Sunday, May 19, 2013

Morena Licha (novela en progreso)


Morena Licha

Los fusiles brown Bess ingleses los uso Wellington para derrotar a Napoleon I en Waterloo. Iturbide los compro de desecho y se renombraron morena (brown) Licha (Bess es Elizabeth) al llegar a México Con ellos los mexicanos rechazaron la expedición de Barradas, marcharon a Tejas, y perdieron medio México en el 47. En 1862 esos mismos fusiles los porta el cuerpo de ejército de oriente. Los mexicanos se enfrentan a los nietos de la Grand Armee con los fusiles que mataron a sus abuelos en 1815. Pero, comparados a los modernos rifles que porta el ejercito de Napoleon III, las viejas morenas lichas sirven para pura y celestial chingada.

(se aprecian los comentarios, aun si son mentadas de madre...abajo esta el boton para dejar uno).

I. New Bedford

Joao alzo su vista al cielo. Gruesos nubarrones preñados de nieve se extendían en todas direcciones. Era abril pero todavía una ligera capa blanca lo cubría todo el suelo de Nueva Inglaterra. Desde la plataforma en que estaba Joao dirigió su mirada al mar. En el horizonte se veía un punto negro. Era la María Joaquina, el buque ballenero de su padre, el capitán Francisco da Silveira. Un viento frio se levanta. Joao se cerró su abrigo y siguió contemplando el punto negro. Poco a poco este desapareció de su vista.

--¡Joao! ¡Bajaros de ahí! –era la voz de su tía--. ¡Si os rompéis la crisma vuestro padre no me lo perdonara!

Joao tendría tan solo unos 14 años. Con bastante agilidad el muchacho se bajo desde la precaria plataforma en lo alto de la casona. Era lo que los lugareños llamaban un “widow’s walk” o sea “el paseo de las viudas” pues de decía que desde ahí las mujeres aguardaban el regreso de sus maridos, infructuosamente, y de ahí el nombre. Raras veces Neptuno, ese misógino, era generoso con las mujeres y los cuerpos de sus hombres aparecían en la playa. Las mas de las veces el soberano del mar se divertía alimentando a sus perros, los tiburones, con carne de marino.

--Estaba viendo el buque, tía –dijo el muchacho a manera de explicación--. Mi padre me dijo que esta vez rodearían por el cabo de hornos para llegar al pacifico, donde las ballenas abundan.

--Solo si Dios así lo dispone, Joao. Le tardara a tu padre un año regresar. Así son los viajes de los balleneros. Pero mientras tú eres mi responsabilidad ahora tu madre falleció. 

--Mejor me hubiera ido con mi padre. Ya estoy en edad.

--Pero no lo dispuso así el señor capitán da Silveira, vuestro padre, y vos mejor que nadie sabéis que las ordenes de un capitán no se discuten.

Su tía le acaricio la cabellera y sonrió. El zagal seguramente soñaba con las hetairas de pechos desnudos de los mares del sur. Pero, ¡vive Dios!, el cuidar a su sobrino le aseguraba una renta a la infeliz mujer, pagada por los dineros que había dejado el capitán da Silveira, su hermano. Y en realidad habían pocas opciones con que llenar el gaznate para una solterona no muy agraciada.

--Tomad esta moneda, Joao. Idos al barbero. Parecéis una mujercita con ese pelo tan largo. Vuestro padre me dejo un hijo y va a regresar y encontrara una hija.

Paso un año. No se sabía nada de la María Joaquina. Bien podría el capitán da Silveira haber decidido que hacer hecatombes de ballenas en lugares olvidados de Dios no valía la pena. A la mejor se había metido de corsario en el caribe o de negrero en el Congo. Nadie tenía noticias, lo cual no era sorpresa en esos tiempos. La única nueva fue que tres meses después de su partida una carta había llegado desde Bahía, en Brasil, notificando que el buque había tocado tierra ahí sin novedad y que da Silveira se dirigía al sur.

Joao regresaba de la escuela. Pronto atardecería. La casona se encontraba en lo alto de un promontorio, de donde se divisaba el mar. Era la casa ideal para un capitán ballenero al que no le importa estar siempre expuesto a los vientos inmisericordes que soplan desde el mar océano. Pero para la tía, Joao, y la tropa de perros amarillos y flacos que ahí hacia su vivaque el retumbar constante del viento frio era un tormento.

De pronto Joao sintió unas gotas caerle. Alzo los ojos. No se veía lluvia. Si acaso, volvería a nevar otra vez. De pronto sus ojos se posaron sobre algo inesperado. En la manga de su habían dos gotas de sangre. Joao volvió a alzar la vista y juro quedamente. Algún pájaro herido le había manchado el abrigo y su tía lo regañaría.

Para su sorpresa, al llegar a la casona encontró a su tía en el recibidor acompañada de dos hombres adustos vestidos a la usanza del mar. Los ojos de estos hombres se posaron en él sin decir palabra.

--Joao, --dijo su tía--. Estos señores son el capitán Ramírez y el capitán Yáñez. Son amigos de vuestro padre. ¿Los conocéis?

--Ha crecido mucho el muchacho –dijo quedamente Ramírez contemplándolo--. Es la viva estampa de su padre, sin embargo.

--No os recuerdo, caballeros –dijo quedamente Joao--. ¿Tenéis noticias de mi padre?

Los dos hombres suspiraron. Tan transparentes eran que Joao sabía que le iban a dar malas noticias. No era premonición. Era certeza.

--El buque de tu padre desapareció –explico su tía con voz entrecortada.

--Se le vio a la altura del Cabo Hateras –explico Yáñez--. Venia ya de regreso y seguramente estaba muy cargado con aceite de ballena.

--Se dificulta mucho la maniobra cuando están las bodegas al tope –añadió Ramírez--. Y acababa de azotar una tormenta de Dios padre y el mar todavía seguía embravecido. Mi buque quedo muy dañado con la tormenta y a duras penas toque puerto achicando como demonio. Pero divise en lontananza el buque de vuestro padre y me temo que no estaba en mejores condiciones y nosotros no hubiéramos podido ir a socorrerlo.

Joao palideció.

--He oído del Cabo Hateras, señores. Es un cementerio. 

Su tía sollozaba quedamente.

--Es posible que la resaca haya llevado al María Joaquina mar adentro y no hacia los arrecifes… --ofreció Ramírez.

--Vuestro padre era muy experimentado, --añadió Yáñez--. Si alguien podría hacer llegar un buque dañado a puerto seria él.

--¿Cuándo se le vio en Hateras? –los interrumpió Joao--. ¿Se sabe si su buque toco tierra, que se yo, en Norfolk? Ese puerto está cerca de Hateras.

--Se le vio en el cabo hace un mes. Nosotros acabamos de tocar tierra. Indagamos. Y no, no hay noticias de que haya tocado tierra en ningún puerto.

--No hay esperanza entonces, caballeros, vos lo sabéis, --contesto Joao con cierta dureza e impaciencia. 

A duras penas se mantenía ecuánime y su voz se quebraba. Era inútil, pensaba, que estos hombres le doraran la píldora dándole esperanzas vanas. Su padre estaba más muerto que Lázaro antes de que se lo trajeran a Cristo. Y él, Joao, era ahora un huérfano.

--Así es el mar… --dijo Yáñez quedamente--. Lo siento mucho.

