Wednesday, August 13, 2008

Cuento - El Secuestro de Satanas

El Secuestro de Satanás

I Dos Viejos Amigos

Dos hombres cuchicheaban quedamente en una mesa de la pulqueria “Los Doblones de la Malinche”.

“No la chingue, compadre,” dijo el Carlangas. El hombre estaba pálido. “Un cabrón ansina ha de traer guaruras.”

Frente a el estaba un hombre toscote, grande, de obvio origen africano. “Pos como cree, si va a jugar golfo, compadre. Solo lleva al caddy,” le explicó su compadre.

“¿Y por que a ese guey? ¿A poco batea de zurda?” preguntó Carlangas. El Cady era un transvesti que ruleteaba por el rumbo de la Merced, tan buenote que hasta el Carlangas había estado a punto de pecar.

“No sea guey compadre. Ansina le llaman al gato que usan para cargarle los palos de golfo. Es un chavito enclenque que se tiene que chutar con la bolsota el infeliz. Mientras, el viejo panzón se hace pendejo con la pelotita del golfo,” le explicó el moreno.

“Si de verdad quisiera hacer ejercicio para bajar la panza el señor cargaría la bolsa,” concluyó el Carlangas. “¿Y como sabes todo esto?”

El moreno sonrío. “Mira, yo andaba de ayudante del Tuercas, el plomero. Fuimos a arreglar unos caños ahí en el club de golfo de la jai. Luego regrese al otro domingo porque el administrador me vio y quería un mesero negro pues a los señorones estos les gusta sentirse como que son Ronal Regan con mesero de color sirviéndoles. En suma, trabaje ahí dos meses hasta que me mandaron a la chingada para que no hiciera antigüedad. Lastima. Era buena chamba y me daban buenas propinas. Pero ya vide que estos hijoeputas te corren con la mano en la cintura. Así fue como logre ver todo con detalle. El señor viene a jugar golfo después de la misa de doce. Se la pasa un par de horas en el golfo y luego se pone a chupar en el bar. Ya de noche se presenta una limusina con guaruras y se lo llevan a casa a dormir la mona.”

“Jijos, compadre, pero pos es un obispo. Está cabrón. ¿No nos vamos a condenar?”

“Nel, compadre, se llama Geronimo Seempeda, es el obispo de Echaquetapec. Pero pos ese cabrón ya tiene hartos pecados. Que condenar ni que la chingada. Es todo un hijoeputa.”

“¿Y cree que nos pagaran rescate?”

“Abuelita. Por lo menos varios melones, de eso tenga la seguridad.”

“Entonces, ¿como le hacemos? Usted y yo andamos a patin. Ni modo que nos lo llevemos en una pesera.”

“Mire, yo consigo la combi del Tuercas este domingo. El guey se va pa su pueblo ese fin de semana y quería que se la pintara. Me dejo su compresora. La pintamos de azul, hacemos el trabajito, y la repinto blanca, como quería el Tuercas. Metemos la combi al campo de golfo por el portón de servicio y levantamos al cabrón.”

“Oiga, compadre, ¿pero no nos van a ver entrar por el portón de servicio?”

“Nel, Carlangas, ahí no hay vigilancia. El manager quesque puso una cámara pero en realidad se clavó la feria según me contaron. El chavito se chingó una llave y me la pasó.”

“Pero seguro hay mas vigilancia,” insistió Carlangas. “Esos cabrones no se mean si no los cuida un guarura.”

“Abuelita,” contestó el negro. “Hay un guarura, un cabrón que llaman ‘El Tractor’ que maneja un carrito de golfo. Recorre el perímetro cada hora. Pero acuérdate, a los señorones no les gusta que los molesten mientras se hacen pendejos con la pelotita. No se mete al campo. Nomás vigila de lejitos.”

“¿El Tractor? Creo que se de quien hablas. ¿No es un grandote?”

“Si, y bien hijoeputa y trae fusca. Pero va a estar distraído,” explicó el negro. “¿Te acuerdas de la hija de doña Borola?”

