Monday, December 29, 2008

La Emperatriz del Averno (completa)


I. El Descabezado

Llegue con una cruda del diablo a mi oficina. Sor Juana me increpó. “¡Licenciado! ¡Bendito Dios que os haz apersonado!”

La monjita me aconseja cuando hay broncas esotéricas que no entiendo.

“Pos usted dirá, madre.”

“Licenciado,

a un descabezado

han encontrado.”

Viboriano Huerta es mi encargado de seguridad. “¿De qué habla madre?”

“Licenciado,

la ronda de sus demonios

descubrió un descabezado

en un charco ensangrentado

y os daré sus testimonios.”

“Ah chingaos. Pero si aquí todos los mortales ya están muertos.”

“Era alma en pena en efecto.

En vida fue un sacristán.

Hoy hubiera sido del PAN.

Ser antijuarista fue su defecto.

Y aquí cayó el mocho condenado,

por sobredosis de plomo,

montaba su mula a lomo,

cuando por chinaco fue ajusticiado.”

“Ah, el fulano fue guerrillero antijuarista y un chinaco de Zaragoza le dio un plomazo. ¿Cómo se llamaba?”

“En vida fue Diosdado,

Iglesias por su padre,

Terrón por la madre,

tal dato he investigado.”

“¿Diosdado Iglesias Terrón? Jijos, tenía nombre de cura pero nomás llegó a sacristán. Pos seguro va a revivir, ¿no?” Aquí los presos siempre se andan matando. Los cabrones se hacen de palos, ganzúas, cuchillos, picos, etc., y van y se lo entierran en el buche a un cabrón que en vida fue su enemigo. La muerte les duele un carajal pero se reviven al par de horas. Las almas son inmortales.

“Licenciado, en algo esto cierta:

¡el alma tiene dos días de muerta!”

“Ah chingaos, madre. Yo pensaba que las almas eran inmortales.”

“Escuchad licenciado.

Bajo ciertas condiciones,

según de libros ocultos es testimonio,

se forma arma letal aun al demonio,

y se deben tomar precauciones.

El cuchillo es cruelmente forjado

en noche de luna llena

cuando no hay alma serena

y es en sangre de mortal templado.”

“Algo he oído de eso. Se hace el arma y ya que está al rojo vivo se le entierra en el buche a un cristiano para templarla. Pero si lo descabezaron, ¿no serian los zetas?”

“Los zetas conocen del chivo el cuerno.

Esta arma no puede ser forjada

sino por gente muy estudiada.

Pocos hay ansina aquí en el infierno.”

“Y dígame, ¿dónde chingaos lo encontraron?”

“En el mol de Infiernotitlan,

en el estacionamiento.

Se hizo el descubrimiento

de los restos del sacristán.”

Aclaro que tenemos mol aquí. Los turistas gringos lo visitan y compran ahí las artesanías que preparan las almas en pena. Por esa razón tengo mucha vigilancia por ahí, no vayan a matar a un gringo y me lo cobran en dólares.

Se fue la monja y me quede pensando. Si no fueron los zetas, ¿quién fue entonces? En Infiernotitlan hay mucho hijoeputa. Después de todo es el infierno, ¿no? Seguro que tenían que haber sido los zetas, carajos.

II. Las Glorias de Baco

Con la cruda ni ganas me daban de atender el changarro. Le dije a doña Cholita que cancelara mis citas. Me fui al centro histórico de Infiernotitlan a buscar donde curarme la cruda. Había convencido a Eslim que soltara una feria para reacondicionarlo. Le habíamos puesto adoquines y le dimos su manita de gato y hasta pusieron un Sangron’s. Ahora el centro histórico de Infiernotitlan era atractivo turístico y era considerado como la Zona Rosa del infierno. Había en él muchas cantinas, boutiques, y galerías. Entre a ‘Las Glorias de Baco’ y me encontré dos caras conocidas.

Juan Charrasqueado y Rodolfo Fierro me vieron con ojos de borrego a medio morir. Estaban ya hasta las chanclas. “¿Qué pasó Juan? Y ora usted, mi general, ¿sabe Pancho que anda otra vez fumigado?”

“Siéntese a tomar con los pobres, licenciado,” dijo el charrasqueado. De pobre no tiene nada el cabrón. Le lleve un pleito para que le pagaran regalías por su corrido. Gané y ahora el charrasqueado se la pasa en la cantina chupando.

“No le diga a Pancho que me vio ansina, licenciado,” dijo Rodolfo Fierro muy mansitamente. Pancho Villa odiaba el alcohol. Fierro ya había perdido la cuenta de las veces que Pancho lo había mandado fusilar pero el audaz ex ferrocarrilero no se componía y seguía igual de borracho que en vida.

Me senté y le dije al mesero que me trajera unos chilaquiles con un carajal de chile para curarme la cura.

“¿Y vos que vais a tomar?” me preguntó Perico, el gachupín que atendía la barra.

“Déme solamente un jugo de naranja, Perico, por favor. Ando con una cruda de la chingada.”

“Es por lo viejo, licenciado,” dijo socarronamente el charrasqueado.

“Viejo el mar y todavía hace olas,” protesté.

Fierro se rellenó el vaso de tequila. “Bueno, licenciado, ¿y que nuevas? ¿Siempre le hacen un segundo piso al infierno?”

“Olvídense de esa chingadera. El gordo no me quiere soltar la lana. Pero, déjenme preguntarles, ¿qué saben de los zetas ustedes?”

El charrasqueado se persigno. “Pos yo seré un gallo muy jugado, licenciado, pero no me meto con esos cabrones.”

“¡Ja!” se rio Fierro con sorna. “Son unos chamaquitos fantoches licenciado. La otra vez Pancho fue de shopping al mol por lo de las crismas y se apalabró con uno de esos cabrones. Con todo y las cuernos de chivo esas que traen Pancho les partió la jeta él solito con su mitigueson.”

“Si, oí que hubo balacera en el mol. Tengan cuidado. En una de esas matan a un turista.”

Fierro sonrió. Ni Pancho ni él mataban a un gringo por equivocación. Si lo hacían seria por gusto. “Pos mire, licenciado, si usted los quiere encontrar siempre están libando en la cantina ‘El Hijo de Huamuchil’ Ladies Bar a dos cuadras de aquí. Lo que oí es que les acaba de caer un ex capitán de infantería. Quesque es un fulano muy bragado. Le dicen el Sarnoso y que ya está de líder de esos cabrones.”

Perico me puso mis chilaquiles frente a mi me los trague ávidamente. Tenían chile del que llaman matagringo y me hicieron sudar. Me empecé a volver a sentir inhumano. “Bueno, muchachos, ahí los dejo. Oiga, general, gracias por la información. Si quiere váyase a dormir la mona a mi oficina para que Pancho no lo encuentre ansina.”

“Se lo agradezco licenciado. Duele un chingo cada vez que me fusilan. Y los cabrones de la escolta ya han agarrado la costumbre de apuntarme a los huevos.”

Me salí de la cantina y me transformé. Esta vez era un indito con calzón blanco y huaraches. A trote de indio me dirigí por las calles del centro histórico a buscar al ‘Hijo de Huamuchil’ Ladies Bar.

III. Carlota

“¡Max! ¡Max! ¡Sois un imbecil!” gritó Carlota mientras le aventaba varios platos al emperador. Los dos vivían en un apartamento de medio pelo en el centro histórico de Infiernotitlan.

Max se refugio detrás de un sofá. Cuando su esposa se ponía así de histérica no oía razón.

“Carlota, cherie, mein liebe…”

“¡Que cherie ni que ocho cuartos! ¡Sabe Dios que me volvi loca tratando de ayudarte, so bruto! ¡Y ya tenemos años en este horroroso lugar esperando a que nos extraditen al infierno europeo y tu no haces nada por agilizar los tramites!”

Max suspiró. Carlota iba a usar el viejo discurso de “me volví loca tratando de ayudarte”. Después de mas de un siglo de oír lo mismo Max ya no le hacia caso.

Max se dirigió a la puerta. “¡No tiene caso hablar contigo cuando te pones asi! ¡Me voy al ‘Mandril de Argelia’! ¡No me esperes!”

“¡Ah! ¿Te vas a chupar con los zuavos, desgraciado?” El ‘Mandril de Argelia’ es una taberna en el centro histórico de Infiernotitlan donde los zuavos que se murieron en México durante la intervención francesa aguardan su extradición al infierno europeo. Debo aclarar que los tramites de extradición por lo general duran una eternidad, literalmente. INFERMEX había firmado un acuerdo con el gobierno francés y le pasaba a este la cuenta de lo que los zuavos chupaban mientras esperaban. Max logro salir a duras penas mientras otro plato se estrelló a centímetros de su testa.

Carlota se quedó sola y sonrió. Abrió una cajita y sacó una pipa que llenó con opio. Se sirvió un vaso de absinthe y se recostó en un sofá mientras fumaba.

Se oyeron tres toquidos, una pausa, y luego otros dos golpes. Una voz masculina preguntó: “¿ya se fue Max?”

“Pásale mi negro,” contestó Carlota mientras abría. “¿Qué me trajisteis?”

El que entró era un fulano muy moreno con el pelo muy enchinado y unas patillotas. Era alto y flaco y de buen porte. “Vera, mi reina, le traje hierba de la buena. Me la acaban de traer de la sierra de Guerrero. Jijos, todavía no me acostumbren a llamar asi a mi patria chica.”

El general Vicente Guerrero sacó unos carrujos de una bolsa y se los extendió a la emperatriz. Esta le sonrió: “Pues gracias, mi negro.”

“Gracias las que le adornan, mi reina,” dijo Guerrero sugestivamente. Portaba el pantalón ajustado estilo insurgente y se le veía un racimote.

“Dime una cosa, mi negro, ¿lograsteis hacerte del cuchillo?”

“Si mi reina.”

“Ah, que bien,” dijo Carlota extendiéndole una mano elegantísima.

“Y oste que dijo, ¿qué se lo daba ansina nomás? Fue difícil convencer a don Charlie que lo forjara. Si se entera el licenciado no pondrá un chinga de perro bailarín.”

La emperatriz abrió un libro viejo donde había encontrado mención del cuchillo. “¿En verdad puede matar almas?”

“Pos dice don Charlie que se escabechó a su criado sin querer queriendo. Que nomás lo araño con la puntita y el infeliz se murió y bien muerto.”

“Y qué esperáis para dármelo?”

“Pos no entiendo que quiere oste con él. ¿Le va a dar chicharrón a don Max?”

“Tal vez. Quisiera ver si con el puedo largarme de aquí.”

“Pos yo no quiero perderla.”

“Dejad que os convenza de dármelo,” dijo Carlota lascivamente. Agarró a Guerrero por la levita y se lo llevó a la recamara.

IV. El Hijo de Huamuchil Ladies Bar

La tele en el antro era el centro de atención. Había un partido de fútbol. De pronto un jugador negro se hizo de la pelota en la media cancha. Se puso a driblar a unos pendejos vestidos de verde. No lo paraban. Los gritos de la concurrencia empezaron a sonar desesperados.

“¡Parenlo cabrones!”

“¡Pinche ratón, dale una patada al negro!”

“No la chinguen putos!”

El negro quedó solo frente al portero. Este salio de una manera muy pendeja. El negro lo evadió con facilidad. De un empujoncito metio el gol. Un sangrón empezó a gritar: “¡Gooool de Trinidad y Tobago! Esto huele a goliza, señores. Trinidad 4, México 0.”

Las mentadas de madre se generalizaron.

“¡Ya nos llevó la chingada!”

“¡Nomás que se mueran esos ratones putos les vamos a poner una putiza!”

En eso estalló la televisión en mil pedazos. Un fulano grandote, muy prieto, con mal de pinto, había descargado un Glock en el aparato. “Bueno, ya estufas, cabrones. Quiero un reporte de actividades.”

Mientras tanto yo estaba sentado muy calladito en una esquina del antro chupandome una jícara de pulque.

“A ver, Jesusa,” le dije a la mesera.

“¿Oste me conoce?”

“Como no. Oste en vida fue Jesusa Palancares, la soldadera. Escuche, soy el licenciado, el que oste llamaba ‘el buen amigo’. Ten,” le extendí un centenario. “No digas quien soy. Escucha, ¿ese cabrón con mal de pinto es el que le llaman el Sarnoso?”

“Si licenciado. Y yo que usted ahuecaba el ala. Orita van a sacar a los ceviles porque tiene junta la corporación.”

“¿Y qué tanto hacen Jesusa?”

“Pos se la pasan chupando. A veces se alborotan y van y matan a un fulano. Pero ya vide oste que pos al rato el difuntito se reanima y anda por la calle como si nada. Eso de la inmortalidad pos hasta le quitó el chiste a la muerte.”

“Ah, ¿pero el Sarnoso es el jefe, verdad?”

“Si, licenciado. Vino y tumbó al probe del Tunco Maclovio. Y como el tunco está lisiado pos ni le puso pelea.”

“Escucha, Jesusa, mantén las orejitas abiertas y si oyes algo me dices, ¿entiendes?”

La soldadera vio el centenario que le había dado y me sonrió. “Claro, patrón.”

Un sicario toscote se me aproximó. “A ver, Tizoc, ahueca el ala.”

Me apresure a tomarme mi jícara. “Ta güeno patroncito. No sea gacho, ya me voy.”

Me salí del antro. Yo creo que Fierro tenia razón. Los zetas eran puros fantoches. Y como dijo la monjita, no sabrían forjar un alma letal a un alma. Entonces, ¿quién había descabezado al muertito?

