor de asistir a la recepción que daré, señor conde.”

“Será para mi un honor, señor de Medina.”

“Estoy impresionado con lo que han logrado,” admitió Williams. Blancarte sonrió.

Los carros caminaban ahora entre unos caseríos miserables. Varios niños desnudos y panzones se veían. De unos mecates colgaba ropa recién lavada que las mujeres traían desde un arroyo cercano. Perros macilentos se disputaban un hueso. Unas cuantas gallinas miserables picoteaban sin éxito entre las piedras. Las viviendas se veían dilapidadas y sucias. No había luz eléctrica, si acaso unos cuantos quinqués. La calle tenia una hendidura en su centro que servia de drenaje. Los carros de la comitiva viajaban entre una nube de moscas.

“Les diré, caballeros,” dijo el conde, “que a titulo personal todo esto me alegra el corazón. Es el caldo de cultivo ideal para lo que yo llamo progreso. Es inevitable que este sea a veces violento o revolucionario y sin atildamientos y que las mentes pequeñas se incomoden con él. Pero así son esos menesteres. Me imagino que estas son las viviendas de los trabajadores.”

“Es otra prestación con la que cuentan,” dijo con orgullo Altamirano. “Cada vivienda es compartida por dos familias, a veces mas. Además, la empresa tiene su propia tienda de raya.”

“¿Hay algún servicio medico? Veo varias mujeres tosiendo bajo la lluvia y eso niños se ven emparasitados.”

Altamirano prontamente respondió. “Déjeme decirle, señor conde, que Orizaba tiene excelentes médicos. No le envidiamos nada a la capital.”

“En efecto,” explicó de Medina, “hace poco un compadre sufría de gota y se hizo tratar con éxito por un especialista aquí mismo en Orizaba. Tanto el hospital español como el francés son excelentes.”

“O sea, médicos hay, siempre que uno pague por ellos, ¿verdad?”

Altamirano frunció el ceño. “¡Por Dios, hombre! ¿Y de que otra manera podría ser? Aun los curanderos a los que recurren estas obreras les cobran una gallina.”

“Repito, no me malinterpreten caballeros, estoy francamente impresionado,” dijo el conde. “Todas las condiciones están dadas para que esta humanidad ‘progrese’. Hay un gobierno que apoya la inversión proporcionando infraestructura y mano dura y que no les cobra impuestos siquiera. La iglesia apoya y bendice a los patrones. Los extranjeros proporcionan su experiencia y dan órdenes a través de mexicanos colaboracionistas. Los salarios se mantienen bajos y lo que se les paga se recircula a través de las tiendas de raya. Las prestaciones son verdaderamente únicas. Estoy seguro que en Europa o Estado Unidos serian pocos los patrones que tendrían la audacia de ofrecerlas. Ustedes ciertamente serán recordados por la historia patria. Si, caballeros, aquí el progreso…seguro va a detonar. Es mas, lo garantizo.”

“Me alegra que usted opine así, señor conde,” dijo de Medina. “Bien, ya llegamos.”

La comitiva se detuvo frente a un gran portón. Arriba de este había un gran letrero. “Fabrica la Colmena. El trabajo ennoblece.”

El conde vio con sorna el letrero y sonrió. “¡Magnifico! ‘Lasciate Omnia Esperanza voi Qui Entrate’.”

“¿Perdón?” preguntó Altamirano.

“Que le diré, licenciado Altamirano, estoy francamente admirado. Hasta siento cierta envidia profesional, lo admito,” explicó el conde. La comitiva entró en la inmensa nave.

V. La Guardería de las Hilanderas

La anciana la ayudó a levantarse. “Ven, yo te ayudare a limpiarte. Vamos al arroyo.” La niña sentía nauseas y calambres. Le rodaba sangre entre las piernas. “No tengas miedo. Es cosa de Dios. Quiere decir que te estas haciendo mujercita. Ven conmigo.”

“Gracias doña Paula,” dijo la niña gimiendo. La anciana la sostenía con ternura. La jovencita no tenía brazos.

“Al rato regresa tu mamá,” dijo la anciana.

“Soy una inútil,” dijo la jovencita. “Mejor me hubiera acabado de desangrar cuando el accidente y no andaría dando lastimas.”

La anciana sacudió la cabeza acordándose como las obreras habían aplicado unos trapos prendidos con aceite a los hombros de la niña para cauterizar y detener la hemorragia. Los alaridos de la niña se habían oído hasta afuera de la fabrica.

“No digas eso. Ofendes a Diosito.” Habían llegado al arroyo cercano a las pocilgas donde vivían las hilanderas. La anciana le ayudo a quitarse las enaguas y la empezó a lavar.

“¡Que se ofenda! ¡Si! ¡Que se ofenda! ¡Que sufra! ¡Que se avergüence! ¡Lo maldigo como él me maldijo a mi!” dijo la niña llorando. La anciana la abrazó y la trato de consolar.

La anciana oyó relinchar un caballo. Alcanzó a observar a un jinete, uno de los rurales de la guardia, que las observaba detrás de unos arbusto desde el otro lado del arroyo. La anciana lo reconoció. Era el que llamaban “el Sátiro”. La anciana se apresuro a cubrir las desnudeces de la niña. “¡Usted! ¿Qué diablos hace ahí? ¡Lárguese desgraciado o lo acuso con su teniente!”

El jinete, un fulano con una prominente cicatriz en un pómulo sonrió mostrando una dentadura ennegrecida. “Ese perfumadito me la pela.” Acto seguido se fue. La anciana suspiro con alivio, se persigno, y lo maldijo.

Una hora después una mujer se presento en la pocilga. “Me dice doña Rosa que vendrá hasta entrada la noche si no es que hasta mañana. El patrón tiene unos invitados.”

“No hay problema,” dijo doña Paula. La anciana estaba a cargo de una especie de guardería para las hilanderas. Había una docena de niños en el interior de la pocilga. La niña sin brazos dormía en una esquina. “Llévese a su niño doña Macaria. No se le ha bajado la calentura. Lo siento, ya no tengo alcohol. Si consigue una botella, únteselo. Yo nomás le pude frotar albacar. Está todavía muy tiernito. No le aseguro que dure de aquí al viernes.”

La mujer agarró al niño en sus brazos y lo vio con tristeza. “Ya estará de Dios.”

“Oiga, díganle a las mujeres que me den mi vuelta. El Sátiro andaba observando a la Lupita.”

“¡Ave Maria! ¡Ese desgraciado!” juró la mujer.