--Si, --contesto Joao--. Os agradezco el habernos informado. 

Dicho esto el muchacho no aguanto más y corrió a su recamara.

--Perdónenlo caballeros –dijo su tía.

--No hay por qué, señora.

--¿En muchacho entenderá entonces?

--Si, caballeros. Él es portugués y entiende del mar.

II. 1861 - Bull Run

Os relatare a continuación el naufragio de la casa del capitán da Silveira. Igual que la sangre atrae a los tiburones la noticia de la muerte del capitán atrajo a los cobradores. Tal parece que el capitán se había endeudado con tal de equipar a la María Joaquina en su último viaje. El hecho es que los balleneros vivían al día. Los que se hacían millonarios colocando los toneles de aceite de ballena eran los intermediarios, en Boston. 

Los tiburones amenazaban con traer a sus dentaduras, los alguaciles, a cobrar las letras. La tía malbarato la casa (nadie quería semejante caserón expuesto a los vientos). Ella y Joao se mudaron a una covacha en New Bedford y ahí, al siguiente invierno, la tía misericordiosamente paso a mejor vida. Joao uso el último cobre que tenia para enterrarla. El muchacho, que ahora frisaba en sus 17 años, se encontraba solo y a la deriva.

Por único capital tenía entonces el muchacho una consignas moralinas que le dio su padre. Un buen día, antes de partir, el capitán lo había llamado a su despacho.

--Hijo mío, recordad siempre lo siguiente. Toda la vida es una batalla. Y al final esta siempre se pierde y el último puerto es el lecho marino. Reconoced entonces que somos guerreros, y no necesariamente hablo de menesteres de guerra, sino de la guerra en que ahora os enfrascareis para mantener lleno el gaznate y que la gusanada os encuentre cebadito al morir. Sabed entonces que no hay gloria terrenal pues todos los hombres, papas, emperadores, y príncipes incluso, al final son cagados a través de miles de culitos de gusanos. Aceptad esto y lo demás se resolverá solo.

Así pues, no rehuyáis la batalla, buscadla, mas hacedlo inteligentemente. Aprovechad cada coyuntura y golpe de viento para hinchar vuestro velamen. Y tratad de buscar mar calmado con viento fino y constante pues es así como se facilita la navegación. Pero si tal no hay no perdáis tiempo en maldecir vuestro sino. Estaréis muy ocupado en tratar de manteneros a flote para quejaros. 

No os enredéis con la ley, si tal os es posible, pues las leyes las hacen los ricos para joder a los pobres y no queréis embarrancar en esas aguas pues de ahí no saldréis. Pero si creéis que podéis dar un golpe y haceros un potosí y así podréis comprar jueces y alguaciles no vaciléis y hacedlo pues, repito, las leyes de los hombres no tocan al rico. 

Al único que no le debéis de mentir es a vos. Los hombres tal vez los podéis engañar si tenéis el don de la labia. A Dios le importa un cacahuate lo que hagáis o decís. Pero no podéis engañaros a vos mismo. Creo conoceros y saber que seréis un hombre bueno, es decir, tenéis una conciencia y esta no os permitirá que mintáis. Tal vez eso sea una maldición. Los malos no tienen tal y es por eso que les es fácil hacerse del gobierno de los hombres y raro es el hombre bueno que llega a tales honores. Pero si vos tenéis una conciencia incomoda sabréis cuando estáis obrando mal y ello no os permitirá estar en paz. Actuad en consecuencia de lo contrario seréis vuestro peor enemigo. Y esa no es vida.

Las mujeres, hijo, solo el buen Dios, que con ellas nos bendijo, las entiende. Amadlas cual son pues ningún hombre, ni siquiera Dios en las alturas, las puede cambiar una vez que se han hecho de modos. Más no les deis ni todo vuestro amor ni toda vuestra bolsa. Y siempre observad a la madre de estas pues tal cual se convertirá la moza. Si la madre es poltrona o dispendiosa no esperéis más de su retoño. Si fiel y sobria, mejor será la hija pues es natural que las hijas siempre quieran emular y superar a la madre. Y si sois afortunado encontrareis una mujer de esas últimas que, sabed, así fue vuestra santa madre. Amadla bien, haceos viejo a su lado, y os creeréis afortunado y no tendréis recelo en darles el pellejo al último a los gusanos para que os coman y caguen.

Llego el tiempo del hambre y, sabiendo que esta es más inmisericorde en las tierras frías de Nueva Inglaterra, el muchacho encamino sus pasos rumbo al sur. Eventualmente se encontraba en Baltimore y se había empleado de ayudante de un tal Mr. Bryan. Este fulano, un viejo sesentón de amplio talle, operaba un taller fotográfico. El negocio era vertical. Es decir, el patrón, Mr. Bryan, vivía en la planta alta, el negocio o taller estaba en la el primer piso. Y Joao y otro mozo, un negro liberto llamado Benjamín, dormían en el sótano.

Para su clientela Mr. Samuel Bryan no era tal sino se presentaba como Gastón Lefevre, pues aparentemente había más prestigio si era francés el fotógrafo. Bryan abusaba entonces de las pomadas y afectaba un acento exagerado y gangoso que, a sus luces, lo hacía hablar como los hijos de Galia. Además, le juraba a su clientela, era primo del mismo Daguerre.

Vivía Bryan solo. Algo se intuía que era viudo pues Joao alcanzo a ver una vez que traía un relicario con las fotografías de una mujer y de un niño. El caso es que a las seis de la tarde, cuando cerraba, bien Joao o Benjamín iban a la tienda por la ración de whisky del patrón. Y este se encerraba en sus habitaciones y se dedicaba a beber, solo.

--¿Por qué bebe tanto el patrón? –se atrevió a preguntarle a Benjamín una mañana Joao. Este acababa de bajar de ir a despertar al patrón, ritual necesario para saber si había amanecido con vida.

--No es nuestro menester, muchacho. Algún día os dirá, --respondió Benjamín--. No lo juzguéis mal. En el fondo es un buen hombre. 

Era Benjamín un hombrón de unos treinta años. De niño sus padres se habían escapado al norte y eventualmente llegaron hasta el norte donde una familia de cuáqueros les dio asilo. Creció Benjamín como hombre libre. Mas sus viejos, en sus conversaciones, le intuían que mucha de su sangre seguía esclavizada, en los campos algodoneros del sur, y esto lo hacia amar con gran fervor su libertad.

Vino la guerra. Baltimore era un hormiguero y los simpatizantes del Sur eran mayoría en el puerto. Mr. Lincoln de inmediato lleno la ciudad con tropas leales. Hubieron algunas protestas y estas las autoridades las resolvieron con premura y aplicando estrictamente todo el peso de la ley, es decir, con el generoso reparto de culatazos. 

Mr. Bryan vio en la turbulencia una oportunidad de negocio. Pronto se formaban largas filas de soldados que querían ser fotografiados (en vida) antes de ir a experimentar las glorias del campo de honor. “Lefrevre” contrato una costurera y le ordeno toda clase de uniformes que, a su imaginación, eran los del Grand Armee de Napoleón. Más de un civil, ilusionado por las glorias militares tan de boga en la ciudad, se hacia fotografiar vestido a la usanza de Murat.