En la calle iba una procesión de encapuchados. Eran gente que había muerto en el siglo XVII y andaban tratando de expiar sus pecados haciendo penitencias y desfiguros. Pobres pendejos. Ya cayeron aquí y ni madres que van a salir pero de todas maneras andan haciendo su luchita.

Me quite la facha de indio y me volví a apersonar como un gentil hombre del siglo XVI. Parecía anuncio de Carlos V. En fin, es la moda que me gusta. Me dirigí hacia una imprenta cercana.

Entre. En la recepción estaba una mujer vestida de catrina y con cara de calavera. Era la Llorona. “Hola mi flaca, ¿está don Lupe?”

“¡Hola licenciado! A ver, ¡Lupe! ¡Te llama el licenciado!”

Don José Guadalupe Posadas salio del taller de imprenta con las manos entintadas.

“Buenas, licenciado, ¿en qué le puedo servir?”

V. Las Borrachas

La procesión de los encapuchados camina a lo largo de la Avenida Negro Durazo, una de las arterias principales de Infiernotitlan que atraviesa el centro histórico de este. Desde un zaguán Carlota observaba el gentío. En su cinto traia un cuchillo que brillaba con un aura extraña. Entonces vio al otro lado de la calle “figura conocida. Carlota se abrio paso entre la procesión.

“¡Güera! ¡Deteneos!’ le gritó Carlota.

La Güera Rodríguez volteo y reconoció a la emperatriz. “Ah, ¡su alteza!” Las dos mujeres se dieron el beso al aigre.

“¡Vieja pendeja!” le dijo Carlota. “¡Te he buscado en todos los lugares donde te vas a putear y no te he encontrado!”

“¡No me ofenda, señora! Yo la vide a oste bailar encuerada en el Mandril de Argelia cuando vuestro Max estaba jeton de borracho.”

“Ta güeno, no te sulfures Güera. Ven, te invito un trago,” dijo Carlota. Las dos mujeres, ambas muy guapas, se agarraron del brazo y caminaron por la acera. Iban vestidas con dos amplios corpiños del siglo XIX y los hombres que las veían, por lo menos los difuntitos viejos, se quitaban el sombrero a su paso caballerosamente y les cedían el paso.

Las dos mujeres entraron a un antro y se sentaron en la barra pues el lugar estaba abarrotado. Carlota puso el cuchillo frente a la Güera. “Güera, ¿sabes lo que es esto?”

La Güera se persigno. “¡Ave Maria Purísima! ¿Cómo te hicisteis de él, vieja cabrona?”

“Le tuve que dar las nalgas a Guerrero pero valió la pena,” explicó Carlota.

La Güera se rió lascivamente. “¡Por supuesto! Ya vide oste que es medio negro y está bien dotado. Y bien, ¿qué haréis con esto? ¿Le daréis chicharrón a Max?”

Carlota hizo una mueca. “No se por que todo mundo me pregunta eso. Max es un estorbo para mi pero ya tenemos dos siglos de casados.”

“¿Qué les sirvo patroncitas?” preguntó el cantinero.

“Champaña, quiero celebrar,” dijo la emperatriz. Inmediatamente les sirvieron una viuda muy helada y las dos mujeres brindaron. En unos cuantos brindis habían acabado la botella e iban ya en la segunda.

“Escucha, Güera,” dijo Carlota con la voz estropajosa. Se sacó un papel del corpiño. “Este cuchillo, ¡jic!, no es lo importante. Cierto, puede matar a cualquier cabrón aquí. ¡Incluso al licenciado! Pero, eso no importa. Mira, aquí esta la formula para hacer, ¡jic!, este tipo de acero.”

“¿A poco?”

“Y con esto, ¡jic!, puedo conquistar si quiero Infiernotitlan pues puedo hacer balas que matarían de verdad, ¿entiendes?”

“¡Ay cabrona! ¡Jic! ¡Serias la emperatriz del infierno!”

Así fumigadas como estaban las dos mujeres no se percataron de un fulano con cara de hijoeputa y vestido de rural que se había sentado junto a ellas y oía su conversación con atención.

“No, mujer, ¿para que diablos quiero, ¡jic!, regentear este congal? La verdad es que, ¡jic!, sabes, ya me quiero largar de aquí,” explico Carlota. “Como no me dan la extradición por las buenas forzare al licenciado a dármela a huevo. Voy a, ¡jic!, necesitar tu ayuda.”

“Oste dice, ¡jic!, para que soy buena.”

Carlota le murmuro algo en el oído.

“¡Ay no!” protestó la Güera. “Ahí huele rete gacho.”

“Lo tengo que sacar. Esto es cosa, ¡jic!, de guerra. Y solo él la sabe hacer bien. Ayúdame, ¿no?”

La Güera se sirvió mas champaña. “¿Cuándo?”

“Esta noche. Le logre hacer llegar un recado. Va a estar, ¡jic!, a orillas del Peñón a la medianoche.”

“¿Y si nos viden los chamucos de la ronda?”

Carlota blandió el cuchillo. “Mas les vale a esos panzones que ni se me acerquen. Además, a esa, ¡jic!, hora van a estar dormidos los cabrones.”

Cuando las dos mujeres se fueron trastabillando del antro el fulano vestido de rural se dirigió a un teléfono de esos antigüitos, del tiempo de don Porfirio y marcó un número.

“¿Señor presidente? Habla Francisco Cárdenas, el rural. ¿Me puede recibir? Bien, para allá voy.”

VI. Las Elecciones

“Pos nomás quería ver si tenia mi encargo, don José,” le dije a Posadas.

“Pos toca la casualidad que ahorita los estoy imprimiendo, licenciado.”

José Guadalupe Posadas me mostró los grabados tamaño poster. Mostraban a la calaca catrina, su recepcionista, y unos esqueletos haciendo fila y depositando su voto. En grandes letras se leía:

CONVOCATORIA A ELECCIONES

ASAMBLEA LEGISLATIVA DE INFIERNOTITLAN

Por decreto fulano del H. Congreso de la Unión y en base a la ley zutana y por la feria con que baila el perro se convoca a los ciudadanos de Infiernotitlan, muertos, vivos, y vívales a ELECCIONES DE DIPUTADOS A LA ASAMBLEA LEGISLATIVA DE INFIERNOTITLAN, a celebrarse a tantos días del mes zutano del año del caldo.

Sufragio Efectivo, No Reelección.

(garabato de firma)

El Director de INFERMEX, Lic. Mefistófeles Satanás.

“¿Qué le parece, licenciado?” preguntó Posadas.

“¡Esto es genial! Maestro, se lucio. Son obras de arte. Guárdeme unas para mi colección. Mire, mandare uno de mis chamucos a recogerlas y los pegaremos en las paredes mañana.”

Recientemente modificaron la ley orgánica de INFERMEX y me endilgaron un congreso o asamblea legislativa aquí en Infiernotitlan. Arriba argumentaban que si ahí los muertos ya tienen voto (y votan siempre por el PRIAN) pos aquí abajo habia que darles voto también. Debo aclarar que hay como 500 millones de almas aquí abajo pues tengo mexicanos desde tiempos de los olmecas. Se iban a elegir entonces como 3,000 diputados entre directos y plurinominales. Por supuesto, el PRI, encabezado por Plutarco Elías Calles, ya andaba diciendo que iba a tener carro completo.

Pero los que yo creía que iban a ganar eran los juaristas del Partido Liberal. Don Benito había armado un trabuco, con candidatos como los hermanos Flores Magón, Ignacio Ramírez, Zaragoza, Santos Degollado, el generalísimo Morelos, etc. El partido conservador estaba en desventaja pues tenían a la mayoría de sus próceres en el lago de mierda Jesús Reyes Herodes.

Pero había un problema. Como el 80% de las almas no hablaban español pues eran indígenas que habían muerto antes de la conquista o habían vivido en pueblos muy dentro de la sierra. Posadas había hecho algunos cambios al grabado tal y como se lo había pedido. “Vera oste licenciado, puse la traducción en glifos mayas aquí al lado. Los sacerdotes prehispánicos les podrán traducir a su gente y explicarles de que se trata.”

Yo vi los glifos con escepticismo. Me los había proporcionado Sor Juana que se entendía de esos menesteres. “Pos a ver si participan. Eso de votar no esta en los usos y costumbres de esa gente. Lo mas probable es que los sacerdotes de Huichilobos van a decir que votaron todos por fulano y ya estufas.”

Claro, en eso Juárez también tenia ventaja pues era indio al fin. Tenia entendido que ya se había apalabrado con los sacerdotes de Quetzalcoatl y los de Huichilobos. Lo más probable es que don Benito seria electo presidente de la asamblea legislativa de Infiernotitlan.

Por otra parte, los priistas, con Calles y Garrido Canabal, seguro iban a hacer su chanchullo de siempre. O por lo menos lo intentarían. La verdad es que yo pensaba que me iría mejor con el PRI. Ya sabe uno que son rateros. Luego don Benito se pone terco y muy celoso de la ley y qué se yo y no iba a poder hacer mis tranzas.

VII. El Apestoso

Max se había regresado borracho. No encontró a su esposa y se quedó dormido en el sofá. De pronto se abrió la puerta del apartamento de los emperadores. Max se despertó.

“¿Y ahora que diantre?”

Dos figuras encapuchadas entraron jalando un bulto pesado que olía horrible. Una de las figuras se descubrió. Era Carlota.

“Carlota, cherie, ¿qué andabas haciendo? ¡Son las tres de la mañana! Dios mío, ¿y ese olor?”

“Ayúdame, Max, tenemos que lavar a este hombre.”

La otra figura se descubrió. Era la Güera Rodríguez. “Lo vamos a tener que bañar. Yo creo que va a necesitar unas fricciones de aguarrás.”

“Carlota, cherie, explícate.”

El bulto hediondo estaba exánime a los pies del emperador.

“Este, Max, es el general Miguel de Miramón. Era tu mejor espada. Lo acabo de sacar del lago de mierda Reyes Herodes.”

“Jijos,” juró la Güera. “El peste va allegar al corredor y los vecinos se van a despertar. Tenemos que meterlo a la tina de inmediato.”

“¡Gott im Himmel! ¿Están locas? ¿Sacaron a un reo del lago de mierda? ¡El licenciado nos va a refundir ahí varias eternidades si se entera!”

“¡Mayor razón para que me ayudes a bañarlo!” le gritó Carlota. “Escucha, este hombre fue nuestra mejor espada. Con él podré lograr mis designios. ¡Vos sois un mequetrefe!”

“¡No me habléis así Carlota!”

La emperatriz sacó el cuchillo y puso la punta sobre el pecho de Max. El emperador ni se inmuto. “¿Y que con esto Carlota? Aunque me lo entierres no me podrás matar.”

“Ay don Max,” gimió la Güera, “ese cuchillo mata las almas. Es la neta. Y oste, doña Carlota, sosiéguese no vaya a hacer una barbaridad. Ayúdenme, por favor, que ya el peste despertó a los perros y hay una ladradera en el vecindario.”

Max palideció. El cuchillo en verdad tenía un aura espectral. “¿Es cierto eso, Carlota?”

“Si Max. Ya tengo la formula para hacer balas letales. Este hombre será el instrumento que usare para sacarnos de aquí.”

Max sacudió la cabeza. “Válgame Dios. Bien, conozco al licenciado. No va a oír razón. Si se entera nos va a meter al lago de todas maneras. Os ayudare y con el favor de Dios no se enterara el chamuco de esto.”

Acto seguido Max levantó, con cierto asco, a Miramón y lo arrastró rumbo a la tina. El general conservador apenas alcanzaba a gemir.

Unas horas despues, un fulano de lentes y vestido a la usanza del siglo XVII tocaba en el cuarto que don Vicente Guerrero tenia en una vecindad de la Avenida Gustavo Díaz Ordaz, otra de las arterias principales de Infiernotitlan. “¿Chente? ¿Estas ahí?”

El fulano empujó la puerta, que casualmente estaba abierta. Pocas pertenencias tenia Guerrero. Había una espada herrumbrosa colgada de un clavo. En una pared había una imagen de la guadalupana. La cama no estaba hecha. Una taza de café ya frió se encontraba en una mesita. El fulano salio y le pregunto por el general a un vecino.

“Pos ahora que usted me lo recuerda, ya tiene varios días que no lo vide,” contestó el vecino.

“Es cierto,” dijo otra vecina, “yo le lavaba su ropa todos los miércoles pero pase por ahí hace unos días y no estaba.”

“A la mejor se fue de viaje,” dijo el vecino. “Me contaba que el licenciado a veces le daba un amparo de encarnación y se regresaba al mundo a pescar.”

“En efecto,” dijo el fulano vestido a la usanza colonial, “don Chente es mi compadre y él y yo nos íbamos cada cuando de pesca cada que el chamuco nos daba permiso. Mi nombre es Carlos de Sigüenza y Góngora. Por favor, si ven al general, díganle que lo vine a buscar.”

VIII. Pacto de Civilidad

Esa noche hubo una junta en el auditorio Luis Echeverría Álvarez de INFERMEX. En este auditorio están escritas, en letras de mierda, los nombres de los han jodido a México. La lista es larga y las paredes están cubiertas de nombres. Habíamos habilitado una mesota en el escenario y frente a mi estaban un resto de gente conocida.

Verán, había yo llamado a una junta de los partidos. Por los juaristas estaban don Benito, Prieto, y Ocampo. Los priistas tenían a Plutarco Elías Calles y Garrido Canabal. El Frente Villista de Liberación de Infiernotitlan estaba representado por el centauro Francisco Villa, Felipe Ángeles, y Rodolfo Fierro (este ultimo traía una cruda espantosa). Los zapatistas tenían a Emiliano y su hermano Eufemio (este ultimo en avanzado estado etílico). El Partido Científico había mandado a don Porfirio y a don José Yves Limantour. Los “independientes” incluían al cura Hidalgo y a don Nicolás Zúñiga y Miranda, este ultimo eterno candidato a la presidencia en tiempos de don Porfirio.