La anciana sacó un machete de detrás de su anafre. “Mas vale que no entre aquí el hijo de puta. Juro que me lo llevo por delante al infierno.”

VI. Preparativos

La casa mayoral de la hacienda de la familia de Medina se asentaba sobre una colina en las afueras de Orizaba. Era una magnifica construcción con jardines y terrazas y un vivero.

La casa se encontraba magníficamente alumbrada. La ocasión era doble. Don Francisco iba a anunciar el enlace de su hija con el teniente Gabriel Arroyo. Y además quería impresionar a Williams y a Blancarte. En cuanto anocheció empezaron a llegar los invitados. Eran estos lo más selecto de la sociedad orizabeña, incluyendo a la mayoría de los dueños de las fábricas de hilados y sus familias. El gobernador había venido expresamente desde Xalapa y era huésped de don Francisco. Asistía también el jefe político del lugar y el comandante de la guarnición así también como los cónsules extranjeros.

También fueron invitados varias personas miembros de la “clase media” orizabeña: pequeños comerciantes, algunos abogadillos, algún medico que alguna vez había tratado a uno de los peones de la familia de Medina (la familia tenia su propio medico de planta y este no se iba a rebajar a tratar a los peones), etc. Estos invitados habían sido cuidadosamente escogidos para asegurarse que no estuvieran “demasiado prietitos”.

Hay que entender que el estrato social de los de Medina y su poder económico era muy por arriba del medio pelero que había sido invitado. Estos a su vez estaban también muy por encima de la gran mayoría del jodido pueblo mexicano, razón por la cual podían a su vez ser tan despóticos con ellos como los de Medina y similares lo eran con ellos. Los medio peleros por supuesto se sintieron muy honrados al recibir la invitación (impresa en papel francés y escrita a mano por un escribiente de la familia que sabia de caligrafía). ¡Finalmente iban a poder “alternar con lo mas granado de la sociedad”! Hubo varios que empeñaron alguna prenda familiar para comprar algunos trapos más o menos decentes y poder asistir a la fiesta de don Francisco sin dar muchas vergüenzas.

En la amplísima cocina una mujer indígena, de gruesas carnes, muy morena veía a su alrededor con recelo. Una multitud de cocineros y criados estaban sumamente ajetreados. Bien, pensó, no se darán cuenta. La mujer selecciono un cuchillo grande y filoso. Lo escondió con cuidado en una bolsa en sus enaguas. Murmuro una maldición y se persigno. Se trataba de Rosa, la madre de la niña sin brazos.

“A ver, tu, Rosa, espabilate mujer,” ordenó un cocinero. “Tu y Maria llevaran la sopa a los señores. ¡No la derrames pendeja!”

Mientras una infeliz indígena se armaba para llevar a cabo su venganza, el conde de la legión tomaba un aperitivo en su recamara en un hotel de Orizaba.

“Me imagino que nadie os vino a incomodar,” dijo el conde extendiéndole un pedazo de carne a la loba echada a sus pies. “Por lo menos no encontré ningun infeliz con el pescuezo destrozado en el pasillo. Bien, cherie, ¿habéis descansado? Pronto anochecerá. Se bien que estáis acostumbrada a andar desnuda durante el día. Pero esta noche me temo que os tendré que vestir. Lastima, sois magnifica cuando os volvéis mujer. Pero no creo que entenderán si os presentáis desnuda en la recepción de don Francisco. Aunque los hombres si lo apreciarían me temo que matarías a las mujeres de celos. En fin, Zenobia, cherie, usad el vestido negro que os compre en Paris. Resalta tu figura. Y usad los diamante que os traje de la India.”

La loba se concretaba a observarlo con unos ojos que parecían carbones encendidos. Poco a poco fue anocheciendo. El conde acariciaba la cabeza del animal. Poco a poco empezó una transformación que solo puede tomar lugar bajo la luz de la luna. El conde sonrió cuando vio a la mujer de cabellera negrísima erguirse desnuda ante él.

“¿Todavía estáis seguro de que me queréis con ropa mi señor?” dijo Zenobia sonriéndole y exhibiéndose ante él. “Con gusto iré desnuda, luciendo tan solo con mis joyas.”

“Lo meditare, cherie,” dijo el conde jalándola a la cama. “Por el momento os prefiero como estáis ahora. No me mordáis mucho esta vez, ¿entiendes?”

La mujer sonrió, dejando ver unos dientes caninos.

VII Dos Estrategas

Mientras tanto, dos jinetes se aproximaban por la calzada arbolada que llevaba a la casa grande de la hacienda de los de Medina. Ambos montaban magníficos caballos con sillas enjarretadas con plata. Uno de ellos era “güero”, típico criollo mexicano, con bigotazos a la kaiser. El otro era el tipo clásico del mestizo mexicano, muy moreno, nariz aguileña, flaco de carnes, hubiera fácilmente sido confundido con el joven Porfirio Díaz. El güero bestia el uniforme de gala de un teniente de la caballería mexicana. El moreno iba portando el magnifico traje de charro de los rurales.

“Pues a la campaña compadre,” dijo el güero. “Seguro que asistirán las señoritas Corcuera ¿verdad?”

“¿Angélica y la chatita del lunar?” preguntó el moreno. “Bien valen la pena, sobre todo la chatita. Tiene unos chamorros mordibles, aunque esto es difícil de discernir debajo de tanto trapo.”

“¿Como lo sabes entonces compadre?”

“Una vez mostró el huesito y alcance a ver algo mas. Fue muy breve, cuando se arremangó las faldas para hincarse para recibir la hostia en catedral. Ya ves que soy ojo de águila para esos menesteres. Pero si bien me acuerdo vuestro ultimo lance contra las Corcuera no prospero.”

“Lo admito. Pero debéis entender que si nuestras fuerzas fueron rechazadas fue tan solo por la presencia fortuita de una tía basilisca en mi flanco. C’est la guerre. El reconocimiento no delato su presencia sino hasta el último. Pero os aseguro, ¡se mantuvo el honor del regimiento!”

“¿Una tía basilisco?”

“Con bigote que envidiaría un húsar, mirada y celos de turco, y rosario en la mano mas letal que un alfanje.”

“No, pues ante tal enemigo solo puede uno retirarse lo mas pronto posible. Esta noche, sin embargo, se rumora que asistirá también un conde de no se que y el amigo acompaña a una mujer escultural, creo que es una princesa rusa.”

“¿A poco? ¿Es él su marido?”