“¿La flaquita?” Carlangas medio se acordaba de que una vez le había echado los perros a la hija del peluquero pero ella ni lo había pelado.

“Si, se metio a putilla para comer. Y uno de sus clientes es El Tractor. Lo visita los domingos y se encuentran en una choza de los jardineros. El Tractor va a estar follando, no te preocupes. La Borolita quedo en verlo como a la una. Créeme, nadie nos va a detener. Entramos, levantamos al cabrón obispo, y nos largamos.”

“¿Confias en la Borolita?”

“Si. Mi mamá, en paz descanse, le limpiaba la ropa a la Borola grande. Cuando murió don Regino los dejo en la quinta inopia. Pero mi mamá no les cobro la última lavada. Es mas, cuando repartieron despensas en la elección mi mamá les dio la de ella por que ya ladraban de hambre los infelices.”

Carlangas se tomo un trago de su neutle. Toda la gente que conocía de su infancia o bien se habían ido de mojados o andaban muertos de hambre como la hija de la Borola. Como decia don Manuel Payno, los pobres solo sobreviven de la caridad de otros pobres. “¿Y tenemos que matar al caddy? No sea ojete.”

“No. El chavo nos va a ayudar,” le aseguro el moreno.

“¿A poco? Pos tal vez pero todo depende de que no lo madreen los perjudiciales y lo hagan hablar,” apuntó Carlangas.

“Ya me hable con el chamaco. El cabrón obispo siempre le anda agarrando las nalgas. El chavo esta encabronado y está dispuesto a decir que el obispo se fue solito rumbo a unos árboles, quesque a miar, y que no lo vio desaparecer. El viejo siempre trae la cartera panzona después de misa. Le daré la lana al chavito para que se juya a la frontera y pague un coyote. El chavo se va a hacer ojo de hormiga en Chicago.”

“Bueno, pero ¿con que armas lo amagamos?”

“Tengo una fusca que no funciona pero da el gatazo. El viejo se va a cagar cuando la vea.”

Carlangas todavía no se sentía muy a gusto con el plan de secuestrar a Geronimo Seempeda. Recién egresado de una universidad del estado, Carlangas había sufrido la discriminación de no venir de escuela pirrurris. Sacaba para comer trabajando de outsourcing en un Gualmar. Su compadre, Guillermo, o Memin, como le decían, era su amigo de la infancia. El negro hacia trabajitos generalmente de bongocero o mesero. En suma, aunque malillas, en el fondo eran gente buena y trabajadora. Si los dos pudieran encontrar trabajo decente no andarían planeando maldades.

“A lo que hemos caído, compadre…” dijo Carlangas con tristeza.

“La puta hambre es cabrona. Oye, ¿y no has oído de Ricardo?” preguntó Memin.

“Olvida a ese cabrón,” sugirió Carlangas. “Se gradúo de la Ibero y se metió al CCE, ya ves que su papi es del Yunque. Cuando subió Fox le dieron un huesote en Hacienda. Intente ir a verlo a ver si me ayudaba pero el ojete ni siquiera me recibió.”

Memin sacudió la cabeza con tristeza. ‘Pinches burgueses. No te digo.”

“Pos si, compadre. Bueno, yo le entro,” concluyó Carlangas. “Ya estoy bastante jodido. Lo peor que me pueden hacer es matarme.”

“Ta gueno compadre, salud,” dijo el moreno levantando su jicara.

“Salud.”

II Orden al CISEN

“¿Una bruja?” El Lic. Polito del Sagrado Corazón Espinosa de los Monteros Calderon, jefe de grupo del CISEN, veía al fulano con incredulidad. El hecho que era este un coyote no era lo que le causaba el asombro. Conocía bien al coyote por ser enviado de la embajada gringa. No, lo que le asombraba era lo que el animalote estaba sugiriendo.

“En efecto,” contestó el coyote. “Los del FBI usan videntes y médiums para encontrar secuestrados o los cuerpos de las victimas. ¿Oste no ve las películas?”