“Pos yo no veo para que chingaos convocaron esta junta,” dijo Pancho. “Me acuerdo que cuando la convención de Aguascalientes se la pasaron en pura platica y el barbas de chivo se agandalló la presidencia.”

“Mi general,” dije tratando de torear al centauro, “Carranza y Madero han dicho que ya no quieren broncas. Están en sus ranchos muy tranquilos. Ya los llenaron de plomo una vez y no quieren saber más de la política. Ademas, ahora no está en juego ninguna silla presidencial. Se trata tan solo de unas diputaciones a la asamblea de Infiernotitlan.”

“Pos yo creo que el roba vacas tiene razón,” dijo Porfirio Díaz. “¿Para que nos llamó licenciado?” Debo apuntar que este no era el anciano que nos imaginamos. Los muertos se apersonan como cuando tenían 25 años. El Porfirio Díaz frente a mi era el militar bronco y cabrón de tiempos de la intervención.

“¡Vaca tu abuela jijo de la chingada!” dijo el centauro levantándose con la pistola en la mano.

“¡Orden, señores!” grité. Con un ademán fundí la pistola de Pancho. Fierro y Ángeles de inmediato vieron por su jefe.

“Placate, Pancho,” dijo riéndose con sorna Calles.

“¿Y donde está tu perfumado?” le preguntó el centauro.

“El general Obregón no pudo venir pues tiene un alzamiento con los yaquis. Ya es costumbre que se le rebelen cada cuando,” expliqué. “Miren, señores, los convoqué porque quería que firmaran un pacto de civilidad. Francamente, se han estado haciendo guerra sucia a lo descarado en los periódicos y en Radio Averno. Parenle, ¿no? Miren, solo se trata de unas mugres diputaciones locales. Ni que fuera para tanto, chingaos. Compórtense como caballeros aunque ya sabemos que son puros cabrones.”

“Bueno, licenciado,” dijo Juárez, “usted minimiza las cosas. Según leí en la nueva ley orgánica de INFERMEX, la asamblea legislativa de Infiernotitlan aprueba y modifica si así le place el presupuesto del averno mexicano.”

Don José Yves Limantour abrió una libreta. “Y ese presupuesto consiste hoy de mil millones de devaluados. Yo pienso que se podrían triplicar si bursatilisamos esos fondos.”

Sacudí mi cabeza. “Ni madres, don Yvo, esa feria no se va a ir a la chingada como los AFORES. Pero, regresemos a mi punto, señores, ¿firman este pacto de civilidad?”

“Pos yo no tengo inconveniente,” dijo Calles. “Total, el PRI va a ganar.”

“Brincos dieras, cabrón,” dijo el centauro.

“¿Me lo quebró jefe?” le preguntó Fierro.

“¿No les digo?” dijo Porfirio Díaz. “No se puede acordar nada con los roba vacas.”

“Estas ardido, cabrón,” se rió el centauro. “Andabas de llorón en Icamole.”

“¿Yo llorón? Si tu a cada rato andabas chillando y así chillando matabas.”

“¡Parenle o los refundo a todos en el lago!” les amenace. Los asistentes se arrugaron. Nadie quiere acabar en el lago.

“Oiga, licenciado,” dijo don Yvo, “nosotros firmamos, pero, ¿dónde están los del partido conservador?”

“¿Y para que queremos a los traidores?” preguntó Guillermo Prieto.

“Me temo que la mayoría de ellos están en el lago de mierda Reyes Herodes,” les explique. “Señores, por favor, firmen.”

“Yo firmo, a nombre de los independientes, siempre y cuando se incluye un punto de acuerdo donde se exprese nuestro apoyo al rey don Fernando VII,” dijo el cura Hidalgo. Los reunidos suspiraron y alzaron los ojos al cielo. El curita a veces era muy terco. Si seguíamos así nos íbamos a pasar una eternidad en discusiones.

“Con todo respeto, don Miguel,” le expliqué, “tengo noticias fidedignas que don Fernando se encuentra muy contento en el averno europeo. Le suplico que firme el documento ansina como está.”

Zapata, que hasta entonces no había dicho nada hasta entonces, sacó una pluma y se paró y firmo el documento. “A ver, los que no tengan miedo, fírmenle cabrones.”

Y afortunadamente el resto de los convocados empezaron a firmar.

IX. Santa Anna

La Avenida Negro Durazo atraviesa todo Infiernotitlan. Pero luego que sale del pueblo se convierte en un camino de terraceria de la chingada y se pierde entre unos parajes despoblados y tristes. El camino se torna sinuoso y se interna en una pequeña sierra volcánica. Eventualmente el camino asciende entre dos conos mono genéticos hasta que llega a una amplia meseta. Por la altura, ahí no se siente el calor endemoniado de Infiernotitlan. El viajero se topa ahí con una venta de construcción sólida, con múltiples torres y almenas y varios corrales, establos, y gallineros. El lugar lo resguardan soldados mexicanos vestidos a la usanza del primer tercio del siglo XIX. Son en su mayoría mulatos del regimiento ocho de Veracruz, el mismo que usó Santa Anna para derrotar la expedición del brigadier Barradas en Tampico.

Francisco Cárdenas en vida fue el rural que llenó de plomo a Madero atrasito de Lecumberri. Montado en una buena yegua, Cárdenas se presentó ante la venta. Los soldados de inmediato le hicieron el alto. Varios rifles arcaicos lo apuntaban.

“¿Quién vive?”

“¡Santa Anna!” contestó Cárdenas. “¡No disparen, cabrones, luego duele rete gacho el putazo! ¡Soy agente del general y él me llamó!”

En efecto, al oír la conmoción, Santa Anna salio al pórtico. Como les había explicado, se trataba de un Santa Anna de 25 años pero con todas las mañas de un viejo. El general no estaba cojo y traía en sus manos un gallo de pelea.

“¿Qué nuevas trae don Francisco?”

“Mi general, parece que doña Carlotita planea algo grande.”

“Ah bien, pásele a lo barrido y hablamos. A ver, Chencha, pon el agua para el café y tráeme la botella de piquete.”

Después de unas horas, Santa Anna abría otra botella y le rellenó el vaso de caña a Cárdenas. “¿Y la emperatriz dijo que con ese acero podía matar almas?”

“Si, general, yo alcance a ver el cuchillo y tenia un aura rete cabrona. De lejos se notaba que traía hechizo.”

“¿Se encontró Carlota el cuchillo o se lo hizo alguien?”

“Pos presumía que tenia un papel con la formula para hacer ese acero. Yo creo que alguien se lo hizo. El único que se que tiene un laboratorio de Frankenstein es don Carlos de Sigüenza y Góngora.”

“Hay otros dos capaces de forjar eso. Están Sor Juana y el brujo Conejo XIII que en vida fue el astrónomo principal del Tajin. Pero la monjita es bruja blanca. Si acaso haría un menjurje para que alguien se enamore. Y el indio ese se la pasa en los cerros ofreciéndole sacrificios a Quetzalcoatl. Le vale madres lo que pasa en Infiernotitlan. Nunca baja.”

“Pos no se que decirle, mi general.”

“Para mi que fue Sigüenza. Ese y Guerrero son uña y carne.”

“La emperatriz menciono que se la estaba follando don Vicente.”

“¿De veras? Deja le mando un recado y le digo que quiero hablar con él. Me debe favores. En vida me pronuncie para que subiera a la presidencia. Mientras, quédese aquí, mi cabo, yo creo que lo voy a necesitar para darle una visitadita al laboratorio de don Carlos.”

Esa noche, uno de los criados de Santa Anna se dirigió a uno de los gallineros. Subió a un tapanco. Ahí estaba una jaulita con una paloma. El criado le puso un recado en una cápsula amarrada a la pata del animal. Luego lo soltó. El ave revoloteo encima de la venta y luego se dirigió rumbo a Infiernotitlan.

Al día siguiente, Miguel de Miramón se presentó en la cocina de los emperadores donde estos estaban tomándose un café como desayuno. Miramón estaba ya bañadito y restregado con aguarrás. Sin embargo, todavía tenía un ligero tufo a mierda.

“Buenos días tengan sus altezas,” dijo Miramón mientras espantaba unas moscas que le revoloteaban sobre la cabeza. “No saben lo agradecidos que estoy de que me sacaran de ese horrible lugar.”

Carlota le sirvió una taza de café. “Olvídelo, general. El tufo se le ira quitando poco a poco. Estuvo usted ahí mas de un siglo.”

Miramón los veía agradecidos y con los ojos llorosos. “General,” dijo Max, “la emperatriz tiene una propuesta que hacerle. Usted la puede rechazar si gusta. No lo vamos a regresar al lago de mierda.”

“¿No se meterán en problemas por mi culpa? ¿Qué si el chamuco descubre que no estoy ahí?”

“No se preocupe, general,” explico Carlota, “el chamuco pasa lista cada eternidad. No es este el infierno prusiano sino el mexicano, gracias a Dios.”

Luego de un rato, Miramón examinaba con atención el cuchillo. “¿Con cuantas tropas contaría?”

“Los muchachos de la brigada Zuloaga están aquí,” explicó Max. “Son por lo menos mil. Hay otros mil zuavos que son mis compañeros de chupe. Creo que buena parte de ellos se nos unirían.”

“Tengo entendido que también hay unos grupos de derecha que llaman cristeros o PANistas,” dijo Carlota. “Esos parece que idolatran a Max, no tengo idea por qué, tal vez algunos de ellos se nos unirían.”

“¿Y como haremos el parque?”

“Encontré a un fulano que en vida trabajaba en el arsenal de Santa Fe y era conservador,” explicó la emperatriz. “Tiene un taller afuera del pueblo en un rancho aislado. Se dedica a fabricarle trinches a los chamucos. En unas dos semanas dice que puede fabricar como diez mil balas.”

Miramón la vio con cierta admiración. Era evidente que Carlota había planeado todo meticulosamente. “Ese rancho, ¿podría albergar a los de la brigada Zuloaga?”

“Creo que podrían hacer un vivaque ahí, si,” dijo Max. “Los cerros los ocultarían de los chamucos.”

“Consíganme esos hombres, don Max, dígales que se junten ahí. Doña Carlota, a mi me honraría pronunciarme en su nombre.”

Carlota sonrió. “Creo que lo ideal seria si se pronunciara durante las elecciones. De por si va a haber mucha confusión.”

“¡Sea!” dijo Miramón dando un golpe con el puño en la mesa.

X. La Tortura

Uno de los chamucos de vigilancia me llamó por teléfono. “Licenciado, acabo de ver al coronel Andonegui salir de la vecindad donde vive el general Vicente Guerrero.”

“¿Andonegui? Ese es incondicional de Santa Anna. Comandó la caballería mexicana cuando la expedición de Barradas.”

“Si, mi general, traía un uniforme chingón con una plumota en el sombrero y una escolta de mulatos del ocho. Pero no encontró a Guerrero. Según me informó un vecino don Vicente tiene días que no se presenta este en su domicilio. Nadie sabe donde anda.”

“Muy bien hecho. Escuche, sigan vigilando esa vecindad. En cuanto se presente el patilludo lo arrestan y me lo traen, ¿entienden?”

Colgué. Baje a los sótanos donde torturábamos reos. Viboriano Huerta sostenía un fierro al rojo vivo y se lo acercó a mostrar a un infeliz que estaba amarrado en un potro de tormento. Don Carlos de Sigüenza y Góngora observó al pelón con terror.

“Usted dice y le seguimos, don Charlie,” le dije.

“Licenciado ¡perdón! ¡No quería ofenderlo a usted!” gimió Sigüenza.

“Escuche, don Charlie, Guerrero ya confesó todo. Yo le puedo achicharrar a usted las patas como a Cuauhtémoc pero pos no tiene caso. Confiese y dígamelo todo. No sea pendejo.”

“¿Chente confeso? ¿Y pos donde lo encontró? Yo tengo días buscándolo. Nadie sabe donde anda. Y si él confeso, pos ya no tengo yo mas que decirle,” lloriqueo Sigüenza.

Le hice una señal a don Viboriano. Este le aplicó el fierro candente a un juanete. Sigüenza aulló de dolor.

“No le estoy preguntando a Chente Guerrero. Le estoy preguntando a usted. ¿Por qué mató al sacristán?”

“¡Ay! Licenciado, le juro que eso fue un accidente. El infeliz ese no tenía más que unos días que empezó a trabajar para mi. Quería probar el cuchillo. Nomás le aplique la puntita. Ni sangre le saque. Pero de todas maneras se murió. El fierro ese es letal a las almas.”

“¿Y por qué lo forjaste?”

“Me lo pidió Guerrero. Quesque querría impresionar a una mujer que se estaba tirando.”

“¿Quién?” No quería mencionar el nombre de Carlota.

“Yo no se, licenciado. Pregúntele a Guerrero.”

“Wrong answer, Charlie.” Le volví a hacer la señal a Huerta y este le quemó otro juanete.

“¡Le juro por mi alma que no se quien fue, licenciado! ¡Guerrero sabe! Se lo hice por que semos compadres. Ya vide que oste nos ha dado permiso de regresar al mundo de vez en cuando y él y yo nos vamos a pescar.”

“Y ansina me pagas, cabrón. Date de santos que solo te quemo los juanetes y no te quemo el pito.”

“¡Le juro licenciado que no quería causarle daño! Cuando se me murió el sacristán, lo admito, lo descabece y lo deje en el mol.”

“¿Por qué en el mol?”