“Tal vez su padre. Ya es hombre maduro. En fin, ni tu ni yo somos celosos, ¿verdad?”

“Cierto es. En tal caso, compadre, ¡guerra, guerra, en los montes y valles! ¡Las armas mexicanas se cubrirán de gloria conquistando a una enemiga extranjero que osare pisar con su preciosa planta nuestro suelo! Bueno, aunque tu, compadre, pos ya claudicaste, ¿no? Toca entonces a los patriotas que quedamos en pie proseguir la campaña ante una extraña enemiga. Y entre mas extraña sea esta mujer, mejor.”

“No chingues, compadre. Todavía faltan tres meses para que yo arrié bandera. Mientras tocaremos degüello y no daré ni pediré cuartel.”

“No seas pendejo compadre. Tu ya estas domesticado. Y no te culpo. La lana de papi y Amaranta bien vale la vergüenza de la rendición en rase campagne. No vale la pena arriesgar esa victoria compadre. Llamad a negociaciones con el enemigo y aprestaos a no perder la paz después de ganar la guerra.”

Los dos jóvenes rieron. El moreno era Gabriel Arroyo y el güero era su amigo, Javier Fernández. Ambos habían sobrevivido el colegio militar juntos y desde entonces se daban el trato de ‘compadre’ aun sin serlos formalmente. Asignados a la plaza de Orizaba, Arroyo, mas arrojado, había pedido ser incorporado al cuerpo de rurales, los hombres mas aguerridos y temidos del porfiriato. Fernández había sido asignado al estado mayor del comandante de la plaza donde podía lucir su fina figura y porte en los saraos y tertulias de la ciudad.

Ambos habían puesto sitio a las damas jóvenes de la sociedad orizabeña. Arroyo lo hizo con más éxito, capitalizando su campaña con una victoria memorable: había sido aceptado por don Francisco de Medina, el hombre más rico de la comarca, para esposarse con su única hija, Amaranta.

Por lo que toca a Fernández, pues muchas fortalezas y plazas fuertes había intentado capturar con toda clase de suerte. Muchas veces había sido disuadido de asaltar la plaza por hermanos o padres celosos o por formidables tías basiliscos. En otras ocasiones, la victoria había sido total y los detalles Fernández caballerosamente no los compartirá con nosotros.

Más de un duelo había tenido Fernández con un novio celoso en el cerro del Conejo. Sin embargo, Fernández, experto esgrimista, no había perdido ninguno. Estos duelos por lo general se interrumpían después de haberse derramado la primera gota de sangre. Los segundos se interponían y acaso el perdedor tenia que guardar cama por un par de semanas.

Vivian entonces los dos amigos en el mundo irreal de las postrimerías del porfiriato donde el México romántico del siglo XIX se rehusaba a morir completamente. En el ambiente provinciano y feudal de Orizaba, era natural que la agonía del México del siglo XIX se prolongara, un fantasma magnifico que no aceptaba su muerte. Quien viera a Arroyo y Fernández recordaría los dos calaveras de Osollo y Miramón, igual un güero y un moreno, que por su vanidad y frivolidad incendiaron a la republica en la fraticida guerra de los tres años y casi causaron la muerte de esta. En suma, tanto Arroyo como Fernández eran un par de imbeciles.

VIII. Amaranta y Edurne

“¿Qué crees, nana? ¿Uso el azul o el verde?” preguntó Amaranta de Medina sosteniendo ambos vestidos. La primogénita de don Francisco de Medina era un joven guapita, muy blanca, bajita, típica criollita mexicana.

“Mejor el rojo, niña, el que la modista le hizo la otra semana,” dijo la nana. “No se lo han visto. Y hoy viene el joven Gabriel, ¿verdad? Le va a encantar.”

“Si, tienes razón. Además de que tiene mas escote. A ver si papá no me regaña por enseñar la pechuga.”

“Mire, ponga unas rosas en el escote.”

“¿Pero rojo con rojo? ¿Y si voy a tapar la pechuga pos que caso tiene lucir escote? ¡Mejor el azul entonces!”

“El azul hace juego con sus ojos, niña, pero no tiene tanto escote.”

“No importa, nana,” se rió Amaranta. “Gabriel ya es mió. En febrero nos casamos, nomás que pasen las fiestas. Ese arroz ya se coció. Es mas, dale el rojo a Edurne.”

Edurne era la prima de Amaranta. Su padre, hermano de don Francisco, y su madre habían muerto durante una epidemia del vomito negro en Tlacoltalpan cuando Edurne era tan solo una niña. Había crecido con el estigma de ser una “arrimada”. Amaranta la trataba con cierta sorna. Esta se acrecentaba a raíz de que Edurne, una pelirroja enervante, francamente, era más guapa que su prima, una güera de rancho.

“Mi niña Edurne se vera muy guapa con el rojo,” dijo la nana. “Hará juego con su cabellera.” Amaranta le dirigió una mirada llena de odio.

“¡Que bueno que se vista de güilona entonces! Nadie se va a enojar con ella. Capaz que sale con su domingo siete y la mete mi papá a un convento.”

“Bueno, si se encinta no la aceptarían en un convento.”

“Eres una imbecil a veces, nana,” dijo Amaranta. Como los tiburones que cierran los ojos al momento de echar la tarascada, la nana conocía ya cuando Amaranta iba a intentar hacerle daño. En efecto, un cepillo voló hacia su cabeza. La nana, que ya había aprendido de otras ocasiones (tenia varias cicatrices y una descalabradura para probarlo) hizo a un lado el misil con la facilidad con que lo haría un monje Shao Lin.

“Voy a llevarle el rojo a Edurne entonces,” dijo la nana sin inmutarse.

“Espera…un momento…” dijo Amaranta sosteniendo el vestido en cuestión por unos cuantos momentos. La nana esperaba tal cosa y se hizo la distraída viendo por la ventana. Francamente, la nana no quería saber que era lo que estaba haciendo Amaranta.

Por lo que toca a la idílica escena campirana que observó la nana debemos de apuntar que Rodolfo Fierro la reprodujo unos cuantos años después, en la toma de Zacatecas. El sanguinario lugarteniente del centauro Francisco Villa juntó a una centena de prisioneros “pelones” en un coso charro de altas paredes. “¿Ven ese portón? Si alcanzan a llegar hasta él sin que los tumbe primero de un plomazo quedan libres,” dijo Fierro mientras cargaba varias mitigüeson y colts. A una orden, los infelices pelones salieron corriendo en tropel. Ninguno sobrevivió.