“Pos si,” admitió Polito, “pero aquí intentaron hacer lo mismo con una tal Paka y resultó de la chingada.”

“Haiga sido como haiga sido, como dice your president,” insistió el coyote, “si aceptaron la feria del Plan Mecsicou…”

“Iniciativa Mérida, Mister Coyote…”

“Plan Mecsicou,” continuo el coyote, ignorando lo que decía Polito, “tienen que hacer lo que se les ordena. Y don Tony me mandó decir que tienen que empezar a usar videntes y brujos, igual que el FBI. Seguro hay algunos en Catemaco.”

Polito sacudió la cabeza. A cada rato se presentaba el coyote a darles órdenes. “¿Quieren que pongamos una bruja en la nomina?”

“Si es necesario si. Por lo menos identifíquenla. Es importante que su unidad tenga todos los recursos de la ultima tecnología.”

La unidad de Polito estaba a cargo de investigar el secuestro de gente de la casta divina, la nueva nobleza de huarache que gobernaba el país. Hasta ahora no había tenido necesidad de hacer mucho. Esas gentes vivían detrás de vallas y nubes de guaruras. Polito se había hecho de presupuesto, instalaciones, personal, vehículos, y se la pasaba rascándose las pelotas. En suma, Polito vivía el sueño de todo burócrata: cobrar sin trabajar.

“Pos nomás que no nos vaya a pasar como paso con la Paka o con sus catapultas…”

El coyote lo vio con enojo. “Lo de las catapultas fue porque ustedes están demasiado pendejos para usarlas bien. Mis cálculos estaban perfectos. La piedrota hubiera caído en medio de las barricadas de los APPOs no sobre los pefepos si la hubieran usado correctamente. En fin, haga lo que se le ordena o si no va usted de regreso a andar sacando borrachines de la barandilla en Morelia.”

Polito hizo una mueca. No le gustaba que le recordaran sus humildes orígenes. “Despreocúpese, don Wilie, en tres días tendremos una bruja de planta.”

Ya que se fue el coyote, Polito marcó una extensión. “Comandante, vengase a mi oficina de inmediato. Si, tráigase al vejete ese.”

Polito abrió un cajón de su escritorio y aprovechó para darse un farolazo de talquito. Le ayudaba a pensar. Polito se llamaba en realidad Hipólito. Pero en la escuela de los legionarios el pagrecito Toño le había puesto “Polito” y el nombre se le quedo. Como era pariente lejano (muy lejano) del enano, Mierdina Mora le había dado hueso en el CISEN a pesar de que su única experiencia previa era de coyote, sacando borrachos de la barandilla, cosa que la CIA luego luego había escarbado. También los ojetes de la CIA habían hecho saber en el CISEN que el pagrecito le llamaba “Polito”. Definitivamente, Polito no quería a la CIA pero tenia que obedecerlos. Y nada le reemputaba mas que el coyote pulguiento le hablara golpeado.

Dos hombres se presentaron. Uno era joven, buen mozo, y fornido. El otro era un vejete flaco con cara de pícaro.

“Oste dirá jefe,” saludó el joven.

“Sordenes,” dijo el vejete saludando como el sargento Garcia.

El vejete vio los ojotes faroleados de Polito y se sonrío. Puta madre, pensó Polito, ¿a poco se me nota que estoy faroleado?

“Jefito, ha de haber comido polvorones en el desayuno,” dijo el vejete con sorna. “Tiene todavía residuos en el bigote.”

“Eso, ajem, no importa,” dijo Polito con una mueca de desden, tratando de desviar el tema. Algún día, pensó, hare correr a este par de cabrones, pero mientras los necesito. “Mire, Comandante Chanoc, nos acaban de dar ordenes. Vienen de la superioridad y no se pueden discutir. ¿Me explico?”

“Pos si se trata de un muertito…” dijo con cautela el cachorro.