“Ahí siempre patrullan sus chamucos porque es zona turística. Quería que lo encontraran. Pensé que sus chamucos iban a ser lo suficiente pendejos de pensar que fue cosa de los zetas.”

Eso me caló. Don Charlie me había visto la cara. Le volví a hacer la señal a don Viboriano y este le quemó otro juanete.

“¡Aaaay! ¿Y eso por que licenciado? ¿Qué dije mal?”

Sacudí la cabeza. “Chingaos, te voy a tener que dejar ir, cabrón.”

“¿De veras?”

“Si. No hay ni siquiera delito que perseguir. Mataste a un muerto, cabrón. No hay tal crimen en el código penal del infierno. Quiero, sin embargo, que me entregues todo el equipo y la formula para hacer ese tipo de acero.”

“Con gusto, licenciado. Todo está en mi laboratorio. Ahí tengo mis notas. Si viera que ni chiste tiene. Encontré la formula en el Necronomicon. La bronca es pronunciar bien el encanto pues se tiene que decir en árabe medieval. Si se equivoca uno se le puede aparecer el licenciado Cthulhu o algo en verdad horroroso, como la Chucky.”

Temblé cuando menciono a la Chucky. “Bien, acompáñalo y tráete sus chivas, Viboriano. Pero haz que el cabrón venga a los separos a firmar a diario. Y mas vale que no le diga nada a nadie. ¿Entiende don Charlie?”

Mande a don Charlie, cojeando, con Viboriano y una escolta de mis chamucos a catear su laboratorio. La visita de Andonegui había confirmado lo que el espía que tenia en la venta de Santa Anna me había dicho. Sin embargo, Vicente Guerrero no se le había visto en ninguna parte.

Pero una hora después me llamó Viboriano. “Jefe, con la mala noticia de que alguien se nos adelanto.”

“¿Cómo?”

“Si, el laboratorio de don Charlie esta hecho trizas. Se llevaron el equipo y sus notas.”

“¡Me lleva la chingada! Ha de haber sido Guerrero. Algo se trae el cabrón, por eso se ha hecho ojo de hormiga.”

“¿Qué hacemos, licenciado?”

“Cambie de opinión. No dejes libre a don Charlie. Ponlo bajo arresto preventivo en una celda para él solito. No quiero que ande libre o de bocón. Escucha, quiero que pongan retenes en varios puntos. Aquí hay gato encerrado.”

“¿Jefe, por qué no arrestamos a Carlota de una vez?”

“Nomás vigílela. Es una orden.” No le quise dar más explicaciones a Viboriano. La verdad no quería que arrestaran a Carlota porque me causaría una bronca con los austriacos. El gobierno de Austria, han de saber, me paga con puntualidad teutónica una buena feria para la manutención de Max y su esposa mientras los extraditan. Yo me clavo la mayoría de la feria y les asigne un departamento chilero del INFIERNAVIT. Por esa razón había dilatado su extradición.

XI. Pleito Conyugal

Aunque Carlota se presentó en Infiernotitlan como una bella joven de 25 años, todavía tenía los hábitos de la viejita que murió loca en Bélgica en 1927. Cuando se preparaba a ir a dormir se ponía un ropón con moñitos y un gorro con olanes. Esto ocultaba sus curvas. Max la hubiera preferido desnuda, cosa sensata en el caloron de Infiernotitlan. Max suspiró al verla. “Carlota, cherie, te vistes como si fueras a dormir en un invierno de Flanders. Acuérdate donde estamos. Quitaos un poco de esa ropa.”

“Si estáis amoroso, olvídalo, tengo jaqueca. Y si, quiero olvidar donde estamos.”

Max volvió a suspirar. “Sabes, mein liebe, he estado pensando.”

“Os hará mal pensar. Deja que yo sea quien piense por ambos.”

“No en serio. ¿Habéis pensado como será si nos extraditan al infierno europeo? He preguntado y me dicen que está a cargo de un demonio ruso que en vida fue miembro de la KGB. Es un tal licenciado Beria.”

“¿Qué es eso de la KGB?”

“Algo así como los chamucos del licenciado pero no son tan bofos y son mas crueles. Me dicen también que el infierno ahí está bajo un lugar que llaman Estalingrado y que hace un frió de los mil diablos. Creo que al lugar le llaman San Gulagsburgo.”

“¿Y?” Carlota frunció el seño.

“Pues la verdad yo ya me acostumbre a los usos y costumbres de Infiernotitlan. Me levantó tarde. Me tomo mi café de olla. Toña me hace mis chilaquiles para el desayuno. Luego me voy al estanquillo y compro los periódicos y mis cigarros. Y después me voy al café y me la paso el día entero componiendo el mundo y discutiendo de política con los otros vagos de café. Con decirte que ya hasta me uní a un circulo de estudio obradorista que tiene Guillermo Prieto. Somos ya cuates, el fulano es buena onda. Y cuando pardea la tarde me voy al billar o al Mandril de Argelia y me tomo mis cervecitas. Visto una cómoda guayabera y ya me acostumbre al calor. Los chamucos ni me molestan. Me dicen ‘buenos días don Max’ o ‘vayase por la sombrita, don Max’ pues de vez en cuando les doy para sus aguas. Francamente, no es tan mala manera de pasar la eternidad, ¿no crees? Yo no le veo mucha ventaja en irnos al infierno europeo.”

Conforme iba describiendo Max su día, Carlota se iba poniendo mas y mas color púrpura.

“¡Max!” dijo finalmente la emperatriz en una voz que delataba que apenas controlaba su rabia, “soy la hija y la nieta y bisnieta de reyes. Vos sois el descendiente de Carlos V, cuyo reino se extendía de Filipinas hasta Flanders. Os espose porque tenéis esa sangre. Sois un autócrata por herencia. ¡Un habsburgo diantre! Y sin embargo, ¡disfrutáis de los chilaquiles que os prepara una india!, ¡andáis discutiendo y de amigote con unos liberales!, ¡y acabáis el dia en el billar emborrachándote! ¡Me insultas a mí y a vuestra sangre comportándoos así! ¡Vive Dios que sois un imbecil! ¡Y pensar que…!”

Max no le dio oportunidad de acabar. Adivino que venia el discurso de que se había vuelto loca por su culpa y prefirió huir antes de que la vajilla empezara a volar. Agarro unas cuantas ropas y se vistió como pudo en el corredor de los apartamentos. “Esa mujer tiene el diablo adentro. Es toda una Lady MacBeth. Yo estoy a toda madre aquí como dicen los mexicanos. ¿Para que carajos me voy a un lugar frió con unos chamucos siberianos que me van a tratar a golpes? Maldita sea, si no estuviera tan guapa ya me hubiera divorciado de ella. ¿Se podrá uno divorciar ya muerto? Algún día le tengo que preguntar al licenciado. Después de todo, se supone que solo nos íbamos a quedar casados hasta que la muerte nos separara. Pero ahora que estamos muertos todavía seguimos juntos. ¡Me lleva!” Y así murmurando y lloriqueando Max se fue a buscar un amigo que le diera posada esa noche.

Mientras tanto, Carlota maldecía a Max y lloraba de rabia. Marcó el número del rancho donde se encontraba Miramón haciendo parque y entrenando sus tropas. “¿General? Soy yo, Carlota. Dígame, ¿qué tan leal me sois?”

XII. El Hechizo

El sargento del regimiento ocho saludó haciendo la escuadra en el pecho. “Mi general, encontramos al espía.”

“¿Ah si?” sonrió Santa Anna, “Llevenlo al patio. Vamos a fusilarlo. A ver, don Julián, déme unas de las balas.”

En vida don Julián había sido brujo de Catemaco. “Aquí están estas recién hechesitas, mi general,” dijo el brujo. Andonegui y sus muchachos habían desplumado el laboratorio de Sigüenza y Góngora. Los primeros intentos de forjar balas hechizadas habían sido un fracaso. El brujo de Catemaco no pronunciaba bien las invocaciones en árabe medieval que el Necronomicon indicaban (en Catemaco nadie habla árabe aunque Nacif acostumbra ir a que le hagan limpias). Uno de los hechizos convirtió las balas en unas cucarachotas peludas con la cara de la Chucky. Los horrorosos bichos ni a escobazos se morían. Hasta se comieron a uno de los perros de la hacienda. Los santannistas tuvieron mucha dificultad en matarlas hasta que desesperados les echaron agua bendita y los bichos se prendieron. Pero finalmente parecía que el brujo finalmente había entonado correctamente el hechizo.

El espía se llamaba Casimiro. Era un indito del siglo XVIII que en vida había sido arriero y había muerto de una sobredosis de plomo que le dio un marido celoso. Cuando cayó en Infiernotitlan logro conseguir hueso de espía del licenciado. Sin embargo, era algo torpe en esos menesteres y a cada rato lo descubrían y lo fusilaban. El licenciado lo mandaba entonces a espiar otro cacique. No es que estuviera acostumbrado pero ya no le espantaba que lo llenaran de plomo. A lo único que le sacaba era que las balas dolían un carajal. El caso es que cuando los santannistas lo pusieron frente al paredón ni se inmuto.

El sargento del ocho dio las ordenes. “¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!”

Casimiro cayó fulminado y en un charco de sangre. El sargento le dio el tiro de gracia.

“Vigílelo, sargento,” ordenó Santa Anna. “Déjeme saber si regresa.”

Las horas pasaron. Unos zopilotes se juntaron en un árbol cercano. Al amanecer del día siguiente Casimiro empezó a apestar y ya tenia uno que otro picotazo de los zopilotes.

“Con la novedad, mi general, que el difuntito no se ha despertado,” le informaron a Santa Anna. Este sonrió y mandó llamara al brujo.

“A ver, don Julián, es usted un don chingón. Pónganse usted y los muchachitos en chinga a hacer parque. Trabajen día y noche.”

Santa Anna se dirigió a su despacho y buscó su libreta de contactos. Luego marcó el teléfono.

“¿Don Plutarco? Habla Antonio. Si, ya tiene tiempo. Con gusto, y hasta nos tomamos dos, faltaba mas. Oiga, lo interrumpo porque le tengo una propuesta. Si, negocio. Bueno, si saldría cariñoso. Pero entre cuates nos podemos arreglar y le doy una rebajita. Deje le explico. ¿Euros? Yo no conozco esos. Plata o oro apenas. Creame, vale la pena. Finalmente le hará justicia la revolución, se lo garantizo. Bien, pare oreja, le explicare…”

Ya atardecía cuando Santa Anna acabó sus llamadas. Se había apalabrado con Calles, Juárez, don Porfirio, Villa, y unos caciques yaquis que traían bronca con Obregón. Solo faltaba Carlota y el licenciado. Por unos momentos Santa Anna casi marcó el número del chamuco. Pero no lo hizo. “¡Que se joda el cabrón chamuco! El y Carlota se van a llevar una sorpresota.”

Mientras eso ocurría, en un rancho cercano a Infiernotitlan Miramón ejercitaba a los hombres de la brigada Zuloaga. “¡Despabílense cabrones! ¿Qué puta formación es esa? ¡Han estado de huevones cien años y ahora van a tener que volver a recordar que son soldados! ¡Mis soldados, carajos!”

Carlota llegó en una berlina tirada por un par de caballos. “¿Cómo va eso, general?”

“Señora, en unos cuantos días estos tunantes volverán a estar en forma.”

“Que bien. Solo falta una semana para las elecciones.”

“Estaremos listos. Mientras el armero esta haciendo carretadas de parque. Dígame, señora, ¿todavía quiere que haga lo que me pidió?”

Carlota suspiro. “Oui. Raison de etat.”

XIII. Guerra Sucia

EL DEMOCRATA DE INFIERNOTITLAN

¡SOPLAN VIENTOS DE FRONDA!

Por José Joaquín Fernández de Lizardi y Ricardo Flores Magón

Gran actividad ha desplegado el gobierno del chamuco últimamente y no es por las elecciones que se aproximan. El licenciado ha mandado poner retenes en las entradas del pueblo y congregaciones aledañas. Crecen las quejas por los cateos y abusos que han hecho los chamucos. Es evidente que algo trae asustado al gobierno y por eso los sicarios del licenciado han estado intimidando a la ciudadanía.

Los rumores abundan. Infiernotitlan es, después de todo, la residencia de una multitud de caciques, reyes, virreyes, presidentes, gobernadores, generalotes golpistas, emperadores, dictadores, capos, narcos, y, en general, una punta de cabrones que han gobernado o aspirado a gobernar a México. Muchos de ellos cuentan con ejércitos privados. El chamuco los ha solapado y los ha dejado hacer y deshacer todos estos siglos para no tener bronca con ellos.

Y si ninguno de estos grupos políticos se ha pronunciado es porque, aun con armas y parque, están esencialmente desarmados. La inmortalidad de las almas es bien conocida. ¿De que sirve asesinar a un adversario si unas horas después el fulano se reanima y luego anda emborrachándose en las cantinas como si nada? Cierto, es terapéutico asesinar a los enemigos que uno tuvo en vida pero a la larga es inútil. Los rumores, sin embargo, indican que esto podría cambiar.

Desde esta tribuna le preguntamos al general Viboriano Huerta, procurador de injusticia de Infiernotitlan: ¿Es cierto que el gobierno tiene en un sótano del palacio chamucal el cuerpo de un alma muerta? ¿Es cierto que Sor Juana lo ha estado estudiando día y noche y no se puede explicar por qué el alma no se ha reanimado? ¿Es cierto que el ectoplasma del difuntito ya apesta?

Casi me atragante cuando acabe de leer. Le llame de inmediato a Viboriano.

“¡General! ¿Ya vio la nota en el Demócrata?”

“Si licenciado, me la acaban de pasar.”