Los tiempos entonces eran buenos. Mr. Bryan se relaciono con el comandante de la plaza (“Lefevre” lo fotografió y alabo su porte marcial “que ni el mismo mariscal Ney tenía uno así según mi abuelo que fue su aide de camp”) y este a su vez lo presento a los políticos del lugar. El negocio floreció. Afortunadamente Mr. Bryan era generoso y pronto tanto Benjamín como Joao traían buena plata en la bolsa.

Un buen día, al mediodía, irrumpió Mr. Bryan en el taller.

--¡Aprestaros muchachos! ¡Tengo un contrato magnifico!

--¿Patrón?

Junto a Mr. Bryan había un mozo grandote. Este era joven pelirrojo y pecoso y vestía harapos. Era evidentemente un irlandés recién bajado del buque.

--Este es Gabriel –indico Bryan--. Trabaja ahora también para mí. Me lo encontré en el muelle, a punto de desfallecer de hambre. Me apiade de él y le di su primera comida en muchos días. ¿Y saben por qué? Porque yo me cambie el nombre para poder salir adelante entre todos estos herejes protestantes. Antes me llamaba O’Brian y baje igual de hambriento que él de un buque que me trajo de Irlanda. En fin, es buen hombre, lo intuyo, y una vez que recupere las carnes su fuerza física nos será útil.

--Gabriel Callaghan, para servir a Dios y a vuecencias –dijo el mozo solemnemente. 

Los trapos que vestía le colgaban sueltos. Era evidente que había pasado hambres. Gabriel y Benjamín lo veían escépticos.

-- Escuchad, Benjamín, Joao. Tengo el contrato de ir a fotografiar el campo de batalla. El ejército federal se dispone a marchar sobre Richmond y unas amistades me han facilitado que pueda vender las fotografías a un periódico de Nueva York. Benjamín y Gabriel, vos conocéis de acémilas. Tened estos dólares e id a conseguir unas mulas que no sean rejegas. Vos, Joao, empezad a empacar el equipo y subidlo al carromato. Yo os ayudare. En avant, muchachos, ¡vamos a la guerra!

Y fue así que a finales de julio de 1861 salió el carromato de “Monsieur Lefevre” de Baltimore en dirección a Washington. Benjamín y Gabriel habían encontrado dos mulas cuya reputación y visos no eran tan de dar lastimas. Al iniciar la travesía el moreno las chiqueaba y se apiadaba de ellas diciendo que no eran sino esclavas de los hombres y que por tanto había que tenerles conmiseración. Mas Gabriel, que conocía de mulas en su natal Irlanda, le advirtió de sus modos.

--Son rejegas, --anuncio Gabriel-- No tendréis sino que aplicar el fuete para hacerlas jalar. Mark my words.

Y así fue. Para cuando llegaron a las inmediaciones de Washington Benjamín ya había olvidado todas las consideraciones iniciales hacia las mulas y juraba y azulaba el aire maldiciéndolas.

El carromato salió de la capital y cruzaron el Potomac. Para su sorpresa el paso no fue mayor trámite. Tan solo unos piquetes cuidaban el cruce.

--Hable con los militares –les informo Bryan--. Ha habido una batalla, unas leguas más adelante.

Caminaron rumbo al sur entre caravanas de ambulancias y nubes de tropas federales que parecían marchar sin ton ni son. 

Eventualmente cruzaron el arroyo nombrado Bull Run. Había montones de cadáveres en su lecho. Curiosamente, había tropas tanto confederadas como federales confundidas en el área, levantando cadáveres. Nadie parecía tener ya ganas de acuchillarse y nadie les inquirió hacia donde iban.

Se oyó a Benjamín maldecir.

--God damn it!

El carromato se había detenido. Bryan hizo bajar a Joao y Gabriel.

--No podemos seguir adelante –explico Bryan--. Bajad las cámaras y comencemos nuestra labor.

Joao y Gabriel vieron con azoro el espectáculo frente a ellos. Una montaña de cadáveres de hombres y animales se encontraba a mitad del camino.

--¡Santos cielos! --exclamo Joao persignándose.

--¡Cristo! –juro Gabriel.

De pronto una suave brisa se levantó y un olor espantoso los ataco y los dos jóvenes no pudieron evitar vaciar el estómago.

--Me imagino que fue una carga de caballería que fracaso –explico Bryan pasándoles un botellón--. La artillería los hizo pedazos cuando estaban a todo galope. Tomad un trago de whisky, muchachos y prended vuestras pipas. Os ayudara a aguantar el olor.

Trabajaron afanosamente el resto del día, buscando aprovechar la luz solar. Esa noche se acurrucaron junto al carromato alrededor de una fogata. Bryan había traído varios botellones y el whisky no faltaba. Francamente, todos lo necesitaban.

--¿Qué queréis? –se rio Bryan--. Los poltrones en Nueva York quieren saber las glorias militares de sus muchachos. ¿Ustedes han visto gloria aquí?

Nadie dijo nada.

--Lo cierto es que los muertos no cooperan, --continuo Bryan--. Se supone que deben de estar en poses heroicas. Pero muchos están con el culo para arriba. 

--Lo peor es que si los mueves para ponerlos en poses heroicas se te caen a pedazos –añadió Benjamín—o te llenan de sus gusanos.

--Yo no se ustedes pero yo no aguanto otro día aquí –dijo Bryan.

Los muchachos suspiraron de alivio.

--¿Cuántos vidrios nos quedan? –pregunto Bryan.

--Tenemos solamente ocho mas, patrón –explico Joao. Las fotografías se imprimían en placas de vidrio.

--¡Sea! –dijo Bryan sirviéndose otro trago del botellón--. Mañana las tomaremos en Washington. No faltaran idiotas que quieran posar con una mano dentro de la casaca como si fueran Napoleón. Todo se lo mandaremos al periódico. Escuchen, tengo que decirles algo.

El hombre se quedó callado unos minutos. Sus ojos estaban entrecerrados fijos en la fogata. Ninguno de sus subalternos dijo palabra.

--Muchachos, esta guerra va a durar para largo. Mr. Lincoln va a necesitar carne de cañón. 

--¿En verdad, patrón? --pregunto Gabriel--. En Washington decían que los grises ya se iban a rendir.

--¡Patrañas, Gabriel! Lo más probable es que Mr. Lincoln pronto anuncie las levas. 

--A mí no me importaría pelear –dijo quedamente Benjamín.

--Entiendo, Benjamín, --acepto Bryan--. No os preocupéis. Lo más probable es que pronto también hagan leva de negros para pelear. Y tú y tu gente tienen buenas razones para hacerlo. Pero por lo que toca a Joao y Gabriel, no veo para qué carajos tienen que desperdiciar sus vidas. Me daría mucha pena un día tomarles una fotografía que los muestra despanzurrados y cubiertos de gusanos.

Joao y Gabriel palidecieron. Después de lo que habían visto ese día a ninguno le entusiasmaba la idea de entrar a la milicia.

Bryan busco entre sus ropas y extrajo una moneda de plata.

--¿Ven esto muchachos?

La moneda relumbraba en el fuego de la fogata. Bryan se lo paso a Gabriel.

--¿Qué es? Tiene un águila comiéndose una serpiente.

--Es un peso mexicano, muchachos. 

--¿Viene de México? 

Ambos muchachos habían oído hablar de México. Sele reputaba que era la tierra de la abundancia donde la plata corría a raudales. Pero para ellos bien podía ser al otro lado del mundo.