“Oste no se involucre cachorro. Jefito,” le dijo el viejo a Polito, “deje que yo y los caníbales nos encarguemos. Oste no sabe nada,”

Los caníbales, Puk y Suk, eran dos sargentos que eran parte de la unidad y se usaban para los “trabajos” sucios: madrear o desaparecer gente. Los caníbales eran particularmente entusiastas cuando tenian que desaparecer gentes. Luego andaban eructando por varios días. Habían venido todos en bola desde un pueblo camaronero de Veracruz del que Polito nunca había oído. Aparentemente les dieron hueso por órdenes de Salome Burundanga, el gobernador precioso de Veracruz. Mierdina Mora se los endilgo a Polito para salir del paso.

“No,” se apresuro a aclarar Polito. “No se trata de derramar sangre. Miren, por razones de seguridad del estado, necesitamos conseguir a la mejor bruja que encuentren. Me la traen aquí de inmediato. Es una orden.”

El viejo, Tsekub Baloyan, casi no se aguantó la risa. El joven, cuyo nombre era Chanoc, tan solo lo miro incrédulo.

“Jefito, ya deje esa chingadera,” dijo el viejo. “Ya le está afectando.”

“¡Esto es en serio, cabrones! Obedezcan cabrones o si no los mandó otra vez de regreso a andar de lancheros en su pueblo.”

“Uta madre, si las putas plataformas esas de Eslim jodieron la pesca con su derrame,” protestó el viejo. “Ni PEMEX era ansina de marrano. Pero como esas plataformas traen puro gringo les vale madre.”

“¡Pos mas razón para que obedezcan!” chilló Polito. Por lo general se ponía medio histérico cuando las “clases populares” le salían rezongonas. Definitivamente, pensó Polito, el problema de este país es que los nacos ya no obedecen a sus superiores.

“No hay de tos, jefe,” dijo Chanoc. “Orita le encontramos una bruja.”

“¡No nomas una bruja!” gritó Polito. “¡Tiene que ser la bruja mas chingona que encuentren!”

Los dos hombres salieron de la oficina de Polito. “Viejo, el jefe ya perdió la chaveta,” dijo el cachorro.

“Vamos dándole por su lado. Yo conozco una bruja. Y si, es mucha pieza. Me curo una gonorrea que traía y que no se me curaba con ningún antibiótico.”

“Viejo cochino,” dijo Chanoc riéndose.

“Uyuy, si bien me acuerdo cuando regresaste enfermo por andar de cabrón en Coatzacoalcos. Yo fui el que te puso las inyecciones, no te hagas.”

“OK, pero ¿dónde vive esa bruja?”

“Vive en casa de la chingada.”

“¿Rete lejos?”

“No. Literalmente. La bruja es la mamá de la Chucky. Le dicen la Chingada, así de ojete está la infeliz. Tenemos que ir a casa de la Chingada.”

“No, pos si, está rete lejos,” suspiró Chanoc.

“Pos vamos dándole, cachorro,” dijo el viejo dirigiéndose a una de las Hummer que tenían a su disposición.

“¿Crees que vendrá por la buenas?” se preguntó Chanoc.

“Por si las moscas llevare una uzzi,” contestó el viejo. “Es rete rejega. Pero es la mejor bruja de todo México.”

III. El Obispo y Satanás

“No, esa es nomás morralla,” dijo el obispo Jerónimo Seempeda haciendo a un lado unas bolsas que le habían puesto en su escritorio. “A ver, Lucas, júnteme todos los cheques que cayeron. Busca uno del osito diabólico. Vide a Lorenzo Ceviche en la misa. Ese cabrón siempre suelta buena feria.

El seminarista en cuestión se apresuró a juntar los varios cheques que habían caído ese domingo. “Señor obispo, aquí están también todos los billetes, de sor Juana pa rriba, como usted indicó. Y mire, aquí está también el cheque del osito diabólico.”

“No pos si, se mocho el oso puto,” dijo con satisfacción el obispo contemplando el cheque. “Mañana muy temprano me lo depositas.”

“Pos dígales que hagan transferencia electrónica, ¿no?” sugirió el seminarista. “Digo, ¿para que tanto papel?”