“¿Quién chingaos es este Fernández de Lizardi? Yo se que Flores Magón es un periodista rojillo. ¿Les damos chayote?”

“Fernández de LIzardi es un periodista del siglo XIX,” explicó Viboriano, “escribió una chingadera que se llama el Periquillo Sarniento. Y tanto a él como al rojillo de Flores Magón les damos su buen chayote. No entiendo por que chingaos nos atacan ansina. Para mi que esto es cosa de Juárez.”

“¿Juárez?”

“Si, licenciado. Para mi que lo quiere presionar a usted. Fernández de Lizardi y Flores Magón fueron postulados por el oaxaqueño a una diputación.”

“Ah, entonces Juárez los compro. Eso explica todo. Pero ¿que tanto anda armando bronca don Benito si la encuesta de Diablosky dice que lleva 30 puntos de ventaja sobre Calles y el PRI?”

“Pos ya vide oste que anoche en el noticiero don Plutarco anduvo insistiendo que los priistas tendrán carro completo. Va a intentar un chanchullo, seguro. Y Juárez quiere que usted lo evite, por eso le manda este recordatorio.”

“Oiga, ¿pero como chingaos se entero del sacristán muerto?”

“Le han de haber soltado dinero a uno de mis muchachos, licenciado.”

“¡Me lleva la chingada!”

“Sorri abaut dat, chif,” dijo Viboriano haciéndole al Maxwell Smart

“Olvídelo, carajos. Eso si, si encuentra quien soltó la sopa pongale una chinga de perro bailarín, ¿entiende?”

“Sordenes, jefe.”

“Oiga, ¿alguna noticia acerca de Guerrero?”

“No jefito. Para mi que se fue al mundo.”

“Si sale sin amparo de encarnación se convertirá en alma en pena allá arriba. No creo que sea tan pendejo. ¿Para que andar espantando borrachos de noche? Hagan más cateos en el pueblo. Ese cabrón tiene que aparecer.”

XIV. Aquí Espantan

(clic)

TARAVISA Presenta…

UN ESPECIAL DE JAIME MAMAUSAN…

JM: “Hola, soy Jaime Mamausan. ¿Existen los aparecidos? Últimamente se han desatado una serie de apariciones que parece que vienen de ultratumba. ¿Con que fin? ¿Qué está pasando en el más allá? Aquí tengo conmigo al señor Rogaciano Martínez, sepulturero en un panteón del DF. Señor Martínez, ¿qué fue lo que usted vio hace unos días?”

RM: “El lunes en la nochecita se manifestó una carreta y unos fulanos esbozados vestidos como chinacos. No se les veía la cara pero los ojos les brillaban como carbones.”

JM: “Ay nanita.”

RM: “Me amagaron con unos pistolones y me forzaron a abrir unas tumbas muy pero muy viejas. Nadie las visita ya y no hay ni indicación de quien fue enterrado ahí o cuando se murió. El caso es que escarbe y no encontré ningún cuerpo o huesos. Había, en cambio, unos baúles muy pesados. Me hicieron subirlos a la carreta.”

JM: “Entonces la carreta era sólida.”

RM: “Si, bien sólida y el caballo que la jalaba también. Los únicos con facha de fantasmas eran los chinacos esos y sus montas. Cuando se fueron encontré esta moneda en la tierra.”

JM: “Como ven, se trata de uno de los pesos de oro que mandó acuñar Maximiliano Ahora consideremos el caso que se vivió recientemente en Chihuahua. Conmigo tengo al señor Ludovico del Valle, un ferrocarrilero jubilado y vecino de Parral. Dígame, señor del Valle, ¿qué fue lo que vio?”

LV: “Yo vivo en un jacal en las afueras de Parral. Ahí tengo un gallinero. Era casi la medianoche cuando los perros empezaron a ladrar y armar escándalo. Me imagine que era un coyote y fui a ver si no se había metido al gallinero.”

JM: “Me imagino que no era un coyote. ¿Qué fue lo que vio?”

LV: “Pos una carreta rodeada de unos jinetes vestidos con cananas como las fotos viejas de los villistas. Al principio les reclame que porque estaban allanando mi tierra. Ellos me encañonaron con sus rifles y me forzaron a escarbar al pie de unos árboles muy viejos en la orilla de mi solar.”

JM: “¿Y que encontró?”

LV: “Pos había un baúl medio podrido. No me quisieron ayudar a sacarlo y cuando lo estaba poniendo en la carreta se hizo pedazos. Estaba lleno de pesos de plata de los que había acuñado Pancho Villa y que tenían la leyenda ‘Muera Huerta’. Me hicieron recoger las monedas y ponerlas en unas bolsas de lona. Luego la carreta y los jinetes se desaparecieron.”

(clic)

Apague la tele con disgusto. Pinches muertos, era evidente que algo se traían entre manos los cabrones. Estaban mandando gente al mundo a extraer los tesoros que enterraron en vida. Tienen que usar mortales para escarbar. Luego meterían las carretas a Infiernotitlan a través de los múltiples túneles olvidados que conectan al infierno con el mundo. Meter contrabando a Infiernotitlan es de lo más fácil. Yo lo tolero pues me dan mi mochada.

Llame a Viboriano. “¿Encontraron algo?”

“Licenciado, hemos encontrado varias cosas. Por principio, en una casona de la esquina de Goyo Cárdenas y Avenida Poquianchis encontramos un arsenal. Son como dos mil fusiles de tiempos de las intervenciones. Creo que son los que se robaron recientemente del museo de las intervenciones en el DF.”

“La PGR dijo que sacaron como 4000 fusiles del museo. Alguien tiene los otros 2000. ¿Para que chingaos quiere alguien fusiles del año del caldo?”

“A menos que sea lo único que sabe usar su gente, licenciado. Pero tengo otras novedades.”

“Desembuche.”

“Estábamos cateando los departamentos del INFIERNAVIT, donde vive doña Carlotita.”

“Mas le vale que no hayan entrado en su departamento.”

“No lo hicimos, jefe. Pero en un tambo de basura en un callejón junto encontramos a otro difuntito.”

“¡No chingues! ¿Otro?”

“Si, licenciado. Me temo que era Guerrero.”

“¡No la chingues! ¿Estas seguro que estaba muerto?”

“Si licenciado, ya estaba engusanado. Estoy llevando el cuerpo al separo.”

“No. Llevatelo al Popito. Aviéntalo en el cráter. Ah, y dile a tus muchachos que si sueltan la sopa de esto los meto al lago, ¿entiendes?” El Popito es un volcancito activo en las afueras de Infiernotitlan. El cráter siempre tiene un lago de magma. Ahí podría deshacerme del cuerpo del general.

“Sordenes jefe.”

XV. El Talquito

El Sarnoso puso una maleta en el escritorio de Santa Anna.

“¿Y esto que chingaos es?” preguntó el general.

Sin decir más, el Sarnoso abrió la maleta. Adentro había varias bolsas de plástico con un polvo blanco.

“Mire, mi general, es cocaína sin cortar. Medellín Golden.”

Santa Anna se rascó la cabeza. “No la conozco. ¿No traen oro o plata?”

“Esto vale su peso en oro, general,” el Sarnoso abrió una bolsa y le ofreció una pizca a Santa Anna. “Tenga, pruébela. Es como el snuff.”

“¿Me va a hacer estornudar?” preguntó Santa Anna mientras probaba el polvo. El Sarnoso lo contemplaba sonriendo. “¡Ah chingaos! ¡Eso estaba a toda madre! A ver, don Julián, denle cuatro cajas de parque al fulano este.”

“¿Jalan con las cuernos de chivo?” preguntó el Sarnoso.

“Tengo de ese calibre,” explicó el brujo.

“¡Ave Maria Purísima!” exclamó Santa Anna saltando como conejo. “¡Se me va a aparecer el diablo! ¡Que carajos! ¡Si yo soy el diablo! ¡Dale cinco cajas en lugar de cuatro! A ver, ¿quién sigue?”

“Mi general,” dijo Fierro saludando, “dice Pancho que aquí están estas talegas de monedas de plata. Queremos lo que alcance con estas.”

“Deja ver, te doy cuatro cajas.”

“Que sean cinco, mi general, mire, son pesotes de los que acuño Pancho. Son de plata pura.”

Santa Anna examinó las monedas. “Está bueno. Denle cuatro cajas y una de pilón de munición para 30-30. No le daré más de cinco cajas a nadie. Si no, no alcanzan todos. ¿Quién sigue?”

Se apareció un cacique indio vestido con una elegante capa yucateca y un penacho de plumas. Traía un traductor. “El señor en vida fue el emperador de Mitla en Oaxaca. Dice que tiene un asunto pendiente con los chontalpas desde hace mil años y se quiere vengar.”

Santa Anna lo vio con escepticismo. “¿Y tiene armas de fuego?”

“Mi señor no tiene tales cosas,” explicó el traductor. “Pero trajimos unas cajas con flechas. Queremos saber si su brujo podría hacerles el hechizo.”

Santa Anna volteo a don Julián. “¿Qué piensa, don Julián?”

“En teoría seria posible, mi general.”

“Bien, ¿Y que ofrecen a cambio?”

El señor de Mitla hizo una señal y se presentaron cincuenta indias de no malos bigotes. Santa Anna se echó otro farolazo de coca. “¡Ah carajos! ¡Muy buen pago trae este cabrón! ¡Con este cabrón polvo creo que podría pisármelas a todas en una noche! A ver, don Julián, échele la bendición a las flechas de estos cabrones y que se maten a su gusto.”

Ya que se fueron los de Mitla, Santa Anna le dijo a un ayudante. “Te me vas a mata caballo a buscar al cacique de los chontalpas y le dices por donde viene el toro. Explícale que si no quiere que le maten a toda su gente que me mande unas 50 indias de las mejorcitas que tenga y don Julián les hará unas flechas mágicas también.”

“Es usted un grandísimo cabrón, mi general,” dijo Andonegui riéndose.

“Usted nomás asegurase de que no nos vayan a volver a madrugar como en San Jacinto. Vera, algo les aprendí a los gringos hijos de puta. Y es que lo mejor es ser proveedor de armas que andar peleando guerras. Sacas más dinero de esa manera. Ahí te encargo el changarro. Yo me voy al palenque.” Y haciendo eso llenó una talega con monedas de oro y plata. También se llevó una bolsa de plástico con el “talquito”.

XVI. El Pastel se Descubre

Doña Cholita tocó en mi puerta. “Licenciado, aquí esta una muchacha llamada Jesusa Palancares. Dice que tiene información urgente que darle.”

En efecto, entró la soldadera. “¿Y que cuenta Jesusa?”

“Oiga, licenciado, parece que el Sarnoso metió unas maletas de droga de contrabando.”

“Pos no seria novedad. El Sarnoso es mi proveedor. Tiene puro talco del bueno.”

“Pero pos es que parece que fue con un tal Santa Anna y le compro parque mágico. Dicen los zetas que con ello pueden matar almas. En fin, se lo paso al costo.”

Casi me atragante con el café que estaba tomando. Le di otro centenario a la fulana y se fue. De inmediato llamé a Huerta.

“Oiga, general, el que se clavó los tiliches de don Charlie parece que fue Santa Anna y ya anda haciendo parque mágico y lo anda vendiendo. El Sarnoso le pagó con cocaína. ¿No ha habido algún reporte de Casimiro?”

“Ya tiene días que no se reporta, mi general. Para mi que si Santa Anna tiene balas mágicas Casimirito ya valió. Ya vide oste que siempre lo descubren.”

“Puta madre.”

“Oiga, hablando de Santa Anna, algo ha de haber de cierto.”

“¿Qué sabes?”

“Anda en el palenque el cabrón, apostándole a los gallos. Ya vide oste que siempre pierde.”

“Si, varias veces se acabó el presupuesto del gobierno en los palenques. Hasta vendió la Mesilla para pagar deudas de juego.”

“Pos ahí está el detalle, jefe. Esta vez no anda pidiendo fiado como siempre. Ha pagado en monedas de oro y plata. Y parece que anda todo faroleado con talquito. Tiene tres días que no duerme. Nomás esta apostándole a los gallos y trae los ojos todos pelones.”

“Seguro que ahorita Santa Anna no pasa una prueba de orina.”

“Si jefe. Ah, y recibí una llamada por celular.”

“¿De quien?”

“Era don Max. Dice que se quiere ver con usted, en privado.”

“¿En donde?”

“Esta noche, en el monumento al batallón Olimpia.”

“Ni madres, dile al cabrón que se presente aquí en mi oficina si algo quiere. Yo no voy a andar haciendo desfiguros. Además ese barrio esta rete feo.”

Una hora después don Max se presentó en mi oficina. Estaba todo lleno de moretones y harapiento.

“Y ¿pos que le pasó a usted? ¡Parece teporocho!”

“He andado a salto de mata, licenciado. Carlota me intentó asesinar.”

“Ah caray, barájemela mas despacio.”

“La cabrona mando a Zuloaga y a Márquez a venadearme.”

“Con balas mágicas, me imagino.”

“Si. Es obvio que usted ya se entero. De milagro logre escapar. Licenciado, ayúdeme y le diré todo lo que se.”

“¿Para que si de todas maneras me vas a decir todo lo que sabes?”

Max palideció. Yo me reí. “No se preocupe, don Max. Prefiero obtener la información por las buenas. A ver, siéntese, y cuénteme todo.”

XVII. Arreglos

El teléfono sonó en el despacho de Francisco Villa en Nuevo Canutillo, a diez kilómetros de Infiernotitlan.

“¿Jelou?” contestó el centauro.

“¿General? Habla Benito Juárez.”

“Ah, que bien, señor presidente. ¿En que puedo servirle?”