--Sí, me lo dio un amigo que fue ahí con Scott. Escuchadme bien. Sabed, Joao y Gabriel, incluso vos Benjamín, todos me recordáis a mi hijo, un jovencito que murió de tuberculosis y que de haber vivido podía haber sido un hombre probo como vos lo sois. A todos os daré buena parte de lo que gane en este contrato. Benjamín, vos podéis seguir a mi servicio hasta que Mr. Lincoln os llame a pelear por liberar a vuestra raza. Por lo que toca a Joao y Gabriel, os ofrezco además embarcaros para México. Ahí podréis escapar de la puta guerra esta y vivir una vida digna cual os merecéis. ¿Qué decís?

Por respuesta Benjamín alzo su tarro a manera de brindis a su patrón y sonrió.

Por lo que toca a Gabriel y Joao estos revisaban fascinados la moneda que les acababan de entregar. Harían, por supuesto, lo que su patrón les indicara. El águila tenía algo de siniestro.

III. Vis pacem, para bellum

El piquete resguardando la puerta mariana del palacio nacional se puso de inmediato en posición de firmes y presento armas al verlo aproximarse. Se trataba de un hombre treinton vestido con el uniforme de general de división. Era blanco y de buen porte aunque los anteojos y su cara ancha le daban cierto aire de cura de pueblo.

Ignacio Zaragoza regreso el saludo del oficial a cargo con aprobación. Sabía que eran soldados del batallón Supremos Poderes. Anteriormente, bajo Santa Anna, habían portado uniformes con gorra de oso, cual la vieux garde de Napoleon. Francamente, pensó Zaragoza, se veían ridículos vestidos asi, por lo chaparros. Pero ahora, vestidos con el uniforme sencillo de un batallón de infantería de la línea republicano su porte era mas digno y marcial.

Ignacio Zaragoza había nacido en el Presidio La Bahía en Tejas. Su padre, Miguel Zaragoza, había sido un duro sargento de los soldados de presidio, acostumbrado a pelear con comanches y filibusteros gringos. Cuando perdimos Tejas la familia Zaragoza se había mudado a Monterrey.

Vino la guerra del 47. El sargento Zaragoza era parte de los batallones de la brigada ligera de Ampudia. Esos cuerpos no se quebraban ante el asalto yanqui. En Monterrey se llegó a pelear casa por casa.

El joven Ignacio se presentó en una barricada solicitando pelear. Su padre se enteró y lo puso como al perico.

--¡Ningún pinche yanqui te va a dar un plomazo! ¡Tú estás destinado para cosas más grandes que morir defendiendo un jacal aquí, me lo dijo la bruja comanche cuando naciste!

--Pero, padre, quiero luchar.

--¡Cállese cabrón! ¡Y llámeme “sargento”! ¡Váyase con su madre antes de que le rompa el culo!

Cuando acabo la guerra Ignacio se metio al seminario, tal como lo deseaba su madre. Pero de plano no le gusto. Luego siguió una breve carrera dedicado al comercio. Y ahí tampoco el muchacho brillo. Ignacio soñaba con ser soldado, como su padre.

Su oportunidad vino cuando los excesos de Santa Anna propiciaron la revolución de Ayutla. El tiempo que habia pasado en el seminario había hecho de Ignacio un fiero anticlerical, aunque si se enorgullecía de hablar buen latín Sin dudarlo, Ignacio se unio a los rebeldes. Y ahí destaco como lo que era: un líder natural. Capitaneaba una tropa de caballería, de los llamados chinacos. Estos montaban los pequeños ponies mexicanos y cabalgaban ágilmente cual apaches, entre abruptas serranías y barrancos.

Y asi fue que Ignacio adquirió fama y acumulo victorias. Se empezó a hablar del fiero general chinaco que rompía con sus cargas de caballería los cuadros del viejo ejercito santannista.

Para 1860 la guerra había terminado con la victoria de los liberales. E Ignacio era ya general de división. Juárez lo nombro ministro de guerra.

--Reorganice al ejército, general –ordeno Juárez.

Pero, ¿con qué dinero? El país estaba en ruinas. Tantas guerras intestinas lo habían llevado a la bancarrota. El comercio languidecía. En los caminos pululaban los bandidos. La tarea de Ignacio era imposible.

Zaragoza se adentro en el palacio. En el gran patio se arremolinaba una multitud en busca de audiencia con algún funcionario: viudas, huérfanos, buscahuesos, políticos, tinterillos, agiotistas, etc. El general camino entre ellos. Las suplicas de las viudas y huérfanos le asaltaban. Igual hacían unos fulanos tratando de darle “papelitos”. Zaragoza los hizo a todos a un lado con un ademan molesto.

--¡Abran paso a mi general! –ordeno un coronel con las insignias del arma de infantería.

--¡Francisco López! –dijo Zaragoza sonriendo--. No lo había visto desde Calpulalpan.

--Aquí estoy a sus órdenes, mi general, asignado a la guarnición de palacio –contesto López escoltando a Zaragoza a través de la turba--. ¿Viene a ver al presidente, mi general?

--Sí. Me cito de urgencia.

--¡Pos supuesto mi general! 

Los dos hombres subieron al segundo piso y llegaron al despacho presidencial. Los guardias en la puerta presentaron armas al verlo y López mismo toco y le abrió la puerta.

Juárez estaba de pie, detrás de su despacho. Enfrente de él estaba un ministro que Zaragoza reconoció Echavarría. A un lado se encontraba el coronel del Supremos Poderes.

Juárez se percató de la presencia de Ignacio.

--Caballeros, continuaremos esta platica después. Háganme la venia de dejarme solo con el general Zaragoza.

Los dos hombres inclinaron la cabeza y se retiraron.

Juárez se sentó detrás del escritorio presidencial e indico una silla.

--Siéntese general, por favor.

--A sus órdenes, señor presidente.

Juárez produjo una llave y abrió un cajón de su despacho. Extrajo unos documentos y los extendió en su escritorio.

--Hágame la venia de leer esto. Por supuesto, no se debe saber ni una palabra de lo que leerá.

Ignacio se reacomodo los prismáticos y leyó con cuidado.

--Pero, ¡esto es traición! –exclamo finalmente Ignacio.

--¿Sabía usted de esto, señor general?

Ignacio vacilo por un momento. En su calidad de ministro de guerra se supone que debería de estar enterado de todo lo que sucediera en el ejército, incluyendo que conspiraciones se fraguaban.

--Me han llegado rumores, señor presidente. Pero no he tenido pruebas para actuar. Si cree que he sido laxo en mis deberes, señor presidente, con gusto entrego este mando.

Juárez lo vio sin decir palabra por unos minutos. 

--El general Robles Pezuela, encargado del cuerpo de ejército de oriente es, a mi parecer, señor general, un traidor. Estas cartas lo demuestran.

--Tal es evidente, señor presidente.

--Como usted sabe Francia, España, e Inglaterra han desembarcado fuerzas en Veracruz. Don Manuel Doblado negocia en estos momentos su retirada. Pero si se rompen las negociaciones y estas potencias deciden marchar hacia el interior no puedo tener a un traidor al mando de nuestras fuerzas.

--Obviamente que no, señor presidente.

--Deseo pedirle que entregue usted el mando del ministerio al señor general Blanco y que me haga la venia de tomar el mando del cuerpo de ejército de oriente.

Ignacio se volvió a acomodar los espejuelos. Técnicamente era rebajarse de ser ministro de guerra a pasar a ser general en el campo.