“Es que ansina firmando sienten como que están pagando por sus pecados los cabrones y pueden ir a pecar mas. Hay que dejar que el cliente se sienta a gusto.” Luego fue agarrando varios fajos de billetes y forzándolos en su cartera. Sobo un billete con la imagen de Sor Juana. “La monjita está rete chula, ¿a poco no?”

El seminarista sonrío nerviosamente. “Yo no me fijo en las mujeres.”

El obispo lo jalo y le plantó un beso en los labios. “Y tu también, estas rete buenote. Bien, no me esperes. Me voy a jugar golf con el chamuco.”

El seminarista se persigno. “¿Va a jugar con el licenciado? Lo va a volver a desplumar como cuando jugaron en Las Vegas, jefe.”

“Maldito chamuco, ni el negro ese Tiger Woods puede hacer cinco hoyos en uno seguidos como hizo la otra vez. Pero esta vez lo voy a joder. Lo voy a dejar que crea que me va a desplumar. Pero como quien no quiere la cosa, voy a rociar su pelota con agua bendita.”

Ya en el campo de golf, el obispo salio a los links acompañado de su caddy, Lupito. Este era un chavo como de 16 años pero la desnutrición lo hacia parecer de 13. El infeliz chamaco se doblaba bajo la carga de la bolsa. “Pos no veo al maldito chamuco,” dijo el obispo.

“¿Va a tener pareja, señor obispo?” preguntó el chamaco. El obispo por lo general prefería andar haciéndose pendejo con la bola solo. Era tan malo que no le gustaba que se burlaran de el.

“Pos si, Lupito, pero no lo veo,” el obispo veía con mirada lujuriosa al chamaco. “Vamos a ser nomás tu y yo. Chance hoy te toca que te de tu bendición. Ya me has estado tentando mucho.”

Lupito veía a su alrededor con recelo. Se notaba nervioso y respingaba con cualquier cosita.

“Pos aquí estoy,” dijo el chamuco apersonándose detrás del obispo. El licenciado Mefistofeles Satanas era un viejo vestido con guayabera. No traía sus cuernotes de Hell Boy. Más bien parecía un jubilado de PEMEX, con mucho kilometraje, todo de terraceria. Cargaba su propia bolsa.

“¿No traes caddy?” preguntó el obispo.

“¿Pa que?” dijo el chamuco levantando con facilidad su bolsa. Lupito lo veía con los ojos pelones. “No te asustes chamaco. No muerdo. Te vas a morir de viejo. Entonces si nos tendremos que hablar. Pero por ahora no tengo bronca contigo.”

Lupito no decía nada. Era evidente que estaba rete nervioso. Miraba a su alrededor con los ojos desorbitados.

“No le hagas caso al maligno,” aconsejó el obispo. “Es un hablador. Jijos, chamaco, ¿pos que te pasa? Ten, tomate un trago.”

El obispo sacó una botella de la bolsa de sus palos y forzó al Lupito a beber mientras le sobaba las nalguitas.

“Pos a lo nuestro, don Jerónimo,” dijo el chamuco viendo con cierto asco las caricias que el obispo le hacia al chamaco. “Que dice, ¿a cuanto el hoyo?”

“Diez mil. Que valga la pena, ¿no?” dijo con entusiasmo el obispo. Le pego a su pelota. Esta hizo una distancia misérrima y se cayó en una trampa de arena.

“Dinero pa mis aguas,” dijo el chamuco mientras le pegaba a su pelota. Esta recorrió una distancia inaudita haciendo una parábola perfecta, cayo en un lago, milagrosamente salio de este, rebotó en dos árboles, y fue y se detuvo a tan solo dos metros del primer hoyo. “¡Puta madre! ¡Me estoy poniendo viejo!”

Mientras tanto, en una ciudad perdida de la periferia de la capital, una Hummer con Chanoc y Tsekub a bordo a duras penas podía caminar entre los baches.

“Se nos va a joder la suspensión,” dijo el cachorro. “¿Esta seguro que la bruja esa vive por aquí?”