“¿Qué tanto sabe de este fulano Calles? Me dicen que encabeza una banda de facinerosos que le llaman el PRI. ¿Es cierto?”

“Pos vera, yo conozco al turco desde la revolución. Y si, siempre fue un grandísimo hijoeputa. Y algo oí que formo ese grupo de maleantes. Es algo ansina como los 40 ladrones de Ali Baba. Pero eso fue después de que yo me morí. Parece que con esa banda mangonearon allá arriba por setenta años.”

“¿Setenta años? ¡Que bárbaros! Me han dicho que son expertos en hacer fraudes electorales.”

“Si, eso también he oído, señor presidente.”

“Llámeme Benito, general, yo ya no tengo la silla. Escuche, mi general, ni a usted ni a mi nos conviene que haga Calles un fraude electoral.”

“Pos va a requerir trancazos, don Benito. Ese turco cabrón es muy taimado.” Villa le sonaba evasivo al fino colmillo político del oaxaqueño.

“Mi general, entre gitanos no se vale echarse las suertes. Dígame, ¿usted ya mando gente a ver a Santa Anna?”

Villa se rió. “Ah que don Benito. Pos si.”

“Nosotros también. Zaragoza ya armó al Supremos Poderes con parque del bueno.”

“Y yo tengo a mis dorados igual de municionados.”

“Pos vamonos coordinando, ¿no cree?”

“Yo estoy puesto.”

“Bien, mandare a Zaragoza a ponerse de acuerdo con ustedes. No hay tiempo que perder.”

Mientras tanto, Obregón llegaba al rancho de Calles. “¿Cuántas cajas de parque te vendió Santa Anna, Plutarco?”

“Le logre lagrimear cinco. No es mucho. ¿Trajiste a los yaquis?”

“Si, finalmente ya se amansaron los cabrones. Escucha, nadie aguanta un cañonazo de cincuenta mil pesos en centenarios. Vamos a ofrecerle más lana a Santa Anna. Necesitaremos mas parque. Cinco cajas no duran ni media hora.”

“El cabrón no le esta vendiendo mas parque a nadie. Su brujo argumenta que no se puede hacer tan rápido. Si dices mal el encanto se te aparece un demonio horrible que se llama la Chucky. Además, ¿de donde vamos a sacar cincuenta mil pesos en centenarios?”

Obregón le hizo una señal a los yaquis. “Yo no podía robar a dos manos pero me hice mi guardadito e hice que me enterraran con él.”

Los yaquis trajeron un pesado baúl y lo abrieron frente a Calles. Estaba lleno de centenarios. “Puta madre, ese si seria un cañonazo.”

“No se lo ofreceré a Santa Anna. El que sabe como hacer el parque es el brujo ese don Julián.”

“Eres un cabrón, Álvaro.”

Obregón se rió. “A huevo. Voy a mandar unos yaquis para que se apalabren con él. Al fin que entre indios se entienden. Mientras, ¿cómo va lo de las elecciones?”

Calles se rio socarronamente. “Estoy esperando refuerzos de ‘arriba’.”

“¿Qué quieres decir?”

“Parece que hay un paisano, un sonorense, que mangonea en el PRI ahora. Es un tal don Beltrone. Ya ves que perro no come perro. Ya me apalabre con él. En cualquier momento nos caen los refuerzos para hacer la tranza aquí.”

“Pos mientras sugiero que repartas el parque entre mis yaquis,” sugirió Obregón. “Pondré centinelas. No le confió nada a Pancho. El cabrón es capaz de intentar madrugarnos.”

En eso entró Porfirio Díaz acompañado de Limantour. “Señores, ya nos conocemos. Escuchen, traigo conmigo un batallón de juchitecos.”

“Ah,” dijo Plutarco, “y me imagino que también fue a ver a Santa Anna, ¿verdad?”

“Si. Santa Anna se volvió muy popular recientemente. Y bien, a lo que truje Chencha. Me dicen que usted es el bueno para las tranzas, don Plutarco. ¿Qué tal si nos vamos arreglando? No pido mucho, tan solo unos curules para mi gente.”

“Pos pónganse cómodos señores y vamonos apalabrándonos,” dijo Calles. “Hablando se entiende la gente.”

“Y por supuesto, necesitamos ciertas garantías para los inversionistas,” añadió Limantour.

XVIII La Venta

Le pase los binoculares a don Viboriano. “A ver, que le parece a usted, don Viboriano.”

El pelón escudriño con cuidado la venta de Santa Anna. “Los centinelas están alertas, licenciado. No los vamos a sorprender.”

“Espérenme aquí entonces. Apuesto que esos negros tienen la garganta seca.” Me subí a una carreta llena de barriles de ron y me apersone como Santa Anna.

“¡Ya regresó el general!” gritó un centinela al verme.

“¡Albricias mis valientes soldados! Vean, les traje la recompensa que merecen. Es ron añejo. ¡Libiamo! ¡Libiamo! ¡Beban muchachos! ¡Aquí hace un calor de la chingada! ¡Justo es que tengan un breik!”

“Mi general,” saludó Andonegui, “si los muchachos se ponen beodos nos pueden madrugar.”

“No sea coyón, Andonegui. Mire, pruebe un trago del ron.”

“Jijos, mi general, ya vide como nos fue en San Jacinto.”

“¡Es una orden, cabrón!” Hice un ademán hipnótico y Andonegui de inmediato obedeció y se puso a tomar trago tras trago. Mientras tanto, los mulatos del ocho no habían necesitado mas incentivos. Definitivamente tenían la garganta seca. Abrieron las barricas y el ron empezó a fluir.

“Mi general,” dijo don Julián, “tengo la bodega llena de parque. Y los chontalpas mandaron sus indias también. Les hice una remesa de flechas y van a venir a recogerlas.”

“¿Indias?”

El brujo se me quedo viendo fijamente. “¡Tu no eres Santa Anna!”

Hice un ademán hipnótico pero el brujo taimado me mostró un crucifijo. “¡Chinga a tu madre!” grité. De pronto me cayeron encima como cien indias encueradas y me jalaron a una recamara. Me empezaron a jalar la ropa y no me dejaban concentrarme para poder controlarlas. Mi celular sonó y a duras penas pude contestarlo mientras la avalancha de mujeres esas me manoseaba. El brujo aprovechó para huirse.

“¡Jefe!” dijo Viboriano. “¡Se ven dos columnas de caballería aproximarse!”

“¡Carajos! ¡Déjenme cabronas!” Era evidente que el brujo ejercia un hechizo sobre ellas.

“¿Jefe? ¿Está usted bien? Oigo risas de mujeres.”

“¡Ni te imaginas cabrón! Escucha, ¿están ya fumigados los mulatos?”

“Apenas se sostienen, jefito.”

“¡Pos entrale con los chamucos! Escucha: vayan directo a la bodega. ¡Esta llena de parque! ¡Carguen lo que puedan! ¡Y píquenle!”

No pude ordenar más porque unas manos femeninas me arrancaron el celular.

“Mire usted, mi general Fierro,” dijo el centauro ofreciéndole el telescopio a Rodolfo Fierro. “Mire a esa guarnición. Ese espectáculo ¡es vergonzoso! ¿No le he dicho cuantas veces que no hay nada peor que el alcohol? Esa guarnición está completamente borracha. Cualquier cabrón podría caerles encima y ni las manos meterían.”

“Con todo respeto, mi general Villa,” contestó Rodolfo Fierro, “¿podría ser un cabrón ansina como usted que trae cien dorados al que se refiere?”

“Exacto. A ver, corneta, suena paso de carga.”

“Un momento, señores,” dijo Zaragoza apuntando a oriente. “Allá en lontananza se ve la humareda de otra columna.”

Villa alzó el telescopio y observó. “¡Me lleva la chingada! ¡Son los yaquis del perfumado!”

“¿Son sus enemigos?” preguntó Zaragoza.

“Si, y son unos grandísimos hijoeputas. A ver, corneta, ¡ordene que se despliegue la columna!”

Casi al mismo tiempo el cacique de los yaquis divisó a los villistas y también tomó las diligencias del caso. Viboriano mientras tanto entró a la venta y sus hombres estaban cargando las carretas. Los mulatos ni opusieron resistencia, solo estaban libando y cagandose de la risa. Finalmente, logré dar una orden a las mujeres: “¡Engarrotenseme ahí!”

Todas quedaron inmóviles. Logre salir de entre la turba de indias en cueros y me quite el disfraz de Santa Anna.

“¡Píquele Viboriano!”

“¡Ya mero acabamos jefe!”

“¡Olvida lo que queda! ¡Vamonos! ¡Arrea las mulas! ¡Vamonos directo al San Juan de Ulua!”

El San Juan de Ulua es una replica de la fortaleza veracruzana que hice construir a orillas del lago de mierda Reyes Herodes. Salimos en desbandada. Afortunadamente las dos columnas habían empezado a tirotearse entre si y no nos detuvieron.

Mientras el brujo don Julián vio a los chamucos huir. Traía con él la copia del Necronomicon y las notas de don Charlie. Les hizo la señal de mal de ojo a los chamucos, a los villistas, y a los yaquis y maldiciendo quedamente se internó entre el mal pais.

XIX La Palomilla se Junta

Al día siguiente me apersone otra vez en mi oficina. No tenia ni cinco minutos ahí cuando me llamó el chamuco a cargo de la puerta del infierno.


”Licenciado, mas vale que venga aquí. Hay unos fulanos que insisten en entrar.”

“Que no estén chingando no son horas de visita.”

“Traen un chingo de oficios y papeles con sellos y aguilitas, licenciado. Yo que usted venia para acá.”

Pos me apersoné ahí. En efecto, había una multitud de cabrones, todos vivos, esperando entrar. Se acerco un cabrón que luego luego reconocí.”

“Licenciado, por orden del TRIFE, venimos a encargarnos de la elección,” dijo Fraugalde entregándome un oficio. En efecto, este tenia aguilitas, sellos, y hasta los volcanes.

“¡Me lleva la chingada! ¿Y esos cabrones quienes son?”

“Son voluntarios que manda mi mamá, perdón, la maestra Chucky. Son maestros que van a actuar de jefes de casilla.”

“Ah, ya caigo, Calles hizo que vinieras, ¿verdad?”

“Yo no se de eso, licenciado,” dijo Fraugalde con altanería. “A mi me dijo don Beltrone que me presentara aquí. Bien, ¿nos abren el paso por las buenas?”

“Pos mete a esos cabrones y hagan la cochinada que quieran. A mi me vale.”

Los maestros empezaron a entrar siguiendo a Frauglade.

“¿Y esos vivos?” me preguntó Sor Juana que acababa de llegar al portón.

“No son vivos, madre, son vívales. Vienen a ayudar a Calles a hacer su tranza. En efecto, el PRI va a tener carro completo. Ni modo, me voy a tener que arreglar con el turco. Oiga, ¿y que hace usted aquí?”

“Licenciado, ¿ha pensado a donde van los muertos?”

“Como dice la canción, madre, quien sabe adonde van.”

“No, hablo en serio, licenciado. Las almas se están muriendo aquí en el averno. ¿Adonde van? ¿Hay acaso otro mas allá, mas allá que este?”

“Pos no tengo la menor idea, madre.”

“Yo tengo una teoría licenciado. Pero necesito tener acceso a sus archivos de entrada.”

“Con todo gusto, madre. A ver, Seboruco,” le ordene al chamuco a cargo, “dale a la madre todo lo que te pida, ¿entiendes?”

Me regrese a mi oficina. Como al mediodía Cholita me advirtió. “Licenciado, mejor asómese al balcón.”

“¿Qué onda?” Observe. Una multitud se había congregado en el zócalo de Infiernotitlan. “¿Quiénes son esos cabrones?”

“Dicen que son juaristas, licenciado,” explicó Cholita.

En efecto, se me presentó Guillermo Prieto. “Licenciado, nomás para advertirle que tenemos entendido que ya se maquina el fraude electoral. Dice don Benito que si eso ocurre su gente va a tomar el centro histórico y harán plantón.”

“No chinguen, si de por si el trafico está de la chingada.”

“Pos no es amenaza, es promesa.”

“¿No confía don Benito en las instituciones?”

“De maje. Nuestra gente se va a quedar aquí hasta mañana, cuando se hagan las elecciones. No nos iremos hasta asegurarnos que haya un conteo limpio, si es necesario voto por voto.”

“Y casilla por casilla, esa cantaleta ya la conozco,” dijo Fraugalde entrando.

“Ya sabemos quien es usted, señor Fraugalde,” le advirtió Prieto.

“Yo le aseguro que el IFE vera por la legalidad y transparencia de las elecciones.”

Bueno, desafortunadamente yo fui el que no me pude aguantar y me cague entonces de la risa. “Chingaos, hasta se van a matar por unas putas diputaciones locales. Era mejor cuando yo era el único que mangoneaba.”

Fraugalde palideció. “¿Matar? ¿De que habla licenciado?”

“Pos yo creo que el plomazo sin hechizo o con él mata un mortal. Y ustedes lo son. Mire, Fraugalde, aquí está la cosa color de hormiga. Tengo puros cabrones de armas tomar aquí abajo. Son miles de sombrerudos, bandidos, alzados, revolucionarios. Y ya están armados y enchilados. Taravisa no los va a amansar como allá arriba pues aquí no entra su puta señal. Este señor Prieto, por ejemplo, tiene un batallón bien armado y municionado para lo que se ofrezca. ¿Verdad señor Prieto?”

“Si, licenciado, el Supremos Poderes esta esperando la orden de don Benito. Y también están Villa y sus dorados de nuestra parte.”

Calles y obregón entraron entonces. “¿Pos que tanto miedo le tiene usted a la muerte, Fraugalde?”