Edurne se encontraba en lo alto de una tribuna que sobremiraba a la cancha de equitación que usaba la familia de Medina. Como habíamos mencionado, Edurne era mucho más guapa que Amaranta. Tenia una magnifica cabellera roja que le caía hasta la cintura. Era alta y esbelta. Portaba unos pantalones de montar y botas federicas con espuelas de gran crueldad. En sus manos sostenía una carabina de repetición que ella cuidadosa y personalmente –cosa que luego emuló Rodolfo Fierro—cargaba.

A sus pies, una docena de peones de la hacienda la veían con ansiedad. La última ocasión que Edurne se había divertido de esta manera, varios peones habían recibido un plomazo en una pierna o en un glúteo. No se murió nadie aunque uno de los peones, Julián el chico, ya no caminaba derecho pero por lo menos seguía vivo.

Esta vez el doctor Carreño y una enfermera estaban ahí presentes. Habían llevado una mesa de operar portátil y estaban preparando bisturís, fórceps, vendas, y otros instrumentos. Parecía un hospital de sangre en la víspera de Waterloo. Carreño, que tenia reputación de matancero, se frotaba las manos con alcohol y sonreía como león esperando ser presentado a un cristiano en el coliseo romano. Tenía una nueva sierra para cortar huesos y tenia esperanzas de estrenarla ese día.

Los peones portaban sobre sus testas unas cabezas de venado, al estilo de los yaquis. “A mi señal tienen que irse hasta el fondo de la pista y empezar a correr de lado a lado. Estarán a cincuenta metros de distancia. Se mueven rápido, ¿entienden? ¡Y nada de amontonarse para protegerse porque entonces disparo a bulto y no respondo. Y tampoco intenten pelarse y salir de la cancha porque entonces si tiro a matar,” les instruía Edurne. “No tengan miedo. Les pagare una onza de oro a cada uno de los que sobrevivan.”

Los peones se vieron los unos a los otros con ansiedad. Por supuesto que tenían miedo. No eran tan estupidos de no tenerlo. Si ser obrero en las fábricas de los de Medina era riesgoso para la salud, igual lo era ser mozo de su hacienda. Las niñas de Medina habían adquirido la reputación de ser más letales que Kali cuando come gallo.

El objetivo de Edurne no era matarlos. Edurne iba a apuntar a las cabezas de venado. Pero si Rodolfo Fierro donde ponía el ojo ponía la bala, Edurne en cambio no era tan certera. Edurne sabía esto. Sus motivaciones eran nobles: quería auto superarse y mejorar su puntería, razón por la cual había convocado a esta práctica. Pero entre que la niña practicaba iba a haber sangre, otra vez.

Bien dicen los historiadores que no hay que juzgar a la gente del pasado bajo nuestra óptica y prejuicios contemporáneos. Quesque eso es “maniqueísmo”. Seria muy fácil condenar a los de Medina como unos grandísimos hijos de puta (admitamos a riesgo de ser acusados de “maniqueísmo” que si lo eran). Pero hay que entender que la realidad del porfiriato era que esta familia –y el resto de las familias adictas al régimen—estaban por encima de la ley. Gozaban de impunidad completa y estaban podridos en dinero. ¿Por qué iban a no ser unos hijos de puta? ¿Usted no lo seria? Yo si. Además, en México en aquellos años la vida o salud de un peón de hacienda o de un obrero en realidad no valía mucho. (Dicen las malas lenguas que hoy tampoco.)

IX. La Muerte del Bigotes

“Ahora si, llévale el vestido a Edurne,” dijo Amaranta ofreciéndole el vestido. La nana lo tomo con muchas precauciones. Habría que ver que había preparado esta vez Amaranta. La nana tembló recordando la nauyaca que Amaranta había puesto en la cama de Edurne que esta, afortunadamente, descubrió y estranguló personalmente. O tal vez el infeliz bicho la mordió y por eso se murió. Pero esta vez la nana no vio ningún bicho reptar entre las ropas.

Hay que entender que las dos niñas de Medina se habían tratado de asesinar desde el primer momento en que se vieron. Tenia Amaranta tan solo seis años cuando sus papás regresaron de enterrar a sus tíos y le presentaron a su primita, de igual edad. Las dos eran “niñas bien”, por lo tanto el egoísmo era su motivación principal. Era inevitable que se odiaran a primera vista. La guerra había sido declarada.

Sin tener entonces idea de lo que había desatado, don Francisco se había concretado a decir en esa ocasión: “Amaranta, esta es tu primita Edurne. Va a vivir contigo. Quiérela como a una hermana.” Amaranta la quería, si, como a una hermana, igual que Caín quería a Abel.

El primer intento de asesinato fue esa misma noche, cuando las dos niñas compartieron una tina de agua perfumada y con gardenias traídas expresamente desde Fortín. Amaranta trato de sostener a Edurne bajo el agua hasta ahogarla. Ya había planeado su coartada: su primita, diría, había resbalado con el jabón y ella, tan débil que era, no había podido sostener su cabecita arriba del agua. Amaranta saltó como un tigre de Bengala sobre su primita. En los breves momentos que Edurne logró sacar su cabeza arriba del agua sus gritos alertaron a las criadas.

Dos días espero Edurne planeando su venganza. Al tercer día, la niña Edurne no bajó a desayunarse pero Amaranta si lo hizo. Tenían las amorosas primas dos recamaras juntas. Ambas niñas se habían asegurado de poner una barricada en la puerta que llevaba al cuarto de su amada primita, para evitar que esta entrara de noche como un Thug buscando estrangular a un infeliz. Aparentemente Edurne logro saltar de un balcón al otro sin romperse la crisma y luego repitió la operación para volver a su cuarto.

Cuando Amaranta regresó a su cuarto, lo primero que noto fue la sangre. Esta resultó ser en realidad tinta china pero el efecto a primera vista era extraordinario pues las paredes estaban empapadas con esta. Robespierre hubiera aplaudido. Las cabezas de todas sus muñecas habian sido violentamente arrancadas y posicionadas sobre la cómoda. Escrito con letras infantiles en lápiz de cera en un papel estaba la advertencia: “PARA KE APRENDAS (sic)”.

La primera sangre la pagó el desafortunado “Bigotes”, el gato que Edurne se había traído desde Tlacoltalpan. En una escena digna de Coroliano, Amaranta atrapó al infeliz animal, lo sacrificó, y proporcionó la carne a la cocinera. Esa noche la niña Edurne comía un tamal cuya carne era algo correosa. Amaranta la observaba sonriendo. Para Edurne eso no era una buena señal. Edurne se aseguro de tener su cuchillo a la mano por si las moscas.