“Puta madre. Creo que ya me perdí,” confesó el viejo.

“No la chingue. Mejor pregunte,” sugirió Chanoc.

“No hombre, aquí matan.”

“No sea coyón,” dijo Chanoc deteniéndose junto a donde estaban un grupo de vagos con cara de malviviente que estaban compartiendo un carrujo. “Disculpen señores, ¿no saben donde….donde está la casa de La Chingada?”

“Te vas a chingar la tuya,” dijo el mas grandote.

“No guey,” dijo Tsekub, “queremos irnos con la bruja que le dicen la chingada.”

“¡Váyanse a la chingada entonces!” dijeron los fulanos. Una botella se rompió contra el cofre. Chanoc acelero y se huyeron entre una nube de piedras.

“Hijos de su puta madre,” juro el viejo.

“Viejo, mejor nos regresamos a la civilización. No creo que encontraremos a esa vieja.”

“Espérate cachorro. ¡Ave María Purísima! Mira lo que ahí viene.” El viejo apuntó a un lado del camino donde se veia a una morena escultural caminar muy cachonamente. Chanoc la vio con asombro y enfrenó al lado de ella.

“Señorita…” dijo Chanoc.

“Mamacita…” dijo Tsekub.

“No le haga caso al viejo, señorita, pero no sabe…”

La morena le sonrío y lo interrumpió. “Ustedes quieren irse a casa de la chingada ¿verdad? Denme un aventon y yo los llevare.”

La muchacha se subió en un asiento trasero. El viejo la contemplaba embelezado. “Mi amor…”

“Ah que viejito tan simpático,” se río la chamaca. Chanoc no podía dejar de atisbarla por el retrovisor. “Déle a la derecha en ese árbol. Luego se sigue derechito. Pasa el panteón. Y sube al cerro.”

“¿Usted conoce a la Chingada?” preguntó Chanoc.

“Algo,” dijo la mujer. “Bien, ya llegamos. Es en este jacal. Y bien, señores, ¿los puedo recompensar con un beso?”

“¡Por favor!” dijo Tsekub parando la trompa.

La mujer lo beso. Y en eso estaba cuando Chanoc la contempló con horror. “¡Santo Dios!”

Tsekub abrió los ojos. “¡Ya me llevo la chingada!”

En efecto, la mujer se había transformado. Era una vieja horrorosa. “¿Pos no me andaban buscando cabrones?”

“Pos si,” admitió Chanoc. “¿Usted es La Chingada?”

La mujer hizo un gesto. “Saben, ese nombre me lo pusieron luego que mi hija se hizo del sindicato de maestros. Pero no me llamen ansina por favor. Ofende. Yo no tengo la culpa de que mi hija sea ansina. Mi nombre es Hermelinda.”

“Si es la bruja,” dijo Tsekub.

Hermelinda reconoció al viejo. “¿Ya te dejo de florear el pito? Tenias Saigon Rose, cabrón, eso no se cura ni a madres. Te lo iban a tener que mochar.”

“Es rete milagrosa,” admitió Tsekub. “Ya estoy curado.”

“Pos a lo nuestro, señora, somos del CISEN,” dijo Chanoc.

“¡Ah no!” juro la bruja. “¡Se me van a la chingada! Yo soy Adelita cabrones y estuve en Xicotencatl con el brazo enlazado con la Scheibaum.”

“Jijos, cachorro, ¡Hermelinda es renegada!”

“¿Traen orden judicial?” dijo retadoramente la bruja. “Si no, ahuequen el ala o los convierto en cacomixtles.”

“Señora, no venimos a arrestarla,” explicó Chanoc. “El CISEN quiere contratarla.”

“Ah bueno, si hay lana de por medio la cosa cambia,” sonrío la bruja. “¿Quieren que espíe al congreso o que le cambie el sexo al gachupincito?”

“No se exactamente de que se trata,” explicó Chanoc. “Pero si le hará justicia la revolución. Nuestro jefe nos pidió que se la trajéramos. ¿Nos acompaña?”

(continuara)