“No la chinguen. Yo todavía no me he muerto.” Era evidente que Fraugalde estaba todo cagado.

“Ya que te dan el plomazo luego ya no sientes nada,” explicó Obregón. ”Si lo sabré yo.”

“Además, nosotros también tenemos tropas,” añadió Calles.

“¡Usted ya ni la chinga!” me gritó Santa Anna entrando también. “¡Este grandísimo cabrón chamuco se chingó todo mi parque y quien sabe donde chingaos anda mi brujo!”

“¡Pues yo no se nada de eso!” dijo Prieto. “Yo solo le puedo advertir a usted, señor Fraugalde, que si hace chanchullo no espere que los callistas lo protejan todo el tiempo. ¡Nosotros somos un chingo! ¿De verdad cree que podrá salir vivo de Infiernotitlan? Nosotros no somos ni civiles ni pacíficos.”

“¡Ay Dios!” gimió Fraugalde que era un coyón.

“¡Juárez es un peligro para Infiernotitlan!” dijo don Yvo Limantour también entrando. “¡No va a respetar las instituciones! Usted Fraugalde, debe poner el ejemplo, ¡muriendo por ellas si es necesario!”

“¡No la chingue!” protestó Fraugalde.

“Pos ya está reunida toda la palomilla,” me reí. “¡Que enternecedor!”

XX El Golpe de Estado

Los encare a todos los cabrones. “Y si, don Antonio, yo desplume su bodega. Pero a eso iban también los villistas y los yaquis. Toco que yo llegue antes. Señores, sépanlo, yo tengo ahorita diez veces mas parque que todos ustedes juntos. Y está a salvo y bajo cuidado de mis chamucos en el San Juan de Ulua.”

“¡Ay cabrón!” exclamó Calles. “¿Qué le parece si nos arreglamos, licenciado?”

“¡No tome una decisión sin considerar nuestra oferta!” imploró Limantour.

“¿Y usted no dice nada, Prieto?” le pregunte.

“Pos ya conoce a don Benito. Ese de que se monta en su macho no tranza. Aun si usted apoya a estos señores, don Benito va a seguir de terco su lucha.”

“Pos bien, sepan que no me he decidido por ningún grupo de cabrones. Eso si, les voy a poner de condición que las elecciones sean limpias mañana, o si no, le doy parque a zutano o mengano. Me vale.”

“¿Elecciones limpias?” preguntó Fraugalde con cierto asco. “¿Existe eso?”

Santa Anna se rió. “Pos eso está muy bien, cabrón chamuco, sin embargo, te olvidas de una cosa.”

“¿De que?”

“¡De Carlota!”

Se empezaron a oír gritos y tiros en la plaza.

“¡Mantengan la formación!” ordenó Miramón. Los rumores eran ya muchos y Miramón decidió no esperar a las elecciones y había adelantado el golpe de estado. La brigada Zuloaga marchaba en perfecto orden y con las bayonetas caladas por la Avenida Negro Durazo. En cuanto irrumpieron en la plaza la multitud se dispersó. Hubo unos cuantos tiros pero no fue más. Se armó una corretiza.

“Bueno, licenciado, con permiso,” dijo Prieto ahuecando el ala. “¡Patas para que sois buenas!”

“Mucho gusto señor Fraugalde,” dijo Calles. “Me saluda a don Beltrone, si es que logra usted salir vivo. Yo tengo otro compromiso. Con su permiso. ¡Pícale Álvaro o nos carga la tristeza!”

“Bueno,” dijo Limantour azuzándose el bigote, “yo creo que un gobierno realista podría ser beneficioso para los inversionistas.”

“Pos vaya y haga su luchita, don Yvo. Vengase conmigo, doña Cholita, nos iremos por el túnel.”

“¿Y yo?” gimió Fraugalde.

“Pos vete por todo lo que es Díaz Ordaz, pasando el lago de mierda Reyes Herodes. Llegaras al portón. Está a solo diez kilómetros de aquí. O agarras el microbús que hace esa ruta, aunque orita no creo que este corriendo. Yo que tu ahuecaba el ala, chato, esos mochos a la mejor no entienden razón.” Oprimí un botón y una puerta falsa reveló el túnel de escape. Yo y Cholita nos fuimos por el hasta emerger en el San Juan de Ulua.

Bajé al bunker. Habían monitores en las paredes mostrando tomas de puntos estratégicos de Infiernotitlan. “Dame un reporte, Viboriano.”

“Con la novedad, jefe, de que Miramón ya tomó el palacio chamucal. Los villistas, juaristas, y callistas se han retirado a las montañas. Porfirio fue lo suficientemente pendejo de quererles hacer frente con sus juchitecos. Pero Miramón lo derroto gacho. Limantour, por cierto, ya desconoció a Porfirio. Dice que CCE de Infiernotitlan reconoce al nuevo gobierno imperial.”

“Si, ese cabrón de Miramón era mucha pieza en vida. Me imagino que ya controla Infiernotilan.”

“El centro histórico por lo menos, jefe. Ah, y mire, los mochos están sacando a los curas del lago de mierda Reyes Herodes.” Viboriano apuntó a una toma del lago donde, en efecto, las tropas de Miramón estaban ayudando a los curas a salir del lago de mierda.

“Bola de mochos cabrones. A ver como les quitan el ‘olor a santidad’ a los clérigos que tenia ahí.”

“A Miramón se le han unido un chingazo de PANistas y de cristeros. Estimo que tiene como 50,000 gentes de su lado.”

“¿Y parque?”

Viboriano sacudió la testa. “No parece faltarle.”

“Entonces ha de tener una fabrica en algún lado.”

“Probablemente pero no tenemos indicación en donde está.”

“Me lleva.”

“Jefito, tengo mas malas noticias.”

“Pos desembucha, total.”

“El gobierno PANista allá arriba ha reconocido a Carlota como emperatriz de Infiernotitlan. Uribe de Colombia acaba de anunciar también su reconocimiento. Se espera que los gringos hagan lo mismo de un momento a otro.”

Sonó el teléfono. Era Sor Juana llamándome desde el portón. “¡Licenciado! ¡Tengo una noticia tremenda! ¡Mi teoría era correcta! ¿A que ni sabe quien se apareció aquí?”

XXI. La Coronación

El arzobispo Pelagio Labastida espantó el mosquero que lo rodeaba. Aunque se había dado un baño de varias horas y había recibido fricciones de alcohol, el tufo que había adquirido en el lago de mierda Reyes Herodes seguía tan fuerte como siempre. Después de todo, había pasado en ese lugar más de un siglo. Labastida murmuró una mentada de madre y salio del aposento que le habían proporcionado en el palacio chamucal. Ya lo esperaban varios curas y obispos. El tufo de estos era igual de fuerte. “Maldito chamuco,” les dijo entre el mosquero que los acompañaba, “¿como podemos dar misa ansina de apestosos?”

“Pos, señor arzobispo,” le explicó el padre Maciel, “para empezar no hay ni una sola iglesia en este horrible lugar. Y en cuanto caminamos por la calle la gente se va huyendo de nosotros o se desmaya por nuestro olor. Nadie va a querer recibir la hostia de nuestras manos.”

“Señores,” dijo Miramón entrando, hasta este hizo una mueca de disgusto al olerlos, “la emperatriz los aguarda. Jijos, creanme, en unos cuantos días se les va a quitar ese olor. Tienen que seguir bañándose con aguarrás. La mierda penetra en los poros. Así me paso a mi. Síganme, por favor.”

Los clérigos salieron al zócalo de Infiernotitlan. Una multitud llenaba la plaza. Varios fieles, devotos católicos, intentaron acercarse pero el olor los hizo retroceder. Conforme avanzaba el grupo de clérigos, la gente les abría paso asqueada. Varios se desmayaron. “Maldito chamuco,” murmuraba constantemente Pelagio Labastida.

Sobre un estrado se encontraba Carlota. Labastida subió al escenario mientras los curas intentaban cantar un kyrie eleison desganado.

“¡Mejor callaos!” ordenó Carlota con desdén a los curas. La emperatriz se dirigió a Labastida. “Y vos, apresurad esto que no puedo aguantar vuestro tufo.”

Labastida suspiro. Miramón le pasó la corona. Labastida la sostuvo sobre la testa de Carlota y en voz alta anuncio: “¡Salve Carlota, imperatrix Avernus!” mientras la coronaba. La multitud empezó a aplaudir.

“Bien, ya es suficiente, ahora que se vaya esta gente, general Miramón, o voy a vomitar de asco.”

“Váyanse por favor, señor arzobispo, padres,” les pidió Miramón. Los prelados se retiraron abriendo un surco amplio entre la gente. La multitud empezó a echarle porras a Carlota.

“General Miramón, todo esto es muy satisfactorio. Pero, dígame, ¿dónde esta Max?”

“¿Señora? Usted bromea, ¿verdad? Fue por orden de usted que mande a Zuloaga y Márquez a matar al emperador.”

“¿Os atrevisteis a derramar sangre real?” Los ojos de Carlota brillaban en demasía.

“Señora, ¡usted me lo ordeno!”

“Me habéis ofendido, general. Bien, hablaremos de esto después, cuando Max regrese. ¿Qué sigue ahora?”

Miramón por un momento no supo que decir. Max, por supuesto, no iba a regresar. Zuloaga y Márquez le habian asegurado que lo habían matado. “Bien, señora, viene el besamanos. Todos estos son políticos que vienen a ponerse a sus ordenes.”

“Santo Dios, general, ¡si son miles!”

“Es que aquí hay políticos desde tiempos de los olmecas, señora.”

“¡No me diga que todos van a querer hueso!”

“Me temo que eso es lo que buscan, si.”

Grupos enteros de políticos vinieron a postrarse frente a Carlota. Una buena parte hablaban idiomas que no eran traducibles al español. “Estos fulanos, me dicen, vienen de una ciudad del sureste que existió hace tres mil años. No hay quien hable su lengua. Pero como usted ve, traen objetos de jade, plumeria y guajolotes para homenajearla.”

Pronto el templete de Carlota estaba lleno de varias decenas de guajolotes. Una totola incluso se anido en su regazo. Carlota acaricio al animalito y la multitud le aplaudió pues parece que indicaba que una diosa guajolota la favorecía. Alrededor de Carlota había cestos rebozando con preciosos objetos de jade, telares yucatecos, sandalias con joyas preciosas, plumas con polvo de oro, etc. El sonido de los caracoles era continuo.

“¡Santo Dios! Miramón, ¡no comprendía yo que había tanto indio en México!”

“Es que el licenciado tenia aquí gente desde tiempos de los olmecas. Y ellos están acostumbrados a ser gobernados por reyes y emperadores. De ahí que hallan aceptado sin problema su gobierno.”

“Pues por favor anunciadles que me retiro. Esos caracoles me…¡están volviendo loca! Ah, y dile a Max que venga a mi recamara. Me siento amorosa.”

Sin esperar al anuncio, Carlota se levantó de su trono. A su alrededor miles de indígenas se postraron a su paso mientras ella se dirigía al palacio chamucal.

Unas horas después, Miramón se encontraba en mi oficina en el palacio chamucal. El joven Macabeo había encontrado mi botella de ron con un murciélago dentro y estaba bebiendo a pico de ella. “¿Usted me llamó?” le preguntó la Güera Rodríguez.

“Si Güera. Dígame, ¿ha notado algo raro en Carlota últimamente?”

“No me diga que se le volvió a botar la canica.”

“Eso me temo. Me mando que le trajera a Max.”

“No, pos ya lo tiene. Hizo un monigote con barbas y lo tiene en su cama con ella.”

“¡Me lleva la chingada!” juró Miramón.

“¿Qué hacemos?”

“Pues no me pueden quitar Infiernotitlan. Mis muchachos controlan todos los accesos. Ayer Zaragoza intento un ataque por el rumbo del Popito y fue derrotado completamente. Además, yo tengo la única fabrica de parque pues me informan que la de Santa Anna ya no produce.”

“Bueno, olvídese de Carlota. Acuérdese que ella solo buscaba que la extraditaran al infierno europeo. Tome usted el mando.”

“Creo que así tendré que hacer. Será el sereno, Güera, pero yo no regreso a ese puto lago. Primero me doy un plomazo con una de las balas hechizadas.”

Zuloaga y Márquez se presentaron. “Los villistas intentaron entrar por el rumbo del monumento al batallón Olimpia.”

“¿Y?”

“Los rechazamos,” explicó Márquez. “Les matamos mucha gente.”

“Bien. Ahora díganme una cosa cabrones. ¿Están seguros de que mataron a Max?”

“Le disparamos a quemarropa,” le aseguro Zuloaga.

“Con lo borrachos que son ustedes no estoy seguro si así le pegarían.”

“Pos, lo admito,” dijo Márquez amoscado, “no lo vimos caer.”

“¡Iba herido de muerte, estoy seguro!” aseguró Zuloaga.

“Claro, era muy oscuro,” explicó Márquez. “Se nos perdió.”

“O sea, par de pendejos, fueron a hacer el trabajito borrachos y no saben si el emperador en verdad murió.”

“Bueno, si habíamos tomado,” admitió Zuloaga.

“No cualquiera le levanta la mano al emperador,” explicó Márquez. “Nos teníamos que dar valor.”

“¿Ya llegó Max?” dijo Carlota entrando.

“Ya mero llega, señora,” dijo Miramón.

“Pos si ya lo tiene oste en la cama,” añadió la Güera.

“Güera, si os referís al monigote ese, ¡ja ja!, pues tendrá la barba pero no es Max. ¿Acaso creéis que estoy loca?”