“¿Esta bueno tu tamal?” preguntó Amaranta.

“La carne no esta muy buena.” De inmediato Edurne sintió algo de pánico. ¿La había envenenado su prima? “¿Por qué lo preguntas?”

“Es que yo nunca he probado la carne de gato.”

“¡¿Qué dices?!”

“Dime, primita, ¿haz visto a Bigotes últimamente?”

Edurne vomitó por tres días. Ya viden ustedes que las niñas “bien” son muy delicadas. En realidad el tamal estaba pasadero, si acaso la carne era medio pellejuda.

De ahí las cosas escalaron a palabras mayores. Una criada perdió un ojo (¿quién le mandó abrir ese closet?). Otra abortó espontáneamente (se supone que Edurne iba a pisar donde el piso estaba flojo, no la infeliz mujer esa). Una tercera se volvió loquita (¿quien le manda probar el chocolatito ese que apareció sin explicación en la recamara de Amaranta?). Ninguna duraba más de un mes. (La nana, que había sido soldadera en tiempos de la reforma, era la única lo suficientemente valiente para aguantar a las niñas.) Don Francisco empezó a tomar precauciones. Por principio, puso llave en el armario donde guardaba las pistolas.

X. La Desaparición de Wolfito

Don Francisco consultó con su esposa. “Estoy pensando en mandar a Edurne a un liceo en Francia o en Suiza Si sigue aquí o bien ella o Amaranta van a morir. O tal vez ambas.” La ultima frase tenia cierto dejo de esperanza.

“No hagas caso,” dijo su esposa, una mujer que no era precisamente una luminaria intelectual. “¿No ves que son niñas? A veces exageras.”

La gota que derramó el agua fue la desaparición de Wolfito. Fue durante la fiesta de los diez años de Amaranta. Wolfito era el hijo de don Wolf Frey, un alemán dueño de la fábrica de croquetas para perro “Das Hunde von Hell” donde, por cierto, a cada rato había muertito pues solían caer los obreros en las moledoras de carne. Más de uno fue convertido en croquetas. Sucedió que Edurne se había percatado que Wolfito era el primer “noviecito” de Amaranta. Naturlich, eso selló su suerte.

En algún momento de la fiesta infantil Wolfito desapareció. Los invitados y la servidumbre recordaban que Wolfito participó en la rotura de la piñata. Pero no se le volvió a ver más. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Bien, buscaron a Wolfito por todos los terrenos de la hacienda sin éxito. El general de la zona mando soldados a buscar entre los cerros aledaños. Pero no había rastro del niño. Edurne negó saber sobre el niño. Los criados notaron que la niña estaba despeinada y tenía las ropas mojadas.

El escándalo fue mayúsculo. Frey tenia palancas en Alemania. El kaiser Wilhelm (Wily para los cuates), que acababa de mandarle una espada enjoyada a don Porfirio, le hizo saber a este su decepción acerca “el clima de inseguridad que priva en México”. El kaiser, por cierto, era todo un bruto y sus desplantes no tenían nada de diplomáticos, razón por la cual precipitó la primera guerra mundial unos años después.

El barón von Hintze, embajador de Alemania en México, estaba visiblemente avergonzado al entregarle la nota de protesta al secretario de relaciones exteriores. En esta, el Wily le sugería a don Porfirio que accediera a que Alemania extendiera un protectorado sobre México, igual que hacia con varias colonias africanas cuyos caníbales eran “mas civilizados que los de México”. Solo fue a través de los buenos oficios conciliatorios de don Yvo Limantour –el cual estaba consciente, como secretario de hacienda, de la magnitud de las inversiones alemanas en México—que don Porfirio no le aplicó el 33 a von Hintze y le declaró la guerra al Kaiser.

Al par de semanas de la desaparición del alemancito, el agua del aljibe que suplía la hacienda empezó a saber a rayos. Una peste horrible salía del pozo. Varios de los criados se enfermaron, algunos gravemente, cosa que no le causó mayor preocupación a don Francisco: ordenó que le trajeran varios miles de botella de agua de Vichy, las que la familia de Medina empezó a utilizar para bañarse y beber. Los criados tuvieron que contentarse con hervir su agua, que de todas maneras hedía y sabia a rayos.

Don Francisco sabia que había algo sospechoso con el agua del aljibe. Pero si metía hombres a investigar, sabia que se metería en mayores broncas. Ya de por si Frey lo había amenazado de muerte y había empezado una bronca en los juzgados. Por supuesto don Francisco sabia que era impune a toda acción en su contra. Pero decidió que no valía la pena revisar con mucho detalle el aljibe. Total, si se morían unos cuantos criados siempre se les podía reemplazar. Semanas pasaron. Poco a poco el agua del aljibe volvió a su normalidad y dejaron de enfermarse los criados.

XI. La Parisina

Don Francisco mandó a Edurne a un liceo en Paris en cuanto esta cumplió los once años. Por unos cuantos años, las muertes, desapariciones, amputaciones, explosiones inexplicables, caballos desbocados, y semejantes “incidentes” cesaron.

En Paris Edurne creció y se hizo mujer. Cumplidos los 18 años fue aceptada en la facultad de filosofía y letras de la Sorbona. El dinero lo proporcionaba generosamente don Francisco con tal de tenerla lo más lejos posible de Orizaba. Y Edurne ciertamente no quería regresar. Era el Paris de la belle epoque. Edurne compró un apartamento en el barrio estudiantil y le dio vuelo a la hilacha. Posó desnuda en un cuadro de Renoir, participó en orgías en Montparnasse, experimentó con el opio y otras drogas, y tuvo amoríos con pintores, escritores, anarquistas, artistas, de ambos sexos.

Pero un buen dia Edurne recibió un telegrama: “URGENTE REGRESAR ORIZABA. STOP. DISTRIBUCION TESTAMENTARIA BIENES DE TU PADRE. STOP. TU TIO. STOP. FRANCISCO DE MEDINA. STOP.”

En efecto, el papá de Edurne había sido el de la idea original de montar una fábrica de tejidos y era al morir uno de los accionistas principales de ‘La Colmena’. Edurne tenía entonces 20 años y al cumplir la mayoría de edad, 21 años, se convertiría en dueña de esas acciones.