--Para mi será un honor, señor presidente. Sin embargo, me atrevo a poner una condición.

--Diga usted.

--Permítame mandar arrestar a Robles Pezuela.

--Hágalo, general –contesto Juárez.

--También deseo que se emita un decreto condenando a penas graves a todo aquel que de cobijo o ayuda al invasor.

Juárez medito por un momento.

--¿Cree entonces que las potencias marcharan tierra adentro?

--No sé de las tres. Pero muy probablemente lo hará Francia.

--¿Un decreto draconiano, inmisericorde, me imagino?

--Entre más cruel, mejor. Estamos en guerra. Debemos preparar el entramado legal y logístico para resistir al enemigo.

--Ah, vis pacem, para bellum –cito el también ex seminarista Juárez.

--Correcto, señor presidente.

--Redacte usted uno, señor general, y con todo gusto firmare tal decreto.

IV. Amaranta

Amaranta de Castrejón tenía 18 años cuando murió su padre. No se había casado todavía. Era considerada una “quedada”. Y es que en las mejores familias las jóvenes se casaban a los 15 o 16 años. Pero Amaranta, aunque agraciada, había rechazado a todos los mozos que le había hecho la corte.

--Son puros patanes, padre –explico Amaranta--. Y yo no quiero pasármela lavando un borracho el resto de mis días.

--¡Maldita sea tenéis razón!—alcanzo a gemir su padre desde el lecho donde agonizaba--. Lástima que no habéis nacido hombre, Amaranta. Sois más hábil y mejor administradora que vuestro hermano. Y en cuanto me muera él será la cabeza de la familia Castrejón.

--¡No hable de morirse padre!

--Ya siento la parca, hija. Escuchad, tanto vos como yo sabemos que tu hermano no es buen hombre. ¡Vive Dios que es un patán! Va a tomar posesión de esta hacienda y os hará casaros contra vuestra voluntad. Y si os rehusáis os dejara sin un quinto. Eso no lo permitiré. Tomad esta llave que cuelga de mi cuello. En la cava de la hacienda encontrareis una puertecilla que responderá a esta llave. Os he dejado unos dineros ahí para que no dependáis de vuestro hermano.

El viejo Castrejón luego murmuro una plegaria y sostuvo la mano de su hija. Volteo los ojos hacia el volcán de la Malinche a cuyos pies se encontraba la hacienda.

--Me acuerdo que de niño me encantaba despertar y ver la montaña…

Su voz se iba apagando. 

--¡Padre! ¡No se me muera! –exclamo Amaranta.

Pero ya hablaba sola. Eso fue en 1857, durante el último gobierno de Santa Anna.

Un mes después de muerto el viejo se presentó su hijo a la hacienda de los Castrejón. Fernando vestía el lujoso uniforme de un coronel de las guardias presidenciales de Santa Anna.

--¡Hermanita! –Exclamo Fernando de Castrejón--. ¡Si supieras cuanto sentí no estar junto al viejo cuando murió!

--Os mande correos a Puebla y a la capital. En Puebla el gobernador me dijo que os habíais ido a la capital a jugar a los gallos.

--No fue así. El general presidente requiere siempre tener un coronel de aide de camp aun cuando se va a los palenques. ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me rehusé a hacer mi deber?

--No os preocupéis, Fernando, yo hice mi deber con nuestro padre. Lo acompañe cuando murió. Vos acompañasteis a los gallos del presidente cuando estos murieron. Cada uno tiene que cumplir con su deber.

Fernando mostró evidente enojo ante las palabras de su hermana.

--Bueno, no vine a discutir lo que paso. El testamento del viejo ya fue leído en Puebla y el gobernador mismo le puso el sello de valido. Como soy el único hombre todas las posesiones del viejo pasaron a mi nombre.

Amaranta discretamente se cercioro de que la llave que le había dado su padre seguía colgándole del cuello.

--Pues usted dirá…patrón –dijo con ironía y falsa humildad Amaranta.

Fernando ignoro la puya.

--Tengo un asunto muy serio que hablar con vos –contesto Fernando mientras se encaminaba al viejo despacho de su padre. Ambos entraron y Fernando no tuvo empacho en sentarse en el sillón de su padre.

--Lástima de hacienda –dijo Fernando contemplando la oficina y sus libros encuadernados lujosamente.

--¿De qué habláis Fernando?

--Perdí la hacienda en un albur en el palenque.

Amaranta casi se desmaya. Solo alcanza a murmurar un “¡Santo Dios!”

--Las deudas de juego son deudas de honor, Amaranta –se apresuró a explicar Fernando--. Pero, además, hay más.

--¿Hay más?

--Puta madre, estaba seguro que el gallo blanco iba a ganar. De ahí que me atreví a jugarme otro albur.

--¿Y qué diablos perdiste?

--Jugué vuestra mano, Amaranta.

--¡Hijo de la chingada! –exclamo Amaranta.

--¡No insultes a nuestra santa madre! Carajos, no se perdió mucho. Tú ya estas “quedada”. Entregar tu mano no es gran cosa.

--¿Y quién diablos fue el ganador? ¿Un gallero?

--Ciertamente que no. Fue el señor general Bulmaro Domínguez de Estrada, un incondicional del señor presidente. 

--Ah, yo siempre soñé con darle mi virginidad a un Bulmaro.

--Sí, es lógico, ¿verdad? Él es el nuevo dueño de esta hacienda y vos le pertenecéis.

--¡Esta hacienda ha estado en nuestra familia desde que Cortes hizo encomendero aquí a nuestro tatarabuelo!

--A mí no me interesa eso.

--¿Y yo me le tengo que entregar al tal Domínguez de Estrada?

--Pues más vale. Os repito, las deudas de juego son deudas de honor.

--¿Me va siquiera a desposar?

--No, el general ya está casado. Veréis, Domínguez de Estrada es un viejo cincuentón panzón. Pero creo que si le agradas, y no veo por qué no, os podría permitir seguir viviendo aquí en esta hacienda a manera de “casa chica”.

--¿Y toda esta buenaventura se la tengo que agradecer a un gallo blanco?

--Me alegra que lo veáis de esa manera, Amaranta.

--¿Y cuándo vendrá mi nuevo amo a tomar posesión de sus propiedades?

--En un mes más yo mismo lo traeré aquí. Os mandare avisar para que os preparéis, Amaranta.

--Os lo agradeceré.

--Se te quiere bien, hermanita.

En cuanto Fernando se regresó a la capital, Amaranta ordeno una hecatombe de gallos blancos en la hacienda. No quedo uno solo con vida.

V. Veracruz

--¡Esto está lleno de soldados! –exclamo Gabriel. Él y Joao acababan de desembarcar en tierra mexicana.

--Esos creo que son ingleses los de la casaca roja. Y traen escoceses con faldas.

--¿Ingleses? ¿Están aquí esos hijos de puta? –pregunto con resentimiento el muy irlandés Gabriel.

--Y aquellos que montan esos caballotes creo que son españoles. 

--Por lo menos esos cabrones son católicos. Sabes, los que tienen los uniformes más elegantes son esos fulanos ahí.

--Son franceses. 

--Me encantaría portar esos pantalones rojos.

--No entiendo. Se les vería a distancia. Sería fácil apuntarles.

--Bien, Joao, no importa. Nosotros no somos soldados, afortunadamente..