“Señora,” dijo Miramón con dulzura, “estos últimos días han sido muy ajetreados. Creame, Max ya viene en camino. Pero usted tiene que ver por su salud. ¿Por que no me proclama regente del imperio mientras usted se recupera?”

“No hay necesidad de tal cosa, general. Max bien puede gobernar en mi nombre. Bueno, mientras quiero ir a Chapultepec. Este lugar es muy caluroso.”

“¿Chapultepec?” preguntó Miramón atónito.

“Ah, es que Chapultepec está en manos de los juaristas, señora,” pretextó Zuloaga. “Pronto lo retomaremos.”

“Si, en cuanto se presente don Max…para que arengue la tropa,” añadió Márquez.

“¿Pero como se va a presentar Max si esta muerto?” preguntó Carlota. “Yo os ordene matarlo. ¿Cumplisteis mis ordenes verdad?”

“Los generales Zuloaga y Márquez mataron a don Max, señora,” dijo Miramón.

“¿Derramaron la sangre de un príncipe? ¡Como se atreven! ¡Fusilelos general Miramón!” dijo Carlota mientras se iba furibunda del lugar.

“Ay, Dios mío,” dijo la Güera mientras se servia un trago de ron. “¡Si es cierto! Ya se le botó la canica.”

“¿No nos vas a fusilar, verdad, Miguel?” preguntó Zuloaga. El hombre estaba muy pálido.

“¿Desobedecer yo una orden directa de la emperatriz?” Miramón sonrió. “Yo creo que es hora de tomar ciertas decisiones, ¿no creen?”

XXII. El Resucitado

El centauro sacudió su cabeza. “Ay madre, no es por nada, pero suena muy fantástico lo que dice”

“Ya les mostré la evidencia, señores,” dijo en voz queda Sor Juana.

“Licenciado, ¿qué opina usted?” preguntó Zaragoza.

“La monja esta en lo correcto,” dije mientras apuntaba a un fulano que nos veia calladamente. “Digo, véanlo, tóquenlo, lo que dice Sor Juana es cierto.”

“Yo lo vide muerto,” aseguro Huerta. “Estaba bien difunto, hasta engusanado.”

“A ver, madre, vuélvamelo a explicar,” pidió Villa, “la señora Carlota le enterró al general Guerrero el cuchillo.”

“Si, aquí en mi pecho,” admitió Guerrero mostrándoles una cicatriz en su pecho.

“Y oste se murió.”

“Si, de inmediato.”

“Pero se despertó justo después de que el traidor Picaluga le había dado el tiro de gracia.”

“Si, ese cabrón me fusiló y me sorrajó un plomazo en la sien. Pero para su sorpresa me incorpore. Estaba incólume pero había regresado al momento de mi muerte cuando Carlota me mató. Picaluga me volvió a soltar un plomazo en la molleja y acto seguido me presenté en Infiernotitlan donde la monja me reconoció. Traigo un dolor de cabeza de la chingada.”

“La gente que les mataron ayer no tarda en presentarse en el portón,” añadí.

Villa se rasco la testa. “Ah caray, entonces según las pocas luces de mi inteligencia, si me matan aquí ¿me despierto en Parral cuando me estaría llenando de plomo Meliton Lozoya?”

“Pos en una de esas logra usted pelarse de Meliton.”

“No pos, si mis muchachitos saben que si se mueren aquí reviven allá arriba con mas gusto le van a entrar a la guerra,” dijo Villa.

“Igual mi gente,” admitió Zaragoza. “Les está usted quitando el miedo a morirse.”

“Pos yo y mis juchitecos le traemos ganas a Miramón,” admitió Porfirio Díaz. “Pero en cuanto les cuente como es el abarrote con mas ganas le van a entrar.”

“Bien, entonces, lo que tenemos que hacer es atacar coordinadamente. Cada uno ha atacado por separado y por eso los han derrotado,” explique. “Además, les advierto que tenemos solo 48 horas para restaurar mi gobierno.”

“¡Ya salio el peine!” se rió Villa.

“¿De que habla, licenciado?” preguntó Zaragoza intrigado.

“Miren, mi jefe, el Gran Shaitan, ya se enteró de la bronca aquí en Infiernotitlan. Y él no va a admitir que los presos controlen un infierno. Si no restauro el control sobre Infiernotitlan el Gran Shaitan va a pedir que el Lic. Jehová mande una legión de arcángeles a restaurar el orden.”

“¿Y que?” preguntó el centauro. “¿Son mucha pieza esos cabrones?”

La monja se persigno. “Mi general, destruirían Infiernotitlan y a todos sus habitantes. Son inmisericordes, ¿no es verdad licenciado?”

“Si, no respetarían a nadie ni nada. Sus espadas flamígeras son letales a las almas y a mis chamucos. Se supone que solo los van a soltar el día del Apocalipsis.”

“¿Y nos quedan 48 horas?” Zaragoza sonrió. “Se puede hacer mucho en dos días. ¿Cuándo atacamos?”

Extendí un mapa de Infiernotitlan. “Atacaran mañana en la madrugada, a las cuatro de la mañana. Usted Villa, atacara por el Popito. General Díaz, meta sus juchitecos por el lago y avance a lo largo de la avenida Díaz Ordaz. Usted, general Zaragoza, avanzaría con el Supremos Poderes por la calzada Negro Durazo hasta entrar al centro histórico. Calculó que somos tres veces más que los mochos. No aguantarían si los atacamos todos a la vez desde varias direcciones.”

“Oiga, muchachito,” se rió Villa, “usted tiene mil chamucos, como que no oigo que vayan a hacer nada. ¿Por donde van a entrar ustedes? ¿O nomás se van a rascar las bolas?”

“Mi gente se meterá por los túneles que desembocan en el palacio chamucal. Miramón no sabe de su existencia. Pero antes, a la medianoche, tengo que meter a un agente.”

“Oiga, licenciado,” demandó Zaragoza, “ya andamos bajos de parque.”

“Les repartiré por partes iguales el parque que tengo. Creanme, señores, estoy cagado de miedo. Si San Miguel y sus legiones se presentan aquí entonces nos lleva la chingada a todos.”

“¿Y que del perfumado? ¿Dónde está ese cabrón?” preguntó Villa.

“Calles y Obregón están atrincherados en la venta con Santa Anna y sus mulatos,” expliqué. “El brujo de Santa Anna regresó pero perdió las notas de don Charlie en un acantilado. Ha estado tratando de hacer parque del mágico pero solo logró crear una plaga de unas cucarachotas con la cara de la Chucky. Calles y Obregón le han mandado propios a Miramón para parlamentar y llegar a un acuerdo. Pero si Miramón llega a un arreglo con ellos los cristeros y el arzobispo se le voltearían. Y nadie confía en Santa Anna, es puro pájaro nalgón el cabrón. No se preocupen por esos cabrones. Están cagados de miedo y no van a hacer nada. Y ya bastante ocupados están tratando de matar esas cucarachas.”

XXIII. Max y Carlota

Cerca de la media noche baje seguido de Sor Juana y don Viboriano a uno de los sótanos bajo el San Juan de Ulua.

“Es hora, don Max.”

“¿Tan pronto?”

“Si,” dije entregándole un cuchillo con un aura malévola. “Ya sabe lo que tiene que hacer.”

Max suspiro. Le abrimos la puerta que daba a un túnel. “Tome esta antorcha para que no se rompa la crisma. Camine por este túnel y eventualmente saldrá en mi oficina.”

Ya que se fue don Max note que la monja me veía con cierta tristeza. “¿Y qué? No se van a morir, madre.”

“Si, pero él no sabe eso.”

“Lo siento, raison de etat. Bien, Viboriano, alerte a los muchachos. Marchamos en tres horas.”

Miramón se despertó. A su lado, la Güera dormía todavía placidamente. “Algo va a intentar el licenciado. ¡Lo siento en mis huesos!”

“Duérmete otra vez, Miguel,” dijo la Güera modorra. “Mañana será mejor día. Olvida todo. Ven, hagamos el amor otra vez.”

“Una chingada,” contestó Miramón. El Macabeo se incorporó y se empezó a vestir. “Algo van a hacer estos cabrones.”

Miramón salio de su recamara rugiendo y buscando a sus subordinados. La Güera prendió un cigarro. En la recamara de a lado, donde dormía Carlota, le pareció oír voces.

“Ya está hablando sola otra vez la loquita,” se dijo la Güera. Aburrida, apagó su cigarro y se regresó a la cama.

“¡Max! ¡Max! ¡Max! ¡Regresaste mi amor!” dijo Carlota abalanzándose encima del emperador.

“Si, cherie, me dijeron que habéis tramitado vuestra extradición.”

“¿Ah si? Tal vez. Todo ha estado muy confuso últimamente. ¡Santo Dios! ¡Y pensar que os mande matar! ¡Ja ja! ¿De verdad hice eso? ¡He de haber estado loca! ¡Max! ¡Te adoro!”

“Ja, mein liebe, eso hicisteis, en efecto. Intentasteis matarme. Y me habéis sido infiel. Lo se todo. Sabes, he decidido que ningún chamuco ruso te va a estar violando en el infierno europeo. ¿Entiendes? Si no vas a estar conmigo ser mía no serás de nadie.”

“¿De que hablas Max?”

“Te quiero demasiado, mein liebe, no te voy a dejar ir. Eso es lo que quiero decir, ¡vieja cabrona!”

Max la abrazó y la beso. De pronto ella gimió y lo vio con horror. “Max…”

La emperatriz cayó al piso con el cuchillo enterrado en su pecho.

Fue entonces que entró Miramón y varios soldados en la recamara. “¡Daos presa alteza!”

“Ah, los pretorianos,” dijo Max con sorna. “Veo que decidisteis quitar a mi esposa del trono. ¿Qué? ¿Os estorbaba ya?”

“¡Usted!”

“¡Idos todos al diablo! Carlota, ¡voy contigo!” juró Max rebanándose el pescuezo con el cuchillo.

La Güera entró a la habitación. “Bueno, que no dejan dormir, chingaos. ¡Santo Dios! ¡Que desmadre!”

“Pos santo remedio,” maldijo Miramón.

“¡Miguel!” exclamó Zuloaga mientras irrumpía en la habitación. “¡Nos están atacando! ¡Márquez ya fue muerto!”

“¿Ah si? Bien, sígame, Zuloaga.”

“¿Los emperadores están muertos?”

“Fríos. Ambos. Yo soy presidente ahora. ¿Alguna objeción?”

“No, para nada, yo te sigo.”

“Bien, ¿por donde está entrando el enemigo?”

“Parece que por todos lados. Estamos siendo atacados por el Supremos Poderes a través de la calzada Durazo, por el rumbo del Popito por los dorados, e identificamos a los juchitecos viniendo por el lago.”

“Bien, llevese usted a mi guardia y contraataque a Porfirio. Yo me iré al Popito. Eso lo cubren los cristeros. Se van a quebrar luego luego si no estoy ahí.”

“¿Va a ir solo?”

“Con mi espada me basto.”

Ya que se fue Zuloaga, la Güera y Miramón se quedaron solos. “Güera, este arroz ya se coció. Como te dije, yo no regreso a ese lago. Antes me doy un plomazo.”

“Pos yo me lo doy contigo. El licenciado no me va a perdonar lo que hice.”

“¡No! Escucha, hay una alternativa. Vamonos al mundo.”

“Seriamos almas en pena.”

“¿Y que? Con tal de estar juntos. Buscaremos una casona en Coyoacan de las que tienen aparecidos. Ahí naiden nos va a molestar.”

“¿Y como le hacemos para huir?”

“Tu sígueme,” dijo Miramón. Y los dos se perdieron entre la confusión.

XXIV. Epilogo

Todo acabó en un par de horas. Al mediodía juntamos los prisioneros en la plancha del zócalo de Infiernotitlan. “Refundan a todos estos cabrones mochos en el lago de mierda,” ordené. “Y pongan a Labastida y a los curas en la parte mas profunda. En cuanto se vayan presentando en el portón los mochos muertos mandenlos al lago también.”

Viboriano me murmuro al oído. “Licenciado, encontramos la fabrica de munición de los mochos. Arrestamos a su armero.”

“Ah que bien. Pongalo en un calabozo en el San Juan de Ulua y transfiera ahí todo el parque. Ni Zaragoza ni Porfirio ni el centauro tienen ya mucho parque del mágico. Los yaquis se acabaron casi todo su parque tiroteándose con los villistas. Y creo que Santa Anna nada mas esta produciendo cucarachas.”

Sor Juana se rió. “Es que yo me entere que andaban queriendo comprar un Necronomicon en el mercado negro. Les hice llegar un Necronomicon alterado, licenciado. El brujo de don Antonio nunca lograra encontrar la formula correcta. Esa solo la tendrá usted.”

Viboriano estaba muy pálido. “Oiga, jefe, ¿siempre no vienen esos pefepos de San Miguel?”

“No, ya le avise al Gran Shaitan que está todo bajo control aquí en Infiernotitlan.”

Huerta revisó la lista de los nombres de los prisioneros. “Bueno, al que nunca encontramos fue a Miramón.”

“Me vale. Ha de haber caído muerto. En tal caso, al rato se presentara en el portón, igual que pronto caerán ahí Max y Carlota.”

La monjita contempló el cuchillo ensangrentado que encontramos en la recamara de los emperadores. “¿Siempre los va a extraditar, licenciado?”

“Mientras pueda no lo haré. Me he acostumbrado a la feria que me paga Austria. Y creo que Max no se va a querer ir. Chance su mujer entrara en razón después de todo esto.”

Esa noche, en una tétrica casona en Coyoacan la pálida luz de la luna ilumino a dos figuras espectrales que caminaban de la mano por el jardín de la mansión.

FIN

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