Su tío pensaba ofrecerle una generosa cantidad por ellas pero necesitaba su presencia en México, según le aconsejaba el licenciado Altamirano. ¡Tan fácil que hubiera sido que Edurne extendiera una carta poder! Pero en esa sociedad porfiriana y gazmoña el que dirán era lo más importante. Y don Francisco no iba a permitir que la gente dijera que había desplumado a su sobrina con una argucia legal, aunque ganas no le faltaban.

Fue asi que en septiembre de 1907 Edurne regresó a Orizaba. Al verla, el corazón de Amaranta dio un vuelco. La cabrona de Edurne, pensó Amaranta, estaba guapísima, mucho más que ella. Vestía además con suma elegancia como buena parisina, hablaba francés, italiano, y alemán, practicaba la equitación, conocía de música, arte, historia, filosofía, y de política y, peor, del arte de amar. ¿Cómo iba una criollita provinciana a competir con semejante monstruo?

Las dos primas se abrazaron y se dieron “el beso al aigre” tradicional. Luego se vieron a los ojos. Los de Edurne eran burlones. Los de Amaranta estaban inyectados de sangre.

“¡Que gusto verte, primita!” dijo Amaranta.

“Inténtalo, pendeja,” dijo Edurne.

“¿De que hablas?”

“No te hagas pendeja. Sabes de lo que hablo,” dijo Edurne. Si hubiera tenido un hacha a la mano Amaranta la hubiera usado en esa sonrisa burlona.

“Me las vas a pagar, lo juro,” fue la respuesta de Amaranta.

El tiempo pasó. En enero Edurne llegaría a su mayoría de edad y se podrían finiquitar los trámites testamentarios. Mientras tanto, se aburría. Ni siquiera Amaranta era buen entretenimiento. Como Edurne siempre traía una pistola con ella, su prima no se atrevió a intentar asesinarla. Además de que Amaranta estaba muy ocupada con los preparativos para su boda. Edurne, que acostumbraba tomar largos paseos a caballo por los alrededores, permaneció casi desconocida para los jóvenes orizabeños, razón por la cual Fernández nunca pudo asediar esa plaza (y tal vez salvo así la vida).

Un día en noviembre, su tía la mando llamar. “Hija. Escucha. El mes que viene tu tío va a anunciar la boda de tu prima. Creo que ya es tiempo que seas presentada en sociedad.”

Edurne casi se cago de la risa. “Tía, ni que fuera yo una quinceañera pendeja. ¿De que se trata esto?”

La mujer sacudió la cabeza. El padre Mier tenia razón, pensó, la juventud moderna no solo usa palabrotas sino que también tiene el chamuco adentro. “Debes pensar en sentar cabeza, hija, y formar una familia. No debes quedarte a vestir santos.”

“¿Vestir santos? Más bien me opongo a la ropa. Pienso irme a vivir a Tahití. Ahí puede uno andar desnuda o con las tetas al aire y ni quien diga nada. En Francia tuve oportunidad de visitar una colonia nudista y me encantó ese estilo de vida.”

“¡Cristo Jesús! ¡No digas barbaridades! Escucha, hija, yo he llegado a la conclusión que debes de escoger un partido. La fiesta que viene será la ocasión perfecta para que te des a conocer en sociedad. Habrán muchos muchachos de familias muy respetables asistiendo.”

“Tía, no le veo gracia a aparearme con uno de esos imbeciles que las vacas paren por estos rumbos. Si insiste usted en que tenga macho, pues bien me puedo ir a buscar un borrico en San Rafael. Son mejor dotados, más guapos, más inteligentes, y no apestan tan feo como los hombres de este rumbo. ¿Qué le parece si mañana mando traer uno para experimentar con él? Tengo una colección de fotografías eróticas que me trajeron desde Egipto que muestran como hacerlo. Usted me podría ayudar.”

Como se imaginaran tal fue el patatuz que sufrió la tía que tuvo que guardar cama por tres días.

Su tío la llamó a su despacho a continuación. Don Francisco era hombre de mundo y no se iba a espantar tan fácil. “Escucha, Edurne, hija, que quede claro que la manera en que vayas a vivir tu vida no es mi asunto. Estas a punto de alcanzar la mayoría de edad. Te quería pedir por favor que no armes un escándalo de aquí a enero. Quiero llevármela en paz mientras se casa Amaranta. Luego, si aceptas mi oferta, te comprare tus acciones y te sobrara dinero para irte a Haití si así lo quieres.”

“Tahití, tío, Tahití. Y si, le venderé mis acciones. El precio que me ofrece es más que razonable. No voy a tener que trabajar el resto de mis días.”

“Donde sea. Bien, ¿cuento con tu cooperación?”

“Oui.”

“Dime una cosa, ¿en verdad te vas a ir a Tahití?”

“¿Por que no? Gaugin hizo lo mismo. Francamente ya me sacie de Francia. México todavía tiene magia. Sin embargo se la están tratando de matar. Duele mucho lo que le están haciendo. Y no quiero estar aquí cuando la magia les de un zarpazo en defensa propia.”

“¿Quién? Bueno, siento decirte que no te entiendo. Yo no se de esos trotes de magia o curanderos. Solo conozco de finanzas. ¿No has visto las magnificas oportunidades de inversión que hay en México? Los extranjeros vienen de todos lados para invertir. Ahora es el momento de aprovechar. Yo que tu invertía tu dinero en la bolsa en la capital. Deja, te buscare el nombre de unos conocidos que son corredores de bolsa para que los consultes.”

Edurne sacudió su cabeza con un dejo de tristeza. “¿De verdad está tan ciego, tío? Han construido una casa de naipes sobre un anciano senil. Y no se burle de la magia en un país de indios. ¿No oye a gemir la Llorona? Yo si. Y la he visto. Anda vestida de catrina con todo y su carota de hueso. No tío, definitivamente, yo me voy a Tahití.”

XII El Atentado

“Nunca falta un prietito en el arroz,” dijo don Francisco arreglandose la chistera. La recepción había sido todo un éxito hasta ese momento. El champagne corría como el agua. La orquesta tocaba “El Faisán” y el conde bailaba con Zenobia. Los ojos de todos los hombres la miraban fascinados. Gabriel Arroyo había hecho lo mismo. El teniente estaba sentado a la derecha de don Francisco, y sintió como Amaranta le dio una patada bajo la mesa. Fue entonces que Paula, que servia la sopa, sacó el cuchillo que traía entre sus ropas. Se abalanzó sobre don Francisco dispuesta a clavárselo en el pecho. Pero Gabriel se paró rápidamente y evitó el asesinato, la desarmó, y la tiro al suelo. De inmediato varios otros criados la sacaron a golpes y empellones.