--Correcto, y por no convertirnos en tal fue que nos venimos a México.

--¡Ea! ¡Oigo que alguien habla en inglés con acento irlandés! –exclamo una voz cerca de ellos hablando también en inglés.

El que se dirigía a ellos era un fulano flaco, enjuto, de pelos ralos, muy colorado, que vestía un uniforme mexicano de paño que alguna vez había sido blanco. En su hombro portaba galones de sargento y coronaba su testa con un quepí juarista. Una cicatriz curiosa en forma de “D” en una mejilla acababa de desfigurar al fulano. 

--¡Bienvenidos a México muchachos! Soy el sargento Sean O’Hara, del batallón fijo de Veracruz. Aunque los mexicanos han distorsionado mi apellido y me llaman “El Ojete”.

--¿El ojete? ¿Eso qué quiere decir? –pregunto Joao.

--Los mexicanos, sobre todo los veracruzanos, son muy dados a los juegos de palabras. Pero, decidme, ¿vos sois irlandeses?

--Yo soy portugués. Gabriel si es irlandés.

--County Cork.

--¿Y vos? --lo interrogo Joao con algo de recelo--. ¿Cómo es que estáis aquí y con un uniforme mexicano?

--Es una larga historia, muchachos. Vine a México en el 47 con el ejército de Scott. Serví con O’Riley y el resto de los muchachos que Dios tenga en su gloria. Desertamos y formamos el batallón San Patricio y combatimos al invasor. A la mayoría de los muchachos los colgaron. Yo tuve suerte y solo coseche esto –dijo el hombre tocándose la mejilla--. Y como no conocía otro oficio sino el de las armas pues me quede en el ejército mexicano.

--Pues mucho gusto, señor sargento Ojete –afirmo Joao todavía escéptico ante la amistosidad del hombre--. Nosotros continuaremos nuestro camino tierra adentro.

--¡Por supuesto! Pero, me imagino que tenéis sed.

--¿Tenéis whisky? –pregunto Gabriel con entusiasmo.

-- Me temo que no. Pero se dónde hay una fiesta que os encantara. Fluye el mezcal y las jóvenes son guapas y entusiastas. Dos mozos grandotes como vos seguro serán recibidos con gran alegría.

--¿Dónde? ¿Dónde? –pregunto Gabriel entusiasmado.

--Gabriel, mejor seguimos nuestro camino –aconsejo Joao--. Me aconsejaron subir a Xalapa y Orizaba y no dilatar en el puerto por las fiebres.

--¡Pamplinas! –gruño el Ojete--. No es temporada de vomito negro. Y la fiesta será mañana a unos cuantos kilómetros de aquí.

--Insisto, ¿Dónde? --pregunto Gabriel con ansiedad.

--Es en la Antigua. Tienen ahí la fiesta del santo patrono. El cura es mi amigo y me encargo le trajera mozos pues hay escasez de estos ahí y la proporción de hombres a mujeres ahí es de diez Evas a un Adán. De seguir así la cosa se extinguiría ahí la especie humana. Yo hacía ahí me dirigía. Podéis venir conmigo. Yo os llevare. Os repito. Las mozas ahí son particularmente agraciadas pero no han visto a un hombre en años.

--¡Vive Dios que estoy en el paraíso! –exclamo Gabriel.

--¿Cómo nos llevareis ahí? ¿Iremos caminando? --Joao seguía estando escéptico.

El Ojete hizo una señal y unos soldados mexicanos vistiendo el mismo uniforme que alguna vez había sido blanco se aproximaron.

--Suban a estos muchachos a la carreta. Ellos vienen con nosotros.

Gabriel arrastro a Joao prácticamente. Los dos muchachos se encaramaron en una carreta donde aguardaban unos indígenas con cara patibularia. Un soldado también estaba abordo con el rifle dispuesto.

Joao noto que algunos de los indígenas tenían grilletes en los pies.

--Gabriel, mira. Estos fulanos son criminales. No entiendo porque los llevan a una fiesta donde abundan las mujeres y el trago.

--¿Qué quieres, Joao? Este país es muy diferente a Irlanda o a los Estados Unidos. Tal vez aquí son muy generosos con los criminales. 

Los mexicanos los vieron taciturnos. Era evidente que sería inútil preguntarles a ellos. El soldado se veía hosco y portaba una sonrisa burlona bajo un mostacho de aguamiel. Y Gabriel no hablaba ni una palabra de español.

Joao, sin embargo, aprovechando la similitud del portugués con el español intento hablar con los indígenas.

--No pañol –fue la respuesta.

Gabriel sonrió y se puso a fumar un cigarro gordo que el soldado le paso.

--¿Ves Joao? Os dije que los mexicanos son generosos.

--Eso no huele a tabaco, Gabriel.

--¿No verdad? Aunque si esta rete sabroso. ¿Gustas? –dijo Gabriel ofreciéndole el puro a Joao.

El soldado murmuro algo y saco de su alforja otro tal puro y se lo dio a Joao. Los indígenas presos habían producido también puros y se avocaban a fumar.

--Creo que aquí abunda este tabaco –observo Gabriel--. Digo, hasta los presos lo tienen y el soldado nos lo reparte.

--Válgame Dios, no sé qué diablos es pero si está muy sabroso –afirmo Joao. Una languidez lo embargo. 

El soldado sonrió.

--Ah, que gringuitos estos.

VI. Matías

Las deudas de juego son, en efecto, deudas de honor.  Y, cuando no se pueden pagar, lo más aconsejable es pelarse del pueblo.  Así lo tuvo que hacer un día Matías Pérez el cual salió huyendo de Oaxaca a causa de la muerte de cierto gallo giro.  

Matías, un hombrón con inclinación al alcohol y poco juicio para escoger a los gallos, dejo atrás el negocio de su familia, un galerón que servía de paradero de los arrieros y que administraban su padre y sus hermanos.  En verdad Matías no perdió mucho.  Eran siete hermanos y él era el menor.  No le iba a tocar gran herencia entonces.  Eso fue allá por 1843.

Matías, por su familiaridad con las montas, pronto se convirtió en arriero, recorriendo los caminos del sotavento veracruzano y la ruta de Alchichica a Puebla, lugares que llego a conocer íntimamente.  Era también Matías un jinete excelente y pronto los rancheros lo buscaban para domar a un animal particularmente rejego.

--Es que están rete pendejos los que contratan para quebrar los cuacos.  Hay que saber hablarles a los cuacos, chiquearlos –aconsejaba Matías.

Y en efecto, eso hacía, pues había descubierto artesanal e instintivamente el arte de comunicarse con los animales y lograr que estos hicieran lo que él quería.

Un buen día se presentaron los yanquis frente a Veracruz.  A Matías lo mando llamar Morales, el general encargado de la defensa.

--Me dicen que usted conoce todo sotavento y es un jinete excelente.

--Así es.  

--¿Es usted patriota?

--El gobierno no es santo de mi devoción pero México sí.   ¿Para que soy bueno?

Los dos hombres estaban en lo alto de las murallas del puerto.  En lontananza se observaba el campamento de los yanquis.

--Quiero que junte gente cabrona que monte bien y que forme una tropa que hostigue la retaguardia yanqui.

Matías no dijo nada.  

--Le extenderé el rango de coronel de irregulares –añadió Morales.