“Aquí no ha pasado nada,” anuncio el licenciado Altamirano. “La infeliz mujer es una loquita que don Francisco gentilmente había empleado y la muy ingrata así pago esa caridad.”

“Si, por favor,” añadió don Francisco, “a ver, maestro, que continué la música. Estoy bien.”

“Señorita, permítame este vals,” dijo Fernández. Aprovechando el desconcierto generalizado Fernández había hecho una marcha de aproximación y había caído audaz sobre el flanco del conde y trataba de interponer sus fuerzas entre este y Zenobia. La mujer lo vio extrañada.

“Mademoiselle Esterhazy no habla español caballero,” le explicó el conde.

“Si tiene ella un carné le agradecería le dijera que quiero bailar con ella. Mi nombre es teniente Javier Fernández.”

“Déjelo, mi señor,” dijo Zenobia en magyar. “No tiene caso hacer una escena.”

Fue en eso que entró Edurne. Ella ni se había dignado presentarse en la recepción pero al enterarse del atentado de inmediato bajó. Hasta el mismo conde la vio con admiración. Edurne vestía, en efecto, el vestido rojo escotado que Amaranta le había mandado. Edurne encontró las navajas que su queridísima prima había guardado entre la ropa y lo lucia con tal elegancia y hermosura que nunca hubiera podido igualar Amaranta.

“Bien, si te divierte, no tengo inconveniente,” le contestó el conde. “Además de que quisiera ver quien es esa criatura angelical que se aproxima al conde.”

“Tío, ¿está usted bien?” preguntó Edurne.

“Me encuentro en excelente salud, hija. Que milagro que te dignaste venir.”

“Sin embargo, yo quisiera presentar una queja con usted, don Francisco,” dijo el conde. “No es justo que se nos invite y no se muestren las joyas mas hermosas que adornan esta familia.”

“¡Ja!,” se río don Francisco de buena gana. “Edurne, deja te presento a don Menfis, conde de la legión. Señor conde, mi sobrina Edurne.”

El conde le dio un handkuss correctísimo, cosa que halagó a Edurne, que estaba ya cansada de las babeadas de mano que le habían hecho los pocos amiguitos de Amaranta que ella había conocido en Orizaba.

“En tal caso, me sentiría desagraviado si mademoiselle Edurne me concediera este vals.”

“¿Y si no me place complacerlo, caballero?” le dijo Edurne con una sonrisa letal.

“Entonces, le pediré a don Francisco que me de unos cinco momentos a solas en su despacho con la pistolita derringuer que porta usted entre sus ropas. Eso, y concédame también un pañuelo pues quisiera respirar su perfume al momento de darme un plomazo. Además, lo más probable es que arruine una alfombra con la sangre y los sesos derramados. Ya suficiente alboroto ha tenido esta recepción, ¿no cree? Esto va a parecer rosario de Amozoc con todo y muertito. Mejor tireme al loco y concédame esta pieza siquiera.”

“¡Ja ja! Caballero, nomás porque me hizo reir se la concedo.”

Empezaron a bailar. “De que la vi me dije a mi mismo que yo la conozco de antes, mucho antes,” explicó el conde.

“¿De veras?”

“Si, es usted un alma vieja. Permítame llamarla princesa.”

“Definitivamente, lo tengo que tildar a loco, caballero. Sígale, esto me divierte. Nadie se ha aventado semejante rollo conmigo.”

“No bromeo, princesa. Alguna vez usted fue una princesa conmena.”

Edurne palideció. Recordó el día en Paris que se quedó embelezada frente a un cuadro que mostraba un paisaje de Constantinopla. Pagó sin chistar por él y era de las pocas posesiones que había traído desde Paris. Muchas veces se había pasado horas contemplando el paisaje de la pintura.

“Dígame mas,” dijo Edurne con ansiedad.

“Era usted una de las hijas de Manuel Conmeno, el emperador de Bizancio. De ahí que el porte real que tiene le es tan natural. La conocí cuando yo era parte de la embajada que vino de Damasco. Pero esos eran otros tiempos. Como se imaginara, me robó usted el corazón. Pero lo nuestro no iba a ser posible. Yo era moro y usted una princesa cristiana. Ganas no me faltaron de raptarla, aun a riesgo de que su padre me mandara empalar como castigo. En fin, mucho tiempo ha pasado ya. Mire lo torpe que soy. La he incomodado.”

“No, estoy bien. Consígame un poco de champagne y vamos a hablar en la terraza. Usted me intriga.”

XIII La Princesa Conmena

El conde la encontró sola en la terraza. “A veces, he tenido sueños, muy vividos. Toman lugar en un palacio a la orilla del mar. Oigo las gaviotas y puedo ver bajeles y otros buques atiborrando una bahía a las orillas de una gran ciudad.”

“Es explicable. ¿Se dio usted cuenta que hemos estado conversando en griego medieval?”

Edurne ni se había percatado. Un escalofrió le recorrió todo el cuerpo. “¿Cómo morí?”

“De amor. Es tan común en las princesas que hasta aburre. Alguien debería de inventar una vacuna, digo yo. ¿De veras quiere saber los detalles?”

Edurne lo pensó por un momento. “No, tal vez no. Pero dígame, ¿quien es usted exactamente?”

“Usted lo supo al momento de verme en aquel tiempo, en aquel lugar.”

“¡Santo Dios!” dijo Edurne.

“No se preocupe, no muerdo. Y en realidad no causo la maldad en los hombres. Dígame, ¿cree usted que los hombres necesitan quien los instruya en eso de hacer el mal?”

“¡Ja, ja! ¡Ciertamente que no!”

“Entonces, aquí está su copa. No me desprecie y brinde conmigo.”

“¿Por quien brindamos?”

“Por Constantinopla, por Damasco, por las muertas por amor, por los siglos y los recuerdos olvidados.”

“En tal caso, ¡salud!”

“¡Salud!”

“Dígame una cosa, ¿en verdad no tuvo usted nada que ver con el atentado a mi tio?”

“Princesa, yo no perdería mi tiempo poseyendo a una infeliz mujer que estaba loca de dolor.”

“¿Loca de dolor? Altamirano dice que estaba perturbada de sus facultades mentales.”

“Princesa, cualquier madre lo estaría en las circunstancias.”

“No se de que habla.”

“Princesa, ya os turbe bastante esta noche. Me retiro.”

“Insisto, señor conde. Déme los detalles.”

“¿Para que? Usted no tiene por qué involucrarse.”