--Pues, mi general, le diré.  Si conozco gente cabrona como usted dice que monta rete bien.  Pero la mayoría son asaltantes de caminos.  

--La republica les extenderá un indulto inmediato si se suman a sus filas.

--¿Y plata?  Esa gente, me temo, no hará nada si no es por dinero.

Morales sacudió la cabeza.  

--No tengo ni un pinche quinto.  Mi gente no ha comido en días.  Y nadie en el puerto nos quiere fiar.

--Puta madre –concluyo Matías--.  Deme un trago siquiera.

Morales le sirvió un vaso de mezcal.

--Entonces  ¿Qué dice?  ¿Acepta?

--Pos ya tome su mezcal. Ahora ya me chingue.  Pero me temo que soy el único cabrón que integrara la tropa.

 --¿Está seguro que no lograra reclutar gente?

--Absolutamente.  ¿No tiene nadie de caballería aquí en el puerto?

Morales se quedó pensativo.

--Hay muchos voluntarios pero no los puedo armar.  

--¿Estarían dispuestos a integrarse a una tropa de caballería?

--La mayoría son muchachos que sueñan que son coraceros de Murat.  Creo que si habrá voluntarios.  Pero, repito, no tengo carabinas o parque.

 --No necesitamos sino un machete y un cuaco, por supuesto.

--Machetes se los consigo.  No sé de los cuacos.

Del campamento yanqui se oyó un relincho.

--Esos amigos traen caballería –observo Morales.

--Ya la vide.  Son unas yeguas rete chulas que llaman del Shenandoah.  Sepa Dios donde chingaos este eso.  

Matías encendió un pitillo.

--Mire, general Morales, deme oste un papel con mi nombramiento de coronel y asegúrese que diga que puedo extender indultos.  

--¿Intentara reclutar gente?

--No, mi general, no para pelear.  Pero si para robar yeguas.  Para eso si encontrare cabrones que me ayuden.  Mándeme la muchachada que junte a Xalapa con los machetes que encuentre y de aquí a dos semanas los podre montar.

Así fue en efecto como ocurrió.  Matías y varios de los bandidos que pululaban en la región (bueno, técnicamente ya no lo eran pues la republica los había indultado) se infiltraron en el campamento yanqui.  Acuchillar a los guardias y extraer suficiente caballada para montar una tropa guerrillera no fue gran cosa para esos hombres hechos a la vida de un asaltante.  

Como lo había predicho Matías, pocos de los bandidos se le unieron para combatir a los yanquis.  Pero en Xalapa Matías encontró unos muchachos entusiastas que Morales le había mandado.

Tomo tiempo entrenarlos.  La mayoría eran jovencitos que habían estado dedicados al comercio en el puerto.  No sabían montar.   Pero a base de golpes y mentadas de madre pronto Matías paso revista al Primer Regimiento de Caballería de Sotavento.  Todos montaban unas yeguas grandotas de las que llamaban del Shenandoah.

Fueron muchos los lances en que Matías y su “regimiento” (nunca paso de cien hombres) tuvieron.  Scott tuvo que destinar gente a cuidar su retaguardia mientras se dirigía a la capital (Veracruz había ya caído después de un largo sitio).

Un buen día Matías y su gente observaron al general presidente huir por el camino a Veracruz.  Iba escoltado por los húsares de la guardia presidencial (vestidos en unos uniformes chingones) y también por un piquete de yanquis.

--¿Por qué chingaos a Santa Anna lo están escoltando a Veracruz los gringos? –pregunto Juan, el segundo de Matías.

--Oí que ya acabo la puta guerra y perdimos.  Vete a saber que arreglos hizo el hijo de la gran puta cojo.  El cabrón seguro va camino a Europa.

--¡Puta madre!  ¡Nos han hecho traición!  --juro Juan.

Matías contemplo la medalla de Los Defensores del Puerto que tanto él como Juan portaban.

--Y por toda la chinga que hemos llevado solo hemos cosechado este pedazo de metal –dijo Matías con amargura.

--¡Ay jefe! –respondió Juan.  Y el hombre, un ranchero duro, no pudo evitar una lágrima de rabia y de impotencia.

De ahí en adelante Matías se volvió un hombre duro, inmisericorde, y se dedicó a asaltar las diligencias por el rumbo de Alchichica.  Pronto reunió una banda numerosa.  El gobierno, casi siempre en la miseria, raramente lo combatía.  Y, cuando lo hacía, Matías, que conocía la región como la palma de su mano, evadía a los soldados con facilidad.

Pasaron los años.  Santa Anna regreso y mal gobernaba a México.  Matías seguía asaltando diligencias.

Pero ese día se le había citado –por gente de su confianza—al pie de la Malinche. El bandido no confiaba.  Estaba solo. Oía atento los ruidos del monte.  Pronto distinguió el trote de un caballo.

--Es un pony.  No muy grande.  Ligero de pie.  El camino esta abrupto.  Quien lo monta no vacila al hacerlo –dicto el fino oído de Matías.

Para su sorpresa luego vio a una joven vestida con un amplio sombrero aparecer en el camino.  Matías se plantó en medio del camino, obstruyendo el paso.

--Ah, habéis venido –dijo la joven.

--¿Usted fue quien me cito, niña?  ¿Está loca?  ¿Cómo carajos vino sola?

La joven extrajo un revolver con facilidad.

--Me se cuidar, créame. 

Matías la observo con detenimiento.  La manera en que se plantaba en su caballo y la frialdad con la que hablaba le confirmo que, en efecto, la joven se sabía cuidar.

--¿Usted es el que llaman “el Gallo” Matías? –pregunto la joven.

--Si lo soy.

--Yo odio los gallos.

--Yo también.

--¿Por qué entonces lo nombran así?

--Eso a usted no le importa, niña.

La joven rio.  

--Tiene razón.  Bien, a lo que vine –dijo ella aventándole a Matías una bolsa que este agarro al vuelo--.  Son 500 pesos en plata.  Habrá mas luego.

--¿Y quién es usted?

--Eso a usted no le importa tampoco.

--No, pos sí.  ¿Qué tengo que hacer?

--¿Cuántos hombres tiene? 

--Los suficientes.

--Bien, ¿conoce la hacienda de los Castrejón?

--He robado ganado ahí.

--Espero que no tendrá que hacerlo más.  Escuche, en el camino que va de Puebla a ese lugar hay donde cruzan el rió en un vado.

--Lo conozco.  

--En una semana pasara por ahí un carruaje.  Probablemente traerá escolta.

--¿Cuántos?

--No tengo ni puta idea.  Solo espero que usted tenga suficiente gente.

--Le costara.

--Ya le dije que tendrá más plata después de hecho el trabajito.  En el carruaje viene un fulano treintón con uniforme de coronel y un viejo panzón cincuentón vestido de general.  No deben llegar a la hacienda de los Castrejon.

--Hecho.

--Excelente –sonrió la joven--.  Usted es mi gallo.

--Miéntemela mejor, niña.  Oiga, ¿Cómo sabe que no me pelare con estos 500 pesos y no le cumpliré.

--Me contaron que alguna vez fue hombre de honor.  Tal vez se pele.  No sé.  Si así es, pues ya estaría de Dios.  Además, perdería mil pesos plata que le daré al acabar el trabajito.

La joven espoleo su yegua y se fue.

Matías sopeso la bolsa.