“Eso es algo que a mi me toca decidir,” había algo de acero en la voz de la mujer.

“En verdad era usted hija de Conmeno. Valía usted mas que todos sus herederos. Lastima que no llego a reinar. Bien, princesa, sepa usted que el día que sucedieron los hechos que esta noche culminaron en el atentado, pues era fin de trimestre.”

“¿Fin de trimestre?”

“Si, princesa, en tres días se comenzarían a cotizar las acciones de la Colmena en la bolsa de la capital. A su tío le convenía mucho si antes de que comenzaran las acciones bursátiles hubiera un anuncio de que se había roto un record de producción. ¿Por qué cree que la oferta que le hizo su tio por las acciones que usted posee es tan generosa? Pero no veo razón para turbarla a usted. Con la venta de esas acciones usted podrá realizar su sueño de irse a Tahití.”

“No me va usted a intimidar, conde. Lo que haga o no haga yo con el dinero es mi asunto. Continué usted por favor.”

“La colocación fue todo un éxito. La producción ni siquiera se interrumpió cuando el accidente. La hija de Rosa, la mujer que intentó matar a su tío, perdió sus brazos ese día, en presencia de su madre, que estaba a solo unos pasos. Tal vez hubiera sido mejor si la niña hubiera muerto. En fin, eso fue hace un par de años. A Rosa la despidieron por faltar al trabajo mientras trataba de cuidar a su hija. La pobre mujer se ha tenido que meter de puta para poder comer y alimentar a su niña. Viven las dos en un jacal atrás de las covachas donde se hacinan las hilanderas. Fue fortuito que la contrataran para esta recepción sin verificar sus antecedentes.”

“¿No me miente?”

“No princesa. Lo juro por el averno.”

“¿Qué será de Rosa ahora?”

“Pues es muy conveniente que aquí estuviera esta noche el señor gobernador. Todo el peso de las instituciones ya le cayó encima. A estas horas le han puesto una tremenda paliza. Está en una crujía en la cárcel en Orizaba. Mañana saldrá en una cuerda de presos, bien a las Islas Marías o bien rumbo a Pinotepa Nacional. Ay, princesa, ahora entiendo porque fue usted tan desdichada.”

“Explíquese.”

“Tiene usted una conciencia. Eso, en una princesa, es un estorbo.”

“No diga tal cosa. Mi tío es un hombre bueno. Estoy segura que no hubiera deseado que ese accidente ocurriera.”

“Usted sabe bien que ha habido muchos hombres buenos que han hecho grandes maldades. Es mas, yo le tengo mas miedo a los hombres ‘buenos’ que a los que se llaman a si mismos malos. Le recomiendo que esta vez siquiera ignore lo que le dicta su conciencia.”

“Creo que entiendo en que consiste vuestra maldad, conde, como es su mecanismo.”

“Princesa, era usted y es todavía hoy sabia.”

“No necesita halagarme, conde,” dijo Edurne besándolo. “Muchas gracias.”

Acto seguido, Edurne se fue. El conde se quedo meditabundo y prendio un habano. Después de un rato consultó el reloj que le colgaba de una cadena de oro. “Ah, se acerca la medianoche. Zenobia debe de requerir ser rescatada.”

XIV Napoleones

“No caballego, no insista,” decía Zenobia en mal español a Javier.

“No sea tan cruel, señorita, concédame una pieza mas.”

“Jovencito,” dijo el conde, “la señorita dijo que no.”

“¿Es usted el padre de ella? ¿O su marido?”

“Ni lo uno ni lo otro, caballero, la compré en el mercado de esclavos en lo que los romanos llamaban Vindobona, y que hoy llaman Viena. Me pertenece. Es mi esclava.”

“¿Se esta usted mofando de mi, caballero?” preguntó Fernández.

Zenobia se rió.

“Ciertamente que no, caballero,” dijo el conde. “Es la absoluta verdad. Si gusta, la señorita descubrirá un pecho y vera la marca que le puse con hierro ardiente. Tiene usted cara de bruto pero no tomaría yo ventaja de ello. Y en esto tampoco miento. Además, créame que si usted insiste en cortejarla se va a llevar una sorpresa que tal vez le cueste la vida. La señorita es licantropa.”

“¿Pasa algo?” pregunto Gabriel Arroyo interrumpiendo el dialogo.

“Ah, Gabriel, compadre, que bueno que llegaste. Servirás de mi segundo. El caballero es un embustero de lo mas grande y merece que le den una lección.”

“Ah, que bien, un duelo,” sonrió Gabriel que ya estaba pasado de copas.

“Y no me importa si la señorita es licantropa o de alguna otra religión. Eso no le da derecho a usted de insultarme.”

El conde suspiró. “Mas bien el teniente me ha insultado a mi. Yo le he asegurado que nunca me burlo de los rumiantes y él lo ha tomado personalmente. Bien, abreviemos, dígame el lugar y hora para que le de una satisfacción.”

“El cerro del conejo, en tres días, al amanecer,” dijo Javier.

“Bien, es mi derecho entonces escoger las armas.”

“Escoja usted.”

“Napoleones.”

“¿Napoleones?”

“Si, cañones napoleones, a 500 pasos. Seguro que hay un par en la guarnición, de los que dejaron los franceses.”

“Se burla otra vez de mi.”

“Insiste usted en decir que soy cruel con los animales, caballero. No, napoleones, insisto. Si no tiene las agallas, pues sea.”

“¡Napoleones entonces!” accedió Fernández.

“Me asegurare de encontrar un par,” dijo Arroyo.

“Nos vemos, caballeros,” dijo el conde escoltando a Zenobia.

“Gracias, amo, siento la media noche acercarse y hoy hay luna llena. No puedo durar así hasta al amanecer.”

“Eso me figure. Idos a aquellos arbustos y os ayudare a despojaos de vuestras ropas y joyas ahí. En los cerros de los alrededores encontrareis un conejo o a un cristiano para saciar vuestra hambre de sangre.”

Esa noche salio de la hacienda un jinete esbozado rumbo a Orizaba. Era Edurne. Iba con su ropa de montar, botas, y su sombrero a la doña Bárbara. En los terrenos de la hacienda todavía oyó un lobo aullar y por varios momentos su monta se encabritó. Pero con toda destreza calmó al animal. Portaba su carabina en la espalda. Si algún bicho se le atravesaba iba a ser peor para este. Edurne enfiló rumbo a la ciudad, maldiciendo a su conciencia, al diablo, y a la noche.

(continuara)


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