--Carajos, si, alguna vez fui hombre de honor.  Y mil pesos plata son un chingo.  Y la niña esta guapa.


VII.  El Batallón Fijo de Veracruz

Unas horas después, en medio de un caloron que a duras penas se aguantaba, el convoy en que venían Gabriel y Joao llego a La Antigua.  Para esos momentos los dos muchachos apenas estaban en su cinco.  El Ojete les había estado dando mezcal abundante “para aguantar la calor” y pitillos del curioso tabaco mexicano.

El convoy se estaciono frente a la plaza del pueblo.

--¿Dónde están las muchachas? –pregunto Gabriel con voz estropajosa.

Joao mientras tanto vomitaba bajo la carreta y no tenía ningún interés en fiesta alguna.

El Ojete empezó a gritar órdenes.  Los soldados metieron a los presos a un cuartel.  Luego empezaron a aventar cuetes y a ofrecer botellas de mezcal.  El populacho se empezó a juntar.  Era dia de mercado.  

--¡Tomen!  ¡Tomen!  --gritaba el Ojete--.  Brindemos por Juárez.  ¡Hoy invita el supremo gobierno!  ¡Viva México!

Comenzó una bacanal de la cual apenas tuvo conciencia Joao.  Gabriel, por su físico, había logrado sacar fuerzas de flaqueza y bebía como un cosaco aunque se había puesto rete colorado.  Una banda de música empezó a tocar.  Fue lo último que oyó Joao.

--¡En pie hijos de la chingada! –fue la consigna que despertó a Joao.

Para su sorpresa se percató con asco que la almohada que estaba usando era el muslo de un indígena borracho y que su calzón de manta estaba mojado con orines.

--¡Santo Dios!  ¡Mi cabeza! –juro Gabriel incorporándose a unos cuantos metros.  Había un grupo de como cien indígenas (y dos gringos) borrachos en medio de la plaza que los soldados estaban despertando a mentadas de madre y a golpes de culatazos.

--¡Cállese cabrón y parese! –grito un cabo dándole un culatazo a Gabriel.  Esto tuvo el efecto contrario pues el irlandés cayo de bruces.  Joao se incorporó y lo ayudo a volverse a poner en pie.

--Más vale que te pares o nos matan estos energúmenos –aconsejo Joao.

--¡Formen una línea aquí hijos de la chingada! –grito el Ojete.  Estaba sentado detrás de un escritorio improvisado frente a unos papeles.

--¿De qué diablos se trata esto?  --gimió Gabriel.

--Por el amor de Dios cállate –lo amonesto Joao.

--Escuchen –anuncio el ojete en mal español—tienen el honor, tal vez el único honor que cosecharan en su puta vida, de ingresar al ejercito de la república, específicamente al heroico batallón fijo de Veracruz.   La patria exige que alimenten a sus zopilotes pues tener esos pajarracos bien gordos y cebaditos es orgullo nacional, ¿entienden cabrones?

Pero en realidad pocos entendían.

--Mi sargento –observo un cabo—me temo que la mayoría de estos cabrones no hablan español.

--¡Me lleva la puta madre! –Juro el Ojete--.  Bien, no importa.  Cabo Camacho, acérquelos que vayan firmando.

--¿A los gringos también mi sargento?

--A huevo.  No discuta mis órdenes cabrón.  Y si se insubordina el gringo grandote fusílenlo.

--No tenemos mucho parque, mi sargento.

--Ah, entonces lo colgamos de los huevos para que el resto aprenda a obedecer.

--¿Qué dice? –le murmuro Gabriel a Joao.

--Mejor te quedas calladito Gabriel.  Me temo que nos están enrolando en el ejército.

--Shit!

Bajo las dulces y recatadas instrucciones de los soldados los reclutas formaron una línea frente al Ojete.  El primer indígena se aproximó a la mesa.

--¿Su nombre?

--José.

--Ah, ¡el santo patrón de los cornamentados!  Fírmele aquí.

El indígena en su vida había sostenido un lápiz.

--¡Ponga su puta cruz, cabrón! –juro el Ojete.

Tal hizo el indígena.

El Ojete leyó un papel que tenía a la mano.

--¡Soldado de la republica!  Es su deber obedecer fielmente las órdenes de sus superiores.  Si abandona sus colores se le fusilara de inmediato.  Si se insubordina se le fusilara de inmediato.  Si se caga de miedo frente al enemigo se le fusilara de inmediato.  ¿Entiende cuáles son sus obligaciones, soldado de la república?

--No pañol.

--¡Me lleva la chingada!  Llévatelo Camacho y vístelo.  

--Solo tenemos quepis, sargento.  Quesque mañana nos llegan uniformes.

--Sea.  ¡El siguiente!

Como cien nuevos reclutas, (cincuenta se llamaban “José”) incluyendo a unos que portaban grilletes, fueron juramentados.

--¿Nombre?

--Álvaro Torres –contesto un mozo de buen porte..

--¿Sabe firmar?

--A huevo.  Y usted no puede enrolarme a la fuerza.  Viola el artículo decimo de la constitución de 1857, en su fracción quinta.

El cabo Camacho alzo los ojos al cielo.  El Ojete estaba morado de coraje.

--Ah, ¿con que muy gallito verdad?

--¡Soy estudiante de leyes!  ¡Se mis derechos!

El Ojete le dio un puñetazo que tumbo al muchacho.

--Perese mi sargento, no lo mate luego luego.

--¡Odio a los licenciados! –juro el Ojete--.  ¡Salí huyendo de Irlanda por culpa de ellos!  ¡Hijo de la gran puta!

El Ojete desenfundo una pistola vieja.  Pero Camacho se interpuso y ayudo al estudiante, que sangraba por la nariz, a incorporarse.

--Muchacho, no la hagas de pedo.  El Ojete no está en sus cinco.  Recibió un plomazo en la testa en Churubusco y de ahí quedo medio loco.  Créeme, no lo quieres encabronar.

--No chinguen –gimió Álvaro.

--Mi sargento, necesitamos gente que sepa leer y escribir –explico Camacho--. Digo, con lo jodidos que están estos cabrones necesitaremos jefes.   No mate a este cabrón.

--Ah que la chingada –contesto el Ojete sacudiendo la testa y produciendo un gafete de cabo--.  Tenga, cabrón, fírmele aquí y póngase estos galones de cabo.

--Felicidades cabo Torres –sonrió Camacho.

--¡Qué cabo Torres ni que la chingada! –maldijo el Ojete--.  Oste será el cabo Pendejo hasta que se me hinche nombrarlo por su apellido.  ¡Y no me rezongue!  ¿Entiende, cabo Pendejo?

--Di que sí, cabo Pendejo –le murmuro Camacho—y fírmale ahí, total.

A regañadientes Álvaro firmo y se puso la insignia de cabo.  Camacho se lo llevo a curar.

Solo quedaban Joao y Gabriel.

--Fírmenle aquí –dijo el Ojete en inglés.  En sus manos estaba la pistola.

--Pero… --empezó a protestar Gabriel.  Joao sacudió la cabeza y tomo la pluma y firmo.  Gabriel hizo lo mismo.

--¿Entienden cuales son ahora sus obligaciones?

--Si sargento Ojete.  Engordaremos a los zopilotes para gloria de México.

--Y si corremos nos fusilan.

--Congratulations, boys, your ass is mine! –contesto el Ojete riendo como un energúmeno